La pecadora

Guillermo Díaz-Caneja · Capítulo 21 de 32

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La pecadora

Capítulo XX

 

Por la tarde, estando yo en mi despacho, mandé subir a Marcela. En pie, y recostado en la mesa, esperaba yo. Al presentarse, muy azorada, luciendo en sus mejillas el más vivo carmín y en sus ojos las señales de la llorina de por la mañana, adelanté mis manos en demanda de las suyas, que me entregó con gran temor, y la atraje hacia mí.

—Ven aquí, muñequita mía; ven aquí.

—¿Qué quieres?… ¿Para qué me llamas?

—Lo primero, para verte, que no parece sino que no te veo hace un año, y lo segundo, para…

—¿Para qué?

—Para hacerte un regalo.

—¿Un regalo?

—Sí, un regalo. Cuando se pide la mano de una muchacha, es costumbre hacer a esta un regalo, y yo no quiero faltar a esa costumbre.

—¿Para eso me llamaste? ¿Qué falta me hacen a mí regalos?…

Y como Marcela hiciese ademán de salir del despacho, retúvela oprimiendo sus manos.

—Espera, espera…

Abrí el cajón de la mesa, donde yo guardaba todas las alhajas de familia, y saqué un estuche que contenía un reloj y cadena de oro, de señora. Con gran curiosidad miraba Marcela lo que yo hacía.

—Pensé comprarte una joya; pero, como te conozco bien, sé que este regalo te será mucho más agradable que cualquier otro que yo comprara, y por eso lo he elegido.

»Mira: es el reloj y la cadena que usaba mi madre. ¿Te acuerdas, cuando eras chiquitilla, con qué religioso temor tocabas esta cadena y ponías esta alhaja en tus orejillas, para escuchar el ruido de la máquina?

»Mi padre se lo regaló a mi madre cuando se casaron; yo te lo regalo a ti hoy. Él sirvió para contar las horas de felicidad de mi madre; cuente ahora las nuestras… si es que yo sé hacerte feliz… Tómalo, tuyo es.

Y echándole al cuello la cadena que sujetaba el reloj, le entregué este.

Marcela, con verdadera unción, lo tomó en sus manos y, llevándolo a los labios, lo besó con amoroso respeto; después lo guardó en el seno.

—¡Gracias, Carlos! —me dijo con débil voz.

—Todas las alhajas de mi madre serán para ti, lo son ya; jamás creí que pudiera hallar un ser tan digno de ellas. Puestas en ti, aun creeré que ella las lleva.

Marcela inclinó la cabeza, y nada me contestó.

—Y ahora que mi señora Doña Marcela es propietaria indiscutible de ese reloj bonito, vamos a otro asunto.

Marcela me miró con curiosidad.

—Sí, no me mires así: vamos a otro asunto muy importante. Es preciso que vayáis pensando en la boda y que echéis vuestras cuentas acerca de lo que os haga falta comprar, porque te advierto, niña mía… que tengo mucha, pero mucha prisa en poder llamarte mi mujercita.

Marcela se puso como una amapola.

—¿No me respondes?

—¿Qué quieres que te responda? Lo único que se me ocurre es que debes pensarlo bien, Carlos; que te tomes tiempo, para que luego no tengas que arrepentirte. Recuerda que… ¡ni aun padre tengo!

—Pues a mí, lo único que se me ocurre es mandarte a paseo, tontísima de todos los demonios.

Franca y juvenil carcajada de Marcela acogió mis palabras. Mirome con infinita dulzura y quiso huir de la habitación; y digo que quiso huir, porque, corriendo yo más que ella, la alcancé en la puerta y la detuve, cogiéndola por el talle…

—No corras, no corras; si aún falta otra cosa…

—¿Todavía más?

—Falta que me digas si me quieres mucho.

—¡Ni esto! —replicó Marcela, haciendo sonar una uña entre los dientes; y al mismo tiempo, escurriéndose de entre mis manos, con rápido movimiento, echó a correr saltando como una corza.

¡Qué bienestar tan grande el mío por aquellos días! Me parecía nacer a una nueva vida.

¿Es que el recuerdo de Carmen se había extinguido en mi corazón? No, por cierto; mas al pensar en ella, pensaba en algo que pasó para no volver.

