La última confesión
26 de diciembre
Cuando llega la oscuridad, enciendo una de mis preciosas velas, extiendo mi papel y trato de escribir para quitar las pesadillas de mi cerebro. Aunque trato, no lo consigo. Timor mortis conturbat me. El miedo a la muerte me aterroriza; sin embargo, no es tanto el miedo a la muerte, es la terrible bufonada que la acompaña. Antes de morir me convertirán en un payaso.
Finalmente, el cansancio hace lo que el pensamiento no puede. Me siento aquí, observando cómo flamea la llama de la vela sobre el papel en blanco, mientras froto la pluma en mis labios.
La idea de desnudar a un hombre como se pela una naranja me recuerda que todavía conservo una. Estoy tentado a comerla. En vez de hacerlo, la sostengo en mis manos como un globo dorado; por una extraña inversión de la razón, entiendo que es por eso que quieren matarme.
La naranja es su modelo del universo, una esfera, completa, cerrada, que necesita un primer motor para ponerla a rodar así como la hago rodar sobre la mesa con el dedo. Lo que veo es diferente: un cosmos expandiéndose a infinidad de tierras, soles, galaxias y estrellas más allá de nuestra concepción. El Dios que hizo eso no es un malabarista de naranjas celestiales, que nos deslumbra con esferas en órbita. Está en todas las cosas, con todas las cosas, en nosotros y alrededor de nosotros, por lo que en él realmente vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. ¿Por qué llaman a esto herejía? ¿Por qué se empeñan en quemarme por esto?
Esa pregunta, como la naranja, queda para otro día. Antes de apagar la llama de la vela, inclino la cabeza y rezo: "¡Oh Dios, si es que hay Dios, otórgame por esta única noche un sueño sin pesadillas!".
26 de diciembre
Fiesta de San Esteban, mártir
Mi ruego por una noche sin sueños fue otorgado. Dormí hasta que fui despertado por el guardia que me trajo mi colación matinal y que caminó conmigo mientras yo vaciaba mi cubo en el agujero de la alcantarilla.
Encontré cierta ironía en el hecho de que se quejara de ser presa de la resaca que yo podría haber tenido. Había otra pequeña ventaja: no volvería a molestarme hasta la próxima comida. Podría escribir en paz. Podría mirar hacia atrás, hacia mis días de libertad, y no hacia adelante, hacia mi muy corto futuro.
El viaje de Nápoles a Roma en febrero de 1576 me llevó cinco días.
Viajé por la ruta histórica: Capua, Gaeta, Terracina, Velletri. Llegado a Roma, me arriesgué mucho pidiendo alojamiento en el convento de mi Orden, en Santa Maria sopra Minerva. Tenía que saber si las noticias de mi huida de Nápoles ya habían llegado a la ciudad. Era claro que no, pero podrían llegar en cualquier momento. Inventé una historia sobre un encargo especial para el Prior en Nápoles para preparar un estudio sobre el arte de la memoria.
Sin embargo, era un cuento demasiado frágil para que se sostuviera mucho tiempo. Para empeorar las cosas, uno de los hermanos, involucrado en una refriega, mató a un hombre y arrojó el cuerpo al Tíber. Yo no tenía nada que ver con el incidente; pero era un recién llegado a la ciudad y, por lo tanto, un blanco natural de sospechas. Ahora los riesgos eran demasiado grandes. Volví a desplazarme, esta vez despojándome de mi hábito, adoptando la sobria vestimenta de un letrado y llevando espada y daga para protegerme contra los rufianes en el camino.
