La mitad evanescente
Quinta parte. «Pacific Cove» (1985/1988)
QUINTA PARTE
Pacific Cove
(1985/1988)
14
En 1988, cansada de buscar la seriedad artística y, más importante aún, cerca ya de los treinta años, Kennedy Sanders empezaría a aparecer en sucesivos culebrones televisivos, y un mes después de cumplir los veintisiete, conseguiría por fin un papel para tres temporadas en Pacific Cove. Sería el trabajo de interpretación más largo de su vida hasta ese momento, e incluso décadas más tarde la pararía a veces en un centro comercial algún admirador sensiblero llamándola Charity Harris. Era el papel para el que había nacido, le dijo el director, tenía la cara ideal para los culebrones. Kennedy debió de fruncir el entrecejo, porque él se rio y le tocó el brazo demasiado cerca de las tetas.
—No es una crítica, nena —aclaró—. Solo quiero decir… en fin, me doy cuenta de que tienes un don para lo dramático.
El melodrama no tenía nada de malo, les dijo a sus padres cuando los llamó para darles la noticia. De hecho, algunas de las actrices clásicas más importantes —Bette Davis, Joan Crawford, Greta Garbo— se dedicaron en eso de vez en cuando. Su padre se alegró de que volviera a California. Su madre se alegró de que trabajara. Después de colgar, se acercó a un centro comercial de Burbank donde, un año más tarde la pararía una mujer de mediana edad frente a un estante de zapatos y le pediría un autógrafo. Se azoraba cada vez que alguien la abordaba en público. ¿Cómo era posible que la reconocieran sin los trajes de escena, sin el peinado, sin el maquillaje? Al principio, la emocionaba, más adelante empezó a inquietarla, la idea de que una persona se fijara en ella antes de que ella se fijara en esa persona.
Una lista incompleta de personajes que interpretó en el mundo de los culebrones antes de obtener el papel en Pacific Cove: una trabajadora voluntaria de hospital que, como parte de una confabulación, roba un bebé; una maestra que seduce al padre de su alumno; una azafata que derrama agua en el protagonista, tal vez fortuitamente, tal vez de manera intencionada, en el guion no quedaba claro; la hija de un alcalde seducida por el villano de la serie; una enfermera que muere estrangulada en un coche; una florista que entrega una rosa al actor principal; una azafata que sobrevive a una accidente aéreo para morir más tarde estrangulada en un coche. Se ponía pelucas negras, pelucas castañas, pelucas rojas, y al final, cuando interpretó a Charity Harris, lució sus propios bucles rubios. Solo interpretaba papeles de chicas blancas, es decir, nunca se interpretó a sí misma.
En el plató de Pacific Cove, el reparto y el equipo la llamaban Charity, nunca usaban su verdadero nombre, y más tarde, en una entrevista para Soap Digest, dijo a un periodista que eso la ayudaba a centrarse en el personaje. Prefería que los lectores pensaran que era una actriz del método a que supieran la verdad: que nadie se había molestado en saber su verdadero nombre porque no preveían que siguiera en ese ambiente por mucho tiempo. En todo caso, tres temporadas en el mundo de los culebrones era como tres segundos, y cuando la serie terminó en 1994, Charity Harris aparecería en el episodio final durante un milisegundo al recorrer la cámara las fotografías colgadas en la pared. Solo los admiradores más entusiastas recordarían su participación más destacada, los nueve meses que pasó secuestrada por la acechadora de su amante y atada en un sótano. Durante meses se retorció en la silla —gritando, suplicando, rogando—, y solo años después caería en la cuenta de que su principal línea argumental era no formar realmente parte de la serie.
Una vez llevó a su madre al plató. Le había advertido de antemano que en el estudio de sonido podría hacer frío, de modo que su madre, ridículamente, se puso un jersey de color azul vivo a pesar de los más de treinta grados de Burbank. Kennedy la llevó a dar una pequeña vuelta por los decorados, mostrándole el exterior de la casa Harris, el ayuntamiento, el puesto de artículos para surfistas donde Charity trabajaba. Incluso la llevó al sótano donde Charity estaba atrapada en ese momento, solo tres meses después del secuestro.
—Espero que te dejen salir de ahí pronto —comentó su madre, fundiendo en una sola a Kennedy y Charity como el resto del equipo.
Era el máximo reconocimiento que le había expresado su madre como actriz. Resultaba curioso que el mayor cumplido que podía recibir una actriz era que había desaparecido dentro de otra persona. La interpretación no consistía en ser visto, le había dicho una vez un profesor de teatro. La verdadera interpretación era ser invisible para que solo quedara a la vista el personaje.
