La mitad evanescente
Capítulo 9
9
En Nueva Orleans, Stella se escindió en dos.
Al principio no se dio cuenta porque había sido dos personas toda su vida: era ella y era Desiree. A las gemelas, hermosas y poco comunes, nunca las llamaron las chicas, siempre «las gemelas», como si se tratara de un título formal. Siempre se había visto como parte de ese par, pero en Nueva Orleans se transformó en una mujer totalmente nueva cuando la despidieron de la lavandería Dixie. Durante su turno se había abandonado a sus ensoñaciones, pensando una vez más en la mañana en que visitó el museo haciéndose pasar por blanca. Ser blanca no era la parte más apasionante. La emoción residía en ser otra persona. Convertirse en otra a la vista de todo el mundo, sin que nadie alrededor se diera cuenta. Nunca se había sentido tan libre. Pero se distrajo tanto con sus recuerdos que casi se atrapó la mano en el escurridor. El amago de accidente, por el peligro que representó, bastó para que Mae la despidiera. Cualquier lesión en el puesto de trabajo era mal asunto, pero un accidente en el que se viera envuelta una chica contratada ilegalmente era un riesgo excesivo.
«Tienes suerte de que esto acabe solo en un despido», le dijo Mae. ¿Suerte porque solo había perdido un trabajo, no una mano, o suerte porque solo la habían despachado y Desiree había recibido una severa advertencia? En cualquier caso, necesitaba otro empleo. Durante semanas se presentó en la agencia de contratación y se pasó las tardes en salas de espera abarrotadas, marchándose con la promesa de que podía intentarlo otra vez al día siguiente. Cada noche al volver a casa temía encontrarse cara a cara ante Desiree, y ver menguar el dinero del tarro. De pronto, el domingo previo al pago del alquiler, vio una oferta de empleo en el periódico. Maison Blanche buscaba jóvenes con buena letra y conocimientos avanzados de mecanografía para cubrir una plaza en el departamento de marketing, no se requería experiencia administrativa. Siempre había sacado buenas notas en mecanografía, pero unos grandes almacenes nunca contratarían a una chica de color para algo más que guardar zapatos o rociar perfume en los mostradores. Aun así, Desiree le dijo que se presentara.
—Ahí pagarán mucho más que en la lavandería Dixie —aseguró—. Tienes que ir, y a ver qué pasa.
Estuvo a punto de negarse. De decir a Desiree que se olvidara. ¿Qué más daba si sabía mecanografía? ¿Por qué someterse a la humillación de que una remilgada secretaria blanca le anunciara que las chicas de color no podían presentarse al puesto? Sin embargo, a la mañana siguiente se despertó, se puso su vestido bonito y fue en tranvía a Canal Street. Ella era la culpable de que se les estuviera acabando el dinero; como mínimo debía intentarlo. El ascensor la llevó a la sexta planta, donde entró en una sala de espera llena de chicas blancas. Se detuvo en el umbral de la puerta, preguntándose si debía marcharse. Pero la secretaria rubia le indicó que se acercara con un gesto.
—Necesito tu muestra de mecanografía, querida —dijo.
Stella podría haberse ido. En cambio, rellenó con sumo cuidado la solicitud y mecanografió el párrafo de muestra. Le temblaban las manos al pulsar las teclas. La aterrorizaba que la descubrieran, pero casi temía más que eso no ocurriera. ¿Y después qué? Aquello no era lo mismo que colarse en el museo de arte. Si la contrataban, tendría que ser blanca todos los días, y si no podía estar en esa sala de espera sin que le temblaran las manos, ¿cómo iba a conseguir eso otro? Cuando la secretaria anunció que el puesto estaba concedido, Stella sintió alivio. Había presentado la solicitud; al menos podía decir a Desiree que había hecho todo lo posible. Se apresuró a recoger su abrigo y su bolso, y ya se disponía a dirigirse hacia el ascensor cuando la secretaria preguntó si la señorita Vignes podía empezar a la mañana siguiente.
En Maison Blanche, Stella ponía las direcciones en sobres para el señor Sanders. Era el director asociado más joven del departamento de marketing, y apuesto como un actor de cine, así que las otras chicas del edificio la envidiaban. Carol Warren, una rubia de amplio pecho de Lafayette, dijo a Stella que no sabía lo afortunada que era. Carol trabajaba para el señor Reed, que era relativamente amable, suponía, pero a ella le era imposible dejar de mirarle el vello gris que asomaba de sus orejas cuando le dictaba mensajes. ¡No se imaginaba, en cambio, lo que debía de ser trabajar para el señor Sanders! Carol masticaba vorazmente su ensalada, esperando a que Stella compartiera algún detalle sabroso sobre él, pero ella no supo qué decir. Apenas hablaba con aquel hombre, excepto por las mañanas, cuando él dejaba su abrigo y su sombrero en el escritorio de ella, y cuando regresaba del almuerzo y ella le entregaba sus mensajes. «Gracias, querida», decía siempre, y empezaba a leer los papeles mientras se encaminaba hacia su despacho. Stella creía que él ni siquiera sabía cómo se llamaba.
