La montana magica

Thomas Mann · Capítulo 5 de 13 · parte 2/5

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La montana magica

—Sí, ya lo tengo —confirmó Hans Castorp…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

El doctor Behrens se balanceaba, con las manos en los bolsillos de su pantalón, sobre la planta y la punta de los pies, y contemplaba alternativamente su trabajo y las caras de los visitantes.

—Esto me produce un gran placer, mi querido colega —dijo—; me satisface mucho que usted lo comprenda. Es, en efecto, muy útil, y no puede perjudicar el que se sepa también lo que pasa bajo la epidermis y que se pueda pintar al mismo tiempo lo que no se ve. En otros términos: que no se tengan con el modelo relaciones puramente líricas. Admitamos que se ejerce accesoriamente la profesión del médico, del fisiólogo, del anatomista, y que se tiene un discreto conocimiento de lo que está debajo. Eso puede tener sus ventajas, dígase lo que se diga. Esa piel está pintada científicamente, con el microscopio, es la verdad orgánica. Usted no está viendo sólo las capas epiteliales y córneas de la epidermis, sino también está imaginando lo que hay debajo, el tejido conjuntivo, con sus glándulas, sus vasos sanguíneos y sus papilas y, aún más abajo, la capa grasa, el almohadillado, ¿comprende?, el acolchonado que con todas sus células grasas, determina las exquisitas formas femeninas, pues todo lo que se sabe y todo lo que se piensa mientras se pinta ha desempeñado también su papel. Eso le guía a uno la mano y produce su efecto, se es o no se es, y eso hace elocuente el conjunto.

Hans Castorp estaba ardientemente exaltado por esta conversación, su frente se había enrojecido, sus ojos parecían hablar, y de pronto no supo qué contestar, pues tenía demasiadas cosas que decir.

Primeramente, se proponía colocar el cuadro en un lugar más favorable que esa pared situada a contraluz; en segundo lugar, quería comentar las palabras del consejero sobre la naturaleza de la piel, cosa que le interesaba vivamente; y en tercer lugar, quería intentar expresar un pensamiento general y fisiológico que se le había ocurrido y que le impresionaba particularmente. Mientras alargaba la mano hacia el retrato para descolgarlo, comenzó diciendo presurosamente:

—¡Sí, sí! Muy bien, es muy importante. Bueno, es decir, doctor, usted decía: «No solamente relaciones puramente líricas.» Sería conveniente que, además de la relación lírica (al margen de las relaciones artísticas), existiesen todavía otras relaciones; en una palabra, que se considerasen las cosas bajo otro

aspecto, por ejemplo: bajo el aspecto médico. Esto es extraordinariamente justo, perdone, doctor, quiero decir que es justo porque no se trata en el fondo de relaciones y puntos de vista diferentes, sino, propiamente hablando, de un solo y mismo punto de vista o, como mucho, de matices, es decir, variedades de un solo y mismo interés del cual la actividad artística no es más que una parte y una muestra, si puedo expresarme así. Pero perdóneme, descuelgo el cuadro, aquí está falto de luz, ya verá, voy a colocarlo allí, en el diván... Quería decir, ¿de qué se ocupa la ciencia médica? Naturalmente, yo no entiendo nada de eso, pero en suma, ¿no se ocupa del hombre? ¿Y el derecho, la legislación, la jurisdicción? ¡También del hombre! ¿Y el estudio de las lenguas que ordinariamente no se separa del ejercicio de la profesión pedagógica? ¿Y la teología, la salvación de las almas, el sacerdocio espiritual? Todo esto se refiere al hombre, no son más que variantes de un solo interés importante y... capital, a saber, el interés hacia el hombre. En una palabra, son profesiones humanistas, y cuando se las quiere estudiar, se comienza por aprender ante todo las lenguas antiguas, ¿no es cierto? Tal vez le sorprende que hable de eso yo que no soy más que un realista, un técnico. Pero meditaba con frecuencia, cuando estaba en cama: es a pesar de todo, perfecto, es maravilloso que se coloque en la base de toda especie de profesión humanista el elemento formal, la idea de la forma, de la forma bella, ¿comprende?, eso presta a todo un carácter noble y superfluo y, además, algo así como sentimiento y... cortesía, ya que el interés de convertirte en una cosa parecida a una proposición galante... Es decir, quizá me expreso con torpeza, pero se aprecia el espíritu y la belleza, que en suma no han sido siempre más que uno, mezclados... En otras palabras: la ciencia y el arte. Y usted admitirá que el trabajo artístico incontestablemente forma también parte de eso, como quinta facultad en cierto modo, y que no es otra cosa que una profesión humanista, una variante de interés humanista, en la medida en que su objeto y finalidad esenciales son, una vez más, el hombre. Es verdad que, en mi juventud, nunca pinté más que barcos y agua, pero lo más interesante en pintura es, a mis ojos, el retrato, porque tiene como objeto inmediato el hombre y por eso, doctor, le pregunté enseguida si había usted hecho ensayos en este terreno... ¿No le parece que en este lugar estará mucho mejor?

Tanto Behrens como Joachim le miraban como para preguntarle si se avergonzaba de lo que estaba diciendo. Pero Hans Castorp estaba demasiado ocupado de sí mismo para sentirse cohibido por nada.

Sostenía el retrato contra la pared, encima del diván, y esperaba que le contestasen si estaba mejor alumbrado en aquel lugar. Al mismo tiempo, la criada trajo en una bandeja un bote con agua caliente, una lamparilla de alcohol y tazas de café. El consejero le dijo que lo llevase todo al fumoir y, dirigiéndose a Hans Castorp, manifestó:

—Pensando como piensa debería interesarse más por la escultura que por la pintura... Sí, naturalmente, hay mejor luz aquí, si usted cree que puede soportar tanta... Quiero decir por la estatuaria, porque se ocupa más exclusiva y netamente del hombre en general. Pero no nos distraigamos, que el agua va a evaporarse completamente.

