La mitad evanescente
Capítulo 13
13
En diciembre, un anuncio de West Side Story cubría ya el cartel de The Midnight Marauders en el exterior del Stardust Theater. Jude debía de parecer tan compungida que el hombre que cambiaba el cartel sobre la marquesina miró desde lo alto de su escalera de mano y dijo: «A veces las reponen». Pero ella no pensaba en la obra; solo pensaba en Stella, que aún no había dado señales de vida. Ahora la representación terminaba, ¿y qué había sacado ella en claro? Unas cuantas anécdotas sobre una mujer a quien nunca conocería.
La última noche, entró en el teatro vacío para barrer el suelo y encontró a Kennedy sola, de pie en el escenario en penumbra. Nunca llegaba temprano, así que Jude preguntó si le pasaba algo. Kennedy se rio.
—Siempre llego pronto a la última representación —dijo—. Es por la que la gente te recordará, ¿sabías? Tus méritos son solo los de la última actuación.
Llevaba unos vaqueros rotos y un gran sombrero morado de ala flexible que le ocultaba la mitad de la cara. Siempre vestía así, como una niña que saca ropa de un baúl de disfraces.
—¿Por qué no subes aquí? —propuso Kennedy.
Jude se rio y echó una mirada al teatro vacío.
—Pero ¿qué dices? —preguntó—. Estoy trabajando.
—¿Y qué? Aquí no hay nadie. Sube solo un segundo, será divertido. Seguro que ni siquiera has estado nunca en un escenario como este.
Así era, pese a que había pensado presentarse a las pruebas para la obra del colegio todos los años. Su madre había interpretado el papel protagonista en Romeo y Julieta: aprendió todas esas palabras raras, tuvo que dejar que Ike Goudeau la besara delante de todo el colegio. Pero cómo disfrutó al hacer la reverencia final ante unos aplausos atronadores. A su madre le habría encantado ver a Jude ser la protagonista de cualquier cosa. Y casi había reunido valor para acudir a una audición, no porque quisiera el papel sino porque actuar era algo que entusiasmaba a su madre en otro tiempo. Deseaba demostrarse que se parecían. Pero nada más entrar en el teatro para las pruebas se imaginó a todo el pueblo riéndose de ella, y se escabulló de los bastidores antes de que el profesor de teatro la llamara.
Ahora, apoyó la escoba en las butacas de la primera fila.
—Una vez estuve a punto de presentarme a una audición para una obra — explicó a Kennedy mientras subía por los peldaños—. Pero me rajé.
—Bueno, a lo mejor ese es tu problema —dijo Kennedy—. Te dices que no a ti misma antes de que te lo diga nadie.
Desde el escenario, el teatro sí se veía distinto: las luces de la sala se atenuaban, y los rostros de toda esa gente que te observaba quedaban en penumbra. Qué extraño debía de ser, no saber qué pensaba la gente que te miraba.
—Yo tenía unas pesadillas horrendas —explicó Kennedy—. Cuando era pequeña. O sea, espantosas.
—¿Con qué soñabas?
—Esa es la cuestión, nunca me acordaba. Pero cuando empecé a actuar, desaparecieron. Fue rarísimo. Como si hubiera algo malo dentro de mí intentando salir y solo pudiese librarme de eso aquí. —Golpeteó el suelo del escenario con el pie—. Pero eso es absurdo, ¿no? Según los médicos, las personas creativas tienen sueños de lo más vívidos. No sé por qué. Quizá tú lo descubras cuando seas médico.
Ella no quería ser psicóloga, pero agradeció la confianza de Kennedy. Cuando seas médico. Dicho por ella, parecía muy fácil.
—Sí —dijo—. Quizá.
La siguió peldaños abajo. Oía llegar a los demás miembros de la compañía, corriendo alborotados entre bastidores, para vestirse los trajes de escena en la última función. Barrería el suelo del teatro y luego ocuparía su lugar en la oscuridad por última vez. Y por primera vez desde que había averiguado quién era, después de bajar el telón no sabría cuándo volvería a ver a Kennedy Sanders.
—Deberías venir a la fiesta del elenco —dijo Kennedy—. Trae a tu novio. Seguro que el teatro le pagará por sacar unas cuantas fotos.
Esa sugerencia revelaba una consideración sorprendente; le había dicho una vez a Kennedy que Reese era fotógrafo, pero no esperaba que lo recordase.
—Gracias. Lo llamaré.
Kennedy se encaminó a bastidores pero de pronto se detuvo.
—No sé qué va a pasar después de esto.
—¿Qué quieres decir?
