La pecadora
Capítulo VI
La chocolatería a que se refería Reina, estaba situada en una de las dos calles que, a lo largo, limitan el paseo. El establecimiento en cuestión era un hotel con jardín, habilitado para tal clase de comercio; cosa que no es de extrañar, porque en Madrid, la mayoría de las industrias, así como las oficinas, están instaladas en locales habilitados para el caso; nunca, o casi nunca, en locales construidos exprofeso: esto es fiel reflejo de nuestro carácter; los españoles servimos para todo. ¿Cuál es el que no se ha dedicado a más de una carrera u ocupación en la vida? Casi ninguno. Lo corriente es tener en los primeros años vocación de cura y acabar siendo corredor de alhajas o artista de circo…; esto sin hablar de la profesión de autor cómico, que es una de las que todo español intenta… por fácil.
El día, como ya he dicho, era espléndido; uno de esos días con que marzo suele obsequiarnos para que confiadamente nos dejemos atrapar, después, por una soberbia pulmonía.
El jardín de la chocolatería estaba lleno de mesas, y de estas, muy pocas vacías.
Los coches formaban dos grandes filas a uno y otro lado de la puerta de la verja. Reina saltó rápidamente al suelo; yo le seguí. Entramos en el jardín; a los pocos pasos se detuvo y miró a todas partes.
Yo esperé a su lado sin decir palabra.
Al cabo de algunos segundos, Reina, poseído de viva satisfacción, exclamó:
—¡Ah!… Ya lo sabía yo…
—¿Busca usted a alguien? —me atreví a preguntar.
—Venga usted para acá, hombre; venga usted para acá.
Y hablando en alta voz se dirigió, por entre las apiñadas mesas, hacia el fondo del jardín. Si yo le preguntaba algo, siempre me respondía lo mismo: «Venga usted para acá, hombre; venga usted para acá»; y de ahí no había quien le sacara.
Llegamos, por fin, al para mí ignorado destino: era este un velador, algo aislado, en el que una mujer elegantísima tomaba chocolate.
La dama, sorprendida por nosotros en su ocupación, levantó el rostro y, al ver a Reina, lanzó una alegre exclamación. Su mirada pasó rápidamente sobre mí. Al contemplar su divino semblante quedé atónito, azorado; me puse encendido como la grana y las piernas me temblaron ligeramente.
Aun cuando fuera mi deseo hacer la descripción de aquel ser sobrehumano por su belleza, la discreción pone trabas a mi pensamiento, y el temor detiene mi pluma.
No creo que a nadie causara perjuicio el que yo retratara aquí a la protagonista de esta historia; pero ya que en vida a nadie hablé de ella, por ser siempre mi norma que aquello que bien se ama debe ocultarse en lo más profundo de nuestro corazón y no exponerlo a los ajenos juicios, ahora que no existe, tampoco quiero hacerlo. Multitud de circunstancias de su vida aparecerán cambiadas, para que ninguno de sus contemporáneos se moleste en hacer deducciones. Por las condiciones de su carácter, tampoco se podrá hacer suposición alguna de si fue Fulana o Zutana. Ella era para mí muy distinta que para los demás: todo el mundo la vio reír, yo la vi llorar… En fin, nadie se llame a engaño, puesto que ya dije al empezar el presente libro que el novelista tendría que poner su pecadora mano en muchas de sus páginas para velar en ellas la verdad con el artificio.
Reanudemos el relato. Si el semblante de la dama dejó traslucir cierta alegría al ver a mi amigo, el de este expresó una animación extraordinaria.
—Ya sabía yo que te había de encontrar; me lo daba el corazón… Y siempre haciendo penitencia —dijo risueñamente Reina.
—¡Perdido! Seis días sin aparecer por casa.
Reina suspiró sin dejar de sonreír. Volviose hacia mí y, a boca de jarro, me lanzó la siguiente pregunta:
—¿Ha visto usted una mujer más bonita que esta en el mundo?
