La prometida desconocida
Capítulo 31
Amelie mientras tanto se sentía cada vez más segura en su papel de dama. Tenía la atención que buscaba y lo que pedía, James lo ponía a su disposición. Sus esfuerzos de morderse la lengua se veían plenamente recompensados con las palabras que él le decía. Le agradaba recibir halagos sin hacer demasiado. Se sentía privilegiada al tener la certeza de que tenía a ese caballero en sus manos. La señorita Hamilton era una maestra de las argucias. Parecía leer a los caballeros y le sugería las estrategias más adecuadas para cada ocasión. El conde de Carlisle era un individuo de una simpleza espectacular. Valoraba la paz que Amelie le daba al no acosarlo con la idea de ayudarlo con la administración de la propiedad, aunque opinaba de vez en cuando sobre el asunto, obteniendo la aprobación de James. De esa manera ella lograba conseguir sus objetivos sin arremeter contra el dueño de la propiedad, podría decir que tenía al hombre y a las tierras, pero sin ningún compromiso de por medio.
De vez en cuando se sentía perturbada por la presencia del señor Powell, pues era difícil que él guardara silencio ante una situación inapropiada y ciertamente él no sabía que no estaban comprometidos y eso era un agravante si llegaba a enterarse y se lo decía a su primo.
—La vanidad es un pecado, señorita Sallow —interrumpió Kate diciendo eso antes de entrar en la habitación. Vio a Amelie sentada frente a su tocador, arreglándose.
—Me aprecio, aunque me extraño, pero he recibido más siendo una dama que como soy realmente.
—Pero si usted es una dama. No necesita siempre estar cuidándose.
Lord Carlisle la conoce, y supongo que se enamorará de las dos mujeres.
—No. Él ama lo que ve. Mi inteligencia es algo invisible que reluce en pocas ocasiones. Hoy soy más una cara bonita que una mente brillante para el campo. Y no digo que esté mal, me agrada ser diferente en ocasiones.
Deseo que lord Carlisle enloquezca por mí, y me convierta en su esposa. Lo tendré todo, Kate.
—Todo, menos a la indomable señorita Sallow. De ser una fiera, pasó a ser la dulce gatita del conde —incitó la mujer.
—Es la conveniencia y la inteligencia utilizada de otra forma. Si los números y la lógica no sirven, la belleza, la estrategia y buena predisposición, podrán. Estoy confiada en que milord me dará alas muy pronto para ayudarlo con la propiedad. Me ha consultado y aunque no respondí con la entereza que me caracteriza, supongo que le di a entender lo que necesita.
—Extraño a mi señorita Sallow —lamentó Kate, haciendo que los ojos de Amelie se llenaran de lágrimas mientras ella se observaba en ese espejo que reflejaba una inocente belleza. Sus ojos grandes y llorosos, parecían tímidos. Carecían de aquel fuego que la caracterizaba, pero creyó conseguir el equilibrio necesario para ser quien debería.
—Cambiaré más cortinas de la casa, también pedí muebles más caros y elegantes. Eso es muy Sallow y lo hice sin necesidad de insultar a la casa, me faltaba diplomacia, Kate. Mañana compraré vestidos y…
—Usted quiere comprar semillas, abastecer la casa, plantar, domar caballos, no quiere ir a la modista o a comprar sombreros —discutió Kate.
—Me conformó con gastar el dinero por ahora. Es eso a no tener nada.
Estos vestidos son hermosos. Estoy considerando pedirle a milord que me traiga de Londres algunos modelos.
—Se ha vuelto tan hueca, señorita Sallow —la reprendió Kate.
—Fingiendo ser hueca consigo más que con mi inteligencia. Si no puedes en contra de ellos, únete. Hay que ser versátiles, Kate. No conseguí una sola sonrisa del lord Carlisle siendo Amelie, ahora soy la refinada señorita Sallow y tengo su atención.
—Se ha vuelto una cazadora como cualquier otra muchacha. No sé si debo sentir orgullo o lástima por usted.
—Orgullo, porque soy versátil. Pásame ese vestido. Debo vestir para convencer a alguien de que soy la mujer ideal, puedes ayudarme, manos a la obra, mi querida Kate.
—Por supuesto, señorita.
Era una costumbre de James estar listo antes de que Amelie bajara. Él esperaba en el último escalón poder acompañarla hasta la mesa para cenar.
—Lord Carlisle, qué agradable verlo otra vez —dijo Amelie, condescendiente. Hizo una reverencia que James correspondió antes de ofrecerle el brazo para guiarla.
—Quizá el hambre me tenga muy pendiente de usted.
—Debe comer más scones en el té. Es un consejo de su mayordomo: comer más para tener menos hambre hasta la próxima comida del día.
Caminaron del brazo hacia la mesa. La señorita Hamilton tenía la orden estricta de no acompañarlos esa noche en ningún momento. Kate recibió esa orden después de regresar al área de sirvientes.
—¿La señorita Hamilton no estará en la mesa hoy? —indagó Amelie.
