La pecadora

Guillermo Díaz-Caneja · Capítulo 23 de 32

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La pecadora

Capítulo XXII

 

No sé cómo dar idea del estado en que yo me hallaba al subir la escalera de la casa de Carmen. Aquellos que alguna vez se hayan encontrado en un trance semejante, sonreirán, de fijo, diciendo para sus adentros: «No hace falta que nos lo cuentes: lo sabemos por experiencia»; pero los que nunca hayan sentido en su corazón la mordedura de un amor semejante al mío, si sonríen, será pensando burlonamente: «Hombre, no es para tanto».

Dios te libre, caro lector, de un amor de esta clase: es este de los que envenenan la vida, de los que aniquilan, de los que anulan a un hombre para siempre.

Lenta, pausadamente subía yo los escalones: el amor y el deseo me empujaban hacia arriba; el temor y la duda tiraban de mí para abajo. En medio de la espantosa confusión de ideas que me enloquecían, descollaba, y a cada escalón que subía tomaba más cuerpo, la de que Carmen me había olvidado por completo. ¿A qué subía, pues? No lo sé; pero subía… Ignoraba lo que iba a encontrar en aquella casa y… subía otro tramo…; estaba seguro de causar la impresión de un ser extraño que se mete donde nadie le llama… y seguía escaleras arriba hasta llegar frente a la puerta del piso. El corazón me palpitaba con violencia; mi brazo no tenía fuerza para elevar la mano hasta el timbre… ¡Tres años, más de tres años que no la veía!… Y estaba enferma… quizá en gravísimo peligro de muerte… ¡Y siendo yo médico, dudaba…! La imagen de Marcela, de mi buena, de mi santa Marcela, cruzó afligida, llorosa, ante mis ojos…; su mano, fría como la de una muerta, cogió dulcemente la mía, cuando esta intentó hacer sonar el timbre… ¡Qué lucha más terrible entre el deber y el amor! …

Al fin, sacudiendo de mi mente dudas, vacilaciones… y remordimientos, llamé repetidas veces. Al poco rato oí la voz de Matilde, que decía: «Yo abriré, yo abriré».

El sonido de aquella voz conocida, causó en mí una infantil alegría.

Al abrir la puerta Matilde y verme, reflejose en su rostro la mayor sorpresa.

—¡Carlos!… —exclamó.

Quedé confuso; pudiendo decir tantas cosas, no se me ocurrió ninguna.

—¡Jesús!… ¡Jesús!… —repetía Matilde llevándose las manos a la cabeza, como si temiera que se le escapara.

—¿Llego a mala hora?

—Pase…, pase…, ¡Jesús…, Jesús!… ¡Quién iba a pensarlo!… ¡Dios mío… qué casualidades!…

Semejantes exclamaciones lograron desconcertarme de tal manera, que llegué a sentirme pesaroso de haber subido.

—Perdone usted que me haya atrevido…

—Calle usted, calle usted… ¡Si parece que le ha traído un ángel!

Al oír aquella afirmación, respiré con fuerza; ya sabía a qué atenerme.

—Con lo que Carmen ha llorado y suspirado por usted… ¡Siempre con Carlos a vueltas!… No hace ni cinco minutos que le estaba nombrando.

—¿Es de veras?

—¿Que si es de veras? «Matilde, que yo quiero ver a Carlos… Matilde, mira cómo te las arreglas para que yo hable con Carlos…».

—Pero ¿qué está usted diciendo? ¿Carmen se acuerda de mí?

—¡Madre mía…, no piensa en otra cosa! Loca me tiene ya… ¿Usted sabe que ha estado a la muerte?… Ahora ya está mejorcita; pero bien creí que me quedaba sin hermana.

—Lo supe ayer…

—Cuando estaba tan grave, con un delirio que no se puede usted figurar, no cesaba de nombrarle…

—Y ¿por qué no me avisaron? ¿No sabían dónde vivía? Aunque no lo supieran, con haber ido al Círculo…

—No, si lo sabíamos…, pero…

Por el modo de pronunciar Matilde aquel pero, comprendí que mi matrimonio no era ningún secreto para ellas.

