La mitad evanescente

Brit Bennett · Capítulo 5 de 19

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La mitad evanescente

Capítulo 5

5

En la carretera de El Dorado, Therese Anne Carter se convirtió en Reese.

En Plano, se cortó el pelo a trasquilones en el cuarto de baño de una parada de camiones con una navaja robada. En las afueras de Abilene, compró una camisa azul de madrás y un cinturón de cuero con la hebilla de plata en forma de corcel; la camisa la llevaba aún, la hebilla la había empeñado no sin pesar en El Paso al acabársele el dinero, pero aún sentía su peso en la cintura. En Socorro, empezó a envolverse el pecho con una venda blanca, y al llegar a Las Cruces, había aprendido a andar de nuevo, las piernas separadas, los hombros rectos. Se dijo que así era más seguro hacer autostop, pero la verdad era que él siempre había sido Reese. Al llegar a Tucson, lo que le parecía un disfraz era Therese. ¿Hasta qué punto era real una persona si uno podía despojarse de ella en mil quinientos kilómetros?

En Los Ángeles, encontró trabajo limpiando un gimnasio cerca de UCLA. Allí conoció a culturistas que le dijeron donde conseguir buen material. En Muscle Beach, vagó entre la multitud mientras hombres musculosos en camisetas sin mangas se pavoneaban bajo el sol de la tarde. Pregunta por Thad, dijo alguien, y allí estaba ese Thad, un hombre gigantesco, sin pelo excepto por una barba rala. Cuando por fin Reese hizo acopio de valor, Thad lo apartó con una de sus grandes zarpas.

—Chico, vuelve aquí con cincuenta dólares —dijo—. Entonces tendremos algo de que hablar.

Durante todo el mes Reese recortó gastos y ahorró hasta reunir el dinero. Entonces fue en busca de Thad y lo encontró en un bar junto al paseo entarimado. Thad lo guio al lavabo de hombres y sacó un vial.

—¿Te has chutado alguna vez? —preguntó.

Reese negó con la cabeza, mirando la aguja con los ojos muy abiertos. Thad se rio.

—Por Dios, chaval, ¿qué edad tienes?

—Edad suficiente —respondió Reese.

—Con esta mierda no se juega —advirtió Thad—. Te sentirás distinto. Tendrás más lentos los espermatozoides. Pero supongo que esas cosas todavía no te preocupan.

—No —contestó Reese, y Thad le enseñó cómo hacerlo.

Desde entonces había comprado muchos esteroides a muchos Thads, y la transacción se le antojó siempre tan sucia como cuando estuvo por primera vez en el cuarto de baño mugriento de aquel bar. Se reunió con zoquetes en callejones oscuros, notó los viales presionándole la palma cuando aquellos le estrechaban la mano, encontró bolsas de papel sin ningún distintivo en su taquilla del gimnasio. Ahora, pasados siete años, Therese Anne Carter era solo un nombre en una partida de nacimiento en el registro de Union County. Nadie adivinaría que él había sido en otro tiempo ella, y a veces a él mismo le costaba creerlo.

Contó esto con naturalidad, bajo la luz roja resplandeciente del cuarto oscuro, sin mirar a Jude mientras sumergía el papel fotográfico en el líquido de revelado. Unas semanas después de la fiesta de Halloween habían empezado a verse allí. Ella no esperaba volver a verlo, y tal vez así habría sido si, en el viaje de regreso a casa, Erika no hubiera mencionado que había visto antes a ese vaquero tan guapo, ya que trabajaba en el gimnasio cercano. Jude empezó a correr allí pese a que detestaba correr en espacios cerrados, sin cielo, sin aire, siempre en el mismo punto, con la mirada fija en su propio reflejo. Lo detestaba todo excepto cuando Reese apareció a su lado para limpiar una bicicleta estática. Se apoyó en el manillar y dijo:

—¿Dónde te has dejado las orejas?

Se miró al espejo, confusa, hasta caer en la cuenta de que se refería a su anodino disfraz. Se rio, sorprendida de que la recordase siquiera de la fiesta. Pero claro que la recordaba. ¿Quién tenía la piel tan oscura como la suya en ese campus, quién en todo Los Ángeles?

—Debo de habérmelas olvidado —respondió ella.

—Lástima —dijo Reese—. Me gustaban.

Llevaba una camiseta gris pizarra, con una pesa plateada estampada en el pecho. A veces, durante un turno, se aburría y se colgaba de la barra para hacer unas dominadas. Había solicitado ese puesto porque podía utilizar gratuitamente el gimnasio y al gerente no le importaba que hubiera llegado de fuera de la ciudad sin identificación. Pero su verdadero sueño era ser fotógrafo profesional. Se ofreció a enseñarle a Jude su trabajo algún día, así que empezaron a quedar los sábados en el cuarto oscuro del campus. Ahora, mientras él observaba la foto, ella lo observaba a él, intentando imaginar a Therese. Pero no pudo. Solo veía a Reese, el rostro desaliñado, remangado hasta los codos, aquel bucle cayéndole siempre sobre la frente. Tan guapo que cuando alzaba la vista, ella no podía mirarlo a los ojos.

—¿Qué te parece esta historia? —preguntó él.