Tal vez, para un actor, las bambalinas a oscuras de un teatro eran un espacio tan íntimo como una iglesia; en cualquier caso, Kennedy empezó a confesarse. No sabía qué haría al día siguiente; no sabía, literalmente, qué haría al despertar a la mañana siguiente, porque esa obra era lo único que le había proporcionado cierto sentido de finalidad en los últimos meses. Era lo único que se le daba bien: actuar. Había dejado los estudios porque era un desastre, era un desastre en todo lo demás. Y quizá su madre tenía razón, quizá había cometido un gran error. Quizá actuar era una pérdida de tiempo. Quizá sus padres discutían tanto porque iban a separarse. Quizá su madre prefería corregir tareas de matemáticas a hablar con ella. Quizá todo eso era verdad. Y quizá solo había conseguido su mayor papel hasta la fecha porque el chico con quien se acostaba le dijo una noche, estando los dos colocados, que su hermano mayor había escrito una obra cómicamente mala que cierta compañía iba a representar en un teatro del centro. Y pese a lo mala que era la obra, ella había llorado al leerla. Una chica solitaria que vivía en un mundo rodeada solo de fantasmas. Nada podía recordarle más su propia vida.
Tal vez el director, Doug, lo percibió, o tal vez solo le gustaba mirarle las tetas, o tal vez el chico dijo a su hermano que moviera los hilos, que hiciera lo que fuera necesario para asegurarse que el nombre de ella apareciera en lo alto del orden de audición. En cualquier caso, consiguió el papel protagonista.
—Pero nunca podría explicar a mi madre nada de esto —dijo—. Solo diría que ella tenía razón. Le preocupa más tener razón que ser mi madre. A veces creo que ni siquiera me aprecia mucho. ¿No es increíble? Pensar que tu propia madre ni siquiera te soporta.
Sonreía, pero sus ojos de color violeta se empañaron.
—Seguro que eso no es verdad —dijo Jude.
—Bueno, tú no la conoces, ¿verdad que no? —replicó Kennedy.
Aquella noche, por última vez, presenció la transformación de Kennedy Sanders bajo los focos.
El pavoneo de Kennedy en el número inicial en la plaza del pueblo, su solo contemplativo en el cementerio, su baile en la barra alzando las piernas acompañada de un coro de fantasmas ebrios durante el último acto. En el escenario, era imposible adivinar que esa chica acababa de llorar. Se renovaba cada vez que salía bajo los focos. Al terminar el primer acto, resonando los aplausos en la sala, Jude se abrió paso entre el público hasta el puesto de bebidas. Echaba palomitas tibias en una bolsa de papel cuando por fin vio a Stella.
Su madre, pero sin ser ella. Solo podía pensar en Stella de ese modo. Como si fuera el rostro de su madre trasplantado al cuerpo de otra mujer. Stella lucía un vestido verde largo, con el cabello recogido en un moño bajo. Pendientes de diamantes, zapatos de tacón negros. Se deslizó por el vestíbulo, jugueteando con una cartera de piel, y ladeó la cabeza a la vez que sonreía al hombre alto que le abrió la puerta. Por un segundo, en esa sonrisa, fue su madre. A continuación, la máscara cubrió de nuevo su rostro y asumió el control otra mujer.
No había tiempo para pensar. Jude abandonó el puesto de palomitas y, abriéndose paso a empujones a través del vestíbulo abarrotado hacia la puerta, la siguió. Fuera, encontró a Stella de pie bajo los aleros, buscando a tientas un cigarrillo. Sorprendida ante esa súbita intromisión, miró de soslayo, y Jude se quedó petrificada. En un primer momento pensó tontamente que tal vez Stella la reconocería. Vería algo familiar en su rostro —sus ojos, o incluso su boca — y se quedaría atónita, se le caería la cartera al suelo. Pero los ojos de Stella se vidriaron y dirigió una mirada taciturna hacia la calle. Solo Jude tenía el corazón acelerado.
—Hola —saludó—. Soy amiga de su hija.
No se le ocurrió nada más que decir. Stella se quedó inmóvil por un momento y luego encendió el cigarrillo.
—¿De la universidad? —preguntó. Su voz era más tersa, más suave.
—No, del teatro.
—Ah. Estupendo —dijo Stella.
Era una palabra que su madre nunca habría utilizado. Estupendo. Stella esbozó una sonrisa y luego, dando una calada, alzó la vista hacia el alero.
—¿Querías un cigarrillo? —ofreció.
Jude estuvo a punto de aceptarlo. Al menos así tendría un motivo para quedarse allí.