—Está como un tren, ¿a que sí? —susurró Carol una vez al sorprender a Stella mirándolo.
Ella se sonrojó y se apresuró a negar con la cabeza. Lo último que necesitaba era verse atrapada en los chismorreos de la oficina. Era reservada, llegaba puntualmente, se marchaba cuando correspondía. Almorzaba en su escritorio y hablaba lo menos posible, convencida de que diría algo indebido y despertaría las sospechas de alguien. Desde luego procuraba no hablar en presencia del señor Sanders, limitándose a devolverle el saludo en voz baja cuando él llegaba. Una mañana él se detuvo ante su escritorio, el maletín balanceándose junto a su costado.
—No hablas mucho —observó.
No era una pregunta, pero ella se sintió obligada a responder.
—Lo siento, señor. Siempre he sido callada.
—Y que lo digas. —Se dirigió hacia su despacho, pero de pronto se volvió—. Permíteme llevarte hoy a comer. Me gusta conocer a las chicas que trabajan para mí.
A continuación dio unas palmadas en el escritorio como si ella hubiera contestado afirmativamente para demostrar que la decisión estaba tomada.
Stella pasó toda la mañana tan alterada que se equivocó una y otra vez al escribir las direcciones en los sobres. A la hora del almuerzo, esperó que el señor Sanders se hubiera olvidado de su ofrecimiento. Pero él salió de su despacho y le indicó que lo siguiera, así que se marcharon juntos. En Antoine’s, Blake pidió ostras y, al ver que ella se quedaba mirando la carta en silencio, sopa de caimán para los dos.
—No eres de por aquí, ¿verdad? —preguntó.
Stella movió la cabeza en un gesto de negación.
—No, señor. Nací… bueno, en un pueblecito al norte de aquí.
—Los pueblecitos no tienen nada de malo. Me gustan los pueblecitos.
Le sonrió, llevándose la cuchara a la boca, y ella trató de devolverle la sonrisa. Más tarde esa noche, cuando Desiree le pidió detalles, Stella no recordaría el papel pintado de color verde esmeralda, los marcos con fotografías de ciudadanos ilustres de Nueva Orleans, el sabor de la sopa. Nada salvo esa sonrisa que el señor Sanders le dirigió. Ninguno hombre blanco le había sonreído jamás tan amablemente.
—Te diré lo que haremos —propuso él—. Todo lo que quieras saber sobre la ciudad, lo que sea, me lo preguntas. No te sientas tonta por preguntar. Sé lo extraña que puede resultar una ciudad nueva.
Ella guardó silencio por un momento. Luego, señalando las ostras, preguntó:
—¿Cómo se come eso?
Él se rio.
—¿Nunca has comido ostras? Pensaba que en Louisiana os encantaban a todos.
—No teníamos mucho dinero. Siempre he sentido curiosidad.
—No era mi intención burlarme —dijo él—. Te enseñaré. Es muy fácil. —Mirándola, cogió el tenedor—. Este es tu sitio, Stella. Nunca pienses que no lo es.
En el trabajo, Stella se convirtió en la señorita Vignes o, como Desiree la llamaba, la Stella Blanca. Después Desiree siempre se reía, como si la sola idea le pareciera absurda, cosa que exasperaba a Stella. Habría querido que Desiree viera que representaba su papel de manera muy convincente, pero la suya era una interpretación donde no podía haber público. Solo una persona que conociese su verdadera identidad valoraría su actuación, y en el trabajo nadie podía conocerla jamás. Al mismo tiempo, Desiree nunca podría conocer a la señorita Vignes. Stella solo podía ser ella cuando Desiree no estaba presente. Por la mañana, durante el trayecto a Maison Blanche, cerraba los ojos y se convertía lentamente en ella. Imaginaba otra vida, otro pasado. Sin pisadas atronadoras en los peldaños del porche, sin hombres blancos rubicundos agarrando a su padre, sin el señor Dupont arrimándose a ella en la despensa. Sin su madre, sin Desiree. Dejaba la mente en blanco, borrando toda su vida, hasta convertirse en una persona nueva y limpia como un bebé.
Pronto ya no se ponía nerviosa cuando subía en el ascensor hacia el cielo y entraba en la oficina. Este es tu sitio, le había dicho Blake. Pronto pensó en él como Blake, no como el señor Sanders, y empezó a notar que ahora él se entretenía ante su escritorio cuando le daba los buenos días, que la invitaba a almorzar más a menudo, que comenzó a acompañarla a la parada del tranvía después del trabajo.
—Esta zona no es segura —le dijo una vez, deteniéndose en el cruce—, una chica guapa como tú sola en la calle.