—No, supongo que está indispuesta —mintió James que le sonrió a Amelie con coquetería.
Los dos fueron servidos por el personal de la residencia que terminó desapareciendo después de acabar con el servicio.
Amelie notó que había algo extraño en James. Lo percibía desinhibido y hasta atrevido. Conversaron poco en la mesa, más de cosas triviales que de algo realmente importante.
—Deseo escuchar alguna pieza musical que salga de sus dedos, Amelie.
¿Me concede esa gracia? —preguntó sosteniendo con fuerza la mano de ella mientras caminaban solos a la biblioteca.
—Todavía soy muy mala, ¿y si le pedimos a la señorita Hamilton que ejecute para que nos deleitemos? Mientras usted bebe su brandi y yo mi jerez con un libro aburrido en la mano.
James rio ante lo que dijo Amelie, la soltó y abrió la puerta para que ella pasara primero. Cuando la vio dentro del lugar, supo que estaba atrapada y a merced suya.
—Solo usted y yo, Amelie, toque para mí —ordenó James.
Ella entrecerró los ojos sintiéndose desafiada. Si ella quería ejecutar una pieza, lo haría.
—Lo que milord pida —concedió con una venía. Se sentó en el banco que estaba frente al pianoforte y comenzó su ejecución de una perfecta novata. No era lo más agradable que existía, pero lograba su objetivo de no hacer sufrir a los oídos de James.
Mientras él la observaba, sirvió una copa de brandi y también una copa de jerez para Amelie. A cada sorbo que daba a su bebida, más se entusiasmaba por conseguir la atención de su acompañante.
—Creo que esto satisface los deseos de milord —dijo Amelie, sonriente, al cerrar la tapa del pianoforte—. Le ruego que me excuse por mi limitado repertorio, sigo aprendiendo.
Amelie abandonó el pianoforte, cogió su bebida de la bandeja que estaba sobre la mesita, pasó junto a James; que no se había sentado desde que
estuvieron en la biblioteca, y se sentó. Con delicadeza se llevó la copa a la boca y se remojó los labios.
Aquel gesto parecía incitar a la poca paciencia que le quedaba a James.
Dio unos pasos para acercarse a Amelie.
—¿Un libro, Amelie? —inquirió juguetón.
Ella alzó la mirada hacia el caballero que la estaba observando. Bebió un trago antes de responder.
—Sí.
—¿Desea una sugerencia para no aburrirse? —James continuó su indagación.
—Estaría encantada. Un libro que no me aburra es como un milagro.
—Venga, le mostraré en donde se encuentra.
Ayudó a Amelie para levantarse. En ese instante acarició la mano de Amelie de una manera diferente. El corazón de ella palpitaba como si tuviera a un caballo encabritado en una de las cuadras. Siguió el camino que él le sugirió con un gesto de la mano.
James le señaló la parte alta del enorme mueble que soportaba una gran cantidad de libros.
—No podré alcanzarlo ni en mis más remotos sueños, milord —justificó Amelie con un mohín.
—Le daré la potestad de comprarse un caballo de su preferencia para montar al menos si lo intenta —dijo James, condescendiente.
—Qué propuesta tan tentadora. Quizá algunos sueños están muy cerca de volverse realidad —musitó con una sonrisa ladina.
—Pruébelo.
Amelie asintió y se puso de puntillas para alcanzar el libro. Se esforzó al máximo hasta lograr que su uña lo tocara, pero no pudo bajarlo.
—No puedo alcanzarlo, es inútil —Se excusó—. Puedo coger una silla y alcanzarla sin inconvenientes.
—Eso lo haría la anterior señorita Sallow, ¿qué haría la excepcional dama que está frente a mí? —curioseó pícaro.
—Le pediría que lo baje o que me ayudara a tenerlo —respondió sin perder de vista los ojos del caballero.
—Buena elección, Amelie, la ayudaré.
Para sorpresa de Amelie, él la cogió por la cintura para que alcanzara el libro. Una vez logrado el objetivo, James la descendió de espaldas a él y acarició en ese ínterin la figura de ella.
—Es inapropiado, milord —dijo Amelie que respiraba con dificultad por el acercamiento. Intentaba mantener la calma y recordar los consejos de la señorita Hamilton.
—¿Inapropiado? Si antes estábamos aquí solos, besándonos y eso no le parecía inapropiado, Amelie —reprochó James.
—Soy una dama, milord.
—¿Dónde está el fuego y el encanto de la mujer que llegó a mi casa con la intención de apoderarse de mis tierras?
—Eso era ser salvaje y poco educada. Usted dijo que no le agradaba…
—Dije una tontería tras otra.
—¿Le agrada lo que ve?
—Me tiene fascinado lo que veo, pero extraño su personalidad absorbente, sus airadas discusiones conmigo y su atrevimiento para besarme. Lo que más deseo hoy es verla en ese camisón como la primera vez.
