La pecadora
Capítulo XXIII
No bien hube almorzado, y Dios y yo sabemos lo larga que la mañana se me hizo, me presenté en casa de Carmen, con el mismo afán que hambriento convidado a un magnífico festín.
En la cama, y recostada en unos almohadones, la encontré. Estaba contentísima porque el médico la había autorizado para levantarse al siguiente día.
—Oye, Carlos: tú que también eres médico, ¿no podías autorizarme para que me levantara hoy? Estoy aburrida ya de tanta cama.
—Sí que podía autorizarte, no habría ningún peligro en ello; y es más, creo que ya debías haberlo hecho hace días; pero debes obedecer. Además, si he de serte franco, tampoco te autorizo, porque así estás encantadora.
Entablamos apasionado diálogo, que, a veces, interrumpíamos para dar lugar a dulcísimas caricias. Estas interrupciones eran muy frecuentes.
En una de las veces que nuestro diálogo se vio cortado, y no por las susodichas caricias, sino por una pregunta mía, cuya respuesta era algo comprometida, Carmen, dando otro sesgo a la conversación, recurso muy acostumbrado en ella, cuando no sabía por dónde salir, me dijo:
—Tengo que pedirte un favor, niñito.
—¿Un favor? ¡Gracias a Dios que pides algo! ¿Hace falta que me tire por el balcón? ¿Que mate a alguien?
—Calla, bobo. Mira: abre aquel armario, el de mi gabinete; dentro verás una caja grande de madera; tráemela…
—¿Abrir tu armario? Ahora sí que me voy a enterar de tus secretitos; ahora sí que voy a saber muchas cosas… que aún ignoro.
—Todo lo sabes.
—Todo no; aún hay incógnitas por descifrar.
—No hay nada por descifrar, nada.
Dirigime hacia el mueble indicado, y lo abrí, sintiendo gran curiosidad. Lo que iba a ver era algo muy íntimo de Carmen; era algo así como una prolongación de su ser, de su alma, cuyos secretos, cuyas intimidades compartía.
Un delicioso olor a esencias me envolvió, haciéndome cerrar momentáneamente los ojos con voluptuoso recogimiento.
Había allí confusión enorme de cajas, estuches y envoltorios; puntillas, encajes, guantes, cintas… y misteriosos paquetitos; papeles, bolsillos, frascos… ¡y qué sé yo! …
Quedome ensimismado en la muda contemplación de aquellos múltiples objetos.
—¿Qué miras, simplón? Pareces embobado… Ahí, en la tabla de en medio, está la caja que te digo… ¿No la ves? ¡Ay, qué torpones sois los hombres!…
—Sí, sí la veo —contesté, fijándome en una preciosa caja de cedro con incrustaciones de plata.
—Pues tráela y cierra el armario.
Tomé la caja y se la llevé a la cama.
—¿Qué pensabas que ibas a encontrar ahí, algún elefante?
—¡Ah, si tú me dieras permiso para registrar ese armario!…
—No encontrarías nada de particular; yo te lo aseguro.
Púsose Carmen la caja sobre las rodillas, y abriola. Lo primero que sacó fue un paquete de cartas, atado con una cinta rosa.
—¿Y decías que no encontraría nada?, ¿eh? Déjame ver de quién son esas cartas.
—De un grandísimo pillastre —replicó Carmen, apretando contra el seno el paquete.
—Al que tú has querido mucho…
—Y le quiero.
En lucha cortés traté de arrebatarle el paquetito, que ella defendió heroicamente; cuando vio que iba a perder la presa, exclamó con alegres risas.
—Estate quieto… ¡Si son las tuyas, simple!… ¡Ah!… ¿Qué te habías figurado?… ¡Y qué cara ponía ya el señorito!… ¡Al señor hay que quererle a él solito, pero él es muy dueño de casarse con otra! ¡Qué bien!
Aquí otra interrupción, motivada por un diluvio de besos que di a Carmen.
Dejó esta las cartas en un lado de la cama y sacó de la caja un pequeño estuche con una sortija: era un fino aro de oro con una esmeralda de regular tamaño.
Contempló la sortija con arrobamiento algunos instantes; su semblante se ensombreció ligeramente.
—A ver, trae ese dedo —me dijo cogiendo el anular de mi mano derecha—. A ver cómo te viene esta sortija… Qué bien… Ni hecha de encargo.
—Es verdad: me está justa; un poco apretada.
—¡Mejor!
—¿Mejor? ¿Por qué?