Cuando estaba con Blake, nadie la molestaba. Los hombres blancos lascivos que intentaban coquetear con ella en la parada ahora permanecían en silencio; los hombres de color sentados al fondo ni siquiera miraban en dirección a ella. En Maison Blanche, oyó una vez a otro director asociado llamarla «la chica de Blake», y ella tuvo la sensación de que esa distinción permanecía incluso fuera de las paredes del edificio. Como si por el mero hecho de adentrarse en el mundo como la chica de Blake, algo en ella hubiese cambiado.
Pronto empezó a esperar con impaciencia el momento de cruzar las puertas de cristal, de pasear lentamente por la acera con Blake. Pronto se fijó en que cuando él parpadeaba, tenía las pestañas oscuras y pobladas como las de una muñeca. Que los días que tenía una presentación importante, se ponía unos gemelos en forma de bulldog, que reconoció, casi tímidamente, que eran un regalo de su anterior prometida. La relación había fracasado, pero él consideraba aún que le daban suerte.
—Eres observadora, Stella —dijo—. Creo que nadie me había preguntado nunca por estos gemelos.
Ella se fijaba en todos sus detalles, pero no se lo contaba a nadie, en particular a Desiree. Esa vida no era real. Si Blake hubiese sabido quién era ella realmente, la habría echado de la oficina sin darle tiempo siquiera a recoger sus cosas. Pero ¿qué había cambiado en ella? Nada, en realidad. No había adoptado un disfraz o siquiera un nombre nuevo. Había entrado siendo una chica de color y salido siendo blanca. Se había convertido en blanca solo porque todo el mundo pensaba que lo era.
Cada noche repetía el proceso a la inversa. La señorita Vignes subía al tranvía y allí se transformaba de nuevo en Stella. En casa, a Stella no le gustaba hablar del trabajo, ni siquiera cuando Desiree le preguntaba. No le gustaba pensar en la señorita Vignes cuando no era ella, aunque a veces aparecía de repente, tal como uno podía pensar en una vieja amiga. Una noche, tendida en el apartamento, de pronto se preguntaba qué estaría haciendo en ese momento la señorita Vignes. Y entonces la veía: la señorita Vignes ociosa en su suntuosa casa, los pies descalzos sobre una alfombra de piel, no en ese exiguo estudio que compartía con una hermana que siempre olía a almidón. Otra noche, mientras esperaban frente a un restaurante a que las sirvieran por la ventanilla de las personas de color, pensaba: la señorita Vignes no recibiría su comida por la ventanilla de un callejón como un perro abandonado. No habría sabido decir si era ella quien se sentía ofendida o si era la señorita Vignes quien se ofendía en su nombre.
A veces se preguntaba si la señorita Vignes era otra persona totalmente distinta. Quizá no era una máscara que Stella se ponía. Quizá la señorita Vignes era ya una parte de ella, como si se hubiera escindido por la mitad. Podía convertirse en cualquiera de las dos mujeres si así lo decidía, según el lado de la cara que orientase hacia la luz.
En Estates, nadie sabía cómo interpretarlo: que Stella Sanders cruzara la calle para visitar a aquella mujer de color. Marge Hawthorne juró que la vio hacerlo meses atrás, Stella con la cabeza agachada y una tarta en las manos. «Dando la bienvenida a esa mujer, ¿podéis creerlo?», preguntó Marge, y nadie la creyó, no al principio. Marge siempre andaba imaginándose cosas; había jurado dos veces que había visto a Warren Beatty en el túnel de lavado de coches. Pero un día Cath Johansen sorprendió a Stella y Loretta en el parque, sentadas juntas en un banco. Sus hombros distendidos, tranquilas y relajadas. Loretta dijo algo que hizo reír a Stella, y Stella cogió el cigarrillo de Loretta y dio una calada. ¡Se llevó a su propia boca el cigarrillo de aquella mujer de color! Ese detalle —específico y extraño— dio credibilidad a la historia, aparte del hecho de que la contaba Cath. Siempre había estado un poco enamorada de Stella, orbitando en torno a ella como un satélite, encantada de bañarse en su luz.
Pero cuando Cath contó a las otras mujeres lo de Stella y Loretta, dijo que nunca había conocido bien a Stella, en realidad no, y además siempre había percibido algo extraño en esa mujer. Betsy Roberts la interrumpió para contar al grupo que ese mismo lunes había visto a Stella cruzar la calle con su hija.
—Eso es lo más triste —afirmó—. Meter a esa niña en todo esto.
Pero a saber qué quería decir con «todo esto». Nadie dijo una sola palabra a Blake Sanders, que había notado la extraña conducta de Stella pero había aceptado ya que su esposa era la clase de mujer que se sumía en estados de ánimo indescifrables para él. Su madre lo había prevenido sobre Stella, le había dicho que esta no merecía el esfuerzo. Por entonces él empezaba a salir con Stella, pero era su secretaria desde hacía ya dos años; hablaba con ella más que con ninguna otra persona presente en su vida. Por la posición de los hombros, sabía si estaba de mal humor; por la inclinación de su letra, adivinaba si albergaba alguna preocupación. Pero salir con Stella se le antojaba como desentrañar un misterio totalmente nuevo. No había conocido a ninguna persona que formara parte de su vida. Ni parientes, ni amigos, ni amantes anteriores. Por entonces, su actitud distante lo fascinaba. Incluso le parecía romántica. Pero su madre afirmó que Stella ocultaba algo.