Toda esta conversación tenía lugar en el recibimiento, contiguo a la alcoba de Carmen.

Matilde, como si dudara sobre la resolución que debiera tomar, quedó callada; después me dijo:

—Espere un momento; voy a decirle a mi hermana que está usted aquí.

Diciendo esto, abrió la puerta del saloncito, de aquel saloncito donde tan feliz había yo sido, y entró en él. Desde donde me encontraba veía el piano y la sillita. Cuando mi imaginación empezaba a volar, apareció Matilde.

—Pase, Carlos, pase…; ya sabía que era usted…, le ha oído hablar.

Precipiteme en el saloncito, y de este en el gabinete. La semioscuridad que allí reinaba hízome detener la marcha, temeroso de tirar alguna de las infinitas chucherías que llenaban aquella estancia.

La dulcísima voz de Carmen sonó débil, como un quejido, como un lamento, en el fondo de la alcoba:

—Carlos…, Carlos…

De un salto, resuelto a tirar todo lo que se encontrase en mi camino, me puse junto al lecho de Carmen; cogí la mano que esta me alargaba y la cubrí de besos. Callados permanecimos largo rato; ella sollozaba; en mis manos sentía el húmedo calor de sus lágrimas.

Matilde, que también permanecía silenciosa a los pies de la cama, fue la que puso fin al silencio:

—Vamos, Carmen… ¡no seas chiquilla!… Mira que te vas a poner peor… Abriré un poco las maderas del balcón…

—No, no abras —dijo con viveza Carmen—: para ver adefesios, bastante luz hay con la que tenemos.

—¿El adefesio soy yo? —pregunté, procurando animar la escena.

—Yo…, yo soy el adefesio…

—¿No quieres que te vea? Te advierto que para verte no me hace falta luz.

Carmen, cogiendo a su vez una de mis manos, la apretó fuertemente; después la llevó a su rostro, acariciándolo con ella.

Mis ojos, acostumbrados ya a la penumbra en que nos hallábamos, contemplaron a Carmen…, ¡a mi Carmen! medio incorporada, apoyándose en uno de sus brazos. Sus ojos, al mirarme, relucían con brillantez felina.

Abiertas, un poco, las maderas del balcón, pude contemplarla a mi sabor. Al instante comprendí que se hallaba en plena convalecencia. Delgada y demacrada como se hallaba, su hermosura resultaba interesantísima.

La fiebre de convalecencia no se había presentado, ni era ya de esperar; la alopecia había sido muy escasa y, al parecer, el restablecimiento, que en esta enfermedad suele ser muy largo, adelantaba con la mayor rapidez posible. La memoria flaqueaba un poquito en todo aquello que no se refería a mí; el apetito manifestábase aún rebelde…

Incorporada como estaba, veíase el precioso camisón que abrigaba a Carmen; la espléndida cabellera recogíase dentro de una coquetona gorrita de encajes.

—Trae una silla, Matilde… Y si no, deja, no la traigas; siéntate aquí, Carlos, en la cama.

Matilde, aprovechando la claridad que disfrutábamos en el gabinete, arreglaba algunas ropas.

—¿De modo que te acordabas de mí?… ¿Me llamabas?…

—Ya te lo ha contado todo esa lengua larga de mi hermana.

—¿Y por qué no? —dijo Matilde desde el gabinete.

—Anda…, que para secretos… tú.

—¿Ve usted lo que es mi hermana? Cuando no le veía…

—Sí…, sí… Pero mira; luego tendrás tiempo de arreglar todo lo que quieras…

Matilde, a los pocos momentos, nos dejó solos.

—¡Carmen de mi vida!… ¡Estar tú enferma y no saberlo yo!

