La mitad evanescente

Brit Bennett · Capítulo 10 de 19

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La mitad evanescente

Cuarta parte. Entrada de artistas (1982)

CUARTA PARTE

ENTRADA DE ARTISTAS

(1982)

10

En otoño de 1982, si uno iba a Park’s Korean Barbecue, en la esquina de Normandie con la Octava, probablemente encontraría a Jude Winston limpiando una de las mesas altas, mirando por la ventana empañada. A veces, antes de empezar su turno, se sentaba a leer en un reservado del fondo. El ruido nunca la distraía, eso las otras camareras no lo entendían. En su primer día dijo al señor Park que prácticamente se había criado en un restaurante — una cafetería, en realidad—, pese a que nunca había trabajado de camarera. No le dijo que la mayor parte de ese tiempo lo había dedicado a leer, no a observar a su madre atender el local, pero quizá como padre él mismo, se solidarizaba con las personas cuya infancia había transcurrido en un restaurante. Quizá respetaba su interés en encontrar trabajo; apenas había pasado una semana desde que se graduó en la universidad, y no estaba holgazaneando en la playa como habrían hecho sus propios hijos. O quizá sencillamente la recordaba de la primavera anterior, siempre sentada a una mesa alta estudiando de un libro ajado que había pedido prestado a una compañera de equipo para presentarse a la prueba de acceso a la facultad de medicina. Cuando él le servía su panceta y le preguntaba cómo le iba, ella siempre lo miraba con una expresión de aturdimiento, como si se lo hubiera preguntado en coreano. Era una chica lista, se le notaba. Muchos chicos anodinos querían estudiar medicina, pero solo las chicas listas reunían valor para presentarse. Él mismo había completado dos cursos en la facultad de medicina, allá en Seúl, así que entendía el desasosiego de ella y le deseaba suerte. Ahora siempre le deseaba suerte, pese a que ella le decía que no tendría noticias de ninguna universidad durante meses. Ah, bien, pues buena suerte.

—No necesitas suerte —dijo Reese—. Entrarás.

Le robó una gamba del plato con sus palillos. A veces la visitaba durante el descanso de la cena, pero al señor Park no le importaba. Era un jefe justo; ella podía considerarse afortunada de trabajar para alguien como él. Y aun así, solo podía pensar en las cartas que llegarían en primavera. Rechazos en su mayoría, pero tal vez un sí. Solo hacía falta un sí para ser feliz; la facultad de medicina a ese respecto era como el amor. Algunos días sus perspectivas se le antojaban prometedoras, otros días se aborrecía a sí misma por aferrarse a ese sueño absurdo. ¿Acaso no había necesitado Dios y ayuda para sacarse la química? ¿No había pasado apuros con la biología? Necesitaba algo más que un buen promedio general para entrar en la facultad de medicina. Había que competir con estudiantes que se habían criado en familias ricas, habían ido a colegios privados, habían contratado a profesores particulares. Con personas que desde el parvulario habían soñado con ser médicos. Que tenían fotos de familia en las que aparecían con pequeñas batas blancas, aplicando un estetoscopio de plástico al vientre de un oso de peluche. No con personas que se habían criado en pueblos de mala muerte, donde había un médico al que solo iban a ver cuando estaban echando las tripas. No con personas a quienes se les había ocurrido de pronto estudiar medicina después de diseccionar un corazón de oveja en una clase de anatomía.

En ese preciso momento siete facultades estaban leyendo su solicitud y, pasados unos meses, decidirían su futuro. Le entraban náuseas solo de pensarlo.

—He descubierto la manera de arreglar ese techo —dijo Reese—. Sé que te saca de quicio.

Era noviembre, y llovía más de lo habitual. Esa semana todas las mañanas habían tenido que atravesar charcos profundos en Normandie, temiendo que se les calara el coche. En casa colocaban un cubo plateado bajo la gotera del techo, que Reese vaciaba en el patético trozo de hierba de detrás de los Gardens Apartments. El paradisiaco nombre de su edificio siempre lo hacía reír. ¿Por qué no llamarlo Bloque de Ladrillos o Sin Agua Caliente o Agujero en el Tejado? Pero Jude no le veía la gracia. Volvió a echar un vistazo al reloj, solo le quedaban cinco minutos de descanso.

