La Universal

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 12 de 19

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La Universal

Capítulo 11

Paulino Flórez había sido testigo de la marcha de sus vecinos, lo mismo que el resto de los residentes de la calle del Rollo, sólo que él los había espiado desde detrás de las cortinas, aunque, en el último momento, se asomó a la ventana y pudo verlos subir al carruaje. ¿Adónde podrían ir unos desharrapados vestidos de marqueses? Echó a correr escaleras abajo cruzándose con los demás, que subían en aquellos momentos y que tuvieron que hacerse a un lado para no ser arrollados. No los miró, pero sí oyó el

«cochino» que le espetó Eulalia. Se las vería con ella en cuanto destapara la célula bolchevique y fueran todos a parar a la cárcel. ¡A ver si entonces tenía agallas para insultarlo! Pero, por ahora, lo único que le interesaba era seguir al simón y averiguar qué se traían aquéllos entre manos. No lo perdió de vista y acabó con la lengua fuera al llegar al paseo de Recoletos. No le costó demasiado descubrir el vehículo que buscaba entre la fila de carruajes estacionados en la calle. Tres de los sospechosos liaban un cigarrillo y hablaban de hacer algo para entrar en calor. Los vio echar a andar en dirección a la calle de Prim y aprovechó para acercarse a la casa y preguntar por Fermín Salvador. El talante desabrido de la doncella, quien no lo dejó entrar y le ordenó que esperara fuera con los demás sirvientes, cambió al comprobar que era amigo del mayordomo. Entonces lo invitó a entrar en el office y le ofreció, para congraciarse con él, un vaso grande de ponche con mucho ron y nada de fruta. Salvador no podía atenderlo, pero le indicó que

podía servirse lo que quisiera y que lo esperase, si no tenía nada mejor que hacer; irían a tomar algo al finalizar la reunión.

El hombre observó sin ser visto, vio a la anterior inquilina de su piso en compañía de una joven desconocida, y también al viejo con barbas de chivo que, a todas luces, se ocultaba de alguien durante la interpretación de los huérfanos y después atacaba el bufé como un muerto de hambre, pero su atención estaba sobre todo puesta en el abogado. Vestido como un caballero, parecía, en efecto, un caballero. No le quitó el ojo de encima mientras conversaba con la dueña de la casa en plan confidencial, sonrientes ambos, lo que confirmaba su sospecha de que había algo entre ellos, suposición corroborada al comprobar la familiaridad con la cual era tratado por una dama que la doncella desabrida afirmó que era la madre de su señora. Así que se conocían, pues ninguna dama de la buena sociedad trataría con semejante confianza a un desconocido. Pensó en seguir a aquella cuadrilla de malhechores cuando los vio despedirse, pero imaginó que regresaban a la pensión y no estaba en su ánimo echar a correr de nuevo, así que prefirió esperar a su amigo.

Salvador lo llevó a su habitación y allí, sentados en la cama, comiendo los canapés sobrantes, el mayordomo le confió que la señora pensaba vender la casa e irse a vivir con su madre, debido a que la herencia del marido había resultado ser una miseria y las rentas no daban para mantener una propiedad tan lujosa.

—Nos ha anunciado que cierra la casa después de las fiestas de Navidad y que todos estamos despedidos, excepto su doncella personal, aunque, eso sí, nos dará un mes de salario y una carta de recomendación a cada uno.

—¿Y qué piensa usted hacer?

—No lo sé. Tengo algunos ahorros, pero no durarán mucho y no es fácil encontrar trabajo en estos momentos.

—Pero usted tiene experiencia...

—Sí, pero también cierta edad. Llevo toda la vida sirviendo y creo que empiezo a estar cansado de ser un lameculos.

