La última confesión

Morris West · Capítulo 7 de 17

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La última confesión

27 de diciembre

En una capital donde la ortodoxia había sido confirmada con derramamiento de sangre, las conferencias demostrarían mi ortodoxia. Al mismo tiempo, prepararía el esquema de un trabajo sobre la magia natural y un sistema de memoria, del cual yo mismo soy ejemplo y un dotado exponente. Puedo reivindicar, en efecto, que tengo la memoria de un Mago el cual, a través de antiguas imágenes que ha aprendido y comprendido, alcanzó un enorme poder personal. Deseaba que mi exposición de ese poder me atrajera la atención de la Corte y, en realidad, del rey mismo, el cual -

según el rumor- era devoto de las artes liberales, pero vivía en desasosiego y temeroso de los espectros de su pasado reciente.

Mi Berthe no sabía nada y nada le importaba la filosofía; pero comprendió mi necesidad de progresar. Mi decisión no se discutió.

Lloramos juntos y Berthe advirtió amablemente: "Mi amor, es fácil recoger los huevos de las gallinas propias, pero las águilas anidan en lugares altos y peligrosos y son aves hostiles. Así que, cuídate, amor mío. Te echaré de menos. ¿Me escribirás de vez en cuando?".

Le prometí que lo haría; pero nunca lo hice. Ésa es la maldición del vagabundo: nunca puede volver la vista atrás. Sin importar lo cómoda que haya sido la cama que compartió, en el camino siempre está solo.

27 de diciembre

Hoy soy víctima de la lobreguez del invierno: una melancolía sofocante que, si me vence, me dejará en la cama mirando las piedras grises del techo.

Tengo que obligarme a limpiar, comer el pan rancio de mi desayuno e instalarme para escribir. Cuando invoco mis recuerdos de esa primera estancia en París -que están entre los más felices de mi vida-, se alza la nube de la tristeza.

Me había preparado bien para esa estadía. Estaba cansado de la vida andariega del erudito vagabundo. El tiempo con Berthe me había enseñado el valor de la tranquilidad doméstica. En Toulouse había gastado poco, así que tenía en mi bolsa una modesta suma de dinero, lo suficiente para comprar un caballo, pagar los gastos en el camino y vivir en París mientras buscaba un mecenas.

Un colega me había dado cartas de presentación para tres impresores parisinos y para dos profesores de la Sorbonne, donde él había estudiado.

En síntesis, estaba en mejor situación de la que había estado en mis

vagabundeos anteriores; pero sabía que tenía que empezar a trabajar lo antes posible.

Por una afortunada casualidad, todos los impresores para quienes tenía cartas estaban en la rue Saint Jean de Latran, bastante cerca del College de Cambrai. Uno era Egidius Gilles, cuyo emblema eran las Tres Coronas; el segundo, Egidius Gorbin, cuyo cartel anunciaba "Esperanza", y Guillaume Giuliano, que era sobrino de Gorbin.

Decidí distribuir mi trabajo entre los tres, lo que los pondría a competir y me permitiría estirar mi crédito un poco más. Cada impresor necesita autores para que sus prensas estén ocupadas y para proporcionarle títulos que puedan vender a los libreros y en las ferias. Los impresores deseaban presentarme a sus clientes como una nueva y distinguida figura en sus catálogos, por lo que fui invitado a hablar en varias reuniones de eruditos y nobles. Más rápidamente de lo que me atreví a desear, se me estableció una conexión con la corte del rey Enrique III.

El Enviado de Venecia, Giovanni Moro, me prestó el apoyo más generoso y me enseñó las maneras de la vida cortesana. Mi querido y devoto amigo Jean Regnault me presentó a Henri de Angouleme, Gran Prior del Reino, Teniente General y Almirante de la Flota. Yo era capaz de demostrar detalladamente a esos nobles y a otros como ellos mi sistema de memoria, mejorado a partir del ideado por Ramón Llull.

