La prometida desconocida

Laura A. Lopez · Capítulo 3 de 35

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La prometida desconocida

Capítulo 3

Amelie se sintió ofendida, mas intentó recuperar la calma con una sonrisa muy irónica, que no pudo controlar.

—Le aseguro que no tendrá quejas de mi administración en la próxima ocasión, señor Powell. Como comprenderá, mi hermano está muerto y mi padre apenas puede hablar por su extraña enfermedad. Estoy haciendo lo posible. Solo ha faltado colocar algunos ingresos y egresos, pero no volverá a ocurrir. No soy una persona que le robaría a su padre o a sus propias arcas.

—Comprendo, señorita Sallow. Vendré en unas pocas semanas para verificar los libros y esos gastos que me dijo, espero verlos —aseveró el hombre.

—Por supuesto que así será.

El administrador procedió a retirarse del lugar, no sin antes decirle algo más a Amelie.

—Recuerde las preocupaciones del señor Sallow, señorita. No olvide buscar un esposo. Según entiendo, a su padre no le queda mucho tiempo si lo que tiene es una extraña enfermedad.

—Lo haré, se lo prometo.

—Espero saber el nombre del hombre en la próxima oportunidad que esté aquí.

Ella asintió. Lo despidió desde la puerta con la mano extendida. Cuando se fue, bajó el brazo lentamente y aquel movimiento de despedida se fue perdiendo. Entró a su salón y recostó su peso en ambos brazos que colocó en la espalda de un sillón.

—¿Qué voy a hacer? —se preguntó, nerviosa.

—Señorita Sallow, se lo dije, no alcanzará los diez años. El administrador no es un tonto para pasar por alto sus malos registros.

—¡Es que no sé qué hacer! Estuvo a poco de descubrir mi mentira. No tengo idea de cómo solapar esos desvíos.

—Deberá inventar algo.

—Una suba generalizada de los implementos para la producción, de las semillas o la mano de obra. Debo pensarlo.

—O mejor piense en un esposo.

—No, esa será mi última opción.

—Debería ser la primera. A esta mentira de que su padre aún vive, le queda muy poco —insistió su ama de llaves.

Amelie se lamentó por eso. Sabía que su sirvienta tenía razón. No le quedaba más que inventarse otra cosa para continuar en la propiedad.

—Se me acaban las ideas. Debo mantener esto hasta que pueda hacer algo. No tengo a dónde ir. Tolerar a mi primo y a la esposa de él, siendo los grandes señores de esta propiedad, me llena de tristeza y frustración. No sobreviviría, metería la cabeza en los comederos de los animales antes que soportar eso.

—Su orgullo no la deja tranquila, señorita. Quizá su primo no sea una mala persona como usted lo pinta. Tiene una fortuna personal que lo ampara.

Nada podía convencerla para que dejara de satanizar a su primo. Lo veía como un enemigo al cual no podría enfrentar por su condición de mujer.

Cuando le decían que buscara un marido, se sentía débil y desvalida, cuando en realidad ella era fuerte y decidida. Estaba convencida de que podría juntar un buen dinero para vivir de eso en el futuro, pero no deseaba dejar el hogar que la vio nacer y crecer.

Con el pasar de los días, Amelie intentó hacer cuadrar los números para que el administrador no se diera cuenta de sus movimientos. No deseaba que supiera que estaba realmente sola. Así se sentía cada día que pasaba. Su ánimo decaía y más estaba cabizbaja cuando su vecino iba para charlar con su padre. Se quedaba sin las excusas necesarias para continuar.

Cuando ella decía que estaba enfermo, aquel a toda marcha deseaba verlo u ofrecía ir por el médico, evidenciando de esa manera su interés por ella, pues estaba segura de que no había mayor preocupación por su padre, solo saber si estaba próximo a su muerte para el vecino poder ofrecerse como su esposo y cuidador de las tierras y así extender sus dominios.

De entre todos los resultados posibles de lo que hacía, ninguno era bueno para ella. Primero: estaba su primo; segundo, el vecino y tercero, un prometido.

Cuando su desesperación la aquejaba, le resultaba mejor pensar en inventarse un pretendiente que le daría tiempo de ahorrar un poco más de dinero, aunque si deseaba mantener su nivel de vida como hasta entonces, necesitaba un esposo.

—Muerta, muerta es como quiero estar —anunció Amelie después de que distinguió al administrador, que regresó después de un mes.

—¡Hoy la descubre! —exclamó el cochero.

—¿Qué hará, señorita Amelie? —inquirió su ama de llaves.

—Matarlo, es la única forma de no perder mi presente y mi futuro —

contestó con seriedad. No parecía ser una broma o algo de lo que podía arrepentirse.

