La última confesión

Morris West · Capítulo 10 de 17

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La última confesión

30 de diciembre

Apenas empiezo a escribir, recuerdo que hoy hace catorce años del abrupto final de mi paso por Inglaterra en 1585. Ocurrió así.

Estaba en la embajada, escribiendo en mi dormitorio, una mañana gris a principios del invierno. No había nada afuera que me llamara para salir. Las nubes estaban bajas, caía una lluvia fina, había un hedor que provenía de la resaca dejada por la marea baja a lo largo del Támesis. Así que estaba sentado en mi escritorio, esbozando el plan de una nueva obra sobre la Física de Aristóteles. John Florio llegó. Tenía noticias devastadoras: el Embajador había sido llamado a Francia. Su sucesor llegaría en un mes.

Nuestro hogar se dividiría. Todos nosotros teníamos que hacer nuevos arreglos para nuestro futuro.

Un poco irritado, lo confieso, pregunté por qué no me había informado el Embajador mismo. Florio, con más paciencia de la que exhibía en general, me dio la explicación.

–Los despachos de París llegaron apenas hace una hora. Su Excelencia fue a transmitir las noticias a su esposa. Ella está enferma, como sabes, y embarazada nuevamente. Este cambio le impondrá mucho trabajo. Pero también hay otras cosas. Su Excelencia está en un gran problema financiero. Los fondos que le estaban destinados no llegaron de París; tampoco se le pagará, creo, hasta que vuelva y hable con el Rey. Peor todavía: a través de los años, Su Excelencia pidió prestadas grandes sumas de dinero a María Estuardo. No hay muchas posibilidades de que puedan o vayan a ser devueltas. Por eso, sé paciente, amigo mío. Su Excelencia te lo explicará en persona a su debido tiempo.

–Cuando se vaya, ya no habrá nada para mí aquí. No tengo nada. Ya es hora que yo también me vaya. Espero que pueda viajar con él a Francia.

–¿Por qué no se lo propones? No puedo acompañarlo. Éste es mi país.

Nací aquí. Tengo que encontrarme otro puesto en Inglaterra. Tú, quizá, podrías ayudarlo en su viaje, pero tendrás que pagar tu propio pasaje e instalarte en París por tu cuenta.

–Puedo hacerlo.

Dije eso bastante confiado, pero mis fondos eran escasos y mis expectativas tampoco eran muchas. Nuevamente, tendría que convertirme en un erudito errante, voceando mis mercancías como un mercachifle de

feria, agachándome, mendigando y adulando para conseguir un mecenas.

De la nada, me vino a la memoria un texto de las Escrituras: Y el Señor puso una marca en Caín. Y Caín se marchó fuera de la presencia del Señor y vivió en la tierra de Nod, al Este del Edén.

También sobre mí había una marca. Si Su Santidad el Papa fuera el vicario de Dios, entonces yo también me habría marchado de Su presencia.

En ese momento helado del invierno londinense, mi deseo más desesperado era volver a Él. Cuando huí de mi patria, arranqué de cuajo mis raíces.

Éstas, sin importar lo rico que fuera el alimento que se les prometiera, no prendieron fácilmente en tierra extranjera. Por eso, sin llegar a ser capaz de definirlo, siempre me sentí aquejado por un sentimiento de inestabilidad, de pérdida, de alienación. En los días que siguieron, cuando tuve oportunidad de tener una charla tranquila con Castelnau, me repitió su consejo: que agachara la cabeza sumiso y que hiciera una tregua con Roma. El camino a Roma me conduciría a mi hogar.

Castelnau, con su bondad de siempre, me preparó cartas de recomendación, una, de él mismo; la otra, del embajador de España ante el Nuncio Apostólico en París, Su Excelencia Girolamo Ragazzoni, que también era Arzobispo de Bérgamo. Las cartas no sólo explicaban mis circunstancias personales, sino que hacían una entusiasta recomendación tanto de mi carácter como del uso futuro que la Iglesia podría hacer de mí, si mis problemas actuales pudieran ser resueltos. Era poco para un hombre tan acosado como yo, pero lo mejor que Castelnau podía ofrecer en sus actuales circunstancias. Él tenía sus propios problemas. Durante el viaje desde Londres, con la complicidad de un sirviente, le robaron todos sus objetos de valor, incluidos los presentes reales. Llegó a París sin un centavo y tuvo que dedicarse a reconstruir su fortuna.

