La última confesión
24 de diciembre
De repente, descubro que estoy llorando: grandes y torturados sollozos que parecen desgarrar mi pecho. Escondo el rostro entre las manos. Salto violentamente cuando el Superior General apoya una mano sobre mi hombro. Su voz resuena a lo lejos como una declaración délfica desde una caverna oscura. – Dejad que vuestras lágrimas fluyan, Hermano. Dejad que la gracia de Dios obre su cura.
Cuando levanto la vista, se han marchado. Cuando dejo de llorar, estoy avergonzado de que me hayan visto así. La oleada de negra rabia que sigue es la verdadera misericordia. Todavía no me he quebrado. Todavía poseo el pequeño centro de mí mismo: Filippo Giordano Bruno, llamado el nolano.
24 de diciembre
Hoy es la víspera de la Navidad: el cumpleaños de nuestro Señor y Salvador Jesús Cristo. La frase se desliza con facilidad por mi pluma. Es familiar y definitiva. Uno podría empezar una historia con ella o hacer un sermón a partir de ella, como uno de esos que solía hacer cuando era un joven sacerdote recién llegado a la iglesia de Santo Domingo en Nápoles.
Eso fue hace veintitrés años: casi un cuarto de siglo.
Ahora, el significado de las palabras ha cambiado para mí. ¿Cómo puedo llamar a Jesús "mi Señor" cuando Su Vicario en la tierra me rechaza y sus servidores me expulsan de su casa? ¿Cómo puedo llamarlo "Salvador"
cuando la orden de condena que puede ser librada en mi contra traspasa la frontera del tiempo hasta la eternidad? Lo que ates o desates en la tierra será atado o desatado en el cielo.
Reivindican que ése es el poder de las llaves dadas por Cristo a Pedro, transmitido a través de los siglos a los seguidores de Pedro en legítima sucesión. Pero, ¿es realmente así, o se trata -como siempre han sostenido los griegos- de una interpretación
exagerada de los romanos para mantener su autoridad? Poco importa ahora. Diga lo que diga, e incluso lo que se juzgue que piense, se imputará como herejía.
Me aparto de estos desiertos estériles de la controversia y, por un momento, me entibio en los luminosos prados de mi infancia en Nola.
Hoy, en cada iglesia del Reino de Nápoles, deben estar armando el presepio, el pesebre: el grupo de estatuillas que representa a Cristo niño durmiendo en el establo, con María, José y los pastores sirviéndolo,
mientras los animales -un buey, un asno, una oveja- exhalan vapor en el aire invernal. Algunas de esas estatuillas son muy antiguas; fueron talladas por artesanos locales y exhibidas amorosamente a cada generación.
Incluso yo, el escéptico carente de ilusiones, el desconfiado cuya mente zumba de preguntas no contestadas, me conmuevo por la simplicidad de la escena. Aquí no me burlo. Anhelo la paz que perdura en el humilde refugio del establo.
Para nosotros, la gente del sur, el ciclo de nacimiento, muerte y renovación continua es común, pero sigue siendo una maravilla misteriosa.
La mujer fértil encarna a una diosa, preciosa y sagrada. Tiranizamos a nuestras esposas y hermanas; pero también las honramos. Nuestras abuelas se convierten en matriarcas a quienes no se contradice. Aun en las más sangrientas vendettas, las mujeres de las familias son intocables. No ocurre lo mismo con aquéllas a las que, por falta o defecto, se las considera deshonradas por haber perdido su virginidad fuera del matrimonio.
Mis huesos comprenden esto. También comprendo la doctrina de la Virginidad de María, de la cual se me acusa de haber abjurado. La madre virgen es la imagen más antigua en la leyenda mediterránea; pero uno debe aceptarla y no discutirla a la manera escolástica. Es imposible demostrarla por medio de textos y silogismos.
Admitiré que caí en esa trampa en algunas de mis primeras disputas: en mi charla con Mocenigo, y en las obscenas discusiones con otros prisioneros en Venecia. En la cárcel, al igual que en los campos de batalla, las conversaciones indecentes son una defensa contra la locura. Según mi propio recuerdo, estaba imitando los anticuados debates aristotélicos; por lo cual me convertí en satírico peligrosamente dotado. Sin embargo, lo que se reportó a la Inquisición fue algo diferente, un asunto grosero: no tiene sentido manifestar que una virgen, sin ser fecundada, pueda engendrar a un niño.
¿Cómo se refuta una acusación semejante, especialmente cuando quien nos acusa carece de nombre y no lo podemos confrontar para demostrarle la verdadera coloración de las palabras y la ocasión en que éstas fueron dichas? Por otra parte, los Inquisidores siempre presuponen que el acusado es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Así, me consumo en la cárcel mientras los testigos principales siguen en libertad.
