La prometida desconocida
Capítulo 24
Alfred supuso que Irina Hamilton sería la pesadilla perfecta para Amelie, por eso debía contratarla sin dilación, aunque debía tener el visto bueno de su patrón.
—Lo que me dice, señora Brown, es importante. La señorita Hamilton es lo que necesita la señorita Sallow —concluyó Alfred, dejando a Kate en el pasillo.
—No es eso lo que le digo. La señorita Amelie pegará el grito al cielo —
Se dijo tocando su delantal con ambas manos.
El mayordomo se acercó a Irina que estaba sentada en el salón, esperando a ver si el conde se hallaba disponible para recibirla. En ese tiempo de espera, no escuchó el sonido de risas y correteos de una niña.
—Señorita Hamilton, el conde estará encantado de recibirla, sígame por favor —pidió Alfred para guiarla.
—Gracias —aceptó Irina.
Se dirigieron hasta el despacho de James, donde él ya la estaba esperando de pie.
—¿Es usted la señorita Irina Hamilton? —preguntó James que vio entrar a una dama de considerable estatura. Poseía ojos azules y cabello rubio. Era una mujer hermosa, de aproximadamente unos veintiocho años, cuyo aire estricto se percibía tan solo al notar su figura al entrar en el lugar.
—Buen día, milord. En efecto, soy Irina Hamilton y tengo diez años de experiencia con niñas y jovencitas hasta los dieciocho años.
—Diez años es mucho tiempo. Tengo en esta casa a una muchacha caprichosa, no es con exactitud una niña —musitó recordando a Amelie.
—¿Es su hija? ¿Podemos conocer a la muchacha? —curioseó Irina, diligente.
—Siéntese, haré que la busquen, se encuentra en un paseo. Alfred, que alguien vaya por ella —mandó a su mayordomo.
—Sí, milord. —Alfred se retiró a la brevedad.
—¿Dónde ha ejercido la educación, señorita Hamilton? —James continuó con su entrevista a la institutriz.
—Durante mis primeros años, en Yorkshire, después fui a la casa de un marqués en Londres. Hoy ya no precisan de mis servicios. Milady fue muy
bien casada. Me dijo que me tendría en cuenta para cuando tuviera alguna hija. Por el momento decidí regresar a Yorkshire porque es mi hogar.
—Me complace escuchar que no está de paso. Tengo aquí un verdadero problema.
—Milord, todo se puede solucionar. Hay niñas más quisquillosas y caprichosas que otras, nada es imposible.
—Espero que siga pensando lo mismo cuando conozca de quien le hablo.
Amelie no estaba muy lejos de la propiedad, por lo que el mozo la alcanzó con rapidez y le dijo que en la casona el conde la llamaba. Ella regresó con el pelo desbaratado por la velocidad y el viento. Le entregó el caballo al criado y se dirigió al despacho. Alfred le abrió la puerta para que pasara.
—¿Me mandó llamar, lord Carlisle? ¿Qué hice en esta ocasión? —
interpeló caprichosa, cruzando los brazos bajo el pecho. En ese ínterin notó que él no estaba solo.
—Sí, Amelie, quería presentarle a la señorita Irina Hamilton, es institutriz y deseaba conocer el problema que tengo en casa —dijo James.
—¿Irina Hamilton? —preguntó Amelie, sorprendida.
Irina que estaba sentada en una silla, se puso de pie y se giró para ver a Amelie.
—Buen día, señorita Sallow —habló Irina, educada—. Lord Carlisle, lamento informarle que usted tiene un gran problema entre manos. No hay dinero que alcance a educar a esta muchacha. No le seré de utilidad. No creí que su problema se tratara de una mujer de esta edad y menos su prometida.
—Ella no es mi prometida, señorita Hamilton. Hubo un error, es mi pupila —Se apresuró James para explicarlo—. ¿De dónde conoce usted a Amelie?
—Fui su institutriz, y ese fracaso fue lo que obligó a que me retirara de Yorkshire y fijara residencia en Londres. Su padre no dejó que nadie me contratara en el condado.