—No lo sé —dijo ella—. Nunca he oído nada igual.

Pero eso no era del todo verdad. Ella siempre había sabido que era posible ser dos personas distintas en una misma vida, o tal vez solo era posible para algunos. Tal vez otros simplemente estaban atrapados en quienes eran. Ella había intentado una vez aclararse la piel, durante su primer verano en Mallard. Como era pequeña, aún creía que algo así era posible, y sin embargo tenía ya edad suficiente para entender que exigiría un nivel de alquimia inasequible para ella. Magia. No era tan tonta como para esperar tener la piel clara algún día, pero sí quizá de un marrón oscuro, cualquier cosa mejor que ese negro infinito.

No podía forzarse una magia como esa, pero hizo cuanto pudo para invocarla. Había visto en Jet un anuncio de Nadinola: una mujer de color caramelo, de piel oscura para los parámetros de Mallard pero clara en comparación con la suya, sonriente, de labios rojos, mientras un hombre de piel marrón le susurraba al oído. «Tu vida es más divertida cuando tienes la tez clara, brillante, y para eso Nadinola es tu blanqueante». Arrancó el anuncio de la revista y lo plegó en un pequeño rectángulo, que llevó encima durante semanas, abriéndolo tantas veces que unos pliegues blancos surcaban los labios de la mujer. Un tarro de crema. Solo necesitaba eso. Se la extendería por la piel, y en otoño volvería al colegio con la piel más clara, renovada.

Pero no disponía de los dos dólares para la crema, ni podía pedírselos a su madre, que no haría más que reprenderla. No te dejes influir por esos chicos, diría, pero no se trataba solo de sus compañeros de clase. Jude deseaba cambiar y no entendía por qué había de ser tan difícil o por qué tenía que explicárselo a nadie. Curiosamente, intuía que su abuela quizá lo entendiera, así que le dio a ella el anuncio manoseado. Maman lo miró por un momento y luego se lo devolvió.

—Hay formas mejores —dijo.

Su abuela se pasó toda la semana elaborando pociones. Llenó bañeras con limón y leche e indicó a Jude que se pusiera en remojo. Le aplicó mascarillas de miel en la cara y luego se las retiró lentamente. Exprimió naranjas, las mezcló con especias y extendió la mezcla por el rostro de Jude antes de acostarse. Todo fue en vano. La piel nunca se le aclaró. Y al final de la semana, cuando una noche su madre le preguntó por qué se le veía la cara tan grasienta, Jude se levantó de la mesa en medio de la cena y se lavó la cara para quitarse la crema de maman. Ahí se acabó la historia.

—Siempre he querido ser distinta —dijo a Reese—. O sea, me crie en ese pueblo donde todo el mundo es de piel clara y pensé… bueno, nada dio resultado.

—Tanto mejor —respondió él—. Tienes una piel preciosa.

La miró, pero ella desvió la vista y la posó en el papel fotográfico mientras un edificio abandonado cobraba forma trémulamente. Detestaba que le dijeran que era preciosa. Era uno de esos comentarios que la gente solo hacía por cumplir. Pensó en Lonnie Goudeau besándola bajo los árboles cubiertos de musgo o en los establos o detrás del granero de Delafosse por la noche. En la oscuridad nunca se era demasiado negra. En la oscuridad todo era del mismo color.

 

Llegada la primavera, pasaba todos los fines de semana con Reese, ambos ya tan inseparables que la gente empezaba a preguntar por uno si veía al otro. A veces quedaba con Reese en el centro y paseaban juntos, llevando ella colgado al hombro el estuche de la cámara, mientras él tomaba fotos. Le enseñó los nombres de distintos objetivos, le mostró cómo sostener el reflector para dirigir la luz. Su primera cámara fue un regalo de un hombre de su parroquia —un fotógrafo del pueblo— que se la había prestado una vez para sacar fotos en un pícnic. El hombre se asombró tanto del talento natural de Reese que le dio una cámara vieja con la que entretenerse. Reese pasó todos sus años de instituto con una cámara ante el rostro, fotografiando partidos de fútbol y obras de teatro y ensayos de la banda de música para el anuario. Sacó instantáneas de comadrejas muertas en medio de la carretera, rayos de sol a través de las nubes, figuras del rodeo desdentados sobre caballos encabritados. Le encantaba sacar fotos de todo menos de sí mismo. La cámara nunca lo veía tal como se veía él.

Ahora dedicaba los fines de semana a fotografiar edificios abandonados con ventanas y puertas tapiadas, paradas de autobús con grafiti, desconchones en coches desguazados. Solo cosas muertas, en decadencia. La belleza lo aburría. A veces tomaba fotografías de ella, siempre espontáneas, Jude en segundo plano, con la mirada perdida. Ella no se daba cuenta hasta que las revelaba. Siempre se sentía vulnerable al verse a través de su objetivo. Le regaló una foto suya de pie en un paseo entarimado, y como Jude no supo qué hacer con ella, la mandó a casa. Por teléfono, su abuela dijo maravillada:

—Por fin, una buena foto tuya.

