La mitad evanescente
Capítulo 11
11
Desde un punto de vista estadístico, la probabilidad de encontrarse con una sobrina a quien no se conocía en una fiesta de jubilación en Beverly Hills era baja pero no nula. Cosa que Stella Sanders, al menos en el plano intelectual, podría haber comprendido. Continuamente ocurrían sucesos improbables, intentaba explicar a sus alumnos, porque la improbabilidad es una ilusión basada en nuestras preconcepciones. Con frecuencia no tienen nada que ver con la verdad estadística. Al fin y al cabo, es sumamente improbable que cualquier persona esté viva. Un espermatozoide en particular fertilizando un óvulo en particular, generando un feto viable. Existen más probabilidades de que los gemelos nazcan muertos, los gemelos idénticos son más vulnerables que los mellizos, y sin embargo allí estaba ella, dando clases de Introducción a la Estadística en la universidad de Santa Mónica. Probable no significa seguro. Improbable no significa imposible.
Había descubierto la estadística inesperadamente durante su segundo curso en la universidad de Loyola Marymount. Por entonces no le gustaba presentarse como alumna de segundo; le resultaba tonto porque tenía diez años más que sus compañeros de clase. Ni siquiera sabía qué quería estudiar, solo que le gustaban los números. La estadística la fascinó porque mucha gente la malinterpretaba. En Las Vegas, había permanecido sentada al lado de Blake en un casino lleno de humo mientras él perdía cuatrocientos dólares en la mesa de dados, quedándose en la partida más tiempo del que debía en su convicción de que ya le tocaba ganar. Pero los dados no le debían nada a nadie.
—Da igual lo que ya ha salido —le dijo ella por fin, exasperada—. Si los dados no están trucados, cada número tiene las mismas probabilidades. Y no están trucados.
—Está haciendo un curso —aclaró Blake al jugador sentado junto a ellos.
El hombre se rio a la vez que daba una calada a su puro.
—Yo nunca me retiro —dijo—. Prefiero perder a saber que habría ganado si no hubiese pecado de prudente.
—Bien dicho.
Blake y el hombre entrechocaron sus vasos. La verdad estadística, como cualquier otra verdad, era difícil de digerir.
En la mayoría de las personas, era el corazón el que decidía, no la cabeza. A este respecto, Stella era como todo el mundo. ¿Acaso la decisión de seguir a Blake desde Nueva Orleans no había sido emocional? ¿O la de seguir a su lado a lo largo de los años? ¿O la de acceder, por ejemplo, a asistir a la fiesta de jubilación de Bert Hardison, incluso a persuadir a su hija de que se presentara, porque, según sostenía Blake, necesitaban mostrar un frente unido? Una gran familia feliz: era importante para el resto de los socios. Blake era un experto en marketing que comprendía el valor de su propia marca, y Stella y Kennedy no eran sino una prolongación de esta. Así que Stella accedió a ir a esa fiesta. Con todo, se paseó por el salón, en el papel de esposa solícita, pese a que Bert Hardison, con aliento a coñac, se le pegó toda la noche, apoyando la mano en su cintura (¡cómo si ella no se diera cuenta!). Pero naturalmente Blake, en un rincón con Rob Garrett y Yancy Smith, no lo vio; entretanto Stella intentaba dar conversación a Dona Hardison, sin perder de vista a su hija, que seguía acercándose a la barra, y evitando la mancha roja en la alfombra blanca, que un negro flaco limpiaba apáticamente con sifón.
Poco antes se había producido un alboroto: una chica negra derramó vino en la alfombra, lo que, por unos minutos, captó la atención de todos los presentes en la fiesta. Stella acababa de llegar, así que solo vio las secuelas. Una chica de color carbón fregando desesperadamente para limpiar una mancha de merlot caro de la alfombra aún más cara antes de que Donna, a gritos, le dijese que no hacía más que empeorar las cosas. Incluso después del despido de la muchacha, los asistentes siguieron hablando de ella.
—No me lo puedo creer —dijo Donna a Stella—. ¿Qué sentido tiene contratar camareras si no son capaces de sujetar una maldita botella de vino?