Amelie seguía sumida en la sorpresa y en el recuerdo de Irina. La institutriz no era mala persona, sino que ella ya no quería estar recluida en la residencia sin hacer algo útil, por eso le inventó un par de cosas sobre aquella a su padre y él la despidió.
—Señorita Hamilton, le pagaré muy bien para que eduque a Amelie. No lo dude —anunció James, desesperado. Irina le agradaba y más porque
conocía a Amelie y quizá pudiera controlarla de alguna manera.
—Es imposible, no podría ensuciar mis últimos años tan exitosos como institutriz. Le deseo éxitos en su búsqueda, milord —pronunció antes de desear retirarse.
—¡Espere! —Exclamó James, cuando la vio salir del despacho—. Le ofrezco el doble de lo que le pagaría cualquiera.
—Nada de eso resulta. La reputación vale más —replicó Irina caminando a largas zancadas. Estaba huyendo de aquel lugar.
—¡El triple, el cuádruple! Lo que sea… —ofreció apresurado cuando la vio coger su sombrilla.
—No. Ni todo el oro de Inglaterra.
—Tan malo no puede ser educar a Amelie. Señorita Hamilton, piense, si fracasó cuando ella era una niña, esta es su oportunidad de redención. Le aseguro que cooperará.
—No hable por mí, lord Carlisle —Amelie los interrumpió después de darse cuenta de que nadie se encontraba en el despacho, ella se había perdido en sus recuerdos—. Le dije que no quiero una institutriz, no la necesito.
—La necesita si va a quedarse como mi pupila en esta casa, es la condición que le pongo —Le recordó James.
—¿Lo ve? Usted no necesita una institutriz, milord, sino que requiere de un domador. Qué tenga suerte, de corazón se la deseo —Se despidió Irina.
—Espere, señorita Hamilton —ordenó Amelie—. Quiero quedarme aquí. Le alegrará saber mi desgracia, no tengo un lugar para vivir, y lord Carlisle ha sido amable. Ganará un buen dinero, por tolerarme otra vez, pero no prometo nada.
Después de decir esas palabras, ella se apresuró a pasar junto a Irina que estaba en la puerta, y regresar a las caballerizas.
—Supongo que va a quedarse, señorita Hamilton.
—Por el cuádruple, por supuesto —aceptó Irina. Soportar a Amelie Sallow no era algo que resultara fácil y el conde lo estaba sufriendo en carne propia.
Irina recordaba a Amelie como una muchacha consentida, caprichosa, narcisista y mandona. Eso se debía a su entorno de hombres prepotentes y una nula influencia femenina. Además de que ella buscaba la atención de su hermano y de su padre, y solo la conseguía si estaba en el campo con ellos.
Amelie Sallow era el resultado de un entorno duro en el trabajo y opulento
en el dinero. Los Sallow tenían dinero, tanto, que hasta Alan Sallow solía comprar costosas joyas para conquistar a Irina. Ella se resistió todo lo que pudo, sin embargo, el amor pudo más en aquel entonces, pero las mentiras de Amelie para librarse de la rígida institutriz, la alejaron por siempre de Alan.
—La esperamos en la brevedad, señorita Hamilton. Deje en orden sus asuntos. Le prepararemos una habitación acogedora —La despidió James, pues ella había llegado en un carruaje de alquiler.
—Estaré aquí mañana, lord Carlisle. Hasta pronto. —Se despidió la institutriz.
Cuando escuchó aquellas palabras, James se alivió. Al menos no sufriría solo teniendo a Amelie ahí. Él cerró la puerta y suspiró.
—Yo hubiera corrido tras ella si usted no la alcanzaba, milord. Es la única esperanza que tiene para que la señorita Sallow se convierta en una dama —Lo interrumpió su mayordomo.
—La hubiera secuestrado si hacía falta. Cuando noté que ambas se conocían, reconocí el temor de Amelie a la institutriz y es porque mi pupila no es una víctima de las circunstancias como nos quiere hacer creer. Es la mala semilla, la de la cizaña.
