La Universal
Prólogo
Madrid, 31 de mayo de 1906
La calle Mayor se hallaba engalanada con banderas y flores, repleta de gente apiñada a ambos lados desde primeras horas de la mañana a la espera de carrozas tiradas por hermosos ejemplares equinos enjaezados a la oriental, lacayos vestidos a la federica, coraceros sobre sus monturas, con sus corazas y cascos de hierro emplumados, miembros de las casas reinantes europeas, ministros, duques y marqueses en lujosos carruajes exhibiendo sus mejores vestuarios con profusión de joyas, sombreros, encajes y medallas, pero, sobre todo, para ver a los novios. La boda del rey Alfonso XIII con la hermosa Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de la reina de Inglaterra, recordaba en cierta manera a la de su padre con la añorada y breve María de las Mercedes, que todavía hacía suspirar a las modistillas y demás gentes del común. Se decía que, al igual que en aquella ocasión, también en ésta se trataba de un enlace por amor, «como los de los pobres», tan del gusto del pueblo, siempre deseoso de participar en el festejo y atisbar durante unos instantes a los poderosos privilegiados, cuya cercanía nunca sentiría tan próxima. El sol de un día primaveral participaba de la fiesta haciendo más llevadera la espera de la comitiva, procedente de los Jerónimos en dirección al Palacio Real, mientras los pacientes espectadores entretenían su tiempo charlando acerca del evento, los asuntos de la política o los chismorreos de la corte.
Sentado en una silla de paja delante de la puerta de su taller, contiguo al portal de la calle del Rollo, esquina con la calle de Segovia, Antón Ozaeta lió un cigarrillo al tiempo que escuchaba el vocerío que le llegaba a ráfagas, con un gesto despectivo en el rostro. Era el único morador del inmueble que no asistía al espectáculo y nada ni nadie le habría obligado a presenciar la
«bufonada», como la llamó, costeada muy a su pesar con sus impuestos.
Republicano convencido, anticlerical y enemigo acérrimo de la monarquía, había expresado su parecer a la hora del desayuno.
—Inútiles, eso es lo que son, inútiles —pontificó sin alzar la voz en ningún momento—. Parásitos que se nutren del sudor y del esfuerzo de los trabajadores.
—Cuidado con lo que dices... —Su mujer miró a su alrededor como si temiese que alguien los estuviera escuchando—. Es el rey...
—Como si quiere ser el papa —respondió él en el mismo tono.
Hacía tiempo que había desistido de inculcar sus ideas a Eulalia, una mujer sencilla y crédula, cuya candidez le divirtió al conocerla en el baile público del Retiro, a poco de llegar a Madrid. Su talle esbelto, las caderas amplias y la mirada de unos ojos risueños lo encandilaron de inmediato y lo llevaron meses después a la iglesia de San Andrés, a él, que no había pisado un templo desde poco después de hacer la primera comunión en San Vicente de Vitoria, donde también había sido bautizado treinta y cinco años atrás con el nombre de Antonio Vicente María de las Nieves López de Ozaeta, aunque él únicamente se reconocía como Antón Ozaeta. No obstante, hizo de tripas corazón y consintió en casarse por la Iglesia, entre otras cosas porque era la única forma de que Eulalia accediese a sus requerimientos amorosos, cada día más apremiantes. De ello, hacía tres lustros. La credulidad de su mujer ya no le divertía, pero seguía siendo una hembra de carnes prietas, buena en la cama y apañada en las tareas del hogar; a él no le hacía falta nada más, aunque le habría gustado tener un hijo por aquello de dejar tras de sí a alguien de su misma sangre. Luego pensó en sus hermanos y sobrinos, con quienes no mantenía contacto alguno, y decidió que ya había suficientes Ozaeta en el mundo, demasiados.
A pesar de su negativa a formar parte del rebaño de «borregos», como los llamó, que acudiría a vitorear, o simplemente a curiosear, al paso de los recién casados y de sus invitados, Eulalia manifestó que ella sí iría, pues, afirmó, una ocasión así se presentaba una vez en la vida y no era cuestión de perdérsela, le gustase a él o no. Antón soltó una palabrota y salió del piso dando un portazo. No podía trabajar en el taller porque el Gobierno había decretado tres días de fiesta y podían ponerle una multa por mantener el negocio abierto, así que decidió sentarse a tomar el aire. Un rato más tarde, a eso del mediodía, su mujer, su suegra, la vecina del primer piso e Isabelilla, la criada, salían por la puerta; las tres primeras ataviadas de domingo: falda oscura, blusa blanca almidonada, zapatos de tacón y mantón largo.
—¿Usted no viene? —le preguntó la vecina, doña Patrocinio.