El asunto aburría a Stella, a decir verdad. Era la clase de accidente menor en el que se cebaba la gente durante una fiesta en la que no había nada más interesante de que hablar. A diferencia de los saraos del departamento de matemáticas, donde las conversaciones saltaban de un tema a otro, inescrutables, pretenciosas pero nunca aburridas. Siempre se consideraba afortunada de estar en presencia de personas tan brillantes. Pensadores. Los colegas de Blake consideraban la inteligencia un medio para alcanzar un fin, y el fin era siempre amasar dinero. En cambio, en el departamento de matemáticas de la universidad de Santa Mónica, nadie esperaba hacerse rico. Les bastaba con saber. Ella tenía suerte de dedicar a eso sus días, a acumular saber.
Esa noche, mientras volvía a casa en coche de la fiesta, pensó de pronto en Loretta Walker. Stella llevaba el abrigo de visón con el que Blake la había sorprendido esa Navidad, y quizá fue el roce en las pantorrillas de la lujosa piel lo que la hizo pensar en ella. O tal vez se debiera a que esa mañana, cuando ella dijo a Blake que llegaría tarde a la fiesta, se pelearon otra vez por el empleo que ella tenía solo por Loretta. Durante meses, tras la marcha de los Walker, ella se sumió en una depresión profunda incluso para lo que era normal en ella. Sufría por razones que no podía explicar. Como si hubiese vuelto a perder a Desiree. Blake le propuso que se matriculara en algún curso, cosa que después lamentó, porque Stella lo sacaba a relucir cada vez que él se quejaba de que ella trabajara.
—Lo dijiste tú mismo —recordó Stella en su última discusión—. Estaba volviéndome loca en casa.
—Sí, pero… —Blake se interrumpió—. Pensé que, no sé, que harías un curso de arreglos florales o algo así.
Pero ella siempre se había avergonzado de no haber terminado sus estudios en el instituto. Le entraba complejo de tonta cuando alguien empleaba un término que no entendía. Le disgustaba pedir indicaciones incluso cuando se perdía. Temía el día en que su hija supiera más que ella, en que se quedase mirando las tareas de Kennedy, incapaz de ayudarla. Así que le dijo a Blake que quería estudiar para sacarse el graduado escolar.
—Me parece estupendo, Stel —respondió él, solo por apaciguarla, naturalmente, pero ella se matriculó de todos modos.
Se quedó en el aparcamiento frente a la biblioteca pública, sin atreverse a entrar, dos noches consecutivas. Se sentiría como una tonta, con la mirada pérdida en la pizarra. ¿Cuándo había hecho por última vez un cálculo más complicado que cuadrar su contabilidad? Por fin entró, y entonces el profesor empezó a explicar un problema de álgebra; poco a poco ella volvió a sentirse como a los dieciséis años, cuando sacaba sobresalientes en los exámenes de la señora Belton. Eso era lo que le gustaba de las matemáticas: seguían siendo igual que antes; siempre había una respuesta correcta, la supiera o no. Eso le resultaba reconfortante.
Blake pareció alegrarse por ella cuando por fin recibió el título por correo. Pero no mostró el mismo entusiasmo cuando Stella anunció que quería ir a estudiar a la Universidad de Santa Mónica para sacarse el grado, o cuando se trasladó a Loyola Marymount para la licenciatura, o cuando, el año anterior, la Universidad de Santa Mónica la contrató como profesora adjunta para la asignatura de Introducción a la Estadística. La remuneración era insignificante, pero se sentía revitalizada durante sus clases, de pie ante la pizarra frente a una docena de estudiantes. Su mentora en el claustro, Peg Davis, la animaba a matricularse después en un curso de postgrado, o incluso a empezar a pensar en el doctorado. Podía llegar a ser una profesora en toda regla y obtener algún día una plaza de titular. Sonaba bien eso de doctora Stella Sanders, ¿no?
—Esto es culpa de esa feminista —se quejaba Blake siempre que Stella se quedaba a trabajar en el campus hasta tarde—. Es ella quien te mete esas ideas en la cabeza.
—Aunque te sorprenda, pienso por mi cuenta —replicaba ella.
—No es eso lo que quiero decir…
—¡Es exactamente lo que quieres decir!