Les pedía que me examinaran sobre el aprendizaje y la rememoración de temas de su elección: historia, geografía, astronomía y mitologías antiguas. Confieso que en todas mis actuaciones usaba pequeños trucos desconcertantes como los de un actor enmascarado o un adivino en carnaval. En todos nosotros hay un niño que se deleita con la ilusión.

No desalenté las habladurías ni los debates sobre si el arte que exhibía era natural o mágico, aunque tenía cuidado de no decir -más allá de la exageración retórica- que contenía elementos de magia antigua. En la atmósfera de discusión y sospecha creada por las guerras religiosas, lo último que quería era otra acusación de herejía.

Finalmente, recibí un Requerimiento Real para que me presentara en la corte y demostrara mi sistema. Como parte de mi exposición, señalé que un hombre con una memoria bien entrenada era el correo más seguro para los mensajes importantes. No tendría documentos que pudieran ser robados o copiados. Lo único que necesitaba el mensajero era una prueba de

identidad. En cierto sentido, dado que el dolor confundiría los símbolos cuidadosamente ideados del recuerdo, sería invulnerable aun a las torturas.

Su Majestad, entonces, me sometió a una prueba ideada por él mismo.

Ocurría que había preparado un documento de cierta dimensión, que contenía instrucciones diplomáticas y militares sobre una operación ficticia en Flandes. Me preguntó cuánto tiempo necesitaría para aprenderlo de memoria. Solicité cinco minutos. Pero después de tres minutos de lectura enrollé el pergamino y lo devolví. Entonces lo recité palabra por palabra, luego pedí que Su Majestad y otros me interrogaran al azar sobre los detalles.

En mi presente estado de degradación, todavía recuerdo esa ocasión triunfal. La confianza de mis amigos nobles fue justificada. Su Majestad quedó grandemente impresionado. Ordenó que se me encontrara un puesto como maestro en el College de France y me dijo claramente que consideraría qué otros usos podrían encontrarse a mis singulares habilidades.

En muy breve término, concluí tres obras, todas ellas basadas en el arte de la mnemotecnia: La arquitectura en los libros de Ramón Llull, Las sombras de las ideas y La canción de Circe. Viéndolas ahora retrospectivamente, reconozco que fueron más importantes para mi carrera que para la posteridad. Ya entonces quería escaparme de ese rincón un poco estéril del jardín de la filosofía. En su momento, constituyeron un fenómeno, pero significaron poco para el verdadero progreso de la sabiduría y la cultura. Sentía la necesidad de cambiar de la erudición pedante a la comedia de la vida real. Orienté mi mente hacia otros maestros -Bibbiena, Ariosto, Aretino-, y decidí que tenía la experiencia y la habilidad literaria para alcanzarlos. ¡Escribí una obra de teatro! Fue una comedia a la que llamé El hacedor de velas.

Sentado en mi celda, con frío y solitario, miro mi propia y magra provisión de velas y recuerdo con qué audacia presenté mi prólogo a El hacedor de velas.

"Debéis imaginaros a vosotros mismos en la muy Real Ciudad de Nápoles. Os esperan destellos de timadores, bribones y carteristas…

mujeres viriles, hombres afeminados… Veréis poca cosa bella, nada bueno… ¡Que el cielo os asista!"

Era una sátira de la vida monástica y de la profesión de los eruditos pedantes que -según se dice- habla sido sacada de la vida misma. Como pieza teatral, fue exitosa e hizo hablar a todo París. Como un episodio más de mi variada carrera, fue, retrospectivamente, de mal agüero. Me valió tantos enemigos como amigos y, desde el comienzo de mis juicios en Venecia y en Roma, se presentó como un argumento en mi contra.

