La pecadora

Guillermo Díaz-Caneja · Capítulo 19 de 32

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La pecadora

Capítulo XVIII

 

A primeros de junio entraron triunfalmente en la Padruca chica mis tíos y mi prima. ¡Adiós mi tranquilidad!

Mi tía no cesaba de lamentar que mi padre hubiera muerto cuando ellos podían haberle hecho tanta compañía; mi tío a todo decía que sí y todo lo encontraba bien; mi prima, por el contrario, desde que en la estación se apeó del tren, no cesó de poner inconvenientes a cosas y personas. Según ella, las obras realizadas en la casa, con arreglo a un plan trazado e ideado por mi padre, no tenían lógica; en mi casa tampoco encontró nada de su gusto, y todo estaba fuera de la lógica. Las alcobas, que estaban en el principal, era lógico haberlas puesto en el bajo, y, por la misma razón, las habitaciones que estaban en el bajo, era lógico que estuvieran arriba. ¡Cristo! qué primita.

Miró despectivamente a Marcela, que tampoco era lógico que fuera desnuda de pie y pierna, y creo que no contestó al saludo de Manuela. Tanto esta como su hija otorgaron a mi prima, desde el primer momento, todas sus simpatías. Acostumbradas a mi trato cariñoso, poco faltó para que se echaran a llorar al ver el desdén de mi muy amada prima…

Mi tío, como ya he dicho, todo lo encontraba de perlas, como no fuera la barbaridad de ir a meterse en un pueblo, habiendo un Madrid tan hermoso.

Disimulando el disgusto que ello me producía, atendiles cuanto fue menester durante los primeros días de su residencia en Santa Felicina: comía con ellos, casi a diario; acompañábales a paseo para que conocieran todos los bellos lugares, que tanto abundaban en los alrededores; lleveles hasta Rodaleda, aldea situada al otro lado del Padruco, y en la que ya se empezaban a levantar preciosos hoteles, que profetizaban el nacimiento de una nueva estación veraniega; puse a su disposición mi pequeño balandro, único que mereció la aprobación de mi prima Adriana, y en él dimos algunos paseos. Algunas noches que cenaba con ellos, después hacíamos música. Yo no había vuelto a poner las manos en el piano desde que dejé de ver a Carmen; aquellas sesiones reavivaban mis dormidos recuerdos.

Mi prima tocaba muy bien; y al decir que tocaba muy bien, ha de entenderse que tenía una gran ejecución, porque, en cuanto a las demás condiciones que el arte requiere, mi prima era una nulidad: Adriana no tenía corazón, no sentía el divino arte; sus dedos eran palos que se movían con exactitud matemática, impulsados por resortes; no eran tales dedos que sirvieran de medio para exteriorizar el sentimiento de los sonidos.

No viendo tocar a mi prima, creeríase que se oía tocar una moderna pianola.

Con todo y con eso, al oírle alguna obra, tal como el vals Pienso en ti, que yo tocaba en casa de Carmen, me hacía experimentar hondísima emoción… ¡Ah, mi Carmen adorada…! «Pienso en ti».

Sí: por mucho que yo hiciera y aunque ello fuera más tranquilamente, no dejaba de pensar en ella.

Una vez cumplida mi misión de enseñarles cuanto en el término de Santa Felicina, había digno de ser conocido, fui retirándome a mi antigua vida; mas de poco me valió: mi prima, unas veces con su madre y otras sola, iba a mi casa todos los días, con gran disgusto de Marcela y mío, que así me veía privado del placer que hallaba en el estudio y en el aislamiento; y mucho más que ver alterados mis hábitos y costumbres, me molestaba el creciente desdén con que Adriana trataba a Marcela. Veía lo que sufría la pobrecilla, y aquello me ponía de un humor endemoniado.

Cierta mañana en que mi tía y mi prima, abandonando su casa, fueron a poner en orden la mía, según decían ellas, Adriana, como siempre, encontró mal todo lo hecho por Marcela; esta se hallaba en el Padruco lavando ropa, como era su gusto y tenía por costumbre, en un límpido arroyo que por él corría.

Aquella mañana, Adriana tuvo frases más desdeñosas que nunca para la pobre niña.

—La verdad es —decía con el tono ampuloso que usar solía—, que no comprendo la preponderancia que aquí tiene esa chicuela; según he visto, se toma más confianza de la debida en una criada.

