La última confesión
25 de diciembre
sabuesos de Dios, un embrión de inquisidor. ¡Ni más ni menos! Así que me juzgaron con la mayor severidad. ¡Al diablo con ellos, y con todos sus sistemas y silogismos!
En la oscuridad de mi celda, evoco a todas las mujeres que alguna vez conocí por sus nombres, rostros y por los rasgos recordados; incluso a aquéllas a quienes no me atreví a conocer, como las damas de compañía en la Corte de la Reina Isabel de Inglaterra, la triste pero hermosa joven esposa de Giovanni Mocenigo, que me protegió durante mi malograda estancia en su casa. Desfilan ante mi con la música de una lenta pavana, una visión de bellas damas, brevemente poseídas, perdidas hace tiempo. Todavía me excitan; pero siendo satírico, me pregunto cómo actuaría si, por milagro, cada una de ellas viniera a mi celda.
Todavía estoy jugando con la idea cuando Roma rompe en un tumulto de campanas para dar la medianoche y anunciar el cumpleaños de Cristo.
25 de diciembre
Fiesta de la Navidad
Por la mañana, se abre la puerta de mi celda y el guardián hace entrar a un visitante. Es un hombre pequeño, media cabeza más bajo que yo (y yo soy un sureño de huesos pequeños). También es, por lo menos, veinte años mayor. Su rostro está arrugado y fruncido como la cáscara de una manzana muy vieja. Su pelo canoso es fino y ralo, pero sus ojos son celestes y, en ellos, hay un destello de malicia. Está vestido con el hábito de Santo Domingo, que le queda como una masa informe. Se dirige a mí en latín: en el latín de nuestro comercio diario en la escuela, en la sala de conferencias y en la correspondencia académica. Sin embargo, mientras se explica, su acento me resulta extraño.
–Soy el Hermano John. Si te parezco extraño es porque soy extraño. El Padre General me llama su homunculus Britannicus -su enano inglés-, porque, en Londres, fui miembro de la comunidad de los dominicos. Tuve que huir a toda prisa porque estaba siendo perseguido por los seguidores de sir Francis Walsingham. Esto fue inmediatamente después de que llegaste tú y te instalaste en la casa del embajador francés. Debo decir que entonces te envidié, Hermano Giordano. Vivías con gran estilo, mientras yo me escondía en las casas de las familias de los mercaderes católicos que comerciaban a través del canal.
–Entonces, mi buen Hermano John, quizá me digas qué te trae hoy por aquí.
–En este punto de mi carrera -que, por cierto, decae más que progresa-sirvo como Encargado de las Limosnas del Superior General.
Lo miro incrédulo con la boca abierta.
–Llevo aquí en la cárcel cerca de siete años. En todo ese tiempo ninguno de mis hermanos me ha ofrecido un regalo o algo que me conforte.
–Entonces, permíteme cambiar la costumbre.
Diciendo esto, levanta el faldón de su túnica y descubre un trozo de red de pesca, atada alrededor de su flaca cintura. La red está llena de maravillas: un tarro de olivas en salmuera, una horma de buen queso de cabra, una gran salchicha de campo, un frasco de vino tinto, otro de un fuerte licor de fruta, una hogaza de pan de trigo, dos naranjas, dos manzanas y una bolsa de almendras azucaradas. Son tesoros más preciosos que los diamantes; sin embargo estallo en carcajadas. Hay algo gloriosamente cómico en ese minúsculo enano que va anadeando por Roma con toda una despensa colgando de su cintura. Él también se ríe y comienza a despojarse de su cargamento, hablando mientras lo hace.
–Si hubiera cargado esto en una cesta, habría tenido que pagar tributo a cada paso: al vigía, a los guardias de la puerta, al que abre tu celda. Ya sabes cómo son las cosas.
–Debería saberlo, pero, como ves, no salgo mucho. ¡Pero esto es un milagro!
–Me dijeron… ¡sólo chismes del tribunal, claro!… que proclamaste abiertamente que todos los milagros eran trucos de los brujos.
–Es parte de mi problema. Abro demasiado la boca en la compañía equivocada.
–¡Hay una verdad! Pero esto, querido Hermano, se puede explicar por causas naturales; así que, por definición, no puede ser un milagro.
–¡Explícame, entonces, las causas naturales!
–¡Para eso, necesitamos estimular el cerebro!