—¿Por qué no llamas al señor Song, y punto? —preguntó ella.

—Ya sabes que es muy viejo para subirse a esa escalera.

—Entonces debería contratar a alguien.

—Muy tacaño —corrigió él, y le dio un apretón en la cadera.

Reese había encontrado un nuevo trabajo en la tienda de Kodak, donde vendía cámaras y revelaba fotografías. Echaba de menos la camaradería del gimnasio, pero la tienda de Kodak ofrecía descuento en los rollos de película a los empleados. Aunque en realidad de un tiempo a esa parte no los necesitaba. Hacía seis meses que no sacaba una sola fotografía. Había dedicado su tiempo libre a ayudar al señor Song a recoger el agua del sótano o a colocar ratoneras o a realizar cualquier tarea en el edificio para reducir mediante su trabajo el precio del alquiler. Desatascó el inodoro de los Park, arregló el estante roto de la despensa de los Shaw, rescató del fregadero la alianza nupcial de la señora Choi. Si alguna tarea lo desbordaba, pedía ayuda a Barry.

«Ya te advertí que ese sitio era un cuchitril», dijo Barry. Pero ¿qué iban a hacer? Su antiguo casero había subido el alquiler, así que tuvieron que mudarse al barrio coreano. En cierto modo era una aventura. Las nuevas comidas que probar, los letreros que no entendían, el idioma en que la gente hablaba alrededor, en el autobús o en la calle, eso le permitía a uno sumirse en sus pensamientos. Los vecinos de Gardens, en su mayor parte ancianos como los Choi y los Park y los Song, que compadecían a los dos jóvenes inquilinos del apartamento de la gotera y les llevaban pegajosos pasteles de arroz por Navidad. Pero el techo. El dormitorio sin apenas espacio. La cocina minúscula. Reese sostenía que, con esos apaños en Gardens, tal vez se ahorraran de alquiler lo suficiente para encontrar un sitio nuevo. Pero para entonces Jude esperaba haberse marchado ya.

—Te preocupas por nada —le dijo su madre una vez por teléfono—. Eres lista.

—Hay mucha gente lista, mamá.

—No tanto como tú —aseguró su madre.

Siempre que colgaban, Jude se sentía un poco culpable, consciente de que la vida que más temía era la que su madre vivía. Sirviendo mesas eternamente, viviendo en una casa exigua. Al menos ella tenía a Reese. Al menos no estaba en Mallard. Podía dar gracias por eso, aunque no pudiera evitar que sus pensamientos la llevaran al futuro. Cada vez que mencionaba la primavera, Reese cambiaba un poco de posición, una mirada distante asomaba a sus ojos, como si no quisiera hablar del tema.

Aquella noche, después de que ella cerrara el restaurante de Park, volvieron a pie a casa, rodeándole Reese los hombros con el brazo. En la esquina frente a Gardens, una mujer pálida de cabello oscuro pasó junto a ellos y Jude contuvo el aliento. Pero era solo una mujer blanca avanzando bajo la luz de las farolas.

 

No podía ser Stella. Durante años, desde aquella fiesta en Beverly Hills, Jude apenas había pensado en otra cosa.

A veces la mujer del abrigo de piel le parecía idéntica a su madre, hasta la curva de la sonrisa. Otras, era solo esbelta y morena, con un parecido fugaz en el mejor de los casos. Al fin y al cabo, solo había alcanzado a vislumbrar a esa mujer antes de que el vino le salpicara la pierna. Acto seguido, se afanaba en recoger los cristales rotos mientras todos los asistentes a la fiesta miraban boquiabiertos. Eso, por supuesto, también se le quedó grabado. Que mientras buscaba a tientas servilletas de cóctel en la mesa, Carla la apartó de un empujón y empezó a secar desesperadamente la alfombra estropeada. Cuando ella tiró las servilletas manchadas de vino, Carla le dijo que se marchara y no volviera nunca más. Ella recogió en silencio el bolso, tan avergonzada que ni siquiera echó un vistazo alrededor por miedo a que su mirada se cruzara con la de alguno de los numerosos testigos de su humillación. Alzó la vista una vez al cerrar la puerta a sus espaldas y no vio a la mujer, sino solo a la chica de los ojos violeta, que la observó irse, sus labios rosados torcidos en una mueca de suficiencia.

