La mitad evanescente

Brit Bennett · Capítulo 2 de 19

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La mitad evanescente

Capítulo 2

2

Las gemelas Vignes se marcharon sin despedirse, así que se atribuyó al hecho, como a toda desaparición súbita, un profundo significado. Antes de que reaparecieran en Nueva Orleans, antes de que fueran solo dos chicas aburridas en busca de diversión, lo lógico era pensar que se habían perdido de una manera trágica. Siempre había dado la impresión de que las gemelas estaban a la vez bajo una bendición y una maldición; habían heredado, de su madre, el legado de todo un pueblo, y de su padre, un linaje vacío como consecuencia de la pérdida. Cuatro hijos varones Vignes, todos muertos antes de los treinta años. El mayor se desplomó en una cuerda de presos a causa de un golpe de calor; el segundo fue gaseado en una trinchera belga; el tercero fue apuñalado en una reyerta de bar; y el menor, Leon Vignes, fue linchado dos veces, la primera en casa mientras sus hijas gemelas miraban a través de una grieta en la puerta del armario, tapándose la boca con las manos mutuamente hasta que las palmas se les humedecieron de saliva.

Esa noche, mientras Leon tallaba la pata de una mesa, cinco blancos echaron abajo la puerta de la casa y lo sacaron a rastras. Cayó de bruces violentamente y se le llenó la boca de tierra y sangre. El cabecilla de la turba —un blanco alto de cabello rojo dorado como una manzana de otoño— agitó un papel arrugado en el que, según él, Leon había escrito palabras soeces a una mujer blanca. Leon no sabía leer ni escribir —sus clientes sabían que firmaba siempre con una X—, pero los blancos le pisotearon las manos, le rompieron todos los dedos y las articulaciones; después le dispararon cuatro veces. Sobrevivió, y tres días más tarde los blancos irrumpieron en el hospital y recorrieron todas las salas del pabellón de personas de color hasta encontrarlo. Esta vez le dispararon dos veces en la cabeza, propagándose la mancha roja por la funda de algodón de la almohada.

Desiree presenció el primer linchamiento, pero imaginaría por siempre el segundo. Su padre debía de estar dormido, la cabeza ladeada, como cuando se quedaba traspuesto en su butaca después de la cena. Lo despertaron los pasos atronadores de las botas. Él gritó, o quizá no tuvo tiempo, sus manos hinchadas envueltas en vendas e inútiles a los lados. Desde el armario, había visto a los blancos sacar a su padre a rastras de la casa, cómo agitaba las largas piernas contra el suelo. De pronto pensó que su hermana chillaría y le cubrió la boca con la mano; segundos después sintió la mano de Stella en su propia boca. En ese momento algo cambió entre ellas. Antes, Stella parecía tan previsible como un reflejo. Pero en el armario, por primera vez, Desiree no supo cómo podía reaccionar su hermana.

En el velatorio, las gemelas llevaban vestidos negros a juego, y las piernas les picaban por el roce de las combinaciones de cuerpo entero. Unos días antes, Bernice LeGros, la costurera, había pasado por casa a dar el pésame y había encontrado a Adele Vignes intentando zurcir un par de pantalones de domingo de Leon para el entierro. Viendo que le temblaban las manos, Bernice cogió la aguja y remendó ella misma el pantalón. No sabía cómo se las arreglaría Adele ella sola. Los Decuir estaban acostumbrados a la comodidad, a vidas largas y fáciles. Las gemelas ni siquiera tenían vestidos para el funeral. A la mañana siguiente Bernice se presentó con una pieza de tela negra y se arrodilló en el salón con su cinta métrica. Aún no distinguía a las gemelas y, por vergüenza, no se atrevía a preguntar, de modo que daba órdenes sencillas como «Tú, dame las tijeras» o «Ponte recta, cielo». Decía a la gemela nerviosa «Para de moverte, niña» o «Te voy a pinchar», y la otra gemela cogía de la mano a la primera hasta que esta se quedaba quieta. Desconcertante, pensó Bernice, mirando alternativamente a una y otra niña. Era como coser un vestido para una persona dividida en dos cuerpos.

Después del entierro, Bernice acudió al concurrido salón de Adele, donde admiró su obra mientras las gemelas corrían de aquí para allá. La nerviosa, que, como más tarde averiguaría, era Desiree, tiraba de la mano de su hermana mientras zigzagueaban entre los corrillos de adultos que hablaban en susurros. Leon no podía haber escrito eso… Los blancos debían de estar furiosos por alguna otra razón, ¿y quién entendía sus arrebatos de cólera? Willie Lee oyó decir que la ira de los blancos se debía a que Leon les robaba el trabajo ofreciendo precios más baratos. Pero ¿cómo se podía pegar un tiro a un hombre por aceptar menos de lo que tú pedías?

—Los blancos te matan si quieres demasiado, y te matan si quieres demasiado poco. —Willie Lee meneó la cabeza a la vez que cebaba la pipa—. Hay que seguir sus normas pero ellos las cambian cuando les viene en gana. No hay quién lo entienda, si queréis saber mi opinión.

Las gemelas, sentadas en el dormitorio al borde del colchón, balanceaban las piernas y pellizcaban trocitos de un bizcocho.

—Pero ¿qué hizo papá? —preguntaba Stella una y otra vez.

Desiree suspiró, sintiendo por primera vez la pesada carga de tener que proporcionar respuestas. La hermana mayor era la hermana mayor, aunque fuera solo por siete minutos.

—Como dice Willie Lee, hacía demasiado bien su trabajo.

—Pero eso no tiene sentido.

—No hace falta que tenga sentido. Los blancos son así.

