La prometida desconocida

Laura A. Lopez · Capítulo 16 de 35

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La prometida desconocida

Capítulo 16

Alfred la miró, impasible. Aquella muchacha daba problemas antes del amanecer. ¿Qué estaba haciendo en la cocina a esas horas? A Edwina le correspondía levantarse para realizar las labores de la cocina para cuando el conde estuviera en pie.

—Señorita Sallow, espere al momento del desayuno —indicó Alfred, devolviéndole a Edwina su lámpara.

—¡Pero si para esa hora estaré muerta! —Amelie se exaltó al decirlo.

—No se morirá. Nadie se muere por esperar unas cuatro o cinco horas más, señorita —pronunció Alfred, decidido a enviarla rumbo a su habitación.

—Quizá no muera, pero deberé lidiar con el insistente sonido de mi estómago —se quejó Amelie.

—Deberá cenar mejor. Ahora suba y duérmase —ordenó el mayordomo.

—¡No lo voy a hacer! —negó la muchacha, resuelta.

—De nuevo usted, señorita Sallow. Debí suponer que el escándalo no podía ser por otra razón que la agitadora pupila de lord Carlisle —dijo Kate que escuchó los gritos de Amelie y de Edwina.

—Kate, prepara algo para mí —ordenó Amelie.

—Le recuerdo que la señora Katherine Brown es ahora criada de lord Carlisle y ella debe acostumbrarse a las reglas de esta casa como no lo hace usted —resaltó Alfred.

—Él tiene razón, señorita, pero la acompañaré a su habitación para cobijarla.

Amelie le dio la espalda a quienes estaban en la cocina y emprendió el regreso hacia el salón.

Kate la siguió inmediatamente después de observar la advertencia en el rostro del mayordomo para que educara a Amelie.

—Señorita Sallow, ¿a dónde irá? —preguntó Kate al darse cuenta de que ella no regresaría a la habitación.

—Me doy tres días para morir, Kate.

—No se va a morir de hambre, señorita —quiso convencerla la mujer.

—No de hambre, sino de aburrimiento. Yo no puedo ser una joven como otras. ¿En qué cabeza cabe que Amelie Sallow se levante a las diez de la

mañana a desayunar?

—Le dije que se quedara. Aún está a tiempo de regresar con su primo el señor Sallow. Él la dejará hacer lo que desee en la residencia.

Amelie quedó en silencio antes de tocar el picaporte de la puerta de entrada para salir al jardín delantero de aquel lugar. Quizá Kate tenía razón, sin embargo, después de estar con James la noche anterior, ella no estaba segura de querer regresar. Le encantaba el trabajo, pero al menos quería que sus ojos se deleitaran en alguien tan atractivo como el conde.

—No quiero regresar en este momento. Iré a buscar comida en el campo o en el monte… —decidió. Abrió la puerta y después la cerró con violencia.

—¡Señorita Sallow, no sea caprichosa! —la llamó su criada viendo como ella se iba corriendo hacia el sol que estaba surgiendo entre las silenciosas nubes.

La claridad se cernía sobre Amelie, que podía percibir el hedor del estiércol de caballo. Aquello para ella era un perfume.

Llegó hasta las caballerizas y quedó pasmada. Aquellos eran jamelgos.

Estaban viejos, ajados y delgados. Amelie no podía creer lo que sus ojos veían. ¿El conde de Carlisle estaba en la ruina? ¿Cómo podía ayudarlo?

Debía encontrar una manera de conocer sobre las finanzas de esa propiedad.

Era evidente que su primera impresión de la residencia no podía engañarla.

La visión de las caballerizas la convenció de que existía un problema muy grave en aquel lugar. No imaginaba a un hombre con el porte que él tenía, como alguien descuidado.

Se acercó para observar mejor a esos animales y advertir que en sus comederos, tenían manzanas. El rugido incesante de su estómago la convenció de que buscara robarle el alimento a esos pobres jamelgos para que ella pudiera pensar con mayor claridad, pues hasta el momento solo escuchaba a su estómago y muy poco a sus pensamientos. Saltó la tranquera de la caballeriza y cogió dos manzanas.

El relinchar de uno de los caballos parecía un reproche por tomar lo que no le correspondía.

—Yo lo necesito más que tú. De todas formas te queda poco tiempo de vida y a mi bastante —refirió antes de salir de la cuadra de ese animal.

Amelie siguió con su recorrido matutino por las caballerizas. Percibió necesidades por todas partes. Aquello era una joya en bruto. Existía la estructura que demostraba que la propiedad fue una de las mejores en un tiempo pasado. El abuelo de lord Carlisle no era cualquier hombre, era uno

que conocía del negocio del campo tal lo hicieron su padre y su hermano.

En su irreverente cabeza se gestaba una gran estratagema para recuperar el brío de aquella propiedad, solo debía convencer al reticente conde durmiente.

Si se levantaba a esas horas que él colocaba, difícilmente pudiera sacar adelante esa propiedad sin comerse todo a su alrededor con un bostezo.

Debía obrar el milagro de cambiar a un caballero londinense refinando por un hombre dedicado al campo, aunque no deseaba que él perdiera el encanto que lo caracterizaba con esas prendas elegantes y esos exquisitos modales que le resultaban tan seductores.

Cuando Amelie pensaba en aquel hombre, todo su cuerpo vibraba de manera diferente. Su pecho frío parecía tener una llama ardiente que la cobijaba, sentía como si algo recorriera su cuerpo a gran velocidad, una sensación de bienestar y a la vez de angustia y espera. Lo que ocurrió la noche pasada, avivó sus sentidos. No sabía qué hacer cuando lo viera. Le daba vergüenza haber disfrutado de aquel acercamiento que tuvieron, quizá no la dejara mirarlo a la cara.