—Ella no es como tú. Tú tienes una familia. Obligaciones. Ella solo tiene sus ideas políticas.
Pero ¿cuándo había basado Stella sus decisiones en una obligación para con su familia? Eso entraba en el ámbito del corazón. Y tal vez a ella siempre la había guiado la cabeza. Se había convertido en blanca porque era práctico, tan práctico que, en su momento, la decisión le pareció risiblemente obvia. ¿Por qué no habrías de ser blanca si podías serlo? Seguir siendo lo que uno era o convertirse en algo nuevo, todo se reducía a elegir, se lo mirara por donde se lo mirara. Ella sencillamente había tomado la decisión racional.
—Ya te lo he dicho, no tienes por qué hacer esto —decía siempre Blake, señalando las pilas de exámenes que ella sostenía bajo el brazo—. Yo siempre he mantenido a esta familia.
Pero Stella no había aceptado el empleo porque le preocupara el dinero. Sencillamente había dado prioridad a su cerebro sobre su corazón, y tal vez era eso lo que Loretta había visto al señalar esa larga línea en la palma de su mano.
—Te has perdido mi brindis —dijo Blake cuando regresaron de casa de los Hardison. Estaba quitándose la corbata ante la puerta de su cuarto ropero.
—Ya te dije que tenía que colgar las notas —repuso ella.
—Y yo te dije que esta noche era importante.
—¿Qué quieres que te diga? He hecho todo lo posible.
Blake suspiró con la mirada fija en la ventana a oscuras.
—Pues ha sido un buen brindis —aseguró—. Una buena fiesta.
—Sí —coincidió ella—. La fiesta ha sido magnífica.
—Sé por qué has venido —dijo Kennedy.
En el restaurante a medio aforo, una semana después del estreno de The Midnight Marauders, sonrió a Stella por encima de la mesa a la vez que jugueteaba con el mantel blanco. Siempre enseñaba todos los dientes cuando sonreía, cosa que sacaba de quicio a Stella. Cómo se le ocurría mostrar tanto de sí misma. En otra mesa, una mujer asiática corregía exámenes semestrales entre cucharadas de crema de guisantes. Dos hombres blancos jóvenes conversaban en voz baja sobre John Stuart Mill. Stella dijo que había elegido un restaurante cerca del campus de la USC porque quedaba cerca, aunque eso, naturalmente, no era verdad. Albergaba la esperanza de que el ambiente universitario indujera a su hija a replantearse sus propias decisiones o, como mínimo, a avergonzarse de ellas.
Stella desdobló la servilleta y se la extendió sobre el regazo.
—Claro que lo sabes —dijo—. He venido a comer contigo.
Kennedy se rio.
—Claro, mamá. Seguro que esa es la única razón por la que has cruzado toda la ciudad en coche…
—No sé por qué has de convertirlo todo en una gran conspiración. ¿No puedo quedar para comer con mi hija?
Hacía años que no se acercaba al campus, y de hecho lo había visitado solo unas pocas veces: la visita guiada por la universidad, en la que había seguido a su hija, lanzando miradas de escepticismo a las enredaderas de los espaldares que cubrían las paredes de ladrillo rojo, preguntándose cómo llegaría a ingresar allí una chica con sus notas; el día del traslado al centro, porque las mediocres notas no eran un obstáculo que no pudiera salvarse mediante donaciones familiares; unas pocas y vergonzosas semanas más tarde, para suplicar al decano de primero después de que el supervisor de la residencia sorprendiera a Kennedy fumando hierba en su habitación. Las drogas preocupaban a Stella menos que la indiscreción. Solo una chica perezosa se dejaba descubrir, y su hija era lista pero perezosa, felizmente ajena al esfuerzo que había representado para su madre mantener la mentira que era su vida.
Ahora Kennedy sonreía con expresión de suficiencia mientras revolvía lentamente su crema.
—Bien —dijo—. Nos ahorraremos el sermón hasta los postres.
