La mitad evanescente
Capítulo 17
17
Al muerto le pusieron Freddy.
Víctima de un corazón agrandado, tenía veintiún años, medía un metro ochenta y cinco, pesaba ochenta kilos. En sus momentos más macabros, el laboratorio lo llamaba Fred el Muerto. En la Universidad de Minnesota, todos los estudiantes de medicina ponían nombre a sus cadáveres. Eso personalizaba la muerte, decían los profesores, devolvía la dignidad al indigno proceso de la muerte. Al indigno proceso de la ciencia. Eso era lo que la gente pensaba cuando se planteaba la posibilidad de donar su cuerpo para la investigación: un grupo de veinteañeros en bata de laboratorio buscando nombres en broma, y cada año al menos un grupo era tan perezoso como para apodar Yorick a su muerto y quedarse tan tranquilo. Extrañamente, a Jude, al llamar Freddy a su cadáver, el contacto con su cuerpo se le antojaba menos íntimo. No era su verdadero nombre. Había vivido y muerto siendo un hombre totalmente distinto, un hombre al que nunca conocería más allá de los detalles consignados en su historial. Apenas había vivido, en realidad, y ahora muy posiblemente llevaría una vida más interesante aquí en la mesa del laboratorio del sótano.
Una vez superado el olor, a Jude le gustaba trabajar con cadáveres. No necesitaba bromear en torno a ellos para camuflar su malestar; nunca sentía náuseas al ver un muerto. Las clases la aburrían, pero se embelesaba en los laboratorios, siendo siempre la primera en coger el escalpelo cuando el profesor pedía voluntarios. Las personas vivían en cuerpos que eran en gran medida incognoscibles. Uno nunca descubriría algunas cosas sobre sí mismo; algunas cosas nadie las descubriría sobre uno hasta después de su muerte. Le fascinaba el misterio de las disecciones, así como el desafío. Tenían que buscar nervios minúsculos que era imposible localizar. Era casi como la búsqueda de un pequeño tesoro.
«Eso es asqueroso, cariño», decía Reese. Siempre se apartaba cuando ella llegaba a casa oliendo a formaldehído. La obligaba a ducharse antes de besarlo. Nunca quería que lo tocara después de estar en contacto con los muertos. Él siempre había sido más sentimental, al menos eso pensaba Jude, hasta la tarde que su madre la llamó para decirle que su abuela había muerto. Permaneció en pie en su despacho sin ventanas, sujetando el auricular contra la mejilla. Ese semestre era profesora ayudante y le habían asignado un despacho que casi nunca utilizaba. Nadie tenía el número de teléfono, excepto Reese y su madre, por si surgía una urgencia. Le sorprendió tanto oír la voz de su madre que no adivinó la única razón por la que podía llamarla.
—Ya sabes que estaba enferma —añadió. Intentaba consolarla, o tal vez solo aliviar su conmoción.
—Lo sé —dijo Jude—. Aun así.
—No ha sufrido. Estuvo sonriendo y hablándome, hasta el final.
—¿Estás bien, mamá?
—Bueno, ya me conoces.
—Por eso te lo pregunto.
Su madre se rio un poco.
—Estoy bien —dijo—. En todo caso, el oficio será el viernes. Solo quería que lo supieras. Sé que estás ocupada en la facultad…
—¿El viernes? —repitió Jude—. Cogeré un avión…
—Espera. No hace falta que vengas desde tan lejos…
—Mi abuela ha muerto —dijo Jude—. Vuelvo a casa.
Su madre ya no intentó disuadirla. Jude lo agradeció. Ya había actuado como si comunicarle el fallecimiento de su abuela fuera un inconveniente. ¿Qué clase de vida pensaba su madre que llevaba para no poder interrumpirla con una noticia así? Colgaron, y Jude salió al pasillo. Los estudiantes pasaban a toda prisa. Un amigo del Departamento de Biología la saludó alzando su café en dirección a ella a la vez que entraba en la sala de descanso. Una chica enclenque de cabello naranja clavaba en el tablón de anuncios un póster verde sobre una manifestación. Eso era lo que tenía la muerte. Solo los detalles concretos dolían. La muerte, en sentido general, era un ruido de fondo. Ella se hallaba ahora en el lado silencioso.
