La prometida desconocida
Capítulo 1
Amelie estaba cansada de escuchar el interminable monólogo de su vecino, el señor Paul Ajax. Lo tenía entre ceja y ceja sin evitar que su mente le hiciera gestos cada vez que decía alguna cosa que lo involucraba. Su rostro por fuera era el de una dama bella, de cabellos marrones y ojos verdes, cuya paciencia era infinita, mas en su interior se revolcaba, presa de un espíritu homicida. Aquel estaba pendiente de la salud de su padre que días atrás había llegado fatigado a su residencia. Le dijo que se cruzaron en la propiedad y que él se notaba muy pálido y sin aliento.
Esa información proporcionada por parte de su vecino hipócrita, llegaba de manera tardía. Su padre falleció anoche. El cadáver todavía estaba fresco en su habitación y ella no sabía qué hacer con él al igual que los criados.
La muerte de su padre solo significaba una cosa para ella: la ruina. Una ruina inminente en todos los aspectos. La propiedad iría para aquel pariente suyo tan despreciable y ella debía casarse si no deseaba vivir en la miseria.
Pensar en abandonar su tan valiosa soltería era algo que no concebía de ninguna manera y su padre era el gran culpable de eso.
La crió de una manera tal que hasta cumplir las órdenes más sencillas conllevaba una lucha de pareceres. Era implacable cuando se trataba de llevar la razón, aunque era la forma en que su progenitor la hizo fuerte.
También siempre la estaba preparando para cuando él no le faltara, se pasaba diciéndole: «cuando ya no esté».
Se quedó al lado de él hasta que dio su último aliento. Debía ser fuerte.
Ya había perdido a todos los miembros de su familia, solo quedaba ella y la querida ama de llaves que era como su madre.
Por fuera evitaba que se notara la devastación por la cual estaba pasando. Primero su madre murió por unas fiebres, la siguió su adorado hermano Alan, muerto en nombre de su majestad en una batalla. Su padre era lo único que le quedaba hasta una noche antes y aquel vecino tan inoportuno no dejaba siquiera despedirse de él.
Pensar en su dolor, seguido de la indecisión sobre qué hacer con el cuerpo de su padre, cuidar su propiedad, además de preocuparse por su primo y por el ambicioso vecino que deseaba desposarla. Con sus veinte años cumplidos era considerada una solterona. No tenía interés en ser la
esposa de nadie y tampoco estaba en condiciones. Su educación era escasa porque había decidido concentrarse en las labores del campo antes que en alguna otra actividad. Tuvo muchas institutrices que la abandonaron años después al notar su nulo progreso en sus modales. No iban a manchar su nombre con la hija mimada de un caballero que la consentía hasta el cansancio. Esas fueron las palabras que dijeron antes de abandonar Allmery House. Solo una institutriz quiso arriesgarse para educarla, pero fue la que peor acabó.
—Y me pongo a su disposición para lo que necesite. Sabe usted que puede contar conmigo para lo que desee, tiene mis manos a su antojo... —
dijo su vecino a la par que cogía la mano de ella entre las suyas.
Rio nerviosa por aquel gesto y con su otra mano libre agarró las de él y se liberó de aquella incómoda demostración de superioridad masculina.
—Gracias, señor Ajax. Puede expresar sus deseos sin tocarme en la próxima ocasión. A mi querido padre le disgustará saber que lo hizo hoy.
—¡Oh, disculpe, disculpe, mi querida señorita Sallow! —se apresuró a excusarse el hombre, zalamero.
—Tengo asuntos que atender, señor Ajax. Mi padre y yo agradecemos que hubiera dejado sus quehaceres para visitarnos. Le haré saber que usted estuvo aquí —concedió a modo de una apresurada despedida.
Le sonrió, forzada; como siempre lo hacía, y se levantó para indicarle lo que debía hacer: irse y dejarla en paz.
Él pareció entenderlo; sin embargo, en el umbral de la puerta volvió a quedarse para dirigir nuevamente unas palabras.
—Y no olvide...
Ella no lo dejó terminar, cerró la puerta con fuerza y caminó hacia el centro de la estancia.
—Lo mejor de las visitas es cuando se vean —proclamó. Colocó sus manos en la cintura y negó con la cabeza.
—¿Ya se fue ese hombre? —inquirió su ama de llaves que miraba mientras levantaba una y otra vez la cortina para observar.
—No hagas eso, Kate. Puede pensar que alguien lo está invitando y deseará volver, no queremos eso, ¿no es así?