Tenía que empezar a vivir de mis propios recursos, que en ese momento consistían en una muy pequeña reserva de dinero, un cúmulo de enseñanzas religiosas y mis propios talentos, que todavía no habían sido probados en ningún mercado. Primero fui a Noli, un oscuro y pequeño puerto en el territorio de Génova, la ciudad que el gran Andrea Doria había construido como una república marítima de mercaderes, banqueros y navegantes quienes, siguiendo a Cristóbal Colón, abrieron las rutas marítimas y se convirtieron en comerciantes con el Nuevo Mundo. Allí era España la que mandaba y no Roma. Había riqueza en abundancia, pero poco mecenazgo para un oscuro letrado como yo; Me gané la vida enseñando astronomía a algunos caballeros y gramática a los mocosos. Pronto, reanudé la marcha, volviéndome a encaminar hacia el este: Savona, Turín y, a través del valle del Po, a Venecia.
Allí conocí a algunos frailes dominicos que me persuadieron de que, ya que todavía no había sido excomulgado, estaría más a salvo volviendo a vestir el hábito. Esto implicaba todavía otra estratagema. Le dije al Prior Provincial, Remigio Nannisi Fiorentino, que quería escribir y publicar un libro que se llamaría Las orientaciones de la época. El Prior Provincial me alentó y me pagó un estipendio para que trabajara en él. Era un hombre
humanitario, un erudito iluminado, que se sintió feliz de tomarme al pie de la letra: hasta que vio mi otra cara.
Nuevamente, mi temperamento meridional fue mi perdición. La gente se molestó por mis preguntas incansables y mi constante debate. Me recordaron que estaba en una ciudad en la cual las denuncias secretas eran comunes: alguien deslizaba una nota en la Boca del León y, antes de que pasara mucho tiempo, los guardias lo apresaban a uno por dudar y se podía terminar colgando de los talones en la Piazzetta. El Prior Remigio era un hombre sabio. Puso el dinero en mi bolsa y me dijo que necesitaba viajar más para observar más orientaciones de la época. Así que, una vez más, me puse en marcha; esta vez hacia el oeste, a Padua, Brescia, Bérgamo y, cruzando el paso de Monte Cenis, a Chambery en Francia.
Cuando vuelvo a mirar al hombre que era en esos primeros años fugitivos, no me siento muy orgulloso de él. Era una criatura cambiante, por momentos exaltado, por momentos deprimido, girando como un trompo, mirando hacia atrás, hacia adelante y alrededor, todo al mismo tiempo. Era un monje, un sacerdote, un letrado y en ocasiones también un tonto. Vestía el hábito del monje como un disfraz para un baile de máscaras. Era un sacerdote sin congregación, un erudito sin mecenas enfrentado con el más poderoso y rico de todos los mecenas, la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Era un oportunista, carente de vergüenza en sus estratagemas para sobrevivir, un fanfarrón sin nada de qué jactarse porque no había hecho nada.
Sin embargo, había otro Bruno al que todavía puedo recordar con afecto, con respeto y con tolerancia por sus más egregias locuras. Éste todavía era un muchacho con una cabeza llena de sueños que empujaban y gritaban por salir. Todas las voces de la época, viejas y nuevas, resonaban dentro de su cráneo, aunque no podía ponerles palabras, y aun cuando encontraba las palabras, éstas eran inadecuadas. Tenía un anhelo de amistad, y sin embargo era torpe y quisquilloso en su práctica. Agotaba las amistades muy rápido sin entender muy bien por qué. Había una inocencia especial en su convicción de que la verdad, como la piedra filosofal, tenía una virtud propia que transmutaría la escoria en oro y pondría fin a toda discusión. Amaba a las mujeres y las mujeres se sentían atraídas por él, hasta que descubrían que estaba tan enamorado del conocimiento como de ellas; que, incluso después de los éxtasis del lecho, todavía seguiría
buscando el brillo de estrellas en cielos distantes. Lo consideraban inconstante: aunque su necesidad no manifiesta era ser parte de una familia.
No obstante, tenía una gran necesidad de libertad que todavía no había empezado a experimentar, una libertad de espíritu para imaginar incluso imposibles, para ser un fabulista del más fabuloso de los misterios: la creación misma.