Con el paso de los años, su padre acudía a su memoria solo en destellos, por ejemplo, cuando acariciaba una camisa vaquera con el dedo y se sentía otra vez pequeña, apoyada en la áspera tela que cubría el pecho de su padre. Se suponía que en Mallard —ese pueblo extraño y aparte— uno estaba a salvo, oculto entre los suyos. Pero incluso allí, donde nadie se casaba con personas de piel oscura, uno seguía siendo de color, y eso significaba que los blancos podían matarlo por negarse a morir. Las gemelas Vignes eran recordatorios de eso, niñas pequeñas vestidas de luto que se criarían sin padre porque los blancos así lo habían decidido.

Luego se hicieron mayores y sencillamente se convirtieron en chicas, sorprendentes tanto por lo iguales como por lo distintas. Pronto fue motivo de risa el hecho de que en otro tiempo nadie las distinguiera. Desiree siempre inquieta, como si le hubieran clavado un pie al suelo y no pudiera parar de tirar de él; Stella tan serena que el irascible caballo de Sal Delafosse nunca corcoveaba en su presencia. Desiree como protagonista en una obra del colegio, casi dos, si los Fontenot no hubieran sobornado al director; Stella, listísima, que iría a la universidad si su madre podía pagarlo. Desiree y Stella, las chicas de Mallard. Cuando crecieron, ya no parecían un cuerpo dividido en dos, sino dos cuerpos fundidos en uno solo, tirando cada uno por su propio lado.

 

La mañana posterior al regreso de una de sus hijas perdidas, Adele Vignes madrugó para preparar café. Apenas había dormido la noche anterior. Tras catorce años de vida en soledad, cualquier cosa salvo el silencio le resultaba extraña. Había despertado sobresaltada a cada crujido del suelo, a cada susurro de las sábanas, a cada aliento. Ciñéndose el cinturón de la bata, cruzó la cocina arrastrando los pies. Una brisa penetraba por la puerta de la casa: Desiree apoyada en la barandilla del porche, elevándose el humo por encima de su cabeza. Siempre adoptaba esa postura, una pierna por detrás de la otra como una garceta. ¿O esa era Stella? En sus recuerdos, las chicas se habían mezclado, intercambiándose sus detalles hasta superponerse en una sola pérdida. Dos. Se suponía que tenía dos. Y ahora que una había vuelto, la pérdida de la otra se le hacía nítida y nueva.

Colocó el cazo del agua en el fogón y, al volverse, descubrió a la niña de piel oscura en el umbral.

—¡Por Dios! —exclamó—. ¡Qué susto! Casi me da un síncope.

—Lo siento —susurró la niña. Era silenciosa. ¿Por qué era tan silenciosa? —. Quiero un poco de agua.

—Las cosas se piden por favor —respondió Adele, pero llenó la taza igualmente.

Reclinada en la encimera, observó beber a la niña, escrutando su rostro en busca de algo que le recordara a sus hijas. Pero solo veía al padre malvado de la niña. ¿Acaso no le había dicho a Desiree que un hombre de piel oscura no le haría ningún bien? ¿No había intentado prevenirla toda su vida? Un hombre de piel oscura maltrataría su belleza. Al principio, se prendaría de esa belleza, pero como cualquier cosa que deseara y no pudiera alcanzar jamás, pronto le despertaría resentimiento. Ahora estaba castigándola por eso.

La niña dejó la taza vacía en la encimera. Parecía aturdida, como si hubiera despertado en un país extranjero. Su nieta. Señor, tenía una nieta. La palabra se le antojaba extraña solo de pronunciarla para sus adentros.

—¿Por qué no te vas a jugar? —dijo Adele—. Yo prepararé el desayuno.

—No he traído nada —respondió la niña, pensando probablemente en todos los juguetes que había dejado atrás. Juguetes de ciudad, como trenes chuchu con motores de verdad o muñecas de plástico con cabello humano.

Aun así, Adele entró en la habitación de las gemelas y quedó paralizada por un instante al ver la cama revuelta —Desiree había dormido en su lado de siempre— antes de abrir el armario con olor a humedad. Casi al fondo, en una caja de cartón, encontró una muñeca que Stella había hecho con una mazorca para Desiree. La niña vaciló —la muñeca debió de parecerle monstruosa en comparación con las suyas compradas en una tienda—, pero se llevó la muñeca de Stella con cuidado al salón.

Dos. Antes Adele tenía dos. Gemelas sanas, su primer embarazo, además. Había dado a luz en su dormitorio, tras una nevada tan repentina que dudaba que la comadrona llegara a tiempo. Cuando Madame Threoux apareció, le dijo lo afortunada que era. No habían nacido gemelos en ninguna de las dos ramas de la familia durante tres generaciones. «Si has sido bendecida con gemelas —le dijo la comadrona—, has de ponerte al servicio de las Marassá, las gemelas sagradas que unieron el cielo y la tierra. Eran diosas niñas poderosas pero celosas. Tenías que venerarlas a las dos por igual: dejar dos caramelos en el altar, dos refrescos, dos muñecas». Adele, catequizada en Santa Catalina, sabía que debería haberse escandalizado al oír a Madame Theroux hablar de su religión pagana en el parto de sus hijas, pero esas leyendas la distrajeron del dolor. Entonces llegó Desiree, y siete minutos después Stella, y Adele cogió a sus hijas, arrugadas y rosadas, una en cada brazo, dos niñas que solo la necesitaban a ella.

