La última confesión

Morris West · Capítulo 14 de 17

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La última confesión

2 de enero

Hay momentos, como después de la tentativa del Hermano John, en los que estoy dispuesto a rezar, pero las oraciones de mis años monásticos se me han vuelto desagradables. Por eso invento mis propias invocaciones:

"En caso de que me hayáis olvidado, Señor, soy Giordano Bruno, ínfimo filósofo y alguna vez sacerdote, mago por fama y hereje por imputación, instigador de sediciones, peleador, borracho, caminador de nubes, el que baila su jiga sobre la cima de una montaña esperando el fuego estelar. ¡Oremus! ¡Oh Dios, si Dios existe! ¡Oh Cristo, si no te han matado para siempre en tu Calvario! ¡Oh madre de Cristo, tú que has visto qué pueden hacer los hombres a uno que oyó una música ajena! Inclinaos hacia mí. Sed tiernos. ¡Soy un bufón, un comediante cuyo público son los ciegos, los sordos y los tontos! O quizá sea exactamente lo contrario: soy el afligido y ellos los avergonzados por mi enfermedad. Sin embargo, efectivamente veo visiones, grito una especie de plegaria, siento en mi pulso tambores apocalípticos. Puede que las visiones sean falsas. No lo sé. Puede que la plegaria sea una blasfemia. No es mi propósito. ¿Los tambores? Tú, oh Dios, mantén mi corazón latiendo, susúrrame al menos una vez:

`¡Tranquilízate, estás en casa y a salvo!`.

¡Ya está! La he pronunciado y la he puesto por escrito: la plegaria de mi alma, el deseo de mi corazón. Pero mientras me acuesto para descansar, todavía está la misma pregunta sin respuesta. ¿Dónde esta el hogar del vagabundo Hermano Giordano? ¿Y dónde irá a parar al final de su último viaje?

2 de enero

Quiero asentar como un hito la fecha en la que fui sacado de la cárcel para enfrentar a los Inquisidores del Tribunal veneciano. Fue el 26 de mayo de 1592. Apenas unos meses antes, un nuevo Pontífice -Ippolito Aldobrandini, Clemente VIII- había sido elegido para ocupar el trono de Pedro. Era demasiado pronto para saber qué podía esperar -si es que podía esperar algo- de su clemencia y sabiduría. De momento, los venecianos me retenían, encerrado como un pájaro en una jaula. Esa cárcel de la Inquisición estaba sólo a unos pasos de las cámaras del jefe Inquisidor y de las de los Magistrados del Consejo dé los Diez. Para llegar a ellas, el prisionero tenía que pasar por el siniestro cuarto de los interrogatorios al que sería enviado si no lograba satisfacer a los Inquisidores.

La primera vez que fui llevado ante el Tribunal supe que estaba en un grave aprieto; enterrado hasta el cuello en arena movediza y viendo llegar a la caballería. El Presidente del Tribunal era el Patriarca de Venecia en persona, primado de todos los Obispos de la República, Su Excelencia el Muy Reverendo Lorenzo Prioli. A su lado estaba el Nuncio Papal, Ludovico Taverna, a quien había conocido en la casa de Mocenigo. Al Prior Gabrielli ya lo conocía como jefe Inquisidor. Tomasso Morosini, hijo de una antigua familia, representaba a la magistratura, y con él estaba un tal Luigi Foscarti, otro apellido histórico de Venecia. La asamblea se completaba con el Magistrado, un guardia y yo, zaparrastroso y maloliente por mis días de encierro. En esa humillación había, claro, un método.

Incluso en la mejor de las circunstancias, era difícil mantener la determinación y la dignidad ante todos esos nobles y el poder que representaban.

El Patriarca comenzó la reunión con una invocación al Espíritu Santo, rogando claridad y sabiduría en las deliberaciones. Por mi parte, tenía pocas esperanzas de que la plegaria fuera respondida. Allí había muchos intereses encontrados. El Magistrado me pidió que dijera mi nombre, edad, mi origen y mi lugar de nacimiento. Luego, el Prior Gabrielli, el Inquisidor, se dirigió a mí en términos formales.

–Filippo Giordano Bruno, Presbítero, Clérigo Regular de la Orden de los Predicadores, ha sido citado aquí para responder a ciertas denuncias que atañen a vuestras obras públicas, vuestras conferencias y las opiniones que habéis expresado en privado y en público.

