La pecadora

Guillermo Díaz-Caneja · Capítulo 12 de 32

Páginas del PDF

La pecadora

Capítulo XI

 

Era el 14 de mayo, víspera de San Isidro. En el teatro de la Comedia actuaba por aquella época, cultivando, aunque sin fruto, la opereta, una compañía francesa. El público permanecía retraído, no sabemos si por el género, o por la compañía misma, que, dicho sea con franqueza, no era de lo mejorcito.

En el elemento femenino de dicha compañía figuraba Mme. Andrée, célebre desde el día del début por la exhibición un tanto exagerada que hizo de sus protuberancias pectorales, en la obra Le jour et la nuit; exhibición que, en el segundo acto, tuvo que velar un poquito, para no ofender las castas miradas del publico. La Wan Daclen y Mary Albert completaban el cuadro.

La obra que se representaba en la noche del mencionado 14 de mayo, era Gilet de Narbone.

No es difícil suponer que tanto la obra como la compañía me preocupaban poquísimo, y que solo la idea de ver a Carmen era lo que me absorbía al entrar en el teatro, donde, dicho sea de paso, el público era poco numeroso. Este detalle, que a la empresa le molestaría bastante, a mí me causó una gran satisfacción: me disgustaba hasta que mirasen a Carmen, y, claro está, que cuanto menos gente hubiera en el teatro, menos serían a mirarla.

El tiempo se mantenía desapacible; al día siguiente, los vendedores, en San Isidro, renegaban del patrón de Madrid, que les mandaba el agua a cántaros.

¿Cuál sería el palco de Carmen? Olvido mío fue no preguntárselo por la tarde; pero ello se sabría pronto y no había por qué lamentar la omisión.

La función empezó; ocupé mi butaca; ella no había hecho su aparición todavía… Al pronto me sobresalté. ¿Me habría engañado? ¿Se habría puesto mala? En tales maquinaciones se hallaba empeñado mi pensamiento, cuando, a la mitad del acto, apareció Carmen, con su hermana, en un palco proscenio, entresuelo.

Su arrogante figura, su belleza asombrosa, realzada por su elegante vestido de crespón de seda negro, llamó la atención general, y cuantos gemelos había en el teatro se enfilaron para admirar tan deslumbrante belleza.

Sentose de espaldas al escenario, quedando frente a mí; poco tardó en verme.

Un ligero carmín cubrió su rostro; sonrió de una manera imperceptible, para saludarme, y paseó, después, la mirada por la sala; en seguida volviose ligeramente hacia el escenario y quedó atenta a la representación.

Jamás me pareció una obra más larga y pesada que aquella que representaban. Concluyó el acto y, como un rayo, salí del patio de butacas para subir al palco.

Cuando llegué, la puerta se entreabrió muy despacito: Carmen era quien la abría, y quien la volvió a cerrar tras de mí, con la misma precaución.

Después de un mudo saludo, en el que nuestras manos se estrecharon con efusión, nos sentamos en la banqueta del antepalco; las cortinas estaban echadas; Matilde permanecía en el palco.

Sentada a mi lado, muy cerca, dejándome sentir su aliento, Carmen me preguntó:

—¿Quiere usted decirme qué es lo que sucede en este primer acto?

—¿Lo que sucede en este primer acto? ¡Yo qué sé lo que sucede, ni a mí qué me importa! —repliqué con el tono propio de la extrañeza que tal pregunta me causaba.

—Pues debía haberle importado mucho, y espero que remediará la falta en los sucesivos.

—¿Por qué?

—Porque así no tendrá los ojos fijos, sin apartarlos ni un momento de donde no debe…

—¿Cómo iba a mirar al escenario estando usted aquí? Y, otra cosa: ¿cómo se ha enterado usted de que yo la miraba? ¿No estaba usted tan atenta a la representación?

—Ahí tiene usted cómo se puede hacer una cosa, aparentando, ante los demás, que se hace otra.

—Luego, si yo la miraba, usted me miraba también; yo era tan feliz que merecía su atención… y tan bruto que no me daba cuenta de ello… ¡Ah, Carmen!, es usted una mujer divina, incomparable.

—Un poco menos.

—No: un poco más. Grande ha sido mi torpeza al no darme cuenta de sus miradas; pero esa torpeza es disculpable: solo el devoto que en amoroso éxtasis adora a una imagen, puede compararse a mí por el arrobamiento con que la contemplaba a usted: ese mismo embelesamiento me impedía ver.

—Pues hay que tener cuidado con los éxtasis, porque, a veces, suelen tener finales muy desagradables… ¿A qué llamar la atención sobre mí?

—Es verdad, tiene usted razón. Pero prescindamos ya de mi falta y atengámonos a las dulcísimas deducciones que de lo pasado se ocurren.

—¿Deducciones? ¡Que alguien se haya enterado de lo que yo no quisiera!