Por consiguiente, en París nuestros caminos se separaron todavía más.

Castelnau volvió a besar manos en la Corte y fue destinado a la comandancia de un ejército. Encontré alojamiento barato en los cercanos y familiares alrededores del College de Cambrai y renové antiguas amistades.

Françoise Solanges había muerto, pero mis amigos impresores, a pesar de los problemas, todavía eran prósperos.

Sin embargo, en los meses que siguieron, pasé necesidades. Publiqué tres pequeños volúmenes sobre la Física de Aristóteles, y una obra sobre las Matemáticas de Fabrizio Mordente, un compatriota de Salerno, que había

inventado el compás de ocho puntos y que había escrito una obra muy exacta titulada Compás y regla. De hecho, su hermano Gaspari había servido en la milicia con mi propio padre. Más tarde, Frabrizio y yo volvimos a encontrarnos en Praga, donde él era Astrónomo Imperial.

A lo largo de los años, me pregunté muchas veces por qué mis amigos eran capaces de alcanzar notoriedad -o, si eran de cuna noble, a conservarla aunque estuvieran ociosos, como Sidney en Inglaterra-, mientras que yo, que tenía mucho más que ellos para ofrecer, veía que mis ambiciones continuamente se frustraban o vivía sujeto a un destino obstinado y maligno. Me tomó un buen tiempo entender que el problema era yo y no alguna combinación de las estrellas. Era como un caballo con anteojeras, que sólo miraba hacia adelante, incómodo con sus arneses y, a veces, furioso por los obstáculos que se presentaban en su marcha.

Mi pupilo John Hennequin había escrito ciento veinte propuestas contra los puntos de vista de Aristóteles y sus seguidores sobre la naturaleza y el mundo. Hice que se publicaran y organicé un debate en el College de Cambrai. Hennequin defendió sus propuestas, pero fue vencido por Raoul Callier, un joven y brillante abogado.

Fui invitado a responder a Callier, pero decliné el ofrecimiento porque ya era tarde. Por esa razón, la asamblea se burló de mí. Me exigieron que volviera a presentarme al otro día. Nuevamente, decliné el ofrecimiento.

Les dije que estaba dispuesto a concederle la victoria. Sus burlas fueron mayores y más tumultuosas. Supe entonces que el clima de la academia y de la opinión pública había cambiado. El viento y el marea estaban en contra.

Una noche de invierno, me sucedió algo peor al presentarle mis cartas de recomendación y mi petición al Nuncio Apostólico Ragazzoni, en presencia de su asistente, el jesuita Spagnolo. Mi pedido era simple: que se me levantaran las censuras y que se me volviera a admitir en los sacramentos y en la práctica del oficio de sacerdote, no en mi Orden, sino en el ministerio secular. Su Excelencia fue amable. Me escuchó sin hacer comentarios, pero ofreció pocas esperanzas. Me dijo que su intervención sería inoportuna e inútil. Cuando le rogué saber por qué, me contestó:

–Hermano Giordano, hay ciertas realidades que usted debe aceptar.

Desde abril, en el trono de Pedro se sienta un nuevo Pontífice, Su Santidad el papa Sixto V Como usted, él es miembro de un orden antigua, los

franciscanos. Desgraciadamente para usted, él sirvió como Inquisidor:

¡nada menos que el Gran Inquisidor de Venecia! Si me permite que se lo diga con todo respeto, no es un hombre fácil. Ya comenzó con un despiadado régimen de purgas en Italia. ¡Ha impuesto la pena de muerte por bandolerismo, incesto, proxenetismo, aborto, sodomía e incluso adulterio!

Ni siquiera perdona a sus más íntimos. Así que, Hermano Giordano, no estamos hablando aquí de un pastor amable que cuida a su manada o que busca a las ovejas descarriadas para cargarlas a hombros y llevarlas a casa.