—No —respondió—. No fumo.
—Buena chica —dijo Stella—. Dicen que es muy malo para la salud.
—Ya lo sé. Mi madre está intentando dejarlo.
Stella le lanzó una mirada.
—Cuesta mucho dejarlo —comentó—. Como pasa con todas las cosas buenas.
El intermedio casi había terminado; pronto Stella volvería a entrar y desaparecía en la oscuridad del teatro. Cuando terminara la función, se fundiría con el público que salía a la calle. Y tal vez más tarde esa noche, en un momento de calma, pensaría en la chica de piel oscura que la había interrumpido mientras fumaba; luego no volvería a recordar ese momento.
—Me ha dicho Kennedy que es usted de Louisiana —dijo por fin Jude—. Yo también. Soy de Mallard.
Stella le lanzó otra mirada, enarcando ligeramente una ceja. En su cuerpo nada cambió, nada indicó que la hubiese siquiera oído, excepto por ese mínimo gesto con la ceja.
—Ah —dijo—. Lo siento, no lo conozco.
—Mi madre… —Jude respiró hondo—. Mi madre se llama Desiree Vignes.
Ahora Stella se volvió hacia ella.
—¿Tú quién demonios eres? —preguntó en voz baja.
—Ya se lo he dicho, mi madre…
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? No lo entiendo.
Medio sonreía, pero mantenía la mano del cigarrillo apartada del cuerpo, como advirtiendo a Jude que no se acercara. Estaba furiosa; eso Jude no lo esperaba. Había pensado que Stella se quedaría confusa. Que incluso se sobresaltaría. Pero quizá, una vez superada la sorpresa, Stella se alegraría de conocerla. Quizá incluso se maravillaría por el hecho de que los azares de la vida las hubieran unido. En lugar de eso, Stella negó con la cabeza, como si tratara de sacudirse una pesadilla.
—Quería conocerla —dijo Jude.
—No, no, no, no lo entiendo. ¿Quién eres en realidad? No te pareces en nada a ella.
A través del ventanal, las luces del vestíbulo parpadearon. A esas alturas Jude debería ya haber estado acompañando a los espectadores de regreso a sus butacas. Probablemente el supervisor andaba buscándola desesperado. Y qué encontraría si salía en ese momento: a una chica negra suplicando a una mujer blanca que la reconociera.
—Me contó que usted y ella se escondían en el cuarto de baño —dijo Jude —. En aquella lavandería de Nueva Orleans. Y también que usted casi se cortó la mano. —Ahora divagaba, en su deseo de decir cualquier cosa que impidiera a Stella marcharse.
Stella dio una calada trémula, lanzó el cigarrillo a la acera y acto seguido lo pisó.
—Ella nunca habría vuelto a Mallard —dijo.
—Bueno, no le quedó más remedio. Para huir de mi padre. Él le pegaba.
—¿Le pegaba? —Stella guardó silencio por un momento, ablandándose —. O sea, ¿todavía está… mi madre todavía…?
—Allí siguen las dos. Mi madre trabaja en la cafetería.
—¿En la de Lou? Dios mío. No pensaba en esa cafetería desde… —Stella se interrumpió—. En fin, debió de ser un horror para ti.
Jude desvió la mirada. Detestaba la idea de que Stella la compadeciera.
—Mi madre estuvo buscándola —dijo.
Stella curvó los labios, como si fuera a sonreír o llorar, detenido su rostro, de algún modo, entre lo uno y lo otro. Como si lloviera e hiciera sol. Cuando eso ocurría, su madre siempre repetía un dicho: Eso es que el diablo golpea a su esposa. Y esa era la imagen que acudía a la cabeza de Jude siempre que oía la cólera de su padre. El diablo podía amar a la mujer a la que golpeaba; el sol podía asomar en una tormenta. Nada era tan sencillo como uno quería. Sin pensar, tendió la mano hacia su tía, pero Stella la apartó. Le brillaban los ojos.
—No debería haberlo hecho —dijo Stella—. Debería haberse olvidado de mí.
—¡Pero no se olvidó! Puede llamarla. Podemos llamarla ahora mismo. Se alegraría tanto…
—Tengo que irme —atajó Stella.
—Pero…
—Esto es demasiado para mí —dijo ella—. No puedo volver a cruzar esa puerta. Es otra vida, ¿lo entiendes?
Unos faros las iluminaron, y por un segundo Stella, bañada en luz amarilla, pareció presa del pánico, como si fuera a colocarse de un salto en la trayectoria del automóvil. A continuación, aferró la cartera firmemente y desapareció en la noche.