No habría sermón, Stella se lo había prometido a Blake. Se limitaría a animar a Kennedy a hacer lo que le convenía. La chica sabía que necesitaba volver a la facultad. De momento solo había perdido un semestre: podía ir a la secretaría, explicar que había sufrido problemas de concentración y rogar que la readmitieran. Quedaría un semestre por detrás de sus compañeros de promoción; quizá podía graduarse tras los cursos de verano. Stella barajó en su cabeza distintas posibilidades, siempre incapaz de ir más allá de su propia ira. ¡Dejar los estudios para ser actriz! La idea era tan estúpida que apenas pudo contenerse de decirlo tan pronto como tendió la mano hacia la carta.
¿Y qué era lo más desconcertante? Stella creía que Kennedy ya había superado sus años difíciles. Las llamadas de los profesores del instituto porque había vuelto a faltar a clase, las pésimas notas, las noches que Stella oía el chirrido de la puerta al abrirse a horas intempestivas y alargaba la mano hacia su bate de béisbol antes de caer en la cuenta de que era solo su hija borracha al entrar furtivamente en la casa. Los chicos desastrados que se asomaban desde sus coches frente a la casa y tocaban el claxon.
«Es mi niña descontrolada», dijo Blake una vez, entre risas, como si fuera algo de lo que enorgullecerse.
Pero ese descontrol asustaba a Stella, perturbaba la cauta vida que ella había forjado. Por las mañanas, durante el desayuno, miraba por encima de la mesa a una hija que ya no reconocía. Su niña de rostro dulce ya no existía; la había sustituido una mujer de cabello rubio oscuro y extremidades largas que cambiaba de idea a diario sobre la persona que quería ser. Una mañana colgaba de sus esqueléticos hombros una camiseta descolorida de los Ramones; a la mañana siguiente llevaba una minifalda a cuadros que dejaba a la vista buena parte de los muslos, y al otro día lucía un vestido largo hasta los tobillos. Se había teñido el pelo de rosa, dos veces.
—¿Por qué no puedes ser tú misma, y punto? —preguntó Stella en una ocasión.
—A lo mejor no sé quién soy —replicó su hija.
Y Stella lo comprendió, sin duda. Eso era lo emocionante de la juventud, la idea de que uno podía ser cualquiera. Eso era lo que a ella la había fascinado en la tienda de bisutería hacía muchos años. Luego llegaba la vida adulta, las decisiones tomadas previamente se consolidaban, y uno caía en la cuenta de que todo lo que era se había puesto en marcha años antes. El resto eran las secuelas. Así que entendía por qué su hija buscaba una identidad, y Stella incluso se culpaba por ello. Tal vez algo en la chica no estaba bien asentado, una pequeña parte de ella era consciente de que algo fallaba en su vida. Como si, al hacerse mayor, hubiera empezado a tocar los árboles y descubierto que eran solo decorados de cartón.
—No hay sermón —aseguró Stella—. Solo quiero cerciorarme de que estamos pensando en el próximo semestre…
—Ahí lo tienes.
—No has perdido mucho tiempo, cariño. Sé que esa obra te entusiasma…
—Es un musical.
—Como quieras llamarlo…
—Bueno, lo sabrías si hubieras venido al estreno.
—¿A ver qué te parece esto? —propuso Stella—. Iré a ver tu obra si tú vas a la secretaría…
—Chantaje emocional —dijo Kennedy—. Eso es nuevo para ti.
—¡Chantaje! —Stella se inclinó sobre la mesa y bajó la voz—. ¿Querer lo mejor para ti es chantaje? ¿Querer que recibas una formación, que te superes a ti misma…?
—Lo que tú entiendes por lo mejor para mí no tiene por qué coincidir con lo que entiendo yo —dijo su hija.
Pero ¿qué era lo mejor para Kennedy, pues? Stella se había horrorizado, y abochornado un poco, al enterarse de que su hija había pasado el último semestre en riesgo de expulsión por sus malos resultados. «Es joven, ya lo resolverá», dijo Blake, pero Stella se negó a aceptarlo. Ella era una pobre chica de color de un rincón perdido de Louisiana y, a pesar de eso, había logrado mejores notas que dos aprobados justos y dos insuficientes, más un solitario bien en teatro. El teatro ni siquiera era una asignatura, ¡era un pasatiempo! Un pasatiempo que, meses después de ese deplorable semestre, había llevado a su hija a abandonar los estudios para dedicarse plenamente a él. ¿Qué sentido tenía, pues, dárselo todo a una hija? Comprarle libros, matricularla en los mejores colegios, contratar profesores particulares, suplicar para que se le permitiera acceder a la universidad: ¿qué sentido tenía todo eso para que acabara siendo así, una chica aburrida mirando alrededor en un restaurante donde se reunían algunas de las mentes más destacadas de la nación y revolviendo apáticamente la crema?