—Porque voy a pedirte una cosa.
—¿Es el favor que querías pedirme?
—No: este es otro.
—Di.
—Que no te quites nunca, nunca, ¿me entiendes?, que no te quites nunca esa sortija de ahí, que te entierren con ella. ¿Me lo juras?
—Pero… —repliqué sin poder contenerme, con entonación que daba a entender mi escrúpulo.
Carmen sonrió tristemente.
—Te comprendo —me dijo—: puedes llevarla sin reparo de ninguna clase. Ni es regalo de amante, ni con dinero del amor está comprada.
—Perdóname…
—No tengo nada que perdonarte; has hecho lo que debe hacer un hombre digno. Lo único que tengo que reprocharte es que me hayas juzgado tan mal; pero… ¡qué le hemos de hacer!… Cuando yo empecé a trabajar en el teatro, no tenía ninguna sortija; ya sabes cuál era nuestra situación; yo sentía grandes deseos de tener una, mucho más cuanto que veía a mis compañeras llevarlas. Un día se me presentó el diablo tentador en figura de corredora, con esa que tienes puesta, y, no pudiendo resistir la tentación, la compré, con la condición de pagarla a plazos, según pudiera. ¡No quiero contarte los apuros que pasé para satisfacer su importe!
—Pobre Carmen…
—¿Le chocará a tu Marcelita?
Al oír el nombre de mi mujer, quedé muy sorprendido.
—¿Sabes cómo se llama mi mujer?
—Lo único que no he podido conseguir ha sido conocerla. Mira: dices que la compraste.
—No pases cuidado por eso; mi mujer se pondrá contentísima de ver que he satisfecho un capricho mío; porque esto no puede pasar más que por capricho…
—Cierto que la sortija es de mujer; pero sobre gustos no hay nada escrito, ¿verdad?
—Repito que estés tranquila.
—¿De modo que puedo estar segura de que la llevarás siempre…, siempre? ¿Me lo juras?
—Te lo juro.
Carmen rodeó mi cuello con sus desnudos brazos, y me besó con júbilo infantil.
—¿Y el favor que tenías que pedirme?
—¡Ay!… ahora llegamos a él, hijo mío.
Carmen revolvió entre los numerosos estuches que la caja contenía y sacó uno de terciopelo blanco. Lo abrió y puso ante mis ojos unos magníficos pendientes de brillantes.
—¿Te gustan?
—Soberbios… ¡Magnífica joya!
—Pues vas a hacerme el favor de llevarlos al Monte de Piedad, rico mío, y procura sacar por ellos lo más que puedas.
Al oír semejante petición, quedé absorto.
—Pero… ¿no tienes dinero?
—¡Ni un centimito!
Instintivamente eché mano a mi cartera.
Carmen, conteniendo mi ademán, me suplicó con tono tan firme y decidido, que me dejó parado.
—No te molestes, sería inútil.
Efectivamente, inútiles fueron mis ruegos, mis súplicas, mis reflexiones; inútil fue mi insistencia para que lo tomara, siquiera en calidad de préstamo. No tuve más remedio que prometer solemnemente que haría el empeño.
—Me parece increíble que habiendo tirado el dinero a manos llenas, te encuentres ahora en ese estado…
—Pues por eso, tontín, porque lo he tirado a manos llenas. No tengo dinero, pero, mira —dijo abriendo la caja y mostrándome las joyas que contenía, algunas verdaderamente magníficas—: tengo más de cincuenta mil duros en alhajas.
Sentía yo vivos deseos de hacerle una pregunta y no me atrevía.
Debió ella leer en mi pensamiento, porque me dijo:
—Sé lo que estás pensando…, lo sé… ¡Para qué hablar de ello!
Una sombra de tristeza cubrió el semblante de Carmen. Los celos mordieron despiadadamente en mi corazón. Aquella incógnita maldita había desaparecido; pero había dejado tras de sí un rastro de amargura, de pesar, de desaliento.
Yo estaba condenado por Dios a no ser nunca el dueño absoluto, único, indiscutible, de aquella mujer.
Con los codos en las rodillas, y dando vueltas entre mis manos al estuche que me había entregado Carmen, quedé mirando fijamente una de las patas de la cama, como si en ella se encontrara la explicación del misterioso enigma de mis desdichas.
Por extraña aberración de los sentidos, lejos de pensar en aquello que, al parecer, me abstraía, la imaginación me llevaba a épocas lejanas, como si quisiera buscar hechos pasados que relacionar con los entonces presentes.
