La mitad evanescente
Capítulo 15
15
En Pacific Cove, Charity Harris venía a ser como la vecina de la casa de al lado, es decir, la mitad del público la adoraba y la otra mitad la consideraba una pelmaza absoluta. Cuando Kennedy se esfumó en un crucero en su última aparición, incluso recibió cartas de admiradores para decirle que se alegraban de su desgracia. En su momento eso no la molestó. La traía sin cuidado si los seguidores la adoraban o la aborrecían, era atención en cualquier caso, y hasta entonces nadie había albergado sentimientos tan intensos con respecto a los personajes que había interpretado como para escribirle. Aun así, al marcharse en coche del aparcamiento de los estudios, acariciaba la esperanza de que esa no fuera la última escena de Charity.
«Así son los culebrones —dijo el director—. Nada es definitivo excepto una cancelación».
Charity merecía un final mejor, diría ella en estado de ebriedad a sus amigos en los bares hasta bien entrados los cuarenta años, mucho más allá del tiempo en que habría sido adecuado que la preocupara tanto. Aunque no pudiera esperar el regreso milagroso de Charity —un destino con el que soñaban todos los actores eliminados de un culebrón—, ella al menos hubiera querido que la historia de Charity terminara limpiamente, con un rótulo absurdo donde se explicara que la chica abandonaba Pacific Cove para marcharse a Perú a criar llamas, o lo que fuera.
«Pero ¿desaparecer sin más? —dijo una vez—. ¿En el mar? ¿Y se acabó? O sea, hay que joderse».
«Merecer es una palabra estúpida —dijo su novio, instructor de yoga—. Ninguno de nosotros merece nada. Conseguimos lo que conseguimos».
Quizá tenía la sensación de que a Charity le habían robado algo porque era buena chica. Una chica mejor que Kennedy, desde luego, que había cometido no pocos errores. Se había acostado con dos directores casados; había robado dinero a sus padres cuando, por orgullo, se resistió a pedir más créditos; había mentido a amigas sobre los horarios de las audiciones para tener ventaja. En cambio, Charity era un encanto. Había encontrado al amor de su vida, el galán Lance Garrison, cuando ella estaba rescatando a un perro a punto de ahogarse, por amor de Dios. Sin embargo cuando desapareció, Lance esperó solo media temporada antes de echarle los tejos a la seductora hija del inspector. Cinco años más tarde los dos celebraron una magnífica boda con la que Pacific Cove batió el récord de audiencia: veinte millones de espectadores según TV Guide, que incluyó la boda entre los cincuenta mejores momentos en la historia de los culebrones. ¡El episodio incluso fue nominado para un Emmy! Y en ninguna de las entusiastas reseñas se mencionó siquiera a Charity, o el hecho de que la feliz pareja no habría llegado a conocerse si Charity no hubiera subido a ese crucero, desde cuya cubierta se había despedido jubilosamente mientras se alejaba hacia el cielo de la televisión del horario diurno.
Quizá le fastidiaba, incluso más que perder el empleo, no haber protagonizado una gran boda en un culebrón. Le molestaba más eso que no haberse casado en la vida real.
—Yo nunca represento a la chica de la casa de al lado —le dijo una vez una actriz invitada negra—. Supongo que nadie quiere ser mi vecino de la casa de al lado.
Pam Reed sonrió irónicamente junto a la mesa del servicio de catering a la vez que se echaba un tomate cherry entre los labios. Ella sí era una verdadera actriz, oyó decir Kennedy a dos tramoyistas. En la década de 1970, había interpretado el papel de una mujer policía en una popular serie de películas de acción hasta que, en la tercera entrega, la mató el villano. Luego había sido juez en un drama de abogados para una cadena de televisión. Haría papeles de juez durante el resto de su carrera, y a veces Kennedy, mientras hacía zapping en la televisión, veía a Pam Reed en el estrado, inclinada al frente con actitud severa, la barbilla apoyada en la mano.
—En la televisión les encantan las juezas negras —le dijo Pam—. Es gracioso: ¿te imaginas cómo sería este mundo si nosotros decidiéramos lo que es justo?
Aquella tarde había interpretado a una juez en Pacific Cove. Incluso entre tomas, intimidaba con su toga negra, razón por la cual Kennedy, tendiendo la mano hacia un racimo de uva, dijo la primera estupidez que se le pasó por la cabeza.