West Hollywood era un cementerio, dijo Barry la última vez que la llamó. A diario, una nueva letanía de los que morían.
Estaban los hombres que uno medio conocía, como Jared, el camarero rubio del Mirage que tendía a cargar las copas. Guiñaba el ojo y luego ladeaba la botella de ginebra sobre el vaso, como si le hiciera a uno un favor personal y no obsequiara su generosidad a todo el mundo. El oficio de difuntos se celebró en Eagle Rock. Estaban los ex o enemigos como Ricardo, conocido como Jessica, una drag queen que se había acostado con Barry más veces de las que él admitiría jamás. Había pedido que lo incineraran, y Barry había estado presente en la orilla de Manhattan Beach mientras esparcían las cenizas en el mar. Luego estaban los hombres a quienes uno quería. Luis acababa de ingresar en el Good Samaritan Hospital, y cuando Jude telefoneó, él no paró de hablar de una enfermera que le contó que Bobby Kennedy había muerto allí.
—¿Te lo puedes creer? —dijo—. O sea, aquí murió un presidente.
Jude no tuvo valor para decirle que Bobby Kennedy no fue presidente. Murió cuando hacía campaña para el cargo, un joven prometedor.
—Tampoco tan joven —comentó Barry cuando ella lo llamó después—. Pasaba de los cuarenta.
—¿Eso no es joven?
Él no contestó, y ella lamentó haber hablado.
Los fines de semana, Jude asistía a acaloradas reuniones de activistas que organizaban peticiones y campañas para la redacción de cartas y manifestaciones con la intención de echar en cara al gobierno su indiferencia. Se ofreció voluntaria para colaborar con un grupo estudiantil que repartía condones y agujas hipodérmicas limpias en el centro de Mineápolis. Visitaba a pacientes sin familia. Les llevaba revistas y barajas de naipes. Pensaba en la muerte sin cesar, y sin embargo solo la tarde que murió su abuela descubrió que era incapaz de tocar el cadáver. Era una tontería, pero ni siquiera pudo mirarlo. Una y otra vez se imaginaba a su abuela tendida inerte en una mesa en algún sitio. Maman nunca donaría su cuerpo a la investigación. Le horrorizaba la idea de que un desconocido la tocara, y además era una católica convencida de que la incineración era pecado. El Día del Juicio Final su cuerpo resucitaría, así que lo necesitaba intacto.
«Basta con que me enterréis en el jardín en una caja vieja de pino», decía maman. De eso hacía años, cuando su abuela empezó a darse cuenta de que estaba enferma. Sus recuerdos iban y venían como la marea.
A lo largo de ese año Jude había leído todos los libros que encontró sobre el alzhéimer. Estudió la enfermedad con desesperación, como si comprenderla fuera a cambiar algo. Naturalmente no fue así. Solo era una estudiante de primero, y además quería ser cardióloga. El corazón era un músculo que entendía. El cerebro la desconcertaba. Así y todo, sacaba libros en préstamo de la biblioteca de medicina, leía todo lo que podía. En el cerebro de su abuela, fragmentos de proteínas se endurecían y formaban placas entre las neuronas. Los tejidos cerebrales se encogían. Las células del hipocampo degeneraban. Al final, cuando la enfermedad se propagara por la corteza cerebral, su abuela perdería la capacidad de realizar tareas rutinarias. Perdería la razón, el control de las emociones, el lenguaje. Sería incapaz de comer por sí sola, reconocer a la gente, controlar sus funciones fisiológicas. Perdería la memoria. Se perdería a sí misma.
«No malgastéis todo ese dinero en mí —había dicho su abuela—. Yo no estaré presente para verlo».
Le daba igual que la enterraran vestida de una manera u otra, la frase de la Biblia que grabaran en su lápida, con qué flores la adornaran. Pero nada de incineración, eso ni hablar. A ese respecto fue tajante. Jude nunca insistió al respecto, pese a que no lo entendía. Si Dios podía rehacer un cadáver en descomposición, ¿por qué no iba a poder reanimar las cenizas? Pero tampoco quería imaginar eso, su abuela quemada, motas de hueso y piel arremolinadas en una urna. Se marchó del laboratorio antes de hora.
