La montana magica

Thomas Mann · Capítulo 5 de 13 · parte 4/5

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La montana magica

—Sí, ya lo tengo —confirmó Hans Castorp…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Pero inmediatamente después de la Navidad de ese año, antes del Año Nuevo, murió el gentilhombre. Los primos se enteraron por Alfreda Schildknecht, llamada hermana Berta, enfermera del pobre Fritz Rotbein, quien les comunicó con mucha discreción la noticia en el pasillo. Hans Castorp tomó una parte viva e insistente en este acontecimiento, primero porque las manifestaciones de vida del caballero habían formado parte de las primeras impresiones que había recibido aquí —de las que, entre éstas, según le parecía, habían provocado aquella sensación de calor en la cara, sensación que desde entonces había persistido— y luego por razones morales, es decir, de orden espiritual.

Joachim entabló una larga conversación con la enfermera, que se agarró con agradecimiento a ese diálogo y a ese cambio de impresiones.

Era un milagro —decía ella— que el gentilhombre hubiese logrado resistir hasta los días de fiesta. Desde hacía largo tiempo había mostrado mucha resistencia, pero nadie podía explicarse por qué medios había conseguido respirar durante los últimos tiempos. Es verdad que, desde hacía muchos días, no se había sostenido más que gracias a prodigiosas cantidades de oxígeno; sólo en el día anterior consumió cuarenta balones a seis francos el balón. Eso había costado caro, como los señores podían comprender, y era preciso además considerar que su mujer, en los brazos de la cual había muerto, se quedaba sin recursos.

Joachim censuró ese gasto. ¿Para qué aquella prolongación costosa y artificial del sufrimiento en un caso completamente desesperado? No se podía reprochar a ese hombre el haber absorbido ciegamente ese gas vivificante y precioso que le habían administrado, pero los que le trataban debían de haberse mostrado más razonables y, de buen o mal grado, dejarle seguir su camino en semejantes circunstancias. ¿No tenían también algún derecho los vivos? Y siguió hablando en este tono.

Pero Hans Castorp le replicó con energía. Reprochó a su primo en el que hablase casi como Settembrini sin respeto ni pudor ante el sufrimiento. ¿No había muerto el gentilhombre? Había, pues, que entristecerse, no se podía hacer otra cosa para manifestar su pesar, y un agonizante tenía derecho a todos los respetos y honores. Hans Castorp insistía en sostener su punto de vista. Esperaba al menos que Behrens no habría reñido al caballero ni le habría tratado a su manera impía.

—No tuvo ocasión —declaró la Schildknecht—. Es verdad que él había realizado, en último momento, una pequeña tentativa de fuga y había querido arrojarse de la cama. Pero una sencilla observación sobre la inutilidad de tal intento había bastado para volverle a la razón.

Hans Castorp fue a ver al difunto. Lo hizo para ir contra el sistema establecido, que consistía en envolver en el misterio esos acontecimientos, porque despreciaba esa voluntad egoísta de ignorar, de no ver ni oír lo que atañía a los demás, y quería realizar un acto contra esa costumbre. En la mesa había intentado llevar la conversación sobre ese fallecimiento, pero se había encontrado confundido e indignado. La señora Stoehr se mostró casi grosera. ¿Qué mosca le había picado para que se permitiese hablar de semejante cosa? ¿Qué educación había recibido?, le preguntó esa señora. El reglamento de la casa les ponía al abrigo de todo contacto con tales historias, y he aquí que uno de los novatos hablaba de ello en voz alta, y eso a la hora del asado y en presencia del doctor Blumenkohl, que de un día a otro podía correr la misma suerte. —Eso lo dijo en voz baja —. Si el hecho se repetía formularía una queja.

A consecuencia de esto, Hans Castorp decidió (y expresó su decisión) ir a rendir personalmente honores a ese compañero difunto, haciendo una discreta visita y rezando una corta oración, y convenció a Joachim de que le acompañase.

Por mediación de la hermana Alfreda penetraron en la cámara mortuoria que se hallaba situada en el primer piso, debajo de sus propias habitaciones. Les recibió la viuda, una pequeña rubia desgreñada, agotada por las veladas, con un pañuelo sobre la boca, la nariz enrojecida y un grueso chal de lana con el que se envolvía el cuello, pues hacía mucho frío en la habitación. Habían cerrado los caloríferos y la puerta del balcón estaba abierta.

En voz baja, los jóvenes murmuraron las palabras convenientes; luego, dolorosamente invitados con un gesto de la mano, atravesaron la habitación dirigiéndose hacia la cama con paso digno y flexible, sin apoyarse en los tacones. Avanzaron y permanecieron en muda contemplación ante el lecho del muerto.

Cada uno a su manera: Joachim con los tacones juntos, saludando con una inclinación del cuerpo; Hans Castorp en una actitud abandonada, perdido en sus pensamientos, con las manos cruzadas, la cabeza, inclinada sobre el hombro y una expresión semejante a la que adoptaba cuando escuchaba música.

La cabeza del caballero se hallaba apoyada bastante alta, de manera que el cuerpo, esa larga osamenta y ese circuito de vida múltiple, con los pies salientes en el extremo de la colcha, aparecía plano como una tabla. Una corona de flores había sido colocada en la región de las rodillas, y una rama de palmito que se destacaba iba a tocar las grandes manos amarillentas y óseas que estaban cruzadas sobre el hundido pecho. Amarillo y huesudo era también el rostro, con el cráneo calvo, la nariz curva, los pómulos salientes y el hueco bigote de un rubio rojizo que acusaba todavía más la pelambre gris y erizada de sus mejillas.