—Mi Carlos… Y a propósito: ¿cómo lo has sabido?

—Reina, a quien encontré ayer, me lo dijo.

—¡Ah!… Sí; estuvo aquí hace días, no me acuerdo cuándo; pero no ha vuelto.

—¿Ni tus otros amigos?…

—Ninguno… ¡Así sois los hombres!

—En otros tiempos me hacías la merced de no confundirme con todos.

—Es verdad; tú no eres como los demás. ¿Y de aquel cariñito que tú me tenías?…

—¡Qué preguntas tienes! ¿Es que cuando yo te juraba quererte toda la vida, pensabas que te mentía?

—¡No sé lo que pensaba, Carlos!… ¡Es tan difícil encontrar un amor firme, verdadero, desinteresado!… Pero, sí… tú me quieres… me querías mucho entonces, para que…

—Te quería y te quiero con toda mi alma.

—Pobrecito mío… sí que me quieres: en cuanto supiste que estaba enferma, has venido… Y que por poco, según dicen, no nos volvemos a ver.

—Dios, que sabe lo que te amo, no lo ha permitido.

Carmen dio un profundo suspiro.

—En cambio tú…, tú sí que no me quisiste… ¡ni me quieres! Yo no fui para ti más que un juguete…

—Bueno: no hablemos de eso, Carlos; no hablemos de eso.

—¿Qué mayor prueba que tu cruel alejamiento? Recibí tu última carta… y luego nada: el silencio, el vacío… ¡la muerte!

—No podía escribirte, Carlos. Cuando, después de mucho tiempo, pude, comprendí que no debía hacerlo. ¿No era mi propósito terminar nuestros amores, en bien tuyo? Además, ¿a qué negarlo?, me asaltó la duda de que te hubieras curado tan radicalmente, que temí por el recibimiento que hicieras a mi carta.

—Tú sabías que yo no te había olvidado; si no escribiste, por otra cosa sería, no por la razón que no alegas.

—Sigues tan niño… tan bueno como entonces.

—Niño me llamas, porque no cabe en mi cabeza que, amándose a una persona, se pueda prescindir de ella como se prescinde de un objeto cualquiera.

—Esa es la vida. No sé si puede prescindirse o no… pero sí sé que yo te amaba como no he amado a nadie… ¡a nadie!

—¡Que yo te amaba…! ¡Qué más prueba de que no me amas!

—Carlos, por Dios… si yo te dijese que te amo, ¿de qué serviría lo mucho que en todo este tiempo he sufrido para dar término a nuestra locura?

—Pero entonces, ¿me amas?

—Formalidad, ten formalidad —dijo Carmen, defendiéndose al ver que yo me disponía a estrecharla en mis brazos con loco frenesí.

—Dime que me amas, Carmen; dímelo…

—¿Y tu mujer? —dijo Carmen con tono breve y seco.

Aquellas palabras me dejaron corrido… avergonzado.

—¿Dónde está su cariño de usted, mi señor Don Carlitos?… Tanto me querías… ¡que te casaste con otra!, ¿verdad?

—Es cierto, me casé —repliqué con el aire contrito del pecador que se ve descubierto—. Pero, si es verdad que me casé, también lo es que nadie sino tú tiene la culpa de ello. Creí firmemente que no volveríamos a vernos, que me habías olvidado… Murió mi padre…

—¡Pobrecito!… ¡Aún me parece veros por el Hipódromo!

—Quedé solo, me consideré tan aislado en la vida, que el terror me impulsó a crearme una familia…

—Y has hecho bien, Carlos —dijo Carmen con tierna voz—. Tu mujer te hará feliz…; yo te hubiera hecho desgraciado. Ya ves que no soy yo, sino el Destino, quien me separa de ti. Al hablar de desgracias, nadie más desgraciada que yo: tú tendrás una familia; yo, con el tiempo, no tendré a nadie…

—Me tendrás a mí.

—¿Y tu mujer?

