La línea del horizonte

Antonio Tabucchi · Capítulo 2 de 21

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La línea del horizonte

Capítulo 2

 

La noche del sábado suelen ir a la Linterna Mágica. Es un cineclub situado en lo alto del Vico dei Carbonari, en un pequeño patio que parece un rincón de pueblo, recuerda a casas de labranza, parcelas de terreno, otros tiempos. Desde arriba se ve el puerto, el mar abierto, el ovillo de callejuelas de la vieja judería, el campanario rosado de una iglesia ceñida entre paredes y casas, invisible desde otros lugares, insospechada. Hay que subir por una escalinata de ladrillos corroídos por el uso, con un largo pasamanos de hierro bruñido que se retuerce sobre el muro descascarillado e invadido por matorrales de alcaparras que han recubierto las pintadas desteñidas. Todavía se puede leer en él: Viva Coppi; La ley-estafa no pasará. Cosas añejas. Las noches de verano, después del cine, concluyen la velada en un pequeño café situado en la parte final de la callejuela, donde dos mojones de granito con una cadena limitan una terracita rodeada por un muro inseguro, debajo de una pérgola. Hay cuatro mesitas de mármol, con las patas de hierro verde, en las que las huellas redondas del vino y del café, que el mármol ha absorbido y hecho suyos, dibujan jeroglíficos, figuritas por interpretar, la arqueología de un pasado reciente de otros parroquianos, de otras veladas, tal vez borracheras y fiestas con partidas de cartas y canciones.

Debajo de ellos se precipita la desordenada geometría de la ciudad, las luces de los pueblos del golfo, el mundo. Sara toma un granizado de menta, que aquí siguen haciendo con una maquinita rudimentaria, rascando la barra de hielo con un rallador encerrado en una cajita de aluminio en la que el hielo triturado se vuelve compacto y blando como la nieve. El propietario es un hombre gordo, con bolsas debajo de los ojos y el andar perezoso, lleva un delantal blanco que le resalta el vientre, sonríe, pronuncia siempre avaras meteorologías: «Mañana refrescará, esto es levante»; o bien: «Este bochorno anuncia lluvia». Se jacta de conocer los vientos y el tiempo, de joven fue marinero, se había embarcado en un vapor que hacía la ruta de las Américas.

Sara recoge las piernas y se cubre los hombros con el chal, incluso cuando hace calor, porque el aire nocturno le provoca las molestias de la artrosis. Mira hacia el mar, una masa oscura que podría ser la noche si las luces inmóviles de las naves en espera de entrar en el puerto no destacaran su ser mar. «Qué hermoso sería irse —dice—, ¿no es cierto?». Sara lleva diez años diciendo que sería hermoso irse, y él le contesta que un día u otro tal vez convenga hacerlo. Por un tácito acuerdo la conversación sobre el tema nunca ha continuado más allá de estas dos frases rituales; sin embargo, eso no impide que él sepa cuánto sueña Sara su imposible partida. Lo sabe porque no le resulta difícil acercarse a sus sueños. En sus fantasías hay un transatlántico, con una tumbona sobre cubierta y una manta escocesa para protegerse de la brisa marina; y unos cuantos señores con pantalones blancos juegan en el fondo del puente, a un juego inglés. Son necesarios veinte días para llegar a Sudamérica, pero no se especifica a qué ciudad: Mar del Plata, Montevideo, Salvador de Bahía, es indiferente; Sudamérica es pequeño en el espacio de un sueño. Es una película con Mirna Loy que a Sara le gustó mucho; las veladas son elegantes, a bordo hay baile, el puente está iluminado por guirnaldas de luces y la orquesta toca What a night, what a moon, what a girl o algún tango de los años treinta, como Por una cabeza. Ella viste un traje de noche con un echarpe blanco, se deja cortejar por el caballeresco capitán y espera a que su hombre abandone la enfermería y acuda a sacarla a bailar. Porque, naturalmente, además de su hombre, Spino es el médico de a bordo.