Después de nacer las gemelas, Adele no construyó un altar. Pero más adelante, tras desaparecer las chicas, se preguntó si había sido arrogante. Tal vez debería haber construido el altar, por absurdo que le pareciese. Tal vez así sus hijas se habrían quedado. O tal vez la única culpable era ella. Tal vez no había sido capaz de querer a las dos gemelas por igual, y eso las había ahuyentado. Siempre había sido más severa con Desiree, que se parecía más a su padre, convencida de que mientras deseara que ocurriesen cosas buenas, no podía pasarle nada malo. Había que refrenar a una niña obstinada. Si no hubiese querido a Desiree, la habría abandonado a su propia tozudez. Pero con eso Desiree se sintió detestada y Stella se sintió privada de atención. Ese era el problema: nunca se podía amar a dos personas exactamente igual. Su bendición había estado condenada al fracaso desde el principio, sus hijas tan imposibles de complacer como diosas celosas.

Era fácil amar a Leon. Adele debería haber sabido que no permanecería con ella mucho tiempo. Todas sus bendiciones le habían llegado muy fácilmente al principio de la vida, y en la segunda mitad las había perdido todas. Pero no volvería a perder a Desiree.

Salió al porche, acompañada de los crujidos del suelo, con dos tazas de café. Desiree se apresuró a apagar el cigarrillo en la barandilla. Adele casi se rio: adulta como era, y se comportaba igual que una niña tras robar golosinas.

—He pensado en preparar el desayuno —anunció Adele.

Le entregó el tazón y lanzó otra ojeada al irregular moretón de Desiree, apenas oculto tras ese pañuelo absurdo.

—No tengo mucho apetito —dijo Desiree.

—Vas a enfermar si no comes.

Desiree se encogió de hombros y tomó un sorbo. Adele percibía ya su pugna por escapar, como un pájaro que batiera las alas contra las palmas de sus manos.

—Luego puedo llevar a tu hija al colegio —propuso Adele—. Y matricularla.

Desiree soltó un resoplido burlón.

—¿Y por qué habrías de hacer una cosa así?

—Bueno, ha de mantenerse al día con sus estudios…

—Mamá, no vamos a quedarnos.

—¿Adónde piensas ir? ¿Y cómo piensas llegar allí? Seguro que no llevas ni diez dólares en el bolsillo…

—¡No lo sé! A cualquier sitio.

Adele apretó los labios.

—Preferirías estar en cualquier sitio antes que aquí conmigo.

—No es eso, mamá. —Desiree suspiró—. Es solo que no sé dónde deberíamos estar ahora…

—Deberías estar con tu familia, cariño —afirmó Adele—. Quédate. Aquí estás a salvo.

Desiree, con la mirada en el bosque, guardó silencio. El cielo clareaba, un añil y rosa desvaídos, y Adele rodeó con un brazo la cintura de su hija.

—¿Qué piensas que estará haciendo Stella ahora? —dijo Desiree.

—Nada —contestó Adele.

—¿Cómo?

—No pienso en Stella.

 

En Mallard, Desiree veía a Stella por todas partes.

Matando el tiempo junto al surtidor de agua con su vestido lila, deslizando un dedo por debajo del calcetín para rascarse el tobillo. Adentrándose en el bosque para jugar al escondite detrás de los árboles. Saliendo de la carnicería con hígados de pollo envueltos en papel blanco, sujeto el paquete con tal fuerza que daba la impresión de que sostenía algo tan precioso como un secreto. Stella, con el cabello rizado recogido en una cola con una cinta, sus vestidos siempre almidonados, sus zapatos lustrosos. Una chica aún, porque Desiree solo la había conocido así. Pero esa Stella entraba y salía fugazmente de su visión. Stella reclinada en una cerca o empujando un carrito por un pasillo de la tienda de Fontenot o en lo alto de la escalinata de piedra de Santa Catalina, soplando un diente de león. Cuando Desiree acompañó a su hija en su primer día de colegio, Stella apareció detrás de ellas, quejándose del polvo que se levantaba y le ensuciaba los calcetines. Desiree, apretando la mano de Jude, procuró no prestarle atención.

—Hoy tienes que hablar con los demás —dijo.

—Hablo con los que me caen bien —respondió Jude.

—Pero todavía no sabes quiénes te van a caer bien. Así que tienes que ser amable con todo el mundo, solo para ver qué pasa.

Arregló los pliegues del cuello de su hija. La noche anterior, arrodillada en el patio, había restregado la ropa de Jude en el barreño. No había metido en la maleta suficiente ropa para ninguna de las dos, y con las manos hundidas en el agua lechosa, imaginó que su hija se ponía por turno los mismos cuatro vestidos hasta que se le quedaran pequeños. ¿Por qué no había seguido un plan? Stella lo habría hecho. Habría planeado la fuga meses antes de llevarla a cabo, escondiendo ropa poco a poco, un calcetín cada vez. Habría apartado dinero, comprado los billetes de tren, preparado un lugar al que ir. Desiree lo sabía porque así era como Stella había actuado en Nueva Orleans. Abandonó una vida y entró en otra tan fácilmente como si accediera a la habitación contigua.

Al acercarse al patio del colegio, unos niños de piel beige, apretados contra la valla, miraban boquiabiertos, y Desiree volvió a coger a su hija de la mano. Había preparado el conjunto más bonito de Jude, un vestido blanco y un jersey rosa, calcetines con orla de encaje y unas merceditas. «¿No tienes algo marrón?», había preguntado su madre desde la puerta, pero Desiree, sin hacerle caso, siguió atando cintas rosa en torno a las trenzas de Jude. Los colores vivos quedaban vulgares en contraste con la piel oscura, decía todo el mundo, pero ella se negaba a ocultar a su hija tras verdes oliva o grises. Ahora, mientras desfilaban por delante de los otros niños, se sentía como una tonta. Quizá el rosa era demasiado llamativo. Quizá ya había echado a perder las opciones de adaptarse de su hija vistiéndola como una muñeca de grandes almacenes.