Después de devorarse las manzanas que robó de esos pobres animales, ella regresó a la residencia. Dentro estaba lleno de la luz del sol, no era como cuando salió rumbo a lo desconocido que ya pudo identificar. Se acercó al comedor y Kate se encontraba colocando los utensilios para el desayuno. La noche anterior no pudo apreciar lo extraño que se sentía no ser solo una persona en la mesa. Esos dos lugares que colocaba el ama de llaves era la señal de que no estaba sola y vulnerable, sino que también significaba que tenía una compañía que comenzaba a apreciar.

—¡Señorita Amelie! ¿Dónde estuvo? Estaba preocupada por usted —la reprendió Kate acercándose hasta ella.

—Fui a comer lo que encontré. ¿Quién le da manzanas a un jamelgo?

Lord Carlisle no sabe qué hacer con esta propiedad. Es mi oportunidad para ayudarlo.

—¿Se comió la comida de los caballos? ¡Oh, señorita Sallow! No me avergüence.

—Tenía hambre. La comida es comida y si nadie lo come y Dios dispone, me lo comeré. En fin, esta propiedad comienza a resultar muy interesante. Tengo que buscar esos libros contables y observar las viejas actividades. Este lugar debe tener la misma gloria de antaño, y yo se la devolveré.

—¿Y buscar una doncella? ¿Cuándo lo hará? Lord Carlisle se lo encomendó.

—Es cierto, pero me ocuparé primero de decirle lo que necesita a lord Carlisle. Un poco de polvo no hace daño. Puedo tolerarlo, lo único que me resulta intolerable es ver una propiedad productiva en ruinas y dejadez.

Kate se tapó el rostro. Amelie era incontenible. Notaba en sus ojos ese brillo demencial de hacer su voluntad. Si bien no eran malas sus intenciones, no eran sus tierras y ella al parecer no comprendía sobre los límites de sus posibilidades para convencer a un hombre como el conde de Carlisle. Estaba segura de que Amelie pronto estaría envuelta en un lío; en el mejor de los casos, y en el peor, quedaría sin un techo sobre su cabeza.

***

Alfred estaba ayudando a James para estar presentable para el desayuno.

Le colocó perfectamente el pañuelo lazado en el cuello y le quitó una imperceptible pelusa del hombro a su patrón. Pese a sus años, tenía una vista comparable a la de un águila.

—¿Y la señorita Sallow? —indagó James, curioso—. Supongo que no se ha levantado. Durmió tarde anoche y dudo que pueda madrugar.

Un chiflido de burla se escapó del mayordomo.

—Lamento decirle que está equivocado, lord Carlisle. Esa culebra que metió a su residencia ha intentado robar la reserva de la despensa que está en la cocina. Estuvo gritando antes de que saliera el sol. Es más eficiente que cualquier gallo —se quejó y observó que James quedará en perfectas condiciones.

—¿Por qué robaría eso si pudo esperar al desayuno?

—Milord, esa es una criatura salvaje. Le diré que la sexta institutriz quizá pueda solucionar el inconveniente de esta muchacha. Carece de modales.

—Sí, es cierto, pero no creo que sea mala persona. La señorita Sallow no ha tenido el roce adecuado con nadie y…

—Es presa fácil para cualquiera que quiera aprovecharse de ella. Tan sencillo que le resultó a usted darle unas copas y atontarla. Sin la protección de un caballero decente, esta muchacha terminaría de la peor manera en que podría acabar una dama —dijo Alfred con dureza para presionar a James y que él tomara una decisión sobre ella.

—Lo mejor es devolverla a su pariente —resolvió al sentir que sus mejillas ardían por la insinuación de James de que era un aprovechado. De cierta manera lo fue. Amelie Sallow se convertiría en una tentación si permanecía en esa casa.

—¿No se ha puesto a pensar las razones por las cuales ha inventado el compromiso y después llegar hasta aquí buscando asilo? La señorita Sallow no es mi ideal de mujer para usted, pero eso no me exime de arrojarla a los lobos. Usted tampoco lo haga. Una institutriz le ayudará a encontrar su verdadero camino. Ella no puede andar saltando por los bosques como una liebre, cualquiera la puede cazar. En cambio, si obtiene la educación, podrá tener a un hombre respetable que la cuide. Puede brindarle la mayor herramienta posible a esa dama, lord Carlisle; educarla.

Él se quedó por un instante en silencio y sopesó lo que Alfred le decía.

Por algo fue consejero de su abuelo, de su padre, y en ese momento suyo.

—Tienes razón. Además sería bueno que aprendiera más cosas para que lady Seaford le sirva como guía en la sociedad. Es experimentada.

—No sabría decir si milady estará de acuerdo con la presencia de la señorita Sallow en esta casa, pero tampoco podemos apurar el asunto. En unos pocos días no aprenderá lo que en años debió. Puede que sea prudente que la señorita Sallow se quede aquí y usted parta en la primavera a Londres.

—No dejaré la obra de mi abuelo en estas condiciones en las que se encuentra. El administrador no ha devuelto el dinero que esperaba. Amasó una gran fortuna a cuestas de esta propiedad durante años, y ahora solo reparte miseria. Debo invertir dinero de otras tierras para que esto prospere.

—Y contrate a un nuevo administrador, yo en ese aspecto no puedo ayudarlo. Soy mejor con consejos del corazón que con los económicos.

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