En casa, Reese revolvía una sopa en el fogón. Iba sin camisa, con vaqueros y descalzo. De un tiempo a esa parte siempre iba sin camisa. Se habría dicho que vivían en una cabaña en Miami, no congelados en el norte.
—Pillarás una pulmonía —advirtió ella.
Él sonrió y se encogió de hombros.
—Acabo de salir de la ducha.
Aún tenía el cabello mojado, diminutas gotas de agua salpicaban sus hombros. Ella le rodeó la cintura con los brazos y le besó la espalda húmeda.
—Mi abuela ha muerto —dijo.
—Dios mío. —Se volvió de cara a ella—. Lo siento, cariño.
—No pasa nada. Estaba enferma…
—Aun así. ¿Te encuentras bien? ¿Cómo está tu madre?
—Bien. Todos están bien. El funeral es el viernes. Voy a ir.
—Claro. Tienes que ir. ¿Por qué no me has llamado?
—No lo sé. La verdad es que no podía pensar. Ni siquiera podía mirar el cadáver. ¿No es una estupidez? O sea, ya antes sabía qué era un cadáver. ¿Qué tiene de distinto hoy?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Reese—. Hoy es distinto.
—La verdad es que no teníamos una relación muy cercana.
—Eso da igual —dijo, y la abrazó—. Un pariente es un pariente.
Esa tarde, en una caravana de maquillaje en Burbank, el teléfono sonó siete veces antes de que el peluquero lo descolgara de un tirón de la horquilla y se lo tendiera bruscamente a la rubia sentada en su silla.
—Yo no soy tu secretario particular —dijo en un sonoro susurro a la vez que le entregaba el auricular.
No sabía por qué esa monada de chica —cosa que en efecto era, a pesar de los propios gustos del peluquero— no respetaba su tiempo, por qué llegaba siempre tarde, por qué no decía a su novio acechador, o a quien quiera que la llamaba una y otra vez, que la molestara más tarde. Ella le dijo que no esperaba una llamada, pero se levantó a contestar de todos modos, su cabello a medio peinar en un estilo que la abochornaría décadas más tarde cada vez que veía en internet unas imágenes granuladas de Pacific Cove.
—¿Sí? —dijo.
—Soy Jude —anunció la voz—. Tu abuela ha muerto.
Tontamente, Kennedy pensó primero en la madre de su padre, que había muerto cuando ella era pequeña, su primer funeral. Fue el tu lo que la despistó, no nuestra abuela. Su abuela, la que no había conocido. La que nunca conocería. Muerta. Se apoyó en la encimera y se tapó los ojos.
—Por Dios —dijo.
El peluquero, percibiendo la tragedia en el otro extremo de la línea, salió. Ya sola, Kennedy cogió un paquete de tabaco. Había estado intentando abandonar el hábito. Su madre al final lo consiguió, y ahora la agobiaba con eso continuamente. A veces se decía que lo dejaría de golpe. Tiraría todos los paquetes que tuviera. Luego siempre encontraría alguno suelto escondido en los cajones, en la guantera del coche, reservado para su futuro yo. Se sentía como una yonqui, de hecho. Solo al abandonarlo se sentía adicta. Pero podía abandonarlo más adelante. Su abuela había muerto. Se merecía un cigarrillo, ¿o no?
—Deberías hacer un esfuerzo por mejorar tu trato con el paciente —le reprochó a Jude.
Imaginó que Jude sonreía al otro lado de la línea.
—Perdona —dijo—. No sabía de qué otra manera plantearlo.
—¿Cómo está tu madre?
—Bien, creo.
—Dios mío, lo siento. No sé qué decir.
—No tienes que decir nada. También es tu abuela.
—No es lo mismo —dijo Kennedy—. Yo no la conocía como tú.
—Bueno, así y todo he pensado que debías saberlo.
—Pues vale. Ya lo sé.
—¿Vas a decírselo?
Kennedy se echó a reír.
—¿Cuándo le he dicho yo algo?
