La pecadora
Capítulo XXVI
Agobiado por tétricos pensamientos, permanecimos callados largo rato. Carmen cubría sus ojos con el pañuelo; la vi estremecerse ligeramente.
—¿Tienes frío?
—¡No!
—Vámonos de aquí.
—Espera: ahora me encuentro muy bien en este lugar, y quiero que sepas lo que tanto ha intrigado a muchos… a ti mismo.
—Nada he preguntado.
—Yo quiero decírtelo. Voy a continuar una historia que dejamos incompleta…
—Aquí no, Carmen…; vámonos… en tu casa… luego…
—No, no; aquí estamos muy en situación para lo que resta por contar.
—Como quieras.
Meditó Carmen un momento, como si quisiera recordar el punto donde la historia quedó interrumpida aquella noche fatal, y luego habló así:
—Quedamos en que yo llegué a conquistar gran nombradía, ¿verdad?
—Sí… creo que ahí llegamos…
—Pues bien: durante varios años, disfruté de las dulzuras que la gloria proporciona, así como también de sus amargores, que no creas tú que no son pocos… Una noche, al terminar de trabajar, me noté más cansada que nunca; a la noche siguiente me fatigué más que en la anterior; en noches sucesivas me ocurrió lo propio. Pensando en cuál podría ser la causa de aquella alarmante novedad, vine a caer en la cuenta de que, cada día, me costaba mayor trabajo abrochar mis vestidos…: yo engordaba, y aquel aumento de carnes era el que producía el creciente cansancio que yo sentía al terminar mi trabajo. No quiero decirte la horrible impresión que sentí al darme cuenta de mi desgracia; porque, como comprenderás, para una bailarina no puede haber otra más temible. Hice todo lo posible para combatir semejante calamidad; pero, ni aun pasando hambre conseguí un resultado práctico. Nada perdía, al contrario, en cuanto a esbeltez y belleza, si es que alguna tenía; pero sí en cuanto a facultades para el ejercicio de mi arte. Tuve que convencerme de que aquellas carnes, que se venían sin que nadie las llamara, no estaban dispuestas a marcharse de ningún modo.
»Por momentos perdía agilidad; yo, siempre dispuesta a las repeticiones, cuantas veces lo demandaba el público, tuve que negarme a ello, dando así lugar a que me motejaran de orgullosa y a que me dijeran que me daba demasiado pisto… y que me ponía muchos moños…
»¡Así se juzga muchas veces en la vida!
»Comencé a ver el porvenir bastante negro; no me resignaba a verme obscurecida: prefería retirarme en plena gloria, en plena nombradía… ¿Y cómo hacer esto? ¡Ah, qué días tan tristes, tan angustiosos los que pasé!
»Cierto que había un medio: llovían los pretendientes; pero este medio me inspiraba repulsión: el odio que para ellos engendrara en mi corazón el primero que conocí, perduraba… y aumentaba con el pleno conocimiento que de la vida había yo adquirido. Todos ponían sitio a mi belleza, ninguno a mi corazón; la cuestión era exhibir a la mujer por tantos ambicionada, lo de menos era hacerse amar de ella…
»A juicio de mis pretendientes, yo no era sino un objeto de lujo; el intríngulis no consistía más que en el precio que dicho objeto tuviera marcado.
Detúvose Carmen un instante en su relato, y después continuó de este modo:
—Cuando más preocupada estaba buscando la solución a mi problemita, hete aquí que una noche de esas en que los asiduos concurrentes del cuarto de una artista parece que se ponen de acuerdo para faltar todos a la vez, fueme presentado por un extranjero, a quien yo conocía hacía poco, un señor de edad, no mal conservado, muy acicalado y bien vestido: a la legua se veía que era hombre de dinero. El rostro de aquel hombre y su modo de hablar respiraban bondad y sencillez; la impresión que daba era muy distinta a la de todos mis contertulios. Me fue muy agradable en sus maneras, y, al despedirse, le invité, de todo corazón, a que volviera por mi camerino. Así lo hizo, aunque no a diario. Sus visitas no solían ser largas; cuando mi cuarto estaba muy concurrido, se iba en seguida; se le veía que no se encontraba entre aquella gente.