Decidí que tenía que defenderme inmediatamente o perder cualquier pequeña ventaja que tuviera. Plantée una sencilla pregunta.

–Os pregunto, Prior, con gran respeto; de qué se me acusa.

–¿Acusar? – parecía verdaderamente asombrado-. Por ahora no se os acusa de nada. Estamos aquí sencillamente para investigar cargos hechos contra vos.

–¿Por quién?

–No podéis saberlo.

–¿Hay quienes amenazan mi vida y no puedo saber sus nombres?

¿Cómo podré recusarlos?

–Los hemos examinado, Señor, como os examinamos a vos.

–Pero yo estoy aquí, prisionero, mientras ellos continúan libres; aunque probéis que están mintiendo, sigo siendo víctima de ellos. ¿Es justo eso?

–Es el método de la ley.

–¿Tengo algún recurso contra esa ley tan agobiante?

–Ninguno, Señor. Somos servidores de la ley que existe hasta que una sabiduría ulterior la cambie. El Juez os leerá los cargos.

–Por favor, hay otra cuestión.

–Manifestadla.

–Mi celda es húmeda; mi comida, apenas suficiente para no morir de hambre. Me aquejan dolores reumáticos. Puesto que aún no soy un criminal, ¿podría ofrecérseme la cortesía de una silla?

Hubo un frío repentino en el cuarto. Fue como si hubiese proferido una obscenidad. Todos miraron hacia el Patriarca. Él hizo al guardia un gesto impaciente con la mano.

–¡Traedle una silla! No puede estar todo el día de pie como una cigüeña mientras razonamos su caso. Ahora podemos seguir con nuestro asunto.

Se me trajo una silla. Me senté. Era una victoria ínfima, pero eso me dio valor. El Magistrado recogió sus papeles y empezó a leer la acusación.

"En primer lugar, se acusa al nolano de tener opiniones contrarias a nuestra Santa Fe, de haber disertado contra la Fe y sus Ministros. Tiene opiniones erróneas sobre la Trinidad, la divinidad de Cristo y la Encarnación. Tiene opiniones erróneas sobre el mismo Cristo, la Santa Misa y la transustanciación. Sostiene que el universo es infinito y eterno. Cree en la transmigración de las almas, aun de los humanos a los animales. No cree en la Virginidad de Maria, la Madre de Jesús. Practica las artes de la adivinación y de la magia. Ha incurrido en los pecados de la carne. Ha vivido entre herejes y adoptado sus doctrinas y costumbres. Éstos son los encabezamientos generales del documento; los particulares son todavía más escandalosos. El nolano ha manifestado, por ejemplo, que los milagros de Cristo fueron trucos de hechicero; que los sacerdotes y los frailes son asnos que se venden a otros asnos; que la Iglesia corrompe el mensaje del Evangelio y que busca convertir por el miedo y no por amor; que el hombre debe usar su propia libertad para llegar a Dios."

Hizo una pausa para recuperar el aliento. No pude contener un comentario desdeñoso.

–Mis Señores; es un catálogo muy largo. – De los más viciosos errores -

dijo el Nuncio. – ¡Demasiados para un hombre, Excelencia!

Morosini, el Asesor de los Magistrados, ofreció su propio y seco comentario.

–A ese documento le falta sobriedad. Está claramente escrito con precipitación y con ira.

–Gracias, mi Señor -dije agradecido por su intervención-. Y puedo agregar que esa denuncia se contradice a sí misma. Primero proclama que soy un hereje que rechaza la suma y substancia de la fe, mientras que, al mismo tiempo, abogo por un amor apostólico, una necesidad de llegar a Dios en libertad.

¿Qué busca ese enemigo sin nombre? ¿Lanzar una moneda al aire y que ésta muestre la cara y la cruz a la vez?

El Patriarca se inclinó hacia adelante y me habló directamente.

–¿Tenemos que entender que negáis cada una y todas las manifestaciones que hay en estos cargos?

Era un señuelo tentador, pero no caí en la trampa. Necesitaba establecer una base más amplia para mi defensa. Le dije:

–¡No, Eminencia! Niego el sentido y la conclusión de la totalidad.

Denuncio mala intención en el informante, una tergiversación de mis palabras.

–¿Podéis explicaros, por favor?

