La última confesión

Morris West · Capítulo 13 de 17

Páginas del PDF

La última confesión

1 de enero de 1600

–Lo recogerás tú mismo porque pediré que seas tú quien reciba mi confesión final. No creo que me nieguen eso, aunque tú, hermano, eres libre de negarme tanto el favor como el sacramento.

–Me hará feliz ofrecerte ambas cosas, Hermano Bruno. Empezaré a trabajar silenciosamente sobre el Superior General. Le agradará que le diga que, al menos, vas camino a la salvación. Creo que alentará mis visitas. Me parece que incluso está empezando a sentirse culpable en relación con este largo y triste asunto.

–¿Pero no hará ningún esfuerzo para salvarme?

–Eso sería pedir demasiado. Está a la cabeza de una gran y poderosa Orden, pero su poder lo tiene sólo por 'delegación. No desafiará al Pontífice ni a la Curia. No debes culparlo demasiado. Él es más prisionero que tú.

–¿Esperas que crea eso, Hermano John?

–Sé que suena imposible, ¿pero acaso no es la mejor razón del mundo para creer? Sírvete más vino. En el vino está la verdad, ¿no?

Antes de que él se marche, el manuscrito es guardado en mi colchón de paja, junto con el cortaplumas y las plumas de reserva. Estoy agradablemente borracho; lo bastante como para aceptar la bendición que sobre mí murmura el Hermano John, haciéndome la señal de la cruz sobre la frente:

–¡Dios te dé valor, Hermano! ¡Dios te dé valor!

1 de enero de 1600

Anoche dormí profundamente, pero soñé con muchas cosas confusas.

Estaba otra vez en Frankfurt, en la gran feria anual, donde me había propuesto empezar una nueva carrera o, al menos, reinventar la anterior. La feria ya estaba en funcionamiento, con sus pasillos y terrenos atestado de visitantes.

Había mercaderías de todas partes del mundo: pieles de Rusia, sedas de Italia, telas y joyería de Francia, hierro forjado de Alemania, corales del Mediterráneo, perlas de Oriente, especias traídas por los comerciantes holandeses de las Indias.

Había mercaderes de cada país, cambistas negociando en todos las monedas de Europa y de Levante. Había montañas de libros, viejos y nuevos, y sobre ellas caminaba el mismísimo Wechel, decano de los

editores, hacedor de obras maestras de la tipografía y la encuadernación, quien oficiaba de anfitrión para todos los amantes europeos de los libros.

A él buscaba yo en mi sueño, pero siempre estaba al otro lado de la esquina y yo tenía miedo de no encontrarlo nunca. Las personas que me empujaban en la turba parecían indiferente u hostiles, o de algún extraño modo, temerosas de mí. Cuando les hablaba, me daban la espalda bruscamente y se persignaban contra el mal de ojo. Todo el sueño reflejaba las frustraciones que había encontrado a mi llegada a Frankfurt con mi secretario Besler.

En realidad, Wechel me recibió con mucha amabilidad y me ofreció alojamiento en su propia casa mientras mis obras eran preparadas para su publicación. No obstante, el permiso para mi estadía en la ciudad había sido aplazado por el Senado y no me atreví a disgustarlos tomando una residencia no autorizada. Así que dejé mi trabajo en las competentes manos de Wechel y me retiré a Zurich, donde todavía tenía amigos y podía mantenerme por medio de conferencias privadas.

La contrariedad subrayaba la inestabilidad esencial de mi existencia y redobló mi determinación de remodelar mi vida. Sin embargo esa misma determinación me hizo vulnerable a otra ilusión: la de que todavía podría remediar mi posición frente a la Iglesia y reasumir una vida normal como sacerdote académico más allá de las tiranías de la vida conventual.

Para la época en que volví a Frankfurt, el admirable Wechel había logrado mi permiso de estadía y la licencia para imprimir mis obras. Me había conseguido alojamiento en el convento carmelita, que se autofinanciaba ofreciendo hospitalidad a los visitantes. Parecía que también informando a la Inquisición sobre sus huéspedes. Mucho más tarde, en Venecia, tomando como base un informe del Prior, se me cuestionó "por dar conferencias a estudiantes heréticos, y por publicar ideas quiméricas y difundir fantasías".

En ese momento yo no tenía modo de saber que estaba siendo denunciado. Ése es uno de los terrores del sistema: uno sólo puede adivinar la identidad de los que lo acusan, pero nunca enfrentarlos para examinar la calidad de su evidencia.

En Frankfurt desarrollé una agradable relación con dos libreros venecianos, Gianbattista Ciotti y Giacomo Britano. Ciotti ya había impuesto el prestigioso sello Minerva y tenía una larga lista de clientes entre los

nobles venecianos. Entre ellos había un tal Zuane Mocenigo, uno de los Savi, Consejero de la República, sobrino del antiguo Dogo.

Él había leído algunas de mis obras y pedido referencias mías a Ciotti, a través de quien me enviaba una carta invitándome a ir a Venecia, unirme a su familia y enseñarle a él los secretos de la memoria y de la magia.