Quiero decir que mi vida en Paris me proporcionó mucho placer, pero ninguna fe en la bondad de los seres humanos. Tenía mi puesto en el College de France porque éste se encontraba bajo la protección del Rey, pero la Sorbonne me estaba vedada porque allí triunfaba la Iglesia, desesperada por defenderse de las intrusiones de herejes sospechosos como yo. El éxito de mi comedia acrecentó la amenaza. La teología dudosa es una cosa contra la que se puede debatir o que puede suprimirse. La sátira popular es otro asunto. La carcajada burlona de la multitud nunca puede sofocarse; así que hay que lanzar los perros contra el hombre que la provoca.

Sin embargo, por el momento sus aullidos apenas se oían detrás del aplauso de mis admiradores y las entusiastas respuestas de los estudiantes que se agolpaban en mis conferencias. Había dejado en claro desde el principio que ellos eran libres de hacerme todas las preguntas que quisieran, planteándolas incluso en los términos más conflictivos.

–Un sabio -les dije-, un verdadero sabio es aquel que está enamorado del conocimiento. Debe estar dispuesto a vender la última camisa que tenga por una verdad pequeña, un destello de fuego celeste que ilumine el misterio del mundo y todas las mentiras que se esconden detrás de él.

Definir y componer fórmulas no es conocimiento. Es pedantería; no es eso lo que os ofreceré en esta clase. El lenguaje, amigos míos, es el más seductor y traicionero de los dones porque los hombres y las mujeres construyen todas las lenguas. La capacidad de construirlas es lo único que podemos decir que nos dio el Creador. Desde la época de los griegos nos hemos emborrachado de elocuencia. ¡Hicimos una jaula de palabras y empujamos a su interior al Creador, de la misma manera que los niños confinan a un grillo o a una langosta para que canten su canción sólo para ellos! Pero cuando se aprisiona al cantante, ya no hay canción, hay el silencio de un Dios que agoniza en un cuarto estrecho y oscuro.

Ellos entendieron eso. Al menos, así lo creí. Lo leí en sus ojos. Lo oí en sus exclamaciones de sorpresa y asombro, lo que me elevaba a más audaces especulaciones. Ésa era la libertad que siempre había anhelado: dejar que mi mente hablase y que otros, aprobándome o refutándome, me respondieran. No me preocupaba por los modales, sólo porque no se estuvieran sentados como vasijas vacías, esperando en silencio que algún erudito bodeguero las llenara con vino aguado a punto de convertirse en vinagre.

No obstante, hice lo posible para reservarme tiempo para estudios más privados. Busqué a aquellos que eran -o decían ser-adeptos a las prácticas alquímicas relacionadas con las transformaciones que afectan la materia misma: cómo, por ejemplo, los metales básicos pueden ser transformados en oro o plata. Sobre ese arte secreto se dijeron y escribieron muchas tonterías. Muchos de los que dicen practicarlo son viles charlatanes.

Sin embargo, encontré a un verdadero personaje. Su nombre era Don Miguel Maravilloso. Se presentaba como español, pero lo más probable es que fuera miembro de alguna antigua familia morisca que se había convertido hacía mucho y que había huido del país al exilio.

Ese Maravilloso era un tipo alto y moreno, de alrededor de sesenta años, con una sonrisa que raramente asomaba y ojos que leían los secretos escondidos detrás de los rostros de los otros hombres. Se había hecho de buena reputación y se ganaba muy bien la vida como armero vendiendo, en la escuela de esgrima que había fundado, buenas dagas y espadas a los nobles. Sus armas de acero damasceno eran muy apreciadas entre la nobleza a quien él instruía.

Yo no podía permitirme pagar sus mercancías, pero conseguí interesarlo en mi conocimiento de las artes herméticas, de las cuales la forja del metal es la más antigua y misteriosa. Se fue abriendo de a poco, cautamente al principio, y luego con la libertad de un amigo.

Recuerdo nuestra charla más personal como si fuera ayer.

–Mis habilidades las aprendí de mi padre; él, del suyo, y así sucesivamente, hasta un oscuro pasado que se remonta a Alejandría y Cartago. Me enseñaron mucho más que el arte, me enseñaron la magia que lo inspira y el lenguaje que lo expresa.