Sus criados la observaron, consternados. Amelie estaba perdiendo su buen juicio a causa de que se encontraba muy presionada por no perder su única forma conocida de vida.

—¿Lo dice en verdad, señorita Sallow? —preguntó su cochero, asustado.

Con aquella pregunta que le hizo su sirviente, Amelie pareció pensarlo.

El administrador no tenía culpa de que ella estuviera temerosa de enfrentar un probable matrimonio o la presencia de su primo en su hogar.

—No podría hacerlo. Solo que... dependo de él —replicó Amelie.

—Es mejor que se lo diga, señorita. Quizá él no la delate si le dice cómo ocurrieron las cosas. Arriésguese... —opinó el ama de llaves.

Para Amelie contar su secreto era muy delicado siendo que dependía de los varones de su familia y ella no deseaba que el encargado que le tocara, fuera su primo. Si el administrador llegaba a decir lo que ella le contaba en confidencia, se vería obligada a buscar un hombre que la mantuviera.

—Pensaré sobre la marcha —resolvió.

El señor Powell miró hacia donde debería estar el señor Sallow, pero el lugar estaba vacío. No estaba la figura de la última vez que la visitó. Él estaba en aquel sitio por la carta que había recibido del vecino que, preocupado, le comentó sobre las interminables cosas sospechosas de la propiedad. El administrador golpeó la puerta y esperó una respuesta.

Kate, el ama de llaves, respiró y abrió la puerta bajo la aprobación de Amelie que le hizo un gesto con la cabeza.

—Buen día, señor Powell —saludó Kate, pidiéndole con un gesto de la mano que pasara.

—Buen día, ¿se encuentra el señor Sallow? —curioseó el hombre, esperando una respuesta que fuera falsa.

—Mi padre está en el patio, si quiere lo llevo hasta ahí —dijo Amelie, con el rostro lúgubre.

—Señorita Sallow, es un gusto saludarla. Le ruego que me lleve junto a él.

—Por supuesto. ¿Me ofrece un brazo?

Amelie iba en silencio para guiar al administrador hasta donde había enterrado a su padre. No tenía más opción. Se pondría en las manos de la buena voluntad de un hombre que la conocía desde pequeña.

—Este campo está vacío, señorita Sallow, es probable que su padre esté en otro sitio —alegó el señor Powell.

—No, está ahí, donde se encuentra usted parado —afirmó Amelie, soltando al hombre que la llevaba—. Mi padre ha muerto, señor Powell.

Él miró bajo sus pies y ahí no parecía existir algo que fuera recientemente enterrado. El pasto era igual en todo el sitio.

—¿Qué me está diciendo, señorita Amelie?

—Tengo que confesarle que mi padre murió hace más de un año y no quería decírselo. Sabe mis razones, estoy sola.

El señor Powell se llevó una mano a la boca. Ahí estaban todas las respuestas que él necesitaba. El vecino de Amelie, el señor Paul Ajax tenía razón sobre que algo muy extraño ocurría en la propiedad. Las cartas comerciales que no coincidían y la extraña desaparición del dinero.

—Usted no puede estar sola aquí, señorita Sallow. Deberé avisarle a su primo para que se apresure a auxiliarla.

—¡No! Es eso lo que deseo evitar. Él me expulsará de mi propiedad o es mejor decir, de su propiedad —lamentó—. Le aseguro que puedo hacerme cargo de todo. En un pequeño momento de desesperación fue que desvíe el dinero por un año. Temía por mi futuro si me expulsan de aquí.

—Si no quiere depender de su primo, tendrá que buscarse un prometido.

—¡Oh, por favor! —gruñó tapándose el rostro.

—Ni siquiera tiene un prometido, señorita Sallow, ¿no es así? El señor Ajax me envió una carta, donde contó que sus actividades en la propiedad eran sospechosas y que nunca veía a su padre, salvo sentado cerca de una ventana a la que ninguno de sus lacayos dejaba que se acercara. Ese hombre me da mala espina, es mejor que no permanezca sola. Su primo o un pretendiente cuidarán de usted.

Ella tampoco se fiaba de su vecino. ¿Qué podría hacer? Su primo o un prometido.

No conocía a ningún otro caballero, por lo que ese cerebro arisco que tenía, debía darle un nombre. El señor Powell no sabía que su prometido en

realidad no existía.

—En este tiempo que usted no estuvo por aquí, conocí a un caballero muy galante —mintió, nerviosa.

—¡Oh, esa es una buena noticia! —expresó el administrador más tranquilo—. ¿Le ha pedido matrimonio?

—Sí, y yo le dije que lo iba a pensar —continuó mintiendo.

—¿Cómo se llama el caballero?

Amelie no sabía qué responder a eso.

—Pues... —se quedó muda por un minuto—. Es el conde de...conde de Carlisle.

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