La línea del horizonte

Antonio Tabucchi · Capítulo 6 de 21

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La línea del horizonte

Capítulo 6

 

En la puerta corrediza había una nota de Pasquale: enseguida vuelvo. A las once de la mañana Pasquale sale siempre a tomar café. En lugar de esperarle en el patio, Spino ha preferido reunirse con él, pues sabía dónde encontrarlo. Hacía un hermoso día, la calle resultaba agradable, ha salido del hospital y ha recorrido la oscura calleja que desemboca en la plazuela donde están las mesitas de una terraza de café. Pasquale estaba sentado a una mesa y leía el periódico. Debe de haberle asustado, porque cuando le ha hablado aproximándose por la espalda se ha sobresaltado ligeramente; después, con aire resignado, ha doblado el periódico dejando unas monedas sobre la mesita. Han caminado tranquilamente, como si pasearan, luego Pasquale ha dicho que era una triste historia y Spino ha contestado: «Ya», y Pasquale ha dicho: «Yo quiero que me entierren en mi pueblo, allí es donde quiero estar, bajo la montaña».

Ha pasado un autobús y el ruido ha cubierto sus últimas palabras. Han cruzado el jardincillo donde los pasos de la gente han trazado un sendero entre los arriates que está prohibido pisar. Spino ha dicho que no pensaba ir a la sección, solo quería saber si se había presentado alguien: un pariente, un conocido. Pasquale ha movido la cabeza con aire disgustado y ha dicho: «Qué mundo». Spino le ha rogado que si le era posible no se ausentara, y Pasquale ha replicado que si los parientes aparecían empezarían por dirigirse a la policía, era evidente que no irían al hospital. Se han separado en el cruce, donde el camino del jardín se sumerge en las casas del casco antiguo, y él se ha dirigido a la parada del treinta y siete.

Cerrado no estaba, tal y como Spino temía. Se imaginaba que habría ido personalmente en busca de más noticias: evidentemente las que había obtenido de su cronista no le habían satisfecho. Se ha paseado un rato por la redacción, saludando a los conocidos, pero nadie le prestaba mucha atención. En el ambiente parecía haber cierta impaciencia y nerviosismo, él ha pensado que lo sucedido, con su carga trágica, gravitaba sobre aquella sala haciendo a los hombres febriles y vulnerables. Luego ha aparecido un hombre por una puerta agitando una hoja y ha gritado que los tanques habían cruzado las fronteras, y ha pronunciado el nombre de una ciudad de Asia, quizás imposible; y poco después otro periodista que trabajaba en un teletipo se ha dirigido hacia un colega y le ha dicho que habían sido firmados los acuerdos, y ha pronunciado el nombre de otra ciudad lejana y extraña, tal vez posible allí, en su África, pero aquí no menos imposible que la primera: y Spino ha comprendido que el muerto en el que él pensaba no preocupaba a nadie, era una pequeña muerte en el gran vientre del mundo, un insignificante cadáver sin nombre y sin historia, un detritus de la arquitectura de las cosas, un residuo. Y mientras comprendía estas cosas el ruido de aquella moderna sala llena de máquinas se ha apagado, como si su comprensión hubiera apretado un interruptor que nivelaba en el silencio voces y gestos. En aquel silencio ha tenido la sensación de moverse como un pez atrapado en las redes, su cuerpo ha hecho un movimiento incontrolado y con la mano ha derribado una tacita de café vacía sobre una mesa. El ruido de la taza hecha añicos en el suelo ha reactivado el ruido en la sala, Spino ha pedido excusas al propietario de la taza, este le ha sonreído como queriendo decir que no tenía importancia y él ha salido.