—Yo vivía al lado de la casa de una familia negra. Bueno, en la acera de en frente. La hija se llamaba Cindy; en realidad, fue mi primera amiga.
No añadió que su amistad terminó cuando, en un arrebato de rabia infantil, llamó «negra» a Cindy. Aún se avergonzaba al recordar a Cindy rompiendo a llorar. Ridículamente, también ella empezó a llorar, y su madre le dio una bofetada: la primera y única vez que le pegó. La bofetada la desconcertó menos que el beso posterior, el hecho de que la ira y el amor de su madre entraran en una colisión tan violenta. En aquel momento pensó que decir «negra» era tan malo como repetir cualquier palabra malsonante; su madre se habría alterado y abochornado en igual medida si ella hubiese vociferado «joder» en aquella calle sin salida. Pero después de lo de Jude, Kennedy recordó la expresión en el rostro de su madre cuando la llevó a rastras al interior de la casa. Estaba furiosa, sí, pero, más que eso, parecía aterrorizada. Asustada por su propia emoción o, lo que resultaba más perturbador, por su hija, que había demostrado ser una persona tan deplorable.
Nunca volvió a utilizar esa palabra con una connotación racial, ni de pasada, ni repitiendo chistes, no hasta que Frantz se lo pidió en la cama. Era como un juego, le había dicho, acariciándole la espalda, porque sabía que ella no lo diría con mala intención. No supo por qué pensó en Frantz en ese momento. Decirle esa palabra a él era distinto de decírsela a Cindy. ¿O no?
Pam Reed se limitó a reírse un poco a la vez que se limpiaba la boca con una servilleta de papel.
—Afortunada ella —dijo.
La noche que Jude Winston fue a la función, Kennedy se separó de su cuerpo en el escenario.
Cualquier actor podría decir que eso mismo le había pasado ya a él; mejores actores lo habían experimentado mucho antes en sus carreras, ella estaba segura. Esa noche de invierno fue la primera vez que supo verdaderamente lo que se sentía al salir de sí misma. Cantar se le antojó como respirar, bailar algo tan natural como andar. Cuando entonó su dueto con Randy el Granjero —un estudiante de teatro larguirucho de la Universidad de Nueva York—, se sintió, casi, como si se enamorara de él. Tras bajar el telón, el resto de los actores la rodearon y la vitorearon, y parte de ella supo, ya en ese momento, que era la mejor interpretación que haría en su vida. Y lo había conseguido solo porque sabía que en algún lugar, en el teatro a oscuras, Jude la veía.
En el camerino, se cambió despacio, a la vez que desaparecía la magia del escenario. Frantz estaría esperándola en el vestíbulo. Los jueves por la noche pasaba por allí después de sus horas de despacho. Le diría que esa noche había estado bien, incluso magnífica. Percibiría una diferencia en ella, tal vez incluso se preguntara cuál había sido la causa. Y allí, esperando también en el vestíbulo, estarían Jude y Reese. Lo que no preveía era hallarlos a los tres esperando juntos. Frantz, al verla, le dirigió una sonrisa y le indicó con una seña que se acercara.
—No me has dicho que habían venido a visitarte unos amigos —comentó —. Venga, vamos a tomar una copa.
—No quiero excluir a nadie —dijo.
—Tonterías. Han venido hasta aquí. Solo una copa.
Aturdida como estaba, no recordaba apenas la caminata hasta el 8 Ball. Solo había elegido ese bar porque sabía que incomodaría a Jude. Y en efecto, tan pronto como entraron, Jude echó una ojeada al local en penumbra, abrumada por la estridente música punk que sonaba por los altavoces. Se fijó en las obscenidades escritas en las superficies de las mesas en rotulador permanente, miró a los moteros apiñados junto a la barra, y puso cara de preferir estar en cualquier otro sitio. Bien, así nadie tendría la tentación de quedarse mucho tiempo. Estúpidamente, no había previsto que esas dos partes de su vida se fundieran. Su idea era que vería a Jude después de la función durante un minuto y esta le enseñaría lo que fuera que quería enseñarle. Nunca habría imaginado que Jude y Frantz pudieran entablar conversación y descubrir que los dos la conocían. Una amiga de la facultad, debía de haberle dicho Jude, porque Frantz preguntaba una y otra vez cómo era Kennedy en la universidad.
—Cariño —dijo Kennedy—, deja de darles la lata. Tomemos algo, y punto.
—Yo no doy la lata —repuso Frantz. Se volvió hacia Jude—. ¿Estoy dando la lata?
