La última confesión

Morris West · Capítulo 12 de 17

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La última confesión

Lo que fue, eso mismo es lo que será

y a los distinguidos compañeros de la universidad quienes me habían acogido, a mí, el extranjero, entre ellos.

Era un arreglo que convenía a todos. Mi agradecimiento era genuino. A mis amigos les agradó. Nadie se avergonzó. Mi reputación personal mejoró.

Me tragué la tristeza y la ira, pero las celebré en un pequeño epigrama del Ecclesiastes, que dediqué y firmé para algunos amigos:

Lo que fue, eso mismo es lo que será

Y lo que se hizo, eso mismo es lo que

se hará:

No hay nada nuevo bajo el sol.

Nuevamente salí al camino. Esta vez, me dirigí hacia el este, a la ciudad imperial de Praga, en Bohemia, donde mi amigo Fabrizio Mordente era Astrónomo Imperial y Matemático del Emperador Rudolf II. Sabía que él me recibiría bien y que me presentaría a un círculo de caballeros que, como había ocurrido en otros lugares, podrían pagarme por conferencias privadas y comprar copias de mis obras. A pesar de ello, mi día ya estaba avanzado.

Era 1588. Tenía cuarenta años y aún era como Caín, un vagabundo por las tierras al Este del Edén.

Extrañamente, el viaje en sí mismo no me molestó. Gocé la novedad de los lugares, la variedad de hombres y de mujeres a lo largo de los caminos de Europa, los chismes de los cocheros y de los palafreneros, y el cálido olor a cerveza de las tabernas y postas. Desarrollé una especie de lingua franca que me permitió hablar con ellos. La antigua habilidad para comerciar con extranjeros que había aprendido en las calles y callejas de Nápoles volvió a mí. En el camino, nunca me aburría. Y no era difícil hallar una mujer, sirvienta o matrona viajera, con quien calentar mi cama, que me agradeciera por la compañía cuando llegaba la mañana. Estaba agradecido por la tregua en la soledad y, a cada momento, aprendía, encajando los fragmentos de nuevo conocimiento en el entramado de una filosofía audaz, más allá de las categorías y de los silogismos de los escolásticos.

Ésa era la obra que seguía escribiendo mentalmente mientras preparaba trabajos más prosaicos: un opúsculo sobre la Medicina de Ramón Llull, un comentario sobre la Física de Aristóteles, los Principios y Elementos de Geometría. Eran éstos panfletos reescritos o reconstruidos a partir de obras

anteriores pero, a la vez, mis pasaportes para la academia y mis peticiones de protección imperial.

En Praga, una bella ciudad, Fabrizio Mordente me recibió cálidamente y me alojó en su casa hasta que encontrara mi propio lugar. Como yo, él era del sur. El dialecto de Salerno no difiere demasiado del napolitano y fue un gran gusto hablar libremente en el idioma de nuestra tierra. La esposa de Mordente

tocaba muy bien el laúd y, por las noches, terminada la cena, cantábamos viejas canciones de marineros y campesinos: 'Sto core mio, Villanella chàll' acqua va, Michelemma. Al principio, esos pequeños acontecimientos domésticos me llenaban de alegría, pero me dejaban con una sensación de pérdida, la melancolía que el exiliado nunca pierde por completo.

Fabrizio Mordente entendía muy bien la emoción; también comprendía los riesgos especiales de mi posición. Los explicaba de manera humorística.

–Amigo, nadie pelea con matemáticos o geómetras. Por un lado, no pueden leer nuestras ecuaciones; por otro, no pueden medir un pedazo de tierra o construir el campanario de una iglesia sin nosotros. No objetan que tomemos prestada el álgebra de los árabes, nuestros símbolos de los griegos y nuestras observaciones estelares de los persas. Tampoco nadie pelea contra un médico. Si el paciente vive, es un hacedor de prodigios, se embolsa el pago y se lleva el reconocimiento. Si el paciente muere, fue porque Dios lo llamó y no porque el doctor lo mató. Pero tu caso, mi querido Giordano, es muy muy diferente. En primer lugar, te las estás viendo con cosas invisibles, intangibles. Una idea no se puede medir. No la puedes pesar como harina en un costal. Cuando les pones palabras, éstas significan cosas diferentes para diferentes personas. La diferencia es tan grande como la que existe entre una masa y un hacha de acero fino… Para peor, amigo mío, eres un hombre elocuente. Perturbas a la gente, la excitas como el fuego en la sangre.