No le contó a su madre, por ejemplo, que aún hablaba con Jude. No a todas horas, pero sí bastante a menudo. A veces Kennedy la llamaba, le dejaba mensajes en el contestador. Hey Jude, decía siempre, porque sabía que a ella la irritaba. A veces era Jude quien telefoneaba primero. Sus conversaciones transcurrían invariablemente como esa: entrecortadas, un poco combativas, familiares. Nunca hablaban mucho tiempo, nunca planeaban reunirse, y en ocasiones las llamadas parecían más mecánicas que otra cosa, como si se aplicaran mutuamente el dedo a la muñeca en busca del pulso. Después de mantener el dedo apretado durante unos minutos, lo dejaban.
No hablaron a sus madres de esas llamadas. Las dos lo mantenían en secreto, cada una en un extremo de las vidas independientes de las gemelas.
—Quizá eso querría saberlo —dijo Jude.
—Créeme, no quiere —aseguró Kennedy—. Tú no la conoces como yo.
Los secretos eran el único idioma en el que hablaban. Su madre le demostraba su amor mintiendo, y Kennedy, por su parte, hacía lo mismo. Nunca volvió a mencionar la fotografía del funeral, aunque conservó esa imagen descolorida de las gemelas, aunque la miraría detenidamente la noche que su abuela murió y no se lo diría a nadie.
—Yo no la conozco en absoluto.
Esa noche en la cama, ya tarde, Jude pidió a Reese que la acompañara en el viaje a casa.
Ella recorría con el dedo sus pobladas cejas, la barba que no se había recortado en mucho tiempo, tanto que había empezado a llamarlo leñador. Él estaba cambiando, siempre. Ahora tenía la mandíbula más definida, los músculos más firmes, el vello de los brazos tan espeso que, cuando se acercaba a ella por la moqueta a través de la habitación, siempre la sobresaltaba. Incluso olía distinto. Desde su separación, poco antes de trasladarse a Minnesota, ella percibía hasta el más mínimo cambio en él. Reese no quería dejar su vida en Los Ángeles. No quería seguirla al Medio Oeste, colgado de ella como un peso muerto. Un día, dijo, ella despertaría y se daría cuenta de que podía conseguir a alguien mucho mejor que él.
Durante toda la primavera, habían roto lentamente, poco a poco, enfrascándose en pequeñas discusiones, haciendo las paces, haciendo el amor, iniciando después el ciclo completo una vez más. En dos ocasiones ella estuvo a punto de mudarse a casa de Barry; era mejor romper ya que retrasar lo inevitable, se dijo, pero cada noche dormía en la cama de Reese. No lograba conciliar el sueño en ningún otro sitio.
Ese año las primeras nieves llegaron antes de lo que preveía, en forma de pequeños copos ya en Halloween. Ella, desde la ventana de Moss Tower, había observado a los estudiantes pasar a toda prisa con sus disfraces. Pensó en su vaquero sentado en el sofá en aquella fiesta tan concurrida y, una vez más, procuró no llorar. Pero esa noche lo encontró frente a la puerta de su apartamento con un gorro de punto negro cubierto de copos de nieve, una bolsa de lona colgada al hombro.
—Maldita sea —dijo él—. A veces soy de lo más tonto, ¿sabes?
En la universidad, Jude conoció a una endocrina negra dispuesta a extenderle a Reese una receta de testosterona. Tenían que privarse de muchas cosas todos los meses para poder pagarla, pero aquellas otras drogas callejeras le destrozarían el hígado, dijo la doctora Shayla. Era franca pero amable; dijo a Reese, mientras garabateaba en su bloc, que le recordaba a su propio hijo.
Ahora, tendida en la cama a su lado, Jude le besó los párpados cerrados.
—¿Qué dices? —preguntó ella.
—¿En serio? —dijo—. ¿Quieres que vaya?
—Creo que no puedo volver allí sin ti.
Se había enamorado de él a los dieciocho años. No había dormido una sola noche separada de él desde hacía tres años. En una sórdida habitación de un hotel de Nueva York, le había retirado lentamente los vendajes, conteniendo la respiración mientras el aire fresco besaba su nueva piel.