—No, señorita Amelie. ¿Qué haremos con el difunto?
Las mujeres subieron con los pies pesados hacia la planta superior de la residencia. En verdad que la pregunta que le hizo su criada era muy difícil
de responder. Tampoco tenía clara la idea de cómo hacer para enterrar a su padre sin tener que comunicárselo al pueblo entero dentro de Yorkshire.
—¿Por qué nadie cubrió a mi padre? —interpeló con desazón.
—Al menos no siente frío.
—¿Qué haré sin usted, padre? No me voy a casar con el vecino, ni tampoco le dejaré esta propiedad a ese primo tan desagradable.
—Señorita, ¿me permite un humilde consejo?
—Me lo darás de todos modos. Habla.
—Usted solo retrasa lo inevitable. ¿Por cuánto tiempo piensa que sus vecinos, el administrador y su primo se darán cuenta de que está absolutamente sola y en situación de abandono?
—No soy una mujer débil que no sabe hacer nada...
—¡Ah, pero sí que mi señorita Sallow gusta de lo que cada chelín le puede ofrecer! Piense, si está en posición de doncella por no querer casarse perderá la buena vida a la que está acostumbrada.
—¡No creas que he olvidado cada detalle! Sin dudas me desconoces. Mi dote...
—Su dote la tiene el administrador y se la dará a su esposo.
—¡Es cierto! No contemos con mi dote. Tenemos estas tierras muy prósperas.
—Me temo que empeora la situación, señorita Sallow —insistió su criada con los brazos en jarras—. Estas tierras le pertenecen a su primo a quien usted nunca ha tratado bien.
Amelie alzó la nariz con prepotencia.
—Quizá dos opciones no sean posibles, pero tengo más ideas.
—¿Alguna otra descabellada?
—Ahorrar...
El ama de llaves frunció el ceño, después abrió los ojos, para culminar con una mueca de aprobación.
—Parece ser algo razonable, señorita Sallow.
—Sí, solo tengo que decir que mi padre sigue vivo por diez años mientras desvió los ingresos de las tierras.
—Tan buena que parecía la idea. Usted está desorientada. El administrador lo notará.
—No me voy a casar con el vecino. Es el único hombre con recursos que conozco, pero no estoy desesperada. Debe existir más gente en este condado que sea decente y agradable a la vista y el olfato.
—Tendrá que dejar la vida de campo para conocer caballeros. A esto iba a llegar en algún momento. Si hubiese aprovechado las enseñanzas de su institutriz —mencionó la criada, ensañándose con Amelie para que entrara en razón.
Aquella muchacha estaba acostumbrada a vivir en sus propias leyes porque no había salido a conocer el mundo. La pobre ingenua no sabía lo que podía encontrar a unas millas de distancia. La pérdida de su familia la fue volviendo más decidida y alejada del resto. Se refugió en su dolor y aún aparentaba una fuerza que no sentía al dejar a su padre sin enterrar.
Estaba segura de que la muerte que más le había dolido era la de su hermano. Él la amaba y ella sin dudas también. Siempre estaba dispuesta a cualquier cosa que él le pidiera porque la apoyaba en toda encomienda que ella deseaba llevar a cabo. El dolor más grande para Amelie era no tener una tumba donde llorar por él. Un campo de batalla era su morada, un lugar desconocido que no lo había visto nacer ni crecer, pero lo vio morir.
—Esa sería una opción, algo que llevaría a cabo si las aguas comenzaran a querer tragarme. ¿Qué mujer desea perder la libertad una vez que la conoció? No seré propiedad de un esposo y si tengo uno, él será de mi pertenencia, no yo suya.
—Señorita, es vano lo que dice. Que la providencia acompañe sus intrigas, yo por mientras me preocuparé para que no muera de hambre.
Con la ayuda de dos lacayos a los que pidió absoluta reserva sobre la situación, llevaron a su padre hasta el centro de la propiedad, alejado de los ojos curiosos para enterrarlo. Lo envolvieron en una sabanilla.
Aquellos criados con palas intentaban cavar una fosa profunda para dejar el cuerpo. Era una suerte que la tierra estuviera blanda y que facilitara la excavación por tal motivo.
Una vez que alcanzaron una profundidad razonable, aquellos trabajadores tomaron sus sombreros entre las manos para despedir a su patrón. Amelie miró desolada que no podía enterrar a su padre junto a su madre por temor a lo que podía deparar el futuro si se llegaba a saber sobre su muerte.
—Sabrá entenderlo, padre. —declaró antes de que comenzaran a enterrar el cuerpo.
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