Una mujer de cabello oscuro que podría haber sido cualquiera. Tal vez sencillamente echaba tanto de menos a su madre que se había convencido a sí misma del parecido. Tal vez se sentía culpable por no ir a casa, por no ir nunca a casa, y esa mujer era una proyección de su subconsciente. O tal vez… no, no contemplaría siquiera esa posibilidad. Que había estado en el mismo salón que Stella, que había cruzado incluso una mirada con ella antes de que se le cayera la botella de vino y lo hiciera añicos todo.

—¿Qué pasa, cariño? —había preguntado Reese esa noche—. Estás temblando.

Iban a pie a reunirse con Barry en el Mirage. Jude había llegado a casa antes de lo previsto y apenas había hablado desde entonces, pero Reese, aparentemente preocupado, se detuvo bajo el semáforo, y ella supo que debía contarle la verdad.

—Me he quedado sin trabajo —anunció.

—¿Cómo? ¿Qué ha pasado?

—Es una estupidez. He visto a Stella. O sea, he pensado que era ella. Te juro que era idéntica…

Al expresarlo en voz alta, tuvo la sensación de que estaba aún más loca. Por el hecho de habérselas arreglado para que la despidieran por vislumbrar, en una fiesta multitudinaria, a una mujer que quizá se pareciera a su madre.

—No me explico cómo he podido ser tan tonta —dijo.

Él la abrazó.

—Bah, no pasa nada. Ya encontrarás otro trabajo.

—Pero yo quería ayudarte. Pensaba que si los dos ahorrábamos dinero…

Él dejó escapar un gemido.

—¿Por eso has estado trabajando como una condenada?

—Es que pensaba que si los dos…

—Pero yo no te lo he pedido —interrumpió él.

—Ya lo sé —dijo ella—. Pero quería hacerlo. No te enfades, cariño. Solo pretendía ayudarte.

Jude lo rodeó con los brazos y al cabo de un momento él la estrechó también.

—No me enfado —dijo—. Es solo que no me gusta sentirme como si necesitara caridad.

—Sabes que no pienso en ti de esa manera.

—Tienes que contármelo todo —la instó él—. A veces eres muy reservada.

Quizá era eso lo que los unía. Quizá era esa la única forma en que sabían amar, acercándose y luego apartándose. Reese le toco la mejilla, y Jude intentó sonreír.

—De acuerdo —dijo—. No ocultaré nada más.

 

Durante años Stella apareció en sus sueños. Stella vestida con un abrigo de visón, Stella encaramada en una repisa, Stella encogiéndose de hombros, sonriendo, entrando y saliendo por una puerta. Siempre Stella, nunca su madre, como si, aun dormida, las distinguiera. Siempre despertaba alterada. Se sentía exhausta a todas horas. Encontró un nuevo empleo de friegaplatos en una cafetería del campus por dos dólares la hora, y allí pasaba su turno sola, lavando al vapor pilas de platos mugrientos. Cada noche llegaba a casa con los dedos entumecidos, los hombros encorvados. Llegado un punto, llevaba tres semanas de retraso con un trabajo de historia, y su media empezaba a flaquear tan peligrosamente que el entrenador de atletismo la llamó a su despacho.

«Tu inteligencia da para más», le dijo, y ella asintió, humillada, y abandonó a toda prisa el claustrofóbico despacho en cuanto él la dejo ir. Sí, sí, trabajaría con más ahínco. Se aplicaría más. Claro que se tomaba en serio la universidad, claro que quería competir en primavera. Claro que no podía perder la beca. Era solo que por entonces estaba un poco descentrada, nada grave. Lo superaría. Pero no lo superó, porque cada vez que intentaba estudiar solo imaginaba a Stella.

—¿Aún piensas en ella? —preguntó una tarde a su madre.

—¿En quién?

Jude guardó silencio mientras se enrollaba el cable del teléfono en torno al dedo.

—En tu hermana —dijo por fin.

No pudo obligarse a pronunciar el nombre de Stella, como si temiera que se apareciese otra vez. Stella paseándose por la acera, Stella dejándose ver a través de la ventana empañada.

—¿Y por qué me preguntas eso ahora? —quiso saber su madre.

