La montana magica

Thomas Mann · Capítulo 5 de 13 · parte 3/5

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La montana magica

—Sí, ya lo tengo —confirmó Hans Castorp…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

¿Qué era la vida? Nadie lo sabía. Nadie conocía el punto de la naturaleza de que nacía o en que se encendía. Nada era espontáneo en el dominio de la vida a partir de ese punto, pero la vida misma surgía bruscamente. Si se podía decir algo sobre ese aspecto era lo siguiente: su estructura debía de ser de una índole tan evolucionada que el mundo inanimado no tenía ninguna forma que se le asemejase ni remotamente. Entre el seudópodo y el animal vertebrado la distancia era despreciable, insignificante, en comparación con la que existía entre el fenómeno más sencillo de la vida y esa naturaleza que no merecía ni ser llamada muerta, puesto que era inorgánica. La muerte no era más que la negación lógica de la vida; pero entre la vida y la naturaleza inanimada se abría un abismo que la ciencia intentaba en vano franquear. Se realizaban esfuerzos para circunscribirla por medio de teorías, que él se engullía sin perder nada de su profundidad ni extensión. Para establecer un lazo se habían dejado inducir por la contradicción de suponer una materia viva incompleta, organismos simples que se condensaban en ellos mismos en una solución de albúmina como el cristal en el agua madre, aunque la diferencia orgánica fuese la condición capital y la manifestación de toda vida y que no se conociese ningún ser vivo que no debiese su existencia a una concepción. El triunfo, que había sido festejado cuando se pescó en el mar el mucílago primitivo, se había convertido en confusión. Se demostró que habían sido confundidos depósitos de yeso con el protoplasma. Pero a fin de no detenerse ante un milagro —pues la vida compuesta de los mismos elementos y descomponiéndose en los mismos elementos que la naturaleza inorgánica, sin formas intermedias, hubiese sido un milagro—, se habían visto, a pesar de todo, obligados a admitir una concepción inicial, es decir, a creer que el organismo nacía de lo inorgánico, lo que por otra parte era igualmente un milagro. Se continuó así admitiendo grados intermedios sin solución de continuidad suponiendo la existencia de organismos inferiores a todos los que se conocían, pero esos mismos tenían como ascendientes conatos de vida aún más primitivos, protozoos que nadie vería jamás, porque eran de una pequeñez inframicroscópica, y antes de su supuesto nacimiento, la síntesis de las combinaciones de la albúmina debía producirse...

¿Qué era, pues, la vida? Era calor, calor producido por un fenómeno sin sustancia propia que conservaba la forma: era una fiebre de la materia que acompañaba el proceso de la descomposición y la recomposición incesante de moléculas de albúmina de una estructura infinitamente complicada e ingeniosa. Era el ser de lo que en realidad no puede ser, de lo que oscila en un dulce y doloroso vaivén sobre el límite de la existencia, en ese proceso continuo y febril de la descomposición y la renovación. No era ni siquiera materia y tampoco espíritu. Era algo entre los dos, un fenómeno llevado por la materia, semejante a la llama. Pero aunque no sacase nada de la materia, era sensual hasta la voluptuosidad y la

repugnancia, el impudor de la naturaleza convertida en sensible a ella misma, era la forma impúdica del ser. Era una veleidad secreta y sensual y en el frío casto del universo, una impureza íntimamente voluptuosa de nutrición y excreción, un soplo excretor de ácido carbónico y sustancias nocivas de procedencia y naturaleza desconocidas. Era la vegetación, el desarrollo y la proliferación de algo hinchado, compuesto de agua, albúmina, sal y grasas, que se llama «carne» y que se convierte en forma, imagen y belleza, pero que es el principio de la sensualidad y el deseo. Pues esta forma, esta belleza no es llevada por el espíritu, como en las obras de la poesía y la música: no es tampoco llevada por una sustancia neutra y espiritualmente absorbida, por una sustancia que encarna el espíritu de una manera inocente, como se manifiestan la forma y la belleza de las obras plásticas. Es, por el contrario, llevada y desarrollada por la sustancia que despierta, de una manera desconocida, a la voluptuosidad, por la misma materia orgánica que vive descomponiéndose, por la carne perfumada...

Ante los ojos de Hans Castorp, que reposaba en el valle resplandeciente con el cuerpo saturado de calor que conservaba gracias a las pieles y la lana, la imagen de la vida aparecía en esa noche fría, iluminada por la luz del astro muerto. Esa imagen flotaba delante de él, en algún lugar del espacio, lejano y al mismo tiempo muy próximo a sus sentidos. Era un cuerpo blanco, exhalando olores y vahos, viscoso, la piel con toda impureza e imperfección de su naturaleza, con sus manchas, sus papilas, sus rincones amarillentos, sus arrugas y regiones granosas y velludas, recubiertas de corrientes y torbellinos delicados del rudimentario vello lanugo. Esa imagen no reposaba en el frío de la materia inanimada, sino en su esfera de barro, descuidadamente, coronada la cúspide de algo fresco, córneo, pigmentado, que era un producto de su piel, las manos unidas detrás de la nuca, mirando con las pupilas bajas, con esos ojos que un pliegue de la piel palpebral hacía aparecer oblicuos, con los labios entreabiertos, ligeramente tirantes, apoyada en una pierna, de manera que el hueso de la cadera que soportaba el peso se acusaba bajo la carne, mientras que la rodilla de la otra pierna, ligeramente plegada, rozaba el interior de la pierna, y el pie no tocaba el suelo más que con la punta de sus dedos. Estaba allí de pie, se volvía sonriendo, apoyada en su gracia, con los codos resplandecientes separados hacia adelante, en la simetría de sus miembros gemelos.

