La última confesión
3 de enero
El problema, el misterio es que siempre están ahí; siempre han estado; siempre estarán hasta el fin del mundo. ¡Amén! Estas excursiones a la memoria se revelan más dolorosas de lo que esperé. ¡Excusadme, Señores!
Señoras, lo único que puedo hacer es soñar con vosotras. Buenas noches.
3 de enero
Esta mañana, cuando cumplía con sus rondas, mi carcelero, el rudo, me dice que estoy en la lista para un baño y para el peluquero antes de que el Superior General me visite de aquí a tres días, en la Epifanía.
Se me ocurre hacer una broma y le ruego que esta vez el agua de mi tina esté caliente. Él me maldice sin vueltas. ¿Qué derecho tengo yo de quejarme de nada? Pronto, estaré agradecido por tener una gota de agua fría. Me asarán como a un cerdo, después arderé para siempre en el infierno.
La pura grosería del hombre me impresiona profundamente. Ni siquiera puedo enfadarme con él. Sin embargo, cuando despliego mi papel y empiezo a afilar una pluma, mis manos tiemblan y mi mente se conmociona.
Para calmarme, comienzo un juego privado que aprendí en la escuela, en Nápoles. Sobre una hoja de mi precioso papel, hago una serie de pequeños dibujos eróticos: hombres y mujeres en varias posiciones de unión sexual. Representan recuerdos de mis escapadas juveniles como postiglione per le puttane y mis últimas visitas como cliente de varias casas de cita de Europa. Tengo alguna habilidad para dibujar y mucha memoria visual, por lo que los dibujos fluyen vigorosamente de mi pluma. Los recuerdos vuelven en tropel, y con ellos las punzadas de una concupiscencia que creía muerta desde hacía mucho. Empiezo a pensar que los dibujos funcionarían bien como ilustraciones para Los sonetos lascivos de Pietro Aretino.
Por su talento como satírico y -según los rumores- chantajista, lo llamaban el azote de los príncipes. Nunca lo conocí. Apenas tenía siete años cuando él nació y era mucho mayor cuando descubrí sus escritos. Mientras trabajo en mis dibujos obscenos, pienso cuánto habría disfrutado su compañía.
A media mañana, la niebla negra me abandona. Dejo mis papeles y los escondo dentro del colchón junto con las páginas de mi manuscrito.
Después, me instalo para volver a escribir. Inmediatamente, vuelvo a estar en Venecia, enfrentando al Tribunal de la Muy Santa Inquisición.
Recogieron todas las pruebas y todos los testimonios a los que pudieron echar mano, y me confrontaron con ellos en una serie de intensos interrogatorios. Sus tácticas también cambiaron. Ya no me paseaban formalmente por un escrito preparado; me acosaban por todos lados, buscando arrinconarme, como sabuesos persiguiendo a un zorro. El Prior me leyó un párrafo de una declaración:
–El nolano dijo estas cosas: "Cristo era un pobre tipo, que sedujo a la gente con sus trucos de magia. Temía a la muerte y trataba de huir de ella".
¿Recordáis estas palabras, Hermano?
–Quizá podría, Prior, si me indicarais quién es el informante que las registró y la ocasión en la que se me imputa haberlas pronunciado.
–Sabéis que no podemos hacer eso.
–Entonces me pedís que responda a una acusación de un individuo sin nombre sobre una conversación en una ocasión no especificada. ¡Vamos, Prior! ¡Es demasiado! ¡No puedo responder!
–¿No podéis o no queréis? – dijo Taverna, alerta y mordaz como siempre.
–¡No debe hacerlo! – dijo Morosini, quien, aparentemente, todavía me defendía. Se volvió hacia el Patriarca y le dijo-: Eminencia, todos hemos leído el testimonio sobre el cual se basa esta cuestión. Para algunos de nosotros es muy sospechoso. No debemos esperar que el Maestro Bruno nos entregue una espada para que lo matemos.
–Estoy de acuerdo -dijo el Patriarca, que pertenecía tanto a la ciudad como a la Iglesia. El Magistrado planteó una pregunta cuidadosa.
–¿Cómo debo registrar esto, Eminencia? El Patriarca reflexionó un instante.