—No sé qué será —había dicho—, pero te aseguro una cosa: su familia aún vive.
—¿Y entonces por qué afirma lo contrario?
—Porque —contestó su madre— probablemente su familia es chusma de algún rincón perdido de Louisiana y no quiere que tú te enteres. En fin, no tardarás en enterarte.
Su madre quería que él se casara con otra clase de chica, una joven con cierto pedigrí. En la universidad, Blake había acompañado a chicas así a docenas de bailes, chicas de la alta sociedad con las que se moría de aburrimiento. Tal vez por eso lo había atraído la guapa secretaria que procedía de ninguna parte y no tenía a nadie. Sus secretos le traían sin cuidado. Ya los descubriría a su debido tiempo. Pero habían pasado los años y ella seguía tan inescrutable como siempre. Una tarde llegó a casa pronto del trabajo, llamándola, y encontró la casa vacía. Cuando por fin su mujer y su hija regresaron, al cabo de una hora, Stella, sorprendida de verlo, se inclinó a besarlo.
—Perdona, cariño —dijo—. Estábamos en casa de Cath, y he perdido la noción del tiempo.
En otra ocasión Blake llegó antes que Stella porque ella se había quedado hasta tarde en casa de Betsy Roberts.
—¿De qué habéis hablado? —preguntó él después.
Sentada frente a su tocador, se cepillaba el cabello. Cien pasadas cada noche antes de acostarse; lo había leído una vez en Glamour. El cepillo rojo se desdibujaba ante sus ojos, hipnotizándolo.
—En fin, ya sabes —dijo—. Las niñas. Esas cosas.
—Lo que pasa es que nunca te había visto así.
—Así ¿cómo?
—Bueno, sociable.
Stella se rio.
—Solo intento mantener un trato amable con los vecinos. ¿No estás siempre diciéndome que salga más?
—Pero ahora te pasas todo el día fuera de casa.
—¿Qué se supone que he de hacer? —protestó ella—. ¿Decirle a Kennedy que no puede tener amigas?
Blake había sido un niño tímido, así que nunca tuvo muchos amigos, ni blancos ni de color. Pero sí jugaba con Jimbo, un muñeco de trapo negro y feo con la cabeza de plástico y unos extraños labios rojos. A su padre lo horrorizaba que su hijo fuera de aquí para allá con un muñeco, y para colmo negro, pero Blake lo llevaba a todas partes, susurrando todos sus secretos a aquellas orejas de plástico. Eso era un amigo, alguien que guardaba sus sentimientos detrás de aquella sonrisa roja estática. Un día salió al jardín y vio trozos de algodón esparcidos por la hierba. En el camino de tierra estaba Jimbo, destripado, los brazos y las piernas desmadejados, asomando sus entrañas. Lo habrá cogido el perro, dijo su padre, pero Blake siempre imaginó que fue él, su propio padre, quien incitó al perro a hincar los dientes en el muñeco y tirar de él. Blake se arrodilló y cogió a Jimbo por uno de los brazos. Siempre se había preguntado cómo debía de ser por dentro el muñeco. Por alguna razón había pensado que el algodón sería marrón.
Cuando llegaron las navidades, Stella había pasado tantas tardes en casa de Loretta que, por costumbre, el lunes anterior le dijo que la vería al día siguiente. «Mañana es Nochebuena, querida», le recordó Loretta, y se rio. Stella se rio también, abochornada por haberse olvidado. Siempre temía las fiestas. No podía dejar de pensar en su familia, pese a que sus celebraciones de aquellos tiempos no se parecían en nada a las de ahora. Un árbol tan alto que la estrella rozaba el techo, tanta comida en la cena que luego se hartaba de comer sobras, y montañas de regalos esperando a Kennedy. Cada diciembre entraba en los grandes almacenes en compañía de las otras madres, con la carta a Papá Noel firmemente sujeta en la mano, e intentaba imaginar una infancia como esa. Las gemelas siempre recibían un regalo cada una, algo útil como un vestido nuevo para ir a la iglesia. Un año Stella recibió un cerdito de la granja de Delafosse al que puso el nombre de Rosalee. Durante meses dio de comer a Rosalee, y se echaba a correr cuando el cerdo la perseguía por el jardín. Hasta que llegó el Domingo de Pascua, y su madre mató al cerdo para la cena.
«Y me comí hasta el último bocado», dijo una vez a su hija. Pensó que tal vez la anécdota enseñara a Kennedy a ser un poco más agradecida; no esperaba que la niña rompiera a llorar, mirándola como si fuera un monstruo. Quizá lo era. Ella no recordaba haber derramado una sola lágrima por aquel cerdo.