Ella sonrió.
—No, no te preocupes. Es solo que esto está un poco agobiante.
—La verdad es que las grandes ciudades no son lo nuestro —intervino Reese. Fue un comentario tan simplón y encantador que Kennedy habría podido vomitar.
—Tampoco eran lo mío —dijo Frantz—. Vine a vivir aquí de pequeño. La ciudad todavía me impresiona, ¿sabéis? Eh, ¿cuánto tiempo vais a quedaros? Seguro que a Ken le encantaría llevaros a ver algún que otro sitio…
—Primero pidamos las copas —insistió Kennedy—. Ya pensaremos después en las visitas turísticas.
Frantz se echó a reír.
—Sí, claro. —Salió a empujones del reservado e hizo una seña a Reese—. ¿Me echas una mano?
Los dos se encaminaron hacia la barra. Kennedy se quedó sola con Jude por primera vez desde hacía años. Nunca había deseado más una copa.
—Tu amigo es simpático —dijo Jude.
—Oye, perdona por lo que te dije aquella vez, en la fiesta del elenco —se disculpó Kennedy—. Sobre ti y Reese. Estaba borracha. No lo dije en serio.
—Sí lo dijiste en serio —replicó Jude—. Y estabas borracha. Las dos cosas pueden ser ciertas.
—Bien, pero ¿por eso has venido? ¿Por eso estás jugando conmigo? Estoy cansada de todo esto.
—¿Qué es todo esto?
—Lo que sea que te traes entre manos. Este juego o lo que sea.
Jude fijó la mirada en ella por un momento y luego tendió la mano hacia el bolso.
—Tenía el presentimiento de que volvería a verte —dijo.
—Estupendo, eres vidente.
Kennedy vio que los chicos estaban pidiendo en la barra y cayó en la cuenta de que ni siquiera había dicho a Frantz qué quería. Una pequeña muestra de intimidad, pero, aun así, llamativa: Frantz sabía lo que ella quería antes de que ella lo pidiera.
—No quería decírtelo —explicó Jude—. En la fiesta del elenco. Pensé que preferirías no saberlo. Solo dije algo por rabia. Tú hiciste aquel comentario, y yo quise hacerte daño. No fue justo. —Extrajo algo blanco de su billetero—. No hay que decir la verdad a los demás solo porque uno quiera hacerles daño. Hay que decírsela porque quieren saberla. Y creo que tú ahora quieres saberla.
Entregó a Kennedy un papel blanco cuadrado. Una fotografía. Kennedy supo, incluso antes de mirar, que sería un retrato de su madre.
—Dios, han tardado una eternidad —se quejó Frantz, y volvió a acomodarse en el reservado con las copas—. Eh, ¿qué es eso?
—Nada —respondió Kennedy—. Sal de ahí, tengo que ir al váter.
—Venga, Ken, acabo de sentarme —protestó él, pero se apartó igualmente, y ella, aferrada a la fotografía, abandonó el reservado.
Fue realmente al lavabo, pero solo porque necesitaba más luz. Jude bien podría haberle entregado una foto de cualquiera. Por un segundo se quedó inmóvil ante el espejo del baño, sosteniendo la foto contra el vientre.
No tenía por qué mirarla. Podía romperla, y después de esa noche ya no hablaría con Jude nunca más. Pronto Reese se habría operado, y se marcharían de la ciudad para siempre. Kennedy podía negarse a saberlo. Esa era una posibilidad, ¿o no?
En fin, es fácil saber qué ocurrió a continuación. Ella también lo sabía, incluso antes de dar la vuelta a la foto. La memoria funciona así: es como ver hacia delante y hacia atrás al mismo tiempo. En ese momento veía en las dos direcciones. Se veía a sí misma de niña, ilusionada, molestando, trepando para estar cerca de una madre que nunca la quería cerca. Una madre a quien en realidad nunca había conocido. Luego se vio enseñándole a su madre la fotografía, la prueba de que se había pasado toda la vida mintiendo. Cuando Kennedy dio la vuelta a la foto, distinguió las figuras de dos gemelas vestidas de negro y, de pie entre ellas, una mujer. La fotografía era antigua, gris y desvaída; aun así, bajo la luz del fluorescente, supo cuál de esas dos chicas idénticas era su madre. Se la veía incómoda, como si, en caso de ser posible, hubiera escapado del encuadre.
A su madre nunca le había gustado tomar fotografías. No le gustaba verse inmovilizada en un sitio.