—No lo sé, solo por curiosidad. ¿Es que no puedo sentir curiosidad?

—La curiosidad no sirve para nada —contestó su madre—. Yo hace mucho que dejé de sentir curiosidad. Ni siquiera creo que esté aún aquí.

—¿Viva? —dijo Jude—. Pero ¿y si lo está? O sea, ¿y si está por ahí en algún sitio?

—Sentiría su presencia —respondió su madre en voz baja, y Jude empezó a pensar en Stella como una corriente bajo la piel de su madre.

Bajo su propia piel, latente hasta aquella fiesta en que cruzó una mirada con ella desde el otro extremo del salón. De pronto, un sobresalto, una chispa, una sacudida y el brazo se apartó de su costado. Ahora intentaba olvidar esa descarga. Pensó, una o dos veces, en hablar a su madre de la mujer de la fiesta, pero ¿de qué serviría? Era Stella, no lo era, estaba muerta, estaba viva, estaba en Omaha, Lawrence, Honolulu. Cuando Jude salía a la calle, imaginaba que se tropezaba con ella. Stella deteniéndose en la acera, admirando un bolso en un escaparate. Stella en el autobús, cogida al agarrador de vinilo… no, Stella en una impecable limusina negra, oculta tras el cristal tintado. Stella en todas partes, siempre, y en ninguna al mismo tiempo.

 

En noviembre de 1982 se estrenó una comedia musical titulada The Midnight Marauders en un teatro semiabandonado del centro de Los Ángeles. El autor, un hombre de treinta años que aún vivía en casa de sus padres en Encino, estaba decidido a alcanzar el éxito en una ciudad donde, según decía a sus amigos, nadie valoraba el teatro. Había escrito The Midnight Marauders a modo de broma, y por supuesto, considerando que la broma fue a costa suya, fue su único éxito. La obra se representó en el Stardust Theater durante cuatro fines de semana, fue nominada para un premio local, y obtuvo tibios elogios en el Herald-Examiner. Pero Jude nunca habría oído hablar de ella si Barry no hubiese conseguido un papel en el coro. Durante las semanas previas a la audición, era un manojo de nervios, y brincaba sin cesar mientras ensayaba «Somewhere Over the Rainbow». Nunca había cantado vestido de sí mismo delante de nadie.

«Me sentí desnudo allí —dijo a Jude después de la audición—. Sudaba como un cerdo en Domingo de Pascua».

Jude se alegró por él cuando consiguió el papel en la compañía. Barry le envió entradas para la noche del estreno, pero ella dijo a Reese que tenía que trabajar.

«Pídeles la noche libre —la instó él—. Tenemos que apoyarle. Y ya nunca salimos. Tendríamos que divertirnos un poco».

El mes anterior le había fallado el motor del coche y se había gastado sus ahorros en arreglarlo. Todos aquellos billetes arrugados en el cajón de los calcetines volaron. Había empezado a trabajar de portero en el Mirage para ganar un dinero extra los fines de semana. Era el gorila, en rigor, aunque en realidad era solo un rostro agraciado que recibía a los clientes. Hasta el momento solo había intervenido en una reyerta entre borrachos, por lo que, en agradecimiento, se había llevado un corte en su agraciado rostro. En el cuarto de baño, hizo una mueca cuando Jude le aplicó alcohol en la herida, echando ambos de menos aquellos fines de semana que antes dedicaban a perseguir la luz del sol por el puerto deportivo en busca de la toma perfecta. Reese mordiéndose el labio al oírse el chasquido del obturador. Ahora, los viernes y los sábados por la noche se marchaba con una camiseta negra y unos vaqueros negros y volvía a casa al amanecer, sus manos salpicadas de purpurina de ayudar a las gogós a subir al escenario. Luego se iba a la tienda de Kodak, o ayudaba al señor Song. Algunos días Jude apenas lo veía, solo advertía que se desplomaba en la cama a su lado.

Ella no podía permitirse perder una noche de trabajo para sentarse en un teatro húmedo y soportar tres horas de una interpretación amateur con la esperanza de alcanzar a ver a Barry en el coro. Así y todo, accedió, deslizando los dedos por el cabello de Reese. Necesitaban salir una noche, una noche en la que ella no pensara en las decisiones de primavera, en la que él no estuviera obsesionado con el dinero, en la que ninguno de los dos se preocupara por nada.