A la sombra de las axilas de un vaho acre, respondía, en un triángulo místico, la oscuridad del sexo, al igual que a los ojos la boca roja y epitelial, y a las flores rojas del pecho el ombligo vertical y alargado.

Bajo la acción de un órgano central y los nervios motores que partían de la columna vertebral, el vientre y el tórax, la caverna pleuroperitoneal se dilataba y encogía; la respiración, recalentada y humedecida por las mucosas del conducto respiratorio, se escapaba de los labios, después que en los alvéolos del pulmón había combinado su oxígeno con la hemoglobina de la sangre para permitir la respiración interior. Hans Castorp comprendía, pues, que en ese cuerpo vivo —en el equilibrio misterioso de su estructura—, alimentado de sangre, recorrido por los nervios, las venas, las arterias, los vasos capilares, bañado por la linfa, con su armazón interior de piezas huecas provistas de una médula grasa de huesos planos, largos o cortos que habían consolidado —con ayuda de sales calcáreas y gelatina— su sustancia primitiva, el jugo nuclear, para soportarle, con cápsulas y cavidades lubricadas, con tendones, cartílagos y articulaciones, con sus más de doscientos músculos, sus órganos centrales sirviendo a la nutrición, la respiración, la percepción y la emisión, con sus membranas protectoras, sus cavidades serosas, sus glándulas de abundantes secreciones, su complejo juego de conductos y hendiduras internas, que desbordaba por las aberturas del cuerpo en la naturaleza exterior, que ese Yo era una unidad viva de una especie superior y alejada de la de esos seres tan sencillos que respiran, se alimentan e incluso piensan con toda la superficie de su cuerpo; comprendía que estaba hecho de miríadas de organismos minúsculos que habían tenido su origen en uno solo de entre ellos —multiplicándose, desdoblándose sin parar, organizándose, diferenciándose—, desarrollados aisladamente, haciendo nacer formas que eran la condición y el efecto de su nacimiento.

El cuerpo, tal como le apareció entonces, ese ser distinto y ese Yo viviente era, pues, una formidable multitud de individuos que respiraban y se alimentaban, que se subordinaban y adaptaban a fines particulares, que habían hasta cierto punto perdido su existencia propia, su libertad y su vida independiente, convirtiéndose en elementos anatómicos, que la función de unos se reducía a la percepción de la luz, el sonido, el tacto, el calor, y otros no sabían más que modificar su forma contrayéndose, o segregar líquidos, mientras que otros no se habían desarrollado más que para proteger, sostener, transmitir jugos, o simplemente para la reproducción. Había desfallecimientos en esa pluralidad orgánica elevada a la forma de un Yo, casos en que la multitud de los individuos inferiores no se hallaba unida más que de un modo superficial e incierto a una unidad de vida superior. Nuestro investigador meditaba el fenómeno de las colonias de células, descubría que existían semiorganismos, algas cuyas células distintas no se hallaban envueltas más que por una membrana y que eran con frecuencia alejadas unas de otras, organismos de células múltiples a pesar de todo, pero que si se los hubiera interrogado, no hubiesen podido decir si querían ser considerados como una aglomeración de individuos unicelulares o como un ser en sí, y que hubieran oscilado extrañamente entre el Yo y el nosotros en su testimonio de ellos mismos. Aquí la naturaleza mostraba un estado intermedio entre la asociación de innumerables individuos elementales —formando los tejidos y órganos de un Yo superior—, y la libre existencia individual de esas unidades: el organismo multicelular no era más que una de las formas bajo las cuales aparecía el proceso cíclico según el cual se desarrolla la vida, y que era un movimiento circulatorio de concepción en concepción. El acto que fecundaba, la función sexual de dos cuerpos de células, era el origen de la construcción de todo el individuo plural, tal como se le encontraba en toda la serie de

criaturas elementales e individuales. Sin embargo, este acto persistía en algunas generaciones que no tenían necesidad de él para multiplicarse, que subsistían por el proceso continuo de la división hasta que llegaba un instante en que los descendientes nacidos sin el concurso del sexo se veían de nuevo obligados a la cópula y el círculo volvía a cerrarse. El múltiple reinado de la vida, salido de la fusión de los núcleos de dos células generadores era, por tanto, la comunidad de muchos individuos celulares formados sin el concurso del sexo; su aumento era su multiplicación, y el ciclo de la concepción se cerraba cuando las células sexuales, elementos desarrollados con el único fin de la reproducción, se habían constituido en él y encontraban el camino de una mezcla que estimulaba de nuevo a la vida.