—Qué simpáticos son tus amigos —comentó Frantz más tarde esa noche al meterse en la cama.
En el metro, de camino a casa, ella apenas había hablado. No se encontraba bien, había dicho a todos después de una copa, prefería dar la noche por terminada. En los lavabos, se había escondido la fotografía bajo la cinturilla del pantalón, como cuando, de niña, trataba de sacar chucherías de la cocina a hurtadillas. Solo que en lugar de una tableta de chocolate fundiéndose bajo la camiseta, sintió los afilados ángulos hincarse en su piel durante todo el camino a la estación. Parte de ella deseaba que Jude pensara que se había desprendido de la foto. Que la había tirado al inodoro o algo así. Jude parecía decepcionada cuando se despidieron. Tanto mejor. Pues que se sintiera decepcionada. En cualquier caso, ¿quién se había creído que era? Irrumpiendo en su vida por segunda vez, y en cualquier caso no podía descartarse que Jude mintiera. No se parecía en nada a ninguna de las chicas de la foto ni a la mujer que estaba entre ellas, de piel más oscura pero todavía clara, con una mano en el hombro de cada una de las chicas. Las tres constituían un conjunto, como si formaran parte de una misma cosa. Pero Jude no pegaba con ninguna de ellas. ¿Y Kennedy? ¿Con quién pegaba?
—No somos amigos —contestó—. En realidad no. O sea, son solo personas que conocía.
—Ah. Bueno.
Frantz se encogió de hombros y luego, dándose la vuelta, la besó en la nuca. Ella se apartó.
—Para, por Dios —dijo Kennedy.
—¿Qué pasa?
—¿Qué quieres decir? Ya te lo he dicho, no me encuentro bien.
—Bueno, Dios santo, no la tomes conmigo.
Él le dio la espalda, taciturno, y apagó la luz.
—Ya sabía que no eran amigos tuyos —dijo.
—¿Cómo?
—Tú no tienes amigos negros. A ti no te gusta ningún negro excepto yo, y nosotros en realidad no somos amigos, ¿verdad?
Por la mañana volvió a llamar al hotel Castor, pero nadie contestó.
Se quedó sola tendida en la cama, observando aquella fotografía descolorida, hasta que tuvo que marcharse a trabajar. Las gemelas, una al lado de la otra con aquellos lúgubres vestidos negros. Su madre y la que no era su madre, su abuela entre ellas. Toda una familia donde, según su madre, no existía ninguna, y Jude, de algún modo, lo sabía todo. Una vez, cuando tenía trece años, su madre la llevó a un centro comercial a comprar un vestido nuevo para su cumpleaños. Para entonces, Kennedy había empezado ya a distanciarse, y lamentaba no haber ido a Bloomingdale’s con sus amigas en lugar de allí. Pero su madre apenas estaba pendiente de ella. Se detuvo en medio de la tienda y acarició las mangas de encaje de un vestido negro.
—Me encanta ir de tiendas —dijo, casi para sí—. Es como probarse a todas las demás personas que una podría ser.
Durante el descanso del almuerzo, Kennedy volvió a telefonear a la habitación del hotel. Tampoco hubo respuesta. Esta vez probó en recepción.
—La chica ha avisado que hoy pasarían todo el día en el hospital — contestó el recepcionista—. Por si llamaba alguien.
—¿Qué hospital?
—Lo siento, señorita, no lo ha dicho.
Por supuesto, ¿qué cabía esperar de una chica de pueblo que ponía los pies por primera vez en Nueva York? Por supuesto, ni se le había ocurrido pensar en la cantidad de hospitales que había solo en Manhattan. Pese a su irritación, pasó las hojas del listín telefónico para localizar el hospital más cercano al hotel. La recepcionista le dijo que no podía facilitar el nombre de ningún paciente, y Kennedy, a la vez que colgaba, cayó en la cuenta de que en todo caso no sabía el apellido de Reese. Aun así, salió del trabajo antes de hora y fue en autobús al hospital. En el puesto de enfermeras, pidió a una pelirroja menuda que llamara por el altavoz a una tal Jude Winston. Esperó cinco minutos, arrugada en su bolsillo la hoja del listín, preguntándose si tendría que ir de hospital en hospital hasta la parte alta de la ciudad para encontrarlos. De pronto, se abrieron las puertas del ascensor. Salió Jude, en un primer momento alterada, pero enseguida asomó a su rostro una expresión de alivio al advertir que solo era Kennedy.