La noche del estreno, se puso un vestido morado y se enfundó unas medias mientras Reese, haciéndose el nudo de la corbata, le sonreía a través del espejo. Se arreglaban más de la cuenta porque nunca tenían ningún sitio agradable al que ir; esa noche era un pretexto para fingir lo contrario. Podían fingir que eran cualquier cosa: una pareja en su primera cita, un joven matrimonio alejándose a hurtadillas de sus hijos, un par de sofisticados aficionados al teatro que nunca se preocupaban por el dinero, que nunca recortaban cupones, que nunca contaban el cambio.

—Qué elegantes, qué elegantes —bromeó Luis cuando todos se reunieron en el vestíbulo con una docena de los otros chicos que ella normalmente veía ir de aquí para allá en corsé entre bastidores. Pronto, entre risas, accedieron todos al teatro mohoso, y se quedaron expectantes al apagarse las luces.

—Más vale que sea buena —comentó Reese en un susurro, pero estaba de tan buen humor que ella se dio cuenta de que le daba igual.

La besó cuando la orquesta empezó a tocar una alegre obertura. El telón se levantó, y ella se inclinó al frente en un esfuerzo por ver a Barry. Este alzaba las piernas a la par que los otros bailarines, vestido con un chaleco de piel con flecos y un sombrero vaquero. Jude se rio al verlo hacer girar a una pelirroja. A continuación, los bailarines retrocedieron y apareció en el centro del escenario la actriz principal, una chica rubia con un vestido largo abombado. Aunque su voz no era nada del otro mundo, no cantaba mal; así y todo, tenía su encanto. Pronunciaba sus frases con una ironía que a Jude le resultó tan familiar que, en la oscuridad, buscó su programa de la obra. Y ahí estaba, la chica rubia de los ojos de color violeta.

 

Después de bajar el telón, después de hacer Barry su reverencia muy sonriente, después de marcharse el público lentamente por la alfombra roja descolorida hacia el vestíbulo, analizando las lagunas en la trama y los lapsus flagrantes de los actores, Jude formó un corrillo con sus amigos frente a la entrada de artistas. El grupo, muy locuaz, hacía planes para ir de copas mientras esperaba a que saliera Barry a fin de abochornarlo con un atronador aplauso. Pero ella se abrazó a sí misma, desplazando el peso del cuerpo de un pie a otro, fijando la mirada en el callejón, esperando a que, en cualquier momento, apareciera el fantasma de su madre.

Se había escabullido del teatro durante el intermedio, convencida de que en la oscuridad había confundido a la chica del programa con la chica de la fiesta de Beverly Hills. Pero allí estaba, a plena luz. «Nacida en Brentwood, Kennedy Sanders estudió en la USC pero abandonó los estudios antes de acabar para dedicarse a la actuación. Recientemente ha interpretado los papeles de Cordelia (Rey Lear), Jenny (Muerte de un viajante) y Laura (El zoo de cristal). Esta es su primera actuación en el Stardust Theater, aunque esperamos que no sea la última». En la foto, la chica sonreía, y el cabello rubio ondulado le caía de forma angelical hasta los hombros. Ahí se la veía inocente, muy distinta de la joven insolente que le había exigido un martini en una fiesta, y Jude podría haber creído que esa era otra chica blanca totalmente distinta a no ser por los ojos. Nunca los olvidaría.

Si esa chica trabajaba en la obra, ¿significaba que la mujer del abrigo de piel estaba también allí? Y si era Stella ¿qué? Y si no lo era ¿qué? Había deambulado por el vestíbulo hasta que las luces de la sala parpadearon, pero no vio a ninguna mujer que se pareciera a su madre. Ahora se sentía aún más enloquecida que antes.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó Reese.

Ella asintió, intentando sonreír.

—Es solo que tengo frío —dijo.

Él la rodeó con los brazos para darle calor. Entonces se abrió la puerta de artistas, pero no fue Barry quien salió al callejón, sino Kennedy Sanders, tratando de abrir un paquete de Marlboro. Pareció sorprenderse al ver a aquella muchedumbre, y, por un segundo, desplegó una sonrisa expectante antes de caer en la cuenta de que allí no había nadie interesado en verla a ella. De pronto, posó la mirada en Jude. Esbozó una mueca de suficiencia.