Se trata de un hombre con una vara en sus manos, que aventa el grano sobre el campo trillado. Se lo digo con toda claridad: no hay para usted ninguna esperanza salvo la completa sumisión. Vuelva a su Orden, suplique el perdón, acepte cualquier castigo que le den, deje que sus superiores intercedan por usted ante el Santo Padre. ¿Está preparado para eso?

Le respondí que no. Lo único que conservaba de la orden eran malos recuerdos. Su Excelencia se encogió de hombros y abrió sus manos suaves, lamentando y desaprobando mi locura.

–Entonces, lo lamento. Nada puedo hacer por usted, Hermano Giordano.

La entrevista había terminado. Había sido expulsado a la negrura exterior de los condenados. Pasé el resto de esa noche en un burdel.

No fue mi primera visita a una casa de citas; a Dios gracias, tampoco la última. Juzgué que si mi sacerdocio quedaba en suspenso, lo mismo podía pasar con mi siempre precario compro-miso de castidad. Ya había frecuentado esa casa, a veces solo, a veces con amigos, en mis días más prósperos como Lector en la corte del Rey. Ahora, era un gusto demasiado caro.

Recuerdo bien a la mujer. La llamaban la petite guenon -la monita-, porque era experimentada, traviesa y estaba llena de alegre malicia. Estaba desesperado por enterrar mi tristeza en su cuerpo; pasados los primeros momentos salvajes, me aferré a ella, despertándome y durmiéndome durante toda la larga noche.

Siete años de cárcel con su dieta han minado mi fortaleza y mitigado mi deseo. Dante estaba en lo correcto cuando escribió: No hay mayor tristeza que la de recordar épocas felices en tiempos de miseria. Con todo, todavía recuerdo esa noche, no por el placer obtenido -¿cuánto tiempo perdura el

recuerdo del éxtasis sexual?-, sino por el extraño y casi mágico momento de revelación que experimenté esa madrugada.

Las circunstancias fueron triviales e incluso sórdidas. Me fui separando de la mujer dormida a mi lado y me levanté para orinar en el bacín. Antes de volver a la cama, me quedé desnudo frente a la ventana, viendo el claro cielo del invierno, pletórico de estrellas brillantes. De pronto, comprendí lo que necesitaba decir, lo que había estado tratando de decir durante todos esos años, en latín, en italiano, hablando y escribiendo, pero que no había conseguido articular completamente.

Fue un instante arquimédico en el cual mi espíritu gritó "Eureka. Lo encontré". También fue un momento bíblico: oí una voz que dijo "abre la boca", y mi lengua vacilante se volvió repentinamente elocuente.

Había abandonado la condición humana. Ya no estaba encerrado en los cerrados círculos de los universos de Ptolomeo o Copérnico. Tampoco estábamos en sus centros. No éramos un sistema simple, éramos la parte más pequeña de una vasta creación que se expandía al infinito. La vastedad de esa visión fue la que finalmente hizo inteligible la noción de Dios, el cual, de hecho, nos hizo inteligibles a nosotros mismos y tolerables los terrores de nuestra vida.

No sé cuánto tiempo me quedé ahí; pero, súbitamente, estaba-temblando, con frío, sí, pero también con la conmoción de la experiencia.

Volví a la cama. La mujer se movió y se volvió hacia mí; volvimos a abrazarnos estrechamente.

Ésa, me pareció, era la coda final de la revelación. No estábamos separados. Nada en el cosmos estaba separado o disociado. Nada de eso podía caérsele de entre las manos al Creador que lo había hecho, que le había dado vida; era inmanente en todas sus partes. Por primera vez en años, pronuncié una verdadera plegaria: Dame memoria para retener este momento. Dame palabras para contarlo.

Cuando temprano por la mañana volví a mi alojamiento, todavía seguía en trance. Sabía lo que quería realizar; pero también sabía que necesitaba calma, libertad de mis preocupaciones financieras, cierta distancia de los tumultos que volvían a tener lugar en Francia. Pregunta inmediata: ¿dónde encontrar juntas todas esas cosas?