—Deberías cambiarte el nombre y llamarte Charity —le dijo el director de Pacific Cove—. No te ofendas, pero cuando oigo tu nombre, solo pienso en un hombre que recibió un disparo en la cabeza.
He aquí algo en lo que ella no pensaba desde hacía mucho tiempo:
Una vez, cuando tenía unos siete años, sentada en el peldaño de una escalerilla en la cocina, observaba a su madre mientras glaseaba un pastel. Encajonada en un rincón, intentaba aprender un nuevo truco con el yoyó, limitándose, en su apatía, a lanzar el juguete y hacerlo rodar ruidosamente por las baldosas, en espera de que su madre, enojada, la obligara a parar. Hacía esas cosas a menudo: comportamientos desesperados, tan nimios que difícilmente la meterían en apuros pero lo bastante molestos para captar la atención. Pero su madre ni siquiera la miraba; no era de las que transforman una tarea doméstica en una oportunidad para establecer vínculos afectivos. Cielo, déjame enseñarte a amasar pan. O ven aquí, cariño, así es como se glasea. Su madre pareció aliviada cuando Kennedy dejó atrás la edad en que una niña se ofrece a ayudar en la cocina.
«No es que no quiera que me ayudes —decía siempre—. Pero yo sola voy más deprisa». Como si esa última parte contradijera la primera, no la justificara.
¿Por qué estaba preparando un pastel ya de buen comienzo? No era de las que preparaban un pastel porque sí. Contribuía con galletas compradas en la tienda a las ventas de repostería de la parroquia, colocándolas en una caja de hojalata para que nadie se diera cuenta. El cumpleaños de su padre, quizá. Pero era verano, no primavera, de lo contrario ella, en pleno día, habría estado en el colegio, no en casa muerta de aburrimiento observando a su madre mientras alisaba las diminutas ondas de azúcar glas.
—¿Cómo has aprendido a hacer eso? —preguntó.
Su madre, muy concentrada, como si restaurase un óleo dañado.
—No lo sé —contestó por fin—. Lo fui descubriendo con el tiempo.
—¿Te enseñó tu madre? —Había pensado que tal vez su madre diría que sí, le pediría que se acercase y le entregaría un cuchillo. Pero ella ni siquiera levantó la mirada.
—No teníamos dinero para pasteles —dijo.
Más tarde Kennedy se daría cuenta de que su madre muy a menudo recurría al dinero para eludir cualquier conversación sobre su pasado, como si la pobreza fuese tan inconcebible para Kennedy que podía explicarlo todo: por qué su madre no tenía fotografías de familia, por qué nunca la llamaba ninguna amiga del instituto, por qué nunca los habían invitado a ninguna boda ni funeral ni reunión. «Éramos pobres», atajaba su madre si ella preguntaba demasiado, extendiéndose la pobreza a todos los aspectos de su vida. Todo su pasado, un estante vacío en la despensa.
—¿Cómo era? —preguntó Kennedy—. La abuela.
Su madre siguió sin volverse, pero se le tensaron los hombros.
—Se me hace raro pensar en ella así —dijo.
—¿Cómo?
—Como abuela.
—Pues lo es. Aunque uno esté muerto, sigue siendo abuelo de alguien.
—Supongo que sí —respondió su madre.
Kennedy debería haberlo dejado ahí. Pero estaba enfadada, viendo a su madre tan absorta en el maldito pastel, como si eso fuera lo importante, como si hablar con su hija fuera la tarea temida. Quería que su madre interrumpiera lo que estaba haciendo, se fijara en ella.
—¿Dónde murió? —preguntó.
Esta vez su madre se dio la vuelta. Llevaba un delantal de color melocotón, tenía las manos salpicadas de glaseado de vainilla y el entrecejo fruncido. No estaba enfadada exactamente, pero sí confusa.
—¿A qué viene esa pregunta? —dijo.
—¡Es solo por curiosidad! Nunca me cuentas nada…
—¡En Opelousas, Kennedy! —exclamó su madre—. El sitio donde me crie. Nunca salió de allí, nunca fue a ninguna parte. ¿Y no tienes nada más que hacer en este momento?
Kennedy casi se echó a llorar. Por aquel entonces lloraba con facilidad y a menudo, avergonzando a su madre, que solo lloraba al ver alguna que otra película triste, y después siempre se reía de sí misma, disculpándose a la vez que se enjugaba las lágrimas de las comisuras de los ojos. Kennedy lloraba revolcándose en el suelo del supermercado si quería una bola rebotadora rosa que su madre, llevándosela a rastras por el pasillo, se negaba a comprarle. En el patio del colegio cuando perdía jugando a la pelota voladora. Por la noche, cuando la despertaban las pesadillas que no recordaba.