Todavía lo estaba considerando cuando, por otra vía, me llegó una segunda carta. Ésta era aún más persuasiva: en términos financieros, sería recibido con los honores debidos a un gran sabio, lo cual no podría dejar de complacerme; gozaría del favor y de la protección de una de las más respetadas familias de la Serenissima. Etcétera, etcétera, etcétera.

No tenía motivo para dudar de la sinceridad del ofrecimiento. Sabía lo suficiente sobre la política veneciana como para entender que la República estaba gobernada por una poderosa y reservada oligarquía de familias nobles, cuyos nombres se repetían constantemente en la lista de Dogos.

Incluso los romanos respetaban y trataban con deferencia a los venecianos, a quienes temían porque un día podrían verse tentados de convertirse al protestantismo para garantizar la independencia de La Más Serena República. Así que era como si una puerta dorada se hubiese abierto ante mí. Por otro lado, mis amigos estaban aterrados por el riesgo. Italia sería, para siempre, territorio hostil. ¡Los venecianos eran comerciantes que venderían a su propia madre por un ducado! Era un tonto al meter la cabeza en la boca del león. Obstinado como siempre, no les hice caso. Mordí ansioso el cebo y acepté la invitación de Mocenigo para convertirme en su sabio residente.

Con dinero en el bolsillo y la firme promesa de Mocenigo, no tenía prisa por llegar. En el verano, Venecia es una ciudad fétida. Aquellos que pueden permitírselo, parten hacia las colinas para escapar del calor y del hedor. De modo que viajé despacio y agradablemente por el montañoso país de las Dolomitas y llegué a Venecia en agosto de 1591. Mocenigo y su familia todavía estaban ausentes, por lo que me quedé sólo unos pocos días; luego crucé las lagunas hacia la ciudad de Padua, donde había arreglado encontrarme con mi secretario Besler.

Teníamos trabajo para hacer, trabajo que podía hacerse mejor en esa ciudad. Su universidad era la más famosa de Europa, especialmente sus facultades de derecho y de humanidades. Había excelentes bibliotecas y hospitalarias reuniones llevadas adelante por una gran población de

estudiantes extranjeros; alemanes, húngaros, bohemios, cada cual con su propia "compañía" e insignia nacional. Las autoridades venecianas las alentaban y protegían porque traían riqueza a la provincia y abrían nuevas oportunidades para el comercio.

El Patriarca de Venecia tenía otro punto de vista. La presencia de comunidades protestantes sólo podría contribuir a difundir la herejía. Los Consejeros de las Más Serena República alzaban los hombros indiferentes ante la amenaza. Si hubiera habido provecho en el trato, habrían comerciado con el Diablo

mismo. Se aferraban a su proverbio: "Primero los venecianos y después los cristianos".

Sin embargo, bajo esa apariencia de tranquila adaptación, había una constante tensión y malestar entre Roma y Venecia. Los romanos temían una deserción en masa tal como las que había habido en Alemania e Inglaterra. Los venecianos tenían sus propios recelos. Decían: "El que cene con el Papa que lleve una larga cuchara y mantenga libre la mano de la espada".

¿Por qué ahora, cuando ya es demasiado tarde, recuerdo tan vívidamente esas cosas? En aquellos días andaba como un caminador de nubes, sin preocuparme en absoluto sobre la diferencia entre un luterano, un calvinista, un husita o un bogomil. Mis preocupaciones entonces se referían al infinito, al espíritu que animaba todas las cosas. Ahora, mi visión se limita a cuatro paredes y a un futuro sobre el cual resulta inútil especular porque muy pronto tendré que experimentarlo.

Mi primer encuentro con Zuane Mocenigo fue en su propio palacio, cerca de San Samuele. Era unos diez años menor que yo, apuesto y elegante para vestirse; estaba casado con una joven de cuna noble a quien parecía mantener constantemente embarazada. En su bienvenida fue elocuente, aunque se mostró algo ansioso por impresionarme con el alcance y la profundidad de sus conocimientos. Me quedé con la sensación de que era un hombre de talento moderado e importantes relaciones y de que tenía una necesidad de confirmar tanto la buena opinión que poseía de sí mismo como el respeto que su imagen exigía. Durante nuestra primera conversación capté un cierto tono perentorio que me hizo sentir tan incómodo como a él inseguro de sí mismo. Primero hubo un regateo sobre mis honorarios. La suma

era bastante generosa, pero no le gustó que le dijera que quería que me pagara mensualmente por adelantado.

–¿Por qué, Maestro Bruno? Prefiero pagar después de que el servicio haya sido dado, aunque no tendría objeción en adelantaros una suma modesta sobre vuestras futuras ganancias.

–Con respeto, Messer Mocenigo, en la relación de maestro a alumno a la que me invitáis, el servicio se da cada día. No es un punto sobre el que quisiera discutir.

–Que así sea entonces -se avino con disgusto-. Bien, veamos las cuestiones domésticas. Como sabéis, tengo hijos y mi mujer está embarazada otra vez. Debo entonces preguntaros si tenéis alguna enfermedad eruptiva.

–No, Señor.