–El acusado alegó que sin más informaciones que el Tribunal no está dispuesto a darle no podía responder la pregunta. Nuestro colega, el Nuncio Apostólico, imputó eso como una negación. Messer Morosini adoptó el punto de vista contrario, con el cual concuerdo. Ahora, por favor, prosigamos.
Respiros como ése eran raros. La presión me estaba cansando; al final del día se me enviaba al húmedo horror de una celda veneciana y a la compañía de otros desgraciados que me venderían por una cucharada extra
de polenta. No les temía. Debería haberlo hecho porque, por despecho, me volvía descuidado de lo que hablaba con ellos.
El Prior Gabrielli planteó una cuestión que mostraba lo lejos que habían lanzado sus redes.
–Os leo un texto. Lo escribisteis en vuestro libro Causa, principio y unidad. Habláis de Isabel de Inglaterra, quien usurpó el trono, asesinó a la legítima heredera y, de manera blasfema, se llamó a sí misma Cabeza de la Iglesia, Protectora de la Fe. Esto es lo que decís: En alabanza de la Divina Isabel, reina por título y dignidad, cuya presencia ilumina con luz brillante todo el mundo, a quien ningún príncipe puede superar en conocimiento, arte o generosidad. ¿Son vuestras estas palabras?
–Lo son.
–La dama es una hereje, una perseguidora de la Iglesia. – Dejadme deciros que no he estado en posición de cuestionarle su doctrina, y que ella jamás me persiguió, aunque sabía que yo era católico. No le pido a este tribunal que perdone lo que he escrito, sólo que considere algunos hechos como atenuantes: frecuentaba la Corte de la Reina. Era huésped del embajador de Francia, un caballero católico muy leal a la Fe. Él no convirtió un cumplido cortés -y espero que vosotros tampoco- en un cuestionamiento de la ortodoxia. En cuanto al epíteto "Divina", es una manera de expresarse en la Corte de una mujer. Un prendedor, un anillo o una cinta son todos "divinos".
La Reina no podía merecer menos.
En el cuarto hubo risas ahogadas. El Patriarca reaccionó rápidamente para sofocarlas con reprobación.
–Buen Hermano, parecería que erais mas cortesano que cristiano.
–Es cierto, Señor, y me arrepiento.
–Estoy seguro de ello -dijo Taverna que otra vez se echaba sobre mis flancos-. Nadie mejor que vos para saber que en la primitiva Iglesia la prueba de la fe consistía en negarse a llamar divino al emperador.
–No era la práctica en Londres. Además, mi fe era conocida y nunca renuncié a ella.
–¿Y aquí, en la prisión, Hermano, cuál era vuestra fe? Le habéis dicho a otro prisionero: "Cristo, nuestro Señor, cometió un pecado mortal al haberse opuesto a la voluntad de Su Padre. En el jardín rezó “Padre, aparta de mí ese cáliz”. ¿Habéis dicho eso?
–Dije más. Él informó menos. Haciéndolo, mintió.
–¿Podéis explicaros, Hermano?
–Fácilmente. Lo que dije fue: "Parecería que Cristo cometió un pecado mortal. Parecería que se negó a cumplir la voluntad de Su Padre, y agregué: Al final, se inclinó ante la voluntad de Su Padre".
–¿Por qué deberíamos creer vuestra versión?
–¿Por qué deberíais creer la otra, a menos que ya hayáis decidido condenarme?
–¿Negasteis que el Infierno exista como lugar de castigo, de eterno castigo?
–Expresé dudas sobre la manera en que eso se enseña. Me resulta difícil, lo confieso, entender por qué el Creador malgastaría su infinito poder para crear un osario. Pero recuerdo a vuestra Excelencia que las dudas honestas no significan en modo alguno herejía. ¿Acaso no enseñáis eso en teología?
–¿No dijisteis que Moisés era un mago inteligente, diestro en las artes mágicas con las cuales venció a los magos del Faraón?
–¡Por favor! ¡Por favor! – Morosini se puso de pie, llamando la atención del Patriarca-. Eminencia, podríamos aplicar un poco de sentido común.
Dios sabe que no estoy defendiendo al acusado, ¡pero me avergüenza verlo castigado con una lluvia de cargos como un campesino en el cepo!