—¿Por qué me miran todos? —preguntó Jude.

—Es solo porque eres nueva —respondió Desiree—. Solo sienten curiosidad.

Sonrió, procurando adoptar un tono alegre, pero su hija miraba con recelo en dirección al patio.

—¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí? —preguntó.

Desiree se arrodilló delante de ella.

—Ya sé que esto es distinto —dijo—. Pero será poco tiempo. Solo hasta que mamá resuelva las cosas, ¿vale?

—¿Cuánto es poco tiempo?

—No lo sé, cariño —respondió por fin Desiree—. No lo sé.

 

El Surly Goat se alzaba indolente sobre unos postes, árboles cubiertos de musgo goteaban en el tejado rojizo. Desiree tanteó cuidadosamente el camino embarrado en busca del primer peldaño desvencijado. Un pueblo pequeño a la sombra de una refinería de petróleo, sin cine ni sala de fiestas ni campo de béisbol cercano, significaba una sola cosa: muchos hombres aburridos y rudos. Marie Vignes era la única persona en Mallard que no había visto ningún problema en eso. Por el contrario, convirtió la casa de labranza heredada de sus padres en un bar, puso a sus cuatro hijos a limpiar vasos y acarrear barriles de cerveza y, de vez en cuando, atajar peleas. Se proponía dejar el bar algún día a uno de sus hijos, pero cuando murió, los había perdido a todos. Las gemelas, después del funeral de su padre, prácticamente no volvieron a verla. Su madre nunca había querido saber nada de ese bar ni de la tosca mujer a quien pertenecía. Mientras Leon vivía para atenuar las tensiones, las dos mujeres habían mantenido las formas hasta cierto punto, pero ahora que él ya no estaba, no había espacio para ellas dos y su dolor.

Así que las gemelas solo oían decir que Marie Vignes servía whisky a los hombres más rudos de Mallard, que guardaba bajo la barra una escopeta a la que llamaba Nat King Cole, y cuando los paletos empezaban a darse empujones por una partida de póquer o a pelearse por una mujer, sacaba la vieja Nat y aquellos hombres coléricos, normalmente impasibles ante una mujer en bata, pasaban a ser tan dóciles como monaguillos. Pero cuando Desiree entró en el Surly Goat por primera vez, casi se llevó una decepción. Siempre había imaginado el bar como un lugar mágico que, de algún modo, le recordaría más a su padre. En cambio, era solo un tugurio rústico.

Desiree estaba en un bar a media tarde porque no se le ocurría ningún otro sitio adonde ir. Había pasado la mañana zarandeándose en el asiento delantero de la camioneta de Willie Lee todo el camino hasta Opelousas. Quería buscar trabajo, dijo a Willie al verlo frente a su tienda, cargando la camioneta para el reparto. ¿Podía llevarla a la ciudad? Cuando la camioneta de carne se alejaba de Mallard, Desiree pensaba aún en su hija, quien poco antes, mientras desaparecía en el interior del colegio, se volvía para lanzarle miradas. Aquellos hombros delgados, las manos muy pegadas a los costados.

—¿Dónde quieres que te deje? —había preguntado Willie Lee.

—En la oficina del sheriff.

—¿La oficina del sheriff? —Giró la cabeza para mirarla—. ¿Qué se te ha perdido allí?

—Ya te lo he dicho. Busco empleo.

Él dejó escapar un gruñido.

—Puedes encontrar casas para limpiar más cerca de Mallard.

—No es para limpiar.

—Entonces ¿qué te propones hacer en la oficina del sheriff?

—Solicitar el puesto de examinador de huellas dactilares —dijo ella.

Willie Lee se rio.

—O sea, vas a entrar ahí ¿y qué vas a decir?

—Que quiero presentar una solicitud de empleo. No sé de qué te ríes, Willie Lee. Llevo ya diez años examinando huellas dactilares, y si puedo hacerlo para el FBI, no sé por qué no voy a poder hacerlo aquí.

—A mí se me ocurren unas cuantas razones —contestó Willie Lee.

Pero ¿acaso no había cambiado un poco el mundo desde su marcha? ¿Y no entró ella con todo su aplomo en el departamento del sheriff de St. Landry Parish? Se presentó en aquel mugriento edificio marrón rodeado de alambre de espino y dijo al ayudante del sheriff, un hombre corpulento de cabello rubio claro, que quería solicitar empleo. «¿En el FBI, ha dicho?», preguntó él, enarcando una ceja, y ella se permitió un rayo de esperanza. Sentada en un rincón de la sala de espera, fue respondiendo con agilidad a las preguntas del test para examinador de huellas latentes, alegrándose de tener algo que la hiciera pensar por una vez, no la clase de actividad mental a que se había dedicado últimamente —logística, o sea, cuánto le duraría el dinero—, sino centrada en el verdadero pensamiento analítico. Lo había acabado muy deprisa, comentó el ayudante asombrado, riéndose un poco; a lo mejor había batido un récord. Sacó la guía de respuestas de una carpeta marrón para corregir el test. Pero antes echó un vistazo a la solicitud completa, y cuando vio su dirección de Mallard, una expresión de frialdad asomó a sus ojos. Volvió a guardar la guía de respuestas en la carpeta y regresó a su silla.

—Olvídalo, muchacha —dijo—. No tiene sentido que perdamos el tiempo.

Ahora Desiree entró en el Surly Goat, por debajo del letrero de bienvenida —¡MUJERES FRÍAS! ¡CERVEZA CALIENTE!—, y se abrió paso entre una fila de hombres vestidos con monos grasientos en busca de un reservado vacío.

—Vaya, fijaos qué nos ha traído el gato —dijo Lorna Hebert, la vieja camarera.