—Muy justo, la estatuaria —dijo Hans Castorp, mientras pasaba a la otra habitación y, olvidando colgar el cuadro o dejarlo sobre el diván, se lo llevaba consigo—. Ciertamente, una Venus griega o uno de esos atletas. En éstos, el elemento humanista aparece con mayor limpieza. En el fondo es lo más verdadero que hay, el verdadero arte humanista, si se reflexiona.

—A fe mía en lo que se refiere a la pequeña Chauchat —hizo notar el consejero— se trata principalmente de un motivo pictórico; creo que Fidias o ese otro, cuyo nombre tiene una terminación judía, habrían arrugado la nariz ante ese género de fisonomía... ¿Qué hace usted? ¿Por qué pasea usted ese rábano?

—Perdone, voy a apoyarlo, aquí contra mi silla, por el momento... Los escultores griegos se preocupaban poco de la cabeza, lo que les importaba era el cuerpo, era tal vez el elemento propiamente humanista...

¿Decía usted que la plástica femenina está en la grasa?

—Es grasa —dijo con tono categórico el consejero, que había abierto un armario y sacado lo necesario para preparar el café: un molinillo turco en forma de tubo, una cafetera, el doble recipiente para el azúcar y para el café molido; todo ello de cobre—. Palmitina, oleína, estearina —añadió mientras vertía los granos de café de un bote de hojalata dentro del molinillo y comenzaba a dar vueltas a la manivela—.

Como ven, me lo hago yo todo, así es dos veces mejor... ¿Qué esperaba, pues? ¿Que se trataba de ambrosía?

—No, ya lo sabía, pero es curioso oírlo explicar —manifestó Hans Castorp.

Se hallaban sentados en el rincón, entre la puerta y la ventana, en torno de un velador de bambú que soportaba una bandeja de cobre adornada con motivos orientales, sobre la cual había sido colocado el servicio de café, junto con los trebejos para fumadores. Joachim se hallaba cerca de Behrens, en el diván copiosamente provisto de almohadones de seda, y Hans Castorp en un sillón de cuero, con ruedas, contra el cual había apoyado el retrato de madame Chauchat. Una abigarrada alfombra se hallaba rendida a sus pies. El consejero removía el café y el azúcar en la cafetera y hacía hervir el líquido encima de la lámpara de alcohol. La infusión morena se vertió en las pequeñas tazas y su sabor era tan dulce como fuerte.

—Nuestra plástica, por otra parte —dijo Behrens—, nuestra plástica, si puede hablarse de ella, es también, naturalmente, grasa, pero no en la misma medida que en la mujer. En nosotros la grasa no

constituye, en general, más que la vigésima parte del peso del cuerpo, mientras que en las mujeres constituye la decimasexta parte. Sin el tejido elástico de la dermis no seríamos más que esperpentos. Se afloja, a la larga, y es entonces cuando se producen las famosas y poco estéticas arrugas de la piel. Ese tejido está cargado de grasa principalmente en el pecho y el vientre de la mujer, en la parte superior de las nalgas, en una palabra, allí donde se encuentra algo para el corazón y la mano. Las plantas de los pies son gordezuelas y cosquilleantes.

Hans Castorp daba vueltas entre sus manos al molinillo de café en forma de tubo. Como todo el resto del servicio, era más bien de origen hindú o persa que de origen turco. El estilo de los dibujos grabados en el cobre, cuyas superficies brillantes se destacaban del fondo mate, lo atestiguaban. Hans Castorp contempló aquella decoración sin comprender, de pronto, los motivos. Cuando los hubo distinguido se puso rojo de repente.

—Sí, son unos cachivaches para hombres solos —dijo Behrens—. Por eso los tengo encerrados bajo llave.

Mi perla de cocinera podría perder la cabeza. Pero me parece que a ustedes eso no puede hacerles mucho daño. Es el regalo de un cliente, una princesa egipcia que durante un año nos hizo el honor de permanecer entre nosotros. Vean, el dibujo se reproduce en cada pieza. ¿Sorprendente, verdad?

—Sí, lo es —respondió Hans Castorp—. ¡Pero no me impresiona, naturalmente! Se podría incluso darle una interpretación seria y solemne, si se quisiese, a pesar de que no está del todo indicado para un servicio de café. Los antiguos hubieran representado eso sobre sus ataúdes. Lo obsceno y sagrado no eran para ellos más que una sola y misma cosa.

—Bueno, en lo que se refiere a la princesa, creo que es más bien lo obsceno lo que importaba. Tengo todavía de ella excelentes cigarrillos, algo exquisito, que no ofrezco más que en ocasiones excepcionales.

Y sacó del armario una caja de colores vivos para presentarla a sus huéspedes. Joachim no aceptó y dio las gracias juntando los tacones. Hans Castorp se sirvió y fumó el cigarrillo, de un grueso y una longitud anormales, decorado con una esfinge impresa en oro, y que era, en efecto, exquisito.

—Díganos algo más de la piel, doctor, sea usted tan amable —rogó.

Había cogido de nuevo el retrato de madame Chauchat, lo había puesto sobre sus rodillas y lo contemplaba, arrellanado en la butaca, con el cigarrillo entre los labios.

—No precisamente de la grasa —continuó diciendo—; pues ya sabemos ahora a qué atenernos sobre eso.

De esa piel humana, en general, que usted pinta tan bien.

—¿De la piel? ¿Le interesa acaso la fisiología?