El Patriarca claramente estaba perturbado. No quería hacer del emisario romano un enemigo. Esperó un buen rato antes de replicar con hesitación.
–Tal vez, Messer Morosini, quisierais explicar vuestra objeción de manera más completa. Debéis entender que se han hecho cargos que deben ser respondidos.
–Con el mayor respeto, Eminencia, lo entiendo; pero dejadme que me explique con una parábola.
–¡Tenéis nuestra venia! Con tal de que la parábola no sea demasiado larga.
–Es muy corta. Conocéis… todo veneciano lo conoce… el pequeño callejón a uno o dos pasos de San Marco. Lo llaman la Calle de los Muñecos; allí hacen las máscaras de carnaval y los muñecos de los niños.
–Confío en que eso sea pertinente -dijo Taverna descontento.
–¡Paciencia, Señor! – dijo Morosini sonriendo. Yo también estaba intrigado por su parábola-. Para hacer un muñeco, comienzan con un
maniquí de madera: sin rostro, sin ojos, apenas extremidades, un tronco y una cabeza. Todos se parecen. Luego el artesano comienza a pintar. Unas pocas pinceladas y ya es un Arlequín. La boca hacia arriba y se ríe. La boca hacia abajo y está triste. Un cambio de ropas, unos mechones de pelo, y entonces él es una ella, una dama de la más alta alcurnia. Veis a nuestro Bruno aquí sentado. Lo oísteis defenderse. Fuera de toda duda, es un hombre inteligente, un académico de fuste. Pero ese otro Bruno -el Bruno del rumor, el del informe anónimo, el de la tergiversación maliciosa que nosotros, en este tribunal, hemos confirmado para nosotros mismos-, ese otro Bruno, es una invención, un muñeco saltarín más allá de la realidad.
Ningún
hombre vivo puede equipararse a él: ¡sea santo o satanista, tan hereje como Arius, tan gran santo como nuestro propio Antonio de Padua! Con esto termina mi parábola, señores.
Él había hecho por mí más de lo que podría haberme atrevido a esperar, aunque no podía entender por qué. Había obligado al tribunal a quedarse en silencio. Yo estaba en el medio como en una alberca oscura, con el agua hasta el cuello. Taverna, el Nuncio, se puso de pie. Estaba tranquilo y sorprendentemente contenido. Se sonrió y levantó las manos haciendo el gesto de rendirse.
–Dejadme decir primero con gran deferencia que Messer Morosini nos ha prestado un servicio. Aquí hay confusión. Hay contradicción. Tal vez no hayamos tratado con ella con la destreza que deberíamos. Por lo tanto, debemos tomar rápida acción para enmendarnos.
–¿Qué acción sugiere vuestra Excelencia? – preguntó el Patriarca, ansioso de llegar a una solución.
–¡Poned a Bruno bajo Interrogatorio!
Tomó un instante registrar la conmoción. Fui el último en comprender el horror de aquello. Taverna estaba pidiendo que fuera sometido a torturas para sacarme una confesión. De pronto, me sentí mareado y con náuseas.
Enterré la cara entre las manos. El guardia me tomó por los hombros y me puso derecho. El Prior protestaba.
¡No! ¡No lo consentiré! La intención de la ley es clara. El tribunal no pondrá a ningún hombre bajo tortura salvo que haya exhibido obstinación y desprecio.
–Y yo digo, Prior, que con la evidencia de su actuación aquí, Giordano Bruno es un mentiroso que a todos nos desprecia.
–No estoy de acuerdo -dijo el taciturno Foscari-. Él no se ha negado a responder, en consecuencias no es contumaz.
La única mentira que hasta aquí hemos probado contra él es la atribución de sus libros a un editor veneciano, y él lo ha admitido.
–Anoto el desacuerdo -el Nuncio era implacable-. El Magistrado debería anotarlo también; después, anotar lo que estoy por decir. Como Nuncio Papal ante la Muy Serena República, represento a la Cabeza de la Iglesia Universal, Su Santidad el Papa Clemente. ¡Con ése, mi título en el nombre de Dios, pido que Giordano Bruno sea inmediatamente puesto bajo Interrogatorio! Ahora, caballeros, ¿qué decís?