–Mirad, Señor. Cuatro de nosotros somos clérigos, escolásticos entrenados en la argumentación y la disputa. Los otros son juristas, familiarizados con la lógica de la Ley. Sabéis cómo se nos enseña, con el método del pro y el contra. Un día convenimos debatir y decimos: "¡No hay Dios! ¡Refutadme!" Otro día declaramos lo contrario. Ése es el método, honorable y aprobado desde Aristóteles hasta santo Tomás. ¿Eso nos convierte en herejes? ¡Por supuesto que no! Pero cualquier tonto o pícaro, oyendo nuestra charla, podría sacarla de contexto y mandarnos a la hoguera por eso.

El Patriarca movió la cabeza afirmativamente y dio una orden al Magistrado:

Anotad que el acusado no niega las palabras que formalmente le fueron imputadas. Él niega la tacha de herejía y denuncia mala intención en el informante.

Nuevamente, Morosini agregó su propia nota de apoyo.

–Como asesor de la República, solicito un nuevo interrogatorio al mencionado informante.

–Se le hará -dijo el Prior Gabrielli, luego se volvió hacia mí-. No sin razón, Hermano Giordano, objetáis el testimonio anónimo. Entendemos la objeción aunque no podemos admitirla. Sometámonos, por lo tanto, a una evidencia más amplia: la crónica de vuestra vida y los libros que llevan vuestro nombre en la portada. ¿Estáis de acuerdo con eso?

–¡Con el mayor gusto, Prior! Pero con la condición de que pueda interpretarme a mí mismo y a mis propias palabras.

–¿Necesitarán interpretación? – dijo, hostil y con desprecio Taverna, el Nuncio.

–¡Siempre, Excelencia! ¡Siempre! Un sencillo ejemplo: estáis caminando por el río del Palazzo. Sentís un repentino llamado de la naturaleza. Levantáis vuestra túnica y exponéis – con vuestro perdón- una parte púbica. Y una doncella que pasa grita: "¡Indecencia, indecencia!"

Alegáis una simple necesidad: mear o reventar. ¡El acto sigue necesitando una explicación!

Todos se rieron; durante un breve instante creí tenerlos de mi lado. El momento pasó muy rápidamente y el interrogatorio recomenzó.

Si alguien que acaso difundiera estos recuerdos preguntara por qué yo, en mi presente situación, debo seguir repitiendo esos viejos dramas, que explique que todavía están tan vívidos en mi mente como el día en que tuvieron lugar. Ésa era mi primera batalla campal contra los Soberanos, Autoridades y Príncipes de la Iglesia y el estado secular.

Nunca antes y nunca después la carga fue tan clara, el enemigo tan directamente visible, la esperanza de victoria y de vindicación tan denodadas. Dado lo que yo ponía en juego, dadas las ventajas en mi contra, había un cierto desafío épico. Una vez, en París, en la escuela de esgrima, había visto al maestro Miguel.

Maravilloso enfrentarse con tres espadachines a la vez y desarmarlos a todos en dos minutos. Mi combate sería mucho más largo, pero durante ese día de hace tanto tiempo creí que podría ganarlo. El Prior me condujo resueltamente a través de su informe.

–… empecemos con el libro abierto de vuestra vida: ahora tenéis cuarenta y dos años. Os instruisteis en Nápoles. Estudiasteis Lógica,

Filosofía y Humanidades.

–Sí. Tuve buenos maestros también: Teofilo Vairano, Vincenzo. Los recuerdo con mucho cariño.

–A los diecisiete entrasteis como novicio en el priorato de santo Domingo. En estos registros se os describe así: un estudiante ávido, con una memoria prodigiosa, una lengua capciosa, una voluntad no fácilmente inclinada a la disciplina.

No pude resistirme a un chiste a mis propias expensas.

–¡Si se juzgara a nuestra juventud, Prior, la mayoría de nosotros terminaríamos en la horca!

El comentario despertó alguna risa y el Prior balbuceó con dificultad su recitado.

–Entonces, tomasteis los votos. Prometisteis solemnemente vivir en la pobreza, en la castidad y en el sometimiento obediente a la Regla de la Orden, ¿verdad?

–Lo hice.

–Fuisteis ordenado sacerdote.

–Sí.

–Y luego rompisteis vuestros votos. Abandonasteis el convento y el sacerdocio. ¿Sí o no?

–Sí.

Hizo una pausa para dejar que el Tribunal asimilara mis afirmaciones.