—Sí, mucho. Me ha interesado siempre enormemente. Siempre he tenido mucha afición al cuerpo humano. Me he preguntado a veces si debería haberme hecho médico; desde cierto punto de vista, creo que esto me hubiera convenido. Quien se interesa por el cuerpo se interesa también por la enfermedad, sobre todo por la enfermedad, ¿no es cierto? Por otra parte, eso no demuestra nada, hubiera podido igualmente dedicarme a cualquier otra profesión. Por ejemplo, hubiera podido hacerme eclesiástico.

—¿Cómo es eso?

—Sí, a veces he tenido la impresión pasajera de que te nía vocación para esto.

—¿Por qué se ha hecho ingeniero?

—Por casualidad. Creo que son más bien las circunstancias exteriores las que me han decidido.

—Así pues, ¿la piel...? ¿Qué quiere que le cuente de esa superficie de sus sentidos? Es un cerebro externo, ¿lo comprende? Ontogénicamente hablando, tiene el mismo origen que nuestros pretendidos órganos superiores, aquí arriba, en nuestro cráneo: el sistema nervioso central. El sistema nervioso central, y eso es muy conveniente que lo sepa, no es más que una forma evolucionada de la epidermis, y en las especies inferiores no hay diferencias entre el centro y la periferia, esos animales huelen y saborean por la piel, ¡imagínese!, no tienen más sentidos que el de su piel, lo que debe ser muy agradable, si nos ponemos en su lugar. Por el contrario, en los seres como usted y yo la ambición de la piel se reduce a mostrarse quisquillosa, porque no es más que un órgano de defensa y transmisión, pero presta una atención infernal hacia todo lo que se acerca demasiado al cuerpo, puesto que se extiende más allá de los órganos del tacto, a saber: a los pelos, el vello del cuerpo, que no se compone más que de pequeñas células de piel endurecidas y que permiten distinguir la menor aproximación antes de que la piel misma sea tocada. Entre nosotros, es incluso posible que el papel defensivo y protector de la piel no se reduzca sólo a las funciones físicas... ¿Sabe usted cómo se ruboriza o cómo empalidece? —No exactamente.

—He de confesarle que ni nosotros mismos lo sabemos, al menos en lo que se refiere al rubor. La cosa no ha sido aún completamente aclarada, pues hasta ahora no ha podido demostrarse la existencia, en las

venas capilares, de músculos extensores que sean puestos en movimiento por los nervios vasomotores. De cómo se hincha la cresta del gallo, o cualquier otro ejemplo de fanfarronería que tenga a bien elegir para el caso es, por así decirlo, una cosa misteriosa, sobre todo cuando las influencias psíquicas entran en juego. Admitamos que hay relación entre la sustancia gris y el centro vascular del cerebro. Y, a consecuencia de ciertas excitaciones (por ejemplo, uno está profundamente avergonzado), esa unión se pone en juego y los nervios vasomotores obran sobre el rostro, y las vesículas se dilatan y se llenan, de manera que a uno se le pone la cabeza como la de un pavo y allá se queda uno completamente repleto de sangre y con la vista turbia. Por el contrario, en otro caso (cuando Dios sabe lo que nos espera, algo muy peligrosamente agradable, si usted quiere) las vesículas sanguíneas de la piel se encogen y la piel se pone pálida y fría, y uno tiene el aspecto de un cadáver a fuerza de emoción, con las órbitas color de plomo y una nariz blanca y puntiaguda. Y sin embargo, la simpatía hace latir el corazón.

—¡Ah!, ¿es así como ocurre? —inquirió Hans Castorp.

—Poco más o menos así. Son reacciones, ¿comprende? Pero como todas las reacciones y todos los reflejos tienen una razón de ser, nosotros los fisiólogos suponemos que incluso esos fenómenos secundarios de reacciones físicas son, en realidad, medios de defensa, reflejos protectores del cuerpo, como el ponérsele a uno la carne de gallina. ¿Sabe por qué razón se le pone a uno la carne de gallina?

—Tampoco lo sé a punto fijo.

—Eso se debe a unas glándulas sebáceas que segregan una sustancia albuminosa, grasienta, no muy apetitosa precisamente, pero que conserva la piel suave para que no se rompa y desgarre con la sequedad y sea agradable al tacto. No se puede imaginar cómo sería posible tocar la piel humana sin la colesterina. Esas glándulas sebáceas están reforzadas con pequeños músculos que pueden poner erecto el bulbo, y cuando hacen eso le pasa a usted lo que le pasó a aquel muchacho al que la princesa derramó sobre el cuerpo un balde lleno de peces; la piel se convierte en una lima, y cuando la excitación es demasiado fuerte, las papilas se ponen también eréctiles, los cabellos se erizan sobre la cabeza, lo mismo que los pelos del cuerpo, exactamente como un puercoespín que se defiende, y entonces puede usted decir que ha aprendido a temblar.

—Bueno, yo —dijo Hans Castorp— he aprendido con frecuencia. Tiemblo con facilidad en circunstancias muy diversas. Lo que me sorprende es que las papilas se yergan en circunstancias tan diferentes. Cuando alguien rasca con un pizarrín sobre un cristal, se me pone la carne de gallina, y una música particularmente bella me produce el mismo efecto, y cuando con motivo de mi confirmación, tomé parte en la Santa Cena, tuve continuamente la piel de gallina y los estremecimientos y cosquilieos no me desaparecían. Es extraño, y uno se pregunta por qué razón esos pequeños músculos se ponen en movimiento.

—Sí —dijo Behrens—. La irritación es la irritación. El porqué de la irritación importa poco al cuerpo. Que sean peces o la Santa Cena, las papilas se excitan.

—Doctor —dijo Hans Castorp, y contempló el retrato que estaba sobre sus rodillas—, desearía saber...

Usted hablaba hace un momento de los fenómenos interiores, del movimiento de la linfa y de cosas análogas... ¿Qué es eso? Me gustaría saber algo más sobre el movimiento de la linfa, por ejemplo; si fuese tan amable, eso me interesa vivamente.