Los ojos estaban cerrados de una manera poco natural: «Los han cerrado —pensó Hans Castorp—, ellos no se han cerrado: a eso se le llama el último tributo, a pesar de que eso se hiciese más bien por consideración a los vivos que al muerto.» Además, era preciso hacerlo a tiempo, inmediatamente después de la muerte, pues cuando la miosina se había formado en los músculos ya no era posible, y el muerto quedaba tendido y mirando fijamente, desapareciendo por completo la imagen delicada del sueño.

Hans Castorp se sentía en su elemento como perito, bajo muchos puntos de vista allí, en pie, cerca de la cama. Era competente, pero también piadoso. «Parece dormir» había dicho por humanidad, a pesar de que había grandes diferencias. Luego, con una voz discretamente velada, entabló una conversación con la viuda, se informó del martirio de su esposo, de sus últimos días y sus últimos instantes, del traslado del cuerpo a Carintia, e hizo preguntas que testimoniaban su simpatía e iniciación semimédica, semiespiritual y moral.

La viuda se expresaba en un lenguaje austríaco nasal, interrumpido por los sollozos, y le pareció sorprendente que unos jóvenes se manifestasen dispuestos a interesarse tanto por el dolor ajeno. A lo cual Hans Castorp contestó que su primo y él se encontraban también enfermos, y que, en lo que se refería a él, se había hallado al lado del lecho de muerte de sus padres, pues era huérfano de padre y madre y, por consiguiente, familiarizado desde hacía tiempo con la muerte.

Ella le preguntó qué profesión tenía. Él contestó que «había sido ingeniero». —¿Había sido?— Sí, lo había sido en el sentido de que ahora la enfermedad y una permanencia de una duración ilimitada aquí se habían presentado, lo que era una especie de corte o tal vez una desviación de la existencia. Eso no se podía saber. Joachim le miró con un espanto interrogador.

—¿Y su primo?

—Quiso hacerse soldado en la llanura. Era aspirante.

—¡ Ah! —dijo ella—, la profesión militar es, en efecto, una profesión que inclina a la seriedad; un soldado puede, en determinadas circunstancias, entrar en contacto directo con la muerte, y hace sin duda bien en habituarse a su terrible aspecto.

Ella se despidió de los jóvenes con agradecimiento tomando una actitud amable hecha para inspirar respeto considerando su penosa situación y lo elevado de la cifra de la factura de oxígeno que su marido le había legado.

Los primos subieron a su habitación. Hans Castorp se mostró satisfecho de la visita y emocionado por las impresiones que había recibido.

—Requiescat in pace. —dijo—. Sit tibi terra levis. Réquiem aeternam dona ei, Domine. Mira, cuando se trata de la muerte o cuando se habla a los muertos, el latín recobra sus derechos, es la lengua oficial para esas circunstancias, se ve cómo la muerte es algo singular. Pero no es por cortesía humanista por lo que se habla latín en su honor. La lengua de los muertos no es el latín escolar, compréndelo, tiene otro espíritu, un espíritu de cierta manera opuesto. Es latín sagrado, un dialecto de monjes, la Edad Media, un canto sordo, monótono y como subterráneo. Settembrini no sentiría ningún placer, eso no es lo que necesitaban los humanistas, republicanos y pedagogos, eso nace de otro espíritu, del otro espíritu. A él le parece que es preciso poner en claro las diferentes tendencias o actitudes del espíritu. Hay dos: la actitud libre y la actitud piadosa. Las dos tienen sus ventajas, pero lo que siento contra la actitud libre, contra la de Settembrini, es que pretende ella sola acaparar toda la dignidad humana. Eso es exagerado. La otra actitud envuelve también mucha dignidad humana, está hecha de decencia, de alto comportamiento y noble ceremonial, mucho más que la actitud libre, aunque particularmente tiene en cuenta la debilidad y fragilidad humanas, y el pensamiento de la muerte y la podredumbre representa en ella un papel importante. Ya has visto, en el teatro, Don Carlos y las cosas que suceden en la corte española cuando el rey Felipe hace su entrada, vestido de luto, con la insignia de la Orden de la Jarretera y el Toisón de Oro, y se quita lentamente su sombrero que ya se parece mucho a nuestros sombreros hongos. Se lo quita hacia arriba y dice: «Cubrios, grandes», o algo parecido, con un aire infinitamente acompasado. Hay que

convenir que no puede hablarse aquí de descuido ni de costumbres relajadas, al contrario. Y la reina también dice: «En mi Francia, todo era diferente.» Naturalmente, a ella le parece todo aquello demasiado meticuloso y complicado, desearía una existencia más familiar, más humana. Pero ¿qué significa

«humano»? Todo es humano. La devoción española y la pompa humilde, solemne y acompasada, constituyen un género muy digno de humanidad, y por otra parte, la palabra «humano» puede cubrir todos los relajamientos y las negligencias.

—Sobre este punto te doy la razón —convino Joachim—. Yo tampoco puedo sufrir el abandono y la negligencia. Es precisa la disciplina.

—Sí. Tú dices eso como militar y admito que en el servicio militar entendéis de esas cosas. La viuda tiene razón al decir que vuestro oficio es de una naturaleza grave, pues es preciso que siempre consideréis lo peor y estéis dispuestos a entendéroslas con la muerte. Tenéis el uniforme, que es ajustado y limpio y requiere un cuello almidonado; eso os da empaque. Y luego tenéis vuestras jerarquías y la obediencia, y os rendís honores unos a otros de una manera meticulosa. Y eso se hace, dentro del espíritu español, por devoción, y en el fondo me gusta bastante. Entre nosotros, los paisanos, ese espíritu debería predominar aún más en nuestras costumbres y en nuestra manera de ser; lo preferiría así, me parecería mucho mejor.