—Antes me tiro al río —respondió él dando una calada al cigarrillo.
— ¡Atontao! —le espetó Eulalia.
—¡Guapa! —respondió él guiñándole un ojo.
La mujer asió el brazo de su madre y ambas echaron a andar muy dignas hacia la calle del Sacramento en dirección a la calle Mayor, seguidas por las otras dos, mientras Antón fijaba la mirada en el balanceo de las caderas de Eulalia y en los flecos del mantón que rozaban sus tobillos.
Sonrió. Allí la estaría él esperando cuando regresase después de haber contemplado a las realezas y le demostraría que no hacía falta llevar corona para contentar a una mujer. De hecho, había visto en El Liberal una fotografía de la pareja que tanto revuelo estaba causando y dudaba de que aquel joven de rostro enfermizo fuese capaz de cubrir a la inglesa, cuyo aspecto, desde luego, era mucho más saludable que el de él, aunque los Borbones tenían fama de lascivos, y nunca se sabía. Pensar en el rey borró la sonrisa de su rostro y lo puso de mal humor justo en el momento en que las campanas de iglesias y conventos repicaban llenando el aire con sus sones y las palomas alzaban el vuelo asustadas. La comitiva estaría en ese momento saliendo de los Jerónimos o ya habría emprendido el recorrido hacia el Palacio Real. Un grupo de hombres, mujeres y niños pasaron corriendo por delante de él; tiró la colilla al suelo y decidió meterse en el
taller a trabajar, aunque fuera con la puerta cerrada. Nadie podía decirle lo que debía o no hacer, y no era asunto suyo si la ciudad entera se había vuelto loca y festejaba la boda de una pareja cuyo único mérito era haber nacido en un palacio, en lugar de en la humilde casa de un trabajador.
Centró su atención en el engranaje del pedal de la máquina de coser, propiedad de la anciana duquesa del Infantado, cuya costurera le había venido con prisas la semana anterior, pues, aseguró, las galas que la nuera de su señora llevaría al enlace real no estaban acabadas y necesitaba el artilugio cuanto antes. De buena gana le habría dicho que buscase a otro mecánico, que él no trabajaba para la aristocracia, pero luego se lo pensó; las cosas andaban mal, hacía meses que el trabajo escaseaba y no era cuestión de despreciar lo poco que llegaba. Por otra parte, la costurera, al igual que él y todos los de su clase, únicamente intentaba ganarse el pan, y, además, le fascinaba la maquinaria de cualquier tipo; prometió que el pedal estaría arreglado para el día siguiente, promesa que no cumplió porque no hubo forma de encontrar el muelle apropiado y tuvo que fabricarlo él mismo. Se olvidó del festejo y de sus fobias monárquicas mientras trabajaba junto a la única ventana que daba a un patio interior, por lo general lleno de voces y de olores a comida y que hoy permanecía silencioso. No podía quejarse de cómo le iba la vida, aunque tampoco era para lanzar gritos de alegría.
Todo había comenzado como suelen estos asuntos. Sus dos hermanos mayores y él habían montado en Vitoria, en los bajos de la casa de sus padres, un taller de bicicletas «de seguridad» con patente Starley. Al ser los únicos fabricantes, y a pesar de que el precio de cada máquina era ciertamente elevado, vieron florecer su negocio de manera tan satisfactoria que un par de años más tarde contrataban a un oficial mecánico y a dos aprendices para poder satisfacer la demanda. Sin embargo, a medida que aumentaban sus ingresos, también lo hacían sus discrepancias; algo habitual en todos los negocios familiares, que empiezan con entusiasmo y acaban como el rosario de la aurora, es decir, en bronca. Él decidió separarse y montar por su cuenta un establecimiento de llantas y accesorios para bicicletas, que en pocos meses tuvo que cerrar, pues sus hermanos no
estaban por la labor de dejarle parte del negocio y, no habiendo competencia en la ciudad, proveían a sus clientes del servicio completo, de forma que éstos no necesitaban acudir a Antón. Tras gastar los pocos ahorros que le quedaban después de la aventura de la tienda, no tuvo más remedio que buscarse la vida en otro lugar. Un buen día hizo el petate y se fue a Madrid. En la bolsa llevaba dos pantalones, dos camisas, dos jerséis, un pijama, cuatro pares de calcetines y dos mudas; en el bolsillo, cien pesetas, y en la mente, la idea de hacer fortuna en la capital y regresar a Vitoria con la cabeza bien alta.