–Don Miguel, ¿qué quiere decir cuando dice magia? ¿Magia buena, magia mala, hechizos, conjuros?

Se río y sacudió la cabeza.

–¡No, Maestro Giordano! ¡No y no! Lo que yo llamo magia no es lo que hago, sino lo que sucede cuando lo hago.

–Tendrá que explicármelo.

–¿Sabe usted lo bien que se templa el acero, primero calentándolo y sumergiéndolo inmediatamente en agua?

–Lo sé de hecho, pero eso es todo. No puedo hacerlo ni explicarlo.

–¡Es eso exactamente! Forjando espadas soy un maestro: soy mejor que la mayoría de los de esta ciudad. Un hombre menos capaz puede hacer lo que yo hago, usar los mismos elementos y producir una hoja que no sea mejor que la cuchilla de un carnicero. ¿Qué es lo que me hace diferente?

¿Qué cosa heredé que me dota de un juicio de maestro? ¡Ésa es la magia! El resto es rito. Nómbreme los cuatro elementos.

–Tierra, aire, fuego y agua.

–Exactamente. Los uso en mi forja: el metal sacado de la tierra, el aire de mis fuelles, el fuego de mi hogar, el agua de mi tonel. Pero, ¿qué es lo que sucede dentro de la hoja que hago? No sé. ¡Me desespero por saberlo, pero un día, en algún momento mágico, alguien adquirirá ese saber!

¡Piense! Los antiguos decían que el arte de trabajar el metal fue aprendido de Vulcano, que se afanaba con los cíclopes en su forja en la cima del monte Etna. Eso es leyenda. El misterio consiste en saber quién enseñó a los hombres que, en lugar de hacer hachas de piedra, podían hacerlas de bronce. ¿Quién les enseñó cómo hacer hierro y forjar el acero? ¿Quién les enseñó a convertir la arena en vidrio? Creo que tales conocimientos se producen en momentos de inspirada conjetura. Los que descubren eso son los verdaderos magos. Nosotros, los artesanos, somos los expertos que heredamos sus secretos. Conservamos el saber para nosotros, lo escondemos en la charlatanería de los conjuros, porque sabemos que da poder. Entonces, Maestro Giordano, ¿cree poder explicar esto a sus alumnos? ¿Se anima a proclamarlo en sus escritos?

–¿Me desafía, amigo mío?

–Lo prevengo, tal vez. Hago un fino estoque que puede matar a un hombre o con el cual yo mismo puedo ser asesinado. Así, hago una funda para proteger la hoja y para resguardarme.

Éstos son tiempos peligrosos. Lo que usted enseña y lo que escribe son armas que pueden volverse en su contra.

–¿Entonces, un lenguaje cuidado es la funda en donde esconderlas?

–Hasta que esté lo suficientemente enfadado o hasta que sea lo suficientemente audaz o lo suficientemente imbécil para desenfundar la espada, deje la retórica a un lado y diga la pura verdad. Ésa es la primera lección que enseño a mis alumnos. Nunca invite al combate. Nunca amenace a otro hombre, a menos que esté listo para matarlo o para que lo maten a usted.

–¿Por qué se preocupa tanto por mí?

–¿Por qué sigo hablándole? – volvió a reírse-. Quizá porque usted es un hombre con sombras en su pasado, como yo.

Eso, al menos, son los chismes que oí. También oí que usted sueña y habla de un futuro nuevo. Hago lo mismo cuando estoy feliz en mi laboratorio. Me pregunto qué secretos podremos aprender del mañana. Me pregunto qué es lo que quizá traigan los viajeros de lugares lejanos, como Cathay o las Nuevas Indias. El problema es que nuestro futuro puede amenazar a otros que temen mortalmente al cambio.

–¿De qué otra manera puede producirse el cambio, si no lo ideamos?