Después de la prolongada oscuridad de la Edad Media, frente a todas las sangrientas confusiones de nuestro propio tiempo, todos nosotros buscábamos en el pasado una edad de oro del arte, las letras, la ley y la conducta humana. Sabíamos que habían existido por los fragmentos que nos llegaban, muchos de los cuales estaban siendo restaurados para nosotros por eruditos griegos, árabes y judíos, bajo el mecenazgo de príncipes ilustrados como Cosimo di Medici. Creíamos que la restauración podía consumarse con una especie de renacimiento mágico. La Iglesia incluso, fracturada y fragmentada por disputas doctrinarias y dinásticas, podía ser restaurada volviendo a sus orígenes: la buena nueva predicada por Jesús a orillas del lago de Galilea.
Después de la dialéctica estéril de mi aprendizaje monástico en Nápoles, estaba abierto a este sueño esperanzado. Leía con avidez todo lo que podía encontrar: los escritos de Lactancio sobre la obra del antiguo sabio Hermes Trimegisto, los textos de éste, el Corpus Hermeticum y el Asclepius, traducidos por Ficino a expresas órdenes de Cosimo di Medici. Consideraba esta tarea más importante que la traducción que Ficino había hecho de Platón.
Para muchos eruditos de nuestro tiempo -y todavía estamos en nuestro tiempo, ¡aunque pronto yo estaré fuera de él!-, esos escritos contenían la clave de todo el conocimiento, la teología prístina, la fuente primaria de la antigua sabiduría, una magia histórica que podría cambiar el mundo, como lo había cambiado para los antiguos.
Por lo tanto, para establecer mi sistema de memoria y mis visiones de una nueva era, no debería usar meramente las convenciones literarias de diálogos y disputas entre antiguos dioses, sino el vocabulario de la astrología, la adivinación y los conocimientos ocultos. En mi opinión, no había nada presuntuoso o herético en esto. San Agustín y Lactancio coincidían en que Hermes había descubierto muchas verdades y habían afirmado la excelencia y la majestad del Logos, la palabra divina.
La Iglesia -especialmente la Iglesia Romana- tiene su propio lenguaje y sus propias fórmulas mágicas. El sacerdote dice "Éste es mi cuerpo" y el pan se transforma en la carne de Cristo por un proceso místico de transustanciación. El sacerdote dice "Te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". El alma, inmediatamente -
sea ésta lo que sea- se limpia de toda inequidad, con tal que el penitente -a veces hay una condición; a veces, no- se disponga a arrepentirse y cambie.
Por otro lado, el bautismo es magia pura: un niño recién nacido, un heredero del pecado de Adán y Eva, es transmutado en un hijo de Cristo, heredero del Reino de los Cielos.
Así que, cuando usé el lenguaje hermético, pensé que estaba sobre tierra firme, apoyado por buenas autoridades, al menos suficientes como para dar crédito a mis argumentos. Todavía lo pienso; pero desde hace ya más de siete años, me he visto envuelto en un diálogo de sordos con los Inquisidores (que es casi tan útil como golpear mi cabeza contra los bastiones de la propia fortaleza del Papa: Castel Angelo).
Los Inquisidores sostienen los cargos de herejía: yo los niego. Escribo descargos que nadie lee. Envío peticiones al Papa. Él tampoco las lee. No espero que él o ellos me crean. Sólo digo que tengo el derecho de caminar por mi propia senda en busca de la verdad. Ellos no querrán. Debo creer lo que me dicen que crea. Debo confesarlo en los términos que dictan. Si me niego, me matarán.
Es la fiesta de San Esteban, el primer mártir de la cristiandad, lapidado por herejía por los ortodoxos de su tiempo, cuando Saúl de Tarso, el ferviente perseguidor, llevaba el manto de los ejecutores. Más adelante, Saúl se convirtió por un milagro en el camino de Damasco. Me pregunto si algún milagro cambiará la opinión de los Inquisidores y de Su Santidad el Papa.
No puedo pensar más adelante que esto, así que vuelvo a mi primer viaje a Francia: por los Alpes hasta Chambery en Saboya.