–¿Algo en los pulmones? ¿Fiebres infecciosas?

–Nada.

–¿Bebéis?

–Alegremente, pero con moderación. Borracho, no se puede estudiar.

–¿Sois pendenciero?

–No lo creo. Cuando discuto puedo ser vehemente en cuestiones de principios, pero no soy -nunca lo he sido- un buscapleitos de taberna.

Discuto con serenidad y mantengo la paz.

–¡Muy bien! Nosotros, los Mocenigo, tenemos un nombre que debemos cuidar.

–Y yo, Señor, maneras civilizadas a las que debo atenerme.

–Mantenéis relaciones con mujeres.

–Cuando se ofrece la oportunidad y puedo permitírmelo. Se sonrió estúpidamente de costado, con aire de conspirador, y me desafió.

–Sé, Maestro Bruno, que habéis sido monje. Sé que renunciasteis a vuestros votos. ¿Con cuántas mujeres habéis estado?

Le respondí con inesperada indiferencia.

–No con tantas como el Rey Salomón, pero con las suficientes como para estar contento.

–¡Entendido! – nuevamente era un patricio condescendiente hablando a un plebeyo-. Soy tolerante de las indulgencias privadas, ¡pero no quiero que mis sirvientas anden con el vientre hinchado ni quiero en mi séquito pajes

con el culo dolorido! En Venecia hay casas de citas que se acomodan a todos los gustos. ¡Así que, divertíos afuera, eh!

–Soy huésped en vuestra casa, Messer Mocenigo. Os respeto tanto como espero que me respetéis a mí.

Comprendió que había ido demasiado lejos y sus disculpas -si bien a pesar suyo- fueron inmediatas.

–¡Por favor! No quiero faltaros el respeto. Es que, simplemente, entre caballeros…

No encontró las palabras para terminar la frase. Me gustó dejarlo así confundido por un momento. Abruptamente cambió de tema.

–¡A lo nuestro entonces! Tengo una vida ordenada, como seguramente vos también tenéis. Desde la primera colación hasta el mediodía, ambos estudiaremos juntos. Las tardes y las noches son vuestras, pero mi mayordomo debe saber cómo encontraros en el plazo de una hora. Hay amigos que quiero que conozcáis; reuniones de caballeros a las que desearía presentaros. – Estaré a vuestra disposición, Señor.

–Sin embargo, quiero advertiros algo.

–¿Señor?

–Respetaréis las confidencias que tengamos entre maestro y alumno. No diréis a nadie, hombre o mujer, los secretos que compartamos. ¿Poseéis secretos, no? ¿Disciplinas de poder, artes antiguas?

–Durante años escribí y diserté sobre tales asuntos. Enseñé las disciplinas de la memoria y de las artes de la magia natural, tanto antiguas como modernas. Pero entendedme, Messer Mocenigo, el maestro es alguien que enseña, no alguien que esconde. El saber es como el aire que todos respiramos. No podéis conservarlo en una botella y ponerle un corcho como al vino para vuestro uso exclusivo.

El cambió que se operó en él fue pasmoso. Todo su cuerpo se endureció.

Sus ojos se velaron. Pareció retraerse dentro de su propia piel y emerger, despacio y silenciosamente como una víbora lista para atacar. Su voz era baja y sibilante.

–¿Qué me ofrecéis entonces, ya que pago la cuenta?

–¡Lo aprendido en toda una vida, Señor! Poco o mucho, es toda la riqueza que poseo. El uso que hagáis de ello es asunto vuestro. Pero dejadme agregar un pensamiento. Vine aquí por vuestra invitación. Hasta ahora no os he costado nada. Lo más que puedo costaros es un mes de

sueldo. ¿Acaso no sería inteligente que nos probáramos el uno al otro?

Descubriríais qué puedo enseñaros; yo vería con qué rapidez aprendéis.

De nuevo, cambió como un camaleón ante mis ojos. Se río y me palmeó la espalda como una camarada.

–¡Sois audaz, Maestro Bruno! ¡Algo arisco, pero audaz! ¡Eso me gusta!

Con seguridad podremos probarnos perfectamente. ¿Por qué no empezamos con un paseo por mi ciudad, Novia del Mar, Emperatriz del Adriático y de todos los mares al este de Rodas y Askelón?

Confieso que, mientras caminábamos y hablábamos, él me agradó.

Estaba lleno de orgullo por su ciudad, por su comercio exterior, la belleza de sus monumentos y de sus mujeres, la habilidad de sus constructores navales quienes, afirmó, cada día botaban una galera. Noté el respeto con él que era saludado en el Rialto, la cordialidad de su propio saludo y la formalidad con la que me presentaba: "el más docto de los filósofos, el Doctor Filippo Giordano Bruno quien, después de su estadía en las cortes reales de Europa, me ha brindado el honor de trabajar en mi casa como sabio residente".