—Lo supongo —replicó Behrens—. La linfa es lo más fino, lo más íntimo y delicado que hay en toda la actividad del cuerpo. Supongo que usted se da claramente cuenta de ello, puesto que me lo pregunta.

Hablo de la sangre y sus misterios, pues se considera a la sangre como un líquido muy especial. Pero la linfa es el jugo de los jugos, la esencia, ¿sabe usted?, una leche sanguínea, un líquido absolutamente delicioso que después de una alimentación grasa tiene precisamente el aspecto de la leche.

Y muy vivamente comenzó, en un lenguaje lleno de imágenes, a describir cómo esa sangre, ese caldo de un rojo de capa de teatro, producido por la respiración y la digestión, saturado de gas, cargado de quilo alimenticio, hecho de grasa, albúmina, hierro, azúcar y sal, es impelido, a una temperatura de 38 grados, por la bomba del corazón a través de los vasos y mantiene en todas partes del cuerpo la nutrición, el calor animal, en una palabra: la vida misma; cómo esa misma sangre no llega hasta las células, sino que la presión bajo la cual se halla hace transpirar un extracto lechoso de la sangre a través de las paredes de los vasos y lo infiltra en los tejidos, de tal manera que penetra por todas partes y llena cada hendidura, dilata y tensa el elástico tejido conjuntivo. Eso es la tensión de los tejidos, la turgor, y es gracias a esa turgor cómo la linfa, después de haber recorrido amablemente las células y asegurado su nutrición, es enviada a los vasos linfáticos, a los vasa lymphatica, y vuelve a la sangre, cada día a razón de un litro y medio.

Describió el sistema de conductos y aspiración de los vasos linfáticos, habló del canal galactóforo, que recoge la linfa de las piernas, del vientre y el pecho, de un brazo y un lado de la cabeza; luego de los delicados órganos que se forman en todas partes de los vasos linfáticos, llamados «glándulas linfáticas» y situados en el cuello, el sobaco, las articulaciones, los codos, el tobillo, y en otros lugares no menos íntimos y delicados.

—Pueden producirse hinchazones en estos ganglios —declaró Behrens— y es precisamente de eso de donde hemos partido. De la hinchazón de los ganglios linfáticos, por ejemplo en las articulaciones de las rodillas y de los codos, como de los tumores hidrópicos aquí y allá hay siempre una razón, e incluso no es necesario que esa razón sea bella. En ciertas circunstancias, uno puede ser llevado fácilmente a suponer una obstrucción de los vasos linfáticos de origen tuberculoso.

Hans Castorp permaneció en silencio.

Luego dijo en voz baja:

—Sí, es eso. Hubiera podido hacerme médico con facilidad. El canal galactóforo, la linfa de las piernas...

Esto me interesa mucho. ¿Qué es el cuerpo? —exclamó de pronto con impetuosidad—. ¿Qué es la carne?

¿Qué es el cuerpo humano? ¿De qué se compone? ¡Explíquenos eso esta tarde, doctor! Díganos eso de una vez para siempre y exactamente, para que lo sepamos.

—Agua —respondió Behrens—. ¿Se interesa también por la química orgánica? En su mayor parte, el cuerpo humano se compone de agua, de nada mejor ni peor. No hay motivo para preocuparse. La sustancia seca representa apenas el veinticinco por ciento, del que el veinte por ciento es sencillamente clara de huevo, albuminoides, si quiere usted explicarse en términos un poco más nobles, a los que no se ha añadido, más que un poco de grasa y sal. Eso es, poco más o menos, todo.

—Pero esa clara de huevo, ¿qué es?

—Toda clase de elementos: carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, azufre; a veces, un poco de fósforo.

Usted manifiesta una sed excepcional de saber. Muchas albúminas están combinadas con los hidratos de carbono, es decir, con azúcar de uva y almidón. Con la edad, la carne se hace coriácea, y esto es debido al hecho de que la gelatina aumenta en el tejido conjuntivo, la gelatina, ¿comprende?, la parte esencial de los huesos y los cartílagos. ¿Qué más le diré? Tenemos en el plasma muscular, una especie de albúmina, el miosinógeno que, en un cuerpo muerto, se mete en la fibrina muscular y provoca la rigidez del cadáver.

—¡Ah, sí, la rigidez del cadáver! —exclamó Hans Castorp alegremente—. Muy bien, muy bien. Y luego viene el análisis general, la anatomía de la tumba.

—Sí, naturalmente. Lo ha dicho usted eso de una manera muy hermosa. La cosa entonces se amplía. Se desparrama en cierto modo toda esa agua, y los demás ingredientes sin vida se conservan muy mal, se pudren, se descomponen en combinaciones más simples, en combinaciones orgánicas.

—Podredumbre, descomposición —dijo Hans Castorp—, ¿no es eso la combustión, la combinación con el oxígeno, según tengo entendido?

—Así es, oxidación.

—¿Y la vida?

—También. También, joven. También es oxidación. La vida es principalmente una oxidación de la albúmina de las células, es de ahí de donde procede ese agradable calor animal, que a veces se siente en exceso. Sí, vivir es morir, no hay nada que añadir a eso, une destruction organique, como no sé qué francés, con su ligereza innata, bautizó a la vida. Por otra parte, lo que la vida tiene es el olor. Cuando lo creemos al revés, es nuestro juicio el que está corrompido.

—Y cuando uno se interesa por la vida —dijo Hans Castorp— se interesa principalmente por la muerte.

¿No es cierto?

—Dios mío, pero hay entre las dos una cierta diferencia. La vida es cuando, en la transformación de la materia, la forma persiste.

—¿Por qué conservar la forma? —dijo Hans Castorp.

—¿Por qué? Esa pregunta no tiene nada de humanista.

—La forma... Eso me tiene sin cuidado.