En la fiesta del elenco, todos los actores y músicos se congregaron para ver a la actriz principal emborracharse y quejarse, a quien quisiera oírla, de que su madre no se había presentado. «¿Os lo podéis creer? —repetía una y otra vez —. La última noche, y solo se comprometió a intentarlo. ¡Por lo que se ve, no es que se haya esforzado mucho!». Nadie la había visto nunca de tan mal humor. Apenas se había quedado un momento en el escenario al bajar el telón, no había hecho el menor caso a los miembros de la compañía que se acercaron a felicitarla, había tirado a la papelera las rosas que el director le había regalado. Ni siquiera se había ofrecido a plasmar su autógrafo en ejemplares del programa en la entrada de artistas. Ahora dedicaba la primera media hora de la fiesta del elenco a darle al tequila a solas en la barra.
—Mi primer gran papel —dijo a Jude—. Bastaba con que se quedara sentada en la butaca. Y ni siquiera ha sido capaz de hacer eso.
En el otro extremo del bar, Reese iba de aquí para allá, tomando fotos informales del elenco. Jude debería haberse alegrado por él, viéndole otra vez detrás de la cámara. En lugar de eso, estaba sentada a la barra junto a una chica hosca y ebria, y seguía alterada. Había conocido a Stella, pero Stella no quería saber nada de ella. No debería haberse sorprendido. Stella había evitado toda relación con la familia durante décadas, así que nada había cambiado. Pero ¿por qué se sentía Jude como si hubiera perdido a alguien? Una vez más se vio tender la mano hacia Stella, y a Stella apartarla. Se sentía como si hubiera tendido la mano hacia su madre y esta la hubiera rechazado.
—He de irme —dijo. Tenía mucho calor en la concurrida fiesta, necesitaba aire con desesperación.
—Pero ¿qué dices? —dijo Kennedy—. La fiesta acaba de empezar.
—Ya lo sé. Lo siento. No me puedo quedar.
—Vamos —insistió Kennedy—. Tómate solo una copa conmigo. Por favor.
Se la veía tan vulnerable que Jude estuvo a punto de acceder. Casi accedió. Pero se representó a Stella desapareciendo en la noche, mirando por encima del hombro, presa del pánico, como si la persiguieran, y negó con la cabeza.
—No puedo, de verdad —contestó—. Mi novio está listo para marcharse.
En el otro extremo del local, Reese recogía su cámara y charlaba con Barry. Kennedy lanzó un vistazo en esa dirección y los observó a los dos por un segundo.
—No sabes la suerte que tienes —comentó. Aún sonreía, pero la malevolencia se filtró en su voz.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Jude.
—Nada. Pero tú ya me entiendes. La verdad es que resulta chocante que una persona como él esté contigo, ¿no? —Kennedy se rio—. Ya sabes que no lo digo por nada en particular. Hablo por hablar. En general, a vuestros hombres les gustan las chicas de piel clara, ¿no?
Años más tarde Jude siempre se preguntaría qué fue exactamente lo que motivó en ella su posterior reacción. Aquella sonrisa taimada, o la manera en que Kennedy, con tanta despreocupación, había dicho «vuestros hombres», como si la excluyera a ella. O tal vez fue porque Kennedy tenía razón. Sabía lo afortunada que Jude se sentía de ser amada. Sabía, por más que Jude hubiera intentado ocultarlo, cómo herirla exactamente.
Durante semanas había seguido a Kennedy por el Stardust Theater. La había ayudado a vestirse, le había llevado el té, había escuchado sus trinos vibrantes desde el vestíbulo. Había limpiado váteres para hablar con ella, siempre preguntándose cómo era posible que esa chica tan extraña y ella estuvieran emparentadas. Pero al final lo comprendió: Kennedy Sanders no era más que una chica engreída de Mallard que se había creído la ficción que le habían contado.
—Mira que eres tonta —dijo Jude—. No sabes ni lo que eres.
—¿Y qué soy?
—¡Tu madre es de Mallard! De donde es la mía. Son gemelas. Son idénticas, e incluso tú lo verías…
Kennedy se rio.
—Estás loca.
—No, la loca es tu madre. Lleva mintiéndote toda tu vida.
Se arrepintió de decirlo en cuanto esas palabras salieron de su boca, pero ya era tarde. Había tañido la campana, y la nota reverberaría en el aire durante toda su vida.
El señor Park les llevó bulgogi a casa y dejó el plato en la mesa.
—Qué tristes —dijo—. Nunca os he visto tan tristes.