Por supuesto, me sentí halagado. Aunque no podía deshacerme del recuerdo de sus extraordinarias transformaciones. Había en él una profunda veta de malicia; también cierto espíritu mezquino, como si la vida lo hubiera engañado en cuanto a sus justas recompensas. A lo largo de los prolongados años que siguieron a su traición, me hice la pregunta que, Dios sabe, debería haberme hecho al principio: "¿Por qué alguien que lo tiene todo -nobleza de nacimiento, dinero y respeto público- traiciona a un hombre que sólo viene a enseñarle su sabiduría?".

La respuesta todavía se me escapa: quizá porque él pensó que era mi dueño y, al equivocarse, se dispuso a destruirme; tal vez -y, retrospectivamente, parece lo más posible- era un aficionado, un diletante que aspiraba al renombre de sus antepasados, pero que carecía del talento o de la energía para alcanzarlo. Creo que por eso me pidió que, antes que nada, le enseñara los secretos de las artes mágicas. Él las veía como el camino más corto y rápido para llegar al poder, como los dones de Midas que convertía todo en oro. Al principio, sus pedidos eran abyectos; luego, en la medida que mis cuidadosas exposiciones no lo satisfacían, coléricos.

–¡Oíd, Maestro Bruno! ¡Estamos en mi cuarto privado! Estamos protegidos. Así que decídmelo sin vueltas. ¿Poseéis las fórmulas

herméticas? ¿Conocéis la Cábala? ¿Podéis recitar los nombres del poder, las invocaciones debidas? ¿Podéis dibujar los cuadrados mágicos, el pentagrama? ¿Practicáis la alquimia? ¿Podéis hacer pociones para el amor y aliviar el mal de ojo?

–¿Y si pudiera, Señor?

–Hacedme también adepto.

–¿Con qué objeto?

–¿Por qué necesitáis preguntar? No sois un imbécil. Os lo diré una vez, sólo una. Yo, Zuane Mocenigo, estoy encaminado hacia una gran empresa para mí y para mis hijos. En dos siglos, la familia Mocenigo produjo cuatro Dogos. Así que tengo mucho en juego. Si me dais poder, también lo tendréis más allá de lo soñado. Sed ahora mi tutor en las artes mágicas y seréis mi chambelán, el favorito, más allá del alcance de Roma. ¡Eso es todo! Tenéis mi verdad. ¡Decidme la vuestra!

Con lo dicho, se había vuelto vulnerable. Sin embargo, era peligroso. Le contesté y con toda la tranquilidad y el respeto que pude reunir.

–Mi Señor, podría comprometerme a enseñaros las cosas que pedís.

Dadme redomas, alcoholes y alambiques, y podría ser el alquimista más prolífico de Europa. Pero, ¿oro del plomo? Ningún hombre lo ha hecho.

Nadie puede hacerlo. ¿Magia? Dadme tiza y compases, un gato embrujado, libros mohosos escritos en jerigonza y haré crecer los pelos en la tonsura de un clérigo. ¡Ésos son trucos de feria para que practiquen los bribones, para que tiemblen los tontos!

Sabía que él estaba furioso conmigo, pero se contuvo por temor a que pudiera haber otros secretos que le estuviera escondiendo. Traté de apaciguarlo contándole mi encuentro en París con don Miguel Maravilloso, que era tanto fabricante de espadas como alquimista. Me oyó con atención, simulando entender lo que decía, pero volvió a insistir obstinadamente con la pregunta.

–Decidme, Messer Bruno, ¿podéis lanzar maldiciones sobre la gente?

–Puedo, Señor, ¡igual vos!

–¿De veras puedo? ¡Decidme cómo, entonces!

–¡Es fácil! Caminad por la ciudad. Procuraos un aspecto solemne, pasead hinchado como una paloma buchona. Comenzad un rumor sobre cualquier hombre, alto o bajo. Difundid su muerte, la infidelidad de su

mujer, la traición de sus amigos. En un día estará temblando por el filo de dagas espectrales, adelgazando por temor al veneno.

Mocenigo entendió la noción bastante rápido. Su ira menguó. Sus ojos se iluminaron con malsana alegría, pero llevó la pregunta más lejos.

–¿Eso es lo que hace un mago?

–El mago se crea a sí mismo, Señor. Los ignorantes lo confirman en su papel.

–¿Cómo?

–¿Qué otra cosa es la magia sino jugar con los nervios tensos y los miedos secretos? ¿Pociones de amor? La mitad del ducado-compra bastantes cantáridas como para hacer que a un eunuco se le pare como un poste y le hurgue entre las piernas a cada monja desde aquí hasta Vicenza.

Mezclad las cantáridas con sangre de murciélago o bálsamo, balbucead cualquier tontería mientras lo hacéis, ¿cuál es la diferencia?

Al instante siguiente estaba de pie, con la daga desenvainada y pinchándome la garganta.

–¿Y ésa es la suma de vuestro conocimiento, Maestro Bruno? ¿Por eso os pago?

–¡No, Señor! – dije apartando la daga con un gesto de desdén-. Ésa es la locura de la que deseo protegeros, la locura de la ignorancia y la superstición. Debéis desembarazaros de ella antes de que podáis comenzar a adquirir sabiduría. Y algo más, Meseer Mocenigo: las elimináis más rápidamente con la risa que con amenazas. Si queréis que me marche, entonces decidlo. Si me queréis aquí, respetad la enseñanza que os ofrezco: la que es más difícil de obtener.