Entonces parpadeó para quitarse las lágrimas de los ojos, aun sabiendo que lo que su madre decía no era cierto.
—Tú no eres de ahí —dijo.
—Pero ¿qué dices? Claro que soy de ahí.
—No, no lo eres. Me dijiste que eras de un pueblecito. Empieza por M. M algo más. Me lo dijiste cuando era pequeña.
Su madre guardó silencio durante tanto rato que Kennedy empezó a encolerizarse, como Dorothy al final de El mago de Oz. ¡Y tú estabas allí, y tú también estabas allí! Pero la historia sobre el pueblo era real, salvo que Kennedy recordaba solo algunos detalles: que ella estaba en la bañera, y su madre, inclinada sobre ella. Sin embargo ahora su madre no hacía más que reír.
—¿Y cuándo se supone que te conté yo eso? —dijo—. Aún eres pequeña.
—No lo sé…
—Te falla la memoria. Entonces solo eras un bebé. —Su madre dio un paso al frente, y el pastel con la superficie y el contorno alisados quedaron a sus espaldas—. Ven aquí, cielo. ¿Quieres lamer la cuchara?
Esa fue la primera vez que Kennedy tomó conciencia de que su madre era una mentirosa.
Eso del pueblo se le quedó grabado.
No pudo quitárselo de la cabeza, pese a no recordar el nombre. Porque la realidad era que ni siquiera recordaba su nombre. Durante años no volvió a mencionárselo a su madre. Pero una noche, en la universidad, estando un poco colocada, sacó una enciclopedia de la estantería de su novio.
—¿Qué haces? —preguntó él con apatía, más interesado en el porro que estaba liando, así que Kennedy, indiferente a él, pasó las hojas hasta llegar a Louisiana.
Bajó y bajó a lo largo de la lista de ciudades y pueblos ordenados alfabéticamente. Mansfield, Marion, Marksville.
—Eh —dijo él—, deja esa mierda, joder, no me digas que ahora vas a ponerte a estudiar.
Mer Rouge, Milton, Monroe.
—Vamos, tía, ese libro no puede ser más interesante que yo.
Moonshine, Moss Bluff, Mount Lebanon. Reconocería el nombre cuando lo viese, estaba segura. Pero recorrió toda la lista, y ninguno le resultó familiar. Volvió a colocar el libro en el estante.
—Perdona —dijo—. No sé qué me ha dado.
Después de esa noche, nunca más intentó buscar el pueblo. Sería algo sobre lo que siempre sabría que estaba en lo cierto pero nunca podría demostrar, como la gente que juraba haber visto a Elvis pasearse por el supermercado y golpear los melones con los nudillos. A diferencia de esos chiflados, ella no se lo diría a nadie. Sería un delirio secreto, y eso la traía sin cuidado. Hasta que conoció a Jude Winston. La noche de la fiesta del elenco, Jude pronunció la palabra Mallard y a Kennedy le sonó como una canción que no oía desde hacía años. Ah, la letra era así.
En 1985, casi tres años después de la última función de The Midnight Marauders, volvió a ver a Jude en Nueva York.
Ella acababa de llegar a la ciudad y sobrevivía a duras penas a su primer invierno. Jamás había imaginado la posibilidad de vivir fuera de Los Ángeles, pero la ciudad se le había empezado a quedar pequeña por momentos. No había visto a Jude desde la fiesta del elenco, pero imaginaba que se topaba con ella cada vez que doblaba una esquina. La veía sentada junto a los ventanales de los restaurantes. En una ocasión se equivocó al pronunciar sus frases en El violinista en el tejado porque vio a Jude en la primera fila. Aquella mujer se parecía mucho a ella —de piel oscura, piernas largas, un poco insegura, un poco serena—, pero para cuando hubo tomado conciencia de su error, ya había echado a perder toda la escena. El director ordenó a los tramoyistas que sacaran sus cosas del camerino incluso antes de bajar el telón. Culpó a Jude. La culpó de todo.
«No lo entiendo —dijo su madre cuando ella anunció que se trasladaba a Nueva York—. ¿Por qué te vas tan lejos? Puedes ser actriz aquí».
Pero ella quería también alejarse de su madre. Al principio, su madre se negó a hablar siquiera de las afirmaciones de Jude. Luego intentó razonar. ¿Te parezco negra? ¿Y tú te ves negra? ¿Tiene algún sentido la sola idea de que estemos emparentadas con ella? No, ninguno, pero en la vida de su madre pocas cosas tenían sentido. ¿De dónde era? ¿Cómo era su vida antes de casarse? ¿Quién había sido, a quién había amado, qué había querido? Lagunas. Cuando miraba ahora a su madre, solo veía lagunas. Y Jude, al menos, había ofrecido a Kennedy un puente, un cauce para entender. ¿Cómo iba a dejar de pensar en ella?
