La prometida desconocida
Capítulo 26
La señorita Hamilton necesitaba una fusta para educar a Amelie, aquella no hacía el menor esfuerzo por comprender sobre las actitudes propias de una muchacha. Irina intentaba hacerle una conversación sobre lo que hablarían las damas a su alrededor, y Amelie solo le bostezaba en el rostro sin siquiera probar si le saldría bien el cotilleo. Llevaba una semana con sus intentos, la pupila de lord Carlisle era difícil de educar.
—¿Cómo le ha ido con Amelie, señorita Hamilton? —preguntó James, que llevaba varios días sin tener una sola comida con Amelie porque la institutriz quería que se educara puesto que consideraba lamentable la falta de delicadeza de la muchacha para sentarse a la mesa de un conde.
—No he progresado mucho. Con suerte está sentándose recta —dijo Irina, observando a Amelie que estaba en un sillón intentando bordar sin éxito alguno.
—No me desaliente, señorita Hamilton. Emeline debe llegar esta semana y Amelie no usa un vestido.
—Y le advierto que seguirá sin usarlo porque ella no quiere. Se ha negado de manera tajante.
—Estaba pensando, lord Carlisle, que compró pocas semillas para la siembra —interrumpió Amelie lo que estaban hablando el conde y la institutriz en voz baja.
—Es cierto, tiene razón, la próxima le consultaré a usted para comprarlas —concedió James, sabiendo que ella le hizo unos cálculos y que él por capricho no quiso hacer caso. Debía reconocer que Amelie lo estaba ayudando con la compra de insumos para las plantaciones. Le pasó información que tenía una libreta que perteneció a su padre y que ella atesoraba con oro.
Ella se sonrojó al escuchar que James admitía que tenía capacidad para dar un buen consejo.
A Irina no le pasó desapercibido el gesto de Amelie, aquella estaba enamorada del conde de Carlisle. Reconocía aquellos síntomas porque los tuvo con el hermano de la muchacha, aunque ella tuvo esperanzas con Alan Sallow, sin embargo, Amelie no tenía oportunidades.
—Continué intentando una línea recta —ordenó la institutriz para que dejara de distraerse con el atractivo del conde.
—Me he pinchado el dedo muchas veces, esto quedará manchado de sangre. No soy buena para estos menesteres. Debería estar domando caballos.
—Puede montar, pero con la silla —Especificó Irina.
—Si será de esa manera, me quedaré aquí. Hay más interés en no pincharme que salir como si fuera una tontuela —masculló Amelie, disconforme—. ¿Qué viene después? ¿Cazar mariposas?
James se rio por lo que dijo Amelie. La señorita Hamilton lo reprobó por aquello. Sabía que no debía festejar las tonterías que salían de la boca de la muchacha, pero las burlas de ella eran irresistibles.
Anne, la doncella, se acercó a donde se encontraban reunidos el conde y sus acompañantes para anunciar que un carruaje se estaba acercando.
—Disculpen por la interrupción, milord, pero un carruaje pronto llegará a la entrada —avisó Anne.
James se levantó del sillón con gran impulso y sonrió antes de caminar a largas zancadas hacia la entrada, mientras se alisaba las prendas por si tuvieran alguna arruga.
Amelie tenía el corazón en la mano. Su adorado conde estaba entusiasmado por ver a la viuda que sin duda era la única persona que los visitaría en aquel sitio.
—Debemos saludar a la visita, señorita Sallow —comunicó Irina, que abandonó su asiento.
—No estoy interesada en saludar a esa mujer —agregó con una mueca desagradable en el rostro.
—Pero es importante para el caballero que la tiene de pupila. Debe demostrar sus buenos modales con la visita.
Entre dientes Amelie masculló una maldición tras otra. Tendría que tolerar ver a otra dama cerca de James, y para empeorar sus males, era la mujer que él quería y que le parecía perfecta.
A James se unieron las sus acompañantes que estuvieron con él en el salón y los criados. Cuando el carruaje se detuvo frente a la residencia, todos esperaban expectantes para saber quién iba en aquel coche tan elegante.
Un paje se apresuró para abrir la portezuela del carruaje. De él descendió una elegante y joven dama de cabellos rubios como el sol de verano, sus ojos eran grandes y brillantes del color de una elegante y magnífica esmeralda, la sonrisa de su rostro opacaba cualquier belleza ajena a ella. Su
postura era segura y hacía lucir aquel vestido lavanda que la ataviaba como si estuviera hecho solo para la dama.
