La prometida desconocida

Laura A. Lopez · Capítulo 4 de 35

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La prometida desconocida

Capítulo 4

—¡Un conde! —exclamó el señor Powell—. Déjeme felicitarla, señorita Sallow.

—Oh, gracias. Solo le ruego que hasta que el caballero regrese, no le diga nada a mi primo.

—Pero si su primo, el señor Sallow debe aprobar su matrimonio para que le entregué la dote que le pertenece, señorita.

—¿Puede decirme algo en confidencia, señor Powell?

—Todo depende.

—Quisiera saber, qué incluye la dote para mi futuro esposo.

El hombre levantó una ceja, sonrió y se acercó con complicidad a ella.

—Dinero y una propiedad...

—¿Es está? —preguntó esperanzada.

—Pues está establecido que fuera otra. Esta debía quedar para su hermano, pues de las fincas, es la más productiva. La otra es una propiedad ociosa que imagino que su padre deseó que su esposo la hiciera productiva tal como esta finca.

—Entiendo... entonces este ya no es mi hogar.

—Una vez muerto su padre y hermano, le corresponde a su primo.

Señorita Amelie, ¿cuándo vuelve el conde de Carlisle?

—En un año, pero mantendremos correspondencia —mintió con naturalidad—. Le ruego discreción con respecto a este tema. Mi primo y yo no tenemos una buena relación. Me expulsará de aquí si sabe que no tengo a nadie que me respalde.

—Pero, usted debe al menos esparcir el rumor de un compromiso. Ese vecino suyo, el señor Ajax es un peligro. Imagino que piensa que esta propiedad le queda a usted en dote. Su interés no es algo muy normal y por eso he vuelto, mi preocupación por usted ha ido en aumento durante este tiempo. Debí seguir mi instinto la última vez que estuve aquí.

—Disculpe por haberlo engañado, pero espero que me comprenda. Soy alguien que pretendió ser libre en un mundo dominado por los hombres.

Para mí, tomar la decisión de casarme es algo difícil.

—Pero el conde debió tener algo especial para que usted le dijera que lo pensaría. Será usted una condesa. Le recomiendo que tome algunas

lecciones antes de que vuelva su noble prometido.

—¿Qué insinúa, señor Powell?

—No insinuó, sino que le advierto que al ir a Londres o codearse con otras mujeres, usted impactará contra una pared. Su padre le ha dado atribuciones que ningún esposo le daría. Es mejor que se acostumbre a que dejará sus funciones de dirigir una propiedad a su antojo —aclaró el administrador.

—Comprendo...

Amelie estaba en una encrucijada. Se inventó un prometido que no existía, no se le ocurrió nada más que decir. Prefería lidiar con una mentira que con su primo y la esposa de éste en cuerpo presente.

***

Lord James Howard, conde de Carlisle huyó de Inglaterra tiempo atrás a causa de Napoleón, Irlanda se convirtió en un refugio solitario y tranquilo para el último miembro de su familia que quedaba con vida. Él y su fiel sirviente Alfred, eran inseparables. Aquel más que un simple mayordomo o ayudante, era su consejero.

Regresaría a Inglaterra, pues Gran Bretaña estaba dentro de la coalición de países que enfrentaban a Francia. La caída de Napoleón era inminente después de haber perdido la mayor parte de su tropa. Al menos esa era la información que le había llegado desde su país.

Recordó que dejó un compromiso que sus padres le habían arreglado con una dama. Lady Daphne Cecil, hija del conde de Exeter debía estar esperándolo en Londres. A él no le hacía mucha ilusión casarse con una desconocida y menos a alguien que no había escogido. Simplemente temía que la niña a la que vieron sus padres hubiera tenido muchos cambios y no fuera tan encantadora como le dijeron que sería. En fin, de cierta forma se ahorró buscar una prometida y era más que bienvenido no tener que dedicarle pensamientos a eso.

—Milord, el carruaje está listo para salir —informó su sirviente.

—Excelente —dijo y miró la casa de alquiler que lo acogió por esos años en paz y tranquilidad.

—También extrañaré este lugar. Cumplimos con los designios de su abuelo. Lo cuidamos de la guerra y es momento de regresar.

—Mi abuelo hubiera deseado ser enterrado en Inglaterra, pero a veces no se escoge donde morir —lamentó James.

—Es así, milord. Lo acompaño...

James subió al carruaje para dejar Dublín y regresar a Londres. Una de sus máximas pasiones era la lectura. Tenía muchos libros dentro de su carruaje para poder distraerse cuando se aburriera del paisaje verde que le esperaba. Su plan era sencillo: regresaría para conocer a su prometida e iría a una de sus propiedades rurales hasta que iniciara la temporada. Tardaría unos días en llegar, pues no tenían apuro alguno. De su parte, no tenía mucho ánimo por conocer a Daphne. Conocía a muchas damas elegantes, hermosas y educadas que le habían fascinado y esperaba que al menos la muchacha que era su prometida se les pareciera en gracia y elegancia para llevarla de su brazo.

—Nos quedaremos en una posada, milord —anunció Alfred, su fiel sirviente.

—Sí, estoy muy cansado —admitió sintiendo el cuello dolorido. Era probable que tuviera tortícolis por andar durmiendo en un carruaje. Estaba fatalmente aburrido en el trayecto, tanto, que los libros que escogió no resultaron ser de su agrado.

Una vez que se instalaron en la posada, James pudo descansar, mientras Alfred cuidaba de que tuviera buen sueño y estuviera tranquilo.