«Me gustaría que dejaras de preocuparte por eso, de verdad —decía su madre—. Vas a volverte loca. De hecho, estoy segura de que te dijo todas esas cosas por eso. Te envidia y quiere meterse en tu cabeza».
Había contestado a las preguntas de Kennedy, exasperada pero nunca con ira. Por otro lado, su madre normalmente era tranquila y racional. Si se proponía mentirle, lo haría con la misma calma y la misma racionalidad con que hacía todo lo demás.
En Nueva York, Kennedy vivía en un apartamento en un sótano de Crown Heights con su novio, Frantz, que daba clases de física en Columbia. Había nacido en Port-dePaix pero se había criado en Bed-Stuy, en uno de aquellos bloques de viviendas protegidas de ladrillo que ella veía desde el autobús. Le gustaba contarle historias de terror sobre su infancia: ratas que le roían los dedos de los pies, cucarachas que se amontonaban en un rincón del armario, drogadictos que rondaban por la portería del edificio esperando para robarle las zapatillas. Él quería que Kennedy lo comprendiera, pensaba ella al principio, pero más tarde se dio cuenta de que sencillamente le gustaba tener un trasfondo dramático que contrastaba con el hombre en el que se había convertido: cuidadoso, diligente, limpiándose continuamente las gafas de montura de concha.
No era un tío enrollado. Eso a ella le gustaba. No era uno de esos chicos negros que había admirado de lejos, chicos desenfadados que se repantigaban en coches destartalados o se congregaban frente al cine para silbar a las chicas que pasaban. Sus amigas y ella fingían molestarse, pero en el fondo les complacía la atención de esos chicos a quienes nunca podrían besar, chicos que nunca podrían ir a sus casas de visita. Ay, cómo se encaprichaba de aquellos chicos. Sin correr ningún riesgo, tal como se estremecía al ver, por ejemplo, a Jim Kelly. Se encaramaba al brazo del sillón de su padre durante los partidos de los Lakers solo por ver a Kareem Abdul-Jabbar con sus gafas. Eran encaprichamientos inocuos, en realidad, pero sabía que no debía contárselos a nadie. Frantz fue su primer amante negro. Ella fue su cuarta amante blanca.
—¿La cuarta? —preguntó—. ¿De verdad? ¿Cómo eran las otras tres?
Frantz se echó a reír. De pie en la cocina de su supervisor universitario durante una fiesta del departamento, bebían cerveza de jengibre. Por esas fechas empezaban a salir y ella se había arreglado en exceso: llevaba una falda larga y zapatos de tacón, imaginándose en una sofisticada película de los años sesenta, colgada del brazo de su marido profesor con gafas en un salón lleno de humo. En lugar de eso, se hallaba hacinada con un grupo de treintañeros descontentos en un piso de un edificio de tres plantas sin ascensor escuchando a Fleetwood Mac.
—Eran distintas —dijo.
—Distintas ¿cómo?
—Distintas a ti —precisó él—. Todas las personas son distintas, las chicas blancas también.
Él era distinto de todas las personas a quienes ella había conocido. Su lengua materna era el criollo, y hablaba inglés con un marcado acento. Tenía memoria casi fotográfica, así que cuando la ayudaba con los textos de sus papeles, siempre se los aprendía antes que ella. Se habían conocido en el 8 Ball, el antro donde ella trabajaba. De algún modo, en medio de los fornidos moteros apiñados en torno a mesas altas, en medio de las chicas tatuadas que echaban monedas en la gramola para oír a Joan Jett, en medio de los propios intentos de Kennedy para integrarse, se fijaron el uno en el otro. Por entonces ella aún buscaba su primer bolo como actriz, y nadie entendía por qué se había marchado de Los Ángeles para eso. Pero a ella le gustaba el teatro. En Los Ángeles, todos los actores a quienes conocía estaban obsesionados con abrirse camino en Hollywood, porque todos los que tenían sentido común sabían que era en Hollywood donde estaba el dinero. Pero todo ese proceso le resultaba un tostón. Despertar al amanecer, colocarse durante horas delante de una cámara, repetir las mismas frases hasta contentar a un director gilipollas. El teatro era totalmente distinto: algo nuevo en cada función, cosa que la aterrorizaba y la entusiasmaba. Cada representación era distinta, cada público único, cada noche colmada de posibilidades. El hecho de que no hubiera dinero en lo que hacía era solo una gratificación más. Por entonces tenía veinticuatro años, aún veía romántica la idea de su propio sufrimiento.
—Eso ya lo sé —dijo a Frantz—. Por eso te pregunto cómo eran.