El improperio sorprendió a Paulino, acostumbrado a los modales distinguidos de su compadre, pero encendió una luz en su cerebro, algo

abotargado por el ron. Salvador era como él, un hombre capaz de grandes proezas ninguneado por gentes mediocres cuyo único mérito era disponer de poder y dinero. Ambos eran prescindibles y debían velar por su propio futuro: La última vez que se habían visto, en el Café Eslava, hablaron de la extraña desaparición del señor Mendoza, pero él no le informó de que su interés por la viuda iba mucho más allá. Así que ahora le confió sus sospechas, le habló de los bolcheviques anidados en el piso de arriba de su casa, de lo grave de la situación, en la cual el atentado del anarquista Morral sólo era la punta del iceberg, y de la herencia del desaparecido, seguramente asesinado por su mujer y el amante de ésta, que dejaba sin trabajo a personas honradas y estaba siendo utilizada para poner en peligro a la nación.

—Si usted quiere, podemos trabajar juntos en este asunto y en los que vengan después —finalizó.

Se despidieron pasadas las doce de la noche. Salvador se trasladaría a la calle del Rollo en cuanto le abonaran lo adeudado y le entregaran la carta de recomendación, que podía serles de utilidad en cualquier momento. Paulino caminó despacio, con la mente puesta en el futuro. Ya no estaría solo en su desangelado piso, tendría con quien hablar y aprendería maneras, imprescindibles para medrar en una sociedad encorsetada donde no eran bien recibidos aquellos que no disponían de fortuna, educación o de un apellido blasonado. Lo conseguiría todo: amigos, dinero, prestigio y, para empezar, uniría sus dos apellidos, Flórez y Aparicio, mediante un guión, como había hecho más de uno para darse lustre. Estaba contento, y entró en el portal silbando la música de La pulga e imaginándose a la Chelito asida de su brazo. A punto de abrir la puerta de su piso, un ruido le hizo mirar hacia arriba. Un militar sin cabeza bajaba las escaleras; en su mano derecha sostenía una vela y en la izquierda blandía un sable.

—Necesito una cabeza nueva —le escuchó decir con voz cavernosa.

Tras un instante de estupor, Paulino entró en su casa y cerró la puerta de golpe.

—¡Se ha orinado en los pantalones! —oyó gritar y, después, risas.

Notó sus muslos húmedos y, una vez más, juró vengarse.

De vuelta a La Universal, Antón y Cantonal recordaron que era el día de los Inocentes y que no le habían hecho una inocentada a nadie. Se les ocurrió entonces gastar una broma al vecino. Llenaron con agua una botella de anisete vacía para regalársela en nombre de la buena vecindad, pero no estaba en su piso, lo que les dio tiempo para preparar algo más sustancial.

Mientras Wallinstein explicaba los detalles de la velada, Cantonal se puso el uniforme de Benigno con la intención de llamar a la puerta de Flórez y decirle que venía a llevárselo preso, acusado de cualquier cosa que ya pensaría, pero al ser el guardia más alto y corpulento, la ropa le sobraba por todos lados, y metió la cabeza dentro de la guerrera, lo que dio lugar a una nueva idea. Una vela y un sable de imitación, encontrado en el desván cuando buscaban elementos para el espectáculo, completaron el disfraz de militar descabezado. Oyeron el golpe del portal al cerrarse la puerta, escucharon silbar al incauto y Cantonal salió al rellano, sujeto por detrás por su amigo para que no acabara rodando por la escalera.

A la mañana siguiente continuaban celebrando la broma e imaginando otras. Era una lástima que no conocieran a ningún libretista que pudiera escribirles un sainete para interpretar a mitad del espectáculo, pues, misterios de la vida, estaban descubriendo que el teatro se les daba bien, muy bien. Tal vez don Juan José, que era hombre aprendido, pudiera escribir uno, todo era cuestión de preguntarle.

—Hombre..., tanto como escribir una obra teatral, no sé si sabría —

declaró el profesor—, que para eso, como para todo, hay que valer. No basta con saber escribir, hay que tener también ingenio. Pero puedo repasar alguno de los entremeses del Siglo de Oro, que los hay con mucha gracia.