La próxima pregunta vino de Tomasso Morosini, Asesor de los Magistrados. Preguntó de la manera más moderada.

–¿Por qué lo hicisteis, Maestro Bruno?

–¿Por qué? Es historia antigua, mi Señor. Dejadme que trate de reconstruirla para vos. ¿Deduzco que nunca habéis sido monje?

–¡Nunca! Gracias a Dios tanto la Iglesia como yo nos hemos ahorrado la experiencia.

–Permitidme entonces que la describa. Un monasterio, mi Señor, es un pequeño mundo, encerrado detrás de muros de piedra. Hay unos pocos santos; ¡muy pocos! algunos que viven en una sencilla bondad. También hay otros que, dentro o fuera de la Iglesia, venderían a sus hermanas por un trozo de pastel. En ese pequeño mundo no hay mujeres, sólo hombres; éstos, a pesar de la abstinencia, las penitencias y las noches de rezos se vuelven sexualmente violentos contra los de su propia clase; entonces,

como toros encerrados en la misma pastura, expresan mutuamente su ira.

Primero se me acusó de una impiedad. Me negué a llevar en el cuello los medallones de los santos arracimados como las Uvas de Baco. Yo prefería los símbolos de nuestro Fundador, el Rosario y el Crucifijo.

–¿Pero más tarde también los abandonasteis?

–Por favor, Señor, dejadme terminar primero. En otra oportunidad -y fue entonces cuando la cuestión se puso seria para mí-, encontré a un monje hurgando en mis papeles, husmeándolos en busca de herejía como un cerdo en busca de trufas. En ese momento estaba leyendo y tomando notas sobre el mundo del maestro Erasmo de Rotterdam. Estaba prohibido leer sus libros, excepto con autorización. Escondí mis volúmenes en una letrina, donde más tarde fueron descubiertos. Apenas se me supuso culpable, el Superior General me procesó para ser llevado a juicio en Roma. Yo sabía qué significaba eso. Nosotros, los Predicadores, somos nuestros propios inquisidores. Carecía de respuesta entonces -como ahora- contra la mala fe y la conspiración. Así que huí de allí.

Luego del breve silencio que siguió a mi confesión, llegó la voz seca del Nuncio Taverna.

–¿No tiene la escritura algo que decir sobre eso?: "El culpable huye cuando nadie lo persigue".

La cólera me cegó y me volví contra él.

–¡No me juzguéis con frases y textos, Señor! ¡Si no es así, aquí no se administra verdadera justicia!

–¡Sois insolente, Maestro Bruno!

–¿Lo soy, Señor Nuncio? Sentaos aquí y sentid la hoja de la espada en vuestro cuello. Dejadme que os arroje mendrugos de las Escrituras. ¡Ya veréis si os gusta!

El Patriarca intervino con firmeza para sofocar la querella.

–¡Debemos controlarnos! Éste es un tribunal y no un reñidero de osos.

Tenéis que admitir, Maestro Bruno, que esa fuga vuestra reviste un tinte de culpabilidad.

–Lo sé, Eminencia. Nunca lo he negado.

–Si hubierais tenido el talento de enfrentar a vuestros acusadores y de confiar en la afectuosa benevolencia de nuestra Madre Iglesia, ahora podríais evitaros estar en peligro.

–Eminencia, a los veinticinco años, rebelde y con miedo, nuestra Madre Iglesia me parecía una giganta, indiferente respecto de su progenie, desatenta de todos sus miserias.

–¡Ella era y es vuestra madre!

–¡Y a mí, su hijo, sus pechos todavía me parecen secos; sus manos, mucho menos que amables! Por favor, Eminencia, ¿puedo ponerme de pie y estirar mis miembros doloridos?

–Sois libre de hacerlo. No somos carceleros, sino investigadores judiciales, que buscan una verdad común.

Estaba incorporándome cuando Taverna desplegó su trampa.

–Hermano Bruno, ¡ésta sería una verdad! Fuisteis a Zurich y os convertisteis en calvinista: en un renegado, en un cazador de deseos falsos y extranjeros.

–¡No, Señor! – ahora, al menos, estaba de pie y lo enfrentaba-. era un alma atormentada, que trataba de encontrar un sombrero con que cubrirse el cráneo a punto de estallar.

–¿Y lo hallasteis?