—No me diga esas cosas que la carne es débil y puedo ser salvaje sin inconvenientes.
—Si lo que usted quiere es tener mis tierras, se las doy, pero otórgueme sus atenciones, se lo ruego —pidió abalanzándose sobre los labios de Amelie para devorarla sin tregua.
James estaba envuelto en la interminable vorágine de pasión que sentía por Amelie. Estaba cautivado por su belleza y por aquellos labios rosa, pero deseaba ese fuego con el que la conoció, la esencia de ella, eso que lo disgustó, aunque a la vez lo encantó.
Amelie no lograba alejarse de James. Ella deseaba ese acercamiento tanto como él. Estaba disfrutando de las desvergonzadas caricias que aquel le hacía a la tela de su vestido. Consideraba que todo eso que tenía puesto le molestaba. Esas sensaciones que le recorrían la espalda, le pedían a gritos que lo dejara hacer a su antojo.
Él la llevó con su figura sin perder el contacto hasta un sillón que estaba muy cerca de la chimenea y que quizá pudiera albergarlos a ambos. Recostó a Amelie y abandonó los labios de ella para recorrer su cuello y clavícula sin remordimientos. Escuchaba los tenues gemidos de la muchacha mientras le daba más espacio para que hiciera con su cuerpo lo que deseaba.
—Tanta tela molesta, pero la hacen lucir esplendorosa —halagó James, diciendo eso en el oído de Amelie con una voz anhelante.
Ella lo estiró hacia su figura, y cambió de lugares con él. Amelie estaba sobre James, teniendo el control del asunto.
—Me encantan sus tierras, sin embargo, no solo quiero la finca, sino también al dueño de ella. Lord Carlisle, esto que ocurre me llena de felicidad, mas usted me usará. Tiene entre sus planes casarse con la arpía londinense.
—Amelie… yo la deseo a usted… —confesó arrebatándole un beso a ella.
—Y yo lo deseo como no tiene idea, pero con el dolor de mi alma y con la convicción de una dama, debo resistir a la tentación y esperar una propuesta suya de matrimonio. Es la condesa viuda o Amelie Sallow.
Amelie se alejó de James e iba a retirarse, pero él la cogió de la muñeca.
—¿Es todo? Ha hecho el esfuerzo de ser una dama para mí, y se da la penosa satisfacción de rechazarme ahora —masculló James, enfadado.
Respiraba con dificultad por la rabia que sentía al ver a su presa escapar.
—Una propuesta de matrimonio solucionaría la incómoda situación que nos acontece.
—¿Quiere matrimonio? ¡Le he ofrecido mis tierras! ¡Yo estoy incluido en las tierras, Amelie! —exaltó James—. Estoy enloquecido y quebrantado por usted, ha conseguido cautivarme con su forma de ser y su belleza. ¿No merezco un poco de paz aceptando usted mi propuesta de matrimonio?
—Yo quisiera…
Cuando Amelie se disponía a hablar, el sonido de unos golpes en la puerta los interrumpió.
James abrió la puerta y miró a Alfred.
—Dije que nadie nos molestara. Vete, Alfred.
—Milord, me temo que debo interrumpirlo, tiene visitas.
—No voy a recibir a nadie.
—Disculpe la intromisión, lord Carlisle, pero he venido para llevar a mi prima a su residencia —aclaró Alec Sallow que siguió al mayordomo cuando este se negó a prestarle atención hasta que dijo quién era.
Amelie dijo una maldición en voz baja. No podía ser posible que el señor Powell no pudiera mantener la boca cerrada.
—¿Llevarse a Amelie? —increpó James en desacuerdo con esa idea, recién le había insinuado matrimonio.
—A la señorita Sallow, por favor, milord. Es una muchacha honrada, pero desorientada —dijo el primo, molesto por la intimidad con la que el
conde se refería a su prima. Le resultaba escandaloso.
—Señor Sallow, estoy perfectamente bien con mi prometido. No existe nada inapropiado entre nosotros… —Amelie justificó su permanencia de esa manera, sin embargo, la mirada de su primo decía lo contrario. Sus labios estaban rojos y sus prendas arrugadas, además de permanecer solos en un salón cerrado.
—Le pido, milord, que me conceda una entrevista personal en este instante —expresó Alec sin mirar más a su prima que estaba cambiada por completo, si no fuera por la voz y porque ella le replicó, él tendría dudas de que esa fuera Amelie.
—Si van a hablar de mí, quiero estar presente —rebuznó.
—Es un asunto de caballeros, prima querida. Nuestra decisión será conversada con usted después —anunció su primo decidido a no hacer partícipe a la afectada.
Amelie miró a James. Con esos ojos verdes le rogaba que la ayudara, que le dejara estar presente.
—Salga, Amelie, conversaré con su primo. Alfred, llévatela.
—Sígame, señorita Sallow.
—¡De ninguna manera! —exclamó y cogió del brazo a James.
—Todo estará bien, Amelie…—declaró el conde, cogiendo su mano para besarla.
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