—No has dejado el nombre del hospital —le reprochó Kennedy—. Podría haberme pasado el día entero buscándote.
—Pero no ha sido así —repuso Jude.
—Ya, bueno, pero podría haber sido así. —Por Dios, reñían ya como hermanas—. Esta es una ciudad grande, ¿sabías?
Jude guardó silencio por un instante. Al final, dijo:
—Oye, ahora mismo tengo la cabeza en otras cosas.
Esa era precisamente la clase de respuesta que su madre habría dado: taimada, para someterla por medio de la culpabilidad.
—Perdona —dijo—. ¿Reese está bien?
Jude se mordió el labio.
—No lo sé —contestó—. Sigue anestesiado. No me dejan verlo. Porque no soy familia y tal.
De pronto a Kennedy se le ocurrió pensar que si de repente tenía un ataque al corazón, allí mismo en el vestíbulo del hospital, Jude sería su pariente más cercana. Primas. Eran primas. Pero si Jude se lo decía a una enfermera, insistiendo en el derecho de visita, ¿quién se lo creería?
—Es absurdo —dijo Kennedy—. Aquí solo te tiene a ti.
—Pues ya ves. —Jude se encogió de hombros.
—Debería casarse contigo, y problema resuelto. Ya lleváis juntos mucho tiempo, y así no tendríais que preocuparos por chorradas como esta.
Jude la miró fijamente por un segundo, y Kennedy pensó que tal vez la mandara a la mierda. Seguramente se lo merecía. Pero Jude se limitó a alzar la vista al techo.
—Hablas como mi madre —dijo.
La fotografía era de un funeral, le explicó Jude. En la cafetería, las chicas se sentaron una frente a otra a una larga mesa metálica, donde bebieron café tibio con la foto entre ambas. Un funeral, eso ya lo había deducido —los vestidos negros y demás—, pero ahora volvió a contemplar el retrato, a las gemelas. Cintas en el pelo a juego, leotardos a juego. Por primera vez advirtió que una de las gemelas tenía agarrado el vestido de la otra, como para evitar que se moviera. Tocó la foto, recordándose así que era real. En cierto modo necesitándolo, para fijarse al sitio donde estaba.
—¿Quién había muerto? —preguntó.
—Su padre. Lo mataron.
—¿Quién?
Jude se encogió de hombros.
—Un grupo de blancos.
Kennedy no supo qué la sorprendía más, si la revelación o la despreocupación con la que Jude se la dio a conocer.
—¿Cómo? —dijo ella—. ¿Por qué?
—¿Tiene que haber una razón?
—¿Cuando matan a alguien? Suele haberla.
—Pues esta vez no la hay. Pasó sin más. Delante de ellas.
Kennedy intentó imaginar a su madre de niña, testigo de un hecho tan horrendo, pero solo logró representársela ocho años atrás, de pie al fondo del pasillo a oscuras con un bate de béisbol. Kennedy, un poco borracha, entraba furtivamente en casa después de una fiesta; esperaba que su madre le gritase por incumplir el horario de llegada acordado. En cambio, la encontró al final del pasillo, tapándose la boca con una mano. El bate cayó ruidosamente al suelo de madera y rodó hacia sus pies descalzos.
—Nunca habla de él —dijo Kennedy.
—La mía tampoco —dijo Jude.
En el extremo de la mesa, un anciano judío tosió en la manga de su jersey. Jude lo miró de reojo, jugueteando con el envoltorio de un caramelo.
—¿Cómo es? —preguntó Kennedy—. Tu madre.
—Tozuda —respondió ella—. Como tú.
—Yo no soy tozuda.
—Si tú lo dices.
—Bueno, y aparte de eso, ¿cómo es? Seguramente no solo es tozuda.
—No lo sé —dijo Jude—. Trabaja en una cafetería. Dice que no le gusta nada, pero no iría a ningún otro sitio. Nunca abandonaría a maman.
—¿Es así como llamas a tu abuela? —Kennedy aún no podía obligarse a decir nuestra.
Jude asintió.
—Me crie en su casa —dijo—. Ahora ya está vieja. Se olvida de las cosas. Aún pregunta a veces por tu madre.
Prorrumpió un aviso por el sistema de megafonía. Kennedy añadió otro sobre de azúcar al café que nunca se terminaría.
—Esto es extraño para mí. No creo que entiendas lo extraño que es todo esto.