Se arrepintió de su decisión varias veces durante el viaje, sobre todo cuando el tren frenaba y él se despertaba sobresaltado al golpearse la cabeza con el respaldo del asiento de madera. Al llegar a la capital buscó alojamiento en la primera pensión que encontró cerca de la estación de Atocha, un antro insalubre en el que, por dos pesetas la noche, compartía habitación con otros tres hombres, e inició un recorrido por los pocos talleres mecánicos que había en la zona. A pesar de demostrar que conocía el oficio, no logró encontrar trabajo, puesto que los talleres eran pequeños negocios familiares que sobrevivían malamente, y un par de semanas más tarde ya no le quedaban más que veinte pesetas, suficientes para regresar e intentar llegar a un acuerdo con sus hermanos o, en el peor de los casos, ayudar al tío Paco en las tareas del caserío de Ozaeta, una aldea a poca distancia de Vitoria de donde procedían tanto la familia como el apellido.
Desalentado, se acercó el domingo al parque del Retiro con la intención de pasar el rato y allí fue donde conoció a Eulalia. Tal vez no la amaba con la loca pasión de los enamorados descritos por Luis de Val, valenciano como su suegra, cuyas novelas por entregas ésta conservaba con verdadera devoción y que él había leído para entretener las tediosas veladas invernales, pero la quería y, además, no olvidaba que gracias a ella había podido quedarse en Madrid y no se había visto obligado a regresar a Vitoria con el rabo entre las piernas.
La joven vivía con su madre en un piso bastante destartalado en la calle del Rollo, nombre que tenía su origen en la picota o rollo de justicia antaño allí instalado, donde eran castigados los condenados a latigazos o a escarnio
público, aunque muchos preferían su nombre anterior: de la Parra, que resultaba más agradable al oído y evocaba una cierta alegría de vivir. El piso tenía ocho habitaciones, cuatro de ellas dobles, algunas de las cuales alquilaban por una noche a los tratantes que llegaban de los pueblos en los días de feria, aunque no podía decirse que fuese una pensión, porque no pagaban la correspondiente licencia municipal. Benigno, el guardia urbano de la zona, hacía la vista gorda, ya que uno de los tratantes era un primo suyo y solía acabar la ronda cenando en el piso de la viuda y de su hija, a quienes consideraba algo así como parientas lejanas. El difunto marido y padre era, al igual que él, originario de Talavera, y ambos habían llegado a la capital al mismo tiempo y con igual intención: trabajar, hacer dinero y volver al pueblo; algo que, a la vista estaba, no habían podido llevar a cabo.
A la madre de Eulalia, la señora Fuensanta, la muerte del esposo la había dejado en una situación económica asaz precaria, por lo que el guardia consideraba un deber hacia su compadre ayudarlas a ella y a la hija. De esta forma, Antón Ozaeta tuvo una habitación a cuenta y, por ende, pudo montar su taller mecánico en la lonja polvorienta, en tiempos almacén del grano donde el difunto negociaba, y sin utilizar desde su muerte. Además de sus innegables encantos, en especial su trasero, que lo traía a mal traer, Eulalia lo había salvado de la humillación del fracaso, y eso era algo que, de por sí, merecía ser tenido en cuenta a la hora de sopesar los pros y los contras de la unión con una mujer, a su entender, demasiado beata y demasiado monárquica.
Al cabo de un buen rato, Antón creyó haber oído algo parecido a una explosión en la lejanía, pero, enfrascado en la labor de remachar el muelle del pedal de la máquina de coser y con la puerta del taller cerrada, en un primer momento no prestó mayor atención; tampoco se percató de que las campanas del barrio habían cesado de tañer, pero al cabo de un rato sintió que algo raro ocurría, dejó el trabajo y salió a la calle. Un vocerío aterrorizado llenaba el aire, y permaneció inmóvil durante unos instantes, intentando descifrar el motivo de los gritos y averiguar su procedencia.
Únicamente reaccionó al ver llegar desde la calle Mayor a unas cuantas
personas que corrían portando entre varias a una mujer con la cara ensangrentada.
—¡Un atentado! —gritó un chaval en respuesta a su pregunta sobre lo ocurrido—. ¡Ha sido un atentado!
No lo pensó dos veces y él también echó a correr cuesta arriba, sorteando, e incluso empujando, a la gente que se precipitaba en dirección contraria en medio de chillidos y lamentos. Se detuvo atónito al desembocar en la calle Mayor, su mente incapaz de comprender el alcance del drama que se presentaba ante sus ojos: cuerpos destrozados, heridos que reclamaban auxilio, caballos cuyos relinchos agonizantes se mezclaban con los gritos de la gente, carrozas y carruajes abandonados en medio de la calle; hombres y mujeres que corrían de un lado para otro sin saber muy bien qué hacer, humo y sangre, mucha sangre, en los rostros y las ropas, en el empedrado. Ayudó a levantarse del suelo a un hombre mayor y lo dejó apoyado contra el muro de la casa más cercana; cogió en brazos a una chiquilla que lloraba hasta que una mujer con el pánico en la mirada se la arrebató de malas maneras y salió corriendo; permaneció alelado ante un cadáver de uniforme al cual le faltaba parte de la cara, pero que mantenía una corneta asida con fuerza en su mano derecha, y se vio empujado contra una farola por un grupo de soldados sables en ristre. Lo aturdió el golpe durante un instante, pero el impacto lo despabiló y recorrió el último tramo de la calle Mayor llamando a Eulalia.