Veía yo a mi padre esperándome en la puerta de San Carlos el día que me doctoré; recordé, hasta con los más mínimos detalles, lo ocurrido entre nosotros aquella mañana; volviose a repetir el almuerzo, me dio el habano y el billete de quinientas; leí, como si en mi mano estuviera, la carta que escribí a Remedios; escuché a Naranjo, que, muy sofocado, nos echaba uno de sus discursos, con motivo de las calabazas que una novia le había dado, mucho mayores que las que darle solían los catedráticos.
Poco a poco, la luz de mi espíritu se fue apagando, y quedé sumido en una especie de marasmo moral, semejante a la idiotez.
El suave contacto de la mano de Carmen, acariciando mis cabellos, produjo en mí el efecto de una varita mágica que me devolviera a mi natural estado.
—¿En qué piensas? ¿Por qué te has quedado así, tan pensativo? ¿Por qué estás triste? —decíame Carmen con voz acariciadora—. No quiero verte de ese modo… me comunicas tu tristeza y me haces pensar lo que no quisiera… ¿Qué tienes?
Respondile con un encogimiento de hombros, que lo mismo podía decir «no lo sé», que «no tengo nada».
—¿Quieres hacerme el favor de volver a guardar la caja en el armario?
Tomé la caja de manos de Carmen, y me dirigí al indicado mueble. Al abrirlo, el suave aroma que antes había percibido, penetró sutilmente en mi cerebro, adormeciendo mis sentidos. Aspiré con fuerza aquel embalsamado ambiente.
Al observar Carmen mi éxtasis, me dijo:
—¿Te gusta ese perfume?
—Sí. Pero este perfume no es el que tú gastabas antes… Todo pasa, todo cambia…
—Es verdad. Aquel perfume es el que más me gustó siempre; pero ya no lo tengo…
—¿Y por qué?
—Pues…, porque todo pasa, todo cambia —contestó Carmen como un eco que repitiera mis palabras.
—¿Cómo se llamaba aquel perfume?
—El nombre era muy raro, tanto que no lo pude aprender nunca. De todos modos hubiera sido igual: ese perfume no se vende.
—¿Cómo, pues, lo tenías?
—Era regalo de una compañera mía; una bailarina griega que conocí en París. ¡Qué muchacha más buena y más cariñosa! ¡Aquella criatura había bailado sobre todo el globo terráqueo; es decir, sobre todos los escenarios del mundo! Tuvo amores, allá, no sé dónde, en un punto muy raro, con un persa, y él le regalaba ese perfume; se lo mandaba a cualquier parte donde ella se hallara. Simpatizamos mucho en el poco tiempo que nos tratamos, y como notara la envidia que su perfume me causaba, prometió mandármelo siempre que pudiese. Hace dos años me mandó los últimos frascos desde Egipto; después no he vuelto a saber de ella… ¡Quizás ha muerto!
—Todo es alegría…
—Sí; todo es alegría…
Al dar las ocho en un reloj del saloncito, me despedí para ir a cenar y hacer el empeño de los pendientes, cuyo importe tenía que llevarle por la noche.
Antes de separarnos, con voz mimosa, como la de una niña que trata de conseguir algo difícil, me dijo:
—Oye, Carlos…, aún tenía que pedirte otra cosa…
—¿Hay qué empeñar algo más?
—No, hombre…
—Entonces, tú dirás.
—Pero ¿me vas a complacer?
—Pide por esa boca, que el complacerte es mi alegría. ¿Qué es ello?
—Esta noche quisiera que me trajeses un retrato de tu mujer… de tu Marcela: quiero conocerla.
—Pero…
—Pero ¿qué?… ¿Es que no me vas a dar ese gusto?
—No, no es eso… Es que el único retrato de mi mujer…
—¿Está mal?
—No… Es que… ¡vamos, se te ocurren unas cosas!… Es que estamos retratados juntos… ¡vaya!…
—¿Sí? ¡Cuánto me alegro!… ¡Así os veré a los dos juntitos! Me lo traerás, ¿verdad?
—Pero, mujer, comprende que el encargo es un poquito violento para mí.
—¡Qué tontería!
—¡Me querrás menos!
—¡Quizá te quiera más! —contestome Carmen con voz velada—. No, no digas que no: quedamos en que lo traerás… De tal manera me empeño…, ¡ay! esto me recuerda los pendientes…, de tal manera me empeño, que si no lo traes, no te recibo…