La pecadora

Guillermo Díaz-Caneja · Capítulo 2 de 32

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La pecadora

I. Que puede servir de prólogo

I

 

Que puede servir de prólogo

 

Dos meses hará, día más, día menos, que mi editor vino a visitarme. La tal visita tuvo lugar en una mañana del mes de octubre, que no se me olvidará fácilmente, por lo fría y desapacible que estaba.

Doña Modesta, el ama de llaves que yo tengo, entró en mi alcoba con paso temeroso; este temor estaba justificado por la orden que yo le tenía dada de no recibir a nadie en tales horas. La pobre señora, creyendo que el editor no podía estar comprendido en la citada orden, porque, como ella decía, hablar del editor era hablar de mis intereses, se atrevió a contravenir mi disposición, en la seguridad de que, lejos de enojarme, me alegraría.

Al ver mi enfado puso tal cara de asombro y de zozobra, que, compadeciéndome de la pobre mujer, dulcifiqué mi tono y casi me reí; y hay que tener en cuenta que hacerme reír a mí desde muchos años a esta parte, no es empresa tan fácil, ni mucho menos. Calmando, pues, mi enojo, le mandé que dijese a mi editor que esperara un poco, que iba a vestirme.

Diez años hace que Doña Modesta se encuentra a mi servicio; la pobrecilla me quiere entrañablemente, y es lo cierto que me cuida con el mismo amor y solicitud que una madre a su hijo.

Quedó viuda con una hija que nada tenía que agradecer a Dios en lo físico, pero sí en lo moral: en esto salía a su madre.

El marido de Doña Modesta, que fue músico, dejó a las dos mujeres en un estado tan precario, que pronto se vieron obligadas a tomar una resolución para ponerse a salvo de la miseria. En aquel entonces me hablaron de ellas, y tomé a la madre a mi servicio; de lo que cada día me alegro más, pues, dado el carácter que ahora tengo, nunca pensé que pudiera hallar una persona tan adaptable a mi modo de ser, un poco raro. La hija, no queriendo yo que se separara de su madre, vino a mi casa también, aunque no en calidad de sirviente: la pusimos de aprendiza en un taller de modista, y hoy gana un jornalito modesto, pero suficiente para atender a su personilla. Por las noches, cuando regresa del trabajo, se ocupa en algunos menesteres de la casa, tales como el repasado de la ropa, etc.

Completa mi sevidumbre una cocinera que, por no podérsela pegar a Doña Modesta, en la compra, bufa como un condenado; pero que guisa como no hay dos; y váyase lo uno por lo otro.

Renegando de la oficiosidad de mi ama de llaves, encendí un pitillo, y empecé a vestirme con toda la lentitud propia del que no tiene costumbre de madrugar, y que, cuando lo hace, como yo entonces, es en contra de su voluntad.

Mi editor no iba nunca a mi casa, así es que no dejó de extrañarme su visita.

Concluí, ¡por fin!, de vestirme y me lancé al pasillo que conduce a mi despacho, con la misma decisión que el bañista perezoso, para pasar pronto la impresión, se tira de cabeza al mar.

Al entrar en la citada habitación, un apretón de manos y algunas frases amables de saludo y de disculpa, él por haberme hecho levantar, y yo por la espera a que le había obligado, dieron principio a nuestra entrevista.

Don José, que así se llama mi editor, fue el primero en hablar para exponerme el objeto de su visita. Escuchábale yo con atención, sin dejar por eso de pensar que todo aquello que me estaba contando me lo podía haber dicho a las cuatro de la tarde y no a las diez de la mañana, hora en que, según mi calendario, empezaba a salir el sol… ¡Pero váyales usted con tales calendarios a hombres como este, que el día le parece corto para ganar dinero!… ¡Seres admirables, que nunca tienen bastante! ¿Para qué querrán tanto dinero?

Esta pregunta mía me hace sonreír: hace años, todo el dinero del mundo me hubiera parecido poco para mí.

Dije que escuchaba con atención a mi interlocutor, y lo repito; el asunto no era para menos: se trataba de renovar nuestro contrato, que termina en el próximo año.

A medida que avanzaba en su discurso, acentuaba yo los movimientos negativos que hacía con la cabeza. Don José, al concluir, quedose mirándome con el más grande estupor pintado en su rostro.

—Pero… ¿es que se niega usted a que renovemos el contrato? —me preguntó, tras de un breve y cómico silencio.

—Sí, señor; me niego. —Don José, que dicho sea en su honor, es una bellísima persona, se puso colorado como un pavo. Comprendiendo la causa de su sonrojo, me apresuré a tranquilizarle.

—No es que tenga queja ninguna de usted ni de las condiciones de nuestro contrato, en el que siempre ha procedido como hombre honrado, como caballero; nada que a esto se refiera ha influido en mi decisión; esta dimana solamente de mi voluntad, de mi deseo, de mi resolución irrevocable de no escribir más. Yo, que ningún rato agradable tengo en mi vida, estoy cansado de proporcionárselos a los demás.

Al oír mis últimas palabras, D. José pegó tal respingo en su silla, que me hizo reír.

—¡¡Que no escribe usted más!!

—No, señor.

—Usted, que ahora se halla en el apogeo de la gloria; usted, que ha llegado a conquistar una nombradía envidiable… ¿no quiere escribir más?

—Yo, sí, señor, yo; yo que he llegado a conquistar, sin pretenderlo, y quizá por eso mismo, todo eso que usted dice, no quiero escribir más libros.