Amelie tenía el alma en el piso. Hasta ella quedó enamorada de la exuberante belleza que estaba frente a ellos. James tenía razón al considerarla como si no fuera nadie. No era digna de aquel hombre, sería un sacrilegio que él la mirara teniendo a aquella diosa Venus delante de él.
—Sea bienvenida, milady —saludó James, nervioso, por tener a Emeline frente a él después de tantos años.
La condesa viuda de Seaford hizo una inclinación para saludar a James.
Ella tenía una sonrisa genuina al verlo y parecía feliz de estar en visitándolo.
—Gracias, milord. Me ha sorprendido su recibimiento. Estoy solo de paso por un par de horas, debo continuar el viaje a casa de mi tía —
Correspondió lady Seaford.
Él se acercó para besar la mano enguantada de Emeline y ofrecerle su brazo para entrar a la residencia.
—Al menos concédame la gracia de quedarse dos días, dudo que su tía se enfade —pidió James, lo dijo con tal dulzura que Emeline no podía negarse—. Le presentaré a algunas personas que quizá no conozca… Ella es la señorita Amelie Sallow, mi pupila, no es mi prometida, hubo una confusión desde un principio. Amelie, ella es lady Emeline, condesa viuda de Seaford.
Emeline observó a Amelie de pies a cabeza y la escrutó con ese vistazo.
Su mente quiso pensar que la mujer elegante que estaba junto a la muchacha era Amelie Sallow. Sin embargo, se llevó una gran y agradable sorpresa al ver que esa joven no representaba un problema como pensó en un primer momento cuando James la invitó.
Amelie sentía vergüenza de cómo se veía frente a aquella dama que esparcía elegancia con cada movimiento. Incluso consideraba que sí olía a caballo como le dijo James. La situación era humillante.
—Es un placer conocerla, señorita Sallow. Espero que tal confusión, como dice milord, no la incomodara.
—El gusto es mío, milady —Hizo una reverencia forzada hacia la dama.
Amelie deseaba salir corriendo de ahí y no regresar jamás. Nunca se había sentido tan inferior frente a una dama que quizá no tuviera los conocimientos que ella poseía.
—Ella es la señorita Irina Hamilton, la institutriz de Amelie —Continuó James con su presentación.
—Es un placer conocerla, milady —Irina la reverenció con la gracia de una institutriz de amplia experiencia.
—¿Institutriz? —curioseó Emeline, mirando a Amelie—. ¿Le faltaron cosas que aprender a la señorita Sallow?
El pozo de la vergüenza tragó a Amelie en ese instante. No tenía explicación, ni escapatoria ante lo que dijo aquella dama.
—Eso está a la vista. Pasemos dentro de la casa, lady Seaford. —James la trató con respeto y pasaron a la residencia.
Kate le acarició el brazo a Amelie, ante la mirada de Alfred que se apresuró a seguir a su patrón. La expresión de la viuda hacia la pupila del conde fue inapropiada, más el mayordomo atribuyó aquello a los celos de la recién llegada.
—Las damas se ven como la condesa —informó Irina a Amelie, que tenía la mirada pérdida en el paisaje.
—Es exactamente como yo no deseo ser. Perdió su tiempo conmigo dos veces, señorita Hamilton —musitó Amelie antes de irse corriendo hacia las caballerizas.
—Alcanza a la señorita Sallow, Anne —mandó Kate para que aquella no se alejara, tenían visitas.
Anne obedeció y corrió tras Amelie sin descanso.
—¡Señorita Sallow, no continúe! —pidió Anne, cansada de correr. Sin embargo, Amelie no se detenía. Recién lo hizo al llegar hasta una de las cuadras.
La doncella se acercó con lentitud hasta ella para observarla y convencerla de volver a la residencia con la visita.
—Señorita, debemos regresar, tiene visitas en la casa.
—No iré, ¿qué haría cerca de una mujer tan fina y educada, pero con una lengua mordaz?
—Sé que me mintió con respecto a su compromiso con el conde, y me entristece saber que no será mi patrona, pero usted debe ir y enfrentar las cosas. Tiene todas las armas para no sentirse mal por milady. Posee preciosos vestidos que están guardados en el armario, es inteligente y más que nada está la señorita Hamilton para ayudarla.