—Vaya —dijo—. Eres tú.

La recordaba, tres años después. Claro que la recordaba. ¿Quién iba a olvidarse de una chica de piel oscura que había derramado vino en una alfombra cara?

—Un amigo mío trabaja en esta obra —explicó Jude.

Kennedy se encogió de hombros a la vez que, sacudiendo el paquete de tabaco, dejaba caer un cigarrillo en la palma de su mano. Vestía una camiseta raída de los Sex Pistols que le llegaba justo por encima del ombligo y un vaquero corto sobre unas medias de redecilla y calzaba botas negras de cuero; no se parecía en nada a la princesa de Beverly Hills de aquella fiesta. Echó a andar por el callejón, y Jude corrió tras ella.

—Barry —dijo—. ¿Está en el coro?

—¿Es tu novio? —preguntó Kennedy.

—¿Barry?

—No, tonta. Ese. —Señaló el grupo con una inclinación de cabeza—. El del pelo rizado. Es una monada. ¿De dónde lo has sacado?

—De la universidad —contestó ella—. Bueno, en realidad de una fiesta…

—¿Tienes fuego? —Kennedy se llevó un cigarrillo a la boca. Cuando Jude negó con la cabeza, dijo—: Tanto mejor, es malo para la voz de una cantante, ¿sabes?

—Creo que esta noche has estado impresionante —la elogió Jude. En realidad no lo pensaba, pero tendría que adular a esa chica para sonsacarle algo—. Tus padres deben de estar orgullosos.

Kennedy dejó escapar un resoplido.

—Por favor. Les horroriza que me dedique a esto.

—¿Por qué?

—Porque me enviaron a la universidad para que al final trabajara en algo práctico, ya me entiendes. No para que colgara los libros y malgastara mi vida. Al menos eso es lo que dice mi madre. Eh, ¿tienes fuego? —Hizo una seña a un hombre blanco de cabello greñudo que fumaba en la esquina—. ¡Bueno, hasta la vista!

Se encaminó apresuradamente hacia el hombre de la esquina, que le sonrió al inclinarse para encenderle el cigarrillo. Un destello en la oscuridad, luego desapareció.

 

Barry dijo que Kennedy Sanders era una ricachona.

—Ya sabes cómo son —dijo a Jude—. Un par de solos en el coro del instituto, y ya se cree que es Barbra Streisand.

Se estaba maquillando en el camerino para la sesión de tarde del Mirage, su único horario disponible ahora que The Midnight Marauders le ocupaba las veladas. Le disgustaba que la función empezara tan temprano y que acudiera tan poco público, pero disfrutaba tanto en el papel de Bianca que no podía esperar tres semanas hasta que la obra dejara de representarse. Hizo una seña hacia atrás, y Jude cogió el cepillo que asomaba de su bolsa de deporte.

—¿Y a qué se dedican sus padres? —preguntó.

—¿Quién sabe?

—¿No han ido al teatro?

—No, por Dios —dijo Barry—. ¿Te crees que iban a acercarse a semejante cuchitril? Ni por asomo, es una familia de mucha pasta. Gente muy estirada, con una casa grande en las afueras y demás. Pero ¿por qué me preguntas por ella?

—Por nada en particular.

Pero esa tarde fue en autobús al centro para acercarse al Stardust Theater. Aún faltaba media hora para la primera sesión del domingo. Como el acomodador, un adolescente, no la dejó pasar sin entrada, se paseó por la acera bajo los aleros verdes. Se sentía ya como una tonta por haber ido hasta allí. ¿Qué podía decirle a Kennedy? Se preguntó qué haría Early en su lugar. La clave para dar caza a alguien, le había dicho, es hacerse pasar por otra persona. Pero Jude nunca había sido capaz de ser otra persona más que ella misma, así que cuando el acomodador la echó, se fue derecha a la calle. Precisamente entonces, cómo no, se tropezó con Kennedy, que se dirigía apresuradamente hacia la entrada. Llevaba unos vaqueros tan cortos que le asomaba por debajo el forro de los bolsillos y botas camperas gastadas.

—Perdón —se disculparon las dos, y Kennedy se echó a reír.

