La prometida desconocida

Laura A. Lopez · Capítulo 2 de 35

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La prometida desconocida

Capítulo 2

Después de aquel evento tan triste de enterrar a su padre, debía pensar en qué camino seguir. Debía engañar a muchas personas y entre ellas se encontraban: su vecino, su primo y el administrador. Solo conocía a esos hombres y suponía que al más difícil de engañar sería el señor Powell, el administrador de la propiedad, un señor muy amable que visitaba con frecuencia a su padre.

—¿Y ahora qué, señorita? —preguntó el ama de llaves.

—Debo imitar la letra de mi padre. Charles, el cochero se asemeja a mi padre y cada vez que alguien se acerque a la propiedad, aquel deberá usar las prendas que le pertenecieron...

—Señorita, considero correcto comunicarle lo que ocurre a su primo Alec Sallow. Él sabrá qué hacer con usted.

—Sin duda me echará de la propiedad como si fuera que nunca viví aquí. Traerá a su tonta esposa y querrá mandar si no me expulsa.

—¿Acaso no le agrada la señora Beatrice? Oh, es tan cruel. Su primo es un hombre honorable a quien usted maltrata.

—¡No puedo creer que defiendas a quien me despojará de lo que me pertenece! Se adueñará de estas tierras que, a la muerte de mi hermano, me corresponden a mí como dote, o al menos eso dijo mi padre —expresó, dudosa.

—Señorita Amelie, le pertenecerá a su esposo, no a usted. Recuerde que las mujeres no pueden heredar. Lo mejor es que busque un esposo, se convierta en una dama y se dedique a ser una excelente esposa y madre.

—¡Pero si eso no me interesa! ¡No deseo un esposo que me mande! Me moriré callada, debiéndole respeto como si yo fuera su esclava. Nunca seré su igual.

—No me haga repetir que las mujeres no son iguales a los hombres.

Ellos son superiores, y lo sabe. Debería resignarse a que su futuro siempre dependerá de un hombre. Si su hermano estuviera vivo, dependería de él. Si su padre no hubiera muerto, lo mismo. Le queda su primo o buscar un esposo.

—Lucharé por mi libertad. Maldito Napoleón que hizo que mi hermano pereciera. Espero que arda en averno —deseó triste.

Amelie llevaría a cabo sus ideas para vivir de manera independiente hasta donde le permitieran las mentiras que empezaría a decir.

Un año había pasado desde el fallecimiento del señor Sallow, y Amelie pudo continuar trabajando por las tierras, además de desviar los fondos que pudiera para vivir si algo salía mal. Sin embargo, al administrador no le convencían las firmas que llegaban del señor Sallow y también las cartas, se notaban diferentes.

El señor Powell apareció por sorpresa un día en las tierras de Amelie.

Los sirvientes alertaron a la muchacha, que puso a funcionar su estratagema como lo hacía con los demás.

Charles, el cochero fingía ser el señor Sallow, pues el cabello blanco y el porte era muy parecido. Lo colocaban cerca de una ventana con las prendas que le pertenecieron al padre de Amelie y en la lejanía, nadie diría que aquel no era el padre. Su vecino no se había dado cuenta de que la figura que lo saludaba desde esa ventana cada vez que aparecía por ahí, no era el verdadero.

—¡Es el administrador, señorita Amelie! ¡Estamos perdidas, le dije que eran malas ideas!

—No me alteres, Kate. Fue solo un año en el que pude desviar el dinero, me faltan nueve años —espetó Amelie, molesta.

—¡Debió buscarse un esposo o aceptar al señor Ajax!

—¡Primero muerta! ¡Calma, Kate, calma! —exclamó, intentando recuperar la respiración y la compostura.

Por supuesto que Amelie estaba más que asustada por lo que el administrador podría decirle. No había noche en que el sueño le resultara sencillo de conciliar, pues buscaba alternativas para continuar con su soltería. Entre tolerar a su primo y a su esposa como dueños de lo que fueron sus dominios y conseguirse un esposo, prefería al incauto que deseara casarse con ella, salvo su vecino. Tenía una exigencia dentro de lo malo que podría pasarle.

El administrador descendió de su carruaje y miró a su alrededor. Nada parecía diferente a los que percibía cada vez que iba a esa propiedad.

—Sea bienvenido, señor Powell —saludó Amelie al hombre elegante, alto y delgado que llevaba un libro forrado en cuero negro bajo el brazo.

—Señorita Amelie, que placer poder saludarle. La propiedad parece muy próspera.

—Sí, estamos sembrando para la próxima cosecha, señor Powell. Me permito preguntar, ¿qué lo trae por aquí? —indagó Amelie, que con un gesto nervioso se estrujó los dedos a causa de ansiedad.