—A usted le pasa algo hoy. Algo agresivo... Pero voy a dejarles —dijo el consejero—. Me siento melancólico. —Y se puso una enorme mano delante de los ojos—. Me coge así, de pronto. He tomado café con ustedes con gran placer, y ahora me siento melancólico. Les ruego que me excusen. He estado muy satisfecho encontrándome entre ustedes, he tenido un verdadero placer...

Los primos se habían puesto de pie. Se reprocharon el haber distraído durante tanto tiempo al consejero... Él los tranquilizó.

Hans Castorp se apresuró a llevar el retrato de madame Chauchat a la habitación cercana y a colgarlo en su sitio.

Decidieron no volver al jardín. Behrens les indicó el camino a través de la casa, acompañándoles hasta la puerta vidriera. Su nuca parecía más saliente que de costumbre en el estado de ánimo que súbitamente le había invadido; guiñaba los ojos lacrimosos, y su bigote oblicuo, a causa de una mueca unilateral, prestaba a su rostro una expresión lamentable.

Mientras seguían los corredores y las escaleras, Hans dijo:

—Admitirás que era una buena idea.

—En todo caso es una variación —respondió Joachim—. Y os habéis aprovechado para hablar de muchas cosas, es preciso convenir en ello. Pero ya es hora de que, ante del té, pasemos veinte minutos en la cura de reposo. A ti te debe de parecer que se puede prescindir de eso, te muestras muy activo desde hace algún tiempo. Es cierto que tú no lo necesitas tanto como yo.

INVESTIGACIONES

De ese modo ocurrió lo que debía ocurrir, lo que Hans Castorp no se hubiese atrevido a imaginar ni en sueños; llegó el invierno, que Joachim ya conocía porque había llegado a la mitad del reinado del invierno anterior, pero al que Hans Castorp tenía cierto miedo, a pesar de que estaba perfectamente equipado. Su primo se esforzó en tranquilizarle.

—No debes imaginarlo desde un aspecto demasiado terrible, no se trata precisamente de un invierno ártico. El frío se siente poco gracias a la sequedad del aire y las calmas. Cuando uno va bien abrigado se puede permanecer hasta muy entrada la noche en el balcón sin sentir frío. Se trata de esa cuestión del cambio de temperatura por encima del límite de la niebla; hace mucho calor en las capas superiores, cosa que no se había descubierto. Se siente mucho más el frío cuando llueve. Pero ahora ya tienes tu saco de piel y también encienden la calefacción cuando el frío se acentúa.

Por otra parte, no podía hablarse de un asalto por sorpresa ni de cambios bruscos. El invierno llegó lentamente. Al principio, no pareció diferenciarse de algunos días fríos del pleno verano. Durante varios días sopló el viento del sur; el sol era pesado, el valle parecía encogido y empequeñecido y a su entrada la escenografía de los Alpes aparecía próxima y dura. Luego se elevaron las nubes, avanzaron desde el Pic Michel y desde el Tinzenhorn hacia el noroeste y el valle se oscureció.

Después llovió abundantemente. Más tarde la lluvia se hizo impura, de un gris blancuzco, y se mezclaba con la nieve; el valle fue invadido por los torbellinos y como eso duró bastante tiempo y en los intervalos la temperatura había descendido notablemente, la nieve no pudo fundirse del todo; estaba empapada de agua, pero permanecía. El valle se extendía bajo un vestido blanco, delgado, húmedo, remendado, sobre el cual se destacaba la rugosa capa de agujas de las vertientes negras. En el comedor, los radiadores comenzaban a ponerse tibios.

Era a principios de noviembre, en la proximidad de Todos los Santos. Y no ocurría nada nuevo. En agosto ya había pasado lo mismo y, desde hacía tiempo, uno ya estaba desacostumbrado a considerar la nieve como un privilegio del invierno. Sin cesar y en todas las estaciones, aunque a veces desde lejos, se tenía la nieve ante los ojos, pues siempre restos de ella brillaban en las hendiduras y los barrancos de la cadena rocosa del Raetikon, que parecía cerrar la entrada del valle, y siempre las majestades montañosas más lejanas del sur resplandecían nevadas.

Pero esta vez la caída de la nieve y el descenso de la temperatura se hicieron duraderos. El cielo pesaba, gris pálido y bajo, sobre el valle, se deshacía en copos que caían silenciosamente y sin descanso, con una abundancia exagerada y un poco inquietante, y de hora en hora aumentaba el frío.

Llegó una mañana en que Hans Castorp pudo registrar siete grados dentro de su habitación; al día siguiente no registró más que cinco. Era la escarcha que se obstinaba en mantenerse. Había helado durante la noche y continuaba helando durante el día, desde la mañana hasta la noche, y al mismo tiempo seguía nevando con breves interrupciones, y así siete días seguidos. La nieve se iba amontonando, entorpeciéndolo todo. Sobre el camino que conducía hasta el banco del arroyo, lo mismo que sobre el que llevaba hasta el valle, se había tenido que abrir pistas, pero eran ya muy estrechas y no había medio de salir de ellas. Cuando uno se encontraba con alguien, era preciso apretarse contra la pared de nieve y hundirse hasta las rodillas. Un rodillo apisonador de piedra, arrastrado por un caballo que un hombre conducía de la brida, rodaba todo el día sobre los caminos de allá abajo, y un trineo amarillo, que tenía el aspecto de una vieja diligencia de Francoma, precedido de un rompehielos semejante a un arado que hendía y rechazaba masas blancas, unía el barrio del Casino y la parte norte llamada Davos-Dorf.