–¿Es malo eso, Fabrizio? ¿Es un crimen?

–No. Pero es un talento peligroso. Piénsalo un poco: un simple discurso puede derrumbar un imperio, un simple himno puede dividir una iglesia.

¿Qué prefiere oír la gente? ¿Un cántico llano del claustro o el himno Nuestro Dios es una poderosa fortaleza de Martin Lutero?

–Pero yo no predico la revolución ni la reforma. Sólo pido la libertad de pensar y de decir.

–Para los que mandan, las ideas son como los dientes del dragón.

Siémbralas en la tierra y un día habrá hombres armados que amenazarán con derribar el trono.

–¿Estás diciendo que aquí, en Praga, no seré bienvenido? – En esta casa siempre serás bienvenido. En cuanto al resto, ya he hablado de ti a mi amigo Gian Maria della Lama, que es el médico personal del Emperador.

También es napolitano, así que con él te sentirás cómodo. Por ser mi amigo, te recibirá amablemente y te presentará ante el Emperador como sabio distinguido. Como tributo a Su Majestad Imperial, le dedicarás las obras nuevas que trajiste. Según della Lama, dado que los libros son tratados técnicos y no plantean temas controvertidos, Su Majestad aceptará la dedicatoria.

–¿Y después?

–En agradecimiento, Su Majestad te dará un obsequio.

–¿Qué tipo de obsequio debo esperar?

–Estoy seguro de que será generoso.

–¿Un puesto en la universidad? ¿Una subvención como residente?

–Lamentablemente, no. La universidad es una institución católica, Su Majestad es un príncipe católico. Te dará dinero -y las gracias, claro-, y te sugerirá que disfrutes tu breve visita a esta maravillosa ciudad.

–¿Cuán breve, Fabrizio?

–No más de seis meses. Preferentemente, menos.

–¡Dios santo! ¿Qué hago después? ¿Adónde voy?

–Tienes tiempo para pensarlo. Habla con della Lama; él ha tenido sus propios problemas con Roma, pero los ha superado muy bien. Sé que eso es algo que él te contará. Lo más provechoso aquí es una bella figura: cierto estilo, ¿no?

Por supuesto que Mordente tenía razón. A mí me correspondía convertir mi decepción en triunfo. No debía ser percibido como un académico en apuros, suplicando por un nuevo puesto. Al contrario: yo era un sabio distinguido, que disfrutaba un período de estudio tranquilo mientras daba los toques finales a su obra maestra. Si bien un poco tarde, estaba empezando a aprender que se podía cumplir con las ambiciones simulando

que se renunciaba a ellas, y que la reputación podía cimentarse con mayor seguridad en un cuidadoso anonimato.

Gian Maria della Lamma me recomendó discreción y me reveló la naturaleza de su propia experiencia. Su nombramiento como Médico Imperial había despertado grandes celos, no sólo en su profesión sino en la Curia romana. Después de todo, el hombre que se ocupaba del cuerpo del Emperador estaba más cerca de él que cualquier otro de sus consejeros de la Iglesia o del Estado. Los celos suscitaron rumores maliciosos, que fueron informados a la Inquisición y al mismo Pontífice.

–En parte, fue culpa mía -admitió francamente della Lama-. Abrí demasiado la boca en compañía equivocada. Dije que la Iglesia canoniza a sus propios santos, inventa a sus propios herejes y refrenda sus propios milagros. Por mucho que quisiera, lo único que no puede hacer es inventar su propia ciencia médica. ¡Maestro Bruno, imaginad en qué convirtieron lo que dije! Me denunciaron de inmediato bajo la sospecha de herejía. Su Santidad, el papa Sixto que, como sabéis, es un fiel guardián de la fe, escribió una carta al Emperador, diciéndole

que sólo los buenos católicos deberán ser admitidos a la intimidad del lecho de enfermo imperial. Afortunadamente para mí, el Emperador se negó a doblegarse, pero me advirtió que ni el Pontífice ni los inquisidores olvidarían o perdonarían con facilidad. Me concedió la residencia permanente en Bohemia y me sugirió que me mantuviera bien lejos de Italia. Construí una pequeña finca fuera de la ciudad y ahora soy ciudadano de este país.