Con un volumen de embriología sobre el estómago, nuestro héroe seguía el desarrollo del organismo a partir del instante en que el espermatozoo —uno de los múltiples espermatozoides—, progresando gracias a los movimientos de sus aletas traseras, chocaba con la punta de su cabeza contra la membrana del huevo y se hundía en la vesícula que se había formado para recibir el germen. No se podía imaginar ninguna broma ni caricatura que no se hubiese realizado en la naturaleza y en las variantes de este fenómeno constante. Había animales en que el macho era un parásito viviente en el intestino de la hembra; otros en los que el brazo del macho, penetrando en la garganta de la hembra, depositaba el semen, después de lo cual ese brazo cortado y vomitado, se escapaba corriendo con sus dedos con el único fin de dejar perpleja a la ciencia que le habían designado durante mucho tiempo, en griego o en latín, como un ser vivo autónomo. Hans Castorp oía cómo se querellaban las escuelas de los ovistas y los animalculistas, unos pretendiendo que el huevo era una rana, un perro o un hombre ya completamente terminado y que el esperma no había hecho más que determinar su desarrollo, mientras que otros veían en el espermatozoide, que poseía cabeza, brazos y piernas, un ser vivo prefigurado, al que el huevo no servía más que de terreno de alimentación, hasta que se pusieron de acuerdo para atribuir los mismos méritos al huevo y a la célula del germen, que había salido de células de reproducción primitivamente idénticas. Veía el organismo unicelular del huevo fecundado a punto de transformarse en un organismo multicelular, hendiéndose y segmentándose; veía los cuerpos de células formar la blástula, una de cuyas paredes se hunde en una cavidad que comienza a llenar las funciones de la nutrición y la digestión. Era el rudimento del tubo digestivo, el animal original, la gástrula, forma primitiva de toda la vida animal, forma fundamental de la belleza carnal. Sus dos capas epiteliales, la exterior y la interior, parecen órganos primitivos que, por medio de salientes o hendiduras, dan nacimiento a las glándulas, los tejidos, los órganos de los sentidos y las prolongaciones del cuerpo. Una parte de la capa exterior se ensancha, se raja, se cierra en un canal y se convierte en la columna vertebral, en el encéfalo. Y de la misma manera que el mucus fetal se transforma en un tejido fibroso, en un cartílago, por el hecho de que los núcleos comienzan a producir, en lugar de la mucina, una sustancia gelatinosa, él veía en ciertos lugares a las células conjuntivas extraer sales calcáreas y sustancias grasas de los jugos que las bañan y osificarse. El embrión del hombre se hallaba encogido, plegado sobre sí mismo, caudífero, apenas diferente del cerdo, con un enorme tronco digestivo y extremidades encogidas e informes, la larva del rostro plegada sobre la hinchada barriga, y su desarrollo, a los ojos de una ciencia cuyas comprobaciones verídicas eran sombrías y poco atrayentes, no aparecía más que como la repetición rápida de la formación de una especie zoológica. Pasajeramente tenía bolsas bronquiales como las rayas. Parecía necesario o permitido deducir de los estados de desarrollo que recorría, el aspecto poco humano que el hombre terminado había ofrecido en los tiempos primitivos. Su piel estaba provista de músculos que se contraían para protegerse de los insectos y cubierta de abundante pelo; la extensión de su mucosa pituitaria era formidable; sus orejas, separadas y móviles, tomaban una parte muy importante en el juego de su fisonomía y eran más para captar el sonido que nuestras orejas actuales. Sus ojos, protegidos por un tercer párpado provisto de pestañas, se hallaban colocados a ambos lados de la cara, a excepción de un tercer ojo cuyo rudimento era la glándula pineal y que podía vigilar el cenit. Ese hombre poseía, además, un largo conducto intestinal, dientes molares y cuerdas vocales en la laringe que le permitían aullar, y el macho llevaba los testículos en el interior del vientre.

La anatomía despojaba y preparaba —a los ojos de nuestro explorador—, las partes del cuerpo humano; le mostraba sus músculos, sus tendones y sus fibras superficiales, profundos y subyacentes: los de las nalgas, los del pie y, sobre todo, los del brazo y antebrazo; le enseñaba los nombres latinos con los que la medicina, esa variante del espíritu humanista, los había noble y galantemente distinguido, y le hacía penetrar hasta el esqueleto, cuya constitución le abría nuevas perspectivas sobre la unidad de todo lo que es humano, sobre la conexión de todas las disciplinas. Pues aquí —¡extrañamente!— se encontró transportado a su profesión verdadera —o mejor dicho, antigua—, a la actividad científica de la que se había declarado representante al llegar aquí, a las personas que había encontrado (el doctor Krokovski, Settembrini). Para aprender algo — cualquier materia— había estudiado en las universidades muchas cosas sobre la estática, sobre los soportes flexibles, sobre la capacidad y la construcción, considerados como una administración racional del material mecánico. Hubiese sido sin duda pueril suponer que la ciencia del ingeniero, las leyes de la mecánica, habían sido aplicadas a la naturaleza orgánica, pero no se podía tampoco pretender que hubieran sido deducidas de ésta. Se encontraban sencillamente reproducidas y confirmadas. El principio del cilindro vacío rige la estructura de los largos huesos medulares, de manera que el exacto mínimum de sustancia sólida responde a las necesidades estáticas.

Un cuerpo —le habían enseñado a Hans Castorp— que respondiendo a las condiciones dadas de resistencia a la tracción y la compresión, no estaba compuesto más que de una armadura hecha de una materia resistente, puede soportar la misma carga que un cuerpo macizo de igual composición. De la misma manera durante la formación de los huesos medulares se podía observar que, a medida que se

osificaba la superficie, las partes interiores, mecánicamente inútiles, de sustancias grasas se cambiaban en médula amarilla. El hueso femoral era una grúa en la construcción de la cual la naturaleza orgánica, por la flexión de la pieza ósea, había descrito casi las mismas curvas de compresión y tracción que Hans Castorp hubiera tenido que trazar regularmente si hubiese representado gráficamente un aparato sosteniendo la misma carga. Lo comprobaba con satisfacción, pues ahora veía con el fémur, o con la naturaleza orgánica en general, una triple relación: la relación lírica, la relación médica y la relación técnica, tan viva era la excitación de su espíritu. Y le parecía que esas tres relaciones no formaban más que una en el orden humano, es decir, que eran variantes de una sola y persistente tendencia de las facultades humanistas.