El primero en responder fue Morosini.
–Un pequeño detalle, Excelencia.
–¿Cuál?
–Los instrumentos de muerte y tortura están a disposición de la República y no de la Iglesia. ¡Al menos aquí en Venecia, Señor!
Taverna estalló en repentina cólera.
–¿Me los negáis, entonces?
–Todavía no. Espero que Roma, a través de vos, haga un pedido formal y cortés a la República, a la cual represento en este tribunal.
Recuerdo muy vívidamente ese extraño momento de incertidumbre en el cual estaba más atento a la habilidad de los dos duelistas que a mi propio destino que dependía del resultado. Taverna, el diplomático, contestó con fría formalidad.
–Messer Morosini, solicito, formalmente y con profundo respeto, cooperación para completar el trabajo de esta muy Santa Inquisición.
Morosini se tomó su tiempo. Podía darse el lujo. Mi tiempo se acababa.
Lo oí despacharme como a una cesta de pescado en el mercado.
–Para ayudar a la Fe y para cimentar más la amistad entre Roma y Venecia, la consiento.
Debo haberme desmayado. No recuerdo nada hasta que desperté para descubrir que era arrastrado por dos guardias a mi celda, y arrojado adentro como un saco de grano.
Al día siguiente, me llevaron a la sala de torturas para mi primera experiencia con el dolor. Me estiraron en el potro hasta que, podría jurarlo,
hubieron separado cada coyuntura de mi cuerpo. No voy a extenderme en ello aquí. Las historias del tormento humano son un lugar común; a mí me esperan cosas mucho peores antes del día de mi liberación de este mundo enfermo.
Quiero consignar que cuando desperté en mi celda, agonizando por los calambres, temblando de fiebre, Morosini estaba de pie, empujándome con el pie. Lo oí burlarse de mí, pero en la oscuridad no pude ver su rostro.
–¡Pobre hombrecillo! Tan engreído con vuestras refinadas filosofías. ¡Ni siquiera podéis distinguir qué tiempo hace! El trueno rueda en vuestros oídos y todavía escucháis a los ruiseñores! ¡Despertad, Maestro Bruno!
¡Despertad!
Traté de volverme, pero cada movimiento era un tormento. Pregunté:
–¿Quién sois? – ¡Un amigo! Levantó una lámpara para que pudiera verle la cara.
–¡Dios me libre de tales amigos!
–No puede. Como vos, es un prisionero de los teólogos y de los inquisidores. Yo soy el único que puede ayudaros ahora.
–¡Vos! ¡Me habéis vendido a los torturadores!
–¡Vendido no! ¡Apenas prestado! – nuevamente se burlaba de mí-. Para enseñaros, amigo, un conocimiento necesario.
–Dadme agua, por el amor de Dios. Me estoy quemando. Había un cubo de madera con agua. Morosini sacó agua con un cazo que había a mano y lo acercó a mis labios. Bebí ávidamente y volví a caer agotado por el esfuerzo.
Morosini me preguntó:
–¿Podéis oírme y entenderme?
–Os entiendo, Señor. Lo único difícil es creeros.
–¡Me gustáis, Bruno!
–¡Dios! Era tan suave, tan fría y desdeñosamente suave-. Sois muy hombre; pero nadie lo es tanto para vencer la última vuelta del potro, el último estirón de la polea.
–¡Marchaos!
–¿Sabéis quién os ha denunciado? – ¡Mocenigo!
–Muchos más, mi amigo. Tenemos testimonios, cartas e insinuaciones verbales de todos y de cada uno. El Hermano Celestino, el capuchino; Graziano, el napolitano; otros compañeros de prisión con quienes habéis bromeado y bravuconeado burlándoos de la piedad. Hay volúmenes de
despreciables traiciones, ¡suficientes como para quemar a una docena de Brunos!
Le dije que estaba asqueado de su mundo enfermo. Se rió y se encogió de hombros.
–No os dejarán abandonarlo con tanta facilidad. Os pisotearán como a la uva en una cuba. Quemarán vuestro pellejo, lo colgarán de un muro y dirán:
"¡Mirad! ¡Éste era otro heresiarca, otro Arius, otro Lutero!".