Creo que el mundo y la vida están hechos de manera que deberíamos vestir siempre de negro, con una golilla en vez de cuello, y mantener relaciones graves, reservadas y formalistas, pensando en la muerte; eso es lo que me gustaría, lo que me parecería moral. Ya ves, ése es un nuevo error y una presunción de Settembrini, y celebro que la conversación me lleve a hablar de ello. Cree tener no sólo el monopolio de la dignidad humana, sino también el de la moral, con su «actividad práctica» y sus «fiestas dominicales y progresistas», como si justamente el domingo no se pensase en cosas completamente ajenas al progreso, y con supresión sistemática de los sufrimientos, cosa de la que no estás enterado, pero de la que habló para instruirme. Quiere suprimirlos sistemáticamente por medio de un diccionario. Y si esto me parece inmoral, ¿qué? Naturalmente que no iré a decírselo; me desarma con su manera plástica de expresarse y dice: «¡Vaya con cuidado, ingeniero!» Pero uno tiene derecho a pensar lo que le dé la gana. «Majestad, conceda la libertad de pensamiento.» Aún he de decirte algo más —añadió. Habían llegado a la habitación de Joachim y éste se disponía a acostarse—. Se vive aquí frente a frente con gentes agonizantes y con los más terribles sufrimientos y martirios. Pues bien, no sólo se vive como si eso no interesase, sino que se protege a uno con cuidado para que no entre jamás en contacto con ella y no se vea nada, y seguramente se hará desaparecer en secreto al gentilhombre mientras estemos almorzando. Esto me parece inmoral.

La Stoehr se encolerizó cuando hice referencia a ese fallecimiento, lo que me parece muy estúpido. Ella está desprovista de la más rudimentaria cultura y cree que «Leise, leise, fromme Weise», es una melodía de Tannhäuser, como dijo el otro día en la mesa; debería, sin embargo, tener sentimientos un poco más morales, y los demás también. He decidido, por lo tanto, ocuparme en el futuro de los enfermos graves y los moribundos de la casa; eso me hará mucho bien. Esa visita me ha tranquilizado bastante. El pobre Reuter, en la número 25, al que vi en los primeros días de mi estancia aquí, debe de haberse ido desde hace tiempo ad penates y se lo llevarían discretamente. Cuando le vi tenía ya los ojos exageradamente grandes. Pero quedan muchos otros, la casa está llena, hay además los que van llegando, y la hermana Alfreda o la superiora, o el mismo Behrens en persona, nos ayudarán con gusto a entrar en relación con algunos; eso debe de poder hacerse sin dificultad. Supón que sea el cumpleaños de algún moribundo y que nosotros nos enteramos de ello, pues hay medios para saberlo. Pues bien, enviamos a nuestro hombre o a nuestra mujer (a él o a ella, según el caso) un ramo de flores a su habitación, una atención de dos compañeros anónimos, nuestros mejores votos para su curación, ya que la palabra curación, por pura cortesía, está siempre indicada. Naturalmente se acaba por dar nuestro nombre al interesado y él o ella, en su debilidad, nos envía un amable saludo, nos invita tal vez a que vayamos un instante a su habitación, y cambiamos unas palabras humanas con el que va a desaparecer. Yo lo veo de esa manera. ¿Te parece bien? Por mi parte he decidido obrar así.

Joachim, en efecto, no tuvo nada que objetar a esos proyectos.

—Es contrario a los reglamentos de la casa —dijo—; excepcionalmente y por una vez, Behrens te dará quizá la autorización. Puedes, por otra parte, invocar tu interés hacia la medicina.

—Sí, además hay eso —dijo Hans Castorp, pues en efecto las causas que habían inspirado su deseo eran complejas. La protesta contra el egoísmo reinante no era más que uno de los motivos. Una de las cosas que también le habían decidido era la necesidad de su espíritu de tomar en serio la vida y la muerte y poder honrarlas, necesidad que esperaba satisfacer y fortificar acercándose a los enfermos graves y a los agonizantes para compensar los insultos innumerables a que se hallaba expuesta esa necesidad cada día y a cada momento, lo que confirmaba en ciertas ocasiones, de una manera chocante, ciertos prejuicios de Settembrini. Los ejemplos que se le ofrecían eran demasiado numerosos. Si se hubiese interrogado a Hans Castorp hubiera hablado tal vez, en primer lugar, de algunos pacientes del Berghof que, según confesaban, no estaban enfermos y habían venido voluntariamente con el pretexto de una ligera fatiga, pero en realidad para divertirse, y que vivían aquí porque la clase de vida de los enfermos les agradaba, como esa viuda Hessenfeld, que ya hemos mencionado incidentalmente, una mujer petulante, cuya pasión era la de hacer apuestas. Apostaba con los caballeros, y sobre todo: el resultado de las consultas generales y sobre el número de meses de tratamiento que se asignarían a cada uno, sobre ciertos campeones de bobsleigh, patines o esquíes, cuando las partidas de deporte, sobre el resultado de las

intrigas amorosas que se desarrollaban entre los huéspedes y sobre otras cien cosas más, despreciables o indiferentes. Hablaba del chocolate, el champán, el caviar que comían en las fiestas del restaurante, el dinero, los programas de cinematógrafo e incluso de los besos que se daban o recibían; en una palabra, con su pasión animaba y ponía en tensión la vida del comedor. Pues bien, el joven Hans Castorp no quería tomar en serio esos manejos, cuya existencia le parecía que era un ataque a aquel lugar de sufrimientos.