Sin embargo, la acción del protoplasma continuaba siendo absolutamente inexplicable; parecía vedado a la vida comprenderse a sí misma. La mayoría de los fenómenos bioquímicos eran no sólo desconocidos, sino que su propia naturaleza estaba hecha para escapar a la comprensión. No se sabía casi nada de la estructura, de la composición de esa unidad de vida que se llamaba la «célula». ¿De qué servía disecar las partes constitutivas del músculo muerto? No se podía analizar químicamente el músculo vivo: solamente las modificaciones que acarreaba la rigidez cadavérica bastaban para quitar todo alcance al experimento.

Nadie comprendía la nutrición, nadie sabía nada del principio de la función nerviosa. ¿A qué cualidades las papilas gustativas debían el sentido del gusto? ¿En qué consistían las excitaciones diferentes de ciertos nervios sensitivos? El olor específico de los animales y los hombres era debido a la evaporación de sustancias innombrables. La composición del líquido segregado que se llama sudor era poco clara. Las glándulas que lo segregaban producían aromas que desempeñaban indudablemente un papel importante en los mamíferos y cuya significación no era conocida por el hombre. La función fisiológica de partes aparentemente importantes del cuerpo permanecía oscura. No se podía despreciar el apéndice, que era un misterio y que se encontraba, en el conejo, regularmente lleno de un caldo del que no se podía saber cómo entraba ni cómo se renovaba. ¿Pero qué sucedía con la sustancia blanca y gris de la médula cerebral? ¿Qué pasaba en el nervio óptico comunicando con las capas de materia gris del «puente»? La médula cerebral y espinal era tan frágil que no había esperanza de penetrar jamás en su estructura. ¿Qué era lo que durante el sueño liberaba a la sustancia cortical de su actividad? ¿Qué impedía al estómago el digerirse a sí mismo, lo que, en efecto, se producía a veces en los cadáveres? Se respondía: «la vida», un poder de resistencia particular del protoplasma vivo, y se fingía que uno no se daba cuenta de que aquélla era una explicación mística. La teoría de un fenómeno tan diario como la fiebre estaba llena de contradicciones. La aceleración de los cambios tenía como consecuencia una producción más intensa de calor. ¿Pero por qué, en cambio, el gasto de calor no aumentaba como en otras circunstancias? La parálisis de las glándulas sudoríparas, ¿era debida a contracciones de la piel? Pero solamente se podía observar esto en caso de escalofríos, pues fuera de él la piel permanecía caliente. «El golpe de calor»

revelaba al sistema nervioso central como la sede de la causa de la aceleración de los cambios; lo mismo que una particularidad de la piel era calificada de «anormal» porque no se sabía explicarlo.

¿Pero qué significaba esa ignorancia con relación a la perplejidad en que uno se hallaba ante fenómenos como el de la memoria, o de esa memoria amplificada y más sorprendente aún que constituye la transmisión hereditaria de cualidades adquiridas? Era imposible concebir, ni siquiera presentir una explicación mecánica de ese trabajo realizado por la sustancia celular. El espermatozoo, que transmitía al huevo las innumerables y complejas particularidades de la especie y de la individualidad del padre, no era visible más que con el microscopio, y el aumento más potente no bastaba para hacerle aparecer de otro modo que como un cuerpo homogéneo, ni permitía determinar su origen, pues aparecía idéntico en diversos animales. Eran esas condiciones de organización que obligaban a suponer que lo mismo pasaba en la célula que en el cuerpo superior que ésta engendraba, es decir, que la célula también era un organismo superior, el cual, a su vez se componía de minúsculos cuerpos vivos, de unidades de vidas individuales. Se pasaba, pues, del elemento que se había supuesto era el más pequeño a un elemento todavía mucho más infinitesimal, y surgía la necesidad de descomponer los fenómenos elementales en fenómenos aún mucho más inferiores. No había duda: lo mismo que el reino animal se componía de diferentes especies de animales, igual que el organismo animal humano se componía de todo un remo de especie de células, de la misma manera el organismo de la célula se componía de un nuevo y múltiple reino animal de unidades vivas elementales cuya magnitud estaba muy lejos del límite visible alcanzado por el microscopio, de unidades que crecían de ellas mismas, que se multiplicaban en sí mismas, obligadas por la ley a no reproducir más que sus semejantes, y que servían de concierto, según el principio de la división de trabajo, a la forma de vida colocada inmediatamente encima de ellas.

Eran los genes, los bioplastos, los bioforos. En aquella noche helada, Hans Castorp sintió gran satisfacción por ir conociendo sus nombres. Pero, como se hallaba excitado, se preguntó cuál podría ser su naturaleza elemental si se les examinaba de cerca. Como eran portadores de vida debían estar organizados, pues la vida es organización. Si estaban organizados no podían ser elementales, pues un organismo no es elemental, es plural. Eran unidades de vida, por debajo de la unidad de las células, que se componían organizadamente. Pero si esto ocurría así, aunque fueran de una pequeñez que no se podía imaginar, debían estar construidos, orgánicamente construidos, como formas de vida, pues la noción de la unidad viviente era idéntica al concepto del conjunto orgánico de las unidades más pequeñas e inferiores, de unidades de vida organizadas para una vida superior. Así, por mucho que se las dividiese, se encontrarían unidades orgánicas que poseían las cualidades de la vida, es decir, las facultades de asimilar, de desarrollarse y de multiplicarse, y no había límite. Cuando se hablaba de unidades vivas se

cometía una equivocación al hablar de unidades elementales, pues los conceptos de la unidad iban al infinito por el corolario de una unidad subordinada y componente, y la vida elemental, es decir, algo que era ya la vida pero que fuese elemental todavía, no existía.