Era claro que tenía que dirigirme hacia el este y el norte, a aquellos centros de enseñanza de Alemania, que estaban controlados por los

seguidores de la Reforma, en los que eruditos como Philipp Melanchthon estaban reviviendo el estudio de las fuentes originales en hebreo y griego.

Primero fui a Marburg-am-Lahn porque allí, en 1527, Felipe el Magnífico había fundado la primera universidad protestante y, dos años más tarde, el mismo Felipe había invitado a Lutero, Zwingli y Melanchthon para que encabezaran un coloquio sobre los artículos esenciales de la fe que pudieran constituirse en una confesión común para los reformadores de Alemania y Suiza.

El clima, por lo tanto, parecía auspicioso: un príncipe ilustrado, una universidad nueva, sabios abiertos, aun en los temas conflictivos. Así que fui a Marburg, armado con mis libros publicados, un currículum de mi carrera cuidadosamente revisado y un puñado de esperanzas.

La bienvenida me pareció bastante cálida. El 25 de julio de 1586 me matriculé. Pagué mi inscripción y se me incluyó en el registro de la Universidad como "Jordanus Nolan, napolitano, Doctor en Teología Romana, admitido con el acuerdo de la facultad'.

Siempre sospeché que la frase "Teología Romana" fue la que causó el daño. Cuando, como paso siguiente, pedí formalmente autorización para enseñar filosofía en público, el rector me la negó categóricamente. También se negó a darme sus razones, diciendo que fueran las que fueran, la facultad estaba de acuerdo con ellas.

Me sentía ultrajado y furioso por su patente traición. Fui a la casa del rector y le eché en cara su acto contrario a toda justicia y a las prácticas comunes en todas las universidades. Se negó a seguir discutiendo. Me devolvió mi inscripción y, una vez más, volví al camino, esta vez hacia el norte, a Wittenburg, donde Martin Lutero había clavado sus noventa y cinco tesis en la puerta de la Schlosskirche y donde más tarde él y su amigo Melanchthon habían sido enterrados uno al lado del otro.

También había otro buen augurio. Mi viejo amigo y compatriota, el jurista Alberico Gentilis, estaba allí. Arregló que diera una conferencia privada a algunas personas de importancia. En consecuencia de ello, fui contratado para disertar en la universidad durante un período de dos años.

Hasta entonces todo iba bien, pero no hay mal que por bien no venga, y lo que más me fastidiaba era mi propia incompetencia en el idioma alemán y mi poco conocimiento de los hábitos y costumbres locales. Por supuesto que todos hablábamos latín, el idioma común de los académicos, pero para

la cama, la comida y el esparcimiento la lengua vernácula es más útil. Por lo tanto, siempre estaba dos pasos atrás de la historia y del desarrollo presente del movimiento reformista que Martin Lutero había empezado en Alemania. Tampoco podía medir la fuerza de sus escritos y prédicas en alemán. Sin embargo, entendí claramente algunas cosas: había enfrentado al Papa, al Emperador y a los rebeldes de su propia facción y, estando bajo excomunión, proscripción e incluso amenazas de muerte, había sobrevivido a todos. Me familiaricé con los veintiocho artículos de la Confesión de Augsburg, cuyo principal autor fue Philipp Melanchthon, que trataban de demostrar que las doctrinas de Lutero no se desviaban de los dogmas fundamentales de la fe cristiana. Admiré la claridad y la tolerancia de la exposición. Yo mismo no habría encontrado dificultad alguna en suscribirla, aunque sentía que teníamos que ir mucho más allá y alcanzar mucho más lejos para abarcar la ilimitada maravilla del testimonio escrito en la tierra misma y en el cielo de la noche.

No obstante, confieso que, a causa de la libertad y el respeto que se me confirieron, en Wittenberg enseñé con más discreción y menos controversias. Mi amigo Gentilis había sugerido sabiamente que mis conferencias debían tomar en cuenta las nuevas corrientes del pensamiento alemán y la distancia que la teología había tomado respecto de los dogmas deductivos de Aristóteles. Mis oyentes, públicos y privados, incluían a nobles, académicos, profesores y doctores. Me recibían con los brazos abiertos y me honraban como amigo y colega.

