La prometida desconocida
Capítulo 7
Amelie no se daba tiempo de dudar de sus capacidades de solución. Si algo ella desconocía, conocía a quien podía solucionarlo. Era una mujer práctica, inteligente, capaz de hacer lo que fuera por no quedar como incompetente. Sin duda se creía la indicada para seguir dirigiendo esas tierras en la ausencia de cualquier varón.
—Señorita Sallow, el puente se ha desmoronado. Hay una carreta que llevaba víveres y ha caído al agua. Hemos hecho lo posible junto a los demás para sacar lo que había dentro y rescatar a las personas y caballos —
Se explayó el señor.
—No se preocupe, buscaré a alguien que se encargue del asunto.
Esperemos reparar todo para mañana —dijo ella para tranquilizar al afligido hombre que estaba frente a ella.
—Muchas gracias, señorita Sallow. Le estaremos muy agradecidos...
El hombre continuó hablándole sobre más problemas en la propiedad.
Ella no sentía que aquello que le contaba fuera en realidad muy grave. Era cuestión de arreglar, cambiar e invertir recursos en la infraestructura de las tierras.
Una vez que aquel señor se retiró, ella se sentó en el despacho de su padre para pensar las diversas soluciones que podía dar.
—Hay que buscar en el pueblo a alguien que haga puentes, también a alguien que se ocupe de las plagas en los cultivos... —mencionó Amelie, tranquila—. Mi padre tenía muchas cosas anotadas en un cuadernillo. No dudo que los nombres de esas personas estuvieran ahí.
Pasó un par de horas buscando hasta encontrar lo necesario. Envío a su cochero para que buscara a esas personas y que hicieran lo que el arrendatario pidió.
La señora Kate estaba preparando el almuerzo y en parte limpiando la gran casona, cuando distinguió un carruaje que le era ajeno por completo.
—¡Señorita Sallow! —Entró la mujer al despacho, donde ella se quedó dormitando.
—¡Sí, sí! —exclamó pensando que era antigua institutriz que la pilló flagrante durmiendo—. Kate, me asustaste.
—Hay un carruaje, uno muy elegante, tirado de cuatro caballos... —
comunicó la mujer.
—¿Quién podría ser?
—Quizá su primo, el señor Sallow.
—¡Qué desgracia! —lamentó Amelie, entristecida.
Ambas salieron del despacho para mirar por la ventana. Un hombre de unos sesenta años descendió del carruaje. Era elegante y de un porte señorial.
—¡No me queda duda, no me queda duda! —repitió el ama de llaves mientras vio al hombre acercarse.
—¿Dudas de qué?
—Un carruaje elegante, un hombre de unos doscientos años, arrugado como una uva añeja... ¡Debe ser el conde de Carlisle, su falso prometido que viene a ponerla en su lugar! —expresó la mujer.
Amelie quedó tiesa. ¿Podía ser posible que el famoso conde de Carlisle existiera y tuviera tanta edad?
—¡Usted y sus pésimas ideas, señorita Sallow! —recriminó Kate, lamentando lo que ocurría—. Debe venir para colgarla de la copa de un árbol, después la apuñalará y beberá su sangre... ¿cómo cree que vive un ser que parece una uva seca? Es evidente que de la sangre joven de sus enemigos.
La muchacha arrugó el ceño por lo que decía Kate. Aquella estaba muy afectada por los problemas que le daba con sus ánimos de no contraer matrimonio.
—Kate, eres demasiado exagerada. Es un señor viejo, tampoco es un vejestorio, o se conserva muy bien con la sangre de sus enemigos, ¡qué cosas estoy diciendo! —farfulló Amelie—. Tú serás Amelie Sallow, Kate.
La mujer tenía el mentón en el suelo. Amelie quería enviarla al matadero.
—¡Señorita Sallow, es su responsabilidad! Tiene muchas agallas para mentir y robar, pero no es capaz de asumir sus errores.
—Te lo ruego, Kate, hazlo por mí...
Ellas escucharon que el caballero golpeaba la puerta-. Se miraron entre ellas. Las pupilas de Amelie se dilataron para intentar convencer a Kate de que hiciera el favor de hacerse pasar por ella.
—¡Estoy metida en líos por su causa! —gruñó la mujer, sacándose el delantal que tenía atado en la cintura.
El ama de llaves se arregló para recibir al extraño. Era una señora delgada y de buen ver, aunque muy mayor para ser la señorita Sallow.
Alfred estaba parado frente a la puerta, esperando a que le abrieran.
Insistió con los toques en la madera, cuando se abrió y distinguió a una mujer de unos cincuenta años.
—Buenas tardes, busco a la señorita Amelie Sallow —dijo Alfred, serio.
—¿Quién la busca? —preguntó Kate, observando al estirado caballero frente a ella.
—El conde de Carlisle, su supuesto prometido...
Amelie estaba escondida detrás de una de las amplias cortinas del salón escuchando todo. Ella palideció cuando aquel hombre dijo que era su prometido.