—Discúlpame con ellos, Anne, y diles que fui a montar por un momento. —Declaró Amelie abriendo la tranquera para sacar a un caballo.
Ensilló el caballo, subió a su lomo y partió para despejar su mente. Se estaba ahogando en pensamientos y no quería que nadie la notara llorar, porque sacaría aquella frustración que sentía con unas lágrimas.
Sobre aquel caballo, rememoró el principio del cambio de su vida. Si hubiera sido una niña buena, sería una muchacha sin envidias. En ese instante se estaba ahogando porque no tenía ni la belleza, ni la seguridad de la dama que James amaba. ¿Cómo ella pretendía ser la condesa de Carlisle si no estaba al menos cerca de ser como lady Seaford? En ese instante lamentaba no haber tomado en cuenta las clases de la señorita Hamilton años atrás. ¿Cómo no pensó que su amada familia no era eterna y que ella debía hacerse camino? ¿Quién era en ese momento Amelie Sallow? Era la pupila de un hombre al que presionó para que la cuidara porque no deseaba quedarse con su primo por no ser lo suficientemente capaz de comprender que las que fueron sus tierras en realidad nunca le pertenecieron.
Quedó atrapada en un terrible sufrimiento. No tenía a nadie y estaba enamorada de un hombre que no la miraba diferente a como lo hacía a un mozo de cuadra.
***
Anne regresó a la casa sin Amelie y le dijo a Alfred lo que ocurrió con ella.—Anne, acompañe a milady para que se instale en su habitación, ayúdela en lo que haga falta —ordenó James.
—Sí, milord —obedeció esperando para llevar a la visita hacia sus aposentos.
—Muchas gracias, milord, el viaje ha sido cansador. Espero poder acompañarlos en la cena. ¿Dónde está la señorita Sallow? —preguntó Emeline percatándose de la ausencia de la joven.
—Acostumbra a montar a estas horas, estará aquí para la hora del té, ella siempre lo sirve —comentó James para disculpar la ausencia de la muchacha.
—No parece alguien que pueda servir un té con elegancia. Después me cuenta cómo llegó hasta aquí su falsa prometida.
Ambos se hicieron una reverencia y Emeline siguió a Anne para ir a acomodarse, pasaría dos días en aquel sitio.
—Alfred —llamó James a su mayordomo.
—Diga, milord…
—¿Dónde está Amelie?
—Anne dijo que ella se subió al lomo de un caballo y que estaba ofendida por la presencia de lady Seaford en la casa. Al parecer no le agradó que milady se burlara de ella por la institutriz.
—Siempre se expuso a eso, pero milady se ha excedido. Su lengua ha venido filosa —alegó James.
—Solo son dos días. ¿Le ha decepcionado milady?
Aquella pregunta que le hizo su sirviente, James no la respondió, solo se fue rumbo a su despacho. Emeline tenía el mismo rostro de siempre, mas su actitud distaba de ser esa que lo enamoró tiempo atrás. Sentía que metió a una serpiente en su casa, una arpía quizá peor que la propia Amelie.
Estuvo sentado sin avanzar en lo que deseaba. Su mente vagaba hacia la turbia mirada de Amelie. No había salido a montar con ella en ninguna ocasión, si salía era en solitario. Lo que más compartían juntos era el té, que era en lo único que la señorita Hamilton no la había reprobado del todo. En esas tardes de té, ella le hablaba sobre el campo y aunque a veces se sentía hastiado por la falta de humildad de Amelie, sabía que ella se sentía confiada en ese aspecto. Era como un pez en el agua cuando le hablaban de plantaciones, crianzas, cosechas y otras cosas relacionadas, además de una experta en cortinas. Le autorizó un pequeño presupuesto para cambiar las aburridas cortinas de la residencia, solo que todavía no se lo dijo porque si lo hacía, no dejaría de perseguirlo. También le envió una carta al señor Powell, el administrador recomendado por ella. Amelie era como un mastín en lo que se refería al dinero que debían dar las tierras en las estimaciones.
En ocasiones lo mantenía entretenido y muy concentrado. Ella sabía ocultar su molestia hacia él, después del último beso que compartieron y le dijo palabras desagradables, Amelie continuaba siendo igual de irreverente que siempre. Pronto creería que esa muchacha no tenía arreglo.
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