El mundo, el mundo alto y perdido de los de aquí arriba, parecía almohadillado; todos los palcos y salientes llevaban su gorro blanco, los escalones del Berghof desaparecían y se transformaban en un plano inclinado, y gruesos almohadones de formas extravagantes pesaban en todas partes sobre las ramas de los pinos. Aquellas masas blancas resbalaban a veces, deshaciéndose en polvo, y una nube o niebla blanca se extendía entre los troncos. Las montañas de los alrededores estaban cubiertas de nieve, llenas de asperezas en las regiones inferiores, blandamente recubiertas las cimas de formas variadas que rebosaban el límite de los árboles. Reinaba la penumbra y el sol no aparecía más que como una luz pálida detrás de un velo. Pero la nieve difundía una luz indirecta, una claridad lechosa que embellecía al mundo y a los hombres, a pesar de que éstos tuviesen las narices rojas bajo los bonetes de lana blanca o de color.

En el comedor de las siete mesas, en aquella entrada del invierno, de la gran estación de aquellos parajes, dominaban las conversaciones animadas. Se decía que muchos turistas y deportistas habían llegado a Dorf, a Platz y poblaban los hoteles. Se calculaba el espesor de la nieve caída en sesenta centímetros y se decía que era ideal para los esquiadores. Se trabajaba activamente en la pista de bobsleigh que, en la otra vertiente, conducía de la Schatzalp al valle y que dentro de pocos días podría ser ya inaugurada a condición de que el Foehn no contrariase estas esperanzas. Se mostraba alegría por asistir a los movimientos de los que estaban sanos, los huéspedes de allá abajo, que iban de nuevo a comenzar las fiestas deportivas y los concursos, a los cuales se tenía la intención de asistir a pesar de la prohibición, abandonando la cura de reposo. Hans Castorp se enteró de que había una cosa nueva, un invento del

norte, el skikjoering, una carrera, cuyos participantes se hacían arrastrar por caballos. Sería necesario escaparse para ver eso. También se hablaba de las fiestas de Navidad.

¡Navidad! No, Hans Castorp no había pensado todavía en eso. Pudo decir y escribir fácilmente que el médico opinaba que debía pasar el invierno con Joachim; pero eso, por lo que ahora veía, significaba que pasaría realmente el invierno aquí, lo cual tenía sin duda algo de espantoso para su corazón, porque —y no únicamente por esa razón— no había pasado jamás ese tiempo fuera de su país natal, alejado de su familia. ¡Oh, Dios mío, había que someterse, pues, a ello!

A pesar de todo, le parecía un poco prematuro hablar de Navidad antes del primer Adviento, y faltaban aún seis largas semanas hasta entonces. Pero ya se iba por ellas, ya se las «devoraba» en el comedor, fenómeno interior del que Hans Castorp ya habría adquirido una experiencia personal si hubiese estado habituado a entregarse a ello a la manera de sus compañeros más antiguos. Tales etapas en el curso del año, como la fiesta de Navidad, se les aparecían como puntos de descanso, como una especie de

«columpios» gracias a los cuales se podía uno balancear y dar vueltas sobre los intervalos vacíos. Todos tenían fiebre, su nutrición se aceleraba, su vida física se sentía acentuada y estimulada, y tal vez eso se debía a que mataban el tiempo en su conjunto y con una gran rapidez. No se hubiera sorprendido de que hubiesen considerado la Navidad como una fecha ya pasada y hablasen inmediatamente del Año Nuevo y el Carnaval, pero no se era tan superficial y desordenado en el comedor del Berghof. Se detenían en Navidad y aquella fiesta causaba trastornos. Se deliberaba sobre el regalo común que, según la costumbre establecida en la casa, debía ser entregado la noche de Navidad al director, al doctor Behrens, y para el cual se había abierto una suscripción. Según los que estaban allí desde hacía más de un año, el pasado le habían ofrecido una maleta. Se hablaba esta vez de una mesa de operaciones, de un caballete, de una pelliza, de un sillón de muelles, de un estetoscopio con incrustaciones de marfil, o de cualquier otra cosa. Settembrini, al ser interrogado, recomendó la suscripción a una obra lexicográfica titulada Sociología de los sufrimientos que, según decía, se hallaba en preparación, pero únicamente un librero, que se sentaba desde hacía poco tiempo a la mesa de la Kleefeld, opinó en el mismo sentido. No había manera de ponerse de acuerdo. Con los pensionistas rusos, este acuerdo presentaba particulares dificultades. La suma tuvo que dividirse. Los moscovitas declararon que querían obrar con toda independencia y hacer ellos un regalo aparte a Behrens. La señora Stoehr manifestó, durante días enteros, una gran inquietud por la cantidad de diez francos que había imprudentemente adelantado a la señora Iltis y que ésta «se olvidaba» de devolverle. Los tonos con que la señora Stoehr pronunciaba la palabra «olvidado» tenían los más variados matices, pero estaban todos calculados para expresar la duda más profunda sobre dicho «olvido», que parecía querer persistir a pesar de las alusiones y los recordatorios más delicados. En ciertas ocasiones la señora Stoehr declaraba que renunciaba y que regalaba a la señora Iltis dicha suma: «Pago, pues, por mí y por ella —decía—. No soy yo quien se ha de avergonzar.» Pero finalmente, había hallado una solución que comunicó a sus compañeros de mesa en medio de la risa general: se había hecho pagar los diez francos por la «administración», que los había puesto en la factura de la señora Iltis, de manera que la deudora había quedado contrariada y el asunto al fin resuelto.