—Ya lo sé —dijo Jude.
—No, no lo sabes. Dudo mucho que nadie pueda saberlo.
—De acuerdo, no lo sé.
Jude se puso en pie y tiró el café a la papelera. Kennedy se apresuró a seguirla, temiendo de pronto que la dejara allí. ¿Y si había ahuyentado a Jude y ahora esta decidía no decirle nada más? Saber un poco era peor que no saber nada. Así que fue detrás de ella hasta el ascensor, subió en silencio al cuarto piso y se sentó a su lado en la sala de espera junto a una planta marchita.
—No tienes que quedarte —dijo Jude.
—Ya lo sé —respondió Kennedy. Pero se quedó.
El hospital dio el alta a Reese esa noche. Cuando Jude lo sacó en silla de ruedas, Kennedy alzó la vista y se sorprendió al descubrir el cielo ya teñido de azul marino. Había pasado horas sentada junto a Jude en la sala de espera, hojeando distraídamente revistas, bajando a la cafetería a por más café, a veces permaneciendo allí inmóvil sin más, con la mirada fija en la foto. Llamó al teatro para decir que estaba enferma y no podía ir. Reconoció que al final había sucumbido a la gripe. Y aunque tenía sobradas razones para marcharse, se quedó allí en aquella sala de hospital silenciosa, hasta que una cortante enfermera blanca les dijo que podían irse. Pensó en llamar a casa. Frantz siempre intentaba telefonearla antes de la función y se preocuparía si contestaba la suplente. Así y todo, paró un taxi y ayudó a Jude a subir a Reese. Estaba aún un poco grogui por la anestesia, y durante todo el trayecto al hotel se le caía una y otra vez la cabeza sobre el hombro de Kennedy. Jude apretó el muslo a Reese, y Kennedy desvió la mirada. No imaginaba lo que era necesitar a alguien tan abiertamente.
Podría haberse despedido frente al hotel, pero también subió. Jude y ella no hablaron. Rodeando ambas la cintura de Reese con los brazos, lo entraron entre las dos. Pesaba más de lo que parecía, y para cuando llegaron al ascensor, a Kennedy le ardían los hombros. Pero aguantó hasta la habitación, y lo dejaron en la cama con cuidado. Jude se sentó en el borde del colchón y le apartó los rizos de la frente.
—Gracias —susurró, pero seguía mirando a Reese. Esa ternura en la voz solo iba dirigida a él.
—Bueno… —dijo Kennedy.
Debería haberse ido, pero se quedó en la habitación. Jude pasaría unos días más en la ciudad mientras Reese se recuperaba. Tal vez Kennedy podía volver a pasarse por el hotel al día siguiente. Seguramente Jude no podía quedarse en aquella habitación sórdida todo el día, viéndolo dormir. Quizá podían salir a tomar un café o comer. Kennedy podía enseñarle la ciudad, para que pudiera decir que en Nueva York había hecho algo más que ver un musical mediocre y estar en la sala de espera de un hospital. Jude la acompañó al vestíbulo, y Kennedy se envolvió lentamente el cuello con la bufanda.
—¿Cómo es? —preguntó—. Mallard.
Había imaginado un pueblo como Mayberry, rústico y acogedor, mujeres dejando tartas a enfriar en los alféizares de sus ventanas. Un pueblo tan pequeño que todo el mundo se conocía por sus nombres. En una vida distinta, ella podría haber ido de visita en verano. Podría haber jugado con Jude delante de la casa de su abuela. Pero Jude se limitó a reírse.
—Horrible —contestó—. Allí solo les gustan los negros de piel clara. Tú encajarías perfectamente.
Lo dijo tan a la ligera que Kennedy casi no se dio cuenta.
—Yo no soy negra —replicó.
Jude volvió a reírse, esta vez incómoda.
—Pues tu madre sí lo es.
—¿Y?
—Y eso te convierte a ti también en negra.
—No me convierte en nada —repuso Kennedy—. Mi padre es blanco, ¿sabes? Y no hace falta que vengas tú a decirme qué soy.
No era una cuestión racial. Sencillamente no le gustaba la idea de que alguien le dijera quién tenía que ser. En ese sentido era como su madre. Si hubiera nacido negra, lo habría aceptado plenamente. Pero no era así, ¿y quién era Jude para decirle que era alguien que no era? En realidad, nada había cambiado. Había averiguado algo sobre su madre, pero ¿qué trascendencia podía tener eso en el contexto de toda su vida? Se había suprimido un único detalle para sustituirlo por otro. Cambiar un ladrillo no convertía una casa en un cuartel de bomberos. Ella seguía siendo ella. Nada había cambiado. Nada había cambiado en absoluto.