»Una noche fue a última hora; estábamos solas mi hermana y yo, cosa rara, disponiéndonos para marcharnos. Salió con nosotras, y como yo manifestase deseos de tomar un chocolate, invitonos galantemente a una chocolatería próxima, poco frecuentada.
»Acepté y a ella nos encaminamos. Habíase establecido entre nosotros alguna confianza; confianza de esa de teatro que, siendo de las más profundas…, es de las más superficiales; aquella noche nuestra confianza se hizo un poco más verdadera, sin duda porque viéndonos fuera del eterno fingimiento del teatro, sentimos más noblemente el influjo de la vida real, que, aun siendo comedia, no lo es tanto como las de los teatros, y aquel señor…, ese que está ahí enterrado, nos contó su historia.
»Era de la Montaña. Cuando apenas contaba catorce años, se fue a América, donde pasó muchos años trabajando, hasta llegar a enriquecerse considerablemente. Regresó entonces a su tierra, pensando en los padres que allí habían quedado esperándole; estos, ya muy viejecitos, pudieron disfrutar muy poco tiempo de aquella riqueza, y mi hombre se encontró inmensamente rico, pero inmensamente solo.
»“La mitad de mis riquezas hubiera yo dado —decíanos él— por un poco de cariño. Embebido por la fiebre de ganar dinero, no había reparado en que mi juventud se pasaba. Cuando enderecé mi cuerpo, tantos años encorvado sobre las tierras que cultivaba y me miré en un espejo, pude ver que mi pelo, negro, se había vuelto blanco; que mi cara, fresca y sonrosada de niño, era ya la cara arrugada y terrosa de un viejo. Entonces me di cuenta de que me hallaba, además de solo, tan viejo, que mi fortuna no tenía objeto alguno”.
»Con el cuento de esta vulgar, pero conmovedora historia —dijo Carmen con encantadora malicia—, nos sentimos todos tiernos. La noche se puso triste, ¿sabes?
»En las pocas veces que aquel señor frecuentó mi cuarto, había yo notado en él un afecto, un cariño, que fuerza será llamarlo paternal y que llegó a serme muy agradable…, pero nada más. Calcúlate tú cuál no sería mi sorpresa cuando, de buenas a primeras, aquel señor, este —dijo señalando la sepultura—, me larga el siguiente discurso: “Querida Carmencita: acabo de decir a usted que carezco de todo afecto en la vida; que los parientes lejanos que tengo, si ahora se sienten inundados de amor hacia mí, no es por otra cosa que por mi dinero, y que, por lo tanto, los desprecio. Repito, pues, que soy solo; siento por usted un afecto que, a mi edad, no sé cómo calificar… ¿Quiere usted ser la dueña de mi fortuna? Un viejo como yo no puede tener las exigencias que tendría un joven (aquí recordé a Reina); por lo tanto, escúcheme las condiciones que para ello pongo: usted será libre completamente, como lo es ahora, más aún, puesto que no tendrá que obedecer a nadie, sino mandar; exijo, de una manera absoluta, que nadie sepa quién soy yo, y que nunca llegue a mis oídos que la hermosa Carmen es la amante de un D. Fulano o un D. Zutano; esta deferencia, por parte de usted, a mis canas, es lo que más encarezco (vuelta a recordar a Reina). A cambio de esa fidelidad, de ese respeto, usted será la dueña absoluta de mi fortuna, como podría serlo mi esposa o una hija única. Por otra parte, yo no le seré muy molesto, como no sea para rodearla de lujo, de cuidados y de atenciones”.
»La proposición, como comprenderás, era verdaderamente tentadora…, ¡y llegaba tan a tiempo! A las veinticuatro horas di el sí…, y a los pocos días, Carmen se retiraba de la escena, causando el asombro de todo el mundo; asombro que llegó a su colmo (porque se sabía que no tenía dinero), al ver que lo tiraba a manos llenas, al ver mis coches, mis caballos, mis alhajas, etc… ¡Cuánto hizo la gente para conocer el manantial de donde manaba aquel torrente de oro!… ¡Cuánto gozaba yo al ver que todos esos que no tienen otra ocupación que la de averiguar vidas ajenas, se quedaban… ¡pobres!… chasqueados, sin lograr saber nada! Hacíanse miles de conjeturas, pero nada se sabía de cierto: en mi casa no entraba un hombre solo, entraban varios…, y he aquí la confusión… ¡Pobre Reina; lo que él trabajó para enterarse por medio de Luisa, mi doncella!… Las precauciones estaban bien tomadas, y no había por medio ni un fogoso amor que todo lo descubriera…, ni un comprador que exhibiera la mercancía.