—La universidad no es para todo el mundo, ¿sabes? —dijo Kennedy.
—Bueno, sí es para ti.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Porque sí. Eres inteligente. Sé que lo eres. Pero no te esfuerzas. Ni siquiera sabemos de qué serás capaz cuando te esfuerces de verdad…
—¡Quizá no soy capaz de más! Yo no soy una lumbrera como tú.
—Pues yo no creo que eso sea lo máximo que puedes dar.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—¡Porque yo renuncié a muchas cosas por ti para que ahora cuelgues los estudios!
Kennedy se echó a reír y alzó las manos.
—Ya estamos otra vez con esa mierda. Yo no tengo la culpa de que de niña fueras pobre, mamá. No puedes culparme de cosas que pasaron antes de que yo naciera.
Un joven camarero negro se inclinó para rellenarle el vaso de agua, y Stella guardó silencio. Ella había elegido hacía años su propia vida, y Kennedy no había hecho más que afianzarla en ella. Reconocer eso no era lo mismo que culparla. Se había sacrificado por una hija que no podía saber lo que ella había perdido. El tiempo de la sinceridad entre ellas dos había pasado hacía mucho. Stella se limpió los labios con la servilleta blanca y volvió a plegarla sobre su regazo.
—Baja la voz —dijo—. Y no uses ese vocabulario.
—No es el fin del mundo —dijo Peg Davis—. Muchos estudiantes se toman un descanso.
Stella suspiró. Estaba frente al desordenado escritorio de Peg, en su despacho, siempre tan caótico que Stella tenía que retirar libros de la silla o dedicar diez minutos a buscar las gafas de lectura de Peg, que se hallaban debajo de una pila de exámenes trimestrales. No habría estado de más que Peg contratara a alguien para ayudarla a organizarse. Stella incluso se había ofrecido a ayudarla. El despacho le recordaba su vida con Desiree, que destinaba mucho más tiempo a buscar cosas perdidas que el que le habría requerido mantener en orden su lado de la habitación, pero cuando Stella se lo decía, Desiree alzaba la vista al techo y respondía que dejara de tratarla como si fuera su madre. Peg reaccionaba con el mismo desdén.
«Ah, están por aquí en algún sitio», decía cada vez que se le extraviaban las llaves, y con eso empezaba otra búsqueda del tesoro.
Uno podía ser un poco desastre cuando era un genio. Peg daba clase de teoría de los números, un área de las matemáticas tan complicada que bien podría haber sido magia. La matemática teórica tenía poco en común con la estadística, pero Peg se había prestado de todos modos a supervisar a Stella. Era la única mujer con plaza de titular en el departamento de matemáticas, así que se ocupaba de todas las alumnas. En su primera reunión de supervisión, Peg se había echado atrás en la silla para examinarla. La profesora tenía el cabello largo y rubio, ya cano, y llevaba unas gafas redondas que le cubrían media cara.
—A ver, cuéntame —había dicho—. ¿Cuál es tu historia?
Stella nunca se había encontrado bajo la atenta mirada de una mujer tan brillante. Nerviosa, hizo girar la alianza nupcial en el dedo.
—No sé —respondió—. ¿A qué se refiere? No tengo ninguna historia que contar. O sea, nada de especial interés.
Por supuesto mentía, pero, para su desconcierto, Peg se echó a reír.
—Como que me lo voy a creer —dijo—. No todos los días un ama de casa decide de pronto que quiere estudiar matemáticas. No te importa que te describa así, ¿verdad?
—Que me describa ¿cómo?
—Como ama de casa.
—No —respondió Stella—. Es lo que soy, ¿no?
—¿Lo eres?