Si el sueño de Sara no es exactamente ese, seguro que no difiere mucho. La noche en que vieron Tener y no tener le pareció tan melancólica; se apretaba contra su brazo, y después, mientras se tomaba el granizado, volvió al viejo tema de la licenciatura fallida. Ahora es ya incluso inútil que él aduzca el argumento de los años; ¿quiere darse cuenta de una vez de que a su edad ya no se tienen ganas de regresar a los pupitres de la escuela? Y además el expediente universitario, la burocracia, los antiguos compañeros de curso que serían sus examinadores: le parece intolerable. No sirve de nada, ella insiste: la vida es larga, incluso más larga de lo que uno espera, y no se tiene derecho a desperdiciarla. Y entonces él prefiere mirar a lo lejos, no contesta, calla para dejar morir esas conversaciones con el fin de que no surja ningún argumento que tenga relación con su diploma fallido. Se trata de una conversación que le apena, y además entiende perfectamente lo que ella siente. Pero ¿qué puede hacer? Es cierto que a su edad esta vida de amantes clandestinos es una extravagancia un poco incómoda; pero es tan difícil romper las costumbres, pasar repentinamente a la vida conyugal. Y además le aterroriza la idea de convertirse en padre de aquel dieciochoañero huidizo, con su absurda manera de hablar y su aire indolente y banal. A veces le ve pasar mientras regresa de la escuela y piensa: sería tu padre, tu vicepadre.

Está claro que no es un tema del que le guste hablar. Pero tampoco Sara tiene ganas de hablar de ello; le gustaría que a él le gustara. Así que tampoco ella habla de ello; y, por el contrario, habla de películas. La Linterna Mágica ha hecho dos retrospectivas dedicadas a Mirna Loy y a Bogart, incluso Estrictamente confidencial: contienen abundante material para sus chismorrees. ¿Se ha fijado él en los echarpes que lleva Mirna Loy? Claro que se ha fijado, caramba, son tan llamativos; pero también los fulares de Bogart, siempre suaves y con lunares, realmente insoportable…, a veces le parece que de la pantalla llegan tufaradas de colonia y brillantina. Sara ríe suavemente, con su delicado hipo. Pero ¿por qué no hacen también una retrospectiva de Virginia Mayo? Bogart la trataba como a un perro, qué asqueroso, ella siente una especial ternura por Virginia Mayo, murió destruida por el alcohol en la habitación de un motel porque él la había abandonado. Pero, a propósito, aquella nave en el puerto, ¿no parece un transatlántico?, en su opinión está demasiado iluminada para ser un mercante. Él no está seguro, bueno, no sabría qué decir; pero quizás no, ahora ya no se utilizan transatlánticos, están todos en desguace, ha quedado alguno para los cruceros, ahora la gente viaja en avión, quién quieres que vaya en transatlántico. Ella dice: «Ya, tienes razón», pero por el tono él percibe que no está de acuerdo, solo resignada. Mientras tanto el propietario del café da vueltas con un trapo en la mano limpiando las mesitas vacías. Es un mensaje silencioso: si tuvieran la amabilidad de quitarse de en medio él cerraría el establecimiento y se iría a dormir, lleva en pie desde las ocho de la mañana y los años pesan más que la barriga. Y además la brisa se ha hecho fresquita, la noche está cargada de silencio y de humedad, se nota un manto de salitre en los brazos de las sillas, puede que sea mejor marcharse, Sara está de acuerdo en que es mejor, tiene los ojos brillantes, él nunca sabe si es emoción o mero cansancio. «Me gustaría que esta noche durmieras conmigo», le dice. Spino dice que también a él le gustaría. Pero mañana es su día libre, ella irá a verle por la mañana y estarán juntos hasta la noche, él preparará cualquier cosa para comer en la cocina y pasarán toda la tarde en la cama; ella le susurrará que es una lástima que se hayan conocido tan tarde, cuando la suerte ya estaba echada; está segura de que con él habría sido feliz; puede que él piense lo mismo, pero para reconfortarla le dirá que no, una cosa es ser amantes y otra ser cónyuges, lo cotidiano es el peor enemigo del amor, lo tritura.

El dueño del café ya está bajando la puerta metálica y murmura a media voz buenas noches.