Pero, aunque la lógica no adujese su existencia, debía, sin embargo, a fin de cuentas, existir una vida semejante, pues la idea de la generación espontánea, es decir, de una vida salida de lo no viviente, no podía ser rechazada, y ese abismo que se buscaba en vano llenar en la naturaleza exterior, el abismo entre la vida y lo inanimado, debería, en cierta manera, ser franqueado en el seno orgánico de la naturaleza. Esta división debía, no se sabía cuándo, conducir a unidades que estaban sin duda compuestas, pero que no se hallaban todavía organizadas, unidades intermedias entre la vida y la no-vida, grupos de moléculas formando la transición entre la organización viva y la simple química. Pero, al llegar a la molécula química, se encontraba uno de nuevo ante un abismo profundo, infinitamente más misterioso que el abismo entre la naturaleza orgánica y la inorgánica, delante del abismo que separaba lo material de lo inmaterial, pues la molécula se componía de átomos, y el átomo no era, ni de lejos, bastante pequeño para poder ser calificado como límite, a pesar de que fuese extraordinariamente mínimo. Era una condensación tan mínima, tan minúscula, tan precoz y tan transitoria de lo inmaterial, de lo aún no material, pero que ya se parecía a la materia, es decir, a la energía, que no se le podía considerar aún como material y se le podía imaginar más bien como un estado limitativo e intermedio entre lo material y lo inmaterial. El problema de otro génesis original todavía infinitamente mucho más enigmático y más atrevido que la generación espontánea comenzaba a plantearse: el del origen de la materia salida de lo inmaterial. En efecto: el abismo entre la materia salida y la no-materia podía ser llenado con tanta insistencia como el abismo entre la naturaleza orgánica y la inorgánica. Debía necesariamente haber una química de lo inmaterial, de las combinaciones inmateriales de las que había salido de la materia, de la misma manera como los organismos habían salido de las combinaciones inorgánicas, y los átomos podían ser los protozoos y las mónadas de la materia, de una sustancia a la vez material e inmaterial. Pero llegados a «lo que ni siquiera es pequeño», toda medida se escapa, «lo que ni siquiera es pequeño» es ya casi «lo inmensamente grande», y el paso dado hacia el átomo aparece sin exageración como fatal, pues en el instante en que la materia termina manifestándose y desmenuzándose, el universo astronómico se abre de pronto ante nuestros ojos.

El átomo es un sistema cósmico cargado de energía, en el seno del cual gravitan los cuerpos en una rotación frenética alrededor de un centro semejante al sol, y cuyos cometas recorren el aire a velocidades medidas en años luz, mantenidos en sus órbitas excéntricas por el poder del cuerpo central. También constituía una comparación cuando se llamaba a un cuerpo multicelular un «estado celular». La ciudad, el estado, la comunidad social organizada según el principio de la división del trabajo eran no sólo comparables a la vida orgánica, sino que la repetían exactamente. De la misma manera, en lo más hondo de la naturaleza se reflejaba infinitamente el universo estelar, el macrocosmos, cuyos grupos, figuras, nebulosas, nubes palidecidas por la luna flotaban ante los ojos de nuestro adepto, por encima del valle resplandeciente de nieve. ¿No era permitido pensar que ciertos planetas del sistema solar atómico —esos ejércitos de vías lácteas y sistemas solares que componían la materia—, que uno u otro de esos cuerpos celestes intraterrestres se encontrarían en un estado semejante al que hacía de la Tierra una sede de vida? Para un joven adepto un tanto perplejo, que no estaba sin embargo falto de experiencia en el dominio de las cosas prohibidas, tal suposición no sólo era extravagante, sino que resultaba seductora hasta el punto de imponérsele con toda la apariencia lógica de la verdad. La «pequeñez» de los cuerpos estelares intraterrestres hubiese sido una objeción muy poco objetiva, pues toda medida se había perdido en el instante en que el carácter cósmico de esas partículas ínfimas se había revelado, y los conceptos de interior y exterior habían igualmente perdido su solidez. El mundo de los átomos era un «exterior», así como que muy probablemente la estrella terrestre que habitamos, considerada orgánicamente, era un profundo «interior». En sus osados ensueños, ¿ no había llegado un sabio a hablar de los animales de la Vía Láctea, monstruos cósmicos cuya carne, huesos y cerebro se componían de sistemas solares? Pero si ocurría como pensaba Hans Castorp, todo comenzaba en el momento en que uno imaginaba que había llegado al término. Y tal vez, en el fondo más secreto de su naturaleza, se encontraba él mismo una vez más, él, el joven Hans Castorp, una y cien veces más, bien abrigado en el compartimiento del balcón, tumbado en su cómoda chaiselongue, ante una noche helada de luna clara, en la montaña, leyendo con los dedos entorpecidos y la cara ardiente, estudiando, con un interés humanista y medico, la vida del cuerpo.

La anatomía patológica, uno de cuyos volúmenes sostenía inclinado hacia la luz roja de la lámpara, le informaba, por medio de un texto sembrado de ilustraciones, sobre el carácter de los grupos parasitarios de células y tumores infecciosos. Eran formas de tejidos —particularmente lujuriantes— provocadas por la irrupción de células extranjeras en un organismo acogedor y que, de algún modo —tal vez sea preciso decir de un modo depravado—, ofrecía a su crecimiento condiciones favorables. No era que el parásito hubiese tomado su alimento del tejido que le sustentaba, sino que, alimentándose como toda célula, producía combinaciones orgánicas que eran sorprendentemente tóxicas y perjudiciales para las células del organismo que lo albergaba. Se había conseguido aislar y presentar bajo una forma concentrada las toxinas de algunos microorganismos, y había causado sorpresa ver que las dosis ínfimas de esos cuerpos, que no eran más que albúminas introducidas en la circulación de un animal, determinaban fenómenos de envenenamiento peligrosísimos y acarreaban una rápida destrucción. La apariencia exterior de esta corrupción era la de una excrecencia de tejidos, el tumor patológico que constituía la reacción de las células contra los bacilos establecidos entre ellas. Nudos espesos se producían, compuestos de células

aparentemente viscosas, entre las cuales y en las cuales se instalaban las bacterias, y algunas de estas células eran extraordinariamente ricas en protoplasmas, inmensas y cubiertas de una multitud de nudos.

