La línea del horizonte
Capítulo 13
—Dicen que estoy loca, porque vivo sola con todos estos gatos, pero a mí me da igual. ¿No habrá venido usted por lo de la verja? La verja de la entrada, tuve que hacerla pintar de nuevo porque una camioneta del ayuntamiento la abolló haciendo maniobras, ocurrió hace algún tiempo, debería usted estar más al corriente que yo, ¿no? De todos modos, claro que me acuerdo de Carlito. Pero no estoy segura de que sea el mismo niño que el de su fotografía, mire, parece demasiado rubio para ser él, y además es difícil decirlo. El Carlito que estaba aquí conmigo era un niño alegre, quería a los animalitos de la tierra: moscardones, hormigas, luciérnagas, las orugas verdes y amarillas, aquellas con ojos saltones y un poco peludas…
El gato que estaba agazapado en su falda se sobresalta y desaparece de un brinco. Ella también se levanta, conserva unas fotografías, nunca tira nada, le gusta conservar los objetos, saca de una gaveta cajitas, cintas, un rosario, un álbum de madreperla. Le invita a hojear el álbum con ella, entre dos se ve mejor. Hay fotografías amarillentas de hombres malcarados, apoyados en balaustradas de cartón, con el nombre del fotógrafo estampillado a los pies de los retratados; y también un soldado con aire triste y una dedicatoria escrita en diagonal, un «Vittorio Veneto» en mil novecientos dieciocho, una vieja sentada en una butaca de mimbre, una Florencia atravesada por carrozas, una iglesia, un grupo de familia fotografiado demasiado lejos, una niña con guantes blancos y las manos juntas, recuerdo de una primera comunión. Hay varias páginas vacías, un perro con ojos melancólicos, una casa con glicinas y persianas sobre la cual una caligrafía femenina ha escrito perfume de un verano. En la última página hay un grupo de niños, están dispuestos en forma de pirámide en un pequeño patio, los de delante en cuclillas, luego una hilera de pie, y por último una hilera más alta, puede que les hayan hecho subirse a un banco. Él los cuenta, son veinticuatro; a su derecha, de pie y con las manos cruzadas, está la señorita Elvira de entonces, pero la diferencia no es muy grande. Están colocados demasiado lejos del objetivo para que se pueda intentar con éxito reconocer sus caras: el único que podría ofrecer alguna semejanza con la imagen que él busca es un rubito de la primera fila, tiene la misma posición del cuerpo, se sostiene la barbilla con una mano apoyando el codo en la rodilla, pero resulta imposible identificarlo.
¿Y la señorita Elvira se acuerda del padre de aquel niño? No, no se acuerda de su padre, solo sabe que había muerto, igual que su madre, le quedaba únicamente un tío, pero ¿está seguro de que se llamaba Carlito?, a ella le parece que Carlino, bueno, da igual, era un niño alegre, le gustaban las criaturitas de la tierra, moscardones, hormigas, luciérnagas, las orugas verdes y amarillas…
Y de pronto se encuentra vagando de nuevo en busca de nada, los muros de estas callejas parecen prometerle un premio que no alcanza a conseguir, como si constituyeran el recorrido de un juego de la oca hecho de casillas vacías y de trucos, en el cual él sigue girando, esperando que en un momento dado la rueda se pare y la bolita caiga en un número que le dé significado a todo. Y mientras tanto allí está el mar, que él contempla. Sobre el mar pasan siluetas de naves, alguna gaviota, nubes.