Tenía que proteger aquella dignidad y mantenerla ante sus propios ojos, y para lograrlo hacía honrados esfuerzos, por trabajo que eso le costase después de haber pasado casi la mitad del año entre los de aquí arriba. Su conocimiento, que se había extendido poco a poco, acerca de la actividad, la vida y las opiniones de los de aquí arriba, no era apropiado para animar su buena voluntad. Había aquí dos jóvenes gomosos, delgados, de 17 y 18 años, apodados Max y Moritz, cuyas salidas diarias para ir a beber o a jugar al póquer alimentaban las conversaciones de las damas. Recientemente, es decir, ocho días después del Año Nuevo (pues no hay que olvidar que, mientras vamos refiriendo nuestra historia, el tiempo progresa sin descanso y sigue su curso silencioso), en el desayuno, se difundió la noticia de que por la mañana el masajista había encontrado a los dos jóvenes tendidos sobre sus camas, vestidos de etiqueta.

Hans Castorp se rió también, pero quedó un poco realizar una especie de revolución, pero confuso, ¡y qué no pasaría cuando se trató de las aventuras del abogado Einhuf, de Jüterborg, un hombre de unos cuarenta años de edad, barba en punta y manos cubiertas de negros pelos, que ocupaba, desde hacía algún tiempo, en la mesa de Settembrini, el lugar del sueco restablecido y que, no solamente volvía borracho cada noche, sino que recientemente ni siquiera había regresado, encontrándosele al día siguiente tendido en la pradera! Pasaba por ser un libertino peligroso y madame Stoehr señalaba con el dedo a la joven —por otra parte prometida allá abajo, en la llanura— a la que, a determinada hora, se había visto penetrar en las habitaciones de Einhuf, vestida únicamente con un abrigo de pieles bajo el cual no llevaba más que un pantalón de punto. Era escandaloso, no sólo en nombre de la moral en general, sino también escandaloso y ofensivo para Hans Castorp, teniendo en cuenta sus esfuerzos espirituales. A esto se añadía que no podía pensar en la persona del abogado sin hacerlo simultáneamente en Fraenzchen Oberdank, aquella muchacha de la raya bien trazada que había traído su madre aquí hacía sólo unas semanas. Cuando su llegada, y después de la consulta médica, Fraenzchen Oberdank fue considerada como un caso benigno; pero fuera porque hubiese cometido imprudencias o porque se trataba precisamente de uno de esos casos en que el aire no era bueno para la enfermedad, o porque la pequeña se hubiese visto metida en intrigas o disgustos que la habían perjudicado, lo cierto es que, después de cuatro semanas de su llegada, ocurrió que al volver de una nueva consulta y entrar en el comedor, lanzó su pañuelo al aire y exclamó con una voz clara: «¡Hurra, debo permanecer aquí un año entero!», provocando una risa general en toda la sala. Pero quince días más tarde, circuló el rumor de que el abogado Einhuf se había portado como un canalla con Fraenzchen Oberdank. Por otra parte, esta expresión es nuestra, o quizá de Hans Castorp, pues los portadores de ese mensaje no juzgaban la cosa tan nueva como para emocionarse de un modo tan violento. Además dieron a entender, encogiéndose de hombros, que para tales cosas era necesario ser dos y que sin duda nada se había hecho sin el consentimiento y deseo de la interesada. Al menos ésa fue la actitud y opinión moral de madame Stoehr ante el asunto en cuestión.

Carolina Stoehr era un ser espantoso. Si algo turbaba a Hans Castorp en sus honestos esfuerzos espirituales era el modo de ser de esa mujer. Sus lapsus continuos le hubieran bastado. Decía: «agomía»

en lugar de «agonía», «inóslito» en vez de «insólito», añadiendo las más extraordinarias tonterías sobre los fenómenos astronómicos que producían un eclipse de sol. Calificó de «calumniosa» la abundancia de nieve, y un día provocó la sorpresa prolongada de Settembrini diciendo que estaba leyendo una obra sacada de la biblioteca del establecimiento. «Benedetto Cenelli, traducido por Schiller.» Sus modales atacaban los nervios del joven Castorp por su bajeza y vulgaridad de locuciones. Y como la expresión

«aplastante», que la lengua a la moda había sustituido desde hacía tiempo por la expresión «perfecto» o

«sorprendente», se había ya gastado por completo, envejecido y quedado sin sabor, ella se lanzó sobre la última locución a la moda, a saber: «eso es formidable», aplicándola a la pista de esquiar, los entremeses y la temperatura de su propio cuerpo, lo que parecía igualmente repugnante. A eso se añadía su manía de burlarse rebasando siempre la medida. Por otra parte, podía ser justa cuando decía que madame Salomon llevaba hoy su más preciosa combinación de encaje porque había sido convocada para la consulta, y en esa circunstancia se presentaba al médico envuelta en ropa interior fina. Hans Castorp había sacado la impresión de que el procedimiento de la auscultación, independientemente de su resultado, constituía un motivo de placer para las mujeres, y que algunas se componían ese día con una coquetería particular.

¿Pero qué podía pensarse cuando madame Stoehr aseguraba que madame Redisch, de Posnania, que se sospechaba sufría una tuberculosis en la médula espinal, tenía que ir y venir durante diez minutos, y una vez por semana, completamente desnuda delante del doctor Behrens? Lo inverosímil de esa historia casi igualaba a su inconveniente, pero madame Stoehr se obstinaba y juraba por los dioses que decía la verdad a pesar de que le era difícil comprender por qué desplegaba tanto celo, insistencia y tozudez en estas cosas, cuando tenía ya bastante con sus propias preocupaciones, pues en los intervalos se sentía poseída de ataques de miedo y de lacrimosa inquietud, debidos aparentemente a un aumento de su pretendida laxitud o a la ascensión de su curva. Se sentaba a la mesa sollozando, con las mejillas rojas inundadas de lágrimas, enjugándose con el pañuelo y diciendo que Behrens había decidido enviarla a la cama, pero que ella quería saber lo que él había dicho a sus espaldas, quería saber lo que tenía, lo que iba a ser de ella, quería encontrarse con la verdad cara a cara. Con gran espanto notó un día que los pies de la cama se hallaban orientados hacia la puerta de entrada, y casi cayó presa de convulsiones al hacer

este descubrimiento. Su cólera y espanto no fueron de pronto comprendidos: especialmente Hans Castorp no pudo explicárselo enseguida. ¿Cómo es eso? ¿Por qué no podía estar colocada la cama como estaba?