Las obras que escribí en esa época de satisfacciones fueron de carácter fundamentalmente académico porque tenía asegurado un círculo de lectores y también porque preparaba mis conferencias con sumo cuidado y sutileza.

A pesar de eso, cada día pensaba en el proyecto que se me había presentado esa noche invernal en el dormitorio de la petite guenon en París. Era algo que no podía forzar; tenía que crecer como un árbol fuerte, tomándose su tiempo.

En Wittenberg, encontré alojamiento en la casa de un tal Wolf Springer, un profesor de matemáticas retirado que continuaba enseñando a un grupo de estudiantes avanzados. Era un tipo corpulento e hinchado, que comía demasiado y bebía con ganas, pero cuyo cerebro todavía funcionaba bien.

Trabajaba en un pequeño estudio en la universidad, así que sólo nos encontrábamos para la cena y para jugar al ajedrez, en el que era un maestro

y yo un muy mal alumno. Mi cabeza siempre andaba por las nubes de la especulación mientras que él estaba atento a la matemática del juego.

Cuando me jaqueaba, tomaba su vela y se iba a la cama, dejándome para que buscara una manera de escapar de la trampa a la que me había conducido.

Springer era viudo, pero su casa la administraba su hija soltera, Greta, una joven atractiva pero lacónica que mantenía todo impecable y la mesa bien servida, y que nos obligaba, a su padre y a mí, a aceptar una servidumbre no del todo desagradable. Era también una costurera excelente y una diestra fabricante de guantes. Mientras jugábamos nuestra partida nocturna, se sentaba a la luz de la lámpara a coser plácidamente, oyendo nuestra conversación y haciendo ocasionales comentarios agudos. Instruida por su padre, escribía al modo gótico con buena letra, leía fluidamente en alemán y latín y llevaba las cuentas con tanta exactitud como un banquero.

Me hacía preguntas sobre mi carrera. Me gustaba describírsela -al menos, una buena parte de ella- con detalles pintorescos. No parecía muy impresionada. Lo que más le interesaba era mi vida en la Corte en París y en Londres: cómo se vestían las mujeres, cómo se comportaban en su vida social, cómo arreglaban sus matrimonios y sus aventuras. Según me dijo, la filosofía la aburría. La religión era una cuestión de buenas maneras y hábitos sociales. Como las matemáticas de su padre, era la expresión de una creación metódica. No podía entender por qué había tantos problemas y rivalidades sobre las fórmulas y las expresiones doctrinarias. Dejó bien en claro que no quería disputas religiosas en su casa. Le dije que, por lo que a mí respectaba, no debía temer.

Esas conversaciones breves y algo inconexas se prolongaron durante varias noches, después de que su padre retiraba a dormir. Finalmente, llevó las preguntas a un terreno más personal.

–¿No hay mujeres en su vida, Maestro Bruno?

–Las ha habido. En este momento, no hay ninguna.

–¿No se siente solo?

–Todos nos sentimos solos a veces. Para los vagabundos como yo, es difícil mantener una relación.

–¿Está diciendo que es fácil para las personas sedentarias como yo?

En su voz había un ribete de enfado que me sorprendió. Una querella era para mí tan necesaria como la Peste Negra. Traté de tranquilizarla.

–¡Por favor! No quise decir otra cosa que lo que dije. Soy un recién llegado a su casa. Me preguntó algo sencillo. Traté de responder. Hablemos de usted.

–No hay nada que decir. Soy lo que usted ve, una hija respetuosa, ama de la casa que mi madre me dejó.

–En la cual Giordano Bruno, hombre de un lejano país, está contento de ser acogido y cuidado.

Eso le hizo sonreír. El mal momento había pasado. Le deseé buenas noches y me fui a mi cuarto. La dejé sola, a la luz de la lámpara, midiendo un pedazo de cuero fino con el molde de papel para un guante.