–¡Heresiarca! Dios mío. ¿De dónde sacáis esas fantasías?
–No fantasean, amigo. Son los hombres más pragmáticos de todos, como yo.
–¿Qué buscáis?
–Engañar a Mocenigo, escupirlo en sus astutos ojos. ¿Todavía no sabéis, mi pequeño Sócrates, por qué Mocenigo os ha traicionado?
–Quería que le enseñara magia. Yo no podía, ni me rebajaría a esa fantochada. Pensó que lo engañaba.
–¡Oh, Dios! ¡La inocencia de los sabios! Mirad. Erais un regalo del cielo para Mocenigo. Él quiere el capelo de los Dogos, que nunca obtendrá.
Busca el apoyo de Roma. Para ello, piensa comprarlo con vos, un nuevo y flamante hereje.
–¿Pero vos?
–Quiero que mañana os confeséis. No culpable; al menos, no demasiado culpable. Sólo de error y de ignorancia. Firmad cualquier retractación que os dicten.
–¿Y qué pasará después?
–Después, pertenecéis a Venecia, no a Roma. Os sentenciamos. Cumplís un modesto término de penitencia en un convento agradable, donde el vino es bueno y hay abundancia de libros. Cuando en un año o dos os hayan olvidado, os damos oro, un salvoconducto, un caballo y os enviamos de vuelta a Alemania.
–¡Ojalá pudiera creer la mitad de eso!
A menos que pueda convenceros, estáis perdido. Habrá más de esa dura medicina hasta que os quiebren: el cuerpo y la mente.
–Dadme un grano de esperanza.
–Es sencillo, ¿no? Dejadlos que quemen cada página que hayáis escrito; mientras sigáis vivo, podéis volver a escribirlas. Muerto, esparcirán vuestras cenizas al viento. ¿Y quién oirá los gemidos de vuestro espectro a
la medianoche? ¡Oídme, hombrecillo! Os digo la pura verdad. Aquí todos estamos sitiados. Roma
hizo votos para extirpar la herejía. Venecia se empeña en ser la Más Serena República hasta el alba del día del juicio final. Os quiero libre para frustrar a ese Nuncio intrigante y para malquistarlo a Mocenigo. ¿En qué quedamos? Jugamos con cartas de tarot. Al que le toque el Ahorcado está marcado para la muerte. Nos apena, pero lo dejamos morir porque todos somos bestias salvajes que queremos vivir. ¿Bien, Hermano Bruno?
–¡Más agua, por el amor de Dios!
Me dio más agua y luego sacó un frasquito de peltre de un bolsillo y lo destapó. En un instante de locura, pensé que sería veneno, pero me sonrió con una sonrisa irónica y torcida, y me tranquilizó.
–¡No os preocupéis! Es un bebida para haceros dormir. Mi boticario la preparó. Podéis soñar con lo que os he propuesto. Si estáis de acuerdo, haré que os laven y os hagan sentir cómodo antes de que enfrentéis al Tribunal y hagáis vuestra retractación.
Una pregunta extraña e irrelevante surgió de mis labios. Fue como si otro hombre estuviera expresando mis confusos pensamientos.
–¿Por qué, Messer Morosini? ¿Por qué me habéis robado mi ira?
–Para devolveros vuestra vida, Hermano Bruno.
–Me pregunto si en realidad la quiero. Me pregunto… Claro que la quería. En ese lugar, después de haber experimentado por primera vez una tortura prolongada, la quería con desesperación, pero mientras el narcótico empezaba a hacer efecto, sentí el alivio, la euforia y la confianza suficientes para aceptar la oferta que Morosini me había hecho: no admitir una culpa específica, sino hacer una retractación general de los errores en los cuales podía haber caído, una expresión de penitencia por mis delitos personales.
Dije a Morosini que sí, que podría ponerme esa arpillera, incluso con algunas cenizas extras rociadas sobre mi cabeza. Me dijo -al menos pienso que me dijo- que él se ocuparía del resto. No le oí marcharse. No oí el portazo. Estaba misericordiosamente a la deriva en una tierra yerma, obre el muy lejano abismo del tiempo.