Eulalia y Virtudes se miraron y movieron la cabeza; aquellos dos no tenían remedio, eran como niños, vivían ajenos al mundo que los rodeaba, pensando en gastar bromas al vecino o en meterse a teatreros.

Había helado durante la noche y don Juán José había agarrado un buen catarro, así que lo obligaron a meterse en la cama. Por su parte, Wallinstein tenía que acudir a la oficina, por lo que los dos amigos decidieron encargarse de la devolución de los trajes a la guardarropía del Princesa el mismo sábado por la mañana. Cogieron el tranvía hasta Cibeles y

continuaron a pie por el paseo de Recoletos en dirección al teatro. Con las gorras caladas hasta las orejas y las bufandas cubriéndoles medio rostro, caminaban a paso ligero con la mente puesta en alguna taberna donde quitarse el frío que tenían metido en los huesos.

—¿No es ése el vecino de abajo? —preguntó Cantonal al llegar a la altura del palacete de los Mendoza.

Se detuvieron sorprendidos. En efecto, lo era; Paulino Flórez hablaba con un hombre de aspecto distinguido, aunque una segunda mirada descubría que levita y chistera eran de servicio. No podían escuchar lo que decían, pero por la gesticulación de enfado del vecino, casi podrían asegurar que le estaba reclamando una deuda o, se divirtieron imaginando, le estaba explicando lo ocurrido la víspera. De todos modos, era extraño verlo precisamente allí, junto a la verja de la casa de la viuda de Mendoza. Les habría gustado quedarse para observar en qué acababa la conversación, pero empezaban a no sentir los pies y continuaron adelante. El encargado de la guardarropía examinó los trajes para comprobar que no estaban manchados o les faltaba un botón y después les pidió cinco pesetas más de las ya abonadas porque, afirmó, había subido el precio del pan.

—¿Y qué te parece si te rompo los morros o, mejor, voy a hablar con tu jefe y le cuento que te dedicas a alquilar el vestuario sin su permiso? —le preguntó Cantonal en un tono que no dejaba dudas en cuanto a su intención de cumplir una u otra amenaza.

Después de que el hombre farfullara una palabrota al cerrarles la puerta en las narices, se metieron en la primera taberna que encontraron y pidieron una jarra de vino y una cazuelita de patatas con chorizo, a pesar de no ser todavía media mañana, que Antón pagó sin que su amigo hiciese el menor ademán de contribuir al dispendio. Andaban arrebañando la salsa cuando entró en el local un conocido de Cantonal y éste se levantó para hablar con él en un aparte. Volvió al cabo de un rato y untó el último pedazo de pan que quedaba.

—¿No era ése «el incendiario»? —preguntó Antón al ver que el otro no parecía tener intención de soltar prenda.

—¿Lo conoces?

—De vista, de cuando las manifestaciones durante la huelga. Me dijo uno que lo llamaban así porque siempre andaba gritando que había que quemar Madrid. ¿No te habrá liado?

—No, sólo quiere que asista a una reunión.

—¿De anarquistas?

—¡No va a ser de obispos! Se trata de una reunión para organizar un sindicato de trabajadores anarquistas.

—Ten cuidado, Pepe, que las cosas andan muy revueltas y pueden meterte en chirona por menos de nada. Al Gobierno le interesa tener callado al pueblo.

—¡Así nos va!

—Es lo que hay.

