La pecadora

Guillermo Díaz-Caneja · Capítulo 9 de 32

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La pecadora

Capítulo VIII

 

Entramos en abril. Menudearon en aquel mes las visitas que, en compañía de Reina, hice a Carmen. Mi cortedad iba disminuyendo a medida que aumentaba mi confianza con ella. No obstante, el respeto, la admiración que le profesaba, lejos de amenguar, crecían progresivamente. En aquellas visitas conocí a los contertulios de Carmen. Eran estos, cuatro: un comandante, de unos cuarenta y siete años, retirado, no por la edad, sino por el gran trabajo que el cargo acarreaba; acogiose a la ley de un célebre general, y se sacrificó, retirándose con casi todo el sueldo; dos autores dramáticos tan henchidos de vanidad como hueros de ingenio, y un músico, autor del último baile que había estrenado Carmen.

Todos estos señores, en unión de Reina, eran asiduos concurrentes al cuarto de ella, en el teatro, y, una vez retirada del arte, continuaron siéndolo en su casa, dos o tres veces por semana.

A decir verdad, ninguno de estos señores me fue simpático, ni mucho menos. Dos o tres veces que coincidimos en nuestras visitas, admiré la llaneza y familiaridad con que la trataban a ella; y mucho más causó mi admiración la libertad que se observaba en sus conversaciones. Esto ya lo había yo notado en Reina; pero habíalo disculpado, atribuyéndole una confianza sin límites. ¡Y todos ellos se mostraban enamorados de Carmen! Yo no comprendía, y sigo sin comprenderlo, que ante ninguna mujer, y mucho menos ante la que se ama, se pueda hablar con aquella ligereza de conceptos. Así se lo dije una vez a Reina, y este, riéndose, me contestó: «Pero, niño, ¿es que se ha figurado usted que vamos a visitar a Santa Teresa de Jesús?».

Aquella grosera contestación fue el origen de la gran antipatía que, andando el tiempo, llegué a tomarle. No íbamos de visita a casa de Santa Teresa de Jesús; pero íbamos a casa de una mujer que, por el solo hecho de serlo, merecía todos nuestros respetos. ¿Y ella?, ¿por qué lo consentía? ¿Por qué reía con aquellas bromas estúpidas, de tan dudoso gusto? ¿Por qué las seguía? ¿Por qué las alentaba con la alegre aprobación de sus risas? Esto ya no me atrevía ni acertaba a juzgarlo; pero ello aumentaba el creciente disgusto con que salía de aquellas visitas. Sin embargo, no tenía motivo para estar descontento, muy al contrario: lo mismo cuando Reina y yo estábamos solos con Carmen, que cuando estaban los demás, yo era allí el niño mimado: para mí eran todas las atenciones y asiduidades de aquella mujer; para mí sus palabras más cariñosas, sus miradas más dulces. Cualquier observador más experto que yo, en aquel entonces, hubiera visto en seguida lo que, entre todos, me distinguía. Al hablar conmigo, su voz tornábase más dulcemente armoniosa; su hablar era más serio, más reposado, más grave; no parecía sino que pensara y meditara sus palabras antes de decirlas. Hablábame, a veces, sin mirarme, y, a veces, mirábame sin hablar. Cuando esto último sucedía, su mirar era frío, penetrante, escrutador.

Estos éxtasis, y perdónese lo inmodesto de la calificación, puesto que yo era el objeto de ellos, solían terminar de una manera harto dolorosa para mí: Carmen, sin decir palabra, se levantaba bruscamente de su asiento e iba a ocupar otro al lado de Reina o de alguno de los demás contertulios, si era noche de ellos; entablaba alegre y chispeante conversación con el que fuese, y prescindía de mi persona de tal manera, que no pudiera hacerlo más estando yo ausente. Aquellos arrechuchos, como yo los llamaba, hacíanme sufrir de una manera cruel. Si yo, en lo más íntimo de mi alma, habíame llegado a forjar la ilusión de que Carmen hubiera empezado a sentir por mí algún amoroso sentimiento, aquellas bruscas actitudes daban al traste con todas mis esperanzas; y si más de una vez pude pensar en que alguna ventaja llevaba yo sobre todos aquellos vejestorios, esta idea se desvanecía rápidamente, reconociendo en todos ellos grandes ventajas sobre mí. Los unos, por su nombradía, más o menos justificada, los otros por su dinero, todos podían competir con mi único patrimonio, que era la juventud. Pero no, otra ventaja tenía: la nobleza de mis sentimientos, la grandeza de mi corazón: ellos no veían en Carmen más que a la pecadora que bien podía caer nuevamente en provecho de ellos; yo veía a la mujer libre de toda mancha y digna del más grande de los amores. ¿No adivinaría ella esta diferencia de pensamientos?

