La línea del horizonte
Capítulo 10
Veranillo de San Martín, el invierno se echa encima. Lo decía alguien, cuando él era pequeño, y Spino se ha esforzado en vano en recordar quién era. Lo ha pensado en el andén de la estación barrida por frías ráfagas de viento, agitando el brazo, mientras el tren se hinchaba en la curva. Ha pensado también que en tres días pueden suceder muchas cosas. Y en su interior una voz infantil decía riendo: ¡tres pequeños huerfanitos!, ¡tres pequeños huerfanitos! Era una voz chillona y maligna, pero ajena a él, procedente de un tiempo remoto, cuando de los recuerdos se conserva la turbación pero no el acontecimiento que la produjo. Al salir se ha girado para mirar el cuadrante luminoso del reloj de la fachada y ha dicho para sus adentros: mañana será otro día.
Sara se ha ido de vacaciones. Su escuela ha organizado una excursión de tres días al lago Mayor y Spino le ha aconsejado que participe en ella. Le ha rogado que le envíe postales del Duino y ella ha sonreído con complicidad dándose cuenta de su lapsus. Si hubieran tenido un poco de tiempo lo habrían hablado, años atrás hablaban con frecuencia de Rilke; y ahora a él le habría gustado hablar de una poesía cuyo tema es la fotografía del padre y que durante todo el día ha repetido de memoria.
En casa ha dispuesto los instrumentos en la cocina, para trabajar con mayor comodidad que en el cuchitril donde tiene el cuarto oscuro. Por la tarde se había provisto de reactivos y había comprado una cubeta de plástico en la sección de jardinería de unos grandes almacenes. Ha colocado el papel sobre la mesa de comer subiendo al máximo el caballete de la ampliadora. Ha obtenido un recuadro luminoso de treinta centímetros por cuarenta y ha introducido el negativo de la foto contacto que ha hecho fotografiar de nuevo en un laboratorio de confianza.
Ha impreso toda la fotografía, dejando encendida la ampliadora unos segundos más de lo necesario porque la foto contacto estaba demasiado clara. En la bañera del revelador parecía que los contornos se resistieran a perfilarse, como si una realidad lejana y pasada, irrevocable, fuera reacia a ser resucitada, se opusiera a la profanación de ojos curiosos y extraños, a despertar en un contexto que no le pertenecía. Ha notado que aquel grupo familiar se negaba a volver a exhibirse en el escenario de las imágenes para satisfacer la curiosidad de una persona extraña, en un lugar extraño, en un tiempo que ya no era el suyo. Ha entendido también que estaba evocando unos fantasmas, que intentaba arrancarles, con la innoble estratagema de la química, una complicidad coaccionada, un equívoco compromiso que ellos, ignorantes contrayentes, suscribieron con una improvisada pose entregada a un fotógrafo de entonces. ¡Turbia virtud de las instantáneas! Sonríen. Y aquella sonrisa es ahora suya, aunque ellos no lo quieran. La intimidad de un instante irrepetible de su vida es suya ahora, dilatada en el tiempo y siempre idéntica a sí misma; y visible infinitas veces, colgada goteante de un cordel que atraviesa la cocina. Un arañazo, que la ampliación ha aumentado de forma desmesurada, lacera diagonalmente sus cuerpos y su paisaje. ¿Es el arañazo involuntario de una uña, el inevitable desgaste de las cosas, la huella de un metal (llaves, reloj, encendedor) con el cual aquellos rostros han convivido en bolsillos y cajones? ¿O bien en la señal voluntaria de una mano que quería eliminar ese pasado? Pero ese pasado, de todos modos, está ahora en otro presente, se ofrece a pesar suyo a un desciframiento. Es la galería de una modesta casa de suburbio, las escaleras son de piedra, en torno al arquitrabe crece una fatigada enredadera que ha abierto campanillas claras; debe de ser verano: la luz parece deslumbrante y los fotografiados visten ropas livianas. El rostro del hombre tiene una expresión sorprendida, y al mismo tiempo indolente. Viste una camisa blanca con las mangas subidas, está sentado detrás de una mesita de mármol, tiene delante de sí un jarro de cristal en el que hay apoyado un periódico doblado por la mitad.
Sin duda estaba leyendo, y el improvisado fotógrafo le ha llamado para hacerle levantar los ojos. La madre está asomando por el umbral, apenas ha entrado en la fotografía y ni siquiera se ha dado cuenta. Lleva un delantalito de flores, el rostro flaco. Todavía es joven, pero su juventud parece ya pasada. Los dos niños están sentados en un peldaño, pero alejados, ajenos el uno del otro. La niña tiene dos trenzas quemadas por el sol, las gafas con montura de concha, unos pequeños zuecos. Sostiene en la falda un muñeco de tela. El chico lleva unas sandalias y unos pantalones cortos. Tiene los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos. Tiene la cara redonda, el cabello con algún rizo brillante, las rodillas sucias. Del bolsillo de los pantalones asoma la horquilla de una honda. Mira hacia adelante, pero sus ojos se pierden más allá del objetivo, como si estuviera observando en el aire una aparición, un acontecimiento ignorado por los demás retratados. Mira ligeramente hacia arriba, sus pupilas lo muestran sin posibilidad de error. Tal vez contempla una nube, la copa de un árbol. En la esquina derecha, donde el terreno prosigue en un camino enlosado sobre el cual el techo de la galería dibuja una escalera de sombra, se vislumbra el cuerpo agazapado de un perro. El ojo del fotógrafo, ignorante de su presencia, lo ha pillado por casualidad en el encuadre, y en la fotografía tiene la cabeza cortada. Es un perrito manchado de negro que se parece a un fox, pero es sin duda bastardo.
Hay algo que le inquieta en esa plácida instantánea de desconocidos; algo que parece escapar a su desciframiento: una señal oculta, un elemento aparentemente insignificante y que, sin embargo, presiente que es fundamental. Luego se acerca atraído por un detalle. A través del cristal del jarro, onduladas a causa del agua, las letras del periódico semidoblado que el hombre tiene delante dicen: Sur. Se siente emocionado y se dice: Argentina, estamos en Argentina, ¿por qué me emociono?, ¿qué tiene que ver Argentina? Pero ahora sabe lo que están contemplando los ojos del chico. A espaldas del fotógrafo, inmersa en la vegetación, hay una villa señorial rosa y blanca. El chico mira una ventana con las persianas cerradas, porque esa persiana puede entreabrirse lentamente, y entonces…
¿Y entonces qué? ¿Por qué está pensando esta historia? ¿Qué está inventando su imaginación que se presenta como memoria? Pero precisamente en ese momento, no de forma fingida, sino real dentro de él, una voz infantil llama claramente: «¡Bizcocho! ¡Bizcocho!». Bizcocho es el nombre de un perro, no puede ser otra cosa.