Había cesado de nevar. El cielo aparecía, en parte, descubierto. Nubes de un gris azul, desgarradas, dejaban filtrar los rayos del sol, que coloreaban el paisaje. Luego el tiempo se hizo completamente despejado. Reinó un frío sereno, un esplendor invernal puro y tenaz en pleno noviembre, y el panorama a través de los arcos de la galería: las selvas empolvadas, los barracones llenos de nieve blanda, el valle blanco soleado bajo el cielo azul y resplandeciente, era magnífico. El brillo cristalino, el resplandor diamantino reinaban por todas partes. Muy blancas y muy negras, las selvas estaban inmóviles. En la noche, los parajes del cielo alejados de la luna se hallaban bordados de estrellas. Sombras agudas, precisas e intensas, que parecían más reales e importantes que los objetos mismos, caían de las casas, los árboles y los postes telegráficos sobre la llanura resplandeciente. Unas horas después de la puesta del sol, la temperatura descendía a siete u ocho grados bajo cero. El mundo parecía envuelto en una pureza helada, su suciedad natural aparecía oculta y hundida en el ensueño de una fantasía casi macabra.

Hans Castorp permanecía hasta muy avanzada la noche en su departamento de la galería, por encima del valle invernal y encantado, mucho más tiempo que Joachim, que se retiraba a las diez o un poco más tarde. Había acercado a la balaustrada de madera, por la que se extendía una almohada de nieve, su excelente chaiselongue de colchón plegable y redondo cojín que sostenía la nuca. Sobre la mesita blanca a su lado, brillaba la lamparilla eléctrica, y junto a un montón de libros había un vaso de mantecosa leche que era servida a las nueve en el cuarto de todos los habitantes del Berghof, y en la cual Hans Castorp vertía un poco de coñac para hacerla agradable. Había ya recurrido a todos los medios de protección disponibles contra el frío, valiéndose de todos los elementos. Desaparecía hasta el pecho dentro del saco de pieles, que se podía abrochar y que había adquirido a tiempo en una tienda especializada de la región, y envolvía en torno de ese saco, según el rito, las dos mantas de pelo de camello. Llevaba, además, sobre sus vestidos de invierno, su corta pelliza, en la cabeza un bonete de lana, en los pies zapatos de fieltro y en las manos gruesos guantes forrados que no impedían, a pesar de ellos, que las manos se helasen.

Lo que le hacía permanecer tanto tiempo afuera, muchas veces hasta medianoche (hasta mucho tiempo después que el matrimonio de los rusos ordinarios hubiese abandonado su compartimiento vecino), era sin duda la magia de la noche invernal y también la música que, hasta las once, desde cerca o desde lejos,

subía del valle; pero era principalmente la pereza y la sobreexcitación, una y otra a la vez y muchas veces de acuerdo, a saber: la pereza y fatiga de su cuerpo, enemigo de todo movimiento, y la agitación de su espíritu absorbido, al cual ciertos estudios nuevos que había emprendido el joven no concedían reposo alguno. La temperatura le fatigaba y el frío ejercía sobre su organismo un efecto agotador. Comía mucho, se aprovechaba de las formidables comidas del Berghof, en las cuales las ocas asadas sucedían a un rostbeaf sazonado, y se alimentaba con ese apetito anormal que era, sin embargo, lo corriente y que en invierno parecía hacerse más intenso.

Al mismo tiempo, se hallaba presa de una somnolencia constante, hasta el punto de que, en las noches de luna, se dormía con frecuencia sobre los libros que había llevado con él —y que más adelante enumeraremos— para continuar, después de unos minutos, sus investigaciones inconscientes.

Hablar con animación —en la llanura tenía una tendencia a hablar deprisa, sin freno y de una manera casi atrevida—, hablar deprisa con Joachim, durante sus paseos a través de la nieve, era algo que le agotaba, produciéndole vértigos, temblores y una impresión de aturdimiento y embriaguez. Sentía que la cabeza le ardía. Su curva de temperatura había subido desde principios del invierno y el consejero Behrens le había hablado de inyecciones a las que se tendría que recurrir en el caso de que la temperatura se obstinase, y a las que las dos terceras partes de los pacientes, comprendiendo a Joachim, tenían que someterse regularmente. Pero Hans Castorp pensaba que esa combustión intensificada de su cuerpo se hallaba precisamente relacionada con aquella agitación y movilidad espiritual que, por una parte, hacía que se quedase hasta tan tarde en la resplandeciente noche helada, tendido sobre la chaise-longue. La lectura que le cautivaba le sugería tales explicaciones.

Se leía mucho en las salas de curación y en los balcones privados del Sanatorio Internacional Berghof, sobre todo los principiantes y los pensionistas que pasaba cortas temporadas, pues los pensionistas que se hallaban aquí desde hacía largos meses o desde hacía años, habían aprendido, desde hacía tiempo, a destruir el tiempo sin distracciones ni ocupaciones intelectuales, y a hacer que éste resbalase gracias a un virtuosismo interior. Declaraban incluso que era una falta de habilidad propia de novicios eso de agarrarse como recurso a los libros. Como mucho, se debía poner uno sobre las rodillas o sobre la mesita, lo que era ya suficiente para que se sintiera provisto de lo necesario. La biblioteca de la casa, políglota y rica en obras ilustradas, repertorio ampliado de sala de espera de dentista, se hallaba a disposición de todos. Se cambiaban las novelas procedentes de un gabinete de lectura de Platz. De vez en cuando aparecía un libro, un escrito, que era disputado y hacia el cual tendían las manos incluso aquellos que habían dejado de leer con una flema hipócrita. En la época a que hemos llegado, circulaba de mano en mano un cuaderno mal impreso, introducido por el señor Albin, que se titulaba El arte de seducir. El texto estaba traducido literalmente del francés y había sido incluso conservado, en la traducción, la sintaxis de esa lengua, lo que daba a la prosa cierta ligereza y una elegancia atractiva. El autor exponía la filosofía del amor físico y la voluptuosidad con una especie de paganismo mundano y epicúreo. La señora Magnus, la que tenía albúmina, lo aprobó sin reservas. Su marido, el cervecero, pretendió haberse aprovechado desde varios aspectos de aquella lectura, pero deploró que la señora Magnus lo hubiese leído pues esas cosas «estropeaba» a las mujeres haciendo nacer en ellas ideas poco modestas. Estas palabras aumentaron naturalmente el interés que para los demás tenía dicha obra. Entre dos mujeres de la sala común, la señora Redisch, esposa de un industrial polaco, y una cierta viuda Hessefeld, de Berlín, se produjo, después de la comida, una escena poco edificante, pues las dos afirmaban haberse inscrito la primera para la lectura. A decir verdad, la discusión fue incluso brutal, y Hans Castorp se vio obligado a asistir a ella desde el balcón. El espectáculo terminó con un ataque de nervios de una de las señoras —tal vez era la Redisch, aunque podía ser también la Hessefeld— y con el traslado a su habitación de la mujer, enferma de furor. La juventud se había apoderado del tratado antes que las personas de edad madura. Se estudiaba en común, después de la cena, en una de las habitaciones. Hans Castorp vio al joven de la uña cómo lo entregaba en el comedor a una enferma leve, recientemente llegada, Fraenzchen Oberdank, una jovencita que había sido traída por su madre y que llevaba los cabellos rubios partidos por una raya.