Pero esta efervescencia conducía a una rápida ruina, pues de inmediato los nudos de esas células monstruosas comenzaban a descomponerse y su protoplasma a lubricarse, nuevas zonas vecinas de tejidos eran invadidas por aquella afluencia extranjera, fenómenos de inflamación se iban difundiendo y atacaban los vasos vecinos, los glóbulos blancos se aproximaban atraídos por el desastre, la muerte por coagulación progresaba y, sin embargo, los venenos solubles de las bacterias habían embriagado, desde hacía mucho tiempo, los centros nerviosos; el organismo alcanzaba una temperatura elevada y con el pecho tempestuoso marchaba tambaleándose hacia la disolución.

Todo esto se refería a la patología, a la doctrina de la enfermedad, y era el acento del dolor colocado sobre el cuerpo, pero al mismo tiempo sobre la voluptuosidad. La enfermedad era la forma depravada de la vida. ¿Y la vida? ¿No era quizá también una enfermedad infecciosa de la materia, al igual que lo que podía llamarse el génesis original de la materia no era tal vez más que la enfermedad, el reflejo y la proliferación de lo inmaterial? El primer paso hacia el mal, la voluptuosidad y la muerte había partido sin duda de allí donde, provocada por el cosquilleo de una infiltración desconocida, esa primera condensación del espíritu, esa vegetación patológica y superabundante se había producido de un tejido, medio por placer, medio por defensa, constituyendo el primer grado de lo sustancial, la transición de lo inmaterial a lo material. Era el pecado original. La segunda generación espontánea, el paso de lo inorgánico a lo orgánico, ya no era más que una peligrosa adquisición de conciencia del cuerpo, lo mismo que la enfermedad del organismo era una exageración embriagada y una acentuación depravada de su naturaleza física. La vida no era ya más que una progresión por el camino aventurero del espíritu impúdico, un reflejo del calor de la materia despierta a la sensibilidad y que se había mostrado sensible a ese llamamiento...

Los libros se hallaban acumulados sobre la mesita, uno yacía en el suelo, al lado de la chaise-longue, sobre la alfombra de la galería, y el que Hans Castorp había ojeado últimamente pesaba sobre su estómago, le cortaba la respiración, pero sin que su materia gris diese orden a los músculos para alejarlo.

Había leído la página de arriba abajo, la barbilla tocaba en el pecho y los párpados se habían cerrado sobre los ojos azules y candidos. Veía la imagen de la vida, sus miembros florecientes, la belleza sustentada por la carne. Esa belleza había separado las manos de su nuca, había abierto los brazos y, en el interior —particularmente bajo la piel delicada de la articulación del codo—, las venas, las dos ramas de las grandes venas se dibujaban, azuladas, y esos brazos eran de una inexpresable dulzura. Ella se inclinó hacia él; Hans Castorp sintió su olor orgánico, sintió el choque de su corazón que latía. Un suave calor enlazó su cuello y, mientras desfallecía de placer y angustia, posó sus manos sobre el exterior de esos brazos, allí donde la piel tersa sobre el tríceps era de una exquisita frescura, y sintió sobre sus labios la succión húmeda de un beso.

DANZA MACABRA

Poco tiempo después de Navidad murió el «perfecto caballero»... Pero antes se celebró la Navidad, esos dos días de fiesta o, más exactamente, esos tres días que Hans Castorp había sentido, con cierto espanto, que se aproximaban mientras se encogía de hombros y se preguntaba cómo pasarían, y que luego habían aparecido y pasado como días ordinarios, con una mañana, una tarde y una noche y con ligero cambio de un tiempo mediano —hubo un poco de deshielo.

Exteriormente, se habían distinguido un poco de los otros y habían ejercido su dominio sobre los cerebros y corazones de los hombres: luego quedaron convertidos en un pasado reciente cada vez más lejano, dejando recuerdos que se destacaban de la vida cotidiana.

El hijo del consejero, llamado Knut, vino a pasar las vacaciones al lado de su padre, en el ala del sanatorio. Era un bello muchacho cuya nuca comenzaba también a sobresalir. Se sentía en la atmósfera la presencia del joven Behrens. Las mujeres se mostraban risueñas, coquetas y excitadas, y en sus conversaciones hablaban de encuentros con Knut en el jardín, en el bosque o en el barrio del Casino. Por otra parte, él mismo recibió visitas: cierto número de camaradas de universidad subieron al valle, seis o siete estudiantes que se alojaron en la aldea, pero iban a comer a casa del doctor y recorrían en grupo toda la comarca. Hans Castorp procuró no encontrarse con ellos. Evitaba a esos jóvenes con Joachim cuando era preciso, pues sentía muy pocas ganas de hablar con ellos. Todo un mundo separaba, al que formaba parte de «los de aquí arriba», de esos cantores, esos turistas que blandían sus bastones; no quería saber ni oír nada de ellos. Además, la mayoría de los visitantes parecían del norte, tal vez se encontraba entre ellos alguno de sus conciudadanos, y Hans Castorp sentía la mayor repugnancia respecto a sus paisanos. A menudo consideraba con recelo la eventualidad de la llegada al Berghof de algunos hamburgueses, y mucho más cuando Behrens había dicho que esa ciudad proporcionaba al establecimiento un contingente de importancia. Tal vez se encontraba alguno entre los enfermos graves o los moribundos que nadie veía. No sabía más que de un comerciante de hundidas mejillas que se sentaba, desde hacía algún tiempo, a la mesa de la señora Iltis, y que debía de ser natural de Cuxhaven. Hans Castorp, pensando en esa vecindad, se alegró de que aquí hubiese tan poco contacto entre los pensionistas que no se sentaban a la misma mesa y, además, de que su país natal estuviese extendido y dividido en esferas tan distintas. La presencia indiferente de ese comerciante tranquilizó las inquietudes que le habían nacido ante el pensamiento de que podía haber aquí hamburgueses.