«¡Pero, por amor de Dios!, ¿no comprende usted? ¡Los pies delante!» Presa de desesperación armó un escándalo y fue necesario cambiar inmediatamente la cama de lugar, a pesar de que, con el cambio, tenía la luz en plena clara, y eso entorpecía su sueño.

Todo esto no era serio y favorecía muy poco las aspiraciones espirituales de Hans Castorp.

Un espantoso incidente ocurrió en aquel momento, a la hora de la comida, produciendo sobre el joven una impresión particularmente profunda. Un pensionista todavía bastante reciente, el profesor Popof, un hombre delgado y silencioso, que se sentaba a la mesa de los rusos distinguidos en compañía de su novia, igualmente delgada y silenciosa, fue presa, a la mitad de la comida, de una violenta crisis de epilepsia; se revolvió por el suelo, al lado de su silla, lanzando ese grito que se ha calificado de demoníaco e inhumano, y comenzó a sacudir las piernas y los brazos con espantosas contorsiones. Había una circunstancia agravante: se acababa de servir el pescado, de manera que había que temer que Popof se clavase alguna espina en las convulsiones de su crisis. El desorden fue indescriptible. Las mujeres, madame Stoehr a la cabeza, pero sin que las señoras Salomon, Redisch, Hassenfeld, Magnus, Iltis, Levy, etcétera, le cediesen en nada, se sumieron en los más variados estados de tal manera que estuvieron a punto de igualar al señor Popof. Sus gritos eran estridentes. No se veían más que ojos nerviosamente cerrados, bocas abiertas y cuerpos retorcidos. Sólo una prefirió desmayarse en silencio. Hubo conatos de ahogo, pues todo el mundo había sido sorprendido en el momento de mascar y tragar. Una parte de los huéspedes se dio a la fuga por todas las puertas, incluso por las de la terraza, a pesar de que fuera reinaba un frío húmedo.

Pero este incidente, aun siendo espantoso, tenía un aspecto extraño y chocante; principalmente nadie pudo dejar de relacionarlo con la última conferencia del doctor Krokovski.

En efecto, el analista, en el curso de sus últimos desarrollos sobre el amor considerado como agente patógeno, había hablado, el lunes anterior, de la epilepsia, y se había expresado sobre ese mal, en el que la humanidad había visto, en tiempos preanalíticos, una prueba divina, profetica, y una posesión del demonio, en términos semipoéticos, semicientíficos y despiadados, como un «equivalente del amor» y como un «órgano del cerebro»; en una palabra: le había hecho sospechoso en tal sentido que sus oyentes tuvieron que interpretar la conducta del profesor Popof como una ilustración de la conferencia, como una confesión crapulosa y como un escándalo misterioso, y de este modo, la huida de las mujeres que evitaban aquel espectáculo expresaba cierto pudor.

El doctor Behrens asistía a esa comida y fue él quien, con ayuda de la señorita Mylendonk y algunos jóvenes comensales robustos, arrastró al extático, azul, espumeante, rígido y desfigurado, fuera de la sala, al vestíbulo, donde, por algún tiempo, se vio a los médicos, a la superiora y a otros miembros del personal que le rodeaban, para llevárselo luego en una camilla. Pero poco tiempo después, se pudo ver de nuevo al señor Popof, silencioso y satisfecho, sentándose, a la mesa de los rusos distinguidos y terminando de comer como si no hubiese pasado nada.

Hans Castorp había asistido a ese acontecimiento revelando todos los síntomas de un espanto deferente, pero en el fondo —¡que Dios le asista!— no consiguió tomar aquello muy en serio. Sin duda Popof se hubiese podido ahogar por tener la boca llena de pescado, pero en realidad no se había ahogado, a pesar de la furia de su paroxismo; en el fondo de sí mismo había ido con un poco de cuidado. Ahora se encontraba allí, completamente restablecido, terminaba de comer y se comportaba como si no acabase de ser presa del más mortífero frenesí. Sin duda no se acordaba. Su apariencia no era para confirmar el respeto que sentía Hans Castorp ante el sufrimiento. Esta apariencia multiplicaba, a su manera, las impresiones de libertinaje a las que Hans Castorp se hallaba expuesto aquí contra su voluntad y que se esforzaba en vencer —en contra de los usos establecidos— consagrándose a los enfermos graves y moribundos.

En el piso de los primos, no lejos de sus habitaciones, se hallaba en cama una jovencita, llamada Leila Gerngross que, según las informaciones de la hermana Alfreda, estaba moribunda. En el espacio de diez días había tenido cuatro violentas hemoptisis y sus padres acababan de llegar para llevársela todavía viva. Pero eso no parecía posible. El consejero declaró que la pobre pequeña Gerngross no podía ser transportada. Tenía dieciséis o diecisiete años.

Hans Castorp estimó que se ofrecía la ocasión de realizar su proyecto del ramo de flores y los votos de curación. Sin duda no era el cumpleaños de Leila que, según las previsiones humanas, ya no vería jamás, pues esa fecha no llegaría hasta mediada la primavera. Pero según su opinión, eso no debía constituir un obstáculo para el homenaje de respeto y piedad.