Esa noche Frantz le preguntó dónde había estado.
—En el hospital —respondió Kennedy, tan agotada que fue incapaz de mentir.
—¿En el hospital? ¿Qué ha pasado?
—No, a mí nada. He estado con Jude. Han operado a Reese.
—¿De qué lo han operado? ¿Está bien?
—No lo sé. —No lo había preguntado—. Algo relacionado con el pecho, según parece. Ya está bien. Solo un poco grogui.
—Tendrías que haberme llamado. Te he esperado despierto.
Iba a abandonarlo. Siempre había sabido juzgar el momento correcto para marcharse. Llamémoslo intuición o desasosiego, llamémoslo como queramos. Nunca había sido de las que se quedaban donde no las querían. Supo cuándo era el momento de marcharse de Los Ángeles, y un año después sabría marcharse de Nueva York. Sabía cuándo debía estar con un hombre seis semanas o seis años. El momento de marcharse era igual, en cualquier caso. Marcharse era sencillo. Quedarse era la parte que nunca había dominado del todo. Así que esa noche, cuando miró a Frantz en la cama, su piel de color marrón oscuro reluciente en contraste con las sábanas plateadas, supo que no se quedaría con él mucho más tiempo. Aun así, se sentó en el borde de la cama y le quitó las gafas, desdibujándose ante él.
—¿Seguirías queriéndome si no fuera blanca? —preguntó.
—No —dijo, y tiró de ella hacia sí—. Porque entonces no serías tú.
Cuando abandonó a Frantz, vagó durante un año, sin decir a nadie adónde iba. Su musical había terminado, y ella empezaba a cansarse del teatro, aunque perseveraría aún unos años, incorporándose a compañías de comedia de improvisación, presentándose a audiciones para obras experimentales. Aparentemente, la interpretación era lo único que no sabía cuándo dejar. Antes de huir, vio a su madre por última vez. Sentadas en el jardín trasero, bebían chardonnay junto a la piscina. Era un día de invierno anormalmente soleado. A ella la sorprendió el calor, la sorprendió que hubiera existido una época en que la idea de que un día de febrero fuese cálido no le pareciera un hecho extraordinario. Cerró los ojos, con las piernas al sol, sin pensar siquiera en el pobre Frantz, acurrucado junto a su ruidoso radiador.
—Yo venía aquí por las mañanas —dijo su madre—. Cuando tú estabas en el colegio. Nunca tenía nada que hacer, pero por alguna razón siempre acababa aquí, pensando.
Era un día magnífico. Kennedy lo recordaría más tarde: que podría no haber dicho nada, que podría haber permanecido allí tendida al sol eternamente. Sin embargo, entregó la fotografía a su madre.
—¿Qué es esto? —preguntó a la vez que ladeaba la cabeza para mirarla.
—Es del funeral de tu padre —contestó Kennedy—. ¿No lo recuerdas?
Su madre calló, inexpresiva. Fijó la mirada en la foto.
—¿De dónde la has sacado? —quiso saber.
—¿Tú qué crees? —dijo Kennedy—. Resulta que me encontró. ¡Te conoce mejor que yo!
No había sido su intención levantar la voz. Solo esperaba que su madre sintiera algo. Creía que, al enseñarle una foto de su familia, se echaría a llorar. Que se enjugaría las lágrimas y finalmente contaría a su hija la verdad de su vida. Kennedy se lo merecía, ¿o no? Un momento de sinceridad. Pero su madre le devolvió la foto.
—No sé por qué haces esto —dijo—. No sé qué quieres que te diga…
—¡Quiero que me digas quién eres!
—¡Ya sabes quién soy! Esta —hincó el dedo en la foto— no soy yo. ¡Mírala! No se parece en nada a mí.
No supo a cuál de las chicas señalaba su madre, si a su hermana o a sí misma.
Jude había dejado su número de teléfono al dorso de la foto. Kennedy no llamó durante años.