En todas sus fotos del colegio se la veía demasiado negra o sobreexpuesta, invisible salvo por el blanco de los ojos y los dientes. La cámara, le explicó Reese en una ocasión, funcionaba como el ojo humano. Con eso quería decir que no estaba creada para fijarse en ella.

—Y dale —decía Erika, soñolienta, siempre que Jude se escabullía el sábado por la mañana temprano—. Ya te vas otra vez a ver a tu guapísimo hombre.

—No es mi hombre —insistía Jude.

Lo que en rigor era cierto. Reese nunca le había preguntado si quería salir con él, no la había llevado a un restaurante y apartado la silla para que se sentase. No la había besado ni cogido de la mano. Pero ¿no la protegía con su cazadora cuando los sorprendía un aguacero, acabando él mismo empapado? ¿No asistía a todos los encuentros de atletismo en casa, animándola durante el calentamiento y, después, abrazándola frente al vestuario de las chicas? ¿No le hablaba ella de su padre y su madre, de Early, incluso de Stella? En el muelle de Manhattan Beach, ella se apoyó en la barandilla de color turquesa mientras Reese enfocaba a tres pescadores. Mordiéndose el labio, como siempre hacía cuando se concentraba.

—¿Cómo crees que es esa Stella? —preguntó él.

Jude jugueteó con la correa del estuche de la cámara.

—Pues no sé —dijo—. Antes sentía curiosidad. Ahora creo que no quiero saberlo. O sea, ¿qué clase de persona abandona a su familia sin más?

Cayó en la cuenta, demasiado tarde, de que eso era precisamente lo que Reese había hecho. Se había despojado de su familia junto con todo su pasado, y ahora nunca hablaba de ellos. Jude sabía que no debía preguntar, pese a que él sí quería conocer más la vida de ella. En una ocasión, le preguntó por su primer beso, y ella le dijo que un chico llamado Lonnie se le había echado encima detrás de un granero. Por entonces tenía dieciséis años, y había salido furtivamente a correr ya entrada la noche; él se había bebido con sus amigos una botella de vino de cereza robada, pasándola de mano en mano, a la orilla del río, y estaba achispado. Jude siempre se preguntaría si esa botella vacía era la razón por la que él la había besado, o de hecho por la que se había acercado a ella, encaramándose con movimientos vacilantes a la cerca, mientras ella completaba una vuelta detrás del granero de Delafosse. Paró tan en seco que notó un pinchazo en la rodilla.

—¿Q-qué haces aquí? —preguntó él.

Como una tonta, miró por encima del hombro y él se rio.

—Sí, tú —aclaró él—. Aquí no hay nadie más que tú y yo.

Hasta ese momento nunca le había hablado fuera del colegio. Naturalmente, lo había visto hacer el zángano con sus amigos en la cafetería de Lou, en un reservado del fondo, o matando el rato junto a la furgoneta de su padre. Siempre hacía como si no la viera, como si supiera que sus pullas estaban de más fuera de las aulas, o quizá porque comprendió que hacer como si no la viera era incluso más cruel, que ella prefería sus pullas a que la ignorara. Pero de hecho a Jude la irritó que él decidiera hablarle justo en ese momento, cuando estaba jadeante y sucia, su piel bañada en sudor.

Lonnie le dijo que iba de camino a casa y atajaba por la granja de Delafosse. Cuidaba de los caballos de la señorita Delafosse después de clase. ¿Quería verlos? Eran viejísimos pero todavía hermosos. Por la noche los encerraban en la cuadra, pero él tenía llave. Jude, sin saber por qué, lo siguió. Quizá porque toda la noche estaba desarrollándose de una manera tan extraña —Lonnie saliéndole al paso, Lonnie hablando con ella civilizadamente— que tenía que ver adónde llevaba aquello. En la cuadra, siguió a Lonnie a ciegas, abrumada por el olor de la bosta. De pronto él se detuvo, y Jude, a través del claro de luna que entraba a raudales, vio dos caballos, uno pardo y otro gris, más altos de lo que imaginaba, los músculos relucientes en sus poderosos cuerpos. Lonnie tocó el cuello del gris y ella lo tocó también, lentamente, acariciándole el suave pelaje.

—Bonito, ¿eh? —dijo Lonnie.

—Sí —convino ella—. Bonito.

—Tendrías que verlos correr. Me r-recuerdan a ti. No he visto correr a nadie como tú. Levantas mucho las rodillas, como un poni.

Ella se rio.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Me he fijado —dijo él—. Me fijo en todo.

En ese momento el caballo pardo piafó, espantando al caballo gris, y Lonnie la sacó de la cuadra antes de que se encendiera alguna luz en casa de la señorita Delafosse. Se escabulleron a la parte de atrás del granero, riéndose por el hecho de que hubieran estado a punto de sorprenderlos, y de pronto Lonnie se inclinó y la besó. En torno a ellos la noche pendía pesada y húmeda como algodón empapado. Ella saboreó el azúcar de sus labios.

 

—¿Así sin más? —preguntó Reese.

—Así sin más.

—Vaya, hay que ver.

Estaban en la azotea del apartamento de un amigo de Reese, Barry. Esa misma noche, un rato antes, Barry había actuado en el papel de Bianca en un club de West Hollywood llamado Mirage. Durante siete minutos electrizantes, Bianca se pavoneaba por el escenario, con una boa morada en torno a los anchos hombros, y cantaba a voz en cuello «Dim All the Lights». Llevaba carmín rojo rubí y una gran peluca rubia como Dolly Parton.