—¿Vais a hacer algo interesante para estas fiestas? —preguntó Loretta.
—Solo van a venir unos cuantos invitados —dijo Stella—. Una celebración pequeña, lo que hacemos cada año.
La fiesta no fue una reunión pequeña; habían contratado un servicio de catering y un cuarteto de cuerda, e invitado a todo el vecindario. Pero naturalmente eso no podía decírselo a Loretta. Sabía, mientras lamía los sobres de las invitaciones, que nunca podría invitar a los Walker.
En Nochebuena, los Johansen fueron los primeros en llegar, con una tarta de fruta dura como un ladrillo; luego llegaron los Pearson, que llevaban bourbon para el ponche de huevo. Los Roberts, profundamente católicos, llegaron con un pequeño ángel rubio para el árbol. Los siguieron los Hawthorne, saludándolos desde los peldaños de la entrada, con dulce de azúcar casero; los White, con una irónica esfera de nieve que contenía una playa, y pronto todos los presentes atestaban el salón. Stella se acaloró entre toda esa multitud, o por el vino caliente, o tal vez incluso por saber que, al otro lado de la calle, Loretta debía de oír la música. Seguramente habría visto el interminable desfile de vecinos subir por los peldaños de la entrada. O quizá no. Sus propios padres habían llegado esa tarde; Stella había visto a la anciana pareja apearse del Cadillac, a Reg sacar el equipaje del maletero, a Loretta rodearlos con los brazos mientras ellos recorrían el vecindario con la mirada, tan aturdidos como si hubiesen aparecido de pronto en otro país. ¿No miraría su propia madre esa nueva vida suya de la misma manera? Al menos los padres de Loretta estarían orgullosos. Había obtenido sus cosas bonitas de manera honrada, no robando una vida que no estaba concebida para ella. Por otra parte, Loretta y ella habían acabado las dos en Estates mediante buenos matrimonios. Quizá, al fin y al cabo, no había tantas diferencias entre ambas.
Blake le cambió el vaso vacío por otro con vino caliente y se inclinó para besarla en la mejilla. Le encantaba organizar fiestas, pese a que en ellas Stella solo quería encontrar un rincón donde esconderse. Betsy arrastrándola a una conversación sobre la ropa de cama, Cath preguntando donde había comprado una mesa auxiliar, Dale sosteniendo muérdago sobre su cabeza. Ella permanecía en la periferia de un corrillo, preguntándose si su hija los observaba aún a través de la barandilla, temiendo siempre perderse algo emocionante. De pronto el corrillo de vecinos prorrumpió en risas, y mirándola sonrientes, se quedaron esperando una respuesta.
—Lo siento —dijo ella—. ¿Cómo decís?
En esas fiestas se avergonzaba a la mínima. Se veía atrapada en la periferia de una conversación política —la situación de Vietnam, o unas inminentes elecciones—, y alguien le preguntaba qué pensaba. A pesar de que leía los periódicos y tenía sus opiniones como todo el mundo, se le quedaba la mente en blanco. Siempre temía decir algo inapropiado. Ahora Dale Johansen le sonreía con aire de suficiencia.
—He dicho que me pregunto cuándo aparecerá tu nueva amiga —repitió.
—Pues no sé —respondió ella—. Creo que ya está aquí todo el mundo.
Cuando los demás cruzaron miradas de burlona complicidad, ella se ruborizó. Detestaba ser el blanco de una broma.
—¿A qué te refieres, Dale? —preguntó.
Dale se rio.
—Solo quería saber si va a venir tu amiga de la casa de enfrente. Seguro que desde allí oye la música.
Stella guardó silencio por un momento, latiéndole con fuerza el corazón.
—No es mi amiga —dijo.
—Pues la gente dice que la visitas —repuso Cath.
—¿Y qué?
—¿Es verdad, pues? ¿Vas a verla?
—Métete en tus puñeteros asuntos —dijo Stella.
Betsy Roberts ahogó una exclamación. Tom Pearson dejó escapar una risa incómoda, como si quisiera que se lo tomara como una broma. De pronto Stella se sintió como si se hubiera transformado a ojos de los demás en una criatura totalmente nueva. Algo salvaje y arisco. Cath, sonrojada, dio un paso atrás.
—Pues es la comidilla de todo el mundo —dijo—. Solo he pensado que deberías saberlo.
Vaya desfachatez la de esa mujer.