–¡No! Este incansable diablillo que me persigue me impidió tal descanso. Discutí con esos suizos carentes de humor y pasé un tiempo en la cárcel.

Taverna había demostrado lo que quería. Como todo buen duelista, presionaba mucho para mantener la ventaja. – Parecería, Hermano, que no sois ni una cosa ni la otra. Entre los herejes, sois ortodoxo. ¡Con los fieles, eres menos creyente que Julia la Apóstata!

Él estaba esperando mi respuesta. Yo sabía que no tendría ningún beneficio siguiendo esa línea argumental. Probé con otra. Le pregunté:

–Excelencia, ¿tuvisteis alguna vez un hijo?

–¡Cómo os atrevéis a imputar!

–Nada imputo, Excelencia. En nuestra época, es un hecho de la vida que algunos clérigos, aun muy mayores, tengan descendientes a quienes reconocen de varias formas y a quienes mantienen fuera de sus prebendas.

Acepto sin cuestionaros que no tenéis ningún hijo. Tampoco yo lo tengo.

Pero si lo tuviéramos, ¿acaso no lo observaríamos buscar a tientas su camino desde la infancia a la edad adulta, poniéndose a sí mismo a prueba contra este extraño mundo nuevo? ¿Acaso él no nos inspiraría piedad y no le extenderíamos una mano paterna para sacarlo de la oscuridad y

acompañarlo a la luz?

–Si lo amáramos, haríamos lo posible. Pero, cuando llegara a la adultez,

¿lo mantendríamos a salvo de todas sus locuras?

–Uso vuestras propias palabras, Excelencia: si lo amáramos, haríamos lo posible. Por lo tanto, os someto esas palabras a vos y a todos estos caballeros. La Iglesia es nuestra madre común. ¿Cómo me veis, Señores?

¿Como a un hijo, a un hermano o a un enemigo?

Él volvió a arremeter, rápido como una serpiente.

–No sabemos. ¡Ése es nuestro problema! Un hereje puede no tener lugar en Cristo o en la asamblea de sus santos. Ved, en todos vuestros vagabundeos por Inglaterra, Alemania y Francia, observamos una curiosa circunstancia. Vuestros amigos son en su mayoría de la casta de los rebeldes: luteranos, hugonotes, calvinistas, husitas, waldesianos. Todas vuestras conferencias y discusiones -tal como se nos ha denunciado-parecen rechazar las líneas clásicas de la argumentación cristiana. ¡No debéis culparnos si a veces olemos al lobo debajo de la piel de oveja!

El Patriarca levantó una mano apaciguadora.

–A pesar de ello, deseamos trataros con caridad.

–¿Todos vosotros? ¿Vos, Prior? ¿Vos, Messer Morosini? ¿Vos, Excelencia?

Morosini respondió con fría ironía:

–Hermano Bruno, no apostéis vuestra vida a nuestro cristianismo.

¡Convencednos!

–En el nombre de Dios, ¿cómo?

–Sed paciente.

El Prior ahora se había acercado a mí con unas notas en la mano.

–Contestad a las preguntas como se os plantean. Tened la certeza de que, al final, llegaremos a un terreno común de verdad. Ahora, sentaos y continuemos.

Su nueva forma afable lo hacía más peligroso que antes. Su primera pregunta fue engañosamente sencilla.

–Entonces, Hermano Giordano, estamos de acuerdo en que vuestros libros sois vos. ¿No hay controversia?

–No hay controversia, excepto que… Taverna dio un fuerte golpe en la mesa.

–¡Siempre hay excepciones! ¡Nunca una respuesta directa! Morosini sonrió y se encogió de hombros:

–El hombre es filósofo. Necesita que los términos se definan.

–Definámoslos entonces -dijo Gabrielli, que estaba demasiado tranquilo para sentirme cómodo-. Antes de que prosigamos, ¿qué necesitáis saber, Hermano?

–Prior, ¿sois dominico como yo?

–Sí.

–¿Aprendimos la misma teología?

–Sí.

–Nuestros maestros nos dijeron que está permitida la libre especulación sobre cualquier asunto, excepto sobre la sustancia de la fe. ¿Estáis de acuerdo?

–Lo estoy.

–Por lo tanto, cuando en mis libros razono sobre la naturaleza y el orden natural, tenga razón o me equivoque, estoy más allá de la proscripción.