Fue un momento de peligro, y yo lo sabía. El tipo era un tirano despreciable, algo más que un loco, tironeado entre la ira y la razón. En ese mismo instante me sentí volver a mis días de estudiante en Nápoles, cuando había que ser rápido para sobrevivir. Por fortuna, Mocenigo era un cobarde.

Rápidamente se ablandó y, casi inmediatamente, se convirtió en un escolar que, a modo de disculpa, me sonreía. Envainó su daga y me ofreció su mano.

–Perdonadme, Maestro Bruno. Tengo mucho que aprender de vos, incluida la urbanidad. Deseo que os quedéis y que sigáis enseñándome.

–Muy bien. ¿Queréis que continuemos?

–¡No, no! Prosigamos mañana y concentrémonos en las artes de la memoria, que son menos controvertidas que las artes mágicas.

–Como gustéis. Aprovecharé la oportunidad para ver algo de la ciudad.

–¡Bien! Paseaos por el gueto. Es un lugar exótico; algunas de las mujeres judías son extraordinariamente bellas. Puede que os interese visitar el estudio de nuestro gran maestro pintor Jacopo Robusti, llamado Tintoretto. Ya es un hombre mayor, pero sus hijos Domenico y Marco todavía mantienen el estudio activo… Ahora me palmeaba con si yo fuera un gato, tratando de que volviera a ronronear. Me resultaba detestable, porque sabía que él había empezado a odiarme; sin embargo, estábamos ligados uno al otro como los gemelos deformes de un nacimiento monstruoso.

Desde ese día comencé a pensar en cómo podría librarme de él y volver a Alemania. Sólo podía adivinar la manera en que Mocenigo trataría de vengarse, ¡y vaya que trataría! Todos los sutiles mecanismos de la República estaban a su disposición. Ni el mismísimo Dogo podía viajar sin permiso. Enviarían asesinos para matar a cualquier artesano que hubiera traicionado los secretos de la fabricación de cristales. Se alentaban las denuncias anónimas. Había un pequeño ejército de informantes a sueldo.

Allí, yo era un extranjero. También tenía serios problemas con la Iglesia.

Era demasiado conocido como para esconderme con facilidad. En cualquier momento cualquier ciudadano podía denunciarme mediante una nota anónima deslizada en la Boca del León y, luego de eso, los guardias de la ciudad podían atraparme en cualquier instante como a un camarón en un red. Que fue exactamente lo que al final hicieron; pero, antes de que comenzara la ópera, había una larga obertura.

Mocenigo mantuvo su promesa de presentarme en varias reuniones a caballeros dedicados a las letras y a la filosofía. Me recibían con cortesía y parecían impresionados por mi elocuencia, la sutileza de mis razonamientos y mis habilidades en las artes de la memoria, las cuales les divertían de distintos modos. Ciotti, el librero, estaba siempre presente porque así era como creaba un mercado para sus libros. También, había clérigos y prelados de diferentes grados. Algunos me aprobaban y algunos, no; pero siempre se observaban los modales de la ocasión. Con todo, nunca estaba demasiado seguro de si Mocenigo me estaba usando para mejorar su propia reputación

o para comprometer la mía con el fin de volverme más dependiente de su buena voluntad.

En su propia casa preparó con algún cuidado una reunión con el Inquisidor General de Venecia, el Prior Gabrielli, un dominico. Su saludo fue frío, y al principio, nuestra charla se parecía más a un interrogatorio que a una conversación. Gabrielli me preguntó:

–Vuestro nombre, por favor, para saberlo bien.

–Filippo Giordano Bruno, llamado el nolano.

–¡Ah, sí! Se nota el acento del sur. También los rumores salidos de viejas historias, asuntos todavía no resueltos, abandono de los votos, una existencia libertina, sospechas de herejía.

–Como habéis dicho, Prior, son rumores: rumores, habladurías y sospechas que no han sido probadas.

–¡Es verdad! Pero Hermano Giordano, con vuestra causa todavía abierta, sois audaz de poneros al alcance de vuestros inquisidores.

–Con el mayor respeto, Prior, estoy aquí porque confío en la justicia de mi causa, en la caridad de la Iglesia, en la noble casa que me brinda protección.

–Sabéis que no tenéis autorización para enseñar públicamente ni para predicar en la Iglesia ni dar los sacramentos.

–No busco eso, Prior. En este momento, soy un filósofo residente con su patrón.

Mocenigo intervino inmediatamente.

–Y yo, mi querido Prior, respondo por mi propio huésped. El Consejo ha aprobado su estadía. El Patriarca no tiene objeciones. Creo que todos podríamos sacar provecho de la presencia del Maestro Bruno en nuestra ciudad.

–Confío en que así sea, amigo mío -de pronto, para mi sorpresa, Gabrielli se relajó y me sonrió-. Dejadme deciros, Hermano Giordano, que os he oído hablar y me parecisteis elocuente y persuasivo. No puedo ignorar el escándalo de vuestra vida vagabunda, ni puedo ocultaros nuestras preocupaciones sobre la ortodoxia de vuestros libros publicados. No obstante, dado que Messer Mocenigo os ofrece la protección de su nombre y de su casa, por el momento, estoy satisfecho.