Pronto, cuando empezaron a tropezarse con sus exnovias por la ciudad, lamentó haberlo preguntado. Sage la poeta, que publicaba largos y digresivos artículos sobre el cuerpo femenino que aún enviaba a Frantz en espera de sus comentarios. Hannah la ingeniera, que estudiaba cómo mejorar las instalaciones sanitarias en los países pobres. Kennedy había imaginado a una chica desaliñada vadeando aguas negras, no a aquella rubia alegre con la que se encontraron en el metro, manteniendo el equilibrio perfectamente sobre sus botas con tacones de diez centímetros. Christina tocaba el clarinete en la Filarmónica de Brooklyn. En la cena, Kennedy revolvía sus espinacas a la crema mientras Christina y Frantz hablaban de Brahms. Él tenía razón: eran todas distintas. Se sintió como una tonta por sorprenderse. Parte de ella había imaginado que sus otras novias blancas eran versiones modificadas de ella misma si hubiera, pongamos, crecido en Jersey o decidido, por un antojo, teñirse el pelo de rojo. Pero el gusto de él por las chicas blancas era variado, y ella no sabía qué era peor: si ser la última versión de una serie de amantes similares, o ser radicalmente distinta de las que habían pasado antes que ella. Al menos, ceñirse a una pauta inspiraba seguridad; ser singular entrañaba un riesgo. ¿Qué era exactamente lo que a Frantz le gustaba de ella? ¿Qué esperanzas podía tener ella de mantener su interés?
—¿Y si te dijera que no soy blanca? —preguntó.
No tenía pensado decir eso, sencillamente se le escapó. Frantz sonrió y se llevó la cerveza a los labios.
—¿Qué eres, pues?
—Bueno, no del todo blanca —contestó Kennedy—. También soy en parte negra.
Nunca había dicho eso en voz alta antes. Se había preguntado si al decirlo lo sentiría como algo más real, como si algo innato fuera a despertar dentro de ella al sonido de esas palabras. Pero la afirmación sonó falsa, como si recitara las frases de un papel. Ni siquiera fue convincente para ella misma. Frantz la escrutó por un momento con los ojos entornados.
—Ah, sí —dijo—. Ahora lo veo.
—¿Sí?
—Claro —contestó él—. Conozco a muchos negros con el pelo tan rizado como el tuyo.
Lo decía en broma. Pensó que ella no hablaba en serio, y con el tiempo eso se convirtió en un juego entre ellos. Si Kennedy llegaba tarde, él decía que tenía el sentido del tiempo de las personas de color. Si ella le levantaba la voz, Frantz decía: «Tranqui, hermana». Pronto también ella empezó a verle la gracia. A lo de Jude, al secreto de su madre, a todo aquello. En caso de ser negra, Kennedy lo sabría, decidió. Una no podía pasarse la vida entera sin saber algo tan básico sobre sí misma. Lo percibiría de algún modo. Lo vería en los rostros de otros negros, algún tipo de conexión. Pero no sentía nada. Los miraba de reojo en el metro con el vago desinterés de una desconocida. Incluso Frantz era, en esencia, ajeno a ella. No porque fuera negro, aunque eso, quizá, lo subrayaba. Sino que su vida, su lenguaje, incluso sus intereses lo separaban de ella. A veces Kennedy entraba en el pequeño ropero que él había convertido en despacho y lo observaba garabatear ecuaciones que ella nunca entendería. Había muchas maneras de estar distanciado de una persona, pocas de sentirse realmente unido a ella.
Su madre aborrecía a Frantz. Lo llamó engreído.
—Y no por la razón que tú crees —dijo.
Sentadas junto a la cristalera de una cafetería, veían pasar a la gente. Su madre había ido en avión a visitarla durante el puente de Acción de Gracias. Kennedy había insistido en que no podía interrumpir el trabajo y las audiciones para ir a verlos, pero en realidad solo quería que su madre conociera su vida neoyorquina. La idea le producía un placer perverso, como si fuera una niña arrastrando a su madre a ver un dibujo que había hecho en la pared. ¡Mira la que he montado! Su madre se esforzó en no reaccionar. Mantuvo los labios apretados durante la gran visita guiada al apartamento del sótano. Asintió en silencio cuando Kennedy la llevó al 8 Ball. Pero Frantz fue la gota que colmó el vaso, la única parte de su vida inaceptable que su madre no pudo pasar por alto.
—¿Y cuál es la razón? —preguntó Kennedy.
—Ya la sabes. —Junto a ellas, dos mujeres negras comían cruasanes. Su madre nunca lo diría en voz alta—. No es por eso. Solo que no me gustan las personas que se comportan como él…
—¿Cómo se comporta?