La noche de Navidad se acercaba; un buen día se hizo inminente y, al siguiente, había llegado... Seis semanas habían transcurrido desde el día en que Hans Castorp se había extrañado de que ya se hablase de Navidad; por consiguiente, tanto tiempo —si eso se quiere expresar en cifras— como había durado su permanencia prevista de antemano y luego las tres semanas que había pasado en la cama. Y, sin embargo, esas primeras seis semanas le habían parecido un lapso de tiempo considerable, sobre todo la primera parte, según juzgaba ahora, mientras que una cantidad igual hoy no tenía casi importancia. Ahora vería que la gente del comedor había tenido razón al hacer tan poco caso de ese tiempo. Seis semanas, no tantas como días tiene cada semana, no tenían importancia desde el momento en que se planteaba la cuestión de saber lo que era una de esas semanas, uno de esos pequeños circuitos de lunes a domingo, y de nuevo de otro lunes al siguiente domingo. Bastaba considerar el valor y la importancia de la unidad más pequeña y cercana, para comprender que el total no podía sumar gran cosa; ese total que, además, sufría una abreviación, un encogimiento y un aniquilamiento muy sensibles. ¿Qué era un día contado, por ejemplo, a partir del instante en que uno se sentaba a la mesa para almorzar hasta la vuelta de ese instante después de veinticuatro horas? Nada, ¡a pesar de que fuesen veinticuatro horas! ¿Y que era una hora pasada en la cura de reposo, en el paseo o en la comida, cuya enumeración agotaba casi todas las posibilidades de hacer pesar esa unidad de tiempo? ¡Nada! El total de esos «nada» no valía la pena de ser tenido en cuenta. La cosa no tenía importancia hasta que la escala descendía hacia las más pequeñas medidas: esas siete veces sesenta segundos, durante los cuales se tenía el termómetro entre los labios, a fin de poder prolongar la gráfica de la temperatura, hacían la vida dura y eran de un peso poco ordinario; se dilataban hasta formar una pequeña unidad, insertaban períodos de la más firme solidez en la fuga rápida y en el juego de sombras de amplio tiempo...

Las fiestas apenas turbaron el régimen habitual de los habitantes del Berghof. Algunos días antes se había elevado a la derecha del comedor, cerca de la mesa de los rusos ordinarios, un esbelto pino, y su aroma, que a través del olor de los platos abundantes llegaba a veces hasta los comensales, encendía reflejos pensativos en los ojos de algunas personas en torno de las siete mesas. En la comida del veinticuatro de diciembre el pino apareció decorado con hilos dorados, bolas de vidrio, pinas de oro, pequeñas manzanas suspendidas de hilos y toda clase de bombones, y las velas de ceras de colores brillaron durante y después de la comida. Según se decía, en las habitaciones de los enfermos que se hallaban en la cama habían sido colocados pequeños árboles también iluminados; cada uno tenía el suyo.

El correo era abundante desde hacía algunos días; Joachim Ziemssen y Hans Castorp habían recibido también envíos de su lejano país, regalos cuidadosamente empaquetados que se hallaban ahora dispersos por el cuarto; vestidos cuidadosamente elegidos, corbatas, chucherías lujosas de cuero y níquel, pasteles de Navidad, nueces y pasteles de almendra, provisiones que los primeros contemplaban con un aire incierto, preguntándose cuándo llegaría el instante en que podrían comer de ellas. Schalleen era quien

había confeccionado el paquete de Hans Castorp, él lo sabía perfectamente, y era ella también quien había hecho las compras de los regalos después de haber consultado seriamente con los tíos. Llegó, con los paquetes, una carta de James Tienappel, en grueso papel pero escrita a máquina. El tío transmitía las felicitaciones del tío-abuelo y hacía votos por una rápida curación y con mucho sentido práctico había unido a las felicitaciones de Navidad las de Año Nuevo, como por otra parte también había hecho Hans Castorp cuando, tendido sobre la cama, había escrito oportunamente al cónsul Tienappel su carta de felicitación y los detalles sobre su estado de salud.

En el comedor, el árbol crujía, perfumaba y mantenía en los corazones y los espíritus la conciencia de la hora. La gente se había compuesto, los señores llevaban sus trajes de etiqueta, las señoras lucían las alhajas que las manos amantes de los esposos les habían enviado del país llano. Clawdia Chauchat había sustituido la blusa de lana, corriente en esos lugares, por un vestido de gala, pero el corte tenía algo de arbitrario, más bien de nacional; era un conjunto claro bordado, provisto de un cinturón de un carácter rústico, ruso, al menos balcánico, tal vez búlgaro, decorado con lentejuelas de oro, y cuyos pliegues profusos daban a su silueta una plenitud particularmente suave, correspondiendo a lo que Settembrini llamaba «su fisonomía tártara», especialmente a sus ojos de «lobo de las estepas».