Todavía debía interpretarse un acto más de este drama. Algunos días más tarde, todavía débil y cojo, pero limpio y afeitado, fui llevado nuevamente ante los Inquisidores. Estaban, creo, algo turbados por mi
aspecto, pero era claro que Morosini los había preparado para mi acto de retractación. Esa vez, el Prior Gabrielli fue amable conmigo. Me preguntó:
–Giordano Bruno, ¿sois un hombre honesto?
Confieso que la pregunta me hizo sonreír. Parecía una extraña manera de empezar. Respondí con todo el humor que pude.
–Sí, Prior, por lo general lo soy. A veces más, a veces menos. No obstante, creo ser honesto de corazón.
–Os pregunto, entonces, preocupado por vuestro cuerpo enfermo y por vuestra alma turbada, ¿os retractaréis de vuestros errores?
Ya estaba lo suficientemente repuesto como para ser cauto. Esos hombres pasaban el tiempo dividiendo y subdiviendo, buscándole la quinta pata al gato. Formulé mi respuesta con deliberado cuidado.
–En general, Prior, y sinceramente, puedo admitir errores en la escritura y en lo que dije. Pero ateniéndome a lo que estamos hablando: sin un texto, sin la fuerza para argumentar, podría admitir monstruosidades. No haré eso.
–En un tiempo de penitencia -y la penitencia se impondrá, pero se concederá clemencia-, ¿examinaríais en serena calma todos vuestros textos, consultaríais, reflexionaríais y finalmente os retractaríais de cualquier detalle que pudiera aparecer como falso respecto de la Doctrina Apostólica?
–Sí, podría prometer eso, reservándome aún el derecho escolástico del debate.
–Que, dada la buena voluntad del académico, ninguno de nosotros aquí presentes os negaríamos. ¿Estáis todos de acuerdo, Excelencias?
No oí palabras, sólo un susurro como un resuello sobre la mesa. El Patriarca me hizo un gesto con la mano para que me acercara.
–Acercaos al estrado, Hermano.
Cuando me puse de pie, las piernas se me doblaron. El guardia me levantó, me condujo al estrado y me obligó, sin apremiarme, a arrodillarme.
Para inclinarme tuve que apoyarme en el borde del escritorio. El Patriarca volvió a dirigirse a mí.
–No hay fórmula. Dirigíos a Dios.
Cerré los ojos y oré a un Dios ausente para que me enviara las palabras.
Llegaron despacio y dolorosamente.
–Mi Señor, con toda sinceridad, he revisado mi corazón y mi conciencia. Sé que por mi vida personal he provocado el escándalo y levantado sospechas de tendencias heréticas en mis escritos y discursos.
Estoy listo para reformar mi vida, reparar el escándalo, rechazar las herejías. Las he reconsiderado y, si las opiniones erróneas son contrarias a la Fe, abomino muy sinceramente de ellas. Pido humilde perdón a mi Dios y a vosotros, mis hermanos y superiores por mis pecados y errores.
Voluntariamente acepto el castigo que determinéis para mí y ruego…
ruego…
En ese momento las palabras me abandonaron. Me derrumbé, acurrucándome en el suelo con el rostro enterrado entre las manos, sollozando incontrolablemente. El guardia me ayudó a ponerme de pie y me condujo de vuelta a la silla. Todavía estaba sollozando cuando Taverna, el Nuncio, se puso de pie para desafiar a la asamblea.
–Fue una escena conmovedora, quizás un esperanzado signo de regeneración. Pero Roma no se quedará satisfecha. En esa ciudad y en Nápoles todavía hay cargos pendientes contra este hombre. Además, debo informar a la Iglesia de Venecia y a la República que el Santo Oficio requiere la extradición del Hermano Giordano Bruno para enfrentar un juicio posterior en Roma.
Fui arrancando de mis lágrimas por un estado de gélido terror. Morosini se levantó inmediatamente de pie para protestar.
–¡No podéis hacer eso, Señor Nuncio! Este tribunal ya ha cerrado su caso.