Sirvió un chupito de whisky que Desiree ni siquiera había pedido.

—No pareces muy sorprendida de verme —observó Desiree.

Llevaba ya dos días en el pueblo, y naturalmente ya lo sabía todo el mundo.

—Algún día hay que volver a casa —dijo Lorna—. Déjame que te eche un buen vistazo.

Desiree seguía llevando el pañuelo azul en la penumbra del bar. Si Lorna advirtió algo, se lo calló. Volvió detrás de la barra, y Desiree apuró el chupito, reconfortada por el ardor. Se sentía patética, bebiendo sola en pleno día, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Necesitaba un trabajo. Dinero. Un plan. Pero aquellos niños mirando fijamente a su hija. El ayudante descartándola. Sam agarrándola por el cuello. Llamó otra vez a Lorna con un gesto, deseosa de olvidarlo todo.

Un chupito, luego otro, y estaba ya entonada cuando lo vio. Sentado al final de la barra, vestía una cazadora de cuero marrón, gastada, y tenía apoyada una bota sucia en el estribo del taburete. El hombre a su lado dijo algo que le arrancó una sonrisa sin dejar de mirar el whisky. Esos pómulos prominentes la traspasaron. Incluso después de tantos años, habría reconocido a Early Jones en cualquier sitio.

 

Durante su último verano en Mallard, Desiree Vignes conoció al chico que no le convenía.

Hasta ese momento, a lo largo de su vida, solo había conocido a los que sí le convenían: chicos de Mallard, de piel clara, ambiciosos, chicos que le tiraban de las coletas, chicos que se sentaban a su lado en catequesis y mascullaban el Credo, chicos que le rogaban besos al salir de los bailes del colegio. En principio, debía casarse con uno de esos, y cuando Johnny Heroux le dejaba notas en forma de corazón en el libro de historia o Gil Dalcourt le pedía que lo acompañara a la fiesta de inicio de curso, prácticamente tenía la sensación de que su madre la empujaba hacia ellos. Elige uno, elige uno. Eso solo servía para que ella se plantara en seco. Nada hacía menos atractivo a un chico que el hecho de que supuestamente debiera gustarle a una.

Los chicos de Mallard le parecían tan próximos e inofensivos como parientes, pero no había a mano ningún otro chico, excepto cuando el sobrino de alguien llegaba de visita o algún aparcero se instalaba en una granja en las afueras del pueblo. Nunca había hablado con uno de esos chicos aparceros; solo los veía cuando pasaban por el pueblo, altos y fibrosos, de piel marrón oscuro. Parecían hombres, esos chicos, y por tanto ¿de qué podía una hablar con ellos? Además, en principio una no debía hablar con chicos de piel oscura. En una ocasión, uno la saludó ladeándose el sombrero, y su madre chasqueó la lengua y la agarró del brazo con más fuerza.

—Ni siquiera lo mires —instó—. Los chicos como ese no pretenden nada bueno.

A los chicos de piel oscura de Mallard solo les interesaba ir a cazar chicas, decía siempre su madre. Deseaban hacerlo con una chica blanca, pero como no podían, pensaban que una chica de piel clara era lo más cercano. Pero Desiree no había conocido nunca a un chico de piel oscura hasta que una noche de junio, mientras limpiaba los cristales de las ventanas del salón, vio, a través del vidrio borroso, a un chico en el porche delantero. Un chico alto, sin camisa bajo el peto, su piel caramelizada hasta un marrón intenso. Sostenía una bolsa de papel en un brazo y dio un bocado a una fruta de color violáceo; después se limpió la boca con el dorso de la mano.

—¿Vas a dejarme entrar? —preguntó. La miraba tan fijamente que ella se sonrojó.

—No —contestó Desiree—. ¿Quién eres?

—¿Tú qué crees? —dijo él. Volvió la bolsa hacia ella para que viera el logo de Fontenot—. Abre la puerta.

—No te conozco —insistió ella—. Podrías ser el asesino del hacha.

—¿Te parece que llevo encima un hacha?

—A lo mejor no la veo desde aquí.

Él podría haber dejado la bolsa en el porche. Como no lo hizo, Desiree comprendió que estaban coqueteando.

Ella dejó el trapo en el alféizar y lo observó masticar.

—Por cierto, ¿qué comes? —preguntó.

—Ven a verlo.

Finalmente Desiree descorrió el pasador de la mosquitera y salió descalza al porche. Early avanzó hacia ella. Olía a sándalo y sudor, y cuando se aproximó, ella pensó, por un segundo de intensa emoción, que tal vez la besara. Pero él no lo hizo. Le acercó el higo a los labios. Ella mordió donde él había puesto antes la boca.

 

Más tarde Desiree averiguó su nombre, que no parecía siquiera un nombre, aunque la hacía sonreír la forma en que reverberaba dentro de su boca: Early, Early. Durante todo el mes, él dejó fruta a diario como si fueran flores. Cada atardecer, cuando las gemelas llegaban de casa de los Dupont, encontraba una ciruela en la barandilla del porche, o un melocotón, o una servilleta con moras. Nectarinas y peras y ruibarbo, más fruta de la que ella podía acabarse, fruta que ocultaba en su delantal para saborearla más tarde o usarla para preparar tartas. A veces él pasaba a última hora de la tarde en su ruta de reparto y se entretenía en los peldaños del porche. Le contó que repartía las compras a tiempo parcial; el resto del día lo dedicaba a ayudar a sus tíos en una granja de las afueras del pueblo. Pero cuando terminara la cosecha, se proponía largarse e instalarse en una ciudad de verdad como Nueva Orleans.

—¿No crees que tu familia te echará de menos? —preguntó Desiree—. ¿Cuando te vayas?

Él soltó un resoplido burlón.