Sin embargo conservó la foto. La llevó a todas partes en sus viajes: Estambul y Roma, Berlín, donde vivió tres meses, compartiendo un piso con dos suecos. Una noche se colocaron y ella les enseñó la foto. Aquellos dos chicos rubios le sonrieron con expresión de perplejidad y se la devolvieron. No significaba nada para nadie excepto para ella, y en parte por eso la conservó. Era el único aspecto real de su vida. No sabía qué hacer con el resto. Todas las historias que conocía eran ficción, así que empezó a crear otras nuevas. Era hija de un médico, de un actor, de un jugador de béisbol. Estaba tomándose un descanso de la carrera de medicina. Tenía un novio en su país que se llamaba Reese. Era blanca, era negra, se convertía en una persona nueva en cuanto cruzaba una frontera. Se reinventaba continuamente su vida.
A principios de la década de 1990, empezó a tener serias dificultades para conseguir trabajos de interpretación. Ningún director necesitaba a una rubia de más de treinta años que aún no se había consolidado como estrella. Interpretó unos cuantos papeles de hermana mayor en un puñado de series de televisión, luego a un par de maestras, y después su agente dejó de llamarla. Se sentía demasiado joven para el declive, pero había que reconocer que antes la había favorecido una inverosímil racha de buena suerte. A decir verdad, toda su vida había sido un regalo de la fortuna: se le había concedido una piel blanca. Cabello rubio, una cara bonita, buen tipo, un padre rico. Se había librado de multas por exceso de velocidad a base de sollozos, había accedido a innumerables segundas oportunidades mediante el coqueteo. Su vida entera, un conjunto de pródigos dones que no había merecido.
Durante dos años fue instructora de spinning, y el gimnasio colocaba fotos de Charity Harris en el folleto para atraer a los clientes. Pero se cansó de sudar a todas horas, de las contracturas y los calambres en las piernas, así que, en 1996, decidió por fin volver a estudiar. No a estudiar realmente, decía a todo el mundo, riéndose ante la idea, sino a hacer un curso de agente inmobiliario. Había vendido productos patéticos en anuncios de la televisión en horario diurno durante años, ¿por qué no iba a poder vender una casa? En su primer día, sentada incómoda en el pequeño pupitre, fijó la mirada en el impreso que el profesor repartía fila por fila.
Qué valoran los clientes en un agente inmobiliario: • Sinceridad
• Conocimiento del mercado de bienes raíces
• Capacidad de negociación
Podía aprender casi todo eso, se dijo, excepto lo primero de la lista. Había estado actuando durante toda su vida, lo que significaba que era la mejor mentirosa que conocía. Bueno, la segunda mejor.
Durante su primer año en la agencia inmobiliaria del Valle de San Fernando, Kennedy vendió siete casas. Su jefe, Robert, le dijo que tenía el toque de Midas, pero ella, para sí, lo llamaba el efecto Charity Harris. Tenía la clase de rostro que la gente recordaba vagamente, incluso aquellos que nunca habían visto Pacific Cove. Todos creían conocerla. Y naturalmente los admiradores de Pacific Cove siempre se presentaban en sus jornadas de puertas abiertas, mucho después de terminar la serie.
«Siempre pensé que no estuvo bien lo que te pasó», le susurró una vez una mujer en una casa piloto de una urbanización de Tarzana. Ella sonrió educadamente, guiando a la mujer por el pasillo. Podía ser Charity si era eso lo que ellos necesitaban. Podía ser cualquiera en realidad.
Antes de cada jornada de puertas abiertas, se sentía como si volviera a estar en el escenario, esperando a que se levantara el telón. Retocaba la decoración, cambiaba las fotografías enmarcadas de familia. Una familia negra daba paso a una blanca, un puf en forma de balón de fútbol se convertía en una pelota de baloncesto, un cuerno de la abundancia metido en un armario sustituía a una menorá. Una casa piloto no era más que un decorado, si uno se paraba a pensarlo; la jornada de puertas abiertas, una gran interpretación dirigida por ella. Siempre se situaba detrás de la puerta, con la cabeza inclinada, tan nerviosa como la primera vez que salió al escenario, sabiendo que su madre estaría allí entre el público viéndola. Luego adoptaba su amplia sonrisa de Charity Harris y abría la puerta. Desaparecía dentro de sí misma, dentro de aquellas casas vacías donde en realidad no vivía nadie. A medida que el lugar se llenaba de desconocidos, encontraba siempre al potencial cliente, y guiaba a la pareja a través de la cocina señalando los apliques de luz, el mármol de detrás del fregadero, los techos altos.
«Imagínense su vida aquí —decía—. Imagínense quiénes podrían ser».