Se levantó nuevamente el faldón y sacó todavía otro frasco, ya descorchado. Esta vez es grappa y, claramente, es para su uso personal contra el frío invernal. De nuevo, tengo una visión cómica: el hombrecito recogiéndose el hábito para orinar en un rincón sombrío de la ciudad, agarrándose el pene con una mano y empinando el licor con la otra. Me
recuerda al emperador Augusto y el sobrenombre que éste le puso al poeta Horacio: peniculus meus, mi pequeña picha. Sonrío con el recuerdo. El Hermano John me pide que comparta la broma. Difícilmente puedo rehusar.
Para mi sorpresa, también se ríe. Me tiende una copa y me sirve una medida generosa del ardiente licor. Luego, me dice:
–No hay nada más placentero que cerrar el círculo: trasegar buen licor por un extremo y todavía poder mear cómodamente por el otro; ¡créeme, a mi edad, un don excepcional! Pero hay un pequeño problema.
–Si me haces el favor, ¿cuál es?
–Pasa una buena mujer; peor aún, ¡una doncella inocente! Hace una reverencia y suplica que le dé mi bendición. ¿Qué puedo hacer? Mi mano izquierda sostiene la botella. Mi mano derecha, la de bendecir, sostiene mi miembro fláccido. ¡No es un espectáculo edificante!
Nos reímos juntos. Trato de discernir qué se esconde detrás de esos centelleantes ojos celestes. Apuro la pregunta.
–¿Quién ha enviado estos regalos y por qué?
–Quién es fácil de decir: el propio Superior General.
–¿Y el porqué?
–Esto necesita una pequeña explicación -se echa un buen trago de grappa por el gaznate-. Ocurrió ayer. El Superior y su Vicario volvieron de la visita que te hicieron. Estuvieron hablando con tres o cuatro miembros del Capítulo. Se habló brevemente de ti y te despacharon con un gesto. El Superior General dijo: "Creo que lo quebramos. Volveré a visitarlo después de la Epifanía'. La mención de esa fiesta trajo el más importante asunto de las limosnas y los regalos para los amigos de la Orden. En Roma se ofrece tributo absolutamente a todos. Mi tarea es ver que nadie sea olvidado, menos aún aquellos que puedan perjudicarnos o tenernos inquina. Consulté mi lista. El Superior preguntó si había alguien a quien hubiéramos olvidado.
Entonces, no sin cierta malicia, pregunté: "¿No deberíamos quizás ofrecer un pequeño regalo al Hermano Giordano?". Los otros estallaron en risas.
Pensé que recibiría una reprimenda, si no un castigo del Superior. En su lugar, se volvió hacia los otros Hermanos y los reprendió duramente. Dijo:
"El Hermano John tiene razón. Ayer pasamos mucho tiempo tratando de persuadir al Hermano Giordano de que se arrepintiera de sus delitos. Si un pequeño acto de caridad puede ayudarlo en ese acto de salvación, no
deberíamos negárselo. Ocúpese, Hermano John. Creo que comida y bebida para el día de fiesta serían lo mejor. Está tan flaco como un palo de una escoba". Los otros frailes todavía estaban digiriendo su reproche.
Finalmente, uno de ellos preguntó. "¿Esto significa un perdón por todos sus delitos y herejías?". La respuesta del Superior fue instantánea y precisa. "En el foro del sacramento, sí. Dada la correcta disposición de su alma, le ofrecemos la absolución, la Eucaristía y la Extremaunción. Entonces, limpio de sus pecados, se lo entregamos a la autoridad civil que, en castigo por sus crímenes, lo enviará a Dios. Ésa es la ley. Es inapelable a menos que el Papa ordene lo contrario; él no está dispuesto a eso en este momento."
… y así es cómo se me comunica mi sentencia, un mes antes del veredicto formal. Se me ofrece con vino y comida, como si fuera un demonio colérico que debe ser aplacado. Sin embargo, repentinamente, no me queda ninguna ira. Este ridículo hombrecito, con sus ojos celestes y su latín vacilante es uno de los hombres buenos de Dios; ¡si es que Dios todavía sigue haciendo hombres buenos! Espera que le diga algo. Le digo que siento que me estoy emborrachando, algo que no hago desde hace muchos años. Le ofrezco abrir una de las botellas que me ha traído y compartir el pan y la salchicha con él. Sacude la cabeza.