Al pensar así, olvidaba la incógnita de que me había hablado Reina, olvidaba a aquel nabab —lo era indudablemente—, que solo exigía, al parecer, la milésima parte de lo que daba; pero es que esta incógnita, a fuerza de serlo, venía pocas veces a mi memoria, y, con harta frecuencia, hasta dudaba de su existencia.

En aquel mes, solo dos veces pude ver a mi amigo Pablo. Al principio se burló de mí de lo lindo; pero luego hubo comprender que aquel amor que tan violentamente había germinado en mi corazón, no era en nada comparable con el que yo había creído sentir por Remedios; este era un verdadero amor, una pasión intensa que se había desarrollado con tanto más vigor, cuanto abundaba la savia que le había suministrado un terreno virgen, cual mi corazón.

—Ándate con cuidado —me decía Pablo—. No creo que ese cariño te lleve a nada bueno, y sí creo que puede proporcionarte muchos disgustos.

Harto comprendía yo la razón que tenía Pablo para hablarme así; con suma frecuencia me había hecho yo la misma reflexión… ¡pero la atracción que Carmen ejercía sobre mí era irresistible!

—¿Te vas a casar? —argumentaba Pablo—. No. Pues si no te vas a casar, ¿qué esperas de ella? Por lo que me cuentas, esa niña necesita para vivir las existencias del Banco de España… y tú… ¡tú no llegas ni a sucursal!

—Dinero… dinero… ¡Maldito dinero!

—Sí, chico: maldito dinero, todo lo que quieras; pero tú no sabes, por lo mismo que no has pasado apuros, lo necesario que es para todo, ¡incluso para amar! Esto yo tampoco lo sé prácticamente, pero me lo figuro. Ni tú, ni yo somos ningunas lumbreras en cuanto a psicología femenina; pero recordemos algunos de los discursos que nuestro compañero Naranjo solía espetarnos, subido sobre un banco de la clase de Terapéutica, y fácilmente saldremos de dudas: «Señores —decía Pablo, remedando al citado Naranjo—: en el amor, eso de contigo pan y cebolla, es un argumento arcaico relegado a los tiempos primitivos. El amor, en los tiempos modernos, gusta de comer manjares más exquisitos, y prefiere envolverse y recatarse entre blondas y sedas, más que entre toscas pieles de borrego. Aquel que no tenga medios suficientes para enamorarse de una mujer, que le endilgue sus endechas y ovillejos a la luna o a las estrellas, únicas amantes baratas y poco exigentes…».

—Cállate, cállate y no me hables del maldito Naranjo ni de sus discursos pedestres —replicaba yo indignado por el recuerdo del tal Naranjo y de sus viles peroraciones—. ¿Vas a suponer que Carmen…?

—No soy yo; es Naranjo el que lo supone.

Y es lo cierto que, aunque yo sentía viva indignación ante tal sospecha, no dejaba de pensar en ella y aun, aun, de considerarla cierta. Que Carmen no sentía amor por aquella incógnita, era cosa fuera de duda… ¿Por qué la soportaba, pues?

En contestación a esta pregunta venía lo que Reina me había dicho en cierta ocasión, del amor de Carmen al lujo, al derroche, al despilfarro. Por todas partes me salía al encuentro la cruel, la fría realidad. Todas estas ideas llegaron a turbar mi espíritu de tal manera, que empecé a volverme taciturno y a buscar la soledad. Esta mala disposición de mi ánimo llegó a tomar aspecto alarmante con una de aquellas ásperas oscilaciones del carácter de Carmen.

De tal manera acentuó su indiferencia conmigo una noche, que salí de aquella casa desesperado, convencido de que su amor era para mí un imposible.