El alzhéimer era hereditario, lo que significaba que Desiree viviría siempre con la preocupación de contraer la enfermedad. Empezaría a hacer crucigramas porque había leído en alguna revista femenina que los pasatiempos de agilidad mental podían ayudar a prevenir la pérdida de la memoria.
—Hay que ejercitar el cerebro —diría a su hija—, igual que cualquier otro músculo.
Su hija no tuvo el valor de decirle que el cerebro, de hecho, no era un músculo. Hizo lo posible por ayudarla con las pistas de los crucigramas a la vez que imaginaba a Stella, ya olvidando, en algún lugar del mundo.
El pueblo de Jude Winston, que nunca había sido un pueblo en absoluto, ya no existía. Y sin embargo seguía igual que siempre. Ella miraba por la ventanilla de la camioneta de Early, que la había sorprendido cuando él los fue a buscar a Lafayette: se esperaba aún la vieja El Camino.
—Ese trasto tenía más años que tú —dijo Early, y se echó a reír—. Tuve que llevarlo al chatarrero.
Vestía su mono de la refinería, cosa que también la sorprendió: Early de uniforme. Estrechó enérgicamente la mano de Reese y a ella la abrazó, besándola en la frente. La raspó con la barba, como ella recordaba.
—Mírate —dijo él—. Ya tan mayor. No me lo puedo creer.
Aún se lo veía fuerte, pese a que empezaba a tener el pelo canoso, extendiéndose el color plateado por sus patillas, veteándole la barba. Cuando ella se burló de Early al respecto, él se tocó el mentón riéndose.
—Voy a afeitármela —dijo—. Mejor ir por ahí con cara de niño que parecer un Papá Noel.
—¿Cómo está mamá? —preguntó Jude.
Early se echó atrás la gorra de béisbol y se enjugó la frente.
—Ah, bien —respondió—. Ya conoces a tu madre. Tiene aguante. Lo superará.
—Ojalá hubiera estado yo aquí —dijo Jude, aunque no estaba segura de que fuera verdad.
En todo caso, nunca había sabido qué decir en presencia de su abuela. Pero deseaba haber podido estar allí por su madre, que no debería haber sobrellevado aquello sola. Tendría que haber habido dos mujeres para reconfortar a su abuela en sus últimos momentos, una a cada lado de la cama, cogiéndole de las manos.
—Descuida —dijo Early—. No podrías haber hecho nada. Pero nos alegramos de tenerte aquí ahora.
Dio un apretón a Reese en el muslo. Él se lo devolvió. Miraba por la ventanilla, los labios un poco separados. Jude sabía que él echaba de menos aquello, no las playas moteadas por el sol ni las aceras urbanas heladas, sino una llanura marrón y a lo lejos hectáreas de bosque. La casa blanca alargada apareció a la vista, con el mismo aspecto que ella recordaba, lo que se le antojó extraño, porque su abuela no estaría sentada en el porche para recibirlos. Su muerte la golpeaba en ondas. No era una inundación, sino agua que le lamía regularmente los tobillos.
Uno podía ahogarse en cinco centímetros de agua. Quizá lo mismo pasaba con el dolor.
Esa noche ayudó a su madre a cocinar para el ágape. Early fue a ultimar los detalles en la funeraria y se llevó a Reese. Jude, desde la ventana de la cocina, los observó subir a la camioneta, preguntándose de qué demonios hablarían.
—¿Aún eres feliz? —preguntó su madre—. ¿Te trata bien?
Desiree, inclinada sobre el horno para extraer la bandeja de boniatos, no la miraba.
—Me quiere —dijo Jude.
—No es eso lo que he preguntado. Lo uno no tiene nada que ver con lo otro. ¿Crees que no puedes herir a alguien a quien quieres?
Jude troceaba apio para la ensalada de patata, sintiendo la familiar oleada de culpabilidad. Sabía lo de Stella desde hacía cuatro años y se lo había callado. No esperaba que Stella reapareciese por propia iniciativa, que una mañana su madre la llamara, conteniendo las lágrimas, y le reprochara sus mentiras. Ella se disculpó en la medida de lo posible, pero, pese a que su madre la perdonó, supo que algo había cambiado entre ellas. Jude se había hecho mayor a ojos de su madre, no era ya su hija sino una mujer aparte, con sus propios secretos.