Recuerdo Chambery como un pequeño pueblo industrioso y bello, donde fui recibido con cortesía. Sin embargo, allí no había trabajo para mí; así que, una vez más, fui forzado a buscar la hospitalidad de la comunidad local de mi Orden. Eso implicó otro cambio de vestimenta y otra serie de ficciones para explicar mi presencia. No me siento orgulloso de esos episodios; alego sólo que fueron una estratagema de supervivencia.
Pronto reanudé la marcha, esta vez hacia Ginebra, donde un caballero napolitano, el Márchese de Vico, era conocido por ofrecer hospitalidad y apoyo a los italianos que adherían a la fe protestante de los calvinistas.
De Vico me recibió con afecto. Me dio nuevas ropas, apropiadas para un erudito, y me explicó que podría vivir en Ginebra en paz y a salvo, con tal de que mostrara un respeto decente por la religión y las leyes de la ciudad. Me explicó el sistema ginebrino de gobierno por consejos y la estrecha cooperación de éstos con la Asamblea instituida por Juan Calvino.
Confieso haber escuchado con menos atención de la que la situación requería. Como buen napolitano, había nacido en la convicción de que la mayoría de las cosas podían "arreglarse".
Vico, por ejemplo, me dijo que no era necesario convertirme en miembro formal de la comunidad calvinista, aunque podía asistir a los servicios e incluso recibir el Sacramento. Siguiendo su consejo, firmé en el Libro del Rector en la Universidad, asistí a conferencias y participé en los debates. Uno de los profesores era un tal Antoine de la Faye, un filósofo, un erudito en la Biblia y, más importante, un amigo del Rector. Lo que oí en sus sesiones me impresionó muy poco. Noté más de veinte errores en una sola conferencia. Hice que fueran publicados por un impresor local.
Inmediatamente, tanto el impresor como yo fuimos arrestados por publicar el libelo. El impresor me culpó y recibió una multa leve. Yo insistí en defender mis razones y mis argumentos. Fui encarcelado. Nuevamente, había interpretado mal los indicios de la época y la tolerancia de los religiosos.
Apelé al Consistorio. Me disculpé por mi ataque intemperante contra el sabio. Se me concedió clemencia. Fui liberado, pero, muy formalmente, me sugirieron que estaría más contento y a salvo en otra parte. Dado que sólo habían pasado veintitrés años desde que habían quemado por herejía a Miguel Servetus, estuve de acuerdo.
Abandoné Ginebra a toda prisa y me dirigí hacia el oeste, a Toulouse.
No sabía -¿cómo. podría saberlo?– que, veinte años más tarde, los Inquisidores venecianos y romanos usarían en mi contra los sucesos de Ginebra.
Ahora, demasiado tarde, estoy convencido de que es una locura entrar en polémicas con cualquier Estado o religión establecida. Las ideas nuevas son una amenaza para la estabilidad. Por consiguiente, deben ser
suprimidas. El error no tiene derecho a existir. Aquellos que lo propaguen deben ser destruidos. Ningún argumento en el mundo puede triunfar sobre el ejercicio del simple poder.
Entonces, ¿por qué sigo intentándolo? ¿Qué espero en mi celda de esta labor solitaria y subrepticia? La pregunta me fue planteada muchas veces por diferentes personas. Todos me preguntaron: ¿para qué lucha? ¿Por qué no darles lo que quieren: retractación, sumisión, una muestra de sabia obediencia? Es una formalidad que ellos necesitan. ¡Déselas! ¡Después puede volver en paz al jardín de su monasterio y seguir creyendo en lo que quiera!
Pero entonces tengo mis propias preguntas. ¿Qué quedará de mí para vivir en el jardín de mi convento? ¿A quién veré cuando me mire en el espejo? ¿A un querubín con una sonrisa imbécil y la cabeza vacía, sin cerebro? ¿Cómo podré soportarlo? ¿Cómo podré perdonarme por las mentiras que tendría que decir para alcanzar ese estado de felicidad?