–Mientras forjo mi acero, en privado, y sólo para aquellos que lo valoran.

Fue luego de esa conversación cuando le pregunté si podría visitarlo en su forja y en su laboratorio. Sonrió y sacudió la cabeza. – No aprendería nada, Maestro Giordano. Una forja es una forja; un herrero, un herrero. En cuanto a mi laboratorio, todo lo que obtendrá será un dolor de cabeza por los vapores, manchas en las manos y en la ropa debido a los licores. Para usted, puedo crear olores pestilentes y explosiones, y destilar un licor de colores en mi alambique. Pero ésos serian trucos de hechicero. No responden a las preguntas reales: ¿qué es lo que hace que el acero cambie de color, cómo se combinarán algunos metales entre si, cuál es la diferencia entre un árbol vivo y el carbón que de éste se deriva? Usted y yo avanzamos por diferentes caminos hacia la misma verdad. ¿Quién sabe? Quizás algún día pueda demostrar en mi laboratorio lo que usted conjetura en alguna mágica noche de silencio. Pero tenga cuidado, Maestro Giordano. ¡Piénselo bien! Ésta es la época de la locura. Quemamos doncellas y abuelas por brujería. Vaya a saber qué nos harían cuando descubran lo poco que sabemos.

No escuché la advertencia ni la tuve en cuenta. Volaba demasiado alto, como un halcón que cabalga el viento.

Pasaba mucho tiempo en la Corte. Su Majestad se sentía cómodo en compañía de eruditos y filósofos, con los cuales podía pasar dos y tres horas cada día leyendo y discutiendo. Me nombró uno de sus Lectores, posición que despertó algunos celos, pero que agregó dinero a mi bolsillo. Más importante: durante un tiempo estuve desesperadamente enamorado.

Egidius Gorbin, el impresor en cuya casa me alojaba, era un hombre singularmente caritativo. Había dedicado tiempo y dinero al cuidado de los hijos de los miembros del Gremio de los Impresores que habían quedado huérfanos por la muerte de sus padres o en la indigencia por la pérdida del padre. Les encontraba padres adoptivos y, cuando crecían, situaba a los varones como aprendices y hacía que las niñas aprendieran las artes domésticas de manera tal que alcanzaran un casamiento razonable con alguno de los miembros del gremio.

Las muchachas recibían instrucción en la casa de Mademoiselle Françoise Solanges. Una noche, bebiendo vino, Egidius Gorbin me pidió un modesto favor: ¿estarla yo dispuesto a ir a la casa de Mademoiselle Solanges para hablar con las jovencitas? La idea no me gustaba. Sentía que ya había cumplido mi condena de maestro mal pagado y carecía de toda experiencia al frente de una clase llena de adolescentes. Con mucha tranquilidad, Gorbin insistió. Quería hacer un favor a la dama. Quizá me interesara conocer la clase especial de cuidados que ella tenía para con sus pupilas. En todo caso, implicaría un cambio respecto de las discusiones en la sala de conferencias y de las intrigas de la Corte. No pude encontrar ninguna buena razón para negarme, así que, una mañana temprano, me presenté a la casa de Françoise Solanges, una discreta morada en una de las callejuelas que había detrás del College de France.

Incluso en la desesperación y suciedad de mi condición presente, descubro una viva alegría en el recuerdo de ese primer encuentro con Françoise Solanges. Su belleza física me aturdió: pelo castaño rojizo, ojos verdes, la piel como el mármol más blanco y su figura, oculta, pero de algún modo abiertamente manifiesta por una túnica sobria y un peto de encaje rústico. Su sonrisa, como su saludo, era sincera y franca: un cambio agradable respecto de las coqueterías y de los relajos de las damas cortesanas. Para mis embelesados ojos, parecía bañada en calma, como el

brillo de la luna sobre el agua de un lago. No obstante, sentí una repentina punzada de deseo por ella, un deseo que no me atreví a revelar inmediatamente, pero que, como todo esperanzado libertino, soñaba algún día confesar.