—Como si su «ya sabes qué» no apestara.
Debía de ser la única madre en todo Brooklyn demasiado educada para decir la palabra «mierda» en público.
—No entiendo por qué no te cae bien —dijo Kennedy—. Te ha tratado muy amablemente.
—Yo no he dicho lo contrario. Pero va por el mundo como si fuera el más listo del lugar.
—¡Es que lo es! Se doctoró en Dartmouth, por Dios. A su lado, yo siempre tengo complejo de tonta.
—Sencillamente no lo entiendo. Antes la gente como él no te gustaba.
En el instituto, ella salía con chicos que llevaban cazadoras de cuero tachonadas y el pelo largo y grasiento como los Ramones. Su primer novio apenas veía si no se apartaba los largos mechones de los ojos. Ella lo encontraba encantador, pero a su padre lo sacaba de quicio. Como les pasaba a todos los padres, imaginaba que ella saldría con chicos que le recordaran a sí mismo de joven, el cabello corto, pulcramente vestidos, con una clara orientación profesional. No aquellos chicos desgalichados que ella llevaba a casa, siempre un poco colocados, sin llegar a la irreverencia absoluta pero casi. Salía con chicos de bandas que tocaban tan mal que ella no habría podido soportar escucharlos a no ser por amor. En la universidad había salido con un luchador, y se pasaba horas viéndolo correr envuelto en bolsas de basura para intentar perder peso. Nunca podría amar a un hombre tan interesado en algo, se decía después, pero ahí estaba, viviendo con uno que escribía ecuaciones en el espejo del cuarto de baño para no olvidarlas.
—Bueno, ya era hora de variar —dijo.
Su fase de los chicos malos había terminado. Su madre debería haber sentido alivio, pero solo se la veía preocupada.
—No será por aquella chica, ¿verdad? —preguntó.
No hablaban de Jude desde hacía dos años. Pero esta no las había abandonado. Kennedy supo al instante a quién se refería su madre.
—¿De qué hablas?
—Bueno, nunca te había gustado nadie así. Hasta que de pronto aquella tonta se te metió en la cabeza. Solo espero que no estés intentando demostrar nada.
Se la veía tan alterada, recorriendo con el dedo el asa de la taza de café, que Kennedy desvió la vista. Si salir con Frantz había sido una especie de experimento, había fracasado totalmente. Amar a un hombre negro solo le había servido para sentirse más blanca que antes.
—No intento nada —replicó ella—. Venga, vamos al museo.
El invierno que volvió a ver a Jude Winston, Kennedy protagonizaba un musical titulado Silent River en un teatro alternativo. Interpretaba el papel de Cora, la hija rebelde del sheriff que ansía fugarse con un rudo peón de granja. Desde hacía meses la obsesionaba, más de lo normal, el temor a ponerse enferma. Bebía tanto té caliente con limón que en febrero ya apenas resistía el olor y lo tragaba tapándose la nariz. Engullía pastillas de zinc blancuzcas y antes de salir daba tres vueltas a la bufanda con que se envolvía el cuello. Se lavaba las manos febrilmente después de apearse del metro. Ya en circunstancias normales, no estaba hecha para un invierno en Nueva York, y en ese momento, tras conseguir su papel más importante desde que vivía en la ciudad, ciertamente sus circunstancias no podían calificarse de normales. La noche que la llamaron para darle la noticia, Frantz la llevó a cenar. Ella reaccionó con entusiasmo, él con alivio.
—Empezaba a pensar… —dijo Frantz, pero no terminó la frase.
Tenía cinco años más que ella, y al margen de la edad, era un hombre serio que creía en objetivos serios. Cada vez se hacía más evidente que la carrera interpretativa de Kennedy no despegaba. Al principio, Frantz parecía fascinado. Mi soñadora de California, la llamaba. Repasaba los textos con ella en el salón e iba a buscarla a las audiciones para que en el metro le resumiera lo ocurrido. Pero ahora, mientras él sonreía lastimeramente al otro lado de la mesa, Kennedy advirtió que, más que contento, estaba sorprendido, como un padre al descubrir que Papá Noel de hecho era real. Había contestado a las cartas y se había comido las galletas y había dejado los regalos bajo el árbol, pero nunca se habría esperado que un hombre gordo bajara deslizándose por la chimenea.