La encontró hecha un mar de lágrimas, sentada en el suelo abrazada a su madre, aparentemente sin vida.
—¡Me la han matado! ¡Me la han matado! —sollozaba mientras acariciaba el rostro de la señora Fuensanta, las dos cubiertas de polvo.
Sin decir una palabra, Antón cogió en brazos a su suegra y se encaminó hacia la calle del Rollo, seguido por su mujer, que se agarraba a su chaqueta de paño e iba dando traspiés como una niña desvalida.
Descubrieron, al llegar a la vivienda, que la señora Fuensanta no estaba muerta; se había desmayado al oír la atronadora explosión, que detuvo el tiempo durante unos segundos, y el yerno salió a toda prisa en busca de un médico. Vano empeño, pues todos los médicos de Madrid habían acudido al
lugar de los hechos y a los hospitales en cuanto se supo lo ocurrido y, a fin de cuentas, la mujer no presentaba herida alguna; únicamente algún que otro hematoma debido a la caída. Acudió entonces a la botica más cercana y, a falta de sales, consiguió un frasco de amoniaco tras muchos esfuerzos, pues el local estaba repleto de gente que, entre empujones y voces, requería la atención del boticario y de sus mancebos, aunque el remedio no sirvió para nada. Su suegra permaneció ida y no respondió ni al amoniaco, ni a las palabras, ni a los paños húmedos en la frente, ni a los cachetitos que su hija le propinó para ver si lograba despertarla. Gracias a Benigno, quien acudió a media tarde para comprobar que sus protegidas estaban bien, lograron que pasara a echar un vistazo el médico de las Bernardas, las monjas que tenían convento en la misma calle.
—Se halla en estado de conmoción —dictaminó el galeno— y, en estos casos, nunca se sabe cuándo reaccionará el paciente, si lo hace... —añadió en voz tan baja que sólo Antón escuchó sus últimas palabras.
Y como no había cura y era preciso permitir que la naturaleza actuara, tampoco había boticas para su mal, por lo que el médico los dejó igual que antes y con cinco pesetas menos por la consulta.
No acabaron ahí las preocupaciones. Al día siguiente, patrullas de carabineros armados registraron todos los talleres, viviendas, lonjas y almacenes ubicados en las inmediaciones de la calle Mayor, en especial los del último tramo. Al igual que el resto de sus vecinos, los Ozaeta se vieron sorprendidos por los militares, cuya presencia provocó la natural consternación en un vecindario habitualmente tranquilo. Antón tuvo que acompañar a un par de ellos al taller, y a continuación fue escoltado hasta el cuartel de San Nicolás para explicar el hallazgo de varios ejemplares de la revista satírica, republicana y anticlerical El Motín, que los carabineros encontraron debajo de un cajón con herramientas. Se trataba de números atrasados, pero eso no impidió que se le hiciera la ficha, fuera interrogado en cuanto a su procedencia y opiniones políticas, además de mostrarle varias fotografías de individuos desconocidos para él, y que tuviera que colocarse en fila junto a unos hombres mientras un tipo, de aspecto insignificante, procedía a identificarlos. Jamás en su vida lo había pasado
tan mal y había tenido tanto miedo. Cuando finalmente, ya de noche, lo dejaron marchar, no sin antes advertirle que sería vigilado, entró en la primera taberna que encontró, pidió un vaso de aguardiente peleón capaz de levantar la boina a cualquiera y se lo bebió de un trago. Después enfiló hacia su casa a paso ligero con la mente fija en una sola idea: acostarse con su mujer, olvidar el susto entre sus brazos y hacerle el amor hasta caer rendido, pero Eulalia había decidido velar a su madre y tuvo que dormir solo.
Durante las siguientes semanas, la mujer no salió para nada de la habitación de su madre, incluso dormía con ella en la misma cama y se hacía llevar la comida por Isabelilla, quien, al igual que la vecina del primero, había salido por pies en el momento del atentado y no dejaba de llorar y moquear, como queriendo hacerse perdonar por no haber ayudado a sus señoras. Por primera vez en quince años, Antón se encontró solo a la hora de comer y, más importante, a la hora de acostarse. Y no le gustó.