En uno de sus paseos del mediodía por los alrededores del Casino, entró en la tienda de una florista, respirando, con el pecho emocionado, la atmósfera húmeda cargada de olor de tierra y perfumes y compró un hermoso ramo de hortensias, que envió a la joven moribunda anónimamente, «de parte de dos vecinos de habitación, con los sinceros votos por su pronto restablecimiento». Lo hizo con un apresuramiento alegre, agradablemente embriagado por el aroma de las plantas, y la calidez del lugar

que, después del frío exterior, hacía lagrimear sus ojos, con el corazón palpitante y experimentando toda la temeridad aventurera y oportuna de aquella empresa insignificante a la que daba, en secreto, un alcance simbólico.

Leila Gerngross no tenía una enfermera especial, pues estaba confiada a los cuidados inmediatos de la señora Mylendonk y a los médicos. Sin embargo, la hermana Alfreda entraba en su habitación y dio cuenta a los jóvenes del efecto que su atención había producido. En el universo limitado en que su estado la confinaba, la pequeña había sentido un placer pueril ante aquel testimonio de amistad procedente de unos desconocidos. Las flores se encontraban cerca de su cama, ella las acariciaba con los ojos y las manos, vigilando para que no les faltase agua, y cuando los más terribles accesos de tos la torturaban permanecía con los ojos fijos en ellas. Sus padres, el comandante retirado Gerngross y su mujer, se habían mostrado también agradablemente impresionados y sorprendidos y, como no podían adivinar el nombre de los donantes a causa de su completo desconocimiento de las gentes de la casa, la señorita Schildknecht, como ella misma confesó, no había podido evitar el correr el velo del anónimo y designar a los primos como los autores del obsequio. Ella les transmitió la invitación de los tres Gerngross para que fuese a recibir la expresión de su gratitud, de manera que los dos, al día siguiente, hicieron su entrada conducidos por la enfermera, en la cámara de dolor de Leila.

La agonizante era una criatura rubia muy graciosa, con los ojos color de miosotis, y a pesar de las espantosas pérdidas de sangre y de una respiración que ya no realizaba más que con un resto insuficiente de tejido pulmonar, ofrecía un aspecto sin duda frágil pero no miserable.

Ella dio las gracias y se expresó con una voz agradable aunque apagada. Un resplandor rosado se difundió por sus mejillas y permaneció en ellas. Hans Castorp, que había explicado a los padres y a la enfermera su manera de obrar y que se había excusado, habló con voz sorda y emocionada, con una deferencia tierna. Faltó poco —de todos modos experimentó interiormente la necesidad— para que se arrodillase cerca de la cama, y largo tiempo conservó la mano de Leila entre las suyas, a pesar de que aquella mano caliente estaba no sólo húmeda, sino verdaderamente mojada, pues la joven transpiraba enormemente. Transpiraba de un modo tan intenso que su carne se habría resquebrajado y resecado haría ya tiempo si no hubiese absorbido ávidamente limonada, que se encontraba en una botella sobre la mesita de noche, para compensar la exudación.

Los padres, afligidos como estaban, sostuvieron la conversación por medio de preguntas sobre el estado de salud de los primos y de otros recursos clásicos. El comandante era un hombre ancho de espaldas, de frente baja y bigotes erizados, un auténtico huno; su inocencia respecto a las disposiciones mórbidas y la fragilidad de su hija saltaba a la vista. La responsable era evidentemente su mujer, una persona de un tipo netamente tísico, cuya conciencia parecía en efecto flaquear bajo ese peso, pues cuando Leila hubo dado, al cabo de diez minutos, signo de fatiga, o más bien de sobreexcitación —el rosa de sus mejillas se había acentuado, mientras que sus ojos de miosotis brillaban con un resplandor inestable— y los primos, advertidos por una mirada de la hermana Alfreda, se despidieron, la señora Gerngross les acompañó hasta la puerta y prorrumpió en acusaciones contra ella misma, lo que emocionó singularmente a Hans Castorp. Era de ella, de ella sola de donde había venido aquello —aseguró completamente deprimida—, ella era la causante de que la pobre niña no pudiera resistir aquel mal; su marido no tenía la culpa de nada, era completamente inocente. Pero ella, estaba segura, no lo había sufrido más que pasajera y superficialmente cuando era soltera. Luego se había curado completamente, y así se lo aseguraron cuando había querido casarse; había sido muy feliz de casada, completamente sana y restablecida, y había entrado en la vida conyugal con su querido esposo, fuerte como un roble, quien, por su parte, jamás había pensado en semejantes historias. Pero por puro y fuerte que fuese su marido, su influencia no había podido impedir la desgracia, pues en su hija —y esto era lo espantoso—, el mal enterrado y olvidado había reaparecido y, como no podía sacudírselo, agonizaba, mientras que la madre había triunfado y llegado a la edad en que podía considerarse a salvo. Aquella pobre niña se moría, los médicos no daban ya esperanza alguna, y ella sola era la culpable a causa de su vida anterior.

Los jóvenes se esforzaron en animarla y pronunciaron frases sobre la posibilidad de un cambio feliz. Pero la mujer del comandante no hacía más que sollozar y les dio las gracias por todo, por las hortensias y porque con su visita habían distraído a su niña y le habían proporcionado un poco de felicidad. La pobre pequeña se hallaba tendida allí, dentro de su tormento y su soledad, mientras que otras muchachitas disfrutaban de la vida y bailaban con apuestos muchachos, deseos que la enferma no trataba de disimular.

¡Le habían llevado algunos rayos de sol, Dios mío, los últimos! Las hortensias eran como un triunfo en el baile, y aquella conversación con dos caballeros de bella presencia había sido para ella como un atractivo y rápido flirt; la madre Gerngross lo había notado perfectamente.