—¿Crees…? —Se interrumpió a la vez que rallaba el apio en un cuenco —. ¿Crees que papá te quería?
—Creo que todo el mundo que me ha hecho daño me quería —dijo su madre.
—¿Tú crees que a mí me quería?
Su madre le acarició la mejilla.
—Sí —contestó—. Pero no pude quedarme para verlo.
La mañana del funeral Jude despertó en la cama de su abuela, porque, dijo su madre, dos personas que no estaban casadas no compartirían cama bajo su techo. A fuerza de pequeños empujones intentaba acercarlos al altar, si es que una declaración tan evidente como esa podía considerarse un pequeño empujón. No sabía que Jude y Reese habían hablado, una o dos veces, del matrimonio. No podían casarse, no sin una partida de nacimiento nueva para Reese; aun así, hablaban de ello, tal como los niños hablan de bodas. Tristemente. Su madre los veía como intelectuales modernos que se consideraban por encima del matrimonio. Lo cual era mejor que la perspectiva de que llegara a darse cuenta de lo románticos que eran.
Jude llevó sábanas limpias a su antigua habitación, ayudó a Reese a hacerse la cama, sin señalar siquiera que su madre y Early tampoco estaban casados, ni a ojos de la ley ni de la Iglesia. No pudo dormirse hasta la madrugada. Se preguntó, tontamente, si percibiría de algún modo la presencia de su abuela. Pero no sintió nada, y eso fue peor.
En el pasillo, se volvió, recogiéndose el cabello, para que Reese le subiera la cremallera del vestido negro.
—Apenas he podido pegar ojo —dijo—. Sin tenerte a ti allí.
Él la besó en la nuca. Llevaba su traje negro para las ocasiones. Su madre le había pedido que ayudara a acarrear el ataúd. Jude los había oído hablar la noche anterior en la cocina mientras se cepillaba los dientes. Su madre dijo a Reese que lo consideraba un hijo, con boda o sin ella, pero confiaba en que al menos no la hiciera esperar eternamente para convertirla en abuela.
—No digo que tenga que ser ya —decía su madre—. Sé que estáis los dos muy ocupados. Pero sí algún día, solo eso. Antes de que yo esté vieja y canosa y apenas pueda moverme. Tú serías un buen padre, ¿no crees?
Él guardó silencio por un momento.
—Eso espero —respondió.
Hacia el final de su vida, Adele Vignes contó a Desiree historias sobre su infancia tan vívidas que Desiree se preguntó si su madre las confundía con escenas de culebrones. Una niña a quien ella detestaba en el colegio que había intentado tirarla a un pozo. Sus hermanos vestidos totalmente de negro para robar carbón. Un chico pobre llevándole un ramillete de claveles para el baile de fin de curso en el último año de instituto. Sacaba a relucir esas anécdotas delante del televisor, donde veía sus culebrones cada tarde. Las series parecían la forma perfecta de entretenimiento para ella. Las tramas avanzaban cada día un poco, pero al final de la semana el mundo permanecía en esencia intacto, los personajes exactamente tal como siempre habían sido.
La primera vez que su madre la llamó Stella, Desiree acababa de ayudarla a sentarse en su sillón. Buscaba el mando a distancia entre los cojines del sofá, pero de pronto se quedó inmóvil.
—¿Qué? —dijo—. ¿Cómo me has llamado? —Estaba tan confusa que balbuceó—: Soy yo, mamá, Desiree.
—Claro —respondió su madre—. Eso quería decir.
Parecía abochornada por el desliz, como si solo hubiera sido una descortesía. El doctor Brenner les dijo que no le corrigieran los errores. Ella decía lo que, en su cabeza, creía que era verdad; corregirla no serviría más que para causarle agitación o confusión. Y normalmente Desiree no la corregía. No cuando su madre llamaba Leon a Early, no cuando olvidaba los nombres de objetos corrientes: sartén, bolígrafo, silla. Pero ¿cómo podía su madre olvidarse de ella? ¿La hija que había vivido con ella durante los últimos veinte años? La que le preparaba las comidas, la ayudaba a meterse en la bañera, le administraba lentamente las pastillas. El doctor Brenner explicó que así era la enfermedad.
