La línea del horizonte

Antonio Tabucchi · Capítulo 4 de 21

Páginas del PDF

La línea del horizonte

Capítulo 4

 

Ha paseado toda la mañana a lo largo del puerto, ha llegado hasta las aduanas, y los muelles comerciales. Había una nave fea con el nombre Liberia en la popa que descargaba sacos y cajas. Un negro que contemplaba la maniobra de descarga apoyado en la amura le ha hecho un gesto de saludo y él le ha contestado. Luego ha surgido del mar un nubarrón bajo que en un instante ha llegado a tierra envolviendo el faro y las grúas que se han disuelto en la niebla; el puerto se ha oscurecido y los herrajes han brillado. Ha cruzado la Piazza delle Vettovaglie y se ha dirigido a los ascensores que suben hasta las colinas, por encima de los edificios que sirven de bastión a la ciudad. A esa hora no hay nadie en los ascensores, se llenan a última hora de la tarde, cuando la gente regresa a casa del trabajo. El ascensorista es un viejecito con un uniforme negro y una mano de madera, en la solapa de la chaqueta lleva un distintivo de mutilado de guerra, es habilísimo accionando con una sola mano las palancas y aquel extraño círculo de hierro que parece la campana de un tranvía. Junto a las ventanillas de la cabina, que en el primer trecho del recorrido circula sobre vías como un funicular, desfilan las paredes maestras de las casas, pequeñas plazoletas oscuras habitadas por los gatos, puertas de patios en los que se ve una palangana, una bicicleta oxidada, geranios y albahaca plantados en latas de atún. Luego, de repente se abren las paredes: es como si el ascensor hubiera perforado los techos y apuntara directamente hacia el cielo, por un instante uno se siente suspendido en el vacío, los cables de tracción se deslizan silenciosamente, el puerto y los edificios huyen hacia abajo, se tiene casi la impresión de que la ascensión ya no se detendrá, la fuerza de la gravedad parece una ley absurda, y la ciudad, un juguete al cual es un alivio desacostumbrarse.

Se detiene en el umbral de un exiguo jardín con una marquesina, como una estación de montaña, hay también un asiento de madera excavado en el tronco de un árbol, si uno no se volviera a mirar el mar, podría tener la impresión de que está en Suiza o en las alturas de un lago alemán. De allí parte un sendero que lleva a un restaurante húngaro, se llama así, Hungría, y dentro hay una hermosa mujer anciana y su marido cascarrabias; con los clientes hablan un italiano inseguro y entre sí discuten en húngaro, quién sabe por qué se obstinan en mantener abierto ese pobre chalet, cada vez que Spino los visita el local está desierto, la vieja es diligente y le llama señor capitán, es absurdo, siempre le ha llamado señor capitán.

Se ha sentado en una mesa próxima a la ventana, es increíble que a aquella altura las sirenas de las naves lleguen con mayor nitidez que si estuvieran al lado, ha encargado un plato y luego el café que la mujer prepara a la turca, sirviéndolo en enormes tazas de porcelana azul que tal vez pertenecieron a su juventud húngara.

Después de la comida ha descansado un poco, con los ojos abiertos y la cabeza apoyada en las manos, pero no ha percibido nada, exactamente como si durmiera. Se ha quedado sintiendo el tiempo que fluía lento, el cucú del reloj sobre la puerta de la cocina se ha asomado a cantar cinco veces, ha llegado la vieja y le ha traído una tetera envuelta en un paño de fieltro; él ha saboreado el té largo rato; el viejo hacía un solitario en la mesa contigua y de vez en cuando le miraba con los ojitos mongoles, aludiendo sonriente a los naipes que no salían. Le ha invitado a jugar y ha hecho una brisca, ambos muy atentos al juego, como si fuera la cosa más importante del mundo y de ella dependiera el desenlace de un acontecimiento que desconocían pero que suponían superior a la realidad de sus presencias. Ha caído un crepúsculo azulado y la vieja ha encendido las luces detrás del mostrador, con dos pantallas de pergamino consteladas de cagadas de mosca y sostenidas por dos ardillas embalsamadas, un poquito absurdas en aquel restaurante que se asoma a una ciudad marítima.

Entonces ha telefoneado a Corrado, pero no se hallaba en la redacción, luego han conseguido encontrarlo en la linotipia, le ha parecido un poco excitado, «¿pero dónde te has metido? —ha gritado Corrado para cubrir el ruido de las máquinas—, llevo todo el día buscándote». Spino le ha dicho que estaba en el Hungría, si quería reunirse con él le vería encantado, estaba solo. Corrado ha contestado que no podía y el tono parecía expeditivo, tal vez enfadado. Se ha justificado diciendo que el diario estaba a punto de entrar en máquinas y la crónica parecía un comunicado oficial, con aquella desagradable historia que mañana leería toda la ciudad; llevaba todo el día intentando reconstruir lo sucedido sin conseguir confeccionar un artículo decente, el cronista que había enviado al lugar de los hechos había regresado con una versión confusa, la gente no sabía nada y a la policía no había modo de arrancarle una palabra, si por lo menos hubiera conseguido encontrarle un poco antes le habría preguntado algún detalle, se ha enterado de que él estaba de guardia. «Ni siquiera han querido decirme cómo se llama —ha concluido molesto—, solo sé que llevaba documentación falsa».

Spino ha permanecido en silencio y Corrado se ha calmado. Por el auricular oía el ruido de las máquinas, monótono y líquido como las olas. «Déjate caer por aquí, por favor», ha continuado Corrado en un tono repentinamente desarmado; y a él le ha parecido ver la expresión infantil que la cara de Corrado adopta en los momentos de desconcierto.

—No puedo —ha dicho—, lo siento, Corrado, pero precisamente esta noche no puedo. Tal vez mañana o más tarde, ya te llamaré yo.

—De acuerdo —ha dicho Corrado—, de todos modos tampoco me daría tiempo de modificar el artículo, me bastaría por lo menos con el nombre, ¿tú oíste algo anoche, recuerdas si alguien pronunció un nombre?

Él estaba mirando al otro lado de la ventana y la noche había caído, por la colina rodaba una cascada de luces: los coches que bajaban a la ciudad. Ha pensado por un instante en la noche anterior y no ha recordado nada, qué curioso, la única imagen que se le ha pasado por la cabeza ha sido la diligencia de una vieja película que asomaba por la parte derecha de la pantalla y se agigantaba hasta su primer plano como si se dirigiera hacia él, niño, que la contemplaba desde la primera fila del cine Aurora, un jinete enmascarado la perseguía al galope, luego el postillón empuñaba el fusil y en la pantalla estallaba un disparo fragoroso mientras él se tapaba los oídos.

—Llámale Kid —ha dicho.