—Pero en el fondo no es mala, solo está equivocada sobre lo que espera de la vida. Ahora comprenderá cuál es su lugar como una dama y no es nada despreciable como ella cree.
—Esperemos que así sea. Amelie debe comprender las cosas —dijo James, regresando a su despacho.
***
Amelie se alejó con el caballo. Se fue muy cerca del brazo del arroyo. Al bajar del animal se acercó al agua y se sentó sobre una roca. No podía creer que la vida le cobrara lentamente sus mentiras. Su padre ya no se encontraba para hacer caso a lo que decía. El conde no saldría a su favor en ningún caso. Si Irina quisiera inventar algo sobre ella, bien lo creería él.Amelie estaba desacreditada por sus antecedentes.
Nada le salía bien, no solo lo perdió todo, sino que estaba enamorada de un hombre cuyo corazón le pertenecía a otra y, además, tendría que retroceder años en su educación, sin tener acceso a lo que ella sabía hacer.
Estuvo en ese sitio un par de horas. No echó una sola lágrima. Pensó en que no había forma de huir de una probable venganza de su nueva y sexta
institutriz que en realidad era la quinta. Amelie tenía el ánimo por el piso.
Su vida comenzaba a resultar poco satisfactoria. No volvería a desafiar las reglas del conde. Él era deferente con ella, sin embargo, Amelie buscaba su propio destino y lo echaba todo a perder por sus caprichos. Lamentaba profundamente estar en la situación en la que se encontraba porque de haber conversado con lord Carlisle sobre los caballos, nada estaría ocurriendo, e Irina Hamilton no regresaría a su vida para apresarla en el mundo de la cortesía y los buenos modales.
Amelie regresó a la residencia, cabizbaja, y se dirigió a sus aposentos.
Tiró su cuerpo pesado en la cama y se tapó el rostro con el brazo izquierdo.
Ella escuchó la puerta abrirse y también que alguien se acercó hasta donde se encontraba.
—¿La vio, señorita Sallow? —preguntó la voz de Kate, curiosa.
—Por supuesto que mis ojos vieron a la señorita Hamilton. No preguntaré qué hice mal en la vida para ser castigada de esta manera —
respondió sin sacar el brazo de su cara.
—¡Se lo dije, señorita Sallow! Usted y sus malas ideas, siempre acaban mal. Si usted no hubiera antepuesto sus caprichos a una buena educación, ya estaría casada, dirigiendo su propia casa. Ahora está complicando su vida en la casa de este conde. Regrese a la casa junto a su primo. Se librará de sus culpas por destruir la vida y la reputación de la señorita Hamilton.
—¡No lo digas más, Kate! No me voy a ir de esta casa. Quiero estar cerca de lord Carlisle.
—Pero no puede quedarse aquí. La viuda pronto vendrá y la echará a patadas. Ella no deseará tenerla aquí cuando esté recién casada con él.
—Quiero que él se case conmigo. ¿Cómo lo lograré? ¿Es tan difícil que me quiera como soy?
—¿Por qué siempre quiere que la acepten sin desear mejorar en algo? Yo no le veo defectos a lord Carlisle. Él es un hombre común, de razonamiento más que evidente. Solo usted quiere sacar manzanas de un arbusto de bayas.
Todas las personas que la consintieron y toleraron, están muertos. No puede continuar con su mismo proceder. Llegó el tiempo de cambiar.
—Me niego, no seré una muchacha que parece no tener cerebro. Eso no puede resultar atractivo para nadie, aunque lord Carlisle diga que sí. Eso lo dice con el objetivo macabro de desairarme y menguar mi afecto porque tiene miedo de desear tener una esposa salvaje si sigo insistiendo.
—Por supuesto que eso es posible. Él es un hombre del mundo, que desea una esposa tan educada y atractiva como el propio conde, pero siempre hay gustos culposos, señorita Sallow. No sea usted uno de esos.
Está a tiempo de causar una buena impresión al hombre y de que no se comprometa con la mujer que viene. El mayordomo me ha contado sobre lo hermosa que es la viuda, además de que el conde ha estado enamorado de ella por años casi cometiendo la tontería de involucrarse cuando era casada.