—Cierto: y ese alguien he sido yo.

—¿Usted?

—Sí, yo. Usted ha observado que yo no dejaba de mirarla, luego usted me miraba a mí; cuando me miraba es señal de que prescindía de la representación, como yo; si no se ocupaba de lo que representaban, por mí, es señal indudable de que me ama… y si me ama, ¿por qué ocultármelo? Carmen, no me niegue la vida que desde que la conozco me falta…

—Más bajo, criatura, más bajo… Lo que usted pide es un imposible, una locura…

—Imposible… ¡nada hay imposible!; locura, no creo que sea locura querer coger la felicidad cuando pasa al alcance de nuestras manos.

—Yo no sería la felicidad; sería la desgracia. Créame, Carlos, le estoy hablando como yo no acostumbro a hacerlo; le doy la mayor prueba de cariño que podría usted pedirme, hablándole como una hermana. Sea usted bueno, sobrepóngase a esa pasión, que en mal hora le inspiré, y olvídeme, renuncie a verme, renunciemos, si es preciso.

Cual si en aquellas palabras viera yo el conjuro para que desconocidos genios me arrancaran de su lado, me acerqué más a ella y cogí sus manos entre las mías con apasionamiento.

—¡Renunciar a verla!…

—¡Más bajo, Carlos; por Dios, más bajo!

—¡Preciso es que no tenga usted corazón, para proponerme que renuncie a verla!

Carmen, moviendo la cabeza a uno y otro lado, me contestó con voz apenas perceptible:

—¡Ojalá no lo tuviera!… Porque lo tengo, se lo ruego.

—Pero entonces… ¡por Dios, no me vuelva usted loco!… entonces, ¿usted me ama?

—¿Se empeña en que se lo diga?

—¡Lo ruego!

—Pues bien, sí: le amo a usted, Carlos…

Con impulso febril, con arrebatada demencia cubrí de silenciosos besos las manos de Carmen.

—Pero pondré toda mi energía, pondré toda mi voluntad en arrancar ese amor de mi corazón…

—¡Qué importa!… Lucharemos si es preciso, y venceré.

—No: venceré yo. Su corazón es demasiado bueno, demasiado noble para vencer en esa lucha; yo, ya se lo he dicho en otra ocasión, en el fondo soy mala y venceré. ¿Que me costará sufrir mucho? ¡Lo mismo da! Desde muy jovencilla traté amistad con ese señor tan desagradable y antipático.

—¿Ha sufrido usted mucho?

—¡Mucho!

Acerqueme a ella hasta que nuestros cuerpos se juntaron y con un brazo ceñí su cintura. Carmen no opuso resistencia.

—Si ha sufrido usted mucho, déjeme que yo procure hacerla feliz.

—¿Da usted por hecho que ahora no lo soy?

—Lo afirmo.

—¿Y cómo haría usted mi felicidad?

—Seamos el uno para el otro.

Carmen sonrió bondadosamente; su sonrisa parecía la de una madre que escucha complacida una tontería de su hijo.

—¡Qué fácilmente se dice eso!

—¡Y se hace!

—¿Sí? Dígame… dígame cómo…

Aquella pregunta me dejó, al pronto, algo desconcertado; pero rehíceme al momento y respondí:

—Cierto que yo no soy rico; pero tengo una carrera…

—Una carrera que, con el tiempo, le hará ganar mucho dinero; pero que por el momento…

—Es usted muy cruel, Carmen; busca usted las dificultades con verdadera saña.

—Las busco con verdadero amor. Si yo no le amara, no pensaría en ciertas cosas; buscaría la satisfacción de mi deseo y me tendría sin cuidado que usted se entrampara, que arruinara a su padre, a ese padre ejemplar, del que usted habla con verdadera idolatría. Tenga presente que, aun queriéndome reducir a la vida más modesta, en justo sacrificio a este amor, en mal hora nacido, el arruinarle sería para mí cosa de un par de meses. Vuelvo a repetirle que soy mala… aunque no tengo la culpa de serlo.

Carmen suspiró tristemente; después añadió:

—¿No se ha convencido usted todavía?

—No; me he convencido únicamente de una cosa: la amo… y soy amado.

—Sí, sí… ¡buena la hemos hecho! Pero no; yo arreglaré este asunto… y usted me ayudará. Seamos buenos amigos, amigos íntimos, entrañables… y conformémonos con eso.

Los timbres sonaron por primera vez para el segundo acto. Sentimos a Matilde que en voz baja decía:

—Carmen… que va a empezar.

—Ya voy… ya voy —respondió esta—. Váyase usted —me dijo, desprendiéndose de mis brazos y poniéndose en pie.

Admirado quedé al contemplar la soberbia figura de aquella mujer, que, iluminada por la débil luz que penetraba en el antepalco, parecía una figura de ensueño.

—Vamos… —me dijo con cariñosa impaciencia.