Tal vez había excepciones, acaso había algunos huéspedes que ocupaban las horas de su cura de reposo en cosas seriamente intelectuales, en algún estudio útil, aunque no fuese más que para conservar el contacto con la vida de allá abajo, o dar al tiempo un poco de peso y profundidad a fin de que no fuese única y exclusivamente «tiempo». Tal vez, además de Settembrini, que se esforzaba en abolir los sufrimientos, y del bravo Joachim con sus gramáticas rusas, habría alguien que tendría una preocupación análoga, si no entre los habituales del comedor —lo que era poco probable—, al menos entre los que se hallaban en la cama y tal vez entre los moribundos. Hans Castorp se inclinaba a admitirlo.

En lo que se refiere a él, como el Ocean steamships ya no le decía nada, había pedido, al mismo tiempo que sus ropas de invierno, algunos libros relacionados con su profesión, obras técnicas sobre la construcción de buques. Pero esos volúmenes habían sido abandonados en provecho de otros que pertenecían a un sector y a una facultad diferentes y por cuyos temas al joven Hans Castorp se había interesado. Eran obras de anatomía, fisiología, biología, escritas en diferentes lenguas: en alemán, francés e inglés, obras que le habían sido enviadas por un librero, seguramente porque se las había encargado en uno de los paseos que había dado hasta Platz sin la compañía de Joachim, que había sido llamado para la inyección o para pasar por la báscula.

Joachim vio con sorpresa esos libros en manos de su primo. Le habrían costado mucho dinero, pues se trataba de obras científicas. Los precios se hallaban todavía anotados en el interior de la encuademación o sobre el lomo. Preguntó por qué Hans Castorp, si deseaba leer tales obras, no se las había pedido prestadas al doctor Behrens, que poseía un rico y bien escogido surtido. Pero Hans Castorp contestó que deseaba tenerlas en su poder, que leía de un modo muy diferente cuando el libro le pertenecía; además, le gustaba señalar con lápiz algunos párrafos. Durante horas, Joachim oía en el departamento de su primo el ruido de la plegadera que iba cortando las hojas.

Los volúmenes eran pesados y poco manejables. Hans Castorp, tendido, apoyaba en el borde inferior en su pecho, sobre su estómago. Aquello le resultaba muy pesado, pero lo soportaba. Con la boca entreabierta, dejaba que sus ojos recorriesen las sabias parrafadas, que se hallaban casi inútilmente alumbradas por la claridad rojiza de la pantalla de la lámpara, pues las hubiese podido leer, si esto hubiese sido necesario, a la luz de la luna, y las iba acompañando con la cabeza hasta que su barbilla reposaba sobre el pecho, posición en la que el lector permanecía algún tiempo, reflexionando, soñoliento o medio dormido, antes de elevar su rostro hacia la página siguiente. Realizaba profundas investigaciones; leía mientras la luna seguía su órbita por encima del valle de la alta montaña resplandeciente de cristales, leía libros sobre la materia orgánica, sobre las cualidades del protoplasma, de esa sustancia sensible que se mantiene en un extraño estado interino entre la composición y descomposición, y sobre el desarrollo de sus formas, siempre originales y presentes; leía tomando una parte ferviente en la vida y en su misterio sagrado e impuro.

¿Que es la vida? No se sabe. Tenía conciencia de ella incontestablemente, desde el momento que era vida, pero ella misma no sabía lo que era. Sin duda, la conciencia como sensibilidad se despertaba hasta cierto punto en las formas más inferiores y primitivas de la existencia; era imposible unir la primera aparición de los fenómenos conscientes a un punto cualquiera de su historia general o individual, hacer depender, por ejemplo, la conciencia de la existencia de un sistema nervioso. Las formas animales inferiores no tenían sistema nervioso, tampoco tenían cerebro, y, sin embargo, nadie se hubiera atrevido a poner en duda que tuviesen reflejos. Además, se podía detener la vida —la vida misma—, no sólo los órganos particulares de la sensibilidad que la constituían, no sólo los nervios. Se podía momentáneamente suspender la sensibilidad de toda materia dotada de vida, tanto en el reino vegetal como en el animal, se podía anestesiar los huevos y los espermatozoides por medio de cloroformo y clorhidrato de morfina. La conciencia de sí mismo era, pues, simplemente una función de la materia organizada, y en un grado más adelantado esa función se resolvía contra su propio portador, se convertía en tendencia a profundizar y explicar el fenómeno que había provocado; una tendencia llena a la vez de promesas y desesperación, de la vida a conocerse a sí misma, investigación vana hasta el último extremo, puesto que la naturaleza no puede resolverse en la conciencia, ni la vida puede sorprender la última palabra de ella misma.

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