—No lo creo; no puedo creerlo…, es imposible… ¡Carlos Mangín, el novelista preferido de las damas, el mimado, el agasajado por donde quiera que va, desaparecer en pleno éxito!…

—Ahí verá usted.

—Permítame que dude…

—Permitido; pero usted se convencerá; es una resolución de la que nada, ni nadie, me hará variar. Nuestro contrato termina en el año que se avecina; le debo a usted la novela correspondiente a ese año; la tendrá en la época acostumbrada; después, ni una letra más saldrá de mi pluma.

—¿Y a qué es debida esa resolución? Usted es joven; cincuenta años son pocos años para haber llegado al cansancio, a la desilusión, al menosprecio de los aplausos, de las alabanzas.

—Mi edad no es mucha, cierto; mi exterior es joven; pero mi alma, mi corazón, mi espíritu se hallan en plena y desconsoladora vejez. Usted, Don José, conoce algo de mi vida…, quizá, dentro de poco, conozca el resto, y entonces comprenderá mi deseo, mi resolución de retirarme al bello rincón donde nací, y del que no pienso volver a salir.

—¡Ah, mujeres… mujeres! —dijo mi editor, poniendo una cara tan expresiva que bien claro daba a entender el mal concepto en que las tenía.

—¡Pobrecillas!

—Usted, por lo menos, no ha hecho sino alabarlas en sus libros.

—Y bien sabe Dios lo desinteresadamente que siempre lo hice… Nunca quise ver sus defectos… ¿Para qué? Su belleza es más que suficiente para que las admiremos.

—Bellísimas… sí; muy bellas… si sus lindas cabecitas no estuvieran, por regla general, huecas.

—Si hoy, tal y como es, la mujer trae revueltos a los mortales, ¿qué sucedería si sus lindas cabecitas estuvieran organizadas para discurrir de una manera más cuerda y lógica de como lo hacen? Si eso sucediera, Dios tendría que reconocer su error, al creer que castigaba al género humano privándole del Paraíso; la Tierra sería un paraíso mucho más bello.

Don José me miró con sorpresa algunos instantes, y después dio un profundo suspiro.

—Cierto —continué diciendo— que al tratar de la mujer hay que distinguir dos clases o grupos: el de las que comprenden su divina misión en la tierra, y la cumplen haciendo de ángeles…

—Sí —interrumpió vivamente D. José—; y el de las que, no comprendiéndola, hacen de demonios; ya estamos en eso.

—Usted comprenderá que al hablar de la mujer para alabarla, de las comprendidas en el primer grupo se trata. Cuando se alaba el vino de Jerez, al legítimo nos referimos, que no a las imitaciones y falsificaciones.

—El juicio no es arriesgado…

—¿Por qué?

—Porque ni por un ojo de la cara encontrará usted una que se considere incluida en el segundo grupo.

No pude por menos que echarme a reír al oír el fiero tono con que mi editor pronunció aquellas palabras.

Aún se prolongó nuestra conversación largo rato; después, D. José se despidió asegurando que se proponía hacerme cambiar de idea.

No lo conseguirá; estoy resuelto a escribir mi última obra. Así pensaba yo en aquel momento, y así pienso ahora al emborronar estas cuartillas que, a modo de prólogo, han de formar parte de ella.

Tenía el propósito de escribir una novela, una bella mentira más —y téngase presente que si digo bella es porque así califica el bondadoso público mis modestas producciones—; pero en estos dos meses transcurridos he cambiado de idea y he decidido escribir una gran verdad. Así como algunos escritores dejan escritas sus Memorias para que se publiquen después de muertos, yo voy a escribir las mías para que se publiquen en vida. No obstante, para mí será como si ya no perteneciera al mundo de los vivos, toda vez que, al terminarlas, me iré a mi casa del valle de Santa Felicina, rompiendo toda clase de relaciones con los moradores del resto del planeta.

Como Memorias debéis considerarlas, ya que a hechos a mí acaecidos se refieren; mas como novela habréis de leerlas, porque, algunas veces, el novelista tendrá que poner su pecadora mano en muchas de sus páginas, para velar en ellas la verdad con el artificio. La verdad no siempre puede ni debe decirse; así, pues, en esta ocasión justo será expresarla de modo que no sufra alteración en su esencia; pero sí en la forma.

 

* * *

Algunos días han transcurrido desde que escribí los anteriores renglones. Hoy decido empezar esta obra, y, al tomar la pluma para ello, mi mano tiembla.

Estamos en Nochebuena. Sentado ante mi mesa, sin que se escuche ruido alguno en mi casa, donde todos duermen, ni en la calle, que es poco pasajera y un tanto aristócrata, siento la misma emoción que debe sentir el que, sano de cuerpo y de espíritu, dicta su testamento, su postrera voluntad. Recuerdos de mi vida… con tal precipitación os agolpáis en mi corazón, que le oprimís, dificultando sus movimientos y causándole agudísimo dolor. Venid a mí, espíritus de aquellos a quien tanto amé; y ya que hoy es noche en la que los humanos seres se reúnen para estrechar más y más sus afectos, reunámonos también para acrecentar, si ello es posible, el recuerdo que a vosotros me une.

Las doce dan en el reloj de un cercano edificio público, cuando, con inseguro pulso, empiezo a escribir el segundo capítulo de esta obra, y primero de lo que bien puedo llamar mi confesión.