Vaya imagen debían de ofrecer: Jude secándose los ojos hinchados, Reese sombrío a su lado, con el mismo aspecto desvalido que siempre tenía cuando ella lloraba. Le dio un apretón en el hombro y dijo:
—Vamos, cariño, come.
Pero Jude no tenía apetito. En el trayecto de vuelta a casa, le había contado lo ocurrido esa noche horrenda. Se lo había contado todo excepto lo que Kennedy había dicho con la intención de herirla, porque había puesto el dedo en la llaga y prefería no repetirlo siquiera ante él.
—Tenías razón —dijo ella—. Tenías razón en todo. Nunca debería haber ido a buscar…
—Tranquila —respondió él—. Querías conocerlas. Ahora ya las conoces. Ya puedes pasar página.
—No puedo decírselo a mi madre.
Nunca antes le había ocultado un secreto así a su madre. Pero si era cruel no decirle que Stella vivía —incluso que la había conocido—, ¿no era aún peor decirle que Stella no quería saber nada de ella? ¿De qué le serviría a su madre descubrir que la hermana que había buscado durante años no se dignaba siquiera a llamarla? Tal vez su madre comprendiera que perderla era lo mejor. Tal vez, con el paso del tiempo, sencillamente se olvidara de Stella, tal como a Jude ya había empezado a borrársele de la memoria el rostro de su padre. Desintegrándose sus recuerdos, no de repente, sino despacio. Al final, recordar se convertía en imaginar. Qué escasa era la diferencia entre lo uno y lo otro.
Su madre nunca se olvidaría de Stella. Durante el resto de su vida recordaría su pérdida al mirarse en el espejo. Pero Jude no exacerbaría su dolor. Hablaría con su madre por teléfono, pasados unos días, y no diría una sola palabra sobre Stella. Tal vez en ese sentido era como su tía. Tal vez, al igual que Stella, se convertía en una persona nueva allí donde vivía, y ya era irreconocible para su madre, una chica que guardaba secretos. Una embustera.
Al día siguiente de esa última función, Stella despertó con el corazón acelerado.
Apenas había abierto los ojos cuando la noche anterior la asaltó de nuevo: la espantosa obra a la que por fin había asistido, pese a saber que la interpretación era una pérdida de tiempo y de talento para su hija. Pero había ido porque era la última representación: había permanecido allí durante todo aquel espectáculo horrendo, complacida y un tanto sorprendida de ver que su hija era el único aspecto positivo. En el intermedio, había aplaudido tan sonoramente como cualquiera, con la esperanza de que su hija la viera. Pero la chica se escondió entre bastidores con los demás y Stella salió a fumar un cigarrillo. Allí de pie, frente al sórdido teatro, pensaba cómo arreglar las cosas. Podía llevar a Kennedy a cenar después de la función, disculparse por no haber asistido antes. Proponerle que tomara más clases de interpretación, siempre y cuando volviera a la facultad. Y fue entonces cuando aquella chica de piel oscura surgió de las sombras. Después Stella cruzó la calle precipitadamente, sin pensar siquiera adónde iba. Tambaleante, recorrió dos manzanas hacia el centro antes de recordar dónde había aparcado.
La chica de piel oscura no podía ser hija de Desiree. No se parecía en nada a ella. Era de un negro puro, como si Desiree jamás la hubiese siquiera tocado. Podía ser cualquiera. Pero ¿cómo conocía entonces esas anécdotas de Nueva Orleans? ¿Quién más podía conocerlas si no Desiree? Bueno, tal vez ella se lo había contado a alguien. Acaso esa chica había pensado que podía presentarse en California y amenazar a Stella con delatarla. ¡Chantajearla incluso! Las diversas posibilidades cobraron una forma cada vez más horripilante en su cabeza, y ninguna tenía sentido. ¿Cómo la había encontrado esa chica? Y si hubiese querido chantajearla, ¿por qué no había dado un precio? En lugar de quedarse allí encogida en la acera, como si hubiera herido sus sentimientos. Como si Stella, de algún modo, la hubiera decepcionado.
—El corazón te late muy deprisa —observó Blake.
Levantó la cabeza y, soñoliento, le sonrió. Le gustaba quedarse dormido con la cabeza en sus pechos, y ella se lo permitía porque le resultaba muy tierno.
—He tenido un sueño extraño —dijo ella.
—¿Que daba miedo?
Stella le deslizó los dedos entre el cabello rubio ya algo canoso.
—Antes tenía pesadillas —explicó—. Que unos hombres me sacaban a rastras de la cama. Me parecían muy reales. Sentía sus manos en los tobillos, incluso después de despertar.