«No le basta con hacer de mujer —había bromeado Reese durante el espectáculo—. Para colmo, ha de ser una mujer blanca».

Barry tenía por todo el apartamento soportes para pelucas cubiertos de pelo de todos los colores, tanto realistas como estridentes: una media melena castaña, un peinado estilo paje negro, un corte recto a lo Cher teñido de rosa, la frente parcialmente tapada por el flequillo. Al principio, Jude pensó que quizá Barry era como Reese, pero cuando llegó al apartamento, lo encontró vestido con un polo y un pantalón, rascándose la mejilla con un asomo de barba. Durante la semana daba clases de química en un instituto de Santa Mónica; solo se convertía en Bianca dos sábados al mes en un club pequeño y oscuro a un paso de Sunset. El resto del tiempo era un hombre alto y calvo, sin el menor aspecto de mujer, lo que formaba parte del encanto, comprendió ella al observar al público arrobado. Era divertido porque todo el mundo sabía que no era real.

Abajo, en el apartamento, el ambiente era sofocante y el ruido atronador, irradiándose por las ventanas la música del último disco de Thelma Houston. Habían venido las chicas. Las chicas, decía siempre Barry para referirse a otros hombres que actuaban con él en sus noches de drag queen. En primavera, Jude había ido a fiestas de Barry más que suficientes para saber cómo eran todos sin maquillaje: Luis, que cantaba a Celia Cruz envuelto en pieles rosa, era contable; Jamie, que lucía una peluca de las Supreme y botas de gogó, trabajaba para la compañía eléctrica; Harley se transformaba en Bette Midler, y era figurinista de una compañía de teatro menor y ayudaba a los demás a encontrar sus pelucas. Las chicas acogieron a Jude en el grupo hasta que ella se sintió, casi, como una de ellas. Hasta entonces nunca había pertenecido a un grupo de amigos. Y la aceptaban solo por Reese.

—Y tú ¿qué? —preguntó ella—. ¿Quién te dio el primer beso?

Él se apoyó en la barandilla y encendió un canuto.

—No es muy interesante.

—¿Y qué? No tiene por qué serlo.

—Fue una chica de la parroquia —dijo él—. Era amiga de mi hermana. Ocurrió antes.

Antes de ser Reese, se refería a eso. Nunca hablaba de Antes. Jude ni siquiera sabía que tenía una hermana.

—¿Cómo era? —preguntó. Su hermana, la chica a quien besó. Therese. Daba igual, ella sencillamente quería entender su vida pasada. Quería que él le hablara en confianza.

—No me acuerdo —respondió Reese—. ¿Y qué pasó con el chico de los caballos? —Esbozando una sonrisa de suficiencia, le ofreció el canuto. Casi parecía celoso, o tal vez ella deseaba que lo estuviera.

—Nada —contestó—. Nos besamos unas cuantas veces, pero después ya no volvimos a hablar.

Por pura vergüenza, no le dijo la verdad: que durante semanas se había reunido con Lonnie por las noches en la cuadra. En el rincón oscuro, él había extendido una manta, había colocado una linterna contra la pared y había llamado a aquello su escondite secreto. Encontrarse en pleno día era demasiado peligroso. ¿Y si alguien los veía? Por la noche nadie los sorprendería. Podían estar verdaderamente solos. ¿No era eso lo que ella quería?

Él no era su novio. Un novio la habría cogido de la mano, le habría preguntado cómo le había ido el día. Pero en la cuadra solo la tocaba, le cubría los pechos con las palmas de las manos, deslizaba los dedos por debajo de su pantalón corto. En la cuadra ella lo engullía en su boca, inhalando por la nariz el olor a bosta. Pero en el pueblo él hacía como si no la viera. Y sin embargo ella habría seguido reuniéndose con él cada noche si Early no la hubiera descubierto. Early la oyó salir furtivamente una noche, la siguió a través del bosque, aporreó la puerta hasta que Lonnie, subiéndose desesperado el pantalón, la obligó a salir de un empujón. Jude ya había empezado a llorar antes siquiera de cruzar la puerta. Early la agarró por un brazo, incapaz de mirarla.

—¿A ti qué te pasa? —preguntó—. Si quieres un novio, dile que venga a casa. No vas a encontrarte con ningún chico en plena noche.

—Él no quiere hablarme en ningún otro sitio —dijo ella.

Lloró aún con más ganas, temblándole los hombros, y Early la estrechó contra su pecho. No la había abrazado así desde hacía años; ella no había querido. Él no era su padre y nunca lo sería, un hombre cuya violencia no había llegado aún a ella, cuya ira apuntaba en todas direcciones menos hacia ella. Su padre la había hecho sentirse especial, y no había vuelto a sentirse así hasta que Lonnie la besó detrás del granero.

No era su novio. No se habría engañado tanto como para pensar que podía llegar a serlo. Pero no imaginaba la posibilidad de que un chico la amara; le bastaba con que Lonnie se fijara en ella.