—Te equivocas, Adriana —repliqué haciendo todo lo posible para que mi lengua no hablara más de lo que yo quería—; Marcela no es aquí una criada; es mi hermana.

Adriana se echó a reír, fingiendo tan mal su hilaridad, que, a su lado, la cómica más detestable hubiera resultado una eminencia.

—¿De qué te ríes? —pregunté, sin que aquella risa me causara molestia alguna.

—¿De qué quieres que me ría? ¡De ese parentesco!

—Pues perdona que te diga que no veo en él motivo de risa. Si mi padre consideró a Marcela como una hija, ¿es mucho que yo la considere como una hermana?

—Tu padre y tú procedisteis muy de ligero al otorgar tal parentesco.

—¿Por qué?

—Porque para eso debíais haber contado antes con el resto de la familia: no creo que tú, por lo menos, me causes la ofensa de igualarme a ella, haciéndomela reconocer por prima.

—Estás en lo cierto: ni se me ocurrió la idea de comparar a una mujer como tú, con una chiquilla como Marcela.

—Si al menos tu hermana fuera un poco más decente… Pero mira que tener una prima que va descalza…

Una oleada de sangre me subió a la cabeza al oír lo dicho por Adriana. Comprendí que la conversación tomaba un sesgo muy peligroso, y cambié el giro de la misma.

—¿Y el tío? —pregunté aparentando indiferencia.

Adriana, que sin duda esperaba la respuesta a sus agresivas palabras, quedó desconcertada algunos momentos; pero rehízose en seguida, y secamente me contestó:

—Se fue a pasear por el monte.

—Tu papá lo entiende.

Adriana, sin prestar atención a mis palabras, con lo que pretendía pagar mi anterior desdén, llamó a su madre, ocupada en atormentar a Manuela, diciéndole cómo se hacía tal o cual cosa en Marsella, y, despidiéndose de mí, se alejaron.

Las palabras de Adriana mordían en mi corazón como víboras. Púseme a pasear por la corraliza, con gran desasosiego, deplorando con toda mi alma no haberle dicho a mi prima cuatro verdades bien dichas. Una mujer como ella no tenía derecho al respeto, a la galantería debida a su sexo: mi prima no era una mujer, era un mal bicho. Yo no debía haber consentido que ofendiera a Marcela…; no debía haberlo consentido de ninguna manera… ¡Pobre niña!… ¡Que iba descalza!… Ella lo quería así; esa era la costumbre del país… ¿Cuánto no habíamos luchado para que dejara tal costumbre?… Por lo demás, todo el dinero que yo tenía era suyo.

Embebido en estas ideas me hallaba, cuando a la parte de fuera de la corraliza sentí la juvenil y fresca risa de Marcela, y la voz de un hombre que con ella hablaba.

A poco, aparecieron Marcela y mi tío. Entre los dos, llevándolo cada uno por un asa, conducían un cesto con la ropa que Marcela había lavado.

—¡Pero tío…! —exclamé.

—Mira, Carlos —dijo Marcela—; no he podido conseguir que me dejara traer el cesto en la cabeza, como siempre.

—Pues no faltaba más. Un caballero como yo, no podía consentir que una muchacha tan linda fuera cargada como un gañán.

—Si esto no pesa nada —replicó Marcela cogiendo el cesto y llevándolo al otro extremo de la corraliza, donde ya Manuela había dispuesto cuerdas para tender la ropa.

—¿Cuándo va usted a tener formalidad, tío? —dije yo, olvidándome de mi disgusto y riendo al ver su cómica actitud.

—Cuando sea viejo, sobrino; cuando sea viejo. Tú comprenderás que, porque al Estado le haya dado la gana de jubilarme, no voy a considerarme viejo; me falta mucho para serlo. Me fui a dar un paseo por el monte; sentí una preciosísima voz de mujer que cantaba, y me acerqué, no por nada, como tú puedes comprender, sino por curiosidad de ver en qué rama se posaba aquel ruiseñor… y me encontré con Marcela. Me senté al otro lado del arroyo, frente a ella… y allí hemos estado charlando hasta que terminó.

—Sí… charlando; usted es el que ha charlado diciéndome muchos embustes — dijo Marcela atravesando frente a nosotros y dirigiéndose a tender la ropa.

—¿Embustes yo?

—Sí, sí. ¿No es embuste, y bien grande, decirme que si soy bonita y que si fue y que si vino?