—Es un asunto que deseo tratar con su padre, señorita.

—Él está un poco deteriorado de salud, me encargo de todo, puede decirme lo que desea. Sabe que soy capaz de comprender un libro contable, señor Powell.

El señor Powell miró hacia la casa y distinguió a la figura de quién parecía ser el señor Sallow.

—¿Tanto para no recibirme? Lo veo en su despacho.

Amelie se maldijo por dentro. Aquella no era la ocasión ideal para hacer creer a un hombre que quería ser atendido por su padre, que él no podría ser recibido. Había sido una tonta.

—Acostumbra a hacerlo desde que enfermó, pero está tan débil y agitado que no le es posible hablar. ¿Le gustaría pasar al salón y conversar conmigo sobre eso que lo trae aquí? —solicitó Amelie, amable.

—Sí, señorita Sallow. Sé que su padre confía en usted a plenitud, por supuesto que puedo tratar estos asuntos con usted —aceptó el administrador.

Ella creyó que por ese día, salvaba el asunto de ser descubierta, pero aún debía saber cuál era la razón de aquella visita, aunque lo sospechaba.

El señor Powell pasó la puerta de la residencia hasta el salón. Observó a su alrededor y no notaba cambios. Le parecía muy extraño.

—Siéntese, señor Powell. El ama de llaves nos traerá un té —dijo Amelie, sentándose frente al hombre.

Trataba de no delatar sus nervios y ansiedad por conocer la situación que lo llevaba hasta ahí.

—Señorita Sallow, su padre me ha pasado los últimos pagos que realizó y también lo que percibió. Existe una merma considerable de los ingresos.

La producción de la finca no ha variado. Falta justificar ciertos gastos para que las cuentas cuadren. Tanto él como usted, son personas que conocen de números y me he quedado muy sorprendido por el desorden en las cuentas...

—manifestó el administrador.

—Es a causa de la escasa salud de mi padre.

—Tengo que además decirle, que las firmas y letras de las cartas comerciales, no coinciden con los registros que poseo de su padre.

—Ha perdido un poco la movilidad. Lo hemos estado atendiendo.

—¿Ha tenido gastos en el boticario por medicinas que le dio el médico a su padre?

Amelie había olvidado colocar algo como eso para sustentar su mentira que llevaba un año.

—Puede que eso sea parte de la diferencia que usted constata, si me deja, es probable que encuentre lo que está percibiendo.

El administrador entrecerró los ojos un poco. Amelie nunca daba ese tipo de respuestas inseguras. Era una mujer involucrada en el negocio de la familia, capaz de superar a cualquier varón en aquel menester. Sin embargo, ella, ese día, no podía darle razones de nada.

—Siento tener que preguntarle algo, señorita Amelie, ¿se encuentra bien?

—Quizá esté un poco dispersa —justificó sin mucha seguridad.

—Está usted en edad de casarse. Tal vez eso le resta eficiencia últimamente.

—¡No! Un caballero nunca me sacaría el sueño, salvo que se tratara de mi padre o de mi hermano, que hoy ya no existe —lamentó.

—Recuerde que su padre no durará para siempre, señorita Sallow.

Necesitará de un hombre que la respalde. En una última carta que recibí hace más de un año por parte de su padre, me comentó su preocupación por usted y me comunicó su deseo para que lo ayudara a buscar un buen candidato para usted.

—Yo puedo escoger a un candidato digno, de hecho, tengo en mente a varios, tan solo me queda decidirme para tranquilidad de mi amado padre.

El señor Powell hizo una mueca que dejaba entrever su escepticismo sobre la afirmación de Amelie. La conocía desde que era una pequeña niña mandona y si su memoria no le fallaba, oyó decir a esa muchacha —hasta el cansancio— que su intención era la de permanecer soltera y su edad de casarse ya casi había pasado por completo.

—¿Está segura de que su padre no podría recibirme hoy, señorita Sallow? Me disculpará, pero según tengo entendido, usted no desea contraer matrimonio.

Ella se quedó pálida del susto. Nunca el señor Powell la había enfrentado y menos con tanta seguridad. Debía aprender a callar sus pensamientos. Debió tener en cuenta los consejos de su padre, cuando su hermano murió. Le dijo que él no era eterno y que dejara su capricho para buscar un esposo que la cuidara. Era muy tarde para eso.

—¿Desconfía de todo lo que le digo, señor Powell? —preguntó indignada.

—No desconfío de usted, pero es difícil tratar algunos asuntos con mujeres, cuando es un varón quien debería estar al frente.

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