Las pupilas tenían entre doce y quince años. Era evidente que la adoraban. La trataban como a una hermana mayor, deseosas de su atención, del consuelo de su presencia y de su contacto. En el afecto que ella les prodigaba no había ninguna mezquindad. Rogué en silencio que pudiera concederme un poco. Le pregunté qué era, según su parecer, lo que yo podría ofrecer a las muchachas. Su respuesta me resultó sorprendente.

–Quiero que las haga soñar. Me dijeron que, tanto en Toulouse como en París, eso hizo con sus alumnos. Quiero que para mis niñas abra un jardín en el que puedan pasearse el resto de su vida.

–¿Y qué os hace creer que yo pueda hacer eso, Mademoiselle?

–Egidius Gorbin me lo aseguró. El habla de los prodigiosos poderes de su memoria. Los chismosos dicen que usted es adepto a las malas artes.

–¿Usted les cree?

–No. Pero creo a Monsieur Gorbin. Él lo llama "caminador de nubes".

Ahora que lo conozco, me parece un buen nombre. Me gustaría que llevara a mis niñas a pasear por las nubes, que les mostrara el cielo que hay más allá de ellas y las estrellas, más allá del cielo.

–¿Le parece importante para las jovencitas?

–Me parece importante para todos nosotros, Maestro Bruno. No menos que los hombres, las mujeres necesitan un futuro al cual puedan entregar sus esperanzas.

–Yo hubiera creído que sus esperanzas estaban puestas en el casamiento y en los hijos.

Se río de lo que dije, y mientras escribo recuerdo que su risa era como el sonido de campanas de plata. Nuestro primer momento de intimidad terminó allí. Me condujo al salón donde, muy atentas, esperaban las niñas, murmurando y tentadas por el tipo bajo y moreno con su toga de hombre docto que, por primera vez en su vida, se sentía tímido ante las mujeres.

Entonces, repentinamente, tal como le ocurrió al mudo del Evangelio, mi lengua se soltó y empecé a contarles la historia de mi propia infancia en Nola, a hablarles sobre los bosques y las arboledas del monte Cicada, y sobre las criaturas mitológicas que allí moraban: ninfas, sátiros, centauros,

Pan -que tocaba las flautas- y Apolo, que hacía música con su lira. Luego las invité a cabalgar conmigo sobre una gran bocanada de humo del Vesubio y a saltar sobre las nubes hacia una infinidad de estrellas y tierras ignotas.

No les hablé desde una tarima, sino que me desplazaba entre ellas, agachándome a veces, acuclillándome en el suelo y atrayéndolas para que hicieran un círculo a mi alrededor, exagerando como un actor de la Commedia dell'Arte. Su fresca femineidad

me rodeaba: un fauno en un campo de asfodelos, pero también un niño, volviendo a vivir horas inocentes entre sus compañeros de juegos. Sé que ese día fui feliz. Sé que las niñas también, y más tarde, en la intimidad de su salón, Françoise Solanges tomó mis manos entre las suyas un momento y me dijo:

–Me ha hecho andar por las nubes con usted, Maestro Bruno. No puedo agradecerle lo suficiente por haber venido.

–Me gustaría volver.

–Espero que pueda, tan a menudo como usted disponga.

–Por mi parte, Mademoiselle, desearía que alguna vez pudiéramos pasear juntos, solos usted y yo, en un privado mundo de nubes.

Me sonrió con un gesto extraño y sacudió la cabeza.

–Creo que no sería una buena idea.

–¿Por qué no? ¿Está comprometida? ¿Teme al escándalo?

–¡No!

–¿Le desagrado entonces?

–Al contrario, me honra que me lo pida.

–¿Entonces, cuál es el problema?