Las conversaciones con Peg siempre transcurrían así: con giros y circunloquios, preguntas que parecían respuestas, respuestas que parecían preguntas. Stella siempre tenía la impresión de que Peg la ponía a prueba, lo que no hacía más que inducirla a querer demostrar su mérito. La profesora le dio libros —Simone de Beauvoir, Gloria Steinem, Evelyn Reed—, y ella los leyó todos, pese a las caras que ponía Blake al ver las portadas. No entendía qué tenía que ver nada de aquello con las matemáticas. Peg la invitaba a manifestaciones, y aunque a Stella la inquietaba la idea de unirse a una muchedumbre vociferante, después siempre leía las noticias al respecto en el periódico.
—¿Qué se proponen esta vez las chicas de Peggy? —preguntaba Blake, echando un vistazo por encima del hombro de Stella a la sección de información local.
Allí estaban, manifestándose contra el concurso de Miss América, un anuncio sexista en Los Angeles Magazine, el estreno de una nueva película de terror que ensalzaba la violencia contra las mujeres. Las chicas de Peggy eran todas blancas, y cuando Stella preguntó una vez si había alguna negra en el grupo, Peg se puso a la defensiva.
—Tienen sus propias preocupaciones, como ya sabrás —contestó—. Pero si quieren unirse a nosotras en la lucha, bienvenidas sean.
¿Quién era Stella para juzgarla? Al menos Peg defendía algo, luchaba por algo. Declaraba la guerra a la universidad por cualquier cosa: la baja por maternidad remunerada, la contratación sexista de profesorado, la explotación de los profesores no numerarios. Pugnaba por esas cosas pese a que no tenía hijos y contaba ya con una plaza de titular; pugnaba pese a que sus alegatos no la beneficiarían en absoluto. Eso a Stella la desconcertaba, que protestara por sentido del deber, o tal vez incluso por diversión.
Ahora, sentada en el despacho de Peg, tendió la mano hacia un libro sobre los números primos y dijo:
—Es un descanso si al final uno vuelve.
—Bueno, tal vez ella vuelva —respondió Peg—. Por propia iniciativa. Eso hiciste tú.
—Eso es distinto.
—¿En qué sentido?
—Yo no tuve elección —explicó Stella—. Tuve que dejar el instituto. A su edad, yo lo único que quería era ir a la universidad. Y ella la desecha sin más.
—Bueno, ella no es tú —dijo Peg—. Es injusto que esperes que lo sea.
Tampoco era eso, o al menos no era solo eso. Su hija le parecía una desconocida, y si viviera aún en Mallard, le divertiría ver lo distintas que eran en muchos sentidos. Incluso lo mucho que su hija le recordaba en muchos sentidos a Desiree. Podría reírse con su hermana de eso. ¿Estás segura de que no es tuya? Pero, en este mundo, su hija le parecía una desconocida, y eso la aterrorizaba. Si tenía la sensación de que su hija no era realmente suya, nada en su vida era real.
—Quizá lo que pasa es que estás disgustada contigo misma —observó Peg.
—¿Conmigo? ¿Por qué?
—Llevas años hablando del posgrado, y al final nada.
—Sí, pero… —Stella se interrumpió.
Ese era otro asunto totalmente distinto. Cada vez que hablaba con Blake sobre la posibilidad de solicitar plaza en un curso de posgrado, él reaccionaba de manera tan infantil como ella preveía. ¿Estudiar más? Por Dios, Stella, ¿hasta cuándo piensas seguir estudiando? La acusaba de abandonar a la familia, Stella lo acusaba de abandonarla a ella, los dos se dormían enfadados.
—A ver, está claro que tu marido cree que aún puede mangonearte —dijo Peg—. Lo asustas. Una mujer con cerebro. Nada los asusta más.
—No sé si eso es verdad —contestó Stella.
Blake seguía siendo su marido; no le gustaba oír a nadie hablar de sus defectos.
—Solo digo que todo es una cuestión de poder —aclaró Peg—. Él lo quiere, y no quiere que lo tengas tú. ¿Por qué te crees que los hombres se follan a sus secretarias?