»¡Qué alegría la de aquel viejecito, la de aquel padre cariñoso, cada vez que yo manifestaba un capricho costosísimo! El oro caía en mis manos como dorada lluvia, que se deslizaba entre mis manos como agua en una cesta. Quiso comprarme un hotel —esto preocupaba mucho a las gentes—: “¿Cómo no tendrá hotel?”. No lo tuve, porque esas viviendas aisladas me han causado siempre mucho miedo.
»Llegamos al momento en que te conocí…; entonces, para cumplir mis compromisos, tuve que viajar por el extranjero. Durante mi ausencia, he vivido en Italia y en Francia: Roma, Venecia, Nápoles, París… Allí, el despilfarro de los millones del viejecito llegó a la locura, y con la locura… a su fin. Aquel hombre, aquel santo, sonreía viéndome consumir aquella fortuna ganada a costa de toda una vida de trabajo… Por suerte, no pudo volver a la miseria de que había salido: con los últimos billetes de mil pesetas, como si considerase terminada su misión en la tierra, acabó su vida… fuera de su patria.
»Yo le traje aquí… ¡y ahí está! Pobrecito…, ¡qué mala fui para él! Ahí está la incógnita, que tú solo conoces…, porque tú solo eres capaz de no escarnecer su memoria con alguna frase irónica.
Carmen, conmovidísima, volvió a enterrar su cara entre las enguantadas manos, que estrujaban el pañuelo.
Mis ojos se fijaban con insistencia en aquel sepulcro que ostentaba en la lápida un nombre desconocido…, obscuro…, y mi conciencia sentía pesadumbre por la traición cometida… Aquel que solo consideración y respeto pidió a cambio de toda su vida, representada por su fortuna… había sido escarnecido por mí…
Un profundo suspiro de Carmen me sacó de tan penosas meditaciones.
—¡Así es la vida! —exclamó con tono más jovial, como si en ella se hubiese operado una de aquellas frecuentes transiciones.
—¡Vámonos de aquí, Carmen, vámonos!
—Sí…, ¡vámonos!
Miró por última vez la sepultura en que yacía el viejecito; mirela yo también… y salimos juntos de aquella triste ciudad de la muerte… ¡Así es la vida!
—Oye, Carlos —díjome ella cuando estuvimos fuera del cementerio—: como el coche es cerrado, no es fácil que te vean; despide a tu cochero y ven conmigo… Quiero que pasemos todo el día juntos, como si fuéramos marido y mujer… Déjame que, un día por lo menos, me haga la ilusión de que lo somos. ¡Que me perdone tu Marcelita!… ¡Por una vez!…
Hícelo como pedía y subimos en su coche, no sin que antes tuviera que repartir cuanto cobre llevaba, entre el infinito número de pobres que me pedían una limosna por la salud de la señorita.
Ya en el coche, Carmen se mostró gozosa y contenta de su nueva vida, como ella decía; a veces me llamaba con énfasis su marido, y luego echábase a reír como una loca.
En cuanto llegamos a su casa, se despojó del traje negro y Vistiose con una linda bata azul.
La hora, bastante avanzada, a que habíamos regresado, dio lugar a que la mesa estuviera dispuesta.
En el trayecto del saloncito al comedor, observé algunas cosas que me causaron momentáneo sobresalto: en el pasillo vi algunas cajas para embalar, y dos o tres baúles; por la entreabierta puerta de algunas habitaciones noté cierto desorden en sus muebles…
No pudiendo reprimir la curiosidad, hice presente a Carmen lo que observaba. Al preguntarle el porqué de aquella revolución, se puso muy encendida y me pareció que dudaba en dar la contestación.
—Es que me voy a mudar…
—¿Y no me habías dicho nada?
—Era una sorpresa que te guardaba.
—Y esa mudanza, ¿qué objeto tiene?
—¡La regeneración! Pero aún no tengo casa, en definitiva; ya hablaremos de eso… Ven, ven…; ahora vamos a comer.