Kate estaba sin palabras, mirando al hombre con temor. Parecía muy rígido y poco amable.
—Soy yo, milord —Asumió el ama de llaves.
—¿Me invita a pasar para explicar este asunto? —indagó Alfred.
—Sí, pase, por favor, milord. Le pido inmensas disculpas por mi atrevimiento...
Alfred pasó a la elegante estancia de aquella residencia campestre. Era muy hermosa para una familia que no tuviera dinero.
—Cuénteme sobre su atrevimiento, señorita Sallow —pidió Alfred.
—Yo, milord... —Kate no sabía qué decir. La verdad del asunto sería suficiente—. Inventé su nombre para librarme de un mal hombre y de la ruina, milord. No pensé en hacer un mal mayor, le ruego clemencia...
Las sospechas del mayordomo de confianza del verdadero conde de Carlisle eran correctas en muchos aspectos. La pobre estaba desesperada y se notaba en su rostro.
—Ya veo, señorita Sallow. He venido hasta aquí para presentarle mis respetos y agradecerle que usted también me librara de un mal matrimonio.
No hay nada mejor que conservar la soltería ante un pésimo compromiso.
Le ofrezco mi ayuda para lo que requiera. No dude en acudir a mí si lo necesita. Sabré recompensar su buena obra.
Tanto Amelie como Kate estaban asombradas con lo que aquel decía.
Era increíble que algo bueno resultara de una pésima idea. Aquel conde resultó ser un hombre extraño y agradable.
—Le agradezco que usted sea tan compasivo, milord. No dudaré en acudir a usted si lo necesito. Dios dirá... —musitó Kate con una mano en el
pecho.
—Tengo una propiedad en Yorkshire, muy cerca de aquí. Estaré estos meses por aquí.
—Es muy amable, lord Carlisle.
Unos incómodos momentos después, Alfred se levantó del sillón donde reposaba para conversar con la mujer.
—Es todo lo que deseaba decirle, señorita Sallow. Ha sido un placer. —
Se despidió Alfred.
—Gracias, milord. No olvidaré su amabilidad —habló Kate, acompañándolo a la puerta.
Alfred caminó hacia el carruaje. Una vez que estuvo en movimiento James quería saber lo que ocurrió.
—Alfred, ¿cómo es la señorita Sallow?—curioseó ansioso.
—Mi pronóstico no estuvo muy errado, milord. La señorita Sallow debe tener cincuenta años. Es muy bonita para esa edad y tiene pretendientes. Le dije que era una solterona que deseaba librarse de alguien. Me lo ha contado todo.
James pareció decepcionado. Imaginó de otra manera a Amelie. No significaba que fuera malo, sino que estaba decepcionado por saberse incapaz de hacerse una mala imagen de un nombre que le agradaba.
—Es una lástima que sea de esa edad.
—¿No me diga que milord se hizo ilusiones con una desconocida? Me siento muy apenado por despedazar sus sueños.
—No, Alfred. Soy un insensato imaginando gente, es todo. ¿Le dijiste que estaba a su disposición?
—Sí, milord. También que vive en Yorkshire para que acuda si tiene necesidades, aunque lo dudo. Vive en una casa muy elegante, bien arreglada.
—Es suficiente agradecimiento. Regresemos a la casa, tengo muchas decisiones que tomar y recorrer esa propiedad...
Alfred asintió, pues sabía que James tendría demasiado trabajo en aquel sitio.
***
Amelie salió de su escondite. Kate seguía muy sorprendida.—Así que... bebe la sangre de sus enemigos —dijo ella con los brazos cruzados bajo el pecho mientras observaba a su distraída criada.
—Es un hombre muy amable, señorita Sallow...
—¡Alguien se ha enamorado de un conde! —alentó Amelie a Kate.
—¡Por supuesto que no, señorita Sallow! Dije que era muy amable.
Supongo que escuchó. Vi sus pies bajo la cortina.
—Lo escuché. ¡Al menos no está enojado! Y tampoco creo que se enoje si seguimos usando su nombre para mi seguridad.
—Usted no aprende, señorita.
—Él dijo que estaba para mí en lo que necesitara y yo lo necesito.
—¡Ay, señorita, usted no entiende!
—Entendí perfectamente. Favor con favor se paga y yo le hice uno más grande de lo que él me hizo —alegó riendo.
El ama de llaves no quiso seguir deseando convencer a Amelie para que enderezara su camino, era irreverente y muy testaruda para darse por vencida.
Por momentos, Amelie pensaba que todo mejoraría, aunque en otros, consideraba que pronto caería en desgracia por la futura visita de su primo.
Sus días estaban contados como la dueña de esa propiedad. Rezaba al cielo por un milagro, pedía indicaciones a su padre y hermano que estaban muertos. Se sentía sola y sin el apoyo de los seres que la habían amado.
Deseaba guardar sus debilidades solo para que el espejo la viera como realmente se encontraba.
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