Esa confesión me alentó a abrirle mi propio corazón, y él me dio un prudente consejo.

–Una vez que el Emperador os haya recibido y os haya otorgado su favor, no frecuentéis la Corte, no os convirtáis bajo ningún punto de vista en una figura pública. Eso le agradará al Emperador. Él hará saber que la presencia de tan grande sabio honra la ciudad y que vuestro deseo de soledad para el estudio deberá ser respetado.

–¿Puede sugerirme dónde podría encontrar esa soledad para el estudio?

–Me será grato alojaros en mi villa. Hay un matrimonio que se ocupa de ella. La mujer controla al personal, él administra la granja. Os harán sentir muy cómodo. Hay una buena biblioteca y, si decidís cabalgar, un establo con caballos aceptables. Hay mucho lugar, y cuando mi familia y yo

vayamos -algo bastante raro en estos días- disfrutaremos el placer de vuestra compañía. Bueno, ¿que os parece?

Qué otra cosa podía hacer sino agradecer con creces cuando el Emperador aceptó la dedicatoria de mis obras y me hizo el más generoso de los obsequios: una bolsa con trescientos taleros, más que suficiente para mantenerme por un año. En caso de que me interesara, me señaló también que su vecino

principesco, el duque Julius de Brunswick, acababa de fundar una nueva academia en Helmstedt a la que le había dado su propio nombre: la Academia Juliana. Era claro que quería construir una facultad importante.

Su Majestad estaría feliz de recomendarme al duque Julius. Si me decidía a escribir a la academia, él enviaría mi carta por el correo imperial: favor no pequeño, dado que el correo era desastrosamente caro y no siempre puntual o confiable.

Aunque transitoria, era una respuesta a todos mis problemas: un retiro tranquilo, comida y alojamiento gratuitos, la oportunidad de emprender mi obra maestra, cuyos sonoros ritmos ya resonaban en mi cráneo.

Cuando me instalé en el campo y, bajo los vigilantes ojos del ama, dispuse mis libros y manuscritos frente a una ventana que daba a los huertos florecidos y, más allá, al verdor de las colinas, ya había llegado la primavera. Durante una breve y mágica hora, pensé haber vuelto a mi infancia en el monte Cicada. ' Cuando la inspiración flaqueaba, me dedicaba a un pequeño compendio de obras sobre magia, naturaleza, matemática y malevolencia. El mismo, pensaba yo, constituiría un acompañamiento adecuado a la carta que me proponía escribir al rector de la nueva Academia Juliana de Helmstedt. Lo que entonces no sabía era que esa obra constaría posteriormente en los cargos en mi contra. Al hombre que se metía con la magia, con propiedad, lo llamaban mago, nigromante. Según la creencia popular -o según cualquiera que se aprovechara de ésta-, mago era alguien que comerciaba con las malas artes y los misterios prohibidos. Eso era lo que Mocenigo, mi perverso mecenas, quiso comprarme más tarde: la clave del misterio. Al no vendérsela -porque no podía hacerlo-, él me vendió a la Inquisición.

Sin embargo, en ese momento, en mi retiro campestre, estaba contento.

Mi mente estaba lúcida. Mi cuerpo, bien alimentado con comida casera.

Finalmente, estaba libre de la terca y desesperada preocupación por el

mañana. Escribía sin reservas. Los primeros esbozos de De Monade y de De Inmenso se apilaban sobre mi escritorio. Tachaba poco. La prosa y el verso fluían como un torrente, llevando con ellos mis pensamientos, vivaces como peces en el agua clara.

La esencia divina está en todo. Todo lo llena, todo lo penetra.

Ésta es la vida de las vidas, el alma de las almas. Dos son los principios activos del movimiento. Uno es finito y se mueve en el tiempo. El otro, infinito, es la naturaleza del Alma del Mundo, de la Divinidad en hecho, que está en todas partes y en todo.

Ya no necesitaba los trucos y los artificios de la composición literaria, las elaboradas metáforas, las mitologías a la moda. Ahora buscaba claridad y exactitud para expresar las vastas simplezas y los infinitos ocultos en las motas de polvo o en un grano de arena.