La dama sonrió de una manera celestial, dejando ver dos sartas de dientes blancos y chiquititos como los de un niño. Poniéndome mucho más colorado de lo que estaba, quise decir algo en apoyo de lo afirmado por mi amigo, y todo lo que se me ocurrió fue una sandez tras otra; no atiné a expresar nada que diera idea de mi admiración, a que al menos tuviera sentido.
La gentil damisela creo que observó mi turbación, y esto, a mi juicio, la hizo reír más.
—¿Se puede uno sentar? —preguntó Reina.
—Sí, hombre, sí; ¿no se ha de poder? Tomen asiento.
—Bueno; permíteme ante todo que te presente a mi querido amigo Carlitos Magín… A usted —me dijo— no creo que haga falta decirle quién es este monumento de mujer; usted debe conocerla, debe saber perfectamente que es la célebre… (aquí un nombre y apellido; nombre y apellido que yo reduciré a un nombre, el más bello que encuentro después del suyo: Carmen).
Al oír el nombre pronunciado por Reina, mi memoria recordó instantáneamente aquel divino rostro: Carmen era una de las artistas más célebres de aquella época, si bien hacía cuatro años, o más, que se había retirado de la escena, sin que nadie hubiera sabido el porqué de aquella resolución.
Intenté afirmar lo que mi amigo había dicho, y quise ponderar el talento de la artista; pero, lo mismo que me había sucedido antes con su belleza, me ocurrió entonces con su arte; solo conseguí decir una sarta de sandeces y una ristra de vulgaridades. Estaba como idiota que no logra coordinar sus ideas. Suspendí mis tonterías y callé. Ellos entablaron breve y pintoresca conversación. Observé que Reina trataba a Carmen con gran confianza y desenfado; pero en ella, que también parecía tratarle con familiaridad y llaneza, me pareció notar cierta frivolidad, que daba a su confianza una superficialidad fría e indiferente.
—¿Por qué no has aparecido por casa en tantos días, vamos a ver? —le decía.
—Pero, mujer…, ¿para qué voy a ir a tu casa?
Y al decir esto mi amigo me miraba como buscando en mi asentimiento la razón de sus palabras; asentimiento que yo daba con una sonrisa que poco más o menos quería decir: «¡Claro! ¿Para qué va usted a ir?».
—Para verme…, para hablar…, ¡para lo que vas siempre! —replicaba Carmen riendo como deben reír los ángeles, los serafines…
—¿Pero si nunca quieres hablar de lo que hace falta que hablemos…, y no así como se quiera, sino largo y tendido?
—¿Y de qué hace falta que hablemos? —dijo ella calzándose el guante que se había quitado para tomar el chocolate, y reclinándose indolentemente en la silla.
—¡De qué hace falta que hablemos! —contestó Reina con gran asombro—. Vamos, niña, no me obligues a irme del seguro delante de niños… Sí, sí; no te asombres… Aquí, mi amigo Carlos, es un niño a quien yo he tomado a mi cargo para destetarle.
Alegres risas de Carmen acogieron aquellas palabras. Yo creí que estaba muy indicado protestar de tal aseveración, y así lo hice.
Reina contó a Carmen, con chistosos comentarios, mi vida de estudiante, sin separarme de los libros ni de mi padre.
Mi turbación, al verme objeto directo de la conversación, llegó a su colmo, y, para mis adentros, pedía a Dios que esta tomara pronto otro sesgo; pero no fue así.
Carmen escuchó el relato con gran atención y curiosidad; después fijó sus ideales ojos, negros, en mí, haciéndome bajar los míos, y dando lugar a que el color rojo de mi cara llegase al máximum de tonalidad.
—¡Qué satisfecho estará su padre de usted! —dijo, al fin, dando un suspiro.
Yo estaba furioso conmigo mismo; jamás eché tanto de menos mi falta de mundo: quería hablar y no sabía qué decir; surgían los juicios, las ideas en mi cerebro, y apenas quería echarles mano, se escapaban riéndose burlonamente de mí… ¿Qué pensaría ella de tal cortedad?