—Descanse, milord. Iré a buscarle un poco de comida y un buen baño, si usted lo desea. No querrá parecer cansado frente a su prometida —musitó su sirviente.

—De todas maneras se me hará difícil colocar una sonrisa en el rostro.

Los nervios por saber si es bella e inteligente, me consumen. No quisiera salir huyendo, desesperado, romper el compromiso y desairar a la dama.

—Confiemos en el buen gusto de sus padres. No hay mucho que hacer, milord.

—Siempre me levantas el ánimo, Alfred—aludió sarcástico.

—Siempre estoy para lo que requiera, milord—replicó Alfred, dejándolo solo en la habitación.

Sin duda Alfred y su opinión importaban mucho ante los ojos de James porque sabía que aquel servidor solo quería su bien. Haría lo que fuera por él y no era capaz de mal aconsejar.

Al día siguiente, James despertó con más fuerza para enfrentar lo que quedaba de viaje. Si bien su cuello aún parecía doblado y le dolía, estaba decidido a llegar a Londres.

En Londres, Daphne, la hija del conde de Exeter leía con mucha rabia lo que el periódico decía sobre su prometido lord James Howard, conde de Carlisle.

—¡Qué humillante! —gruñó la muchacha de baja estatura y de cachetes rojos y cargados—. Él es mi prometido, ¿cómo pudo comprometerse con esta muchacha? ¡Oh, qué decepción!

—¿Es esto lo que deseabas, George? —reprochó su esposa al conde de Exeter—. Es por eso que no estaba de acuerdo en comprometer a una niña tan pequeña con un extraño.

—Pero si arreglamos su vida, querida —discutió el conde.

—¡No quiero ser el hazme reír de Londres! —chilló Daphne, caprichosa.

—¡Resuelve este asunto! —mandó la condesa a su esposo.

—¿Qué quieres que haga, Daphne? —preguntó el conde.

—Qué rompa el vergonzoso compromiso que me une a este caballero que ha deshonrado mi nombre. Ha preferido comprometerse con una tal Amelie Sallow en Yorkshire.

—Está bien, le escribiremos una carta para romper el compromiso. Aún debe estar en Irlanda. Fue lo último que supe sobre él —dijo el conde de Exeter.

James llegó a Londres y no perdió el tiempo para observar todo a su alrededor. Para disfrutar de la vista, salió con Alfred en dirección a la residencia del conde de Exeter. Su elegante bastón daba vueltas dentro del carruaje, casi golpeando a su hombre de confianza en varias ocasiones.

Alfred le arrebató el bastón a James y lo dejó en un lugar.

—Se hará daño y a mí también me lo causará —aseguró Alfred.

—Son los nervios.

—Tiene treinta años, milord.

—Considero que una sola vez me casaré y la mujer debe ser de mi agrado. Si no es de esa forma, deberé romper el compromiso que hicieron mis padres.

—Su mente anda afanosa desde que decidió regresar a Londres. Le sugiero que beba brandi, lea un buen libro y tenga paciencia para la próxima temporada si resulta que la dama no es agraciada. En todo caso, podemos regresar a Irlanda si no desea terminar el compromiso por vergüenza.

James suspiró al sentir que el carruaje se había quedado. Significaba que llegaron a destino. Por fin conocería a la dichosa lady Daphne Cecil.

Descendió con Alfred que iba un paso atrás de él. Golpeó la puerta y esperó moviendo los pies.

—Buenas tardes, dígame, ¿a quién anuncio? —preguntó el mayordomo de la residencia.

—Soy lord James Howard, conde de Carlisle. Vine a conocer a lady Daphne Cecil, hija del conde de Exeter.

Los ojos del mayordomo de la residencia del conde de Exeter, se desorbitaron. Sabía de nombre quien era el caballero y sin duda lo debía hacer pasar.

—Pase, milord, lo anunciaré.

James le entregó a aquel sirviente su sombrero y su bastón. Dio unos pasos y observó que la residencia gozaba de buena decoración, por lo que imaginaba que el conde de Exeter atravesaba una excelente situación económica. Después miró hacia la muchacha que tenía unos bucles poco favorecedores para su rostro rojo, redondo y rechoncho. Él rezaba para que aquella no fuera su prometida.

—Milady, su prometido ha venido a visitarla —anunció el mayordomo.

Daphne levantó sus ojos azules para mirar al atractivo joven de cabellera castaña y ojos aguamarina.

—¿Qué hace usted aquí? —chilló la muchacha, estridente.

—Su prometida se parece a un cerdo y grita como uno. Es el momento de irnos, milord —recomendó Alfred, que se acercó a él para decirle esas palabras muy cerca del oído.

James vio que todos sus miedos se hicieron realidad. Aquella mujer no era lo que esperaba.

—He regresado de Irlanda para conocerla… —Logró articular pese a su sorpresa.

—¿Con qué cara viene aquí después de echar mi buen nombre a la humillación? —increpó Daphne, molesta.

—¿Qué?

—¡Qué sinvergüenza! Le dije a mi padre que terminaba nuestro compromiso. Usted no puede estar comprometido con dos mujeres.

—¿Dos mujeres? Ni siquiera la conozco a usted, ¿cómo conocería a otra?

—Milord, diga que sí está comprometido con otra —Le volvió a susurrar Alfred.

—¿Entonces niega estar comprometido con la señorita Amelie Sallow de Yorkshire?

—¡Oh, milord, dígale que sí, no le dé tiempo a recapacitar sobre romper su compromiso! —insistió su sirviente.

James estaba consternado por toda la información que recibía de la pequeña cerdita que resultó ser su prometida. ¿Quién era la tal Amelie Sallow?

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