–¡Nada hago, Señor! – era el momento de victoria de Taverna-. Yo soy un servidor y mensajero de Su Santidad, como vos, Señor, bien servís a esta Muy Serena República. No deberíamos reñir. Dejemos que nuestros superiores peleen la batalla, ¿eh? Llegarán a un acuerdo. Ahora, si su Eminencia me lo permite, os deseo buenos días a todos vosotros.
Fue un día de negra desesperación. Nuevamente traicionado, había sido despojado de esperanzas. No tenía voluntad para pelear. Me faltaba energía incluso para hablar. Cuando me llevaron de vuelta a la cárcel, estaba mudo.
Tuve que apoyarme en los hombros de mis guardias para llegar a la celda.
Cuando me ofrecieron de comer, la comida me dio arcadas. Lo único que pude tragar fue el agua. Al tratar de dormir, me sentí acalambrado y temblé afiebrado. Cuando por fin me dormí, lo hice de a ratos y tuve pesadillas con demonios burlones. Grité pidiendo ayuda, pero ningún sonido salió de mis labios ni llegó ayuda alguna.
Sin embargo, bastante curiosamente, mi condición de preso mejoró. Me mudaron a una celda más amplia y seca, con una pequeña ventana con barrotes, a través de la cual podía ver un retazo de cielo; cada día llegaban a ella dos palomas que descansaban y se arreglaban las plumas en el alféizar.
Unos días después de la mudanza, fui llamado a comparecer ante el Gobernador de la prisión. Tenía un mensaje y un consejo para mí.
–Hay algunos nobles caballeros que lamentan mucho el curso que las cosas han tomado para vos. Lamentan que algunas promesas que se os han hecho no hayan sido cumplidas. Están trabajando para impedir vuestra extradición a Roma o, al menos, para diferirla lo máximo posible. Me pidieron que mejorara vuestras condiciones de vida aquí. Como habréis notado, ya he comenzado a cambiarlas.
–Lo he notado, Señor, y estoy agradecido.
–Entonces, seguid mi consejo. Elegid con cuidado vuestra compañía en la cárcel. Cumplid inmediatamente lo que los guardias os ordenen. Y
refrenad vuestra lengua. Según todos los informes, en el pasado habéis sido demasiado locuaz para vuestro propio bien.
Luego de esto, se me empezó a levantar el ánimo. No eran sólo las mejores condiciones, sino el hecho de que ahora tenía una tregua clara de los interrogatorios y de la constante amenaza de tortura. En realidad, los venecianos habían terminado conmigo. Mi encuentro con los romanos se había, al menos, aplazado, y mi salud estaba comenzando a mejorar. Seguí el consejo del Gobernador y me relacioné con los prisioneros que menos pudieran comprometerme.
Uno de ellos era un nostromo, el contramaestre de uno de las grandes galeras que comerciaban a lo largo de la costa dálmata, llegando como mucho hasta Chipre. Una noche se emborrachó y armó una riña con la guardia, durante la cual profirió algunas blasfemias, señalando que los musulmanes administraban mejor justicia que los que se nombraban cristianos. La riña le valió una multa, y la blasfemia, un incómodo encuentro con la Inquisición. Le dije que yo también tenía mis propios problemas con el Santo Oficio y que ambos deberíamos mantenernos a una buena milla marina de ese tema. Después de eso, nos hicimos amigos y él me mantuvo entretenido durante horas con historias de su vida viajera.
Él tenía la clara percepción de la realidad política del hombre práctico.
El Adriático pertenecía a los venecianos, que no creían en el libre comercio.
Desde Venecia, controlaban el norte; desde su fortaleza de Corfú, controlaban la entrada meridional al golfo Adriático. Ellos exigían que toda mercancía que entrara o abandonara el Adriático tenía que pasar primero por Venecia, y lo hacían cumplir por la fuerza. Ningún navío podía navegar hacia Creta, Corfá o las ciudades de Dalmacia sin pagar un tributo que garantizara primero el arribo de sus bienes a los muelles venecianos. Las infracciones se castigaban rápidamente. Las salinas de Trieste fueron arrasadas. Las galeras venecianas asolaban a los barcos transportadores de grano que abastecían a la república mercantil de Ragusa, que era, al mismo tiempo, tributaria de los turcos y protegida por el papado.
