
La novela en el tranvía
Un viaje corto en tranvía por Madrid le basta al narrador para fabricarse una novela entera. Arranca el doctor Cascajares, charlatán incansable, con el chisme de una condesa a la que su mayordomo chantajea con un secreto. Después llega un trozo de periódico que envolvía unos libros, y en él continúa el folletín; después, el duermevela. Con esos retazos Galdós monta el melodrama completo, veneno incluido, y deja que el narrador se lo crea y salte del coche gritando que allí va un asesino. Lo escribió en 1871, con veintiocho años, y ya sabía desmontar lo que acababa de levantar: el hombre al que persigue es un honrado comerciante de ultramarinos, y la envenenada, la lavandera de otro pasajero. Meses después, la compasión que le sobraba fue a parar a una viajera inglesa a la que dislocó un pie al saltar.