–Sí. Pero si dais un paso más allá de la naturaleza y entráis al dominio de la fe, caéis bajo la ley.

–¿La ley de quién, Prior? Antes de que consienta piadosamente en suicidarme siguiendo vuestro códice, ¿podríamos, por favor, examinarlo juntos?

–¡Dios mío! – gritó Taverna, de pie, ahora reprochando vigorosamente al patriarca-. ¡Este hombre es un embustero; teje una red de sofisterías leguleyas sólo para distraernos!

–¿Lo soy, Señor Nuncio? – me forcé con mucho dolor a estar de pie, como para poder confrontarlo mirándolo a los ojos-. ¡Dejadme que os muestre qué soy! Un hombre que no tiene un simple abogado o un amigo en el tribunal. Estoy mal dormido por culpa de las ratas y la humedad que hay en mi celda. No he preparado mi causa. Vosotros, sólo vosotros, habéis visto los documentos. Por otra parte, en mi celda no tengo una vela para poder leer. Os enfrento: cinco jueces, un clérigo y un guardia armado. ¿Qué hay detrás de vosotros? La majestuosidad de Venecia y su Imperio, el poder de Roma y de todos los príncipes que lo apoyan, todo el ejército de la ortodoxia. Os ruego, entonces, que me deis al menos el tiempo para argumentar por mi vida. ¡O terminad con esta infame comedia y quemadme ahora!

En la sala se produjo un largo silencio. Ninguno estaba preparado para responder al el desafío que les había arrojado. Finalmente, el Patriarca se levantó y expuso su decisión.

–La opinión del Hermano Bruno ha sido bien expresada. Recomiendo encarecidamente a mis colegas que se abstengan de acosar al acusado y que respeten su derecho a defenderse. Por favor, Prior, proceded.

Gabrielli se remitió a sus notas y luego se dirigió a mí.

–Habéis pedido una declaración de la ley. Así la expresamos: Nuestro Salvador, Jesús Cristo, descendió a la tierra, como Dios encarnado, y nos ofreció la revelación de la verdad eterna. Dejó a Pedro y a sus sucesores las llaves del Cielo, autoridad para predicar, interpretar y revelar el código moral implícito en la verdad. Ése es el derecho de Pedro, mantenido por el Pontífice reinante. El resto de nosotros, obispos y sacerdotes, podemos servirnos de ese derecho sólo por delegación legal. ¿Estáis respondido, Hermano?

–¡No, Prior! Vuestra respuesta evade toda la cuestión de la continuidad apostólica y el poder papal. Ésa es la roca con la cual la Europa cristiana ha naufragado. Hemos tenido un concilio: Trento. Sus decretos cortaron a Europa como si fuera un queso. Desde entonces, hemos sido católicos a la fuerza y no creyentes. En su corazón, Europa es cristiana. ¿Cuánto tiempo puede durar esa peligrosa división? La respuesta está en una pregunta todavía más sutil, Prior: ¿cuáles son los limites del poder? Ponedlo en términos filosóficos: ¿hasta qué punto lo absoluto es absoluto?, ¿hay un máximo y un mínimo? ¿Quién dice con certeza qué cosa es cuestión de fe y qué de especulación?

Debo concederle al hombre su debido respeto. Le plantée un dilema y no se amilanó. Mantuvo la calma y me dio una respuesta cuidadosamente medida.

–Los limites son definidos, de vez en cuando, por documentos papales, los concilios y la palabra común de la Iglesia.

–¡Pero los limites cambian, Prior! Así que lo que ahora podría hacerme quemar, mañana podría convertirme en santo o en doctor de la Iglesia. ¡Ése es mi problema! En Su última cena con Sus discípulos, Cristo bendijo el pan y el vino y los compartió. Dijo: "Toma, come. Éste es mi cuerpo. Ésta es mi sangre". Fue un acto de misterio. Él no lo explicó. En la familia cristiana, ese acto se repite y comparte con alegría y esperanza. Nosotros le

hemos puesto un nombre, como la etiqueta de un boticario:

¡transubstanciación! Cristo nunca usó esa palabra ni oyó hablar de ella.

¡Pablo se habría atragantado con ella! Se me acusa -anónimamente- de prácticas mágicas. ¿Qué tipo de magia tenemos aquí? ¿Magia natural?

¿Magia matemática? ¿Necromancia? ¡Ayudadme, Prior! Ayudad a la administración de justicia en este lugar.