–¡Guárdalas, hermano! No bebas todo el licor de una vez. Te traerá dolor de cabeza; con todos los problemas que tienes, no lo necesitas en absoluto. Además darías una excusa a los guardias para que te robaran la comida. Sigue mi consejo: disfruta un poco de vino cada día. Haz que las cosas buenas duren. ¿Te caería mal que dijera una oración por ti; una muy breve, sólo un Pater y un Ave?
–Eres un hombre libre, Hermano John. Haz lo que gustes, es tu elección. En mi boca, en este momento, las palabras serían una blasfemia.
Se estira para tomar y sostener mi mano temblorosa. Su apretón es sorprendentemente fuerte. Luego, silenciosa e íntimamente, murmura los rezos.
–Pater noster qui est in coelis…
Sello mis labios pero no puedo detener mis lágrimas. La vieja voz sigue murmurando. Él aprieta mi mano con mucha fuerza, pero me conforta.
Abandono mi mente a las cadencias familiares, como a una canción sin palabras; pero el último verso del rezo me alcanza como un martillazo.
–… et ne nos inducas in tentationem: y no nos dejes caer en la tentación.
Mis tentaciones son ahora una certeza, escrita para siempre en las líneas de la palma de mi mano. Cuando el Hermano John invoca a la Virgen Madre, me encuentro llorando en silencio e inútilmente por mi propia madre hace tiempo perdida.
–Santa María Mater Dei, ora pro nobis: Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
Al menos por esto puedo decir un ferviente amén. ¿Quién sabe en qué podrá beneficiarme? Cuando termina el rezo, agradezco al hombrecito por sus regalos, por su compañía y, sí, incluso por sus rezos. Sólo en ese momento me atrevo a preguntarle:
–Dime, Hermano John, ¿qué te trajo realmente hasta mí? Duda un momento, luego me responde.
–Pueden quemarme también por lo que le digo, Hermano Giordano, pero odio el comercio al que se entregan demasiados de nuestros hermanos.
Para preservar la fe, que es una fórmula de palabra que encubre un misterio, destruimos a hombres y mujeres. Tú eres mi hermano, quizás, ahora en apuro, todavía
más de lo que puedas creer. Dios te guarde. ¡Ahora esconde todas esas cosas antes de que llame al carcelero!
Me apresuro a esconder debajo de mi manta arrugada los tesoros que me ha traído. No es un verdadero escondite, pero ahora están seguros de mí, ya no inspeccionan mi celda. Aun así, el Hermano John pone su mano sobre la mirilla de la puerta para bloquear la vista de cualquier oficial que pase.
Entonces, cuando me ve a salvo, golpea la puerta para llamar al carcelero.
Su último gesto es de bendición, su última palabra una arenga. Sursum corda: ¡Arriba los corazones! Luego se va y quedo encerrado otra vez en mi soledad, solo con mis papeles y los milagrosos regalos de licor para solazarme.
El momento siguiente es extraño: una calma gélida, una fría luz de revelación como rayos de luz sobre una montaña helada. Mi propia lengua es la que me llevó a este peligro. Mis propios pies me encaminaron a esta cárcel. Los términos de mi acusación han sido escritos por mi propia mano.
Cuando todavía era un niño de pecho, mis padres y mis padrinos hicieron por mí afirmación de creencia cristiana, y en mi nombre
renunciaron a Satán y todas sus obras. El sacerdote derramó agua sobre mi cabeza y luego, sin mi conocimiento o consentimiento personal, fui bautizado como cristiano. En ese mismo instante, se me hizo súbdito de la jurisdicción de la Iglesia y de sus poderes plenarios desde entonces y en lo sucesivo.
Más tarde, cuando me uní a la Orden de los Predicadores y fui ordenado sacerdote, por votos solemnes me encomendé formalmente a un sistema de leyes, de creencias e incluso de idioma completamente cerrado. La clausura fue formalizada por una bula papal, lanzada por el papa Pío IV al final del Concilio de Trento. La misma prohibía a quien fuere cualquier intento de
"publicar del modo que fuese, todo tipo de comentarios, glosas, anotaciones, escolios o todo tipo de interpretación de los decretos de dicho concilio".
Cuando se promulgó ese decreto, yo tenía quince años. No tenía la menor idea -¿cómo podría haberla tenido?– de lo prolongadas y potentes que podían ser sus consecuencias en mi propia vida. Ahora lo sé. ¡Dios me ayude!