—El dinero —contestó—. Eso es lo que echarán de menos. No piensan en otra cosa.

—Bueno, hay que pensar en el dinero —dijo Desiree—. Así son todos los adultos.

¿Quién sería su madre si no se preocupara a todas horas por el dinero? Sería quizá como la señora Dupont, que siempre andaba deambulando por la casa distraídamente. Pero Early negó con la cabeza.

—No es lo mismo —dijo—. Tu madre tiene una casa. Todos vosotros tenéis este maldito pueblo. Nosotros no tenemos nada. Por eso regalo esa fruta. Además, no es mía.

Ella tendió la mano para coger un arándano de la servilleta que él sostenía. Para entonces ya había comido tantos que tenía las yemas de los dedos manchadas de morado.

—O sea, que si toda esta fruta fuera tuya —dijo ella—, ¿no me darías nada?

—Si fuera mía —respondió él—, te la daría toda.

A continuación le besó el interior de la muñeca, y la palma de la mano, e introduciendo el meñique de ella dentro de su boca, saboreó la fruta que impregnaba su piel.

 

Un chico de piel oscura que atravesaba el prado de detrás de la casa para dejarle fruta. Nunca sabía cuándo aparecería Early, si es que aparecía, así que empezó a esperarlo, sentada junto a la barandilla del porche mientras declinaba el sol. Stella le advirtió que se anduviera con cuidado. Stella siempre se andaba con cuidado. «Sé que no quieres oírlo —dijo—. Pero apenas lo conoces y parece descarado». Pero a Desiree le daba igual. Era el primer chico interesante al que había conocido, el único que siquiera concebía una vida fuera de Mallard. Y quizá le gustaba que Stella desconfiara de él. No quería que los dos se conocieran. Él sonreiría, mirando a una y a otra, buscando las diferencias entre sus similitudes. Desiree detestaba esa evaluación silenciosa, observar a alguien compararla con una posible versión de ella. Una versión mejor, incluso. ¿Y si veía algo en Stella que le gustaba más? No tendría nada que ver con el aspecto físico, y eso, de algún modo, se le antojaba peor.

Nunca podría salir con él. Eso también lo sabía, pese a que nunca hablaron de ello. Él solo se pasaba por el porche cuando su madre aún no había llegado del trabajo y siempre se marchaba en cuanto el cielo se oscurecía. Aun así, un día su madre llegó a casa al atardecer y la sorprendió hablando con Early. Él saltó de la barandilla y las moras que tenía en el regazo se dispersaron por el suelo del porche como perdigones.

—Mejor será que te marches ya —dijo su madre—. Aquí no hay ninguna chica a la que cortejar.

Early alzó las manos en un gesto de rendición, como si también él considerara que había hecho algo mal.

—Disculpe, señora —dijo.

Se alejó cabizbajo hacia el bosque, sin mirar a Desiree. Ella lo observó tristemente mientras desaparecía entre los árboles.

—¿Por qué has tenido que hacer eso, mamá? —preguntó.

Pero su madre la obligó a pasar adentro.

—Algún día me lo agradecerás —dijo—. ¿Te crees que lo sabes todo? Niña, tú no sabes cómo puede ser este mundo.

Y quizá su madre estaba en lo cierto sobre las inconmensurables crueldades del mundo. Ella había recibido ya su parte; veía que Desiree iba por ese mismo camino y no quería que un chico de piel oscura lo precipitara. O quizá su madre simplemente era como todos los demás que consideraban fea la piel oscura y hacía lo posible por distanciarse de ella. En cualquier caso, Early Jones no la visitó nunca más. Desiree se preguntaba qué habría sido de él mientras limpiaba en casa de los Dupont. Se dejaba caer por Fontenot los sábados por la tarde pese a que no tenía nada que comprar, con la esperanza de verlo acarrear bolsas de la compra por la calle. Cuando finalmente preguntó por él, el señor Fontenot le dijo que la familia del chico se había mudado a otra granja.

¿Y qué le habría dicho a Early si hubiera sabido cómo ponerse en contacto con él? ¿Que lamentaba las palabras de su madre? ¿O no haber salido en su defensa? ¿Que ella no era como la gente de la que procedía? Aunque de esto ya no estaba tan segura. No era posible separar la vergüenza de verse sorprendido haciendo algo de la vergüenza del propio acto. Si ella no hubiera creído, aunque fuera en cierta medida, que pasar un rato con Early estaba mal, ¿por qué nunca le había propuesto quedar a tomar un batido de malta en la cafetería de Lou? ¿O dar un paseo o sentarse en la orilla del río? Probablemente ella no era distinta de su madre a ojos de Early. Por eso se había marchado del pueblo sin despedirse.

 

Ahora Early Jones había vuelto a Mallard, y no era ya un chico espigado que llevaba fruta en el faldón de su camisa raída, sino un hombre hecho y derecho. Antes de pararse siquiera a pensar, Desiree se levantó tambaleante y se encaminó hacia él. Este lanzó un vistazo por encima del hombro, su piel marrón reluciente bajo la luz mortecina. No pareció sorprenderse al verla allí y, por un segundo, le dirigió una leve sonrisa. Por un segundo, ella se sintió otra vez como una adolescente, sin saber qué decir.

—Me ha parecido que eras tú —dijo por fin.

—Claro que soy yo —contestó él—. ¿Quién iba a ser?

Era, en cierto modo, tal como ella lo recordaba, esbelto y fibroso como un gato salvaje. Pero incluso en el bar lleno de humo, adivinó años difíciles en sus ojos, y su hastío la sorprendió. Early se rascó el asomo de barba en el mentón, hizo un gesto a Lorna y señaló con actitud indolente el vaso de Desiree.