Delante del espejo del cuarto de baño, Stella, fuera de sí, se echaba agua a la cara. ¿Qué se había creído esa Cath Johansen? Irrumpiendo en su casa con aquel mazacote de tarta de fruta y diciendo ante sus narices, en su propia casa, delante de todo el mundo, que el barrio entero la estaba juzgando. Dale sonriendo estúpidamente a su lado, Blake mirando con aquella expresión de perplejidad en la cara, como si hubiera despertado de una siesta y encontrado a todos aquellos desconocidos en su salón. Ella se había marchado arriba hecha una furia y se había fumado un cigarrillo asomada a la ventana del dormitorio. Oía el quedo murmullo de la fiesta abajo. Sin duda Blake estaría disculpándose por ella. Bah, no le hagáis caso a Stella, siempre está un poco irritable en esta época del año. Sí, es la depre navideña, quién sabe; en cualquier caso, quién la entiende la mitad del tiempo. Luego los Johansen y los Hawthorne y los Pearson se alejaron con cuidado por la acera, dejando atrás los jardines bien cuidados, hasta cruzar las puertas de entrada idénticas de sus casas para murmurar sobre ella. Si ellos supieran. Se regodeó en la idea, como siempre que pensaba al atravesar un paso elevado, de dar un volantazo y precipitarse a toda velocidad por encima de la baranda. No existía nada más fascinante que la perspectiva de la destrucción total.
—¡Habrase visto! —le dijo a Blake—. ¡En mi propia casa! Hablarme de esa forma. O sea, ¿cómo se atreve?
Se aplicó airadamente la crema de noche en la cara. Blake, detrás de ella, se desabrochaba la camisa.
—¿Por qué no me lo habías dicho? —preguntó. Más que enfadado, parecía preocupado.
—No hay nada que decir —contestó Stella—. A las niñas les gusta jugar juntas…
—¿Por qué no me lo dijiste, pues? ¿Por qué me mentiste diciéndome que habías ido a casa de Cath…?
—¡No lo sé! —exclamó ella—. Es que pensé… me pareció que era lo más fácil, ¿entiendes? Sabía que me saldrías con un montón de preguntas…
—¿Me lo echas en cara? —preguntó él—. Nunca te he visto así. Ni siquiera querías que se mudaran aquí…
—¡Bueno, a las niñas les gusta jugar! ¿Qué iba yo a hacer?
—No mentirme —replicó él—. No decirme que hacías una cosa y luego ir allí a escondidas a todas horas.
—A todas horas no.
—¡Según Cath, esta semana han sido dos veces!
Stella se echó a reír.
—No hablarás en serio —dijo—. No es posible que te pongas del lado de Cath Johansen contra mí.
—¡No es cuestión de bandos! Debes saber que también yo me he dado cuenta. No eres la de siempre. Vas de aquí para allá como si tuvieras la cabeza en las nubes. Y ahora andas detrás de esa Loretta. No es normal. Es… —Se acercó a ella por detrás y ahuecó las manos en torno a sus hombros—. Lo entiendo, Stella, de verdad. Te sientes sola. Es eso, ¿no? Ya de buen comienzo nunca quisiste mudarte a Los Ángeles y ahora te sientes muy sola. Y Kennedy se hace mayor. Así que probablemente… bueno, deberías tomar clases o algo así. Algo que siempre hayas querido hacer. Como estudiar italiano o cerámica. Ya te encontraremos algo interesante que hacer, Stel. No te preocupes.
Una noche, en Nueva Orleans, hacía mucho tiempo, Blake la invitó a un banquete de trabajo. «No me gusta la idea de ir solo —le dijo—, ya sabes cómo son esas cosas», y ella asintió, pese a que, por supuesto, no lo sabía. Dijo a Desiree que tenía que quedarse a trabajar hasta tarde y pidió prestado un vestido a otra secretaria. Blake se reunió con ella en el vestíbulo del salón de banquetes, tan apuesto como el protagonista de una película. «Eres un regalo para la vista», le susurró, acercando los labios a su pelo. No se apartó de ella en toda la velada, manteniendo en todo momento la mano apoyada en la parte baja de su espalda. Al final de la noche la llevó a una cafetería, y mientras ella comía su tarta de cereza, él le anunció que se volvía a Boston. Su padre estaba enfermo, y él quería estar más cerca de casa.
—Oh —dijo ella, y se le cayó el tenedor.
No se había dado cuenta de que deseaba con locura más noches como esa a su lado hasta que tomó conciencia de que nunca habría otra. Pero él le tocó la mano y, para sorpresa de ella, dijo:
—Sé que es un disparate, pero tengo una oferta de empleo en Boston y… —Tras una breve vacilación, se rio—. Es un disparate, Stella, pero ¿vendrías conmigo? Allí necesitaré una secretaria, y he pensado que…
Aún no se habían besado siquiera, pero su pregunta parecía tan seria como una propuesta de matrimonio.
—Solo tienes que decir que sí —instó él, y a Stella la palabra le supo a cereza, dulce y ácida y fácil.
Sí, y así, sin más, podía convertirse en la señorita Vignes para siempre. No se permitió pensárselo dos veces. No planeó cómo abandonar a su hermana, cómo establecerse sola en una ciudad nueva. Por primera vez en la vida, no se planteó ningún detalle práctico al decir que sí a Blake Sanders. La parte más difícil de convertirse en otra persona era decidirlo. Lo demás se reducía a una cuestión de logística.