Aquella noticia, que tan agradable debía haberme sido, causó un efecto completamente distinto: reaviváronse mis tristes y lúgubres impresiones del cementerio. Queriendo borrar estas ideas, no insistí sobre el asunto y procuré sentarme alegre y contento ante la mesa, donde ya Carmen me señalaba un sitio, a su lado.
El almuerzo fue largo. Carmen, con una gracia encantadora, poniendo de manifiesto sus grandes dotes caseras, se desvivía por atenderme, y multiplicaba sus delicadezas para que nada me faltara.
—No quiero que eches de menos a tu mujercita —decía mirándome con subyugadora sonrisa.
—¿Pero tú qué sabes de mi mujercita? —replicaba yo, muy contrariado por la perspicacia de Carmen.
—¡Hum!… De memoria me sé yo a tu mujer. Y si no, a ver si me equivoco: ¿a que no tienes que pedir nunca las cosas dos veces en tu casa?… ¡qué digo pedirlas!… ¿a que las tienes antes de pedirlas? Cuando yo te digo que me la sé de corrido…
—Bueno, bueno; si te la sabes, mejor para ti. Hoy hemos quedado en que somos marido y mujer, y me parece que…
—Sí, sí… ¡Que se chinche hoy mi señora Doña Marcela, la alhajita, el estuchito de cosas bonitas! Y no tendría por qué enfadarse: ella es la que te me ha quitado…
Volvió a generalizarse la conversación, versando sobre mil asuntos diversos. Matilde hablaba poco, y esto para decir que su hermana estaba loca de remate.
Una vez terminado el almuerzo, Luisa nos sirvió el café en el saloncito.
Con mil deliciosas monerías lo arregló Carmen, sin que yo tuviera ni aun que molestarme en tomarlo, pues ella misma me lo dio a beber, como si fuera un chiquillo.
Después me hizo tocar en el piano cuantas obras hacían sus delicias en la primera etapa de nuestros amores. Como entonces, se sentó en la célebre sillita, y, como entonces, me miraba fijamente mientras yo tocaba.
¡Horas de placer incomparables las de aquella tarde!… No parecía sino que Carmen quisiera hacérmelo gustar tan grande, que nunca pudiera encontrar otro igual.
Extraña mujer, a la que debo las horas más risueñas y las más amargas de mi vida… ¡Quizá sea indudable que el placer es dolor!…
Al declinar la tarde, envueltos en la melancólica luz del crepúsculo, volvieron a revivir mis pasados terrores. Nunca como en aquellos momentos me sentí extraño en aquella casa, que me daba la sensación de una casa deshabitada; en algunos instantes, llegué a sentir frío: era el frío del alma, que se comunicaba al cuerpo. ¡Aquella casa, donde el amor había imperado…, era una casa desprovista, entonces, en sus habitantes, de amores, de afectos, de dulces cariños…!
El cansancio, los recuerdos…, acaso las preocupaciones… o el placer satisfecho, hacían decaer la conversación; la excitación de nuestros sentidos empezó a trocarse en pesada modorra.
La cena no fue tan alegre como el almuerzo; por más que hacíamos para animar la escena, la escena no nos salía: nuestra alegría era un simulacro, una caricatura… una mueca…
Las tres sonaron en el saloncito: Carmen, suspirando angustiosamente, y con un tétrico resto de humorismo, me dijo:
—Vete… ¡divorciémonos!
Salió hasta la puerta conmigo, me dio el sombrero y el bastón, y me ayudó a ponerme el gabán, que abrochó ella misma.
Sus ojos se clavaron en los míos; su mirar, aquel mirar que tan hondo llegaba, penetró hasta mi corazón haciendo el efecto de una puñalada.
—¿Por qué me miras así, Carmen?
—Porque te quiero mucho… ¡mucho! —me replicó, arrojándose en mis brazos y besándome con frenesí, con locura.
Sus lágrimas humedecían mi rostro.
—¿Qué tienes, Carmen, qué te sucede?…
—Nada… no tengo nada… Vete, vete, que es muy tarde… Toma la llave de la puerta de la calle; se la das al sereno para que la suba.
Nuestras bocas se unieron por última vez.
Sentí cerrar la puerta con grandes precauciones, para no hacer ruido; de idéntico modo bajé las escaleras. Me faltaba la respiración.