Anhelaba un instante en el que pudiera abdicar del pasado y del presente y entregarme, libre como un águila, a los altos vientos del pensamiento especulativo. Pensaba que si tuviera un lugar como ése, una pequeña granja que me alimentara y algún servicio que me mantuviera, podría convertirme en el filósofo de una nueva era. Si pudiera liberarme de la tiranía del mecenazgo y subsistir con los ingresos de mis libros y con el producto de mi pequeña propiedad, según creía, podría sorprender al mundo.

Esa ola de euforia fue la que me llevó a una decisión funesta. Haría una incursión más en la academia. Seguiría el consejo del Emperador, escribiría a Helmstedt y pediría al rector que me matriculara y que me permitiera enseñar hasta que hubiese completado mi obra maestra. Luego de eso, iría a Frankfurt, publicaría la obra y, entonces -como Mordente me había sugerido- seguiría un nuevo plan de acción: buscaría un banquero que me financiara una finca pequeña que resultara viable, y luego haría un trato con una editorial como Wechel y Fischer, de Frankfurt, para dar continuidad a mis obras y a mis ingresos.

Cuanto más pensaba en ello, tanto más posible me parecía; pero necesitaba dar dos pasos: uno que me llevara a Helmstedt y otro que me sacara de ahí. La recomendación imperial de mi sabiduría era demasiado valiosa como para desperdiciarla y el salario académico de un año pondría a salvo mi pequeño capital para la gran aventura que tenía por delante.

Según lo soñé y lo planeé, así ocurrió. A principios del otoño de 1588, me despedí de Praga y viajé a Helmstedt donde, el 13 de enero de 1589, me matriculé en la Academia Juliana, que en el momento de mi admisión contaba con cinco mil estudiantes y más de cincuenta Maestros.

Se me dijo que, a su debido tiempo, se me consideraría para un puesto de profesor. Mientras tanto, me instalé, reuní a mi alrededor a un pequeño grupo de discípulos que me pagaban y continué con la siguiente parte de De Inmenso, la obra que estaba escribiendo. La más amarga ironía es que, dado que trata acerca de un postulado todavía impensable -un universo infinito y una pluralidad de mundos, creados y mantenidos por una divinidad inmanente-, ésta es la obra por la que, con mayor seguridad, me condenarán por herejía.

Gracias a Dios, en Helmstedt carecía de medios para leer el futuro, aunque no podía escaparme por completo de las controversias del presente.

En mayo, el duque Julius murió. Sus exequias se celebraron con mucha pompa -y con la mayor sinceridad- en la capilla de la fortaleza. No tomé parte en esos acontecimientos más que como espectador; pero siete semanas más tarde, al final del período oficial de luto, me ofrecí a pronunciar la acostumbrada "Oración de Consuelo" que cerraría las ceremonias.

Mi oferta fue aceptada. Tomé tiempo y puse cuidado en el texto, además de mucha emoción. Mucho debía a la amabilidad de ese buen hombre y al recibimiento en su ciudad que me había brindado. Hablé sin reserva: Llegué aquí para proseguir con mis nobles aspiraciones y estudios, actividades que mucho valoro pues en mi propio país fui expuesto a las ávidas fauces de la loba romana, forzado a un culto insano y supersticioso, oprimido por la violencia de la tiranía. Aquí, en Helmstedt, como por milagro, fui devuelto a la vida. Me sentí un ciudadano libre, seguro en el gozo de mil gentilezas y honores.

La oración gustó tanto al duque Henry Julius que me regaló ochenta escudos y me garantizó su protección personal contra mis adversarios, entre los cuales, con bastante ironía, había un tal Gilbert Voet, Pastor Principal y Superintendente de la iglesia de Helmstedt.

Ese tipo arrogante se encargó de convertir enjuicio público una disputa privada, excomulgándome de la asamblea luterana, de la cual nunca había sido miembro formal. Voet era una de esas personas pendencieras y farisaicas que se pueden encontrar en toda secta religiosa. No obstante, la

intervención del Duque le hizo callar, aunque no suprimió su enemistad hacia mí, ni el celo con el que siguió complotando contra mí.

Esos dos acontecimientos, la mejora de mi fortuna personal y la ineludible fricción religiosa, ratificaron mi plan de terminar todas las obras emprendidas y usarlas como los cimientos de una nueva e independiente carrera.