Callado Reina, mirándome ella… y renegando yo hasta de mi sombra, permanecimos algunos instantes. De pronto, Carmen, levantándose, exclamó con alegre decisión, que contrastaba con su poco antes melancólica actitud:
—Ustedes perdonarán que me retire…
—¿Te marchas? —preguntó Reina con cierto retintín.
—Sí; todavía tengo que dar un par de vueltas por el paseo.
—¿No puede ser una?
—No.
—¿Ni tres?
—Ni tres.
—Tienen que ser dos precisamente…
—Qué amigo más curioso tiene usted, Carlos… ¿Me permite que le llame así?
Difícil me hubiera sido expresar en aquel momento la sensación que me causó oír mi nombre pronunciado por aquellos labios que la sangre enrojecía, no el colorete, frescos, húmedos, como los pétalos de una rosa.
—Si va usted mucho con él, Carlos, creo que pronto su papá echará de menos al hijo juicioso, ávido de ciencia y de saber; dentro de poco se volverá usted un perdido, como lo es mi señor don José…
—Yo no soy un perdido, poco a poco —replicó el aludido—; yo estoy perdido, que no es lo mismo.
—¿Estás enamorado de alguna, Pepillo?
—Demasiado lo sabes tú…
—¡Yo! Mira, Pepito: vete esta noche a mi casa para que me cuentes quién es ella, ¿eh? Y si tu amigo es tan amable que quiere acompañarte… ¿Quiere usted aceptar una taza de café en mi casa? —me dijo con encantadora sonrisa.
Creí desfallecer… ¡Una taza de café en casa de aquel querubín! Reina contestó por mí:
—Irá, ya lo creo que irá; pero no por acompañarme a mí…, sino… Pero oye, oye: ¿se puede ir a tu casa?
—Sí, hombre, sí; se puede…, se ha podido siempre…; bien lo sabes…, ¿a qué lo preguntas?
—Pero la incógnita…
—Vaya, no puedo detenerme más; es tarde. A las nueve y media los espero, ¿no? —dijo Carmen, mirándome con infinita dulzura… Al menos, así lo creí yo.
—¿Mi señor D. José irá?
—Iremos, iremos; pero no sé para qué…
—Para que me cuentes eso, para que me distraigas un rato… Ahora no salgo por las noches ya hace tiempo…; estoy algo malucha.
—Pues mira, aquí tienes el doctor.
—Quién sabe, quién sabe… Un médico tan estudioso, tan entusiasta por su profesión, siempre inspira confianza.
A punto estuve, al oírla, de soltar la última y más gorda de cuantas necedades había dicho, pues me faltó poco para decirle que ojalá se pusiera a la muerte, para que viese el celo que yo pondría en curarla.
Cuando aquella mujer se alejó en su carruaje, respiré a plenos pulmones; en su presencia había sentido mi corazón oprimido de un modo angustioso, horrible…
Al subir en nuestro coche, Reina, con un pie en el estribo, se volvió hacia mí, que me disponía a seguirle, y con el acento más cómico del mundo, me dijo así:
—¿Se ha enterado usted?… ¡Que vaya… para distraerla un rato!… ¡Ahí tiene usted lo que son las mujeres; vaya tomando apuntes! ¡Si le digo… que da gusto! — añadió, dejando caer su corpulenta humanidad sobre el asiento—. Anda, Fulgencio —dijo al cochero—; otro par de vueltecitas a la noria… Nosotros no hemos de ser menos, ¿verdad, Carlos?
Calló mi amigo. Me pareció que en su rostro se reflejaba algún secreto disgusto, alguna contrariedad que allá en su interior se agitara violentamente y callé también para no molestarle. Por otra parte, agradábame aquel silencio, porque así con la imaginación, seguía contemplando más a mis anchas la celestial belleza de aquella mujer.
—¿Ha visto usted bailar a Carmen? —me preguntó de pronto Reina, dando de mano a sus preocupaciones y obligándome a volver a la realidad.