Jude notó un soplo de brisa y, estremeciéndose, se envolvió con los brazos. Reese le tocó el codo.

—¿Tienes frío, cariño? —dijo.

Ella asintió, con la esperanza de que él la rodeara con el brazo. Pero en lugar de eso le ofreció la cazadora.

 

—No lo entiendo —dijo Barry—. Es como un matrimonio sin sexo.

Entre los bastidores del Mirage, encaramado frente al espejo del tocador, se aplicaba colorete en las mejillas. Faltaba una hora para la actuación, y pronto el camerino estaría lleno de drag queens disputándose a empujones los espejos, intercambiándose la sombra de ojos, impregnado el aire de laca. Pero ahora el Mirage estaba a oscuras y en silencio, y ella, sentada en el suelo, observaba a Barry, que tenía un manual de química en equilibrio sobre las rodillas. Habían llegado a un acuerdo. Él la ayudaba con sus tareas de química y ella lo acompañaba al centro comercial Fox Hills, donde fingía comprar el maquillaje que él quería. Cogida del brazo, la guiaba por los pasillos; para los desconocidos, tal vez pasaran por amantes, un hombre alto con pantalones grises, una mujer joven interesada en los polvos para la cara. Cuando él lo pagaba en la caja, las dependientas pensaban que era un caballero. Nadie imaginaba la encimera de su cuarto de baño cubierta de pequeños frascos de lociones perfumadas, paletas de sombra de ojos, tubos dorados de lápiz de labios. O que la chica que iba con él no sentía el menor interés en nada de eso, pese a las súplicas de él de que le permitiera enseñarla a maquillarse. Ella dudaba que fuera a encontrar un tono que se acomodara a su piel, además, sabía cómo llamaba la gente a las chicas de piel oscura que usaban carmín: culo de babuino.

No, ella no tenía el menor interés en examinar los frascos y tubos de Barry, que se le antojaban tan misteriosos como los tubos de ensayo del laboratorio de química. Tan solo unas semanas después del comienzo del semestre, iba ya rezagada. Barry solo había accedido a darle clases porque Reese se lo había pedido, y era incapaz de decirle que no a Reese. Cuando los dos se conocieron hacía siete años en una discoteca, él pensó que Reese era guapísimo y, después de muchas copas, se armó por fin de valor para decírselo.

—¿Qué le dijiste? —preguntó ella.

—¿Tú qué crees? —contestó él—. ¡Lo invité a casa! ¿Y sabes qué me respondió? «No, gracias». —Barry se echó a reír—. ¿Te lo puedes creer? No, gracias, como si le hubiese ofrecido una taza de café. Ay, siempre me han gustado esos chicos de pueblo. Rústicos y amables, así es exactamente como me gustan.

Jude intentó imaginar que ella misma tenía la audacia de acercarse a Reese y decirle ¿qué? ¿Que pensaba en él incesantemente, incluso ahora, mientras mantenía la mirada fija en un libro de texto lleno de símbolos desconcertantes y hablaba con un hombre que se pintaba los labios?

—Somos amigos —dijo ella—. ¿Qué tiene eso de malo?

—No tiene nada de malo. —La miró a través del espejo. Estaba probando una nueva imagen (Hollywood clásico, Lana Turner), pero el colorete, en exceso rosado, le teñía la piel de color naranja—. Es solo que nunca he visto a Reese con una amiga como tú.

En una ocasión, mientras le subía la compra por la escalera, Reese comentó en broma que a veces se sentía como su novio, y ella se echó a reír sin saber muy bien dónde estaba la gracia. ¿En que no lo era? ¿En que nunca lo sería? ¿En que a pesar de eso él, de algún modo, había acabado representando ese papel? Lo que ella no dijo: también se sentía a veces como su novia, y ese sentimiento la asustaba. Un sentimiento abrumador. Abarcaba todo el espacio de su pecho, la ahogaba.

—Somos amigos —repitió ella—. No sé por qué te cuesta tanto entender eso.

—No sé por qué tú no puedes entender que no lo sois. —Barry suspiró y se volvió hacia ella. Tenía una mejilla totalmente maquillada, la otra mitad de su cara todavía limpia—. Tampoco entiendo por qué os resistís. ¿Qué podría haber mejor que tener dieciocho años y estar enamorado? Bah, tú ni siquiera lo sabes. Si yo pudiera volver atrás, lo haría todo distinto.

—Por ejemplo, ¿qué? —dijo ella.

—Pues todo. —Se volvió de nuevo hacia el espejo—. Este viejo mundo tan grande, y solo disponemos de una vez para pasar por él. No hay nada más triste, si quieres saber mi opinión.

 

Ese verano abandonó la residencia y se instaló en el apartamento de Reese.

Se expuso a sí misma una lista de razones logísticas por las que eso tenía sentido: trabajaba en el campus, que era la decisión lógica, por mucho que le disgustara la decepción que se llevó su madre cuando le dijo que no iba a volver a casa. Aún no había encontrado apartamento para el año siguiente y podía ahorrar dinero si repartían entre los dos el alquiler y el gasto en comida. Pero habría sido un error intentar convencerse de que el ahorro era la única motivación. Así que cuando Reese se lo propuso, dijo que sí, y pronto los dos acarreaban las cajas de ella por la estrecha escalera. Reese le dijo que él dormiría en el sofá.