Volvieron a subirse los cuellos de las chamarras, a encasquetarse los gorros y a cubrirse la cara con las bufandas y salieron de nuevo a la calle. El frío cortaba el aire e incluso les costaba respirar y se apresuraron a volver a casa, las manos metidas en los bolsillos, los cuerpos encogidos. El tranvía iba lleno a rebosar y únicamente pudieron encontrar sitio asidos a la escalerilla con medio cuerpo fuera, pero se ahorraron el billete, pues el cobrador no llegaba a ellos y, aunque lo oyeron reclamar el pago, no le hicieron caso, que bastante tenían con no caerse. Antes de llegar a la plaza Mayor se bajaron en marcha para evitar que el funcionario les echase el guante y salieron corriendo hacia la chocolatería San Ginés, la mejor de la ciudad, porque a Antón se le ocurrió ir a por churros haciendo caso omiso al comentario de Cantonal de que era un despilfarro comprar churros dos veces en menos de un mes. A Eulalia le encantaban y era una forma de compensarle por no haberle confesado lo del dinero de su madre, aunque debía andarse con cuidado porque su amigo tenía razón, su mujer podría empezar a sospechar si se sobrepasaba.

Les dio la impresión de que todo Madrid había tenido la misma idea, pues el local estaba lleno y la cola llegaba hasta la calle. No estaban dispuestos a pasar más frío y decidieron no esperar, pero, por segunda vez en aquella mañana, divisaron al vecino del piso de abajo, caminando por la otra acera hacia la calle Mayor. No tenían ningunas ganas de encontrarse

con él, no fuera que les recriminara la broma del día anterior, así que esperaron a que pasara y echaron a andar unos pasos por detrás. Lo vieron detenerse al lado de un portal e iban a cruzar la calle para evitarlo cuando Wallinstein salió de aquél y Flórez lo siguió. Se miraron sorprendidos. No podía ser una casualidad, puesto que habían visto cómo el hombre se detenía sin razón aparente, así que ellos también los siguieron. De vez en cuando, el vecino se paraba y miraba hacia atrás, como si sintiese que alguien lo vigilaba, pero la calle Mayor era un hervidero los sábados al mediodía y era imposible que pudiera divisarlos entre tanta gente y con las caras medio tapadas. Al llegar a la calle del Rollo, aceleraron el paso para entrar en el portal casi pisándole los talones.

—Alguien espía a alguien —comentó Antón en tono jocoso al pasar por su lado.

—A los chivatos se los mete en un saco y se los tira al río —añadió Cantonal con la misma voz utilizada para actuar de militar descabezado.

El hombre entró a toda prisa en su piso y ellos se echaron a reír.

—A lo mejor quiere pedirle algo a don Ignacio —aseveró don Juan José cuando narraron en la mesa el extraño comportamiento del vecino, a quien habían visto dos veces en una misma mañana—, un consejo legal o algo similar.

—En efecto, como ya les comenté a ustedes, trabaja en el Ministerio de la Gobernación —intervino Benigno.

—¿De qué, un cochino como él? —inquirió Eulalia.

—Es contable, pero ahora tiene una excedencia.

—Le vomitaría encima al ministro —insistió Eulalia, fija en su idea de que el vecino del primero era un sucio impresentable.

—Al parecer está en misión secreta. Según me ha dicho el ordenanza del ministerio, es un individuo con los ojos y los oídos muy abiertos.

—¿Y eso qué significa?

—Que es un confidente de la policía.

—Será un chivato —aclaró Cantonal.

—Confidente, que no es lo mismo.

—Chivato.

—Entonces, ustedes se han equivocado —intervino Wallinstein dirigiéndose al casero y a su amigo—, porque mi vida no tiene secretos.

Seguro que no me esperaba a mí. Se habrá detenido por cualquier razón y ha dado la coincidencia de que yo salía de la oficina.

—Ya me caía gordo —Cantonal torció aún más su nariz—, pero ahora que sé que es un chivato, tendré que aguantarme para no romperle la cara.

—¡Cuidado con lo que haces! —se le encaró la Virtudes—. Que tú te calientas con facilidad y estás fichado. Si el tipo ése es un confidente, lo mismo te acusan de atacar a la autoridad y te empapelan.

—De todos modos, no voy a perderlo de vista y se va a enterar como lo pille espiando a alguno de nosotros.