Para ese fin, contraté a un secretario, un joven graduado de la universidad, Jerome Besler, hijo de un pastor protestante de Sprottau, Silesia. Era estudioso, discreto y diligente. En lugar de aplicarme siempre a la dura tarea de escribir a mano, podía dictarle; en ese año atareado y crítico, su leal compañía me resultó importante.

A Besler le dicte las versiones finales de mis obras sobre magia.y otro volumen sobre los Orígenes y elementos de las cosas y sus causas. Con él, también discutí e hice constantes cambios críticos a las tres obras clave: De Monade, De Inmenso y De Universo et Mondi.

Ésa era la labor que más feliz me hacía, lo más cerca que un hombre puede llegar de un acto creativo divino: sacar algo de la nada o, tal vez con menos presunción, imponer un orden creativo a una masa confusa de ideas e imágenes.

Ya estaba cansado de las controversias y disputas y de todos los torneos de escarnios de los académicos en los que éstos exhiben sus habilidades como gallos de riña ante un público inculto. Entonces, sólo les pedía lo que ahora tengo en demasía: ocio para la soledad y la contemplación.

El día casi terminó y estoy por encender la vela, cuando la puerta de mi celda se abre de un empujón y él guardia deja entrar a mi amigo el Hermano John, Encargado de las Limosnas, homunculus britannicus que sirve al Superior General. Sus ojos de azul lavanda brillan de buen humor. Me apresuro a abrazarlo y a darle la bienvenida con un placer que casi me hace derramar lágrimas.

–¡Hermano John! ¡Qué sorpresa maravillosa! No esperaba volver a verte. ¿Qué te trae por aquí?

–Mis pies y la indulgencia del Superior General, a quien humildemente a veces represento.

–¿Para qué en este caso?

–Mañana es día de fiesta, el comienzo de un nuevo año. Es un momento propicio para visitar a los enfermos y a los que están en la cárcel. Tú, como

Jacob, todavía estás luchando contra el ángel misterioso y siendo herido en la pelea. Tus hermanos deberían venir para ayudarte: ¡uno de nosotros, al menos!

–¿Y cómo tomó el Superior General ese pequeño sermón? – Mejor de lo que esperaba. De hecho, te manda como obsequio personal un rosario que él mismo ha bendecido. Pide que lo recuerdes cuando recites los Pater y los Ave.

–No lo olvidaré. Díselo.

–Se lo diré. Mientras tanto, te traje los regalos del pobre: vino y salchichas. Una botella para compartir y una para guardar.

Levanta el faldón de su túnica y me muestra los presentes, escondidos, como antes, en la red de pesca atada alrededor de la cintura. Entre ellos hay un sacacorchos, un manojo de plumas y, maravilla de maravillas, un pequeño cortaplumas, el primero que he tenido desde que me encarcelaron.

El Hermano John me advierte.

–Esconde el cuchillo. La última vez que vine, te vi escribiendo. Un escribiente tiene que poder cortar sus propias plumas, ¡aunque los otros mutilen sus ideas!

Mientras él dispone los regalos sobre mi mesa y descorcha la botella que vamos a compartir, me pregunto hasta dónde puedo confiar en este hombre y cuánto estoy dispuesto a apostar por él. He sufrido cuando, antes, los Inquisidores me alojaron con informantes para incitarme a hablar. Por alguna razón, no puedo ver a este hombrecillo como espía o provocatore.

Además, ¿qué arriesgo, en realidad? Mi vida ya se acabó. ¿Qué significa mi testamento, al que tanta importancia le doy? En el peor de los casos, una indulgencia; en el mejor, un frágil rehén del azar de los siglos, del pillaje de demasiados futuros.

Mientras bebemos la primera botella y masticamos rodajas de salchicha, le pregunto:

–Hermano John, ¿estarías dispuesto a recibir mi confesión?

–Más que dispuesto, Hermano Giordano.

–¿Bajo el sacramento?

–¿De qué otro modo?

–¿A pesar de que al final sientas que no puedes ofrecerme absolución?

–¿Qué te hace pensar que te la negaría?

–La manera o incluso el momento en el que me confieso. Quizás el haber sido expulsado de la Iglesia, tal vez la forma defectuosa en que lo haría.

Me echa una mirada burlona, luego sonríe y sacude la cabeza.