¡Oh, ya conté mentiras! Escondí incómodas verdades durante todos estos años. Por ejemplo, las obras del Maestro Erasmo en la letrina de Santo Domingo. Puedo vivir con esas faltas, incluso espero se me perdonen, porque las reconozco por lo que son: los trucos de un zorro molesto para hacer que los sabuesos confundan su rastro.
Pero hay tiempos más felices que recordar. Mi estadía en Toulouse, la antigua capital del Languedoc, es uno de ellos. Después de la masacre del día de San Bartolomé en París, hubo ataques en todo el reino a las comunidades protestantes. Sin embargo, hacia el tiempo en que llegué a Toulouse, la ciudad estaba relativamente en calma. Me alojé en la casa de Berthe Maupin, viuda de un abogado, una mujer acomodada y agraciada a quien había sido recomendado por un caballero con quien había viajado desde Lyon. Ese mismo caballero me dio buenas noticias: los profesores de la universidad eran elegidos por los estudiantes y no se les pedía ninguna profesión de fe o participación en los Sacramentos.
Tal como lo había hecho en otros lugares, empecé por reunir un pequeño grupo de estudiantes con los que trabajé en forma privada. Luego, a medida que crecía mi reputación -y creció muy rápido-, pedí ser examinado para obtener un Doctorado en Teología. Una vez que se me confirió, me presenté para una cátedra, a la que fui electo inmediatamente.
Ese nombramiento todavía me enorgullece. Lo obtuve por mis méritos, sin padrinazgos. Gané, creo, lo que valía. Di dos cursos: uno sobre De Anima, de Aristóteles, y el otro sobre el Arte de la Memoria. Con cada uno de ellos hice un libro, que me permitió ganar algún dinero extra y que, por cierto, ampliaron mi reputación como filósofo.
En Toulouse no me hice de enemigos que pueda recordar. Mis conferencias atrajeron a muchos estudiantes. Mis charlas sobre la memoria los asombraron. Entre mis pares, me hice de un pequeño grupo de amigos, algunos de los cuales, más tarde en París, me fueron útiles. La viuda Maupin me tenía afecto y, quiero pensarlo, yo también sentía afecto por ella. Tenía una cómoda herencia de su marido, y no necesitaba ni esperaba riquezas de un académico sin pertenencias. Yo era más joven y concupiscente que el hombre a quien ella había perdido. Me alimentaba bien, mantenía limpia mi ropa de cama y zurcía mis medias. En la cama nos entendíamos bien. Mientras yo trabajaba en mis charlas y en mis libros, vivíamos silenciosa y discretamente. Cuando recuerdo lo regular y, de hecho, lo casi conventual que era nuestra existencia doméstica, sonrío.
Me pregunto también cómo habría sido mi vida si me hubiera dedicado a hacer carrera en esa universidad de provincia. El casamiento, claro, habría sido un problema. Berthe era católica y yo, un sacerdote renegado que seguía siendo un monje bajo solemnes votos de los cuales sólo el Papa habría podido dispensarme. Por eso, a fin de cuentas, el estado que mejor nos hubiera convenido a ambos era el de un concubinato discreto.
Podríamos haber seguido así muchos años. Berthe estaba dispuesta. Yo era el tipo con el diablillo de la ambición siempre susurrándome en el oído, urgiéndome ad altiora, a cosas más altas y grandiosas.
Para ascender todavía más, necesitaba un empujón que el Canciller y la Facultad de Toulouse no podían darme. Primero tenía que ir a París. Para establecerme allí, necesitaba presentarme como un filósofo original y desafiante.
Así que, como parte de mi preparación, ideé una serie de conferencias sobre los Atributos Divinos, según los considera Tomás de Aquino. Las publicitaria en la ciudad con la ayuda de un impresor que haría los anuncios y que los distribuiría. Siempre, en cada ciudad, hay un público para los nigromantes, para los juglares y para los adivinos.