Sentado en la cama, a la luz de la lamparilla de gas, todas las noches leía el Heraldo de Madrid, el único periódico con cuya línea editorial se sentía más o menos de acuerdo, más bien menos por encontrarlo demasiado tibio en sus críticas al Gobierno y a la monarquía, pero no había otros que pudieran interesarle. Así supo que el anarquista que había lanzado una bomba Orsini, de las utilizadas habitualmente en los atentados, era un catalán de nombre Mateo Morral y que el ramo de flores en el cual había escondido el artefacto relleno de dinamita y nitrobencina habría dado de lleno en la carroza real y matado a sus ocupantes de no haber sido por los cables del tranvía que desviaron su trayectoria. Aun así, el atentado había causado la muerte de, al menos, dos decenas de personas y había dejado heridas a más de cien; una auténtica escabechina. Por suerte, Eulalia y su suegra se habían situado en el lado opuesto. Esta información le dio que pensar.
Era republicano porque su padre lo había sido, a pesar de haber nacido en un pueblo alavés con vocación carlista. Todos sus tíos eran carlistas y ése fue uno de los motivos por los cuales su padre decidió dejar su localidad de nacimiento e instalarse en Vitoria.
—No necesitamos reyes que nos gobiernen —decía una y otra vez—, sino hombres honrados elegidos por el pueblo.
La cuestión, meditó Antón, era dónde encontrar hombres honrados, porque, a la vista estaba, no parecía haber suficientes. Los ricos lo eran cada vez más y los pobres no levantaban cabeza. Eran muchas las circunstancias que suscitaban el desaliento incluso entre los más optimistas: la llegada a los puertos de grandes cargamentos de trigo había arruinado a miles de familias campesinas obligadas a emigrar hacia las ciudades, a su vez incapaces de absorberlas; el encarecimiento de los productos básicos y la venta de ganado al extranjero provocaban el hambre en todo el país; los sueldos miserables de los trabajadores no alcanzaban para mantener a sus familias; las huelgas habían sido reprimidas con dureza y sus promotores habían acabado encarcelados, incluso ejecutados, o exiliados; las levas militares obligatorias, que podían ser eludidas sin embargo mediante la llamada «redención a metálico» por la desorbitada suma de mil quinientas pesetas, el sueldo de un año de un obrero, sólo al alcance de los hijos de los adinerados, afectaban gravemente a los más humildes, así como la inestabilidad de los sucesivos Gobiernos, nueve en tres años, suscitaban el desaliento incluso entre los más optimistas.
—Nos chupan la sangre como los vampiros y nos prometen la vida eterna a cambio de nuestra sumisión —le repetía, cada vez que se encontraba con él, su amigo José Fernando Hermoso Cantonal, obrero en la fábrica de ladrillos de Villasante, hombre cejijunto y corto de piernas, cuyo primer apellido provocaba hilaridad y daba lugar a chanzas que él cortaba por lo sano soltando una blasfemia sin apenas mover los labios.
Anarquista hasta la médula, a medida que pasaban los años, Pepe Cantonal se había ido desmarcando de sus camaradas más moderados, de aquellos que pretendían el cambio de la sociedad mediante la educación de las masas, y se había aproximado peligrosamente a la línea dura del anarquismo, la que combatía de todos los modos posibles la corrupción y el abuso del Estado, el capitalismo y el poder de la Iglesia, y no dudaba en posicionarse a favor del uso de la violencia.
—Nos acusan de barbaridades que no hemos cometido, nos detienen, torturan, asesinan. Quieren enmudecernos, pero no lo lograrán, porque somos más, muchos más, y algunos no estamos dispuestos a esperar sentados a que vengan a por nosotros. ¡Viva la revolución! —concluía siempre, después de haber pasado lista a los agravios que, según él, sufrían los obreros y los campesinos españoles.
Antón temía por su amigo; un hombre sin familia ni lazos afectivos, obsesionado por una idea, podía poner en peligro su vida y las de sus conocidos. Él no estaba dispuesto a arriesgar la suya y pensó en no volver a verlo en más de una ocasión, después de alguno de sus esporádicos encuentros, pero tenía que reconocer que sentía simpatía por Pepe y estaba de acuerdo con él en cuanto a la necesidad de acabar con la clase dominante: banqueros, terratenientes, burgueses, curas y, por supuesto, reyes. Sin embargo, el atentado de Mateo Morral le había causado una impresión muy profunda. Tal vez no habría sido así de no haber visto con sus propios ojos su resultado, pues lo que no se ve tampoco se siente con igual intensidad. La muerte y heridas de tantas personas inocentes, gentes del pueblo, desparramadas por el asfalto gritando de dolor en medio del humo, el pánico y la estupefacción general era algo que no iba a olvidar.