Olvidaron el asunto y, en vista de que no podían hacer gran cosa dado el frío reinante, los hombres ocuparon la tarde jugando a las cartas mientras las mujeres se reunían con doña Patrocinio para que les leyera el futuro.

Wallinstein no jugó; no dejaba de darle vueltas a su cita del día siguiente con Elvira Artigas.

Estaba en el Prado cinco minutos antes de que dieran las doce. Quince minutos después continuaba esperando y mirando a través de uno de los ventanales de la entrada. Ya empezaba a pensar que había sido víctima de una broma cuando la vio apearse de una calesa. Pero no venía sola.

¡Diablos! Cecilia Beltrán la acompañaba. Reculó, buscando un lugar en donde esconderse y no encontró otro mejor que detrás de un fornido atleta griego desnudo. En general y para no dar la impresión de interesarse por sus atributos masculinos, las señoras pasaban de largo sin mirar la estatua, al menos no abiertamente, aunque, dado su carácter, no estaba muy seguro de que Cecilia lo hiciese; era muy capaz de plantarse delante, hacer cualquier tipo de comentario y descubrirlo a él, justo entre las piernas del atleta. No obstante, respiró aliviado al verlas atravesar el vestíbulo y dirigirse a las escaleras que llevaban al salón oval, desde cuya balconada podían observarse las esculturas de la planta baja. Aprovechó el momento y salió del museo a paso veloz sin levantar la vista. ¡Se había librado por los pelos!

El solecito del mediodía templaba un poco el ambiente y aprovechó para acercarse al Retiro a fin de calmar su momentánea agitación. Al

parecer, las relaciones que él creía inexistentes entre Cecilia y doña Josefina no eran tales, si bien pudiera ser que tía y sobrina se entendieran, aunque las dos hermanas no se hablaran; en todas las familias se daban situaciones extrañas. Quizá Elvira había querido presentar a su tía a un posible

«pretendiente» a fin de recabar su opinión o su beneplácito. De todos modos, ahora que estaba al corriente de sus buenas relaciones, en el futuro procuraría no volver a coincidir con la primera para evitarse complicaciones.

No había mucha gente paseando por el parque, algunas damas con abrigos de piel, niñeras, niños corriendo de un lado para otro, señores de bastón y sombrero alto y parejas cogidas del brazo. Se acercó hasta el Palacio de Cristal para visitar el jardín botánico, donde siempre hacía calor, pero se detuvo a varios metros al descubrir a Casilda delante de la puerta hablando con un hombre. Sintió un pellizco en el estómago. Por lo que él sabía, la joven no tenía familiares ni amigos en Madrid, pero su actitud denotaba que ambos se conocían bien, o eso le pareció. Continuó andando, aparentemente entretenido en la contemplación de la naturaleza, y se hizo el encontradizo. El apuro de Casilda al verlo confirmó lo que sospechaba, que ella y el hombre de mediana edad y bien trajeado eran algo más que simples conocidos. Alzó su sombrero a modo de saludo y entró en el invernadero repleto de plantas exóticas traídas desde Filipinas veinte años atrás. Al salir, una media hora más tarde, ya no estaba ninguno de los dos. No tenía ganas de regresar a la pensión y encontrarse con ella; acababa de romperle una ilusión. Caminó por la calle de Atocha en dirección a la plaza Mayor con la intención de comer en alguna fonda de las muchas que se abrían en esa calle. En mala hora. El vino estaba aguado, la sopa era un caldo con cuatro garbanzos y un hueso sin médula y sólo comió medio filete empanado porque tenía sabor a rancio. La temperatura había descendido bruscamente y todo hacía presagiar que helaría de nuevo, así que decidió volver a La Universal con el firme propósito de encerrarse en su cuarto y dedicarse a pintar el rostro idealizado de Elvira Artigas, a sabiendas de que era el de Casilda el que le gustaría pintar.