–Me hace feliz oírlo, Prior.

Ahora, si me permitís, necesito hablar en privado con Mocenigo.

Mientras caminaban juntos fuera del cuarto, sentí un repentino estremecimiento de temor. Como dicen los alemanes, fue "como si un ganso hubiera caminado sobre mi tumba". Había demasiadas sfumature, tenía que descifrar demasiadas sombras de sentido y énfasis en un solo instante.

Como siempre, me mostré descaradamente audaz, pero confieso que me sentí como Sócrates cuando vio que los atenienses ponían cicuta en su copa.

La noche recién empezaba. Era el tiempo que me correspondía. Dejé un mensaje con el mayordomo y salí a divertirme en la ciudad. Elegí un sitio ruidoso, una taberna cualquiera cercana al Arsenal, donde iban los marineros, los constructores de buques y los remeros de las galeras, hombres enormes y toscos, con hombros de buey y puños de gigante. Todas las naciones del Mediterráneo estaban allí: hombres libres y esclavos, nubios, chipriotas, gente de Corfú, libios y coptos del Delta del Nilo. Era una Babel de lenguas, de colores y de vestidos. Las mujeres eran vulgares, pero brillantes y charlatanas como cotorras. Llegaban suplicando bebida y compañía, y prometían para más tarde falsos paraísos de delicias. A lo largo de mi vida de vagabundo, pronto aprendí a elegir compañía y a mantenerla en un rincón apartada de los buscapleitos y los predadores. La mayoría de las veces, las muchachas estaban conformes con el arreglo. Les sacaba el peso de encima y les ahorraba el trabajo de ofrecer sus encantos a borrachos groseros con los bolsillos vacíos.

Me sentía cómodo en esos lugares. Los había frecuentado desde mis días de estudiante en Nápoles. Entendía el gergo, el argot que se usaba en los barrios bajos. Si alguien proponía una canción, yo podía cantarla pasablemente bien. Podía rasguear una mandolina prestada o adornar una historia de viajero para igualar las de los marinos. A medida que fui creciendo, esas excursiones me proporcionaron otra recompensa bastante especial. No tenía nada que debatir. No había nada que discutir: era la vida sin adornos, sin pretensiones. Los que allí estaban no eran moralistas cariacontecidos que emitieran juicios porque una muchacha estuviera hurgando en el bolsillo de un hombre mientras él la toqueteaba debajo de la falda. No había silogismos exactos sobre la naturaleza de las relaciones humanas. Era la vida en la selva prístina, a menudo breve, frecuentemente brutal y peligrosa, pero siempre fluyendo con energía y, a veces, tocada por una belleza especial como los hediondos canales de Venecia, en calma a la luz del alba, dorados en los resplandores del verano.

Esa continuidad y esa plenitud de la experiencia fueron lo que traté de expresar hace años en mis diálogos Causa, principio y unidad.

"Nos deleita el color; no uno, sino la unidad que a todos los rodea. Nos deleita el sonido; no el de una única nota, sino la armonía de muchos."

A decir verdad, sentí mucha más armonía en las roncas peleas de las tabernas portuarias que en cualquier casa de estudios de Europa.

Volví de mi excursión cuando aún era temprano. Estaba sobrio, pero con bastante licor encima como para soltar la lengua y había tenido bastante éxito en mis aventuras como para volverme descuidado. Al entrar, me sorprendió encontrar a Mocenigo aún sentado a la mesa de la cena, con dos invitados. Uno era el Prior Gabrielli, el Inquisidor; el otro fue presentado como Su Excelencia el Nuevo Nuncio Apostólico para la República, el Muy Reverendo Ludovico Taverna, obispo de Lodi. Los saludé y les rogué que me excusaran. Mocenigo insistió en que me quedara. Me sirvió un vaso de vino en el que apenas me mojé los labios, sin beberlo. Luego, me llevó a la conversación, como se conduce a un conejo a la trampa.

–Maestro Bruno, mis invitados y yo apreciaríamos vuestra opinión sobre ciertos temas.

–En tan distinguida compañía dudo en ofrecérosla, Señor. – ¡Vamos!

Sois demasiado modesto. Habéis viajado mucho, ¿no?

–Demasiado, Señor. Estoy contento de estar finalmente en casa.

Vi la mirada que cruzaron el Inquisidor y el Nuncio, pero apenas la tomé en cuenta. Acababa de salir de un mundo mucho más simple.

Mocenigo continuó desarrollando su trampa.

–Durante vuestros viajes habéis conocido tanto lo alto como lo bajo.

–En verdad, sí. He sido lector del rey de Francia. He sido recibido por el emperador de Praga y la reina de Inglaterra. He dado conferencias en Wittenberg, Helmsted y Oxford. Pero, sí, también he vivido pobremente, con buhoneros vagabundos y comerciantes de caballos. ¿De qué otro modo es posible conocer la condición humana? ¿De qué otro modo es posible ganarse el derecho a hablar de ella?