Todo debía impresionar penosamente a Hans Castorp hasta que la comandanta pronunció la palabra

«flirt»; no lo hizo correctamente, es decir, a la manera inglesa, sino con un «i» alemana, y eso le irritó violentamente. Además, él no era un caballero de bella presencia; había visitado a la pequeña Leila para protestar contra el egoísmo que reinaba aquí y con un espíritu médico y moral. En una palabra, se hallaba desconcertado por el modo cómo habían interpretado la visita, según los comentarios de la comandanta, pero estaba muy animado e impresionado para la realización de su proyecto.

Dos sensaciones principalmente: el perfume de tierra de la tienda de la florista y la humedad de la mano

de Leila, fueron las que más impresionaron sus sentidos. Y como había dado el primer paso, se convino el mismo día con la hermana Adela que harían una visita a su enfermo Fritz Rotbein, que se aburría espantosamente con su enfermera, y al que no le quedaba mucho tiempo de vida.

Joachim, a pesar de su resistencia, tuvo que acompañarle también. El espíritu caritativo de Hans Castorp y su actividad fueron más fuertes que la repugnancia de su primo, que éste no pudo expresar más que por medio de silencios y bajando los ojos, porque no hubiese podido justificarla sin faltar a los sentimientos cristianos. Hans Castorp se dio cuenta de ello y sacó partido. Comprendía perfectamente el sentido de aquella falta de entusiasmo. ¿Pero aquellas empresas no le animaban, le hacían feliz y le parecían provechosas? Supo, pues, vencer la resistencia discreta de Joachim. Deliberaron juntos sobre el punto de si podían enviar o llevar flores al joven Fritz Rotbein, a pesar de que ese moribundo fuese del género masculino. Hans Castorp deseaba ardientemente poder hacerlo; le parecía que las flores estaban muy indicadas; la elección de las hortensias, que eran de color malva y de forma agradable, le había satisfecho extraordinariamente y decidió que el sexo de Rotbein estaba compensado con la gravedad de su estado, y que no era necesario que fuese su cumpleaños para ofrecerle flores, puesto que los agonizantes pueden ser, por eso mismo y de un modo permanente, tratados como la gente que conmemora su cumpleaños. A este fin penetró, con su primo, en la atmósfera caliente y perfumada de tierra de la floristería y entró en la habitación de Rotbein con un ramo de rosas frescas humedecidas y olorosas, claveles y amapolas, conducido por Alfreda Schildknecht, que había anunciado a los jóvenes.

El enfermo grave, apenas de unos veinte años, pero ya un poco calvo y con los cabellos grises, la tez pálida y las facciones borrosas, con grandes manos, grandes narices y grandes orejas, se mostró extraordinariamente agradecido por aquel consuelo y aquella distracción. En efecto, lloró un poco por debilidad al saludar a los dos primos y al recibir el ramo, y a propósito de éste comenzó a hablar, con una voz muy apagada, del comercio de flores de Europa y de su desarrollo sin cesar creciente, de la formidable exportación de los floricultores de Niza y Cannes, de los vagones cargados y los paquetes postales que salían cada día de aquellos puntos en todas direcciones, para los mercados al por mayor de París y Berlín, y para aprovisionar Rusia. Dijo que él era comerciante, y su interés se hallaba orientado en este sentido mientras continuase viviendo. Su padre, un comerciante de Coburgo, le había enviado a Inglaterra para su educación —dijo casi murmurando— y allí había enfermado. Su fiebre fue considerada como tifoidea y se le trató en consecuencia, es decir, se le sometió al régimen de sopas claras, lo que le había debilitado hasta el extremo. Al llegar aquí le permitieron comer y lo había hecho, con la frente sudorosa, en la cama, y esforzándose en nutrirse. Desgraciadamente, era demasiado tarde. Se había cumplido su destino y era inútil que le enviasen, de su casa, lengua y anguilas ahumadas; ya no podía soportar nada. Ahora su padre acababa de salir de Coburgo llamado por un telegrama de Behrens, pues se iba a intentar una intervención decisiva, la resección de las costillas, deseando al menos intentar algo, a pesar de que las probabilidades fuesen mínimas.

Rotbein murmuró cosas bastante razonables sobre este punto y se refirió igualmente al asunto de la operación bajo su aspecto comercial; mientras viviese consideraría las cosas desde ese aspecto. El precio de la operación, murmuró, comprendiendo la anestesia de la médula espinal, se elevaba a mil francos, pues se trataba de extirpar el tórax, siete u ocho costillas, y había que estudiar si el dinero así gastado daría un resultado relativamente provechoso. Behrens le animaba, pero tenía un interés directo en la intervención, mientras que a el la cosa le parecía dudosa y no se podía saber si era preferible morir tranquilamente con todas sus costillas intactas.

Era difícil aconsejarle. Los primos estimaron que en establecimientos de esta categoría había que tener en cuenta la excepcional habilidad de cirujano que tenía el consejero. Coincidieron en que la opinión del viejo Rotbein, que se hallaba en camino, decidiría la cuestión.

Cuando se despidieron, el joven Fritz lloró de nuevo un poco y a pesar de que no fue más que por debilidad, las lágrimas que vertía formaban un singular contraste con la seca objetividad de su manera de pensar y hablar. Rogó a los jóvenes que repitiesen la visita y éstos se apresuraron a prometérselo, pero ya no tuvieron ocasión, pues, como el fabricante de muñecas llegó la misma noche, se intentó la operación al día siguiente por la mañana, después de lo cual el joven Fritz ya no estuvo en estado de ver a nadie. Y dos días después, Hans Castorp vio, al pasar con Joachim, que arreglaban la habitación de Rotbein. La hermana Alfreda había abandonado el Berghof porque la habían llamado urgentemente de otro establecimiento para que cuidase a otro moribundo, y con el cordón de sus lentes detrás de la oreja, suspirando, se había marchado, pues aquel nuevo agonizante era la única perspectiva que se abría ante ella.