Esperaba no encontrarse con Pepe Cantonal en mucho tiempo y, por si acaso, dejó de acudir a las tabernas que ambos frecuentaban.
Se había convertido en una costumbre. Mientras Eulalia, la señora Fuensanta e Isabelilla acudían los sábados por la tarde al rosario en la iglesia de San Andrés e iban luego a un café de la plaza del mismo nombre, él se dirigía al barrio de Lavapiés, hacía el «paseíllo», como le gustaba decir, por las tascas, en especial por las de la calle del Mesón de Paredes, y regresaba a casa achispado y con ganas de guerra después de haber visto a un buen número de mujeres apoyadas en los quicios de las puertas, con el muslo desenfundado y los pechos a punto de saltar por el escote. Las había de todos los tipos y para todos los gustos: jóvenes, viejas, delgadas, gordas, pintarrajeadas o con aspecto virginal, y también de todos los precios. Él se entretenía mirándolas al pasar y soltándoles alguna grosería, que, por lo general, era respondida con un improperio o una risa cómplice, pero la cosa
no pasaba de ahí. Nunca se le había ocurrido utilizar sus servicios porque no estaba dispuesto a pagar a ninguna mujer por algo que ya tenía en casa y, además, con garantías. Eulalia sólo se acostaba con él, pero vete tú a saber con quién lo hacían aquéllas, incluido Pepe Cantonal, quien, a falta de otra cosa, gastaba dos duros cada sábado, siempre con la misma, la Virtudes, que le llevaba una cabeza de alto. Esto suponía un gasto de quinientas pesetas al cabo del año, algo que al anarquista no parecía preocuparle, pues, afirmaba, podía permitírselo a falta de otros vicios y bocas que alimentar.
La Virtudes era toda una mujerona, era limpia y, además, cariñosa. Antón sospechaba que el apego de su amigo hacia esa mujer tenía que ver más con dicha faceta, la del cariño, que con la mera necesidad de desahogar sus impulsos, aunque el hombre jamás lo confesaría por considerarlo una debilidad impropia de un libertario revolucionario. En el fondo, estaba convencido de que su amigo era un bravucón a quien la fuerza se le iba por la boca, incapaz de una acción violenta. Aunque hablaba demasiado.
Tras varios días de obligada castidad y ante el panorama que se le presentaba, puesto que la señora Fuensanta no acababa de recuperar el sentido y Eulalia seguía en sus trece de no dejarla sola en ningún momento, Antón decidió salir a dar una vuelta el siguiente sábado. Para entonces, la situación se había calmado un tanto. Mateo Morral había sido reconocido cerca de la población de Torrejón de Ardoz dos días después de cometido el atentado y detenido por un guarda de campo, armado con una tercerola Remington, pero el anarquista había logrado matar a su captor y luego se había suicidado con el revólver que el guarda no había tenido la prevención de quitarle. Aun así, la policía continuaba la búsqueda de los posibles cómplices. Fue detenido un buen número de anarquistas, también republicanos anticlericales, entre ellos José Nakens, el director de El Motín, quien, según la prensa, había ayudado a huir a Morral, lo cual tenía a nuestro hombre bastante preocupado debido a los números del quincenal hallados en su taller y que podrían ser utilizados para incriminarlo. El país reclamaba la detención de los culpables, los medios de comunicación avivaban la corriente de opinión que exigía mano dura, la oposición aprovechaba la coyuntura para echar leña al fuego y el Gobierno estaba
decidido a dar un escarmiento ejemplar, aunque para ello pagaran justos por pecadores. Poco importaba que ni Pepe ni él tuvieran nada que ver con la masacre de la calle Mayor, ni con ningún otro tipo de violencia. Su amigo había sido arrestado cuatro años antes durante la huelga y estaba fichado, podría ser detenido de nuevo y dar su nombre tras sufrir los brutales métodos de los carceleros. Necesitaba, sin embargo, salir del depresivo ambiente familiar y, sin olvidar su propósito de mantenerse alejado de los sitios frecuentados por Cantonal, encaminó sus pasos hacia la calle de la Cava Baja, lugar de tabernas y fondas, siempre repleto de gente, y entró en una tasca.