–El problema, querido Maestro Bruno, es que en mi vida no hay lugar para un hombre, ni siquiera para uno tan atractivo como usted. Hay lugar para una amistad -aun para una del corazón, pero sólo para eso, no. Mi vida está completa en sí misma. Gasto mi femineidad en mis niñas, para hacer que finalmente sean mujeres. A cambio, me prestan su juventud y su amor.

–¿Y con eso le basta? ¿Siempre le alcanza?

–Cuando ya no me alcance, daré otro paso.

–¿Cuál?

–Cuando nos conozcamos un poco mejor, Maestro Bruno… y le confieso mi esperanza de que así sea… entonces se lo diré.

Y con eso, forzosamente, tuve que contentarme, pero en los días y semanas que siguieron me acosó el deseo por esa mujer, azotándome con las furias de los celos y la sospecha. No obstante, no me atreví a arriesgar palabras o gestos que pudieran alejarla de mí.

Visitaba su casa por lo menos dos veces cada semana. Me entretenía con la muchachas en juegos de memoria, les leía leyendas y poesías, las instruía en las reglas elementales de la retórica. Sus aptitudes y entusiasmo abrieron mis ojos de monje a los talentos de la mujer, tan poco apreciados en nuestro mundo masculino. También me recompensaron con un sentido de apego familiar, ausente desde hacía mucho en mi vida vagabunda.

Al final de cada clase, bebía un vaso de vino y hablaba en privado con Françoise. Mi pasión aumentaba, pero ella sólo me ofrecía un tranquilo afecto de hermana que me hacía sentir rechazado y frustrado. Llegó el día en que ya no pude contenerme. Me senté a su lado, la tomé de las manos y dejé que mi amor y mi deseo fluyeran en un torrente de palabras ardientes.

No se apartó de mí; tampoco se entregó. Había lágrimas en sus ojos, pero se quedó sentada, silenciosa y serena como recomponiéndose para maldecirme por mi locura. En lugar de eso, me amonestó con singular cortesía.

–Mi querido amigo, y, créame, usted es mi muy querido amigo, le dije desde el principio que no había lugar para un hombre en mi vida. No soy como las otras mujeres. Mis necesidades y mis dones también son diferentes.

–¿Diferentes en qué? ¡Dígamelo, por favor! Ayúdeme a entender.

–Si se lo digo, querido Maestro Bruno, pongo mi vida en sus manos.

–Yo ya puse mi corazón en las suyas.

Movió la cabeza, desesperada por mi falta de comprensión. Luego, alzó los brazos para desprender de su cuello una cadena de plata de la que colgaba un pendiente, invisible entre sus pechos. No me lo mostró de inmediato, sino que lo sostuvo un momento apretando el puño, dudando si me lo haría ver o no. Finalmente, abrió la mano y me presentó el objeto: un disco de oro antiguo, con un realce en el centro como el de un escudo; del centro salían cuatro rayos, como los radios de una rueda, salvo que no había el mismo espacio entre ellos. Un par estaba muy abierto; el otro encerraba un segmento más corto del círculo.

Supe instantáneamente qué era. Lo había visto como ilustración de documentos de mi Orden de Predicadores, que se remontaban al siglo XIII.

Había sido instruido sobre su significado de culto. Durante mi reciente estadía en Toulouse, me habían mostrado objetos similares como curiosidades: una moneda, un medallón, una curiosa cruz con un pájaro posado en ella.

Eran los símbolos de la secta cátara, que había sido la fe preponderante en todo el Languedoc, antes de que sus fieles fueran masacrados por herejes en una serie de cruzadas militares, ordenadas por el papa Inocencio III.

Después de eso fueron arrasados prácticamente hasta su extinción por inquisidores de mi orden. Sus doctrinas, declaradas heréticas y destructivas para el orden social, habían derivado de las antiguas enseñanzas maniqueas que sostenían que el mundo era un campo de batalla entre dos deidades en conflicto: el Hacedor del Bien y el Hacedor del Mal; por un lado la materia, por el otro el espíritu. A pesar de la santidad de muchos de sus creyentes, fue vista como una doctrina falsa y perniciosa que tenía que ser extirpada dondequiera que se presentara.

