La línea del horizonte

Antonio Tabucchi · Capítulo 3 de 21

Páginas del PDF

La línea del horizonte

Capítulo 3

 

 

Lo han traído en plena noche, la ambulancia ha llegado en silencio, con las luces bajas, y Spino ha pensado inmediatamente: ha ocurrido algo horrendo. Creía estar durmiendo, y sin embargo ha oído perfectamente el motor de la ambulancia que enfilaba el callejón con excesiva calma, como si ya no hubiera remedio, y él ha entendido que la muerte llegaba lentamente y que aquella es la auténtica medida de la muerte, sin prisas e inexorable.

A esa hora la ciudad duerme, esta ciudad que durante el día no encuentra reposo, se acallan los ruidos de la circulación, de vez en cuando el zumbido aislado de un camión que recorre la carretera de la costa, en las extensiones del silencio nocturno permanece el ronquido de la fundición que preside la ciudad a poniente como un espectral centinela con luces lunares; las portezuelas de la ambulancia han resonado cansadamente en el patio, luego ha oído que la puerta corrediza se abría y le ha parecido percibir el olor con el que el frescor nocturno impregna los trajes de las personas, como ese hedor ácido y ligeramente desagradable que tienen algunas habitaciones cuando en ellas ha dormido un hombre. Eran cuatro policías y tenían la cara pálida, cuatro muchachos de pelo oscuro y gestos de sonámbulos, no han dicho nada, otro que se había quedado fuera ha balbuceado en la oscuridad algo que Spino no ha entendido; entonces los cuatro han salido con el andar de quien no acaba de entender lo que hace, le ha parecido asistir a un ballet elegante y funesto cuya sintaxis le era desconocida.

Después han entrado de nuevo con un cuerpo en la camilla y todo se ha desarrollado en silencio: han sacado el cuerpo de la camilla y él lo ha depositado en la lámina inoxidable, ha abierto las manos contraídas, con una venda ha apretado las mandíbulas a la cabeza: no ha preguntado nada, porque todo era de una evidencia definitiva, y ¿qué importaba la mecánica de los hechos? Ha anotado la hora de entrada en el registro, ha pulsado el timbre que suena en el primer piso con el fin de que el médico de guardia venga a verificar el fallecimiento, los cuatro muchachos se han sentado en el banco descascarillado y han estado fumando, parecen náufragos, después ha bajado el médico, ha comenzado a hablar y a escribir, ha mirado al quinto muchacho, que estaba herido y se quejaba mansamente; Spino ha telefoneado al Hospital Nuevo y ha dicho que prepararan el quirófano de urgencias, enseguida se encargaba de enviar el herido. «Aquí no tenemos ni siquiera instrumental — ha dicho—, ahora solo somos un depósito de cadáveres».

Después el médico ha subido por la escalera de servicio y alguien ha sollozado, uno de los chicos, y ha murmurado: «Ay, madre», apretándose los ojos con las manos como para borrar una escena que se le había quedado grabada; y entonces él ha sentido un cansancio opresivo, como si le pesara sobre los hombros el cansancio de todo lo que le rodeaba, ha salido al patio y ha notado que también el patio estaba cansado, y las paredes de aquel viejo hospital estaban cansadas, así como las ventanas, y la ciudad, y todo; ha mirado hacia arriba y le ha parecido que incluso las estrellas estaban cansadas, y ha deseado que existiera una excepción para todo lo que existe, como un aplazamiento o un olvido.