—Créeme, he dormido en sitios peores —aseguró, y ella recordó que él había viajado en autostop desde Arkansas, durmiendo en paradas de camiones o escondido en edificios abandonados como los que fotografiaba una y otra vez.

Al principio, se sintió rara en el apartamento de Reese, como un invitado que se quedaba más tiempo del que correspondía. Luego empezó a sentirse en casa. Cruzaba de puntillas el salón para salir a correr cada mañana, Reese hecho un ovillo bajo una manta, el cabello caído sobre los ojos cerrados. Compartían la encimera del baño, deslizaba un dedo por el mango de la navaja de afeitar de él. Lo encontraba por la noche al regresar hirviendo unos perritos calientes para la cena o planchando sus camisetas junto con las de ella, o escuchaba discos con él en el sofá, su pie contra el muslo de él. Con sorprendente paciencia, la enseñó a conducir en el aparcamiento vacío de un centro comercial, Jude sentada al volante del chirriante Bobcat de él.

—Si sabes conducir, puedes ir a cualquier sitio —le dijo—. Si te cansas de esta ciudad, te largas a otra y punto.

Con un brazo colgando por la ventanilla le sonrió mientras ella daba otra vuelta lentamente. Lo pintaba como algo muy sencillo, eso de marcharse.

—Yo nunca me cansaré de esta ciudad —dijo ella.

Durante la semana se presentaba a su trabajo en la biblioteca musical, donde empujaba un pesado carrito por los pasillos y colocaba finas partituras en los estantes hasta que se le secaban los dedos a fuerza de tocar las tapas polvorientas. Cuando volvía a casa, West Hollywood le parecía muy distinto de aquel idílico campus con sus edificios de ladrillo en los que aún entraba intimidada, bajando siempre la voz como si accediera a la iglesia, sus extensos jardines de césped verdes, su incesante tráfico de veloces bicicletas. En las residencias se había visto rodeada de jóvenes implacablemente ambiciosos, pero en ese bloque de apartamentos de West Hollywood todos los vecinos a los que ella conocía eran personas cuyos sueños de fama ya se habían malogrado. Camarógrafos trabajando en tiendas de Kodak, guionistas dando clases de lengua inglesa a inmigrantes, actores en papeles de espectáculos de variedades en bares sórdidos. La gente que no alcanzaba el éxito echaba raíces en la ciudad; uno pisaba estrellas con sus nombres escritos y nunca se daba cuenta.

Los fines de semana Reese y ella deambulaban por las playas de Santa Bárbara o exploraban el Museo de Historia Nacional, e incluso una vez fueron a Long Beach a ver ballenas. Solo vieron delfines, pero lo que Jude recordaba era que había perdido el equilibrio en la cubierta y él se situó detrás de ella para sostenerla. Jude permaneció así durante el resto del paseo en barco, apoyada contra su pecho.

Algunos sábados por la noche pasaban bajo la cascada de banderas arcoíris y entraban en el Mirage para ver el espectáculo de Barry. En otras ocasiones iban a ver una película al Cinerama Dome, donde, en la oscuridad de la sala, ella pensaba que tal vez Reese la cogería de la mano. Pero nunca lo hizo. En la fiesta que Barry organizó para el Cuatro de Julio, todo el mundo se amontonó en su azotea para ver estallar los fuegos artificiales en el cielo. Alrededor los chicos bebían y se besaban, y ella pensó que tal vez Reese incluso la besara: un beso de amigo, en la mejilla. Pero, en lugar de eso, entró a por una copa, dejándola allí sola, bañada por el resplandor rojo y azul. ¿Qué quería de ella? Era imposible saberlo. Una vez, después del espectáculo de Barry en el Mirage, Reese le propuso salir a bailar. La velada casi había terminado; el pinchadiscos ya había empezado a poner canciones lentas para animar a los amantes a dirigirse hacia la puerta. Reese le tendió la mano y ella se dejó guiar a la pista de baile. Nunca la había estrechado nadie entre sus brazos de esa manera.

—Esta canción me encanta —comentó Jude.

—Ya lo sé —dijo él—, te he oído cantarla.

Jude no había bebido pero se sintió mareada, arrastrada por la voz de Smokey Robinson, entre los brazos de Reese. De pronto las luces se encendieron, las parejas se lamentaron, y Reese la soltó. Hasta entonces no se habían dado cuenta de lo deprimente que resultaba el Mirage con las luces encendidas: las tuberías a la vista, los desconchones en la pintura, los suelos de madera pegajosos por la cerveza. Y Reese se rio mientras sus amigos se dirigían hacia la puerta, como si bailar con ella hubiese sido tan natural como ayudarla a ponerse una chaqueta. De algún modo se sintió más cerca y más lejos de él que nunca.

Más adelante, una noche de julio, ella volvió a casa pronto del trabajo y vio a Reese sin camiseta a través de la puerta abierta del baño. Le envolvía el pecho un gran vendaje, pero asomaban unos hematomas rojos, y él se palpaba con cuidado las costillas. Lo primero que pensó fue una estupidez absoluta: alguien lo había atacado. Cuando Reese alzó la vista, sus miradas se cruzaron en el espejo, y él se apresuró a ponerse la camiseta.