–¡Ajá! – dijo finalmente el Nuncio Apostólico con una voz aguda y enfática, como el ruido de las ramas cuando crepitan en el fuego-. Por lo tanto, Maestro Bruno, a veces habéis estado en malas compañías.

–Compañía humana, Excelencia. Nunca reclamé el derecho de juzgar a mis semejantes.

–Pero cuando habéis sido ordenado sacerdote, ¿no se os impuso el derecho, o más bien, el deber, de oír la confesión, de conceder o negar la absolución?

–Pero yo, Señor Nuncio, decliné ejercer ese derecho porque he visto demasiado a menudo que se abusa de él. Mocenigo intervino rápida y serenamente.

–Estoy seguro, Maestro Bruno, de que Su Excelencia no quiso desairaros. Queremos vuestro juicio sobre un asunto más importante. Como bien sabéis, hay rebelión en el aire, cisma, herejía y amenazas de nuevas guerras religiosas. ¿Qué motiva a la gente común de Londres, Frankfurt, Wittenberg, Venecia? Los miré uno a uno, tratando de leer en sus rostros, pero eran inescrutables como máscaras de carnaval. ¡Que fuera lo que fuera, entonces! Tendrían mi respuesta, tan directa como podía darla.

–¿Qué mueve a la gente? ¡Bah! El hambre podrá causar disturbios, pero dadles pan y cebollas y habrá acabado antes de que se ponga el sol.

¿Lujuria? Eso también alborota. He visto a un hombre rajado desde el pecho hasta el ombligo por una ramera de taberna. Pero cuando habláis de rebelión, herejía, aviso de guerra, ¡ése es otro cantar!

–¿Cuál, mi amigo? – ahora hablaba el Inquisidor-. Nosotros que estamos sentados sobre el polvorín quisiéramos saber qué es lo que enciende la mecha?

–Vos mismo acabáis de decir la palabra mágica, Prior. ¡Encender, dar la luz! El abracadabra que abre la puerta al mañana. La luz llega despacio, pero -¡por Dios!– le llega al bufón, al deshollinador y al atareado siervo.

–No comprendo -el Prior parecía asombrado-. ¿Se trata de alguna nueva y plausible revelación?

–Nueva para ellos, Prior, pero no plausible. ¡No! ¡No! – repentinamente me había apasionado. Me puse de pie y empecé a caminar, declamando como un orador-. ¡Ved! Aquí, en los anaqueles de la biblioteca de mi Señor, hay antiguos mapas que muestra que el mundo es plano y que termina apenas traspasadas las columnas de Hércules, donde dragones que lanzan fuego devoran a los pobres marineros. ¡No hay dragones! Vosotros lo sabéis; yo también. Hacia el oeste están las doradas tierras que Cristóbal Colón encontró, hacia el sur y hacia el este, las rutas marítimas a las Indias y a la lejana Cathay. ¡Ésa es la luz! Luego está Copérnico y después de él

los cielos se abren a un infinito universo de soles, lunas y tierras no descubiertas.

–¡Fantasías seductoras! – dijo el Nuncio.

–¡Una doctrina peligrosa! – dijo el Prior.

–Por favor, continuad -dijo Mocenigo.

Ahora estaba lanzado, ni un rayo hubiera podido detenerme.

–Puede que sean fantasías, Prior. ¡Seductoras, sí, e incluso peligrosas!

Pero despiertan la mente de los hombres a la duda y al cuestionamiento.

Preguntan quién dibujó los dragones en los mapas. ¿Los cartógrafos o los charlatanes? ¿Quién dice que el Papa ve toda la creación un momento después de que lo eligieron?

¿Quién dice que el rey gobierna por derecho divino? No hay rey en Venecia. ¿Acaso Dios dispensa un derecho en España y otro diferente aquí?

¡El pueblo pregunta, caballeros! Sus preguntas producen los maremotos y la conmoción llega después.

–¡Eso es sedición! – se violentó el Nuncio.

–¡Un momento, Señor!

El que habló era otro Mocenigo, uno al que yo no había visto antes.

Habló bruscamente, con autoridad. Maravillosamente, parecía que estaba hablando en mi defensa.

–Sois un huésped en mi mesa, Excelencia; el Maestro Bruno es un miembro de mi casa. Aquí no hay sedición. Lo único que el Maestro Bruno hizo fue responder sinceramente una pregunta que yo le plantée. Podemos estar en desacuerdo con él, pero no insultar su probidad.

–Merezco la reprensión -admitió el Nuncio duramente-. Os ruego que vos, Señor, y el Maestro Bruno me perdonéis por mis malos modales.

El Prior sacudió su cabeza decepcionado. Como Inquisidor, no hacía concesiones con tanta facilidad. Hice una reverencia ante el Nuncio.

–Gracias, Excelencia. No estoy ofendido. Sé muy bien que éstas son cuestiones controvertidas, pero a todos nos afectan. Ahora, ruego a vuestras señorías que quieran excusarme.