Ahora lo miró en el espejo mientras Blake la observaba con aquella expresión de ternura y preocupación en los ojos. Había creado una nueva vida con un hombre que nunca la conocería, pero ¿cómo podía abandonar esa vida ahora? Era la única que le quedaba.
La mañana de Navidad, apoyada en el pecho de Blake, contempló a su hija chillar y zambullirse en la montaña de regalos. Una Barbie que hablaba al tirar de un cordón, una cocinita Suzy Homemaker, una bicicleta Spyder roja. ¡Mira esto, mira aquello, debe de haberse portado muy bien este año! A diferencia de todos aquellos miserables niños pobres ante árboles vacíos que seguro que se lo merecían, malos porque eran pobres, pobres porque eran malos. Ella nunca había querido participar en la creación del mito de Papá Noel, pero Blake insistió en que era importante preservar la inocencia de Kennedy.
—Es solo una especie de cuento —dijo él—. Tampoco es que vaya a odiarnos cuando lo descubra.
Ni siquiera podía obligarse a pronunciar la palabra «mentira». Lo que era una mentira en sí mismo.
Los trozos del papel de regalo quedaron esparcidos por la moqueta, y Kennedy se desplomó en medio de una bruma de dicha. Stella abrió las cajas con los obsequios de Blake para ella y fue descubriendo regalos que no había pedido: un abrigo de visón hasta el suelo, un brazalete de diamantes, un collar con una esmeralda que él le puso ante el espejo del dormitorio.
—Es demasiado —susurró ella, acariciando la gema con el dedo.
—Para ti, nada es demasiado, cielo —dijo él.
Stella era una de las afortunadas. Un marido que la adoraba, una hija feliz, una casa preciosa. ¿Cómo podía quejarse de nada? ¿Quién era ella para querer más, cuando ya había recibido tanto? Ese juego absurdo con Loretta Walker debía acabarse. Debía dejar de fingir que las dos tenían algo en común, que existían en el mismo universo. Que podían siquiera ser amigas. Debía decirle a Loretta que no podía verla más.
En la cocina, prensó patatas hasta que le ardieron los brazos. Insertó cuñas de piña en los pliegues del jamón y lo introdujo en el horno. Blake, mientras veía a los Lakers arrollar a los Suns, le dijo que Kennedy se había ido a jugar con los otros niños del vecindario. Pero cuando ella salió, no vio las bicicletas de los hijos de los Pearson pasar a toda velocidad ni a las hijas de los Johansen tirar de sus carretillas ni a nadie lanzar un balón de fútbol. Ningún niño en absoluto, la calle vacía excepto por Kennedy y Cindy, que estaban en el jardín de los Walker, las dos llorando. Loretta arrodillada entre ellas, exhausta, todavía con el delantal puesto. Stella cruzó la calle corriendo, agarró a su hija, buscó cortes o arañazos en su piel. Pero no encontró nada, y estrechó a Kennedy entre sus brazos.
—¿Qué pasa? —preguntó a Loretta—. ¿Ha ocurrido algo?
Una pelea por un juguete nuevo, quizá. La Barbie parlante estaba tirada en el suelo entre ellas. Pero Loretta se puso en pie y cogió a su hija de la mano.
—Tú deberías saberlo —respondió.
Adoptó un tono de voz extrañamente frío. Tal vez había oído la música de la fiesta la noche anterior, tal vez seguía dolida por no haber sido invitada. Stella acarició el pelo de su hija.
—Tienes que compartir, cielo —dijo—. ¿Qué te ha dicho mamá de eso? Perdona, Loretta, es hija única, ya me entiendes…
—No, ha compartido más que suficiente —replicó Loretta—. Mantenla apartada de mi hija.
—¿Cómo? —Stella se levantó, estrechando el hombro de Kennedy en actitud protectora—. ¿A qué viene eso?
—¿Sabes qué le ha dicho a Cindy? Pues mira, las niñas estaban jugando a algo y Kennedy iba perdiendo, y va y suelta: «No quiero jugar con una negra».
Se le contrajo el estómago.
—Loretta, yo…
—No, lo entiendo —atajó Loretta—. No la culpo. Solo repite lo que oye en casa, ¿sabes? Y yo, como una tonta, te dejé entrar en la mía. La mujer más sola de este maldito barrio. Debería haberlo sabido. Aléjate de mí.
Loretta se estremeció, impotente en su ira, y más iracunda aún por eso mismo. Stella se sintió aturdida. Guio a su hija al otro lado de la calle. En cuanto cerró la puerta, agarró a Kennedy y la abofeteó. La niña chilló.
—¿Yo qué he hecho? —preguntó, llorando otra vez.