Encontró mucha agitación al entrar en el piso y le costó un rato averiguar la razón. Ozaeta y Cantonal habían salido de casa a las once de la mañana y todavía no habían regresado. Virtudes creía, aunque no estaba del todo segura, que habían acudido a una reunión clandestina con el fin de organizar un sindicato de trabajadores anarquistas; doña Patrocinio intentaba calmar a una Eulalia a punto del síncope, mientras Benigno y el profesor hablaban sobre la posibilidad de que hubieran sido arrestados y conducidos a La Modelo, donde, solía decirse, se sabía cuándo se entraba, pero nunca cuándo se salía. El antiguo guardia municipal decidió acercarse al cuartelillo de los «romanones» para enterarse de si había tenido lugar alguna redada, y Wallinstein se llevó a Virtudes a su habitación a fin de obligarla a pensar sin ruidos a su alrededor adónde podrían haber ido. Ella tenía que saber, o quizá no, dónde se reunían los anarquistas; Cantonal podría haberlo mencionado alguna vez. Finalmente, la mujer le dio una dirección, una casa en la calle del Olivar, en el barrio de Lavapiés. No se acordaba del número, pero aseguró que era el siguiente portal después del cruce con la calle del Calvario, en el tercer piso. Su hombre acudía allí a reunirse con otros anarquistas cuando ella todavía ejercía. Rápidamente, el abogado se cambió el traje, se metió en sus pantalones bombachos, pidió a Eulalia la pelliza de Antón, puesto que era preferible pasar desapercibido en aquella zona y su abrigo de paño llamaría la atención, y salió seguido por Isidoro, quien se obstinó en acompañarlo porque, aseguró, el señor Antón era como un padre para él, y a un padre no se lo abandonaba.

Al llegar al lugar indicado, un edificio desconchado y en bastante mal estado, se toparon con un grupo de personas que les informaron de que, en efecto, había habido una redada pasado el mediodía. Los guardias habían obligado a los vecinos a salir a la calle, habían hecho un registro piso por piso y se habían llevado a todos los que se hallaban en el tercero, hombres y mujeres. Había ocurrido a la hora de comer, pero todavía ningún residente se atrevía a entrar por si acaso volvían a por más. Según unos, se trataba de un local de mala reputación, un burdel, vamos, sin declarar; según otros, allí se hacían negocios al margen de la ley, y hubo quien señaló la posibilidad de que fuese un garito de juego clandestino. El abogado preguntó si todavía

quedaba alguien en el piso a un hombre mayor que se mantenía algo apartado del corrillo y golpeaba el suelo con una cachava tan vieja como él.

—Se pierden las colonias, y la culpa es de los nativos de aquellas tierras, que quieren ser libres —respondió—; se arruina el campo, y la culpa es de los campesinos, cuyo grano es más caro que el americano o el ruso; se cierran las fábricas, y la culpa es de los obreros que piden un salario digno; hay hambre, y la culpa es de la gente que quiere comer todos los días. Ellos nunca tienen la culpa.

—¿Sabe usted si queda alguien en el piso que han registrado? —

Wallinstein repitió la pregunta.

—La culpa siempre es del pueblo, cada día más pobre, mientras ellos son cada día más ricos.

Estaba claro que no iba a obtener una respuesta cabal de aquel viejo, empecinado en repetir su lamento. Siempre seguido de Isidoro, entró en la casa, cuya escalera estaba a oscuras, y ambos tuvieron que subir tanteando la pared, hasta llegar al tercer piso. Encontraron la puerta desencajada, si bien no daba la impresión de que el registro hubiera sido exhaustivo, tal y como pudieron comprobar, puesto que, aparte de un par de sillas tiradas y el contenido de un armario por los suelos, todo estaba en su sitio. A punto de marcharse, desalentados, oyeron un ruido procedente de la alacena de la cocina, sobre cuya chapa había un cazo renegrido.

—¡A lo mejor es un perro que se ha quedado encerrado! —exclamó Isidoro corriendo hacia el mueble y abriendo las puertas.