—¿Pensabas alentarme con esa información, Kate? Porque ha sido lo contrario. Si la esperó por años es un amor eterno.
—Si ese conde la besó, no es inmune a los encantos de una dama. Él debe ser como usted, no conoció a más personas, y eso limita una buena elección.
—En fin. Mi vida es un infierno. La señorita Hamilton limpiará las caballerizas con mi cabello y para aumentar mi dolor, tendré que soportar a la futura prometida de mi prometido de mentiras. Se me han juntado las barbaries en un solo lugar.
—Tiene tiempo de regresar con su primo —Le recordó Kate.
—He dicho que no. Prefiero posta de caballo en mi cabello y a una mujer desconocida antes que vivir en mi casa sin ser la señora —farfulló caprichosa.
Kate no le dijo nada más a Amelie, regresó para hacer sus quehaceres.
Amelie mientras tanto, no sabía cómo lidiar con su desdicha. Esperaba que al menos la señorita Hamilton tardara un par de días en ir para hacerla sufrir.
Para la hora de la cena, Amelie estaba con el rostro enfurruñado, observando al atractivo James que evitaba dirigir su mirada hacia ella.
Sabía que si le daba una sola oportunidad de hablar, aquella le daría a sus pobres oídos muchas quejas.
—No va a evadirme toda la noche porque voy a beber brandi con usted, lord Carlisle —advirtió la muchacha para que James supiera que no tendría escapatoria.
—Nadie puede culparme por no intentarlo. Puede compartir el espacio conmigo, pero sepa que mis oídos no escucharán sus sandeces y menos justificaciones sobre su absurdo proceder —replicó James.
—Lo hice para ayudarlo, milord, fue un acto desprendido de mi parte.
—Tonterías, Amelie. Fue egoísta porque verdaderamente desechó mis palabras sobre no meterse en mis asuntos para hacer lo que su mente le dijo
que era correcto. La diferencia entre lo que usted cree correcto y lo que yo creo, es muy amplia. No me deja actuar, ni desear cometer los errores para aprender de ellos. Puede que usted sepa una infinidad de cosas respecto al campo, pero quien maneja las disponibilidades de dinero soy yo. Se necesita mucho para levantar este lugar. No dude que le pagaré a usted esos caballos que cogió de su dote.
—¡Yo se los regalo!
—No puedo aceptarlo. Ese es su dinero y no hay discusión.
—Ni siquiera sabe el valor de esos animales. Le dije que puedo recomendarle a un administrador.
—Le tomaré esa sugerencia como la más inteligente que me ha dicho.
Buscaré a ese administrador y usted dejará de comportarse de manera caprichosa. Es un hecho, desde mañana comenzaré a ver los cambios en usted. La señorita Hamilton estará aquí —comunicó con malicia en su rostro.
—Ah, y yo veré su rostro espantado ante los cambios que no tendrá —
dijo ella con impertinencia.
—No desaproveche su última oportunidad de ser quien debería. Es bonita, Amelie, no se haga daño con esa actitud.
—Si era bonita sería su esposa —replicó, avisada.
James bufó y decidió no continuar con esa conversación infructuosa.
Amelie no comprendía lo que él le explicaba. No consideraba a la muchacha enamorada de él, sino muerta de amor por sus posesiones. Ella deseaba; si fuera posible, matarlo y quedarse con todo. No era una mala persona, sin embargo, estaba acostumbrada a hacer su voluntad, y él era un pesado estorbo porque ni se casará ni la dejará administrar sus propiedades.
Él podía juzgarse de caprichoso al igual que juzgaba a Amelie, pese a las diferencias que presentaban, eran más parecidos que diferentes, rozando la igualdad. James se consideraba razonable, y a esa muchacha la consideraba irracional e intempestiva en sus decisiones. Aquella no se sentaba a analizar las consecuencias de lo que hacía, vivía porque Dios estaba ocupado atendiendo otros asuntos, y ella, mientras tanto, mentía, robaba y engañaba.
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