El Pozo era un local abierto en un sótano, sin ventilación, ahumado por la grasa de los candiles, nada que ver con las tabernas de azulejos de cerámica, mostradores de zinc, mesas de mármol y lámparas de gas de otras zonas de la calle, muy concurridas por las gentes de los pueblos que acudían al mercado de la Cebada o al de San Miguel. El dueño, apodado el Negro no se sabía muy bien por qué razón, puesto que se trataba de un hombretón rubicundo y colorado, era asimismo el propietario de la casa de dormir, situada en el primer piso del edificio, tan cochambrosa como el garito de bebidas, pero donde podía pasarse la noche por el módico precio de quince céntimos, eso sí, sentado en una de las diez sillas colocadas una junto a la otra y apoyando los brazos en una cuerda que el dueño quitaba a primera hora de la mañana. También disponía de cuartos individuales, utilizados por media docena de mujeres que, además de dormir en ellos, prestaban servicios varios a la clientela. A pesar de que el tufo dentro del local echaba para atrás, pasada la primera impresión, los parroquianos se acostumbraban y algunos incluso lo agradecían, pues olvidaban el hambre y el frío sofocados, y a la vez reconfortados, por el áspero vino que servía el Negro y los apretujones, ya que el establecimiento estaba hasta los topes a partir de media tarde, sobre todo durante el invierno, y muchos acudían a él con la única intención de entrar en calor.
Antón trató de llegar a la barra, pero le resultó imposible y decidió buscar una tasca aireada y menos abarrotada, aunque el pote de vino costase algunos céntimos más. Al salir, se topó con una mujer que alargó la mano a
la espera de la limosna que él no tenía intención alguna de darle. De seguir las cosas igual, iban a tener problemas de dinero, pues el último encargo había sido el del pedal de la máquina de coser y, con el asunto de su madre, Eulalia había dejado de ir a planchar al palacio del banquero Bruno Zaldo, cerca del Retiro, y empezaba a notarse la falta de liquidez. Al menos el piso en que vivían era de la madre de su mujer, pensó, y la Isabelilla, una cría de quince años, no les costaba un céntimo al tratarse de una antigua niña de la inclusa que la señora Fuensanta había acogido por caridad. Sospechaba que su suegra tenía algunos ahorros escondidos en algún rincón del piso, pero la mujer no soltaba prenda cuando, como quien no quiere la cosa, él sacaba el asunto a colación. ¡Sólo faltaba que se fuera al otro barrio sin revelar el escondrijo! Tendrían que hacer algo si no querían acabar mendigando a las puertas de las tabernas. Este pensamiento lo hizo detenerse y volver sobre sus pasos, rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó una moneda de diez céntimos que depositó en la mano extendida de la mujer, cuyos ojos se llenaron de lágrimas y que apenas pudo darle las gracias.
En el claroscuro del atardecer, observó con atención a la mendiga, una joven de veintitantos años de edad, similar a las que a diario se veía deambular por las calles solicitando trabajo, campesinas que llegaban a la ciudad en busca de una vida mejor. Sin oficio, recursos ni parientes, eran pocas las afortunadas que la encontraban, y lo habitual era que acabaran dedicándose a la prostitución. Aquélla, sin embargo... Parecía haber preferido la mendicidad al puterío e intentaba mantener la dignidad, algo que, podía apreciarse a simple vista, le estaba resultando difícil, como arduo iba a resultarle no caer en las garras de alguna alcahueta o de un chulo, siempre al acecho de mujeres a quienes el hambre robaba la honra.
—¿Has comido hoy? —le preguntó de pronto.
La mujer se apoyó en el muro, cerró los ojos y negó con la cabeza. La asió por un codo sin que ella se resistiese, la condujo a una casa de comidas, dos portales más abajo, y se sentaron en la esquina de una mesa repleta de ruidosos comensales, cuyas conversaciones, como era natural, versaban sobre el intento de magnicidio, la captura del asesino, el vestido de novia de
doña Victoria Eugenia manchado de sangre o unas supuestas palabras que habría dicho el rey al llegar a palacio: «Son gajes del oficio».
«Maldito sea; será del suyo», pensó Antón indignado, aunque evitó pronunciarse en voz alta, pues uno nunca sabía qué oídos escuchaban y no estaba la situación para dar carnaza a los soplones que se ganaban la vida delatando a sus conciudadanos, y más ahora, tras el atentado, cuando un simple comentario antimonárquico equivalía poco menos que a un complot contra la nación y podía llevarlo a uno directo a la cárcel. Dejó de pensar en ello y se centró en el cocido que humeaba en un puchero de barro que un mozalbete rellenaba en cuanto el contenido bajaba a la mitad. Se sirvió una ración, pero la mujer repitió tres veces sin levantar los ojos del plato, como si temiese que se lo fuesen a quitar a la menor distracción.
—¿Mejor? —le preguntó cuando, finalmente, ella dejó la cuchara y se metió un pedazo de pan en el bolsillo de la falda. El pote de vino ni lo tocó.
La joven asintió con un gesto de la cabeza; tenía mejor aspecto ahora, con las mejillas coloradas gracias a la comida caliente. Antón sonrió para darle ánimos, pero sólo logró que ella volviese a encogerse y fijase los ojos en la sobada madera de la mesa.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Casilda...