Salí con paso firme, pero con suficiente lentitud, como para oír un breve intercambio en voz baja entre el Nuncio y Mocenigo. – ¡Ése hombre es un problema, Señor, y vos todavía lo alojáis en vuestra casa!

–Sois nuevo aquí, Excelencia -dijo secamente Mocenigo-. Un emisario en busca de amigos. ¿No deberíais preguntaros, en primer lugar, el motivo y

el porqué de las cosas?

No oí el resto, pero me bastó para confirmarme lo que el mismo Mocenigo me había dicho: él estaba implicado en un juego de alta política entre Roma y Venecia. Yo era simplemente un peón que, de una sola movida, podía ser barrido del tablero.

Desde mis circunstancias actuales, todo se presenta claro como el agua; pero en ese momento no era así. Por un lado, Mocenigo era un personaje demasiado inteligente; por el otro, era demasiado inestable como para que lo leyera con precisión. Descifrarlo me costó tanto esfuerzo como el que tuve que hacer cuando empecé con mis estudios de los misterios egipcios.

Por ejemplo, después de ese episodio, sus estudios diarios conmigo se volvieron más intensos y detallados. Tomó muchísimas notas y me hizo todo tipo de preguntas, algunas sutiles y penetrantes, otras irrelevantes e incluso vulgares. Preguntó, por ejemplo, cómo juzgaba los milagros de Cristo, la cura de los enfermos, la multiplicación de los panes y los peces, la resurrección de Lázaro.

Yo respondía a la manera del debate académico. Le señalé que los Evangelios habían sido escritos mucho después de la muerte de Jesús, con la intención de que fueran guías y apuntes para el uso de los fieles. Entre las distintas narraciones había muchas discrepancias. Recuerdo haber observado con impertinencia que, dado que los judíos veían a los cerdos como animales sucios, cuando la piara de los cerdos Gadarenos se arrojó al mar parecía más una broma que un milagro. También dije, según recuerdo, que el trato que Cristo dio a María Magdalena era testimonio de su tolerancia en cuestiones sexuales. La perdonó "porque ella había amado mucho". Por su parte, la Iglesia había convertido en pecado mortal lo que, después de todo, Dios mismo había inventado, ¡y lo que tan bien y agradablemente servía a hombres y mujeres!

Mocenigo se rió y tomó nota como si hubiera sido un chiste para compartir con sus amigos. Tomó otra cuando cité mi propio caso y dije que la Iglesia subvertía en mensaje del Evangelio al gobernar por el miedo y no por el amor.

Ahora sé que fui un tonto confiado, un tonto que dictaba a un traidor los términos de su propia acusación. En esa época todavía creía que era el deber de un maestro honesto debatir todas las cuestiones y todas las

opiniones con los alumnos. Cuando vi, finalmente, el peligro en que me ponía, ya era demasiado tarde para escapar.

Dije a Mocenigo que necesitaba visitar Frankfurt para tratar con Wechel sobre mis publicaciones. Se negó a dejarme ir, arguyendo que todavía no había cumplido con mi contrato. Le dije que mi ausencia sería corta y que, como hombre de honor, por supuesto cumpliría con mis deberes hacia él.

Volvió a negarse. Esta vez, me amenazó con retenerme por la fuerza. Le dije que no tenía derecho a retenerme contra mi voluntad. Volvió a amenazarme y se marchó pisando fuerte.

Esa noche, muy tarde, entró en mi cuarto acompañado por su sirviente Bartolo y cinco o seis gondoleros de los canales venecianos. Me arrastraron fuera de la cama y me encerraron en un despacho. A la mañana siguiente, trajo a un capitán de la guardia con algunos hombres quienes me llevaron a una bodega de la planta baja, donde me mantuvieron por varios días.

Allí, a las tres de la mañana, fui formalmente arrestado por un capitán Matteo d'Avanzo, a las órdenes del Consejo de los Diez. Fui llevado a la cárcel de la Santa Inquisición para esperar el juicio bajo cargos todavía no especificados.

Así comenzó una larga agonía que ha consumido los últimos ocho años de mi vida. Quisiera agregar una nota al pie. Jamás fui encarcelado con comodidades. A diferencia de ciertos nobles cautivos de la historia, nunca se me ha permitido el apoyo de compañeros fieles, una conversación civilizada, o leer y escribir a voluntad.

Desde el principio, todo fue reducido sólo al mínimo tolerable: la comida necesaria para que no muriese de hambre, el calor suficiente para que no me congelara hasta morir, el papel y la luz mínimos para que sólo tomara las notas relevantes para mi causa. Ninguna medicina contra las fiebres de la prisión, ningún abogado para aconsejarme contra los innumerables acusadores sin rostro que me acosaban.

Por lo tanto, al garabatear esta crónica de los años de la langosta, no se me debe culpar si escribo con menos elocuencia o menos exactitud de la que alguna vez pude utilizar. Fui un prodigio en las artes de la memoria.

Ahora debo esforzarme para recordar de los detalles y ordenar las cronologías, a pesar de que, extrañamente, puedo recordar los diálogos y recitarlos como un viejo actor; tal vez sea eso, al fin y al cabo.