Estoy confinado, más allá de toda apelación, por el código de una ley canónica y por las Constituciones de mi Orden. Se me conmina a que suscriba, no sólo a las verdades principales de los Evangelios, sino a toda interpretación de ellas por la autoridad romana, toda expresión de ellas en el latín enmarañado de los escolásticos. Se me dijo qué libros puedo leer y cuáles se me prohíbe leer o poseer. La historia que me enseñaron está expurgada y, a menudo, falseada. El modelo de todos los filósofos es Aristóteles. El maestro de la más pura teología es Aquino, aunque al final de su vida haya hecho a un lado su propio trabajo con desdén: "¡Todo lo que he escrito es paja!". Con estas múltiples ataduras, muy pronto me sentí impaciente y descontento.
Un monasterio es un mundo pequeño y especial, encerrado detrás de muros de piedra. Entre sus habitantes se puede encontrar a unos pocos santos, a otros que viven en sencilla rectitud y a otros -¡más de lo que la Iglesia está dispuesta a admitir!– que venderían a sus hermanas, que robarían el cepillo de las caja de limosnas o que sodomizarían a un monaguillo si se les presentara la ocasión. En este mundo especial no hay mujeres, sólo hombres que pueden volverse sexualmente violentos contra
los de su propia clase y entonces, como toros encerrados en la misma pastura, expresan su ira los unos contra los otros.
La conducta de la comunidad de Santo Domingo era tan escandalosa y violenta que se prohibió, bajo pena de excomunión, comentarla en el exterior. Inevitablemente, porque soy de naturaleza combativa y satírica, me hice enemigos y su enemistad se expresó a través de delaciones oficiales al Prior. Se había ordenado como regla que debíamos informar sobre los crímenes de nuestros hermanos. A mí, específicamente, se me acusó de estudios heréticos, porque critiqué el uso de medallones de la Virgen y de los santos como una práctica primitiva y supersticiosa y, más seriamente, porque tenía los comentarios de Erasmo de Rotterdam sobre las obras de san Juan Crisóstomo y san Jerónimo. El acceso a los escritos de Erasmo estaba prohibido. Escondí las copias en nuestra letrina, donde más tarde fueron descubiertas, delatándome porque las había citado en los debates con colegas y con académicos visitantes de otros conventos de la Orden. El punto culminante tuvo lugar cuando el Prior me dijo que la Orden instruiría un proceso jurídico en mi contra. Era demasiado. Me sentí como un Daniel muy pequeño en una caverna llena de leones muy grandes. Así que huí.
Al principio, no tenía una idea clara de adónde debería ir o de qué debería hacer cuando llegara a ese lugar. Lo único que sabía era que tenía que marcharme lo más lejos posible de Nápoles, de la jurisdicción de Roma y de los siempre presentes y aullantes Sabuesos de Dios, ¡mis propios hermanos en la religión!
Ahora sé que fui un tonto. Debería haberme quedado y enfrentado a mis acusadores, pero una vez en el camino, me rendí a la dulce ilusión de libertad. No era demasiado difícil sobrevivir. Para la gente sencilla, yo era un santo porque vestía el hábito religioso. Para los más educados, seglares o clérigos, yo era un personaje al que había que tratar con respeto y al que, discretamente, había que ofrecerle limosnas y hospitalidad. Había una ironía en la idea: ¡el aura de la inquisición protegía al mismísimo hombre a quien la inquisición amenazaba!
Por supuesto, en el convento de Santo Domingo notaron mi ausencia.
Comenzaron investigaciones, pero cada día yo me alejaba, viajando al menos tan rápido como cualquier correo.
Cuando en el camino o en las postas me encontraba con miembros de mi propia Orden, refrenaba mi lengua locuaz, refugiado detrás de un muro
de misterio oficial durante el día y riéndome con mi almohada durante la noche.
Ahora no me río. El único lugar que puedo recorrer libremente es el campo de la memoria. La única corte a la que puedo apelar es el foro de mi propia conciencia. Pero todavía tengo el gusto de la libertad en mi lengua, el polvo de muchos caminos en mis botas. Viví en muchos países: Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza. Tengo muchos amigos de alcurnia: nobles, príncipes y hasta un rey. Mi voz ha sido oída en muchas casas de enseñanza. Espero que los libros que he escrito me sobrevivan; ni siquiera la Santa Inquisición romana puede quemarlos todos. Mi insensatez es clara: un día, confiando en la amistad, en el mecenazgo de un noble poderoso -y sí, en la validez de lo que había escrito y en la sabiduría de aquellos que lo hubieran leído-, me encaminé de nuevo alegremente al cautiverio.