—Vaya, ¿qué pasa aquí? —dijo—. ¿Estás siguiéndome o qué?

—No, no —se apresuró a contestar Jude—. Busco a mi amigo, pero no me dejan pasar. No tengo entrada.

Kennedy alzó la vista al cielo.

—Esto es como la base militar de Ford Knox —comentó. Luego dijo al acomodador—: Viene conmigo.

Y Jude, así sin más, la siguió a trompicones por el vestíbulo, entre bastidores y hasta su camerino. Este era poco mayor que un armario y la pintura amarilla se desconchaba.

Bajo las tenues luces del espejo, Kennedy se dejó caer en la gastada silla de cuero.

—Donna quería despellejarte viva —dijo.

—¿Cómo? —preguntó Jude.

—Cuando le estropeaste la alfombra. Dios mío, tendrías que haberla visto, corriendo de aquí para allá como si hubieras sacrificado a su primogénito. ¡Mi alfombra! ¡Mi alfombra! Fue la monda. Bueno, no para ti, seguramente. —Se volvió en la silla y se miró en el espejo—. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Jude.

—¿Como en la canción?

—Como en la Biblia.

—Me gusta —dijo Kennedy—. Hey Jude, no te lo tomes a mal ni nada por el estilo, pero tengo que cambiarme.

—Ah. Perdona.

Jude se dispuso a salir, pero Kennedy dijo:

—No te vayas. Puedes ayudarme. Nunca consigo enfundarme esto yo sola.

Sacaba a tirones del armario el enorme vestido con miriñaque del número inicial. Jude alisó las arrugas de la tela de color naranja mientras Kennedy se quitaba la camiseta. Esbelta y bronceada, llevaba sujetador y bragas rosa a juego. Jude procuró no mirar, optando por fijar la vista en el desordenado tocador cubierto de paletas de maquillaje, una plancha para ondular el cabello, pendientes de oro, el envoltorio arrugado de un caramelo.

—¿Y de dónde eres, Hey Jude? —preguntó Kennedy—. Tráeme eso, ¿quieres? Dios mío, cómo odio esto. Siempre me hace estornudar.

Levantó los brazos, y Jude le miró las tersas axilas mientras la ayudaba a pasarse el vestido por encima de la cabeza. Fiel a su palabra, Kennedy soltó un remilgado estornudo antes de enfundarse las mangas en los brazos.

—De Louisiana —dijo Jude.

—¿Ah, sí? Mi madre también. Yo soy de aquí. Bueno, no sé si puede decirse que eres de un sitio si nunca te has marchado. ¿No te parece? No sé cómo son esas cosas. ¿Me subes la cremallera?

Hablaba tan deprisa que a Jude la mareaba seguirla.

—¿Dónde está? —preguntó.

—Oye, ¿puedes darte prisa? Sube el telón dentro de veinte minutos, y aún no me he maquillado.

Se apartó el cabello rubio del hombro. Jude se situó detrás de ella y tiró de la cremallera.

—¿Cuál es el apellido de tu madre? —dijo—. A lo mejor conozco a su familia.

Kennedy se echó a reír.

—Lo dudo.

¿Qué estaba haciendo? ¿Había visto a una mujer que tal vez se parecía a su madre y ahora había acabado acechando a una chica blanca y ayudándola a ponerse ese traje ridículo? En cualquier caso, ¿qué más le daba? Jude ni siquiera había conocido a Stella. Kennedy se inclinó hacia el espejo para empolvarse. Por primera vez guardó silencio y se concentró, como Barry justo antes de una actuación. «Tengo que entrar en mi zona», decía siempre, echando a Jude antes de que lo llamaran a escena. A veces ella se quedaba en la puerta, y mientras lo observaba, parecía caer un velo ante su rostro. De pronto era Barry, acto seguido era Bianca. Vio que Kennedy entró en ese instante en un estado similar. Presenciar ese momento le pareció más íntimo que verla en ropa interior. Se volvió para marcharse.

—No conocerás a nadie que se llame Vignes, ¿verdad? —preguntó Kennedy alzando la voz cuando ella ya salía—. Ese es el apellido de mi madre. O lo era. —Lanzó una ojeada por encima del hombro—. Estelle Vignes. Pero todo el mundo la llama Stella.