La línea del horizonte

Antonio Tabucchi · Capítulo 5 de 21

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La línea del horizonte

Capítulo 5

 

El artículo de la Gaceta del Mar, sin firma y anunciado en primera página, estaba en la sección de sucesos, a dos columnas: un espacio discreto en una página interior. Para compensar estaba la foto del muerto. Es la foto que hizo la policía, Corrado ha conseguido que se la dieran, y, por otra parte, también a los investigadores les conviene que se publique, si quieren saber quién es. Debajo de la foto aparecía escrito: El bandido sin nombre.

Ha abierto el diario sobre la mesa apartando los restos del desayuno mientras Sara se ha puesto a arreglar las otras habitaciones. «¿Has visto? —le ha gritado ella desde la cocina—, parece que nadie le conoce. Pero el artículo no debe de ser de Corrado, ni siquiera está firmado».

Él sabe que no es de Corrado, los datos los ha recogido un cronista joven y muy emprendedor que hace unos cuantos meses se ocupó de la corrupción portuaria provocando un maremágnum. Se ha limitado a leer la parte central, saltándose el preámbulo sobre la lucha contra el crimen, lleno de tópicos.

«Un trágico enfrentamiento a tiros se ha producido esta noche en nuestra ciudad, en el popular barrio del Arsenal, en un piso situado en la última planta de un viejo edificio de Via Casedipinte. Según una información sobre cuyas fuentes los investigadores mantienen la más estricta reserva, cinco hombres del Cuerpo Especial de las fuerzas del orden han irrumpido, poco después de la medianoche, en el piso en cuestión. A la orden de “¡Abran, policía!”, los ocupantes, cuyo número no ha sido especificado, han disparado repetidamente a través de la puerta y han herido gravemente a un agente. Se trata del agente Antonio Di Ñola, de veintiséis años, con dos meses de servicio en nuestra ciudad, que ha sido sometido a una delicada intervención quirúrgica. A continuación los delincuentes se han parapetado en un cuarto contiguo a la entrada, por cuya ventana han escapado a través de los tejados. Pero antes de huir (y tal vez sea este el aspecto más confuso de la historia) han disparado contra uno de sus propios compañeros. El hombre ha expirado antes de llegar al Hospital Viejo, adonde ha sido transportado con urgencia. La identidad del hombre no es conocida. Por lo que parece, los documentos que llevaba encima eran falsos. Se trata de un joven que aparentaba entre veinte y veinticinco años, barba castaña, ojos azules, delgado, estatura media. Para los habitantes de la zona resulta, de hecho, un desconocido, aunque vivía allí desde hacía casi un año. Decía llamarse Cario Noboldi y manifestaba ser estudiante, aunque no consta en las secretarías universitarias. Los comerciantes del barrio sostienen que se trataba de una persona amable y correcta, siempre puntual a la hora de pagar las cuentas. El piso, que consta de dos habitaciones y un altillo, pertenece a una orden religiosa que había hospedado al joven el pasado año, cuando se había presentado como persona indigente que volvía del extranjero. El prior de la orden, al que el llamado Noboldi pagaba un alquiler meramente simbólico, se ha negado a hacer declaraciones a los periodistas. El nuevo crimen, que una vez más sitúa trágicamente a nuestra ciudad en el primer término de las crónicas de la violencia, arroja nuevos temores en las conciencias de los ciudadanos, turbadas por los acontecimientos de los últimos tiempos».

Sara se le ha pegado a los hombros y echada hacia adelante se ha puesto a leer con la cabeza cerca de la suya. Le pasa la mano por el cabello y en aquel gesto hay comprensión y ternura. Permanecen un instante absortos ante la fotografía del desconocido, luego ella deja escapar una frase que le provoca una especie de confusión.

—Con barba y veinte años menos podrías ser tú —dice.

Él no contesta, como si fuera una observación sin importancia.