—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó ella. Mallard era el último lugar donde había imaginado volver a verlo.

—Solo estoy de paso en el pueblo —contestó él—. Tengo que resolver un asuntillo.

—¿Qué clase de asunto?

—Bueno, nada importante.

Volvió a sonreír, pero había algo inquietante en su expresión. Echó un vistazo a la mano izquierda de Desiree.

—¿Y cuál es tu marido, pues? —preguntó él, señalando con la cabeza en dirección a los hombres del bar.

Desiree se había olvidado de que aún llevaba la alianza nupcial y apretó el puño.

—Ahora no está aquí —respondió.

—¿Y no tiene inconveniente en que vengas sola a un sitio como este?

—Me las arreglo sola —dijo ella.

—No lo dudo.

—He venido a ver a mi madre, solo eso. Él no ha podido viajar.

—Bueno, es un hombre valiente. Para perderte así de vista.

Early solo coqueteaba, ella lo sabía, por los viejos tiempos; así y todo, sintió el rubor en la piel. Jugueteó distraídamente con el pañuelo azul.

—¿Y tú? —preguntó ella—. No veo ningún anillo en tu mano.

—Ni lo verás —respondió él—. Esas cosas no me van.

—¿Y a tu mujer no le importa?

—¿Quién ha dicho que tengo una mujer?

—Quizá más de una —dijo ella—. No sé qué ha sido de tu vida.

Él se rio y apuró la copa. Desiree no había coqueteado con un desconocido desde hacía años, pese a que a menudo Sam la acusaba de ello. Que si había cruzado una mirada con el ascensorista, que si había sonreído con demasiada cordialidad al portero, que si se había reído más de la cuenta de los chistes del taxista. En público, parecía sentirse halagado cuando otros hombres se fijaban en ella. En privado, la castigaba por la atención que le prestaban. ¿Y qué habría dicho Sam ahora si la viera en un sitio como ese, con Early tan cerca que podía alargar el brazo y tocar los botones de su camisa?

—¿Y cuándo vuelves a casa? —preguntó él.

—No lo sé.

—¿No tienes billete de vuelta o algo así?

—Hay que ver la de preguntas que haces —dijo ella—. Y todavía no me has dicho a qué te dedicas.

—Cazo —respondió él.

—¿Qué cazas? —preguntó ella.

Él hizo una larga pausa, mirándola fijamente, y apoyó la mano en la nuca de ella. Con ternura, casi, como consolando a un niño que llorase. Fue tan sorprendente, tan distinto de su brusco coqueteo, que ella no supo qué decir. Acto seguido le soltó el pañuelo. El moretón empezaba a desvanecerse pero, incluso en la penumbra del bar, se veía aún la amplia mancha de un lado al otro del cuello.

Nadie la había advertido de eso cuando era niña y la gente hacía tantas alharacas ante su hermosa tez clara. Con qué nitidez su piel revelaría la marca de un hombre colérico.

Early frunció el entrecejo y ella se sintió tan expuesta como si le hubiera levantado la falda. Lo empujó y él, sorprendido, retrocedió a trompicones. A continuación, ella se apresuró a envolverse el cuello con el pañuelo antes de abrirse paso a empujones hasta la puerta.

Mallard cedía.

Un lugar no era sólido, eso Early ya lo había descubierto. Un pueblo era de gelatina, se moldeaba continuamente en torno a los recuerdos de uno. La mañana después de empujarlo Desiree Vignes en un bar, Early, tendido en la cama de la pensión, observaba la fotografía que Ceel le había dado. Había permanecido en el Surly Goat más tiempo del previsto, pero tampoco había imaginado ni remotamente tropezarse con Desiree. Solo pretendía matar el rato, quizá hacer alguna que otra pregunta. Durante dos días había sondeado en Nueva Orleans, aun a sabiendas de que Desiree no estaría allí.

—Ha vuelto a esa ciudad, lo sé —le había dicho su marido por teléfono—. Allí tiene a todos sus amigos. ¿Adónde iba a ir? Su hermana desapareció. Su madre y ella no se hablan.

Early sujetaba el teléfono con fuerza y escarbaba en la madera con el dedo gordo del pie descalzo.

—¿Adónde se marchó la hermana? —preguntó.

—Joder, y yo qué sé. Oiga, ya le envié el primer pago. ¿Va a encontrarla o qué?

Esa era la razón por la que Early se limitaba a la caza de delincuentes: nunca se trataba de una cuestión personal entre el delincuente y el fiador, sino solo de un sencillo desencuentro por unos dólares y unos centavos. Pero un hombre que buscaba a su mujer era otra cosa. Estaba desesperado. Casi había percibido a Sam Winston pasearse de un lado al otro detrás de él. Tal vez Desiree volviera junto a su marido por propia voluntad. Ojalá Early se hubiera embolsado diez centavos por cada mujer que lo había abandonado hecha una furia. Pero Sam estaba convencido de que Desiree se había ido para siempre.

—Se largó sin más —dijo—. Hizo la maleta y se llevó también a mi hija, tío. Se largó sin más en plena noche. ¿Qué he de hacer yo ante una cosa así?

—¿Por qué cree que se fugó de esa manera? —preguntó Early.

—No lo sé —respondió Sam—. Tuvimos una discusión, pero ya sabe cómo son los matrimonios.