Una habitación «abandonada», una habitación libre, que era desinfectada, con la doble puerta completamente abierta y los muebles amontonados unos sobre otros, era algo que se ofrecía a la vista al pasar por los corredores hacia el comedor: era un espectáculo significativo, pero tan familiar que casi ya no impresionaba, sobre todo cuando uno mismo, en su tiempo, había tomado posesión de una habitación que estaba «libre» en las mismas condiciones que había sido desinfectada y que se había convertido inmediatamente en la casa propia. A veces se sabía quién había ocupado ese número, cosa que causaba entonces cierta preocupación. Eso pasó aquel día, y lo mismo ocurrió otro día después cuando Hans Castorp, al pasar, vio la habitación de la pequeña Gerngross en el mismo estado. En este último caso

tardó en comprender el sentido de la actividad que allí reinaba. Se detuvo, preocupado y sorprendido, en el momento en que el doctor Behrens pasaba por allí por casualidad.

—Estaba por aquí mirando —dijo Hans Castorp—. Buenos días, doctor. La pequeña Leila...

—Sí —contestó Behrens y se encogió de hombros. Después de un silencio dio a ese gesto todo su efecto y añadió—: Usted se apresuró a hacerle gentilmente la corte antes de la clausura. Me satisface que se interese un poco por mis pinzones tísicos encerrados en sus jaulas, usted que se encuentra relativamente útil. Es un hermoso gesto. No, no se defienda, es un gesto muy simpático. ¿Quiere que, si se presenta la ocasión, le presente a otros? Tengo muchas variedades de mirlos en los saltadores, si le interesa.

Precisamente en este momento voy a llegarme hasta mi «demasiado llena». ¿Quiere acompañarme? Le presentaré sencillamente como un compañero de infortunio compasivo.

Hans Castorp manifestó que el consejero se había adelantado a sus deseos y que esto era precisamente lo que deseaba proponerle. Agradecía mucho ese permiso y se unía con gusto al doctor. Pero ¿quién era esa

«demasiado llena»? ¿Qué significaba este mote?

—Literalmente —dijo el consejero—, de una manera textual y sin metáfora. Pídale que se lo cuente ella misma.

Al cabo de pocos pasos se hallaron ante la habitación de la «demasiado llena»; el consejero entró por la doble puerta y rogó a Hans Castorp que esperase.

Una risa y unas palabras oprimidas por una respiración corta, pero claras y alegres, resonaron a la entrada de Behrens en la habitación; luego fueron interceptadas en la puerta. Pero cuando el visitante compasivo entró unos minutos más tarde en la habitación, la risa resonó de nuevo, y Behrens presentó a Hans Castorp a la joven rubia de ojos azules que, tendida en la cama, le miraba con curiosidad.

Con una almohada en la espalda, se hallaba medio sentada, muy agitada, y reía sin cesar con una risa perlada y agudísima, anhelante, pero llena de cosquillas, según parecía por la dificultad en respirar. Se rió igualmente de las palabras con que el consejero presentó al visitante y dijo gritando varias veces al doctor:

—¡Hasta la vista! Muchas gracias y hasta pronto —cuando el consejero se marchó haciéndole signos con la mano. Y luego continuó riendo, lanzó un suspiro vibrante, apoyó las manos en su pecho, agitado bajo la camisa de batista, y no consiguió mantener las piernas quietas. Se llamaba Zimmermann.

Hans Castorp la conocía vagamente de vista. Se había sentado, durante algunas semanas, a la mesa de la señora Salomon y el colegial voraz, y siempre se reía. Luego había desaparecido sin que el joven se hubiese preocupado más de ella. «Se habrá marchado», pensó entonces. Y ahora la encontraba aquí, bajo el sobrenombre de la «demasiado llena», y esperaba la explicación.

—¡Ja, ja, ja! —exclamaba ella, con el pecho agitado—. Es un hombre terriblemente desconcertante ese Behrens. Siéntese, señor Kasten, señor Carsten, ¿cómo se llama usted? Tiene usted un nombre tan extraño, ¡ji, ji!, ¡perdóneme! Siéntese en esa silla, a mis pies, pero permítame que me ría, ¡ja, ja! —

Suspiró con la boca abierta, y luego gorjeó de nuevo—. No lo puedo remediar.

Era casi bonita, tenía las facciones precisas, quizá demasiado marcadas, pero agradables, y una barbilla doble. Pero sus labios eran azulados y la punta de la nariz tenía el mismo color sin duda porque estaba falta de aire. Sus manos, que eran de una delgadez linfática y se hallaban realzadas por los puños de puntillas de la camisa, eran tan incapaces de estarse quietas como los pies. Tenía un cuello de jovencita, con dos hoyos encima de las clavículas tiernas, y el pecho, bajo el lino, agitado por la risa y la dificultad respiratoria con un movimiento irregular y aspirante, parecía delicado y joven.

Hans Castorp decidió llevarle o enviarle también bellas flores vaporizadas, perfumadas, procedentes de los floricultores de Niza o Caniles. Con cierta inquietud se unió a la alegría agitada y oprimida de la señora Zimmermann.

—¿Y visita usted a los que tienen fiebre alta? —preguntó ella—. ¡Qué divertido y amable es eso! Yo no soy una enferma grave, es decir, no lo era en manera alguna hace poco tiempo, nada de eso... Hasta que, recientemente, esta historia... Escuche, a ver si ha oído usted nada más divertido en toda su vida...

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