Puesta en pie, la estreché nuevamente entre mis brazos.

—Por Dios, Carlos, un poquito de formalidad…

No era muy acertada, que digamos, la elección del momento en que tal virtud se me pedía. El reducido espacio del antepalco hallábase saturado del sutil y delicado perfume que Carmen usaba, y cuyo aroma, para mí desconocido, iba produciéndome una excitación creciente. Los rojos labios de Carmen brillaban ante mí al ser heridos por la luz; el deseo de poseer aquella fresca boca, surgió en mí de una manera avasalladora, tiránica, sembrando en mis sentidos la anarquía más espantosa, al igual que mujer hermosa siembra la discordia entre amigos entrañables. Nervioso, bruscamente oprimí el delicado cuerpo de Carmen contra el mío, y, acercando mi rostro al suyo, con voz apagada y trémula formulé una petición, una súplica.

—¿Qué? —dijo ella con curiosidad, acercando más su rostro al mío, para oír mejor.

—¡Que me des un beso! —repetí yo, sintiendo en mi garganta un nudo que me impedía hablar.

—¿Que me des?…

—Sí: que me des un beso —repetí, ya con más arrestos.

—¡Ay, Dios mío!… Ese tú… ese tú…

—Ese tú es necesario: yo no puedo pedirte un beso de otra manera.

—Pero ese tú es un peligro más, es un imposible… tan pronto…

—El tú será solo entre nosotros… ¡Dame un beso!

—Bonito modo de tener formalidad…

La voz de Matilde se dejó oír de nuevo, esta vez más apremiante.

Carmen vaciló un segundo; después, clavando sus ojos en mí, echó graciosamente su linda cabecita hacia atrás y, con un delicioso mohín, me ofreció sus húmedos labios, su boca sonrosada.

Un beso, largo y silencioso, nos unió en inefable éxtasis amoroso; después, Carmen, con un suspiro ahogado, y acariciando con ambas manos mi rostro, exclamó con voz que parecía un gemido:

—Vete, Carlos…

Cuando volví a sentarme en la butaca, aún no había salido al palco. A poco de empezar el acto, la vi aparecer con el rostro algo encendido; miró hacia mi sitio y se sentó dando frente al escenario y quedando de espaldas a mí. Ni una sola vez volvió la cabeza durante todo el acto; mi vista no se apartaba de la que, inocentemente, ya consideraba como mía.

Al terminar el acto, las dos hermanas permanecieron en su sitio. Inútilmente esperé que volviese la cabeza. De pronto, me pareció que las cortinas del palco se movían ligeramente; no me equivoqué: Carmen y Matilde volvieron rápidamente la cabeza y, levantándose, entraron en el antepalco. A los pocos momentos vi salir a Matilde, que se puso a leer un periódico ilustrado. Sentí una desazón, una inquietud que dio al traste con mi loca alegría. ¿Quién habría podido entrar en el palco? ¿Sería alguno de los habituales contertulios de Carmen? No; no podía ser ninguno: ni una ni otra hermana se hubiesen molestado en salir a su encuentro; quienquiera que fuese, hubiera entrado sin misterios de ninguna clase.

Una idea cruzó por mi pensamiento, como una centella por el espacio: la incógnita… ¿Quién podía ser sino la incógnita? Aquella rapidez en salir al antepalco, aquella solícita atención, ¿qué otro podía merecerla? Así pensando, me olvidaba de que, momentos antes, yo había merecido igual distinción. La incógnita, la incógnita; ella era, allí estaba, detrás de aquellas cortinas se ocultaba… Pero esto era también muy dudoso: Reina me había dicho que la tal incógnita estaba por resolver… ¿Por resolver?… Si en todas las ocasiones estaba tan oculta como en aquella, poco iba yo a tardar en destruir el misterio, en hacer la luz en las tinieblas. Al ir a levantarme de la butaca para ponerme en acecho, Carmen reapareció en el palco. Cual si conociera mis intenciones, fijó en mí su mirada fría, cruel, imperativa, que me prohibía levantarme de la butaca; bajo el influjo de aquella mirada, de aquella orden inapelable, permanecí clavado en mi asiento. Satisfecha de mi sumisión, sonrió, cambiando el frío aspecto de su semblante en otro más dulce y apacible, y se sentó junto a su hermana.

Terminó la representación. Salí del teatro y me situé a respetable distancia de la puerta. Al poco rato pasó ante mí el carruaje que conducía a las dos hermanas; Carmen, acercando su cara al vidrio, me saludó con una sonrisa y una inclinación de cabeza.

Algo preocupado con lo que había pasado en el teatro, me encaminé hacia mi casa; pero, poco a poco, esta sombra fue desvaneciéndose en mi cerebro, para dar lugar a la resplandeciente imagen de Carmen.

Sintiendo sus manos en mis mejillas y su boca en la mía, me quedé dormido.