Ella trabajó con más ahínco en aquel musical que en ninguna otra cosa. Colgó vistosos folletos con publicidad de la obra en los escaparates de todas las tiendas y en las farolas que encontraba. Padeció las miradas coléricas de los vecinos cuando ensayaba sus canciones en la escalera, donde la acústica era mejor. Por la mañana, practicaba sus números de claqué en el embaldosado del cuarto de baño, ensayando la coreografía mientras se lavaba los dientes. Cuando no estaba ensayando, descansaba la voz. Nadie que la conociera hubiera dado crédito a aquello pero era cierto: durante semanas, apenas habló. Para entonces había dejado el 8 Ball y empezado a trabajar en el café Gulp, cerca del teatro. Las funciones le ocupaban las noches, y además en el 8 Ball, como camarera de barra, la charla era inevitable. Servir café requería menos conversación. En sus descansos, bebía té y no hablaba con nadie. En casa, Frantz le regaló una pequeña pizarra blanca donde ella le escribía mensajes. ¿Cena? Salgo. Ha llamado tu madre. A él todo aquello le parecía cómico, como si se hubiese visto arrastrado a un número de performance art.
Era asombroso lo ruidosa que resultaba la ciudad cuando una decidía quedarse callada. Kennedy tenía los nervios a flor de piel y se espantaba tan fácilmente como un caballo. La sobresaltaba incluso el sonido repentino del molinillo de café. Pero cuando Jude entró por la puerta, Kennedy no oyó nada, ni el tintineo de la campanilla, ni el bullicio de la calle que se filtró con el frío. Durante tres años había imaginado lo que le diría a Jude si alguna vez volvía a verla. Ahora Jude se hallaba al otro lado de la barra, pero cuando Kennedy abrió la boca, no le salió nada. Ni siquiera pudo susurrar.
—Me ha parecido que eras tú —dijo Jude.
Seguía delgada y fibrosa, arrebujada en un enorme abrigo blanco con él que su piel despedía un brillo aún más oscuro. Y sonreía. Sonreía, por Dios, como si fueran viejas amigas.
—He visto un folleto con tu nombre —añadió—. Pasábamos por delante, y he visto ese folleto en la cristalera y… qué fuerte, de verdad eres tú.
Reconoció al novio de Jude de pie junto a la puerta, el cabello rizado más largo, la barba más oscura pero, así y todo, inconfundiblemente él. Se quedó junto a la cristalera, echándose el aliento a las manos para calentárselas, sus hombros salpicados de hielo. Kennedy no pudo evitarlo: la sorprendió que siguieran juntos. Conocía a esa clase de chicos —guapos a rabiar—, y no era la clase de chicos que quería a una chica como Jude. Sin duda esta era atractiva a su manera, pero un chico guapo como él nunca se prendaría de una chica de una belleza difícil. Pero ahí estaban, todavía juntos y en Nueva York. ¿Qué demonios hacían allí, tan lejos?
—¿Cómo te ha ido? —preguntó Jude.
Actuaba con despreocupación, pero en su amistad nada había sido pura coincidencia. En lo que a Jude Winston se refería, Kennedy ya no creía en la magia del azar. Entró en el café un hombre blanco con un abrigo gris, y Kennedy le hizo una seña para que se acercase. Si hubiese estado en Los Ángeles, probablemente habría insultado a Jude. Pero allí, al resguardo de su silencio autoimpuesto, solo podía mostrarle indiferencia. Jude pareció sorprenderse, pero se apartó de la cola.
El hombre pagó su café y se marchó. Luego Jude deslizó un papel sobre la barra.
—Aquí es donde nos alojamos —dijo—. Por si te apetece hablar.
Telefoneó. Claro que telefoneó.
Supo que lo haría incluso después de guardarse el papel en el bolsillo del delantal. No lo tiró: esa fue la primera señal. La segunda fue el hecho de que no podía quitárselo de la cabeza. Un papelito en su bolsillo que bien podría haber sido una cuchilla hincándosele en el costado. No tenía sentido que un papelito la incordiara tanto, y dos veces durante su turno decidió hacerlo pedazos. Pero cuando lo sacaba, se quedaba mirando la letra menuda y pulcra de Jude. Hotel Castor, habitación 403, y el número de teléfono. Cuando lo sacó por tercera vez ya era demasiado tarde. Había memorizado el número.
Después del trabajo, entró en la cabina de la acera de enfrente y marcó. No contestó nadie, y en el tren pensó en volver a llamar cuando llegara a casa, pero no quería que Frantz la oyera. ¿Cómo podía explicarle eso a él? Que una chica negra, afirmando ser su prima, se hubiese presentado misteriosamente en la ciudad. Pensaría que volvía a hablar en broma. Llamó a la mañana siguiente, justo antes de irse al trabajo, y esta vez contestó Jude.
—Se supone que no he de hablarte —dijo Kennedy.
Jude guardó silencio. Durante un segundo Kennedy pensó que no reconocía su voz, pero ella por fin dijo:
—¿Por qué no?