—No será por eso que tienes ahí ese bate, ¿eh?
Ella se dispuso a contestar, pero se volvió con lágrimas en los ojos.
—Pasó una cosa —dijo—. Cuando era niña.
—¿Qué pasó?
—Vi algo… —Pero se le quebró la voz y no pudo seguir hablando.
Blake la besó en la mejilla.
—Cielo, no llores —susurró—. No sé qué te da tanto miedo. Siempre velaré por tu seguridad.
Stella lo besó antes de que él pudiera decir nada más. Hicieron el amor con desesperación, como cuando ella, a los diecinueve años, tocó al señor Sanders por primera vez. De joven se habría ruborizado ante esa imagen: dos personas de mediana edad aferrándose a sus respectivos cuerpos, apartando las sábanas, mientras el sol penetraba a través de las persianas y sonaba el despertador, llamándolos a ambos a iniciar sus respectivos días. El cuerpo de ella había cambiado, el cuerpo de él estaba cambiando, los dos familiares y desconocidos al mismo tiempo. Cuando uno se casaba con alguien, prometía amar a todas las personas en que se convertiría. Él prometió amar a todas las personas que ella había sido. Y allí estaban, intentándolo aún, pese a que el pasado y el futuro eran misterios.
Esa mañana llegó tarde a clase. Una ducha rápida, y acto seguido se ponía una blusa sobre los hombros húmedos, mientras Blake, afeitándose, le sonreía a través del espejo.
—Creo que vas a llegar tarde al trabajo por mi culpa, señora Sanders — dijo él, lo que no sonaba tan bien como doctora Sanders, pero quizá diera igual.
Quizá bastaba con ser la señora Sanders, quizá bastaba con tener su clase de Introducción a la Estadística, y su casa, y su familia. Aquella chica de piel oscura. Volvió a verla, intentó quitársela de la cabeza. Había sido arrogante, ese era su problema. Tan centrada en lo que venía a continuación que no valoraba aquello de lo que se había librado. No podía permitirse cometer ese error otra vez. Tendría que estar atenta. Permanecer alerta.
Salía corriendo por la puerta cuando tropezó con su hija, que llevaba a rastras escalera arriba una bolsa de ropa sucia. Las dos se sobresaltaron, y después Kennedy exhibió aquella sonrisa encantadora que había heredado de su padre. Era imposible enfadarse ante esa sonrisa, y Kennedy la había puesto a prueba a menudo: cuando suplicó un cachorro pero dejó que Yolanda cuidara de él, cuando suspendió la geometría de noveno pese a los intentos de Stella para ayudarla, cuando se estrelló con su primer Camaro y, de algún modo, convenció a Blake de que le comprara un segundo.
«Bueno, tiene su modo de salirse con la suya», dijo él, y Stella, harta de ser siempre ella la que ponía pegas, accedió. Aunque tampoco tenía mucha voz en el asunto. Kennedy había descubierto hacía mucho que si quería algo tenía que pedírselo a su padre. Decírselo a Stella era una mera formalidad.
—Quería hablar contigo —dijo Stella—. Oye, en cuanto a anoche…
—Ya sé, ya sé, lo sientes. Pero si no ibas a venir, podrías habérmelo dicho. Le habría dado la entrada a otra persona…
—¡Vi la obra! Lo que pasa es que tuve que marcharme antes, así de simple. No me encontraba bien, por algo que comí, seguramente. Pero te prometo que estuve allí. Me pareció muy ingeniosa. Con los fantasmas y demás. Y esa canción tuya en el salón… Me encantó. De verdad.
Su hija llevaba unas gafas de sol grandes y brillantes, por lo que Stella no veía sus ojos, sino solo el reflejo de su propio rostro. Se vio tranquila, natural. No como una mujer que había despertado con el corazón acelerado.
—¿De verdad te gustó? —preguntó Kennedy.
—Claro, cariño. Te encontré maravillosa.
Abrazó a su hija y deslizó una mano por sus delgados hombros.
—Bueno —dijo—. Llego tarde. Que pases un buen día.
Mientras forcejeaba con el maletín en busca de las llaves, oyó que su hija decía por encima del hombro:
—No has estado en un sitio que se llama Mallard, ¿verdad?
Stella nunca había esperado oír esa palabra en labios de su hija y por primera vez esa mañana flaqueó.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—He conocido a una chica de allí… dice que te conoce.
—Nunca he oído hablar de ese sitio. ¿Mallard, has dicho?
Otra vez la sonrisa encantadora. Kennedy se encogió de hombros.