—No aparezcas así, tan sigilosamente —dijo él.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella—. Esa moradura…

—No es tan grave como parece —repuso él—. Estoy acostumbrado.

Jude tomó conciencia lentamente de lo que él trataba de decirle: que nadie lo había agredido, que aquello era debido al vendaje, que se le hincaba en las costillas y le provocaba hematomas.

—Tendrías que quitarte eso —le instó ella—. Si te duele. Aquí no tienes por qué llevarlo. Me da igual cómo seas.

Jude pensó que tal vez él se sintiera aliviado, pero, por el contrario, asomó a su rostro una expresión sombría y desconocida.

—No tiene nada que ver contigo —dijo él, y cerró bruscamente la puerta del baño.

Tembló todo el apartamento, y Jude se estremeció y se le cayeron las llaves. Él nunca le había gritado.

Se marchó de casa sin pensar. Nunca lo había visto tan furioso. Maldecía a los malos conductores, despotricaba de sus compañeros de trabajo, una vez empujó a un hombre blanco en un bar que la llamó «negrita» una y otra vez. Su ira afloraba y se desvanecía; después volvía a ser el de siempre. Pero en esta ocasión estaba furioso con ella. No debería haberlo mirado; debería haberse vuelto en cuanto lo vio a través de la puerta abierta. Pero los hematomas la sobresaltaron, y acto seguido dijo una idiotez; ahora ni siquiera podía disculparse porque él estaba furioso. Se había desahogado cerrando de un portazo, no pegándole a ella, pero tal vez fue porque no la tenía al alcance. Tal vez si ella hubiese estado más cerca, la habría estampado contra la pared con la misma facilidad.

Jude lloraba cuando llegó a casa de Barry. Él se limitó a abrazarla.

—Me odia —dijo—. He hecho una estupidez y ahora me odia…

—No te odia —aseguró Barry—. Ven a sentarte. Por la mañana todo se habrá arreglado.

 

—No ha sido para tanto —dijo Barry—. Solo una peleita de nada.

Pero Jude detestaría durante toda su vida que la gente llamara «peleas» a las discusiones. Las peleas eran sucesos cruentos, tajos en la piel, cuencas de los ojos amoratadas, huesos rotos. No discrepancias acerca del sitio adonde ir a cenar. Nunca solo palabras. Una pelea no era la voz de un hombre alzada en un momento de ira, aunque eso siempre la llevaría a pensar en su padre. Ella hacía una mueca de aversión cuando oía a hombres ruidosos salir de un bar o a chicos gritar ante un televisor durante un partido de fútbol. Portazos. Platos rotos. Su padre había asestado puñetazos a las paredes, hecho añicos piezas de vajilla, e incluso una vez sus propias gafas, arrojándolas contra la puerta del salón desde el otro extremo. La ira acababa cegándole, literalmente. Resultaba extraño, y sin embargo, para ella, por aquel entonces era muy normal, de un modo del que no sería plenamente consciente hasta muchos años después.

Pasó la noche en el sofá de Barry, la mirada fija en el techo. A las tres y media oyó llamar a la puerta. Por la mirilla vio a Reese bajo la luz resplandeciente del porche. Tenía la respiración entrecortada, los puños hundidos en los bolsillos de la cazadora vaquera, y se disponía a llamar otra vez cuando por fin ella descorrió el cerrojo.

—Vas a despertar a todo el mundo —dijo en un susurro.

—Lo siento —respondió él. Su aliento despedía un olor dulzón parecido a la cerveza.

—Estás borracho —señaló ella, más sorprendida que otra cosa.

Nunca lo había visto meterse en un bar cuando se alteraba, pero ahí estaba ahora, tambaleante.

—No debería haberte gritado de esa manera —se disculpó—. No era mi intención… maldita sea, ya sabes que nunca te haría daño. Lo sabes, ¿no, cariño?

Uno nunca sabía quién podía hacerle daño hasta que era demasiado tarde. Pero se lo veía desesperado, suplicándole desde el portal, y ella entreabrió la puerta un poco más.

—Hay un médico —dijo Reese—. Luis me ha hablado de él. Hay que pagarle la operación por adelantado, pero he estado ahorrando.

—¿Qué operación? —preguntó Jude.

—Para el pecho. Así ya no tendré que llevar este maldito estorbo.

—Pero ¿es segura?

—Relativamente segura —respondió él.

Ella fijó la mirada en el leve movimiento de su pecho.

—Yo también lo siento —dijo—. Es solo que no quiero que sufras. No era mi intención… en fin, ni siquiera sé cuál era mi intención. No pretendía actuar como si yo fuera alguien especial.

—No digas eso.

—Que no diga ¿qué?

Reese guardó silencio por un momento. Luego se inclinó y la besó. Cuando ella se dio cuenta, él ya se apartaba.

—Que no eres especial para mí —dijo.