–No puedo, Hermano, porque la cuestión carece de relevancia. Habéis pedido una declaración de la ley. La tenéis. No llevaré esta discusión al absurdo.

Era inteligente y experimentado. Ahora se había librado del dilema. Lo había esquivado y ya estaba en otro campo. No tenía otra alternativa que seguirlo. Recogió dos volúmenes de la mesa y me los mostró; también al tribunal.

–Éstos son dos de vuestros títulos: De los mundos infinitos y Causa, principio y unidad. ¿Vos los escribisteis?

–¡Sí, yo los escribí!

–Qué curioso: las inscripciones de las guardas del libro dicen "Impreso en Venecia". De hecho, ¿no fueron impresos en Inglaterra?

–Si -traté de no demostrar lo sorprendido que estaba. Habían cavado más profundo de lo que pensaba.

–¿Así que vos y vuestro editor os habéis puesto de acuerdo para mentir?

–Si lo presentáis de esa forma, sí.

–¿De qué otra forma podría haberlo presentado?

–Quizá podríais notar, con cierta tolerancia, que se trataba de una estratagema comercial, bastante común y aconsejada por mis editores.

–¿Para mayores beneficios?

–Obviamente.

–¿No os convierte eso en un hombre venal?

–Denota pobreza, Prior. La condición de académico no es el camino a la riqueza.

–¡También demuestra que el hombre es un mentiroso! – dijo Taverna.

–Una falsedad insignificante -dijo Morosini, moderando el cargo-.

Ninguno de nosotros, creo, querría que este hombre fuera colgado por eso.

–¡Claro que no! – dijo Taverna sin presionar- Sin embargo, debería volvernos cautos sobre su credibilidad.

Era claro que esa desgraciada y pequeña revelación me había hecho perder mucho terreno. Me pregunté a qué otro sitio me conducirían los inquisidores. El prior tomó el volumen De los mundos infinitos.

–En esta obra, afirmáis que el universo se extiende más allá de nuestra vista hasta el infinito. Nuestro mundo es sólo uno de muchos. ¿Lo interpreté bien?

–Sí, así es.

–¿No estamos entonces a un paso de la herejía? ¿No es la infinitud un atributo de Dios y sólo de Él?

Aquí no hay contradicción. Notaréis que digo que el creador infinito es coextensivo a su infinita creación.

–¡Decís más! – volvió las hojas hasta un pasaje marcado-. Decís: "Lo que llamamos creador es el espíritu que a todos nos animó'. Ya estáis fuera de la naturaleza y en la fe. Estáis en conflicto.

–No es eso lo que quería decir.

–Pero así lo escribisteis. Habéis dicho que sois vuestros libros.

Había perdido otro punto de apoyo. Necesitaba reunir mi ingenio y reagrupar mis argumentos, pero el Inquisidor no me dio tregua. Me alcanzó el libro y me ordenó:

–Por favor, leed el pasaje que he marcado. Normalmente soy un lector que lee con fluidez, incluso con elocuencia. En esa oportunidad, la boca se me secó y fui torpe. Incluso para mí, su autor, el texto me sonó tan hueco como una calabaza.

"Al ser el alma, el ánima, la propulsora de la energía eterna, después de la muerte del cuerpo continúa animando a otro cuerpo, sea éste humano o animal."

Cerré el libro y se lo devolví al Prior. Él lo apoyó deliberadamente en la mesa; luego se concentró en silencio mientras los otros, también callados, esperaban su resumen.

–Hermano Bruno, en este libro suyo tenemos dos declaraciones; ambas son, literalmente, heréticas. La Iglesia siempre enseñó que Dios, un ser eterno e infinito, es infinitamente más grande que su propia creación, de la cual, mientras la sustenta, se mantiene separado. Además, la Iglesia siempre enseñó que las almas humanas no migran a otros cuerpos. Por consiguiente, parecería que, al menos dos de los cargos que se os formulan, están bien fundados.

Ése fue el momento que Taverna había estado esperando: una imputación formal de herejía sacada de mis propias obras. Se reclinó en su silla, sardónico y displicente, como si toda la causa en mi contra ya hubiera terminado.

–Mientras vemos la caída del Hermano Bruno, creo, caballeros, que descubriremos que la denuncia hecha en su contra es un documento sincero, escrito por un hombre honesto, tan pasmado como nosotros por las opiniones de este supuesto filósofo.