Marcela, echándose a reír, se fue corriendo a donde el cesto se hallaba; mi tío se puso colorado como un pimiento.

—¡Pero tío… pero tío!…

—Hombre, no creo que haya delito en decir la verdad… ni creo que por ello se deba tomar el rábano por las hojas. ¿Que es bonita le dije? Pues me quedé corto: ¡es divina!

»Si Fidias, Praxiteles, Mirón, Alcamenes y Scopa resucitaran y la vieran, tendrían que morirse de vergüenza al considerar que todas las maravillas artísticas que salieron de sus manos, no fueron tales maravillas, sino pucheros de Alcorcón.

»¡Qué brazos!… ¡Qué garganta! ¡Qué senos!… que pude entrever por su desabrochada chambra, ¡y esto no es culpa mía!… ¡Qué mujer, chico, qué mujer!… ¡Y que tú te pases la vida descubriendo microbios!

—Tío, usted disparata.

—¡Qué he de disparatar, hombre; qué he de disparatar!… Mírala: mira que arranque más fino, más elegante de pantorrilla. Mira su busto cuando levanta los brazos para colgar la ropa; mira esa garganta, cuando echa la cabeza hacia atrás. Pero ¡qué vas a mirar, si siendo médico no te has enterado de que tenías cataratas!

Mi tío hablaba sin dejarme hacer objeción alguna.

—Suponte tú esa pierna cubierta con una buena media de seda, de hilo… si quieres; hazme el favor de figurarte que ese pie tan chiquitín, con ese empeine tan alto, está calzado con un lindo zapatito de charol… de tafilete… de becerro, si no quieres gastar tanto; ten la amabilidad de sustituir esa chambrilla, aunque no sea más que un momento, por una blusa bien hecha, y esa falda por otra mejor y bien cortada; imponte el sacrificio de que hagan la blusa un poco escotadita para que se vea el blanquísimo nacimiento de la garganta; tómate la molestia de llevar a Marcela a casa de una peinadora… o trae la peinadora a casa… o déjala con esas mismas trenzas colgando, y… o no hay Dios y yo soy un imbécil, o tú tendrás que confesar que en tu vida has visto una criatura más linda, más hermosa, más hechicera… ¡La cabeza me corto yo si no lo confiesas!

El calor descriptivo de mi tío me sugestionó de tal manera, que, sin yo poderlo evitar, imaginativamente, hacía cuanto iba diciendo, y juntos llegamos al final de la completa transformación de Marcela… ¡Verdaderamente, quedaba hermosísima!

Cuando mi tío se marchó, jurando y perjurando que hay juventudes muy mal empleadas, aún me duraba la impresión que su discurso me causara. Me senté y seguí contemplando a Marcela, en tanto que duró el tendido de la ropa. Aún descubrí en ella más encantos que los enumerados por mi tío. ¡Qué gracia en sus movimientos, qué maravillosa flexibilidad la de su talle, qué manos, a las que solo faltaba verse libres del agua y de la rudeza de ciertos trabajos, para quedar convertidas en las finas y delicadas de una princesa, de una reina…!, ¡de un hada! ¡Qué preciosa tonalidad de color la de su abundantísimo pelo!…

Manuela había salido a la corraliza y ayudaba a su hija.

Pensativo quedé algunos minutos… ¿Cómo era que habiendo siempre encontrado hermosa a Marcela, no me había fijado nunca en los detalles de su hermosura? ¿Acaso en aquel momento la miraba de otra manera que como la había mirado antes? No lo sé.

Próxima a terminarse la tarea que las ocupaba, me levanté y fuíme hacia ellas.

—Oye, Manuela —dije—: ¿no hablabais la otra noche de que Juanita, la hija del tío Ramón, se quería poner a servir?

—Eso dice.

—Quiere irse a la capital —agregó Marcela.

—Pues mira: no hace falta que se vaya a ningún lado; si quiere, puedes decirle que, desde mañana, venga aquí, a casa.

Quedáronse madre e hija mirándome, como si no me hubieran comprendido.

—¿Aquí? —dijo, al fin, Manuela.

—Sí. Aquí… aquí…

—Pero… ¿para qué queremos aquí a la Juana?

—Para que haga todo lo que no quiero que continúe haciendo Marcela.