Me sorprendió que Françoise hubiera confiado tanto en mí. En Francia, incluso en aquellos días, tres siglos más tarde, la mera posesión de un talismán le habría valido la acusación de herejía y traición. La masacre de los hugonotes en la víspera de San Bartolomé era todavía un recuerdo reciente, y las guerras religiosas estaban lejos de haber terminado.

Françoise me miraba y esperaba mi reacción. La simple pregunta me hizo tartamudear: ¿qué significaba ese símbolo para ella? Me respondió con calma:

–Significa que soy cátara. Mi familia vino de Albi que, desde tiempos inmemorables, fue la ciudad de nuestra gente. Teníamos nuestro propio clero, nuestros propios ritos, incluso nuestra propia moneda. Muchas de las familias más nobles del Languedoc eran creyentes. Nuestras tradiciones se remontan varios siglos hasta los sabios de Persia, que creían en la oposición eterna entre el bien y el mal, la materia y el espíritu.

Sonriendo, se interrumpió y me tocó en la mano.

–Pero, ¿por qué lo estoy aleccionando? Usted ya sabe todo esto. Los sacerdotes de su orden siguieron a los ejércitos para convertir a la gente de mi pueblo que escapó de las matanzas. Mi familia fue una de las que sobrevivieron y transmitieron nuestras tradiciones de una generación a otra.

Cuando mi madre murió, le prometí que un día tomaría el sacramento que llamamos "consolación". Una vez que alguien lo toma, alcanza el rango de

"Los Perfectos"; renuncian al matrimonio y a todo intercambio carnal para vivir la vida del espíritu. Por razones obvias, la mayoría de nuestra gente difiere ese acto hasta el final de su vida para poder así vivir normalmente como nuestros vecinos e, inclusive, simular que nos identificamos con ellos, como yo hago.

Estaba a punto de preguntarle por qué había elegido tan joven aceptar la disciplina ascética de "Los Perfectos", pero ella se me adelantó.

–Debe saber, querido amigo, que siempre fui más feliz en la compañía de mujeres que entre hombres. Aun de niña, cuando oía las historias que se contaban sobre los malos tiempos, solía tener pesadillas en las que un hombre vestido con armadura me empalaba con su lanza o su espada.

Viviendo de la manera en que vivo, no tengo pesadillas. Soy algo así como la mayor de una familia de hermanas cariñosas. Las más pequeñas son como mis propias hijas. No me siento privada, sino enriquecida. No soy fría. No soy incapaz de amar. En verdad, querido Maestro Bruno, puedo decirle sinceramente que lo amo; pero no puedo ofrecerle lo que pueden otras mujeres. No es que menosprecie eso. Simplemente, no puedo dárselo de la manera en que usted querría.

Repentinamente, todo mi enfado se esfumó y me encontré llorando en silencio. Ella se arrodilló ante mí y me abrazó protectora, consolándome como a un niño.

–¡Por favor, querido hermano! ¡No llore! ¿Entiende lo que le he dicho?

Lo que acabo de mostrarle es una prueba de que lo amo. Tiene mi vida y mi felicidad en sus manos. Perdóneme por lo que no puedo darle.

No había nada que perdonar. Se lo dije. Ella no me había avergonzado, como algunas mujeres avergüenzan a los hombres con su rechazo o ridiculizándolos; me había honrado más allá de todos mis méritos. Le rogué que me disculpara por entrometerme en su vida secreta y que entendiera que, en sus especiales circunstancias, yo podía constituir un riesgo para ella porque también yo estaba en peligro. Antes de irme, nos besamos por primera y última vez; sin embargo, su presencia en mi vida todavía es lo suficientemente importante como para que quede registrada en este documento, que quizá sea mi obituario.