Al día siguiente rehuí por todos los medios la presencia de Reina: este me cargaba ya, y los demás amigos me cargaban más todavía. Llegué a pensar en no ver a Carmen; pero este pensamiento borrose instantáneamente, para dar lugar a otro más en armonía con el estado de ánimo en que me hallaba: pensé que el modo de salir de mi mortal ansiedad era declarar a Carmen mi amor. Pero para esto era preciso que estuviéramos solos; y ¿cómo lograr aquello? Difícil, imposible me parecía la cosa toda vez que yo no me había de atrever a solicitarlo… ¿Una carta…? ¡Bah!… Una carta sería ridículo, pudiendo decírselo de palabra, pudiendo obtener así la respuesta inmediata… Pensando en todo esto, caminaba yo una tarde por Recoletos; pasé la Castellana y llegué al Hipódromo. Allí, sintiéndome algo cansado, me senté ante un velador de un aguaducho, colocado al borde del andén, y pedí una botella de cerveza.

Los primeros días de aquel mes de mayo fueron muy desapacibles; aquella tarde fue de las más frías. Los coches cerrados habían vuelto a reaparecer. El sitio en que yo me encontraba era el más a propósito para ver a los ocupantes de los mismos, porque allí era donde daban la vuelta para recorrer nuevamente el paseo. Absorto en mis pensamientos, apenas paraba mientes en ellos. Dejando vagar la mirada por el espacio unas veces, fijándola con insistencia en tierra, otras, como si quisiera penetrar hasta el centro de la misma en busca de la explicación de indescifrables misterios, mi espíritu volaba por la región de las ideas. Mi cuerpo era un cuerpo sin voluntad, sin alma.

La tarde era cada vez más desapacible, y seguramente que debí llamar la atención allí sentado, solo, desafiando las inclemencias de la temperatura. Los coches seguían pasando, en número bastante escaso, por delante de mí.

Una de las veces que más absorto me hallaba en la contemplación de la corteza terrestre, me pareció observar que un carruaje paraba frente a mí. Alcé la vista y quedé absorto por la sorpresa que experimenté: una soberbia berlina, de ruedas amarillas, tirada por dos magníficos caballos bayos con cabos negros, cuya fogosidad contenía a duras penas el cochero, obligándoles a enarcar los robustos cuellos con la tirantez de las riendas, hallábase ante mí. En la ventanilla, con la cabeza inclinada y adelantando ligeramente el busto, Carmen estaba mirándome. Sonreía con gracia infinita, marcándosele dos lindos hoyuelos en las mejillas; movía su cabecita lentamente, demostrando profundo asombro por mi tardanza en darme cuenta de su presencia. A punto estuve de lanzar una exclamación que exteriorizara mi alegría.

De un brinco me planté junto al coche, sintiendo que el corazón batía con fuerza mi pecho como si quisiera romperlo para salir a contemplar tan divina aparición.

Largo rato oprimí la enguantada mano que Carmen me alargaba.

—¿Se siente usted enfermo? —me preguntó.

—¿Yo? ¡Yo no estoy malo!

—¿Está usted seguro?

—¡Y tan seguro!

—Más vale así. Al verle ahí sentado tan meditabundo, me asusté y mandé parar… por si le ocurría algo.

—No comprendo el porqué de esa suposición; pero, de todos modos, ella me sirve para saber que si real y verdaderamente hubiera estado enfermo, un ángel habría acudido en mi auxilio, interesándose por mí.

—¿Tan mal concepto había formado de mí, que no me creía capaz de interesarme por un amigo?

—No es que yo la creyera tan falta de corazón, ni mucho menos; es que yo no me creía con méritos suficientes para contarme entre el número de ellos.

—Eso no deja de ser una chiquillada… de las muchas que usted tiene… Sí, sí; no trate de defenderse: usted debía saber muy bien que, no solamente es un buen amigo mío, sino que acaso…, acaso…, sea el mejor.

—¿Qué dice usted, Carmen; qué es lo que está usted diciendo?… ¡Hágame el favor de repetirlo!…

Carmen, temiendo haber sido demasiado explícita, dejó sin contestar mis exclamaciones, y, tras de un breve silencio, me preguntó:

—¿Qué hace ahí tan solo, con una tarde tan desapacible como la de hoy?

—Pregunta es esa difícil de contestar…

—¿Por qué?