—Sí. Hace seis años, cuando vino con aquella célebre compañía que puso en escena tantos bailes de espectáculo, la vi dos o tres veces; pero ya no recordaba. ¿Usted la conoció entonces?
—Yo la conocí mucho antes, cuando la pobrecilla bailaba por cuatro cuartos. Entonces era muy jovencilla.
—¿Qué edad tendrá ahora?
—Ahora debe tener…, verá usted…, ahora tendrá sus veintiocho o veintinueve años.
—Ya he visto que la trata con gran confianza.
—Sí, señor, sí; con gran confianza… Pero con la misma confianza, ella…
Aquí Reina dio un profundo suspiro.
—Carlitos —dijo mi amigo poniendo una de sus manos sobre mis rodillas—, usted no es tonto, y algo debe haber comprendido…
—He creído deducir, por lo que en el Círculo he oído algunas veces, que Carmen…
—Que esa mujer es la única que ha conseguido enamorarme… Pues sí; a usted se lo confieso, porque usted es formal y no se reirá de mí: yo, con todos mis años, estoy enamorado, como un mozalbete, de esa mujer.
—¿Y ella?
—¿Ella…? Ella…, ya lo ha oído usted: que vaya a verla, porque se distrae mucho con mi conversación…
Sentí una vivísima satisfacción al oír a mi amigo. La amargura con que Reina pronunció aquellas palabras, llenó mi alma de un bienestar que no acertaba a explicarme.
—Perdóneme, amigo Reina: antes le oí hablar de una incógnita…
Reina se echó a reír, recobrando su acostumbrado buen humor.
—Sí, señor; una incógnita que a todos nos ha traído locos; y digo que nos ha traído, porque ya hemos renunciado a resolverla.
—¿Y en qué sentido es esa incógnita?
—Verá usted: Carmen, cuando la gloria le sonreía, cuando ganaba sueldos estupendos, hace seis años, cuando usted la vio trabajar, dejó de pronto su profesión y se retiró a la vida privada. Usted recordará que los periódicos se ocuparon mucho de aquella misteriosa e incomprensible retirada.
—Sí, sí; algo recuerdo.
—Pues bien: Carmen, al retirarse, montó su casa con todo lujo, como verá luego, y empezó a tirar el dinero a manos llenas. ¡Qué alhajas, qué vestidos, qué coches, qué caballos…! ¡Aquello era el delirio! Ella no tenía fortuna para eso… ni para nada, porque no tenía un real, me consta; luego, ¿de dónde salía aquel dinero? ¡He ahí la incógnita! ¿Había heredado? No era probable, pues no era esto ningún crimen para ocultarlo. ¿Había un amante? Esto era lo seguro. Pero ¿quién era él?, ¿dónde estaba él?, ¿qué hacía él? Nadie lo ha sabido. Todos los que íbamos al cuarto de Carmen, en el teatro, nos conocíamos de sobra; tampoco era persona que perteneciese a cierta clase de la sociedad, porque, en ese caso, el secreto hubiera durado un día. Por otra parte, ¿para qué el secreto? ¿Es natural que se ponga un fortunón en manos de una mujer para que lo tire por la ventana sin darse el gustazo de que lo sepa la gente? No. Por lo tanto, el interfecto tiene que ser persona desconocida en el medio en que vivimos. Siendo poderoso, es humilde, desconocido. Además, ha de ser un hombre de excepcionales condiciones, porque Carmen no se priva de recibir en su casa a los amigos de sus tiempos de artista; ella entra, sale y hace la misma vida que si fuera libre como el aire. ¿Le parece a usted mala incógnita?
Nada se me ocurrió que responder, aunque las ideas se agolpaban en mi mente. Quedamos callados; yo, además de callado, preocupadísimo… ¡Había un él!
A lo lejos cruzó Carmen en el coche. Nos saludamos.
—¿Le parece a usted que nos vayamos?
—Creo que es lo mejor, si hemos de prepararnos para ir a ver a Carmen.
—Fulgencio…, ¡al Círculo!