Reinaba una gran alegría en la mesa de los rusos distinguidos; allí saltó el primer tapón de champán, y todas las demás mesas comenzaron entonces a descorchar las botellas.

En la mesa de los primos, la vieja encargó champán para su sobrina y para Marusja, y luego invitó a todo el mundo. El menú fue selecto y terminó con los pasteles de queso y los bollos; luego se completó con café y licores y, de vez en cuando, una rama de pino que se quemaba y debía ser rápidamente apagada provocaba un pánico estridente y exagerado.

Settembrini, vestido como de costumbre, se sentó un instante, al terminar la comida, a la mesa de los primos; bromeó con la señora Stoehr y conmemoró, con algunas palabras, al Hijo del Carpintero y al Rabino de la humanidad, cuyo aniversario se celebraba hoy. ¿Había vivido verdaderamente? Eso no se sabía con certeza. Pero lo que había nacido en aquellos tiempos y lo que había comenzado su marcha victoriosa, ininterrumpida, era la idea del valor del alma individual, al mismo tiempo que la idea de igualdad: en una palabra, era la democracia individualista. Desde este punto de vista consentía en vaciar el vaso que había sido colocado delante de él. La señora Stoehr juzgó esa manera de expresarse como

«equívoca y sin alma». Se puso en pie para protestar y, como había comenzado ya el desfile del comedor, sus compañeros de mesa la imitaron.

La reunión de la tarde tenía su importancia y animación a causa de la entrega de los regalos al doctor Behrens, que permaneció durante media hora con Knut y la señorita Mylendonk. La ceremonia se verificó en el salón donde se hallaban los aparatos ópticos. El regalo de los rusos consistía en un objeto de plata, un enorme plato redondo, en el centro del cual se había grabado el monograma del doctor y que, eso saltaba a la vista, era completamente inútil. En cambio, el consejero se podría al menos tumbar sobre la chaise-longue que los demás pensionistas le habían ofrecido, aunque no tenía ni colchón ni almohadones y se hallaba sencillamente cubierta de tela. Pero su respaldo era móvil, y Behrens pudo comprobar su comodidad tendiéndose con su inútil plato bajo el brazo, cerrando los ojos y poniéndose a roncar estrepitosamente, mientras pretendía ser el dragón Fafnir guardando su tesoro. Esto provocó una alegría general. Madame Chauchat también se rió de aquella escena, sus ojos se plegaron y su boca permaneció abierta, exactamente, pensó Hans Castorp, como cuando Pribislav Hippe reía.

Inmediatamente después de la marcha del doctor comenzó el juego. La sociedad rusa ocupó, como siempre, el pequeño salón. Algunos huéspedes permanecieron de pie, en el comedor, en torno al árbol de Navidad, contemplando cómo se iban extinguiendo las velas en sus pequeñas cápsulas de metal, y comiéndose los bombones colgados de las ramas. En las mesas, que se hallaban ya puestas para la cena, algunas personas permanecían sentadas, alejadas de otras apoyándose en los codos, ensimismadas.

El primer día de Navidad fue húmedo y brumoso. Se hallaban rodeados de nubes, según dijo Behrens.

Nunca había niebla aquí arriba. Pero nubes o niebla, la cuestión era que la humedad se hacía penetrante.

La nieve se iba deshelando en la superficie, se hacía porosa y rezumante. La cara y las manos, durante la cena, se entumecían de un modo mucho más penoso que en los días de hielo y sol.

El día se distinguió por una velada musical, un verdadero concierto, con programas impresos ofrecidos a todo el mundo por los de la dirección del Berghof. Fue un recital de canciones dado por una cantante profesional que se hallaba establecida en Davos e impartía lecciones. Llevaba la cantante una especie de medallas de encaje en el escote de su vestido de gala, tenía unos brazos que parecían palos y una voz cuyo timbre, singularmente sordo, informaba de un modo deprimente sobre las razones de su estancia en aquellos lugares. Cantaba:

«Je porte avec moi Mon amour...»

La pianista que la acompañaba era también habitante de Davos. Madame Chauchat estaba sentada en la primera fila, pero aprovechó el primer descanso para retirarse, de manera que Hans Castorp, a partir de aquel momento, pudo escuchar con el corazón tranquilo la música (de todos modos se trataba de música),

siguiendo el texto de las canciones impreso en los programas.

Por algún tiempo, Settembrini permaneció sentado a su lado, luego el italiano también desapareció después de haber hecho algunas observaciones elásticas y plásticas sobre el bel canto de la cantante y después de haber manifestado satíricamente su satisfacción por la reunión que se celebraba en esa velada. A decir verdad, Hans Castorp se sintió aliviado cuando los dos se hubieron marchado, la mujer de los ojos oblicuos y el pedagogo, y pudo con toda libertad conceder su atención a las canciones. Juzgó acertado que en todo el mundo, aun en las circunstancias más especiales, se hiciese música, incluso durante las expediciones polares.

El segundo día de Navidad no se distinguió en nada de un domingo, ni casi de un día ordinario de la semana; se diferenció tan sólo por la ligera conciencia que de su presencia se tenía, y cuando hubo transcurrido la fiesta de Navidad se encontró relegada al pasado, o más exactamente, en un lejano porvenir, a una distancia de un año: doce meses transcurrirían de nuevo, al terminar los cuales Navidad se renovaría, es decir, contando bien, sólo siete meses más que los que Hans Castorp había pasado aquí.

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