—Porque yo mismo no lo sé. Salí del Círculo sin rumbo fijo, y como jinete que suelta las riendas de su cabalgadura para que esta tome la dirección que quiera, así la voluntad dejó a mis piernas la elección del derrotero. Aquí llegué sin saber por qué, ni para qué; encontrándome algo cansado, me senté sin reparar en el mal tiempo… ¡Bendito sea Dios, que guio mis pasos y me trajo aquí, a este lugar donde he tenido la dicha, la alegría, la felicidad de verla!

—Bien está que bendiga a Dios por haberle guiado hasta aquí, si es que tan feliz se considera por verme; pero tenga en cuenta que algo merezco también: si yo no hubiese mandado parar, habría pasado sin que usted se hubiera enterado de mi presencia.

—Tiene usted razón: la alegría hubiera pasado por delante de mí sin que la viera.

—Y, no obstante…, creo que está usted muy necesitado de ella.

Nada repliqué a Carmen; pero mis ojos la miraron con elocuente súplica.

—¿Por qué estaba usted tan triste? —me preguntó adelantándose un poquito en el asiento y acercando su rostro al mío.

—Si no estaba triste, Carmen.

—¿Será capaz de negarlo? Al verle tan abatido, con aquella cara de sufrimiento que tenía, yo también sentí tristeza, pena…, y mandé parar.

—¡Qué buena es usted!

—¿No puedo yo saber la causa de esa tristeza?

—Nadie mejor que usted pudiera y debiera saberla; pero si es cierto que yo estaba algo triste, no quiero negarlo, es por causas que no sé si debo decírselas.

El rostro de Carmen se tiñó de un vivo carmín, y expresó, aunque por brevísimos instantes, una gran alegría.

—Carlos, usted tiene demasiado talento para saber lo que debe decirme…

Aquellas palabras, a las que otro hubiera dado su verdadero sentido, fueron interpretadas por mí de bien distinta manera: yo podía confiarle la causa de mis tristezas, siempre que esa causa no fuese ella: de este modo traduje sus palabras.

Carmen, tomando un tono indiferente y retirándose al interior del coche, al ver que yo no le contestaba, exclamó:

—Se hace tarde y voy a continuar el paseo… segura de que nada le pasa… Además, usted está ahí cogiendo frío, mientras yo estoy aquí tan abrigadita. Me voy, pues, pero prométame no quedarse ahí más tiempo, en espera de alguna pulmonía.

—Será usted obedecida: ahora mismo me voy.

—Así le quiero, obediente.

—¿Puede haber mayor placer que obedecerla?

—No; lo que es palabras bonitas no le faltan —dijo Carmen volviendo a acercarse a la ventanilla.

—Ni palabras… ni hechos.

—Se me ocurre una cosa.

—Siendo ocurrencia suya, será algo bellísimo.

—¿Por qué no va usted esta noche a mi casa? Yo estoy algo malucha y no tengo ganas de ir al teatro. Si usted es tan obediente y tan amable, ¿por qué no va y me proporciona el placer de oír música? Precisamente, ayer he comprado unos valses lindísimos para que los toque… ¿Quiere usted complacerme? Estaremos completamente solos.

Yo quedé confuso, anonadado, al oír aquella proposición. ¿Es que Dios se ponía de mi parte al ofrecerme lo que tanto deseaba?

—¿No me contesta?

—Carmen, la respuesta es innecesaria: estoy por completo a su disposición. Me deja usted confundido con tanta amabilidad.

Carmen, sin parar mientes en lo dicho por mí, y con el tono alegre de una chiquilla voluntariosa que ve un deseo satisfecho, agregó:

—Irá usted más temprano que de costumbre, a las nueve… ¿es buena hora?… ¿Sí?… Yo cenaré un poquito antes y… Sí, sí; a las nueve, a la nueve… ¿Quedamos en eso?

Y como yo asintiera a su pregunta, ella, alargándome nuevamente su diminuta mano, añadió:

—Hasta luego; adiós, Carlos… y váyase de aquí enseguidita… ¿sí?

Y alzando la voz para que el cochero la pudiera oír, ordenó:

—Siga usted, Enrique…

Los fogosos caballos arrancaron con brusquedad, arrastrando rápidamente aquel carruaje en el que iba lo que yo quería más en el mundo.