¿Qué decís, Hermano? ¡Es mejor que confeséis ahora antes de agotar la paciencia y la credibilidad de este tribunal!

Ahora, estaba arrinconado contra la pared. Necesitaba todo mi ingenio y fuerza para lanzar una estocada a mi adversario.

–¡No confesaré, Señor Nuncio! Me mantengo en mi primera declaración: libertad para especular, sostener y expresar opiniones sobre cualquier tema del orden natural. Declaro además que todo lo que he escrito o dicho se ajusta en substancia a la Fe. Dadme papel, plumas y tinta, dadme mis libros, una copia del documento en mi contra, tiempo y algo de luz en mi celda y os probaré mi ortodoxia, punto por punto. Puede que haya errores, pero son de expresión, no de intención. Con todo gusto me retractaré de ellos y los sacaré de futuras ediciones.

–Ahora tenemos una concesión de serpiente -dijo Taverna implacable-Nos dice: "Tengo toda la razón, pero si me equivoco, cambio de la noche a la mañana". Este sujeto nos tendrá aquí durante doce meses con sus juegos malabares. ¡Dadle suficiente papel, y con lo que escriba nos llevará a la tumba!

–Tiene el derecho de contestar, ¿o no? – por primera vez, hablaba Foscari, el Inquisidor, quien había estado sentado en silencio durante todo el proceso hasta ese punto. Parecía viejo y enfermo, y su voz era débil; pero a mí me sonó como el Arcángel Gabriel anunciándome la posibilidad de salvación-. Tenemos el deber de oír sus respuestas y él tiene la obligación de retractarse cuando se convenza del error. Él ofrece eso. ¿Por qué no aceptar?

–Porque no confío en él. Altera lo que dice y cambia como una veleta.

¡Es un mentiroso, lo confesó!

A pesar de ello -Foscari era un hombre porfiado-, tenemos una misión clara: el estudio sobrio, el veredicto desapasionado, una sentencia que se

ajuste a los delitos probados.

A lo cual el Patriarca agregó una nota de gracia salvadora: -También debemos tener un interés misericordioso por el alma inmortal de éste, nuestro atribulado hermano. Propongo que suspendamos esta sesión para un momento que a todos nos convenga. Hemos acordado tomar nuevo testimonio a nuestro informante. Que así se haga. El Magistrado volverá a convocarnos. El guardia puede trasladar al prisionero. Mi agradecimiento a todos vosotros, caballeros.

Mientras me conducía de vuelta a mi celda, el guarda, un honesto paisano de las marismas cercanas a Roverna, me dijo alegremente:

–¡Te has salvado por un pelo, hermanito! Por la manera en que iban las cosas, pensé que te iban a poner en el potro de tormento antes del anochecer. ¡Ese tipo, el Nuncio, es detestable! ¡La próxima vez ten cuidado con él!

Mirándolo retrospectivamente a través del abismo de los años, veo a Taverna no tanto como un enemigo, sino como el prototipo de todo lo que me había parecido repugnante en la vida conventual y en la Iglesia misma.

Como obispo, él había sido investido con el oficio pastoral para el cuidado de las almas. En sus manos, sin embargo, el báculo pastoral se había convertido en una espada. El pastor se había transformado en una agente del cuerpo político, desdeñoso de la gente de la cual había sido separado hacía mucho tiempo.

Le había planteado una pregunta clara. ¿Qué era yo para él: un hijo, un hermano o un enemigo? Había declinado responder, inventando, en lugar de ello, otra categoría: el hereje, que no tiene lugar en Cristo o en Su familia.

Políticamente, la definición servía muy bien. No había esperanza de cura.

El miembro enfermo debía ser extirpado quirúrgicamente. Todo argumento sobre el tratamiento era fútil, incluso peligroso. La enfermedad podría extenderse y destruir todo el cuerpo.

Cada jurado de inquisidores al que me enfrenté durante los siete años siguientes había incluido al menos una, y a veces más, réplicas de Taverna: pragmáticos, perentorios, inmisericordes y profundamente excedidos de sí mismos. Querían abrir sus brazos a la Magdalena arrepentida, sus corazones a los hijos pródigos que volvían, pero eran inflexibles con el que preguntaba confundido, con el peregrino en el camino oscuro, que clamaba por la luz.