Pero, como me informó mi amigo marino, el sistema era "una red llena de agujeros". Los bienes se contrabandeaban todo el tiempo por los ríos, por las rutas terrestres de Dalmacia y por los puertos más pequeños, donde los grandes barcos venecianos no podían entrar. El acero de Trieste se vendía en Italia, la lana y el vino venían de Apulia a Kador, y los corsarios cobraban peaje a todos. Él mismo tuvo que nadar para salvar la vida cuando una galera en la que estaba sirviendo fue atacada por doce galeotas turcas frente a Valora.
Por otro lado, había ganado suficiente dinero como para comprar dos mujeres, unas hermanas del mercado de esclavos de Trieste, las cuales, mientras él hablaba, lo estaban esperando en casa para darle la bienvenida; esperando y, claro, trabajando, manteniendo las camas calientes y la caja del dinero llena hasta que él saliera de su enredo. Su puesto también lo esperaba. Los buenos marinos eran difíciles de hallar y los mercaderes propietarios de su barco ya habían hecho una petición para su pronta liberación.
Cuando le pregunté qué tipo de trabajo hacían sus mujeres, se sonrió mostrándome los dientes y dijo:
–Por supuesto lo que mejor hacen las mujeres; pero ellas trabajan en mi casa, no en las calles. Mis amigos de las galeras son sus mejores clientes y mantienen alejados a los buscapleitos. Tengo que pagar tributo a la guardia, desde luego. En la Serenissima todo paga impuestos; pero el sistema funcionaba bastante bien para mí hasta que abrí esta bocaza mía y dije que el Islam era una religión mucho más fácil de manejar que el cristianismo.
¿No estáis de acuerdo conmigo?
Me había advertido que me mantuviera al margen, así que simplemente sonreí y murmuré una banalidad: i gusti son gusti, sobre gustos no hay nada escrito. Eso también podía ser traducido fácilmente como herejía, pero yo podría haber dicho mucho más: que no se enseña a un hombre a amar a Dios estirándolo en el potro; que no se justifica el potro diciendo a la víctima que también Cristo sufrió azotes y crucifixión.
¿Por qué recuerdo ese momento lejano en lo que seguramente será mi testimonio final? Por una cosa: me proporciona el mismo placer que gozaba en mi juventud intercambiando historias con un compañero de clase sentados debajo de un roble. Por otra parte, me ayuda a quitar de mi mente la confusión que he acumulado a través de los años: las mitologías elaboradas, las rechinantes convenciones literarias, los vocabularios de los teólogos y de los filósofos.
¡Estoy tan cansado de todo eso! Si Dios finalmente nos habla, lo hará en nuestra lengua materna. ¿Cuántos conocemos otra? Si finalmente se muestra, lo hará en las maravillas de cada día: en el batir de las alas de un pájaro, en un pimpollo que se abre, en el rostro de un niño que duerme. No es difícil creer en la resurrección cuando, a partir de la "pequeña muerte"
del acto del amor, nace un niño, y cuando al mismo niño se lo alimenta con el grano que crece desde la boca de los muertos olvidados.
En cuanto al resto, ¿qué es? ¡Bah! ¡Charla mutilada, gestos carentes de sentido para distraer al público y hacerle creer en los trucos de los prestidigitadores! Ése es uno de los cargos por los cuales me van a matar.
Dicen que dije que los milagros de Cristo eran trucos de mago. De hecho, dije algo bastante distinto: "Jesús no tenía necesidad de trucos de prestidigitador. Él mismo era el mensaje y el milagro. Aquellos que registraron su vida sintieron la necesidad de embellecerla con maravillas.
Estaban equivocados".
¿Qué importa esto ahora? Cuando esté muerto, la mentira se convertirá en leyenda para justificar la injusticia. La cháchara continuará. Los charlatanes harán su magia en las plazas en los días de mercado. El verdadero milagro continuará a diario, inadvertido, excepto por los pocos que poseen la gracia para verlo y por los muchos que, como yo, lo ven, lo aprecian, pero deben abandonar demasiado pronto su gozo.
Un pensamiento a la hora de dormir. Mañana voy a ser afeitado y bañado. No habrá tiempo para escribir; con las idas y venidas de gente, el