A sus espaldas, la multitud bramó en el televisor, y Blake se sumó a los vítores. Stella miró a la cara a su hija, viendo en ella a todos aquellos a quienes alguna vez había odiado; al cabo de un momento veía otra vez a su hija, que la observaba con los ojos empañados y una mano sobre la mejilla enrojecida. Stella, arrodillándose, estrechó a su hija y le besó la cara húmeda.
—No lo sé —dijo—. No lo sé. Mamá lo siente.
Años más tarde Stella solo recordaría haber hablado con Reg Walker tres veces: una mañana, al salir a recoger el periódico cuando él, a punto de irse al plató, se detuvo en el camino de acceso y dijo: «Un día precioso, ¿no?». Ella coincidió en que así era y lo observó mientras subía a su lustroso coche negro. La segunda vez, al llegar él a casa, la encontró sentada en el sofá con su mujer y se detuvo un momento en la puerta, como si se hubiese equivocado de casa. «Ah, hola —saludó, de pronto cohibido, y Loretta se rio a la vez que tendía la mano hacia la copa de vino—. Siéntate un rato con nosotras, cariño», propuso. Él no se quedó, pero, antes de irse, se inclinó para encenderle el cigarrillo, cruzando ambos una mirada tan íntima que Stella apartó la vista. Y la tercera vez, cuando Reg ayudó a Stella a descargar la compra. Ella debería haber retrocedido cuando él se acercó, pero le permitió llevar las bolsas adentro, y el recorrido desde el camino de acceso hasta la encimera de la cocina se le hizo anormalmente largo. Ni siquiera Loretta había estado antes dentro de su casa. Lo acompañó por el pasillo solitario y estéril hasta que él dejo las bolsas en la encimera.
—Ahí tiene —dijo. Ni siquiera la miró.
Pero una semana después de Navidad, en su círculo de costura, dijo a Cath Johansen y Betsy Roberts que ese hombre la incomodaba.
—No sé —explicó a la vez que tiraba de un punto mal colocado—. Nunca me ha gustado la forma en que me mira.
Al cabo de tres días, alguien lanzó un ladrillo a través de la ventana del salón de casa de los Walker, e hizo añicos el jarrón de mosaico que Loretta había comprado en Marruecos. Tom Pearson y Dale Johansen se atribuyeron el mérito, aunque no fue ninguno de los dos; como Stella descubrió más tarde, fue el rubicundo Percy White, que veía en la presencia de los nuevos vecinos una afrenta personal, como si se hubieran trasladado allí solo para empañar su presidencia. Algunos lo aplaudieron, pero otros vieron ese hecho con inquietud.
«Esto es Brentwood, no Mississippi», dijo Blake. Arrojar ladrillos contra las ventanas parecía algo propio de chusma desdentada. Pero al cabo de una semana otro vecino, en su necesidad de demostrar lo hombre que era, dejó una ofensiva bolsa de excrementos de perro en la escalinata de los Walker. Días después otro ladrillo traspasó la ventana del salón. Según el periódico, en ese momento la hija estaba viendo la televisión. El médico tuvo que extraer esquirlas de cristal de su pierna.
En marzo, los Walker abandonaron Estates tan repentinamente como habían llegado. La mujer estaba muy deprimida, dijo Betsy Roberts a Stella, y habían comprado una casa nueva en Baldwin Hills.
—No sé por qué no hicieron precisamente eso ya de buen comienzo — comentó Betsy—. Allí serán mucho más felices.
Por entonces Stella no había hablado con Loretta desde el día de Navidad. Aun así, a través de las persianas, observó cuando el camión de mudanzas amarillo se detuvo y un grupo de jóvenes de color sacó lentamente las cajas de cartón de la casa. Se imaginó que cruzaba la calle para dar explicaciones. Que entraba en el amplio salón de Loretta y la encontraba apoyada en una caja mientras cerraba otra con cinta. Loretta no parecería enfadarse al verla; no reaccionaría en modo alguno, y su rostro inexpresivo la heriría aún más. Stella le diría que solo había hecho esos comentarios espantosos sobre Reg porque sentía la necesidad desesperada de esconderse.
—Yo no soy una de ellos —diría—. Soy como tú.
—Eres de color —respondería Loretta.
No sería una pregunta, sino la constatación de un hecho patente. Stella se lo diría porque la otra se iba; en cuestión de horas, desaparecería de esa parte de la ciudad y de la vida de Stella para siempre. Se lo diría porque, a pesar de todo, Loretta era su única amiga en el mundo. Porque sabía que, si al final todo se reducía a una cuestión de su palabra contra la de Loretta, siempre la creerían a ella. Y al saber eso se sintió, por primera vez, verdaderamente blanca.
Imaginó a Loretta apartar la caja y avanzar hacia ella. Su rostro detenido en una expresión de asombro, como si hubiera visto algo hermoso y conocido.
—No tienes que explicarme nada —diría—. Es tu vida.
—Pero no lo es —contestaría Stella—. Nada de eso me pertenece.
—Bueno, tú lo elegiste —insistiría Loretta—. Así que es tuyo.