Aquellas palabras en boca de Carmen hacíanme el efecto de fuertes golpes en el cerebro.

—¿A qué mentar a mi mujer? Yo te quiero como te quise siempre, y es preciso que tú me ames… me amas, me lo has dicho antes.

—¿Y de qué sirve que te ame, Carlos? Si en aquellos tiempos el respeto que tu padre me inspiraba tuvo a raya este amor, ¿qué no tendrá hoy el que me inspira tu mujer? No, Carlos, no… Yo te suplico, te ruego que no me obligues a llevar la desgracia a tu casa. No olvides que yo soy mala; y ya que el mucho amor que te profeso me hizo buena para ti, no me obligues a dejar de serlo. Yo sé que tú eres feliz…

—Lo era, relativamente, hasta hoy.

—Lo volverás a ser. Tu mujer es un ángel… ¡por desgracia mía!, es digna de la mayor felicidad, y yo sería la mujer más infame del mundo si le robara la que hoy tiene con tu cariño… Tu mujer te adora…

Carmen, apretando los labios, ahogó un suspiro.

—¿Y tú qué sabes?

—Lo sé, porque te amo más de lo que tú te figuras… Mi señor D. Carlos están orgullosito, que se piensa que él es el único que quiere… ¡Qué sabes tú, inocentón, lo que yo te quiero! Cuando, andando el tiempo, sentí la nostalgia de Madrid; cuando sintiendo en mi corazón un vacío que no encontraba modo de llenar, decidí regresar, y esto fue hace cuatro meses, lo primerito que hice fue indagar lo que había sido de ti; y tan bien lo hice y tan buena maña me di, que pronto me enteré de todo.

»Muchas veces he cogido la pluma para escribirte, y muchas la he arrojado con ira, con desesperación… ¡Yo sabía que eras feliz! ¿Para qué escribirte? En mis indagaciones nada pude saber de si te acordabas de mí. Empecé a odiar a Madrid, le tomé horror y pensé en abandonarlo de nuevo, esta vez para siempre. ¡Cuánto he podido sufrir!… ¡Tú no te enterabas de mi regreso!… No era fácil que te enteraras, puesto que yo no me exhibía; pero de todos modos, ¿para cuándo son los presentimientos? ¡Tu corazón no te decía nada! Pensé en mi padre, tanto tiempo solo en América; resolví vender todo lo que tengo y reunir los restos de mi desdichada familia. Cuando iba a poner en práctica mi resolución, caí enferma; no tuve tiempo más que de vender los coches y los caballos.

En aquel momento entró Matilde con una taza de caldo.

—Déjame de caldos, ¿sabes?… ¡Para caldos estoy yo! —exclamó Carmen, pasando del tono sentimental al humorístico, con tal rapidez, que Matilde y yo nos echamos a reír.

—¿Ve usted? Pues así estamos todo el día. Mi hermana piensa alimentarse del aire, como los camaleones.

—Traiga usted, Matilde —dije cogiendo la taza—; yo me encargo de que se lo tome sin rechistar.

—Sí, dátelas de médico ahora. ¡Qué poco has venido a curarme!… Mira, y que me hubieras ahorrado el dineral que me va a costar tu compañero…

Tomose el caldo Carmen, haciendo infinitos melindres, y teniéndoselo yo que dar, como si fuera una niña chiquitina.

Seguimos hablando un gran rato y, después, ya era muy tarde, me despedí hasta el día siguiente. Aquella noche tenía que hacer dos visitas, y aunque mi gusto hubiera sido dejarlas, Carmen se opuso terminantemente.

Al retirarme a casa, a última hora, llené muchas, muchísimas páginas de mi diario.

Marcela alegró su semblante al ver el mío risueño; díjela que el enfermo en cuestión mejoraba notablemente y que por eso estaba muy satisfecho.

La pobre creía en mí como en Dios, y dudar de mis palabras hubiera sido para ella igual que ofenderle.