—Da igual —dijo—. Quizá pensaba en otra persona.
Cuando Blake llegó a casa del trabajo esa noche, Stella le habló de la chica de piel oscura.
Durante toda la tarde se había debatido entre decir algo o callar, y al final se decidió. Un ataque preventivo. No quería que él pensara que tenía algo que esconder, y prefería que se enterase de aquello por ella. La horrorizaba la idea de que su marido y su hija cuchichearan sobre ella a sus espaldas. Así que mientras se desvestía para acostarse, contó a Blake que una chica de piel oscura, afirmando ser pariente suya, había arrinconado a Kennedy después de la representación. Observó su cara en todo momento, a fin de detectar el menor cambio. Un asomo de reconocimiento, tal vez. Alivio ante el hecho de que una pregunta que siempre se había planteado encontrase por fin respuesta. Pero él se limitó a dejar escapar un resoplido mientras se desabrochaba la camisa.
—Es por el Camaro —dijo—. Seguro que esa chica lo vio y pensó, pumba, día de paga.
—Exacto —convino Stella—. Tal cual. Eso es lo que he estado intentando decirle.
—Esta ciudad… te juro que a veces…
Últimamente venían hablando de la posibilidad de abandonar Los Ángeles. Mudarse a Orange County, tal vez, o incluso más al norte, a Santa Bárbara. Al principio, ella se había resistido, porque no quería dejar su trabajo, pero ahora imaginaba a todas horas a esa chica de piel oscura acercándose a ella subrepticiamente, asomando la cabeza a las puertas, golpeteando en las ventanas. O peor aún, siguiendo a Kennedy por la ciudad, presentándose en sus funciones, acechándola entre audiciones. ¿Qué podía querer? Su rostro asomó una vez más a la mente de Stella. Su presencia bajo aquel alero, dolida.
El error de Stella había sido pensar que podía fijar su residencia en algún sitio. Uno tenía que seguir en movimiento o el pasado siempre lo alcanzaba.
—Ya conoces a esa gente del centro —dijo—. Están fuera de sus cabales, la mitad de ellos.
—Uf, más de la mitad —convino Blake, y se metió en la cama su lado.
La primera vez que Stella se hizo pasar por blanca, estaba impaciente por contárselo a Desiree. Desiree nunca se lo creería; no consideraba a Stella capaz de nada sorprendente. Pero aquella noche, cuando Stella regresó a casa, se cruzó con su hermana en el pasillo y no dijo nada. Una transgresión secreta era aún más emocionante que si la compartía. Lo había compartido todo con Desiree. Quería tener algo propio.
Ahora tenía cuarenta y cuatro años; había pasado una parte mayor de su vida sin Desiree que con ella. Aun así, conforme transcurrían las semanas, sintió tensarse la atracción de Desiree en ella, como una mano que la agarrase del cuello. A veces se le antojaba una suave fricción; otras veces la ahogaba. Culpaba de eso a la chica de piel oscura, pese a que no la había visto desde aquella noche frente al Stardust Theater. La ciudad era grande; la chica no volvería a encontrarla. Stella nunca pensaba en ella como sobrina. «Sobrina» no le parecía la palabra adecuada para describir a una chica a quien no conocía, una chica que no se parecía en nada a ella. Aunque, claro, ¿no pensaría lo mismo Desiree de Kennedy? A veces incluso Stella miraba con atención a su hija y veía a una desconocida. No era culpa de Kennedy que Stella hubiese decidido, mucho tiempo atrás, convertirse en otra persona. Ahora toda su vida se había construido sobre esa mentira y las otras mentiras que Stella acumulaba a fin de mantenerla, hasta que apareció una chica de piel oscura y amenazó con derribarlas todas.
—¿Tenías una hermana? —preguntó Kennedy una noche.
Stella, inclinada mientras recogía las migas de la mesa, se tensó.
—¿Qué quieres decir? —preguntó—. Ya sabes que no.
—Solo pensaba…
—No seguirás pensando en aquella chica negra, ¿no?
Pero su hija se mordió el labio y fijó la mirada en la ventana a oscuras. Sí pensaba en ella, solo que no había dicho nada al respecto, lo que le parecía una traición aún mayor.
—Dios mío —dijo Stella—. ¿A quién crees? ¿A una loca o a tu propia madre?
—Pero ¿por qué habría de mentir ella? ¿Por qué habría de decirme esas cosas?
—¡Quiere dinero! O a lo mejor solo quiere divertirse a tu costa. A saber por qué los locos hacen lo que hacen.