Cómo dos hombretones como Antón y Cantonal habían podido meterse en la alacena era un misterio que ni siquiera ellos pudieron explicar. Sólo sabían que habían oído a los municipales golpeando la puerta y derribándola a continuación justo en el momento en que ellos estaban calentando agua para preparar café de cascarilla, un brebaje inmundo, pero no había otra cosa en aquella cochambre. Por suerte para ellos, se trataba de una alacena de las antiguas, que ocupaba la mitad de la pequeña cocina, y estaba vacía. Bajaron las escaleras apoyándose en Wallinstein y en el muchacho, incapaces de recuperar el equilibrio tras las dos horas transcurridas en una postura imposible, y salieron a la calle ante la sorpresa

de los vecinos, que habían visto entrar a dos hombres y ahora veían salir a cuatro, mientras el viejo continuaba en su sitio, golpeando el suelo con la cachava y repitiendo su letanía.

Tuvieron que detenerse en una taberna a fin de que Ozaeta y Cantonal recuperaran el aire. Aún bajo la impresión provocada por el susto, ambos se bebieron sendos vasos de ginebra de un trago y pidieron otros dos más cada uno, prometiendo al abogado que le devolverían el dinero de la consumición. Llegaron a La Universal cantando a voz en grito el tango de Menegilda y subieron los unos dando tumbos, los otros intentando que no rodasen escaleras abajo. No se fijaron en que la puerta del primero se había entreabierto con suavidad y en que su vecino asomaba la cabeza para averiguar a qué se debía semejante escándalo. Tampoco pudieron percatarse de que Paulino Flórez los miraba como quien ve a unos fantasmas; estaba seguro de que aquellos dos habían ido a parar al calabozo con sus compinches y no entendía qué hacían allí, a todas luces bebidos, como si nada.

Los había seguido por la mañana hasta la calle del Olivar, seguro de que a la iglesia no iban. Le pareció sospechoso que se juntasen con otros cinco o seis delante del portal y entrasen todos, seguidos por algunos más, varios hombres y tres mujeres, que llegaron a continuación. No tuvo que pensárselo dos veces. Allí, ante sus propios ojos, tenía la prueba que buscaba: un contubernio de izquierdosos, quienes, a buen seguro, tramaban terribles atentados contra la nación y se disponían a fabricar bombas incendiarias. Salió disparado hacia la comisaría más próxima, invocó el nombre del secretario de segunda categoría del Ministerio de la Gobernación y conminó al sargento al mando a prender de inmediato a los conspiradores. El sargento tampoco tuvo que pensárselo. Desde el atentado contra el rey, había orden de arrestar a todo sospechoso, con razón o sin ella. Una mirada aviesa hacia un miembro de la autoridad, un comentario en una taberna criticando al Gobierno, un insulto hacia el monarca o sus ministros, una blasfemia o una ofensa al clero eran motivos más que suficientes para detener a cualquiera e interrogarlo, que más valía prevenir que lamentar. Sin más tardanza, ordenó a sus hombres que cogieran las

porras y dispusieran el furgón para los detenidos, dirigiendo él mismo la redada que, de ser cierto lo que aquel hombre afirmaba, le aseguraba por lo menos un ascenso.

Flórez permaneció en la calle, entre los preocupados vecinos, pues no era conveniente que un detective secreto, como ya se denominaba a sí mismo, revelara su condición. Observó cómo los guardias se llevaban presos a los sediciosos y los introducían en el furgón entre gritos y empujones de unos y otros. Después regresó a su casa con la satisfacción del deber cumplido. Los dos cabrones que se habían burlado de él serían interrogados y confesarían, ¡vive Dios que confesarían! Y los demás bolcheviques del piso de arriba serían detenidos a continuación. Atento al menor ruido, esperó toda la tarde a que llegase la policía, pero los únicos que llegaron fueron los tres hombres y el muchacho cantando y desentonando a grito pelado. Él tuvo que tomarse una tila para tranquilizarse.

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