Early no lo sabía, pero se lo calló. No quería que Sam supiera nada de él. Así que cuando decidió que iría a Mallard en lugar de a Nueva Orleans, no se lo dijo a Sam. Un pájaro herido siempre vuelve a su nido; una mujer herida no era distinta. Iría a casa, estaba seguro de eso, aunque no sabía nada sobre la vida de ella. En la I-10, siguió manoseando las fotos que Ceel le había dado. Las examinaba en busca de alguna pista, se dijo, aunque sabía que solo estaba admirándola. Una chica bonita coqueteando con él en el porche de su casa convertida ahora en una mujer hermosa, sonriente, arrodillada frente a un árbol de Navidad, rodeada de luces intermitentes. Se la veía feliz. No parecía ser de las que se liaban la manta a la cabeza y se largaban. ¿Qué la había impulsado a marcharse, pues? En fin, de nada servía planteárselo. Fuera como fuese, no era asunto suyo. La encontraría, tomaría un par de fotos a modo de prueba. Las fotos por correo, su dinero de camino, y su asunto con Desiree Vignes habría terminado.

No había previsto encontrarla tan pronto en un bar lleno de trabajadores de una refinería. Desde luego no había previsto ese moretón en su cuello. Al retirarle el pañuelo, no era su intención ofenderla; sencillamente se sorprendió, nada más. Pero ella retrocedió como si hubiera sido él quien la agarró por el cuello; luego lo empujó con tal fuerza que él tropezó con el hombre de detrás y se derramó la bebida encima. Debería haberla seguido, pero estaba desconcertado y, a decir verdad, un poco abochornado, entre todos aquellos hombres vociferando y riéndose.

—¿Por qué le ha hecho eso? —preguntó la vieja camarera.

—No lo sé. —Early alargó el brazo para coger una servilleta y se limpió la cazadora—. No la veía desde hacía años.

—¿Salían juntos, antes? —preguntó un hombre delgado con un sombrero vaquero.

—¡Antes! —Un viejo se rio y dio una palmada a Early en la espalda—. Sí, «antes», esa es la palabra.

—Antes no se ponía así —dijo Early.

—Ya, bueno, yo que usted la dejaría en paz —dijo el hombre del sombrero vaquero—. Toda esa familia tiene problemas.

—¿Qué clase de problemas?

—Verá, su hermana se fugó; ahora se cree que es blanca.

—Sí, es verdad —dijo el viejo—. Anda por ahí viviendo a lo grande como una blanca.

—Luego Desiree tuvo a esa hija suya.

—¿Qué pasa con la hija? —preguntó Early.

—No pasa nada —dijo lentamente el hombre del sombrero vaquero—. Solo que más negra no podía ser. Desiree se marchó y se casó con el chico de piel más oscura que encontró y se piensa que aquí nadie sabe que le pone la mano encima.

—Volvió al pueblo con un moretón enorme. —El viejo se rio—. Debía de estar entrenándola. La ha convertido en Joe Frazier, ¡por eso ha arremetido contra usted!

Early no veía bien que se pegara a las mujeres: un hombre debía pelear equitativamente, y mientras no encontrara a una mujer capaz de equipararse a él golpe a golpe resolvería sus diferencias con ellas de otra manera. Sin embargo un encargo era un encargo. No era su párroco, ni siquiera su amigo. En realidad, no había llegado a conocerla de verdad. Era solo una chica que coqueteaba con él en el porche de su casa. Lo que pasara entre ella y su marido no era asunto suyo.

A la mañana siguiente, dio a un niño cinco centavos para que le indicara dónde vivía Adele Vignes. Mientras pasaba por encima de gruesas raíces de árbol, con la bolsa de la cámara rebotando contra su costado, recordó lentamente el camino. En medio de aquel bosque, abatido, se sintió como si volviera a tener diecisiete años. Qué furiosa estaba Adele Vignes cuando le señaló el camino. Desiree callada junto a ella, incapaz siquiera de mirarlo. Él había vuelto tambaleante a casa, humillado, pero cuando se lo contó a su tío, este se echó a reír.

—¿Qué esperabas, chaval? —dijo—. ¿Es que no sabes lo que eres aquí? Eres el negro de un negro.

Ya no volvió a hablar con Desiree. ¿Qué iba a decirle? Un lugar, sólido o no, tenía sus normas. Early en esencia se sintió como un idiota por pensar que Desiree no las respetaría por él.

Ahora, oculto detrás de los árboles, observando la casa blanca a través del objetivo, esperó. Pasaron diez minutos, quizá, aunque perdió la noción del tiempo mientras escuchaba las golondrinas que revoloteaban por encima de él. Finalmente, Desiree salió al porche delantero y encendió un cigarrillo. Encontrarla el día anterior en el bar en penumbra había sido una sorpresa para él. Apenas la había registrado como una realidad. A la luz del día, le recordó a la chica que había conocido en otro tiempo. Grácil, el cabello oscuro enmarañado cayendo por la espalda. Se paseaba descalza, rebosando una energía nerviosa que parecía resplandecer por todo su cuerpo hasta el ascua del cigarrillo. Al cabo de un momento levantó la cámara y disparó. Desiree llegando al final del porche —clic—, dándose media vuelta, otro clic. En cuanto empezó, no pudo parar de observarla a través del pequeño rectángulo, el vaivén del vestido azul al ritmo de sus pasos, atrayendo la mirada de Early hacia sus esbeltos tobillos. De pronto se abrió la mosquitera y salió al porche una niña de color negro azabache. Desiree se volvió, sonriente, y se agachó para levantar a la niña en brazos. Early bajó la cámara y se quedó mirando mientras Desiree entraba a su hija en la casa.

—¿Qué novedades hay? —preguntó Sam cuando él lo telefoneó esa noche —. ¿La ha encontrado?

Early se apoyó en el armario, visualizando a Desiree en el porche con su hija en brazos. Cuando él le desprendió el pañuelo, ella se llevó la mano al moretón y se recorrió la piel con los dedos como si se reacomodara un collar. También él deseó tocarle el cuello.

—Necesito un poco más de tiempo —dijo.