Blake entró en la cocina y se detuvo, como siempre hacía antes de inmiscuirse en una de sus discusiones, como para recordarse que no era demasiado tarde para desentenderse y fingir que aquello no tenía nada que ver con él. La chica de piel oscura no le había despertado tanto interés como para hablar mucho del tema: se había limitado a decir que si Kennedy volvía a verla, debía avisar a la policía. Dio un apretón en el hombro a su hija.
—Déjalo correr, Ken —dijo—. No debes permitir que esa chica te altere.
—Ya lo sé, pero…
—Te queremos —afirmó él—. No te mentiríamos.
Pero a veces mentir era un acto de amor. Stella llevaba demasiado tiempo mintiendo para empezar a decir de pronto la verdad, o quizá no quedaba nada que revelar. Quizá esa era la persona en quien se había convertido.
En junio, Stella y Blake sorprendieron a su hija con las llaves de un nuevo apartamento en Venice. Pagarían el alquiler durante un año mientras ella se presentaba a audiciones; después, tendría que volver a la facultad o buscar un empleo. En rigor, no era un soborno, pero cuando Stella entregó las llaves a su hija eufórica, la invadió tal alivio que tuvo la impresión de que sí lo era. Tal vez ahora su hija dejaría de asaetearla a preguntas sobre su pasado. Siempre le había preocupado que Kennedy descubriera su secreto y la rechazara, que Blake la abandonara, que toda su vida se desintegrara en sus manos. Lo que no había concebido era la duda. Casi habría sido mejor que Kennedy creyera sin más a la chica de piel oscura. En cambio, parecía dar vueltas y vueltas a sus afirmaciones, a veces contemplando la posibilidad, a veces rechazándola, y Stella no sabía en qué quedaría aquello. No era capaz de predecir qué podía preguntar Kennedy, o adivinar qué pensaba, y la incertidumbre la enloquecía. Al menos, el nuevo apartamento sería una distracción. Tal vez incluso una solución.
Un sábado por la mañana, Blake y ella ayudaron a su hija con la mudanza. Blake montó los muebles en el dormitorio, y Stella limpió los cajones de la cocina, mientras recordaba el apartamento que Desiree y ella habían compartido en Nueva Orleans. Las paredes eran finas como el papel, los suelos siempre crujían, una mancha de agua se propagaba por el techo. Y sin embargo, a pesar de eso, a ella le encantaba aquel sitio. Se había alegrado tanto de marcharse del piso de Farrah Thibodeaux que ni siquiera le preocupó tener tan poco espacio en el nuevo apartamento. Era suyo y era de Desiree, y ella se sintió como si las dos estuvieran en el umbral de vidas demasiado grandes para imaginarlas siquiera. Se le saltaron las lágrimas, y Kennedy, abrazándola desde atrás, la sobresaltó.
—No te pongas tan sentimental —dijo—. Seguiré yendo a cenar.
Stella se rio a la vez que se enjugaba los ojos.
—Espero que este sitio te guste —comentó—. Es un apartamentito muy agradable. Deberías haber visto el mío en Nueva Orleans.
—¿Cómo era?
—Bueno, habrían cabido en este dos como aquel. Siempre estábamos una encima de la otra…
—¿Quiénes?
Stella guardó silencio por un momento.
—¿Cómo dices?
—Has dicho «estábamos».
—Ah. Claro. Mi compañera de apartamento. Una chica con la que viví, que era de mi pueblo.
—Nunca me lo habías contado —dijo Kennedy—. Nunca me cuentas nada de tu vida.
—Kennedy…
—No es por eso —atajó ella—. No es por esa chica ni mucho menos. Es solo que… es imposible saber nada de ti. Tengo que suplicarte solo para que me hables de una compañera de piso que tuviste, y eres mi madre. ¿Por qué no quieres que te conozca?
Había imaginado, más de una vez, que contaba a su hija la verdad sobre Mallard, y Desiree, y Nueva Orleans. Que se había hecho pasar por otra persona porque necesitaba un empleo, y al cabo de un tiempo la simulación se convirtió en la realidad. Podía decir la verdad, pensaba, pero ya no había una única verdad. Había vivido escindida entre dos mujeres, cada una de ellas real, cada una de ellas falsa.
—Es que yo siempre he sido así —respondió Stella—. No soy como tú. Tan abierta. Esa es una buena manera de ser. Espero que continúes así.
Entregó a su hija una lámina de papel para forrar estantes, y Kennedy sonrió.
—No sé ser de ninguna otra forma —dijo—. ¿Qué tengo yo que esconder?