La felicidad de Marcela no se vería turbada por esta causa. ¿Cómo dudar de que aquellos amores habían concluido para siempre?

Las páginas que yo llenaba en mi diario no eran otra cosa que las dulces impresiones del viajero que confía al papel sus recuerdos.

Poco después de Marcela, subió a mi despacho la madre. También esta me rogó que no me precipitara, que lo meditase con calma, que nadie nos corría…

¿Qué dirían en el pueblo? ¿Qué pensarían? Murmurarían que ellas me habían embaucado.

Estas reflexiones de Manuela, aparte de la honradez que revelaban, me hicieron reír. Demasiado nos conocían a todos en el pueblo, para que nadie pudiera pensar mal. Sobre todo, si pensaban, a mí eso me tenía completamente sin cuidado.

Insistí, pues, con Manuela en lo que ya le había dicho a Marcela, en la prisa para que arreglaran cuanto antes lo necesario para la boda; y como Manuela tratara aún de hacerme objeciones, concluí por mandarla a paseo, como había hecho con la hija; y como esta, la madre salió riéndose de mi despacho…

Cuando Marcela me sirvió la cena, que ni ella juzgaba que por ser mi prometida no debiera hacerlo, ni yo, aquella noche, quise privarme del placer de que lo hiciera, nos reímos como dos chicos con las bromas que le gasté. Desde el siguiente día, aunque para ello tuve que incomodarme, se sentaron a la mesa conmigo, y Juanita nos sirvió.

Concluida la cena, y no queriendo dejarlo para el día siguiente, me encaminé a la Padruca chica, con el fin de soltar la bomba, vulgo noticia de mi boda.

No me equivoqué en el efecto que la nueva había de causar en mi obesa tía y en mi espirituada prima, la empingorotada Adriana.

Mi tío se limitó a decir con voz campanuda: «Hombre… hombre»; pero mi tía y mi prima, ¡válgame Dios, lo que pudieron despotricar!

—Parece mentira que un muchacho como tú, a quien todos creíamos de gran talento, dé un paso como ese… sin consultar siquiera con la familia, sin contar con nosotros, sin pedir nuestra aprobación… No digo que hubiéramos ido a pedir la mano de esa chicuela; porque, aunque esto es lo que se acostumbra entre personas decentes, en este caso sería ridículo…

—Y tanto, querida tía; ni yo mismo la he pedido: me la he tomado.

—¡Qué bonito!… ¡Esto es increíble!

—¿Por qué?

—Porque… ¡vamos!… porque me parece que no se introduce, así como así, a una criada en el seno de una familia encumbrada.

Y mi tía, al decir esto, miraba a su marido, que nada decía, y a su hija, que asentía con fuertes cabezadas.

—Tenga usted en cuenta que no es una criada la que yo meto en la familia, sino una hermana…

—Peor que peor. ¿Qué dirán las gentes al ver que te casas con una hermana?… ¡y sin pedir nuestro consentimiento!

Dispensa, debió decir mi tía, que, a juzgar por su modo de hablar, se consideraba papa para resolver lo del parentesco. Conteniendo la risa que sus palabras me producían, hube de replicarle:

—Las gentes no dirán nada, toda vez que nuestro parentesco es puramente espiritual.

—Es un parentesco muy cómodo el parentesco espiritual —dijo Adriana, que reventaba por meter su cucharada.

La intervención de mi prima empezó a ponerme nervioso.

—No comprendo bien lo que quieres decir, prima.

—Que, después de todo, el casarte es lo mejor que puedes hacer, porque ese parentesco espiritual, a todas luces se veía que no era otra cosa que una pantalla; ahora, que no te alabo el gusto y que con ciertas mujeres no precisan ciertas reparaciones…

Al oír las venenosas palabras de mi prima, salté de mi asiento como si hubiera sentido la mordedura de una víbora. Mi tío se puso muy colorado y extendió ambas manos hacia mí, como pidiéndome calma; pero no pude callar.