 

A la mañana siguiente, Jude deambuló aturdida por el campus resplandeciente. No había pegado ojo ni un solo segundo después de marcharse Reese por la acera en la oscuridad. Incluso ahora, al pensar en él, se le encogía el estómago de temor. Quizá estaba tan borracho que ni siquiera se acordaría de que la había besado. Despertaría en casa con el vago recuerdo de que se había comportado de manera vergonzosa. O quizá, una vez sobrio, se había arrepentido. Ella era la clase de chica que los chicos solo besaban en secreto y, después, fingían que nada había ocurrido.

Esa noche las chicas organizaron una fiesta. En el atestado salón del apartamento de Harley, ella se arrimó al alféizar con un cubalibre en la mano. No estaba de humor para fiestas, pero la vergüenza aún no le permitía volver a casa y enfrentarse a Reese; como era de prever, al cabo de un rato él llegó a la fiesta, con camiseta negra y vaqueros, el cabello todavía mojado tras la ducha. La saludó con un gesto al entrar, pero no se acercó a ella. Quizá la compadecía. Solo la había besado porque le pesaba haberle gritado. Sabía que ella esperaba que ese beso significara algo más y por eso ahora la eludía, quedándose tan lejos, en el otro extremo del salón, que Harley le preguntó si pasaba algo.

—No, nada —respondió Jude, echándose más ron en el vaso.

—Entonces ¿por qué os comportáis de una manera tan rara? —preguntó él.

Tenía un flequillo rubio lacio a lo Farrah Fawcett, que se apartaba de los ojos una y otra vez. Ella se encogió de hombros y miró por la ventana. No podía seguir así, haciendo como si todo fuera normal. Necesitaba aire. Pero de pronto el salón se sumió en una oscuridad total. La música se interrumpió, dando paso a un silencio tan discordante como la negrura. A continuación resonaron voces: Barry preguntando dónde había una linterna, Harley comentando que quizá hubiera velas en el cuarto de baño, y Luis, inclinado junto a la ventana, llamando a los demás para que se acercaran. En toda la manzana los demás edificios estaban también a oscuras.

Jude se ofreció a ir en busca de las velas y avanzó a tientas por el pasillo oscuro hacia el cuarto de baño cuando Reese le agarró la mano.

—Soy yo —dijo.

—Ya lo sé —contestó ella.

En la oscuridad, uno podía ser cualquiera, pero ella lo reconoció incluso antes de que hablara. Su colonia, las palmas ásperas de las manos. Sería capaz de encontrarlo en cualquiera habitación a oscuras.

—No veo una mierda —dijo Reese, y se rio un poco.

—Precisamente voy a buscar las velas.

—Espera. ¿Podemos hablar?

—No tenemos que hablar —dijo ella—. Ya sé que no te gusto. No en ese sentido. Y no pasa nada. Sencillamente no tenemos que hablar de eso.

Reese le soltó la mano. Al menos ella no tenía que mirarlo. Tal vez nunca encontrara las velas y nunca tuviera que verle la cara. Siguió avanzado centímetro a centímetro por el pasillo hasta palpar por fin los azulejos de la pared del baño, pero cuando fue a abrir el armario, Reese se lo impidió apoyando la mano en la puerta. Acto seguido la besaba de nuevo contra el lavabo.

Al otro extremo del pasillo, sus amigos se llamaban unos a otros a modo de juego, riéndose de su propia ceguera. Pero en el cuarto de baño ellos se besaban apasionadamente, como si los dos supieran que era imposible que ese momento durara. Las luces se encenderían, alguien iría a buscarlos, se separarían al instante al oír pisadas, sintiéndose culpables, atrapados. Pero cuando Barry regresó de la cocina, blandiendo triunfalmente una linterna, ya habían salido a hurtadillas por la puerta. Bajaron a tientas por la escalera hasta salir a la calle, aún cogidos de la mano, y se adentraron en la ciudad ennegrecida. Por encima de ellos, los semáforos parpadeaban inútilmente. Los coches circulaban despacio por la calzada. El perfil urbano había desaparecido, y por primera vez en casi un año Jude vio las estrellas.

En algún lugar de la inmensa ciudad, una abuela escuchaba a unos niños mientras estos contaban historias de fantasmas delante de la pantalla negra del televisor. Un hombre, sentado en su porche, daba palmadas a un perro en el hocico ya gris. Una mujer de cabello oscuro encendía una vela en su cocina y se asomaba a mirar su piscina. Un hombre y una mujer jóvenes volvían a pie a casa, subían silenciosamente por los peldaños, cerraban la puerta al resto de la ciudad. Ella sostenía el encendedor del joven mientras este buscaba velas en los armarios. No encontró ninguna y los dos sintieron alivio. Ella no temía la oscuridad; él se sentía más seguro a oscuras.

En la cama, él le quitó la camiseta a la vez que le besaba el cuello y descendía hasta los pechos. Solo cuando la besaba entre los muslos, ella cayó en la cuenta de que él no se había desvestido.

Por toda la ciudad, las parejas hacían lo que hacían. Adolescentes tendidos en mantas se besaban en una playa, mientras el mar se mecía en la negrura. Recién casados entraban a tientas en una habitación de hotel. Un hombre susurraba al oído de su amante. Una mujer acercaba una cerilla a una vela alargada, reflejándose su rostro en la ventana de la cocina. Por toda la ciudad, oscuridad y luz.