Una vez más lamentó haber contado a Peg cómo se habían conocido Blake y ella. Su historia, romántica por entonces, pasó a ser con los años cada vez más vulgar. Ella era joven, de la edad que ahora tenía su hija; nunca había conocido a un hombre como Blake. Lógicamente fue incapaz de resistirse. La primera vez que se acostaron, ella solo tenía diecinueve años, y había acompañado a Blake en un viaje de trabajo a Filadelfia. Para entonces, había descubierto que ser una secretaria era un poco como ser una esposa; memorizaba su agenda, colgaba su sombrero y su abrigo, le servía whisky. Le llevaba el almuerzo, soportaba sus humores, lo escuchaba quejarse de su padre, le recordaba que enviase flores a su madre por su cumpleaños. Para eso la había invitado a Filadelfia, se dijo Stella, hasta la última noche del viaje, cuando él se inclinó hacia ella en el bar del hotel y la besó.
—No sabes cuánto tiempo hace que deseaba hacer esto —dijo—. Desde que comimos en Antoine’s. Se te veía tan dulce y perdida. Entonces supe que me había metido en un aprieto. Les había dicho: buscadme una chica con una letra excelente, aunque no tenga muy buena presencia. Esperaba que no la tuvieras. No necesitaba esas distracciones. No soy de esos hombres, compréndelo. Pero naturalmente la letra más bonita pertenecía a la chica más bonita. Y desde entonces me has estado atormentando.
Blake se rio un poco, pero la miraba con tal seriedad que ella notó el rubor en el cuello.
—No era mi intención. Atormentarte, quiero decir.
—¿Me odias por decirte estas cosas?
El nerviosismo de Blake la tranquilizó. Había salido alguna que otra vez con hombres blancos, pero nunca había pasado de los besos en sus coches. Siempre temía que, de algún modo, pudieran descubrir su mentira al ver su cuerpo desnudo. Tal vez su piel, en contraste con las sábanas blancas, parecía más oscura, o tal vez la notarían distinta al estar dentro de ella. Si la desnudez no revelaba quién era una, ¿qué podía revelarlo?
En la habitación del hotel, Blake la desnudó lentamente. Le bajó la cremallera de la falda, le desabrochó el sujetador, se agachó para quitarle las medias. Forcejeó para quitarse los calzoncillos, y ella sintió bochorno por él, bochorno por todos los hombres, en realidad, obligados a exhibir su deseo tan abiertamente. No se le ocurría nada más horrendo que no poder ocultar lo que una quería.
No habría podido decirle que no, comprendió después, pero tampoco quería. Y tal vez esa era la diferencia, o tal vez la diferencia residía en pensar que había una diferencia.
—No me mires así —dijo Peg.
—¿Cómo?
—Como si se te acabara de morir el gato. —Peg se inclinó sobre el escritorio—. Lo que pasa es que no me gusta ver que te rebajas por él. Solo porque nunca te verá como te ves a ti misma.
Stella desvió la mirada.
—No lo entiendes —dijo—. Cuando pienso en quién era yo antes de conocerlo… Es como ser una persona totalmente distinta.
—¿Y quién eras tú entonces? —preguntó Peg.
Ser gemela a veces era como vivir con otra versión de una misma. Todo el mundo tenía otra versión de sí mismo, quizá, una identidad alternativa que vivía solo en la mente. Pero la suya era real. Stella se volvía en la cama cada mañana y la miraba a los ojos. Otras veces se sentía como si viviera con una desconocida. ¿Por qué no te pareces más a mí?, pensaba, echando una ojeada en dirección a Desiree. ¿Cómo me he convertido en mí misma y cómo te has convertido tú en ti misma? Tal vez ella era callada solo porque Desiree no lo era. Tal vez habían pasado juntas sus vidas modelándose mutuamente, compensando aquello de lo que la otra carecía. Como en el funeral de su padre, en el que Stella apenas habló, y cuando alguien le hacía una pregunta, era Desiree quien contestaba. Al principio, eso la ponía nerviosa, que una persona le hablara a ella y respondiera Desiree. Como si renunciara a su propia voz. Pero pronto le resultó cómodo desaparecer. Podía no decir nada y, siendo nada, se sentía libre.
Contempló por la ventana a los alumnos que pasaban en bicicleta y miró de nuevo a la profesora.
—Ni siquiera me acuerdo —dijo.