Reflexiono de nuevo sobre las imágenes del presepio: San José, de quien se nos enseñó que fue el padre de crianza de Jesús. Nuestras imágenes siempre nos lo muestran como un hombre viejo, un protector, pero no como el compañero de boda de María. ¿Verdad o leyenda? Es verdad porque la Iglesia siempre lo enseñó. Además, siempre se presenta al Apóstol Santiago como al Hermano del Señor. Se menciona a otros miembros de la familia, pero no se los nombra. Nuestros maestros realizaban todo tipo de acrobacias para explicar esas referencias, y no se nos alentaba para polemizar sobre ellas, ni siquiera en debates retóricos.
Uno de mis más respetados maestros, Vincenzo Colle, llamado el sarnense, lo dijo con claridad: "El don de la fe no necesariamente incluye el don de la certeza. Es un acto de asentimiento. Recuérdalo siempre, Hermano Giordano". Fue un buen consejo. Ojalá lo hubiera tenido más en cuenta.
El pensamiento de las relaciones sexuales despierta punzantes recuerdos. Ésta será la Navidad más helada de mi vida. Siento deseos del calor del cuerpo de una mujer en mi cama. Estoy acusado justamente, lo admito- de ser un monje fugitivo y un sacerdote libertino; pero hay tantos en estos días que no puedo entender que yo sea el principal candidato a la ejecución. No todos los pontífices que reinaron durante mi vida han sido modelos de casta virtud.
Cuando los inquisidores imputaron esos cargos en mi contra, no tuve más alternativa que declararme culpable, manifestando en mi defensa que, en la actualidad, la falta de castidad era, como mucho, un pecado venial, y que mi huida del convento se produjo por miedo. En Nápoles se me procesó sobre la falsa imputación de herejía. Sabía cómo trabajaba la Inquisición: ¡a nosotros, los dominicos, se nos encargó que la dirigiéramos! Por lo tanto, tenía miedo. Escapé.
En aquellos primeros días de confinamiento en Venecia fui aprendiendo muy rápido. La primera lección consistió en no mostrarme demasiado valiente bajo la tortura. Eso sólo servía para alentar a los tipos que me torturaban a esforzarse aún más. Así que dejaba oír mis alaridos y gritos lo más alto que podía. Las heridas eran las mismas, pero la duración -
generalmente una sesión de media hora de strappado antes del interrogatorio- no se prolongaba indebidamente.
Tardé más en aprender la segunda lección: los inquisidores tienen un visión más indulgente de las faltas personales que de los reproches o
imputaciones contra la Iglesia, sus ministros o sus doctrinas. Entendieron muy bien que yo, el Hermano Giordano, no era una amenaza: era un don nadie que podía ser aplastado como una pulga. Pero las ideas eran otra cosa.
Eran semilla de dragón que, llevadas aquí y allá por el viento, un día podrían germinar en hombres armados. Por eso, año tras año, me pasaron por la zaranda para separar el grano envenenado y quemarlo.
Ésa -ya se ve- fue, al mismo tiempo, mi vanidad y mi simpleza. Era un muchacho campesino nacido en un mundo nuevo, turbulento, sí, pero todavía lleno de maravillas. Estaba lleno de preguntas sobre todo. Se me dijo que carecía de humildad para aprender de los grandes maestros. Quizás era cierto, pero ellos carecieron de la habilidad de llegar a mi corazón y aprovechar mi curiosidad.
Mis contactos con mujeres eran frecuentes y, la mayoría de las veces, placenteros; pero mis compromisos siempre fueron breves. Un hombre como yo, sin estabilidad ni mecenas, no era un pretendiente bienvenido en la casa de cualquier padre. Los clérigos y los académicos siempre viajaban ligeros. Sin importar cuántas enseñanzas cargaran en su mente, había poco oro en sus bolsas. Así que la mayor parte de mis amantes fueron prostitutas, o muchachas de taberna, o esposas desdichadas, o viudas, contentas de ser reconfortadas en su cama. Tuve bastantes, tantas como para jactarme -fuera como dentro de la cárcel- de que, si bien no se equiparaban a las amantes del Rey Salomón, no le iban mucho en zaga.
La jactancia siempre me perdió. En todo debate o discusión, tengo que exceder el argumento. En todo juego de ingenio tengo que ser yo quien pronuncie la última palabra satírica o injuriosa. La necesidad que me traiciona es defender al Bruno real, oculto, cubierto, reprimido por el hábito que asumí demasiado fácilmente con demasiado poca convicción.
En la cama, con una mujer dispuesta, nunca necesité presumir. No pedía probarme frente a ella, sólo gozar y ser gozado. Sin embargo incluso en eso dañé mi causa. No hubo jactancia, sino simple exuberancia, cuando declaré:
"La Iglesia se equivoca al hacer un pecado de lo que sirve a hombres y mujeres tan bien y placenteramente".
Si sólo lo hubiera dicho de otra manera -sacar a la Iglesia y encontrar otra palabra para pecado- ese cargo nunca habría sido leído en la acusación.
Pero yo era un sacerdote y maestro, a cargo de diseminar la verdad del Evangelio, puro e inmaculado. Era, por otra parte, un dominico, uno de los