Las trampas que nos juega la memoria a veces son muy extrañas. Esa noche, mientras me preparaba para dormir, me puse a meditar sobre mi infancia en Nola, sobre los bosques y las viñas del monte Cicada y sobre la sombra oscura y distante del Vesubio, que marcaba el fin de mi mundo. En el centro de mi recuerdo había un pensamiento simple: el monte Cicada era mi lugar. Era el sitio al que pertenecía. Mis dioses lares estaban allí. Por eso, me alojara donde me alojara, me anotaba como "Giordano Bruno, el nolano". Fue así como descubrí un rasgo conmovedor en la observación de Greta Springer: "Soy lo que usted ve, una hija respetuosa, ama de la casa que mi madre me dejó".

Por mi parte, yo carecía de patrimonio, también de familia, porque el día en que tomé mis votos había renunciado a ambas cosas. Por Cristo me convertí a mí mismo en un pobre. Había sido adoptado en la hermandad de los elegidos que predicarían Su mensaje al mundo.

Ahora, hiciera lo que hiciera, había perdido. No podía ni me atrevía volver al pasado. Mi presente era inestable; mi fortuna, un gran signo de interrogación. Me puse el camisón, apagué la vela y me acurruqué buscando calor bajo las mantas. Así estuve un buen rato, desvelado en la oscuridad, viendo la luz de las estrellas a través de la ventana de la buhardilla.

Mi pequeña discusión con Greta Springer había definido más estrictamente mi dilema personal. Ella era la hija soltera, destinada por la suerte y la costumbre a cuidar a un padre que envejecía. Adecuadamente, se la había dotado con la propiedad de la casa, pero la dote había sido condicionada a que se quedara en el lugar y a que siguiera cuidando un padre con salud todavía vigorosa y activo en su profesión.

Por lo tanto, era natural que me viera como a un candidato potencial para el matrimonio. Era el académico residente, que vivía apenas a un paso de su dormitorio. El padre me aprobaba y también tenía una ocupación para mí como yerno residente que mantuviera el hogar estable. La situación, asimismo, me ofrecía una serie de beneficios. Si decidía unirme a la congregación luterana, podía librarme de las censuras de Roma, contraer un matrimonio válido y, bajo la protección del Elector Augusto, asegurarme una residencia permanente en el país.

Sabía que una palabra que dijera decidiría toda la cuestión: compromiso, casamiento, conversión y una vida nueva y estable. Sin embargo, no la dije. En mi presente estado de peligro, me pregunto por qué diablos no la pronuncié.

En ese momento, tenía una lista completa de respuestas. Todavía era joven. Mi suerte, finalmente, se había dado vuelta. Los tiempos estaban cambiando. Roma misma cambiaría. Era el nolano, un hombre del sur. No podía verme a mí mismo viviendo para siempre bajo los cielos grises del norte, yendo a la iglesia juiciosamente cada domingo del brazo de mi esposa, quitándome el gorro de académico ante la rigurosa congregación luterana. No podía imaginarme adaptando mis palabras a un nuevo ritmo.

No amoldaría mis pensamientos a una nueva cadencia para un público nuevo, tan crítico, tan pugnaz como el antiguo. Tenía pocos motivos para querer a los católicos, pero comprendía muy bien qué había querido decir Erasmo cuando anunció: Seguiré en esta Iglesia hasta que encuentre una mejor. A lo que agregué mi propio comentario: "Ésta es la piel con la que nací. No puedo ni voy a cambiarla de color como un camaleón para adaptarla al de las hojas".

Más allá de todo eso, tenía que admitir que para el matrimonio tenía tan poco talento como para la vida conventual. Los gramáticos, los juristas y los teólogos están sujetos a los datos, las definiciones y los dogmas. Por naturaleza, el filósofo es un espíritu vagabundo.

A pesar de todos los cargos que levantaron en mi contra, no soy un heresiarca, ávido de poder sobre sus seguidores. No soy el Doctor Fausto, que prometió su alma al diablo a cambio de sabiduría. Como mucho, soy un peregrino confundido, que busca un gorro para impedir que el sol le queme el cerebro. El problema era -¡y sigue siendo!– que cada sombrerero quiere ponerme a la fuerza en la cabeza su propio tipo de gorro, ya sea que calce o