—Por mucho respeto que yo te deba, tanto por ser mujer, como por nuestro parentesco, no creo que deba llegar al extremo de que me permita consentirte ofender de la manera que lo haces a una niña que no tiene más amparo que el mío. Marcela es la mujer más pura y más honrada de la tierra; para mí siempre ha sido, porque de ello era digna, mi hermana, y si con ella me caso, es porque estoy seguro de no encontrar otra mejor para el caso. Para hacer esto, no necesito más consentimiento que el mío, y como yo me lo tengo concedido, me retiro de aquí lamentando la delicadeza que he tenido de venir a participar mi resolución.

Y sin aguardar respuesta, salí de la estancia en que nos hallábamos, pudiendo colegir, por los gritos que oí a mis espaldas, que mi tía y Adriana se desmayaban y que mi tío se volvía loco para atender a las dos… ¡Pobre tío!

Poco tiempo me duró el enfado que tal escena me causara. Sea porque algo parecido me esperara, sea por la poquísima importancia que a familia tan encumbrada diera yo, es el caso que, al llegar a mi casa y contarle a Marcela lo ocurrido, mi disgusto se trocó en risa.

—Ya ves tú: ¿qué vamos a hacer sin el consentimiento de familia tan encumbrada? Voy a comprarte unos zancos para que llegues a su olímpica altura.

Marcela, que al principio de mi relato había puesto una cara muy compungida, concluyó, al verme a mí reír, por imitarme.

Las relaciones con mis tíos, no hay para qué decir que se cortaron de raíz.

Marcela y su madre fueron un día a la capital para hacer algunas compras; pero tan descontento quedé de la modestia de aquellas, que decidí acompañarlas en los viajes sucesivos.

Encargué a D. Senén que arreglara nuestros papeles, y esta fue la primera muestra de aprobación que recibí por mi acuerdo.

¡Qué alegría la del buen sacerdote! «Ella te hará más feliz que cualquier otra de que te hubieras enamorado en Madrid. Déjame a mí, y no te ocupes de nada: lo civil y lo eclesiástico, yo lo arreglaré».

Santo y virtuoso hombre: cuando era joven me cristianó; siendo viejo, iba a casarme. Aún recuerdo el amor y la bondad con que me daba lecciones de latín y de historia, en mi niñez…

La primera vez que fui de compras con Marcela, ¡cuánto me pude reír! Todo le parecía carísimo y de un lujo inusitado… ¡Qué regañinas sosteníamos en las tiendas! Cuando le tocó el turno a la ropa blanca, había que ver su cara ante mis protestas por la pobreza de la que elegía.

«De lo mejor, chiquita, de lo mejor, ¿sabes? La ropa blanca, dentro de los límites que la honestidad señala, me gusta que sea todo lo mejor y lo más bonita posible».

Estos días fueron para mí verdaderamente deliciosos… ¡inolvidables!… ¡Mi Marcela!

Fijose la boda para fin de octubre, al cumplir el año de la muerte de mi padre. Aquel día fuimos juntos al cementerio mi novia y yo.

Por entonces recibí una tarjetita de mi tío, anunciándome que se iban a pasar el invierno a Madrid; que no se atrevía a despedirse personalmente de mí, por razones fáciles de comprender; pero que ese hubiera sido su deseo.

No los he vuelto a ver más. En el transcurso de los años, murió mi tío, primero, después mi tía.

Adriana, al llegar a cierta edad, como ya tengo referido, aceptó por esposo al único cuya bondad, por ser inagotable, era suficiente para aguantarla.

La Padruca chica fue recobrando paulatinamente el estado de ruina que antes tenía; hoy apenas quedan de ella los cuatro muros. Mis tíos no volvieron a vivir en ella nunca, y mi prima, ni aun en provecho del convento, ha vuelto a ocuparse de la desmantelada casa.

Aquella abandonada mansión no albergó nunca el amor, y por eso se derrumbó triste y solitaria… ¡Quién sabe si la mía, cuando yo muera, falta del cariño que tantos años se cobijó entre sus paredes, se derrumbe también y solo quede de ella el solar mudo y silencioso, por el cual extienda el bosque sus ramificaciones, borrando toda huella de un pasado de felicidad… y de un presente el más amargo que se conoce…! Pero no; la Padruca no tendrá tan triste fin; cuando yo falte recibirá su destino, en el que se empleará todo mi capital: los escritores pobres y enfermos podrán recuperar en el saludable valle de Santa Felicina la salud perdida; la Padruca los albergará dulce y amorosamente…