Desde entonces, he explorado cada pasadizo del laberinto de la ley buscando una salida. Todos terminan en un muro blanco. Cuando el Hermano John me dejó, me hundí inmediatamente en un pozo negro de desdicha. Ahora, realmente, he sido despojado de esperanzas; incluso de ira por lo que he visto como una traición jurídica. En Venecia hice una retractación general de cualesquiera de los errores que hubiera cometido hablando o escribiendo. Esa retractación fue realizada sobre la base de una promesa de libertad del tribunal local de la Inquisición. Luego los romanos pidieron mi extradición, sosteniendo que el juicio veneciano sólo era una parte de los asuntos que venían de Nápoles.
En Roma, muchas veces a lo largo de los años, me ofrecieron el mismo trato: retractarme y ser libre. Ahora han vuelto a cambiar de opinión: podría retractarme y ser absuelto en el foro de la conciencia; pero todavía estaría sujeto a los castigos de la ley porque el Papa no levantaría las censuras que pesan sobre mí. Mi destino ya ha sido determinado. Todo lo que tienen que hacer es declararlo formalmente con un documento notarial.
Repentinamente, un nuevo impulso se apoderó de mí. Desparramaré toda la comida y el vino y me atiborraré hasta atontarme; luego, dejaré que los carceleros se las arreglen con el despojo hinchado de Filippo Giordano Bruno, el nolano. La cordura no me volvió hasta el momento en que disponía la comida sobre la mesa. Me di cuenta de que esta locura de la glotonería sería mi derrota final, su victoria final. Entonces, en efecto, el Superior General podría declarar que me quebraron y que mi débil voluntad
también evidenciaba mi mala fe en mis prolongados tratos con los Inquisidores. No podría, no debería proporcionarles un triunfo tan fácil.
Entonces, la furbizia, la viveza callejera de mi juventud napolitana, me permitió una pequeña esperanza. En lugar de llenarme la panza con comida que me enfermaría, ¿por qué no usarla como soborno para ganarme el favor de mi carcelero? Pronto, antes de que yo, el escritor, sea borrado del libro de los vivos, necesitaré un correo para que saque mi último testamento de esta cárcel.
No tuve -y tampoco tengo ahora- certeza alguna, pero una apuesta muy desigual parece mejor que un dolor de estómago por glotonería. Así que golpeo la puerta y llamo al carcelero. Se toma su tiempo para venir y pregunta con fiereza qué quiero. Le digo que quiero darme el gusto de ofrecerle un pequeño regalo por el día de fiesta. Esto lo decide a abrir la puerta y a meter un pie receloso dentro de la celda.
El guardián es joven, tiene mandíbula fuerte, ojos embotados y un algo más que estúpidos. Me dice que está de guardia, solo, hasta el atardecer.
Todos sus colegas están en su casa con sus familias. Me pide que le muestre el regalo que tengo para él. Lo arrastro adentro y me aseguro de que la puerta esté cerrada. Luego le señalo la comida y el alcohol. Se queda con la boca abierta y me pregunta cómo obtuve esas cosas. Le explico. Le digo que me gustarla que las compartiera conmigo y que se quedara con las sobras. No puede entender por qué soy tan generoso. Le digo que, en estos días, estoy inapetente. Necesito más la compañía que la comida.
Claramente, se siente incómodo. Lo apremio amablemente:
–¡Por favor! Concédeme la gracia. Estás solo. Estoy solo. ¿Quién se va a enterar?
Resolver este problema matemático le lleva unos minutos. Finalmente, acepta. Se sienta en mi taburete mientras permanezco de pie para servir el alcohol y le pido su cuchillo para cortar el pan y la salchicha. He escondido la fruta y las almendras azucaradas debajo de mi manta: pequeños manjares que no son una incitación a la glotonería o a la ebriedad.
Me sirvo una pequeña y prudente medida de alcohol, pero animo a mi huésped a que coma y beba a gusto. Al cabo de un rato, empieza a relajarse. Le pregunto por su familia. Su padre está muerto. Vive en su casa con su madre y con una hermana soltera quien, por carecer de dote, es difícil de situar en el mercado de los casamientos. No es
fea, así que la madre está tratando de arreglarle un casamiento con un comerciante viejo, que ha enviudado recientemente, y necesita una mujer, preferiblemente un muchacha que lo cuide y se ocupe de la tienda.
Personalmente ya está listo para hacerme confidencias-, no apostaría por la suerte de su hermana. Hay demasiada competencia, ¡y un tendero próspero no necesita casarse para tener la cama caliente y el negocio arreglado!