—¿Y de dónde eres?
La mujer se mordisqueó el labio inferior y lanzó una mirada fugaz hacia la puerta. Sus vecinos de mesa más próximos acababan de levantarse y, a la vista estaba, ella deseaba hacer lo mismo, aunque permaneció con la cabeza gacha, casi sin respirar.
—No voy a pedirte nada a cambio de la cena —le aseguró él—. Sólo quiero charlar un rato contigo.
Durante unos instantes lo había pensado; había pensado que le gustaría olvidar sus preocupaciones y, en especial, la continencia a la que se veía obligado desde hacía casi dos semanas, pero no soportaba a los aprovechados y él lo sería si se beneficiaba de aquella mujer, a quien un plato de cocido había devuelto el brillo a los ojos. Además, quizá ni siquiera
tuviera una habitación para ella sola, y no era cuestión de hacerlo en una esquina o en un portal, ¡que a tanto no llegaba su necesidad!
—¿Tienes casa?
De nuevo, Casilda negó con la cabeza sin abrir la boca.
—Si quieres, puedes venir a la mía. Mi mujer necesita ayuda —se apresuró a añadir al observar que la joven se encogía aún más—. Mi suegra está ida desde lo del atentado y Eulalia tiene que ocuparse de ella a todas horas, incluidas las de la noche. No te pagaríamos, pero tendrías cama y comida aseguradas.
¿Por qué lo había hecho? Se maldijo una y otra vez por aquellos prontos que le habían perjudicado en más de una ocasión, como la del negocio ruinoso de Vitoria, pero ya no podía volverse atrás; era hombre de palabra, herencia de su padre y de su abuelo, quienes jamás habían firmado un acuerdo y siempre habían cumplido lo prometido. De todos modos, no tenía por qué preocuparse; con toda probabilidad, la joven no aceptaría la propuesta de un desconocido. Se equivocó. Esta vez ella lo miró directamente a los ojos y le sonrió agradecida, lo cual le produjo una extraña sensación de inquietud. Se levantó de la mesa con brusquedad, pagó la cuenta, salió a la calle y echó a andar con la joven pegada a sus talones.
Iba pensando en cómo le explicaría a Eulalia la presencia en su hogar de una criada que ella no había solicitado, aunque, por otra parte, todo sería cuestión de convencerla de que las cosas no podían seguir igual. Con un poco de suerte, mataría dos pájaros de un tiro y volvería a tener a su mujer en la cama. Al llegar al piso de la calle del Rollo, introdujo a Casilda en la habitación más alejada de la de su suegra, en la otra punta de un largo pasillo que recorrieron procurando pisar con suavidad para no hacer ruido.
Se trataba de un habitáculo pequeño, lleno de polvo, con un ventanuco que daba al patio, y que, además, utilizaban como trastero, pero ella no se percató de los baúles, cajas y otros objetos apilados en desorden; sólo tenía ojos para la cama.
—Te dejo el candil —le dijo Antón en un susurro de voz a la vez que depositaba la lámpara encima de la mesita—. Ahora te traigo unas sábanas y una manta.
Volvió al poco y contempló ensimismado a la joven, que se había quedado dormida sin tan siquiera quitarse los zapatos. Ahora entendía el pellizco de preocupación sentido en la taberna. Allí, en medio de los trastos, encima de una sobrecama ajada, su protegida dormía tranquila, una sonrisa en los labios, la mano en la mejilla, y él no pudo evitar pensar que era lo más bonito que había visto nunca. La descalzó, la cubrió con la manta y, después de echarle una última mirada, apagó el candil y salió de la habitación.
La primera reacción de Eulalia al tener conocimiento de que su marido había recogido a una mendiga y la había llevado a su casa con la intención de que la ayudara a cuidar a su madre fue dirigirse al cuarto del fondo para, de inmediato, echar de allí a la intrusa. Él la alcanzó hacia la mitad del pasillo y la obligó a volver a la cocina. La mujer no quería oír hablar del asunto, e incluso se tapó los oídos para no escuchar sus explicaciones, acusándolo, a su vez, de haberle puesto los cuernos con la mujerzuela que dormía tan ricamente bajo su techo. Fue demasiado. Antón envió a la calle a la Isabelilla, quien observaba atónita la discusión, le ordenó no regresar en dos horas por lo menos y después atrancó el pomo de la puerta con el respaldo de una silla de madera. Media hora más tarde, Eulalia salía de la cocina con el moño desbaratado y la camisa fuera de la falda.
—Habrá que repetirlo —susurró complacida a la vez que recomponía su aspecto.
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