—Porque —respondió Kennedy— actúo en un musical.
—Perdona —dijo Jude sin alterarse—. No lo entiendo.
—Se supone que no he de hablar con nadie. Estoy descansando la voz.
—Ah.
—Así que lo que tengas que decirme, dilo. No voy a perder el tiempo en discusiones contigo.
—No he venido en busca de pelea.
—¿Por qué demonios has venido, pues?
—Reese ha de operarse.
Desde el primer momento había especulado sobre lo que Jude podía querer. Venganza, después de su comentario malévolo en la fiesta del elenco. Dinero, como su madre sugería. Pues por ese lado mal lo tenía. Bastaba con echar un vistazo a su vida para darse cuenta de que estaba sin blanca. Apenas podía permitirse el pago del alquiler. Imaginó que se lo decía a Jude —un poco avergonzada, un poco orgullosa—, pero resultaba que no había aparecido en Nueva York por Kennedy ni mucho menos. Su novio estaba enfermo —quizá incluso al borde la muerte—, y Kennedy iba y daba por supuesto que Jude pensaba en ella. «¿Sabes cuál es tu problema? —le había dicho una vez un director—. Consideras que tu tema de conversación más fascinante eres tú misma». Ella siempre había pensado que todo el mundo se sentía como el protagonista en el escenario, rodeado de comparsas y villanos y personajes románticos. Aún no sabía qué papel secundario interpretaba Jude en su vida, pero ella no ocupaba espacio alguno en la de Jude.
—¿Es grave? —preguntó—. O sea, ¿está bien?
—No es que se vaya a morir —respondió Jude—. Pero es grave. Sí, diría que es grave.
—Entonces, ¿por qué habéis venido hasta aquí? ¿No hay más cirujanos en Los Ángeles?
Jude guardó silencio por un momento.
—Ya no vivimos en Los Ángeles —dijo—. Y es una operación especial. Solo puede hacerla un tipo de médico especial.
Hablaba con vaguedad, lo cual, por supuesto, avivó la curiosidad de Kennedy. Pero no podía preguntarlo abiertamente. No era asunto suyo, ni la vida de Reese ni la de Jude. Esta vez, al parecer, su encuentro era solo fruto del azar.
—¿Dónde vivís, pues? —preguntó.
—En Mineápolis.
—¿Qué demonios hacéis allí?
—Estudio medicina.
A su pesar, sintió cierto orgullo. Jude llevaba la vida que ya años atrás decía que quería. Amada aún por el mismo hombre, camino de convertirse en médico. ¿Y qué había logrado Kennedy en ese tiempo? Un apartamento en un sótano con un hombre al que apenas entendía, sin título universitario, sirviendo café para poder entonar canciones en un teatro medio vacío cada noche.
—Me alegro de que hayas llamado —dijo Jude—. Creía que no lo harías.
—Ya, bueno, ¿no habría sido comprensible?
—Oye, sé que las cosas acabaron de una manera un poco rara…
Kennedy se echó a reír.
—Bueno, eso es quedarse corto.
—Pero si nos viéramos diez minutos… tengo una cosa que enseñarte.
Su madre había dicho que Jude era una loca. Tal vez lo fuera. Pero volvía a captar la atención de Kennedy. Podría haber colgado. Podría haber colgado en ese mismo momento y no hablarle nunca más. Podría haber intentado olvidarla. Pero Jude estaba ofreciéndole una clave para comprender a su madre. ¿Cómo podía negarse a eso sin más?
—Ahora mismo no puedo —respondió—. Estoy en el trabajo.
—Luego, pues.
—Luego tengo función.
—¿Dónde? —preguntó Jude—. Iremos Reese y yo. No se han agotado las entradas ¿verdad?
La compañía aún no había agotado las localidades en ninguna representación; así y todo, Kennedy guardó silencio, como si se lo pensara.
—Puede que no. Normalmente quedan unas cuantas.
—Estupendo —dijo Jude—. Iremos esta noche. Queríamos ver un espectáculo de verdad mientras estábamos en Nueva York, así que perfecto.
Parecía de una inocencia insufrible, no la chica dura y cauta que Kennedy conocía. Casi la cautivó, pero sobre todo daba la impresión de que hubiera encontrado de nuevo la seguridad en sí misma. Dio a Jude el nombre del teatro y le dijo que tenía que colgar.
—De acuerdo —dijo Jude—. Nos vemos esta noche. Y por cierto, Kennedy…
—En serio, tengo que colgar…
—De acuerdo, perdona. Es solo que… bueno, me hace mucha ilusión. Verte actuar otra vez, quiero decir. Me encantó tu última función.
Kennedy, a su pesar, se sintió halagada. Colgó sin despedirse.