–La expulsión, todas las excomuniones son maldiciones que nosotros, los virtuosos, hacemos caer sobre nuestras propias cabezas. Soy tu hermano, no tu juez. Te absuelvo, de la misma manera que espero ser absuelto en el nombre de Dios; pero no soy Dios para negar u ofrecer misericordia. En cuanto al aspecto formal del acto, tú puedes simplemente persignarte o recitar todos los salmos penitenciales, no importa. ¿Quieres confesarte ahora? – vuelve a sonreír-. Difícilmente podríamos estar más en privado.

Entonces, como todavía dudo, me desafía amablemente.

–Te cuesta confiar en mí. ¿No es cierto?

–Llámalo infección de la cárcel. Me cuesta confiar en todos. Pero te ruego no te sientas ofendido.

–¿Y tú no te ofenderás si me niego a convencerte de que confíes en mí?

–Claro que no.

–Entonces, Hermano Giordano, ¿dónde estamos? ¿En un callejón sin salida?

–Eso parece.

–Déjame que trate de sacarnos de ahí, protegiendo siempre tu derecho a callar y a encomendar tu causa sólo a Dios.

–Me gustaría, sí.

–Entonces, empecemos conmigo, el Hermano John, el limosnero, el hombrecillo que transporta sus regalos colgados junto a sus genitales.

Siempre fui el enano que parió mi madre, pequeño y deforme. De niño, se burlaban de mí y me intimidaban, pero para los dominicos fui un estudiante correcto. Cuando crecí, el convento me pareció un buen lugar en donde estar. Ofrecía seguridad, cuidado fraternal, la protección y la dignidad del santo hábito de Santo Domingo. No me decepcionó. Encontré todas esas cosas y me sentí -me siento- agradecido. Pero como todos los que sufrieron abusos, seguí siendo un escéptico que casi nunca creyó que podría fiarse de su buena suerte. Todavía sigo siendo escéptico, pero poseo un talento que tú nunca adquiriste: el talento para el silencio y para la adaptación. No siempre estoy orgulloso de él, pero la mayor parte del tiempo, sí, porque es un

talento para la supervivencia; y la primera condición de la salvación misma es que sobrevivamos para alcanzarla. Así que, ya ves, en eso nos parecemos mucho, salvo que en el arte de la paciencia silenciosa tú eres un alumno lento.

–¡Cuánta razón tienes, Hermano John! ¡Cuánta razón!

–¡Por favor, déjame continuar! Hay otros, como nuestro Superior General, como muchas otras personas de la Iglesia, que poseen el talento contrario: el de creer. Lo llaman "el don de la fe" como si fuera un golosina dada en recompensa a los niños buenos. ¡Tienen suerte! Dales premisas seguras y sacarán una conclusión segura, luego cierra las contraventanas y di: "Nuestro camino al Paraíso está lleno de luz". ¡Entrégales una antorcha e incendiarán el mundo y, sin importarles quién se queme, lo llamarán cristiandad!

–Si la Inquisición pudiera oírte, Hermano John, sería a ti a quien quemarían.

–Pero no hay nadie aquí, Hermano Giordano, salvo tú, yo y Dios, que es nuestro silencioso testigo.

–¿Y qué piensa Él de esto?

–Hace siglos lo dijo de aquellos que lo mataron: "Padre, perdónalos. No saben lo que hacen". Como un buen hombre, pásame la botella y sírvete otro vaso. Una para beber y la otra para guardar, ¿recuerdas?

Fue entonces, cuando todavía estaba sobrio, que decidí confiar en él.

Rasgué la tela de mi jergón, saqué las páginas de mi manuscrito y las dispuse frente a él, sobre la mesa.

–Hermano, ésta es mi confesión bajo sacramento, como prometiste.

Todavía no está terminada, pero lo estará antes de que me maten.

Examina las hojas con rapidez, deteniéndose aquí y allá para sopesar un párrafo al que le presta especial atención. Luego, pregunta.

–¿Qué quieres que haga con esto?

–Sácalo de aquí. Búscale un hogar seguro, del cual pueda algún día salir a la luz.

–¿Por qué te resulta tan importante?

–No quiero ser borrado de la historia sin una palabra escrita en mi defensa.

–Un pedido razonable. ¿Cómo harás para entregármelo?