La línea del horizonte

Antonio Tabucchi · Capítulo 1 de 21

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La línea del horizonte

Capítulo 1

 

Para abrir los cajones hay que apretar y girar el asa a presión. Entonces se suelta el muelle, el mecanismo salta con un suave clic metálico, se ponen automáticamente en marcha los cojinetes, los cajones están ligeramente inclinados y corren por sí solos sobre unos pequeños rieles. Primero aparecen los pies, luego el vientre, luego el tronco, y finalmente la cabeza del cadáver. A veces, en el caso de los cadáveres a los que no se les ha practicado la autopsia, hay que ayudar al mecanismo tirando con las manos, porque algunos tienen el vientre hinchado que choca con el cajón superior y obstaculiza el movimiento. Aquellos a los que se les ha practicado la autopsia, por el contrario, están flacos, como secos, con aquella especie de cremallera a lo largo del vientre y el interior relleno de serrín. Parecen grandes muñecos, enormes monigotes de una representación ya concluida que han sido arrojados a un depósito de antiguallas. A su manera esto es un almacén de la vida. Los detritus del escenario, antes de su definitiva desaparición, realizan aquí una última parada en espera de una clasificación oportuna, porque no se pueden ignorar las causas de su fallecimiento. Por esa razón permanecen aquí, y él los asiste y los vigila. Administra la antecámara de la definitiva desaparición de su imagen visible, registra su entrada y su salida, los clasifica, los numera, a veces los fotografía, rellena la ficha que les permite desaparecer del mundo de lo sensible, les proporciona el último billete. Él es su compañero último y algo más, como un tutor a posteriori, impasible y objetivo.

Por otra parte, ¿es tan grande la distancia que separa a los vivos de los muertos?, piensa a veces. No sabe contestarse. La convivencia, llamémosla así, ayuda en cualquier caso a reducirla. Tienen que llevar una cartulina pegada al pulgar del pie en la cual se anota un número de matrícula, pero él está convencido de que en su remoto estar presentes ellos detestan ser clasificados con un número como si fueran objetos. Por este motivo, para sus adentros los llama con apodos chistosos, a veces completamente gratuitos, y a veces suscitados por un vago parecido o por una circunstancia en común con el personaje de una vieja película: Mae West, Profesor Unrat, Marcelino Pan y Vino. Marcelino, por ejemplo, es igual que Pablito Calvo: cara redonda, rodillas salientes, flequillo negro y brillante. Trece años, caído de un andamio, trabajo clandestino. El padre en paradero desconocido, la madre vive en Cerdeña y no puede venir, se lo envían mañana.

Del primitivo hospital solo el servicio de urgencias y el depósito de cadáveres han permanecido en esta parte vieja de la ciudad, llamada también centro histórico, que desde hace tiempo está en fase de estudio y saneamiento. Pero los años pasan, las administraciones municipales se suceden, los intereses cambian y la parte por sanear enferma cada vez más. Y además la ciudad presiona amenazante desde otras zonas, atrae a otros lugares la atención de los expertos, en donde se acumula la población «productiva», donde han nacido dormitorios inmensos. Allí están los edificios que exigen la intervención de los departamentos técnicos: a veces la colina se desmorona como si se sacudiese de encima aquellas feas costras, y entonces se disparan las medidas urgentes, los presupuestos excepcionales; y también están las calles por hacer, las tuberías por enlazar, las escuelas, las guarderías, los consultorios. Aquí, en cambio, se trata de una agonía difusa, una lepra lenta que ha invadido paredes y casas cuya ruina es solapada e imparable, como una condena. Habitan en ella ancianos y prostitutas, vendedores ambulantes, pescaderas, jóvenes parados, drogueros con tiendas oscuras y antiguas, húmedas, que huelen a especias y a bacalao, en cuyas puertas se leen con dificultad rótulos desteñidos que dicen: «Vinos-Ultramarinos-Tabacos». Los barrenderos pasan raramente, también ellos desdeñan los detritus de esta humanidad menor. De noche en las callejuelas relucen jeringuillas, bolsas de plástico, la masa indescifrable de alguna rata muerta en una esquina, donde un anuncio fosforescente del Pest-Control advierte que no se deben tocar los trozos de comida de color cardenillo esparcidos por el suelo.

Varias veces Sara ha insistido en irle a recoger las noches en que su turno acaba a las diez, pero él siempre se ha opuesto. No tanto por la gente; de noche la calleja está habitada por tres tranquilas prostitutas que tienen atentos protectores en las ventanas de los primeros pisos. Teme más que nada la manada de ratas que de noche se pasean agresivas, es imposible hacerse una idea de lo grandes que son, seguro que Sara se aterrorizaría, ella no puede ni imaginárselas. Es cierto que en esta ciudad abundan las ratas, pero en esta zona la cría es excepcional. Spino tiene una teoría, pero nunca se la ha contado a nadie, y mucho menos a Sara. Cree que es la presencia del depósito de cadáveres lo que las excita.