—Los sucesos lejanos los recuerdan —dijo—. Nadie sabe por qué. Es como si vivieran la vida marcha atrás.
He aquí la historia marcha atrás: el presente y su tedio en retroceso, todas esas visitas al médico, las interminables pastillas, un desconocido enfocándole los ojos con una luz, los programas de televisión que nunca podía seguir, la hija observándola, poniéndose en pie cada vez que Adele se levantaba de su sillón, cada vez que Adele intentaba ir a algún sitio. De pronto se encontraba en los lugares más raros. Salía a dar un paseo y se quedaba dormida en un campo durante horas hasta que su hija, llorando, la envolvía con una manta y la llevaba a casa. Era un bebé, quizá. La chica era su madre, o su hermana. Su rostro cambiaba cada vez que Adele la miraba. En otro tiempo había dos. O tal vez aún las había, tal vez cada vez que cerraba los ojos aparecía una nueva. Solo recordaba el nombre de una. Stella. Estrella, encendida y remota.
—¿Adónde has ido, Stella? —preguntó una vez.
Eso era ya hacia el final o, más bien, el principio. Esperaba a que Leon llegara a casa de la tienda. Le había prometido unos narcisos. Stella, sentada a su lado, se frotaba las manos con una loción granulosa.
—A ningún sitio, mamá —respondió. No la miraba—. He estado aquí todo el tiempo.
—Sí —dijo Adele—. Has ido a algún sitio…
Pero no se le ocurría adónde podía ser. Stella se metió en la cama con ella y la abrazó.
—No. No me he ido.
Desiree Vignes cogió y se marchó de Mallard, diría la gente, como si hubiera algo de repentino en su marcha. Nadie había esperado que se quedara más de un año; permaneció allí casi veinte. Entonces murió su madre, y ella decidió, por fin, que ya había tenido bastante. Quizá no podía vivir en la casa de su infancia después de perder a su padre y a su madre, aunque los momentos finales de ambos no podrían haber sido más distintos. Su padre murió en el hospital, mirando a la cara a sus asesinos. Su madre simplemente se fue a dormir y ya no despertó. Tal vez aún estuviera soñando.
Pero no eran solo los recuerdos lo que la expulsaron de allí. Más bien pensaba en el futuro. Por una vez en la vida, miraba al frente. Así que después de enterrar a su madre, vendió la casa, y Early y ella se trasladaron a Houston. Él encontró trabajo en la refinería Conoco, y ella en una agencia de telemarketing. No trabajaba en una oficina desde hacía treinta años. En su primera mañana, se estremeció bajo el aire acondicionado al tender la mano hacia el teléfono, intentando recordar su guion. Pero su supervisora, una chica rubia de treinta y tantos años, le aseguró que lo estaba haciendo bien. Ella posó la mirada en la mesa, ruborizándose por el elogio.
—No sé —le dijo a su hija—. Simplemente me ha parecido que era hora de pasar a otra cosa.
—Pero ¿eso te gusta?
—Es distinto. El tráfico. El ruido. Tanta gente. Verás, es que hacía tiempo que no me veía rodeada de tanta gente.
—Lo sé, mamá. Pero ¿te gusta?
—A veces creo que debería haberme marchado antes. Por ti y por mí. Podríamos haber ido a cualquier sitio. Yo podría haber sido como Stella, vivido a lo grande.
—Me alegra que no seas como ella —dijo su hija—. Me alegra haber acabado contigo.
En la agencia de telemarketing, se sentaba cada mañana para marcar los números de teléfono de las listas. No era un trabajo fácil, le dijo su joven supervisora el primer día. Tienes que aceptar el rechazo, que la gente te cuelgue, que te maldiga.
—No será peor que algunas de las cosas que me han dicho a la cara — respondió ella, y la supervisora se rio.
Desiree le caía bien. A ella y a todas las chicas jóvenes. La llamaban Mamá D.