Esta abrió desmesuradamente los ojos y puso tal cara de angustia, que no parecía sino que yo la echaba de casa; no menos espanto se dibujó en el semblante de Manuela.

A punto estuve de echarme a reír, al verlas en aquella tan dolorosa actitud.

—No hay por qué asombrarse tanto; no es ninguna cosa del otro mundo lo que digo. Es muy sencillo: no quiero que Manuela lave más ropa, ni friegue, ni se ocupe de menesteres por el estilo; por eso quiero que venga la Juanita. ¿Está esto claro?

—¿Y qué hago yo entonces? —exclamó Marcela, cuyos ojos se humedecían a impulsos de una emoción mal contenida.

—¿Qué haces tú? ¡Pues otras cosas que resulten más propias del papel que aquí representas! ¿No eres mi hermana? Pues quiero que lo seas verdaderamente.

Sentose Marcela en una gran piedra, que de banco hacía, y con el pañuelo enjugó las lágrimas, que ya no pudo contener.

—Pero ¿por qué lloras? ¡Tiene gracia!… ¡Pues vaya un motivo para llorar!

—Si no lloro…; es que…

—Es que… ¿Qué es… lo que es?

Manuela, sin despegar los labios, dábale vueltas y más vueltas a su mandil, al que planchaba pasando alternativamente sus manos de un extremo a otro del mismo.

—Y no es esto todo.

Un tiro no hubiera sembrado mayor pánico en una bandada de gorriones que el que aquellas palabras causaron a la madre y a la hija. ¡Con qué caras de terror me miraron! Yo, sin darme por entendido, continúe:

—Mañana, en el tren de las once y cinco os vais las dos a la capital.

—¿Para qué? —preguntaron las dos con viveza.

—Para que tu madre te compre ropa, medias, zapatos y todo lo que necesites. No quiero que vistas con tanta humildad, ni que vayas descalza y con las piernas desnudas… No, no me vengas con que es la costumbre del país en las muchachas como tú… Ni tú eres pobre… ni yo tengo nada que ver con las costumbres…

En la cara de Manuela leí que algo quería decirme, y no se atrevía, o no sabía cómo…

—¿También a esto tienes que poner reparos? —dije yo, para darle medio de romper a hablar.

—No es que yo tenga que hacer reparos… es que… ¡vamos!… es que Marcela… es Marcela y no puede ser más que… Marcela… Comprende que yo no voy a ser eterna; que ella se casará y que, al casarse, tiene que ser con uno de su clase… y que con eso que tú quieres hacer, que es lo mismo que hacerla una señorita, pues nunca tendrá novio…

—¿Casarse? ¿Tener novio? ¿Y para qué quiere Marcela tener novio? ¿Qué necesidad tiene de novio siendo una chiquilla? ¿Tú has pensado en tener novio?

Marcela, poniéndose muy encendida, negó vivamente con la cabeza.

—¿Lo estás viendo, Manuela?

—De todos modos, debes pensar que lo que quieres…

—Lo tengo bien pensado y no hay más que hablar: Marcela es mi hermana… y quiero hacer de ella lo que debe ser, lo que merece ser… lo que hubiera sido hace mucho tiempo, si no se la hubiera consentido, como niña mimada, hacer su gusto. ¿Te has enterado? ¿Sí? Bueno; pues ya lo sabes, Manuela: mañana os vais, como he dicho, y le compras todo lo necesario: y tú te compras también lo que sea menester, en consonancia a lo de Marcela.

Precisa advertir, para mayor claridad de mis anteriores disposiciones, que Manuela, desde que murió mi madre, perdió de tal manera el carácter de criada, que ni aún salario cobraba: ella tenía el dinero del gasto de la casa y de él cogía cuanto había menester: cuando se le terminaba pedía más, y mi padre se lo daba sin echar cuentas. Yo seguí la misma costumbre.

El salario de Manuela, mi padre, sin decir nada, lo fue guardando para dote de Marcela. Durante algún tiempo le imité en esta costumbre como en todas. Por la tarde, ya más sosegadas, Manuela gastaba bromas a Marcela, y aun esta hubo de decirme mientras me servía la cena:

—Ahora sí que me voy a conquistar el cariño de tu prima…

Aquella noche dormí mal: Carmen, Marcela y Adriana acudían a mi pensamiento sin que yo pudiera deslindar los campos en que cada una se agitaba, ni la idea que cada cual representaba en mi mente.