Eso me impulsa a preguntarle cómo van las apuestas del personal a propósito del desenlace de mi caso. Sacude la cabeza.
–¡Van parejas! Eso es lo mejor que se ofrece. A menos que, por supuesto -me mira con ojos astutos-, a menos que estos regalos signifiquen mejores noticias. ¿Están acaso ofreciéndole perdón a cambio de uno o dos nombres?
–Lo dudo, amigo.
–De todos modos, le deseo suerte. La salchicha está muy buena; el vino también es bueno.
–Sólo lo mejor para la mesa del amo. – ¿Cómo puede estar tan animado? – ¿Ayudaría que me lamentara todo el día? – Supongo que no; pero, ¿no tiene miedo? A veces.
–¿Vio alguna vez una quema? – pregunta con cierta estúpida inocencia.
Le digo que no. No es un espectáculo al que iría para divertirme.
–Yo vi una. El que compartía la celda con usted, el fraile barbudo.
¿Cómo era que se llamaba?
–Hermano Celestino.
–Ése. Fui con mi amigo Ambrogio. A Celestino lo quemaron de noche en el Campo del Fiori. Levantaron la hoguera justo enfrente de la embajada de Francia. El embajador armó un gran lío por eso. Dijo que el ruido y el hedor lo mantuvieron despierto; pero fue un gran espectáculo; en realidad, como un carnaval.
A pesar de mí mismo, me fascina oír su versión del acontecimiento. Lo describe de la misma manera en que un niño describiría una actuación de Polichinela en una feria campestre.
–Primero hay una procesión desde la Torre Nona hasta el Campo. Hay un guardia de piqueros y un trompeta. Al condenado lo llevan en un burro.
Para que no se caiga, le atan los pies por debajo de la panza del animal y los brazos, por debajo de cuello. Lo visten con un gran saco de arpillera pintado
con diablos y las llamas del infierno. Su cabeza es lo único que uno puede ver. Le meten una cuña de madera en la boca para que no pueda maldecir o gritar. Antes de que la procesión se ponga en marcha, los hombres misericordiosos ocupan su lugar a los lados del animal.
¿Hombres misericordiosos? Es una expresión que nunca oí. Le pregunto quiénes son. La palabra y el título inusual lo hacen trastabillar. Resulta que los hombres misericordiosos son miembros de la Cofradía de San Giovanni decollato: san Juan, el decapitado. Ellos acompañan a la víctima a la hoguera, rezando, metiéndole un crucifijo debajo de la nariz, rogándole que se arrepienta antes de que lo quemen en la tierra y en el infierno. Esta mascarada bárbara me fascina e indigna. Por primera vez percibo el completo horror de la narración que hace el Evangelio de la crucifixión: Jesús y las otras dos víctimas, clavado desnudo a la cruz, hostigado por las burlas de una muchedumbre y desafiado por los creyentes ortodoxos a que haga un milagro que le permita salvarse. Mi narrador está absorto en la culminación de su propia historia macabra.
–Cuando llegan al Campo, todo está listo. Alrededor de la pira se amontonan ramas y troncos de pino empapados con aceite para que quemen mejor. Liberan de las ligaduras al reo y lo desnudan, como se pela una naranja. Los hombres misericordiosos intentan por última vez salvarle el alma. Él se aleja de ellos. Entonces lo atan a la pira y los portadores de antorchas encienden el fuego. Me quedé esperando que el tipo gritara, pero, claro, con la mordaza, no pudo. Tampoco pudo moverse demasiado porque sus ligaduras estaban muy ajustadas. Ambrogio, mi amigo, dijo que si el tipo tenía suerte, el humo lo sofocaría antes de que el fuego realmente lo quemara. ¿Quién sabe? La multitud no nos dejó ver y el humo, antes de que el fuego prendiera, era muy espeso. ¡Diablos! ¿Por qué le estoy diciendo todo esto? Podría ocurrirle a usted y no tiene sentido que pase dos veces por esto antes de estar ahí. ¿Dijo que podía quedarme con el resto del vino y de la comida?
–¡Por favor! Llévate todo; es mi regalo. – ¡Usted es un hombre generoso!
Me encojo de hombros, me esfuerzo en sonreír, apilo la comida en sus brazos y le mantengo la puerta abierta. No puedo encontrar palabras para decirle que, en ese momento, otro bocado se me atragantaría.