Tras su primera semana, ya se sabía de memoria el guion, recitándolo para sí cuando se sentaba en un banco frente a la oficina, esperando a que Early pasara a recogerla. Hola Nombre —siempre había que personalizarlo—, me llamo Desiree Vignes, de Royal Travel, aquí en Houston. En una promoción de temporada, regalamos tres días y dos noches de alojamiento en un hotel de la zona metropolitana Dallas-Fort Worth-Arlington. Ahora seguro que se está usted preguntando dónde está la trampa, ¿no? En ese punto siempre se interrumpía y dejaba escapar una breve risa, con lo cual se granjeaba la simpatía de su interlocutor o le daba la oportunidad de colgar. Le sorprendía la frecuencia con que seguían al aparato.
—Tienes una vocecilla agradable —le dijo Early una vez, sonriéndole en el porche.
Pero más probablemente la gente se sentía sola. A veces se imaginaba llamando sin previo aviso a Stella. ¿Reconocería su voz? ¿Sonaría aún igual que la de ella? ¿Le parecería Stella una persona solitaria que quería que ella siguiera hablando, solo por oír otra voz en la línea?
Adele Vignes fue enterrada en la parte de personas de color del cementerio de St. Paul. Nadie esperaba otra cosa. Siempre había sido así, los blancos en el lado norte, las personas de color en el sur. Nadie se quejó hasta el año que los ministros eucarísticos de la parroquia blanca, dueña del cementerio, limpiaron las lápidas para el día de Todos los Santos, pero solo las del lado norte. Cuando Mallard protestó, el diácono no quiso discutir, así que envió a dos monaguillos malhumorados con cubos de agua jabonosa a restregar también las lápidas del lado de la gente de color. Jude casi se rio cuando su madre se lo contó: esa fue la solución, no suprimir la segregación en el camposanto, sino sencillamente limpiar las lápidas de los dos lados. El cementerio podía inundarse a causa de un huracán, y abrirse los viejos ataúdes con el balanceo, llenándose de agua marrón. Luego algún enterrador escarbaría en el barro en busca de relojes de oro y anillos de diamantes, maravillándose de su buena suerte, pisando los huesos, sin distinguirlos.
En el cementerio, vio a Reese alzar a su abuela, Early al otro lado a su misma altura, otros cuatro portadores detrás. En el lado opuesto de la tierra abierta, el sacerdote bendijo el cuerpo, trazando en el aire la señal de la cruz con la mano, y sin más bajaron a su abuela a la fosa. Le frotó la espalda a su madre, esperando que no se volviera. No podía mirarla a la cara, no en ese momento. Durante el oficio, le había cogido la mano, imaginando a otra mujer sentada en ese banco, a Stella deslizando nerviosamente con los dedos las cuentas de un rosario, uniéndose a su hermana en muda aflicción.
En el ágape, todo el pueblo se congregó en la casa de Adele Vignes con la esperanza de alcanzar a ver a la hija perdida de Mallard. Ella ahora estudiaba medicina, habían oído decir a su madre. La mitad de los presentes esperaba verla aparecer en bata blanca; la otra mitad se mantenía escéptica, dando por supuesto que Desiree Vignes exageraba. ¿Cómo podía esa chica de piel oscura haber hecho todo lo que Desiree contaba?
Pero no la encontraron entre los muertos. Se había escabullido por la puerta de atrás con su novio, y cogidos de la mano, corrieron por el bosque hacia el río. El sol empezaba a ponerse, y bajo el cielo de color mandarina, Reese se quitó la camiseta. El sol le calentó el pecho, aún más pálido que el resto de su cuerpo. Con el tiempo, sus cicatrices se borrarían, su piel se oscurecería. Ella lo miraría y olvidaría que había existido otro tiempo en el que él se escondía de ella.
Reese le bajó la cremallera del vestido del funeral, lo dejó plegado pulcramente sobre una roca y vadearon el agua fría, chillando, mientras el agua ascendía poco a poco por sus muslos. Ese río, como todos los